El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico.

Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony», un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

LA GRACIA Y LA SEPARACIÓN DEL MAL

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas.

Pero esta separación no es nunca, en sí misma, un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

NATURALEZA, SANTIDAD Y AMOR

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor.

El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión. Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos.

Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita.

No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios.

Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera.

En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

La responsabilidad moral del hombre ante dios y su falta de poder

La cuestión de la responsabilidad del hombre parece dejar perplejas a muchas almas. Éstas consideran que es difícil —por no decir imposible— conciliar este principio con el hecho de que el hombre carece por completo de poder. «Si el hombre —arguyen— es absolutamente impotente, ¿cómo puede ser responsable? Si él por sí mismo no puede arrepentirse ni creer al Evangelio, ¿cómo puede ser responsable? Y si él, finalmente, no es responsable de creer al Evangelio, ¿sobre qué base, entonces, podrá ser juzgado por rechazarlo?»

Así es como la mente humana razona y arguye; y la teología, lamentablemente, no ayuda a resolver la dificultad, sino que, por el contrario, aumenta la confusión y la oscuridad. Pues, por un lado, una escuela de teología —la «alta» o calvinista— enseña —y correctamente— la completa impotencia o incapacidad del hombre; que si se lo deja librado a sus propios medios, él jamás querrá ni podrá venir a Dios; que esto sólo es posible gracias al poder del Espíritu Santo; que si no fuese por la libre y soberana gracia, nunca una sola alma podría ser salva; que, si de nosotros dependiera, sólo obraríamos mal y nunca haríamos bien. De todo esto, el calvinista deduce que el hombre no es responsable.

Su enseñanza es correcta, pero su deducción es errónea. La otra escuela de teología —la «baja» o arminiana— enseña —y correctamente— que el hombre es responsable; que será castigado con eterna destrucción por haber rechazado el Evangelio; que Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan; que ruega a los pecadores, a todos los hombres, al mundo, que se reconcilien con Él; que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. De todo esto, el sistema deduce que el hombre tiene el poder o la facultad de arrepentirse y creer. Su enseñanza es correcta; su deducción, errónea.

De esto se sigue que ni los razonamientos humanos ni las enseñanzas de la mera teología —alta o baja— podrán jamás resolver la cuestión de la responsabilidad del hombre y de su falta de poder. La palabra de Dios solamente puede hacerlo; y lo hace de la manera más simple y concluyente. Ella enseña, demuestra e ilustra, desde el comienzo del Génesis hasta el final del Apocalipsis, la completa impotencia del hombre para obrar el bien y su incesante inclinación al mal.

La Escritura, en Génesis 6, declara que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos es de continuo solamente el mal”. En Jeremías 17 declara que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso”. En Romanos 3 nos enseña que “no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

Además, la Escritura no sólo enseña la doctrina de la absoluta e irremediable ruina del hombre, de su incorregible mal, de su total impotencia para hacer el bien y de su invariable inclinación al mal, sino que también nos provee de un cúmulo de pruebas, absolutamente incontestables, en la forma de hechos e ilustraciones tomados de la historia actual del hombre, que demuestran la doctrina. Nos muestra al hombre en el jardín, creyendo al diablo, desobedeciendo a Dios y siendo expulsado.

Lo muestra, tras haber sido expulsado, siguiendo su camino de maldad, hasta que Dios, finalmente, tuvo que enviar el diluvio. Luego, en la tierra restaurada, el hombre se embriaga y se degrada. Es probado sin la ley, y resulta ser un rebelde sin ley. Entonces es probado bajo la ley, y se convierte en un transgresor premeditado. Entonces son enviados los profetas, y el hombre los apedrea; Juan el Bautista es enviado, y el hombre lo decapita; el Hijo de Dios es enviado, y el hombre lo crucifica; el Espíritu Santo es enviado, y el hombre lo resiste.

Así pues, en cada volumen —por decirlo así— de la historia del género humano, en cada sección, en cada página, en cada párrafo, en cada línea, leemos acerca de su completa ruina, de su total alejamiento de Dios. Se nos enseña, de la manera más clara posible, que, si del hombre dependiera, jamás podría ni querría —aunque, seguramente, debería— volverse a Dios, y hacer obras dignas de arrepentimiento.

Y, en perfecta concordancia con esto, aprendemos de la parábola de la gran cena que el Señor refirió en Lucas 14, que ni tan siquiera uno de los convidados quiso hallarse a la mesa. Todos los que se sentaron a la mesa, fueron “forzados a entrar”. Ni uno solo jamás habría asistido si hubiese sido librado a su propia decisión. La gracia, la libre gracia de Dios, debió forzarlos a entrar; y así lo hace. ¡Bendito sea por siempre el Dios de toda gracia!

Pero, por otra parte, lado a lado con esto, y enseñado con igual fuerza y claridad, está la solemne e importante verdad de la responsabilidad del hombre. En la Creación, Dios se dirige al hombre como a un ser responsable, pues tal indudablemente lo es. Y además, su responsabilidad, en cada caso, es medida por sus beneficios. Por eso, al abrir la epístola a los Romanos, vemos que el gentil es considerado en una condición sin ley, pero siendo responsable de prestar oído al testimonio de la Creación, lo que no ha hecho.

El judío es considerado como estando bajo la ley, siendo responsable de guardarla, lo que no ha hecho. Luego, en el capítulo 11 de la epístola, la cristiandad es considerada como responsable de permanecer en la bondad de Dios, lo cual no hizo. Y en 2.ª Tesalonicenses 1 leemos que aquellos que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo, serán castigados con eterna destrucción. Por último, en el capítulo 2 de la epístola a los Hebreos, el apóstol urge en la conciencia esta solemne pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

Ahora bien, el gentil no será juzgado sobre la misma base que el judío; tampoco el judío será juzgado sobre la misma base que el cristiano nominal. Dios tratará con cada cual sobre su propio terreno distintivo y conforme a la luz y privilegios recibidos. Hay quienes recibirán “muchos azotes”, y quien será “azotado poco”, conforme a Lucas 12. Será “más tolerable” para unos que para otros, según Mateo 11.

El Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo; pero el hombre es responsable, y su responsabilidad es medida por la luz y los beneficios que le fueron dados. No a todos se los agrupa indiscriminadamente, como si se hallasen en un terreno común. Al contrario, se hace una distinción de lo más estricta, y nadie será jamás condenado por menospreciar y rechazar beneficios que no hayan estado a su alcance. Pero seguramente el solo hecho de que habrá un juicio, demuestra fehacientemente —aunque no hubiera ninguna otra prueba— que el hombre es responsable.

¿Y quién —preguntamos— es el prototipo de irresponsabilidad por excelencia? Aquel que rechaza o desprecia el Evangelio de la gracia de Dios. El Evangelio revela toda la plenitud de la gracia de Dios. Todos los recursos divinos se despliegan en el Evangelio: El amor de Dios; la preciosa obra y la gloriosa Persona del Hijo; el testimonio del Espíritu Santo. Además, en el Evangelio, Dios es visto en el maravilloso ministerio de la reconciliación, rogando a los pecadores que se reconcilien con Él.

Nada puede sobrepasar esto. Es el más elevado y pleno despliegue de la gracia, de la misericordia y del amor de Dios; por tanto, todos los que lo rechazan o menosprecian, son responsables en el sentido más estricto del término, y traen sobre sí el más severo juicio de Dios. Aquellos que rechazan el testimonio de la Creación son culpables; los que quebrantan la ley son más culpables todavía; pero aquellos que rechazan la gracia ofrecida, son los más culpables de todos.

¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos.

Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).

Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta dificultad referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios.

Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada.

Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios. Tal es su situación, si hemos de ser enseñados por la Escritura.

Tomemos un ejemplo. Un hombre me debe cierta suma de dinero; pero es un hombre inconsciente y despilfarrador, de modo que es incapaz de pagarme; y no sólo es incapaz, sino que tampoco tiene el menor deseo de hacerlo. No quiere pagarme; no quiere tener nada que ver conmigo.

Si me viera venir por la calle, se ocultaría tan pronto como pudiera con tal que me esquivara. ¿Es responsable? ¿Tengo razones para iniciar acciones legales contra él? ¿Acaso su total incapacidad para pagarme lo exonera de responsabilidad?

Luego le envío a mi siervo con un afectuoso mensaje. Lo insulta. Le envío otro; y lo golpea violentamente. Entonces le envío a mi propio hijo para que le ruegue que venga a mí y se reconozca deudor mío, para que confiese y asuma su propio lugar, y para decirle que no sólo quiero perdonar su deuda, sino también asociarlo a mí.

Él entonces insulta a mi hijo de toda forma posible, echa toda suerte de oprobio contra él y, finalmente, lo asesina.

Todo esto constituye simplemente una muy débil ilustración de la verdadera condición de cosas entre Dios y el pecador; sin embargo, algunos quieren razonar y argumentar acerca de la injusticia de sostener que el hombre es responsable. Ello es un fatal error, desde todo punto de vista. En el infierno no hay una sola alma que tenga alguna dificultad sobre este tema. Y con toda seguridad que en el cielo nadie siente ninguna dificultad al respecto.

Todos los que se hallen en el infierno reconocerán que recibieron lo que merecían conforme a sus obras; mientras que aquellos que se hallen en el cielo se reconocerán «deudores a la gracia solamente». Los primeros habrán de agradecerse a sí mismos; los últimos habrán de dar gracias a Dios. Creemos que tal es la única solución verdadera a la cuestión de la responsabilidad y el poder del hombre.

La biblia. Su suficiencia y supremacía

Sabemos de algunas personas que querrían persuadirnos con vehemencia de que las cosas están tan completamente cambiadas desde que la Biblia fue escrita, que sería necesaria para nosotros otra guía distinta de la que nos proporcionan sus preciosas páginas. Esas personas nos dicen que la sociedad no es la misma ahora que la de entonces; que la Humanidad ha realizado progresos; que ha habido tal desarrollo de los poderes de la naturaleza, de los recursos de la ciencia y de las aplicaciones de la filosofía que sostener la suficiencia y supremacía de la Biblia en una época como la actual, sólo puede ser tildado de bagatela, ignorancia o tontería.

Ahora bien, aquellos que nos dicen estas cosas pueden ser personas muy inteligentes e instruidas, pero no tenemos ningún reparo en decirles que, a este respecto, yerran “ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29).

Por cierto que deseamos rendir el debido respeto al saber, al genio y al talento siempre que se encuentren en su justo lugar y en su debida labor; pero, cuando hallamos a tales individuos ensalzando sus arrogantes cabezas por encima de la Palabra de Dios, cuando les hallamos sentados como jueces, mancillando y desprestigiando aquella incomparable revelación, sentimos que no les debemos el menor respeto y les tratamos ciertamente como a tantos agentes del diablo que se esfuerzan por sacudir aquellos eternos pilares sobre los cuales ha descansado siempre la fe del pueblo de Dios.

No podemos oír ni por un momento a hombres —por profundos que sean sus discursos y pensamientos— que osan tratar al Libro de Dios como si fuera un libro humano y hablar de esas páginas que fueron compuestas por el Dios todosabio, todopoderoso y eterno, como si fueran producto de un mero mortal, débil y ciego.

Es importante que el lector vea claramente que los hombres o bien deben negar que la Biblia es la Palabra de Dios, o bien deben admitir su suficiencia y supremacía en todas las épocas y en todos los países, en todos los períodos y en todas las condiciones del género humano. Dios ha escrito un libro para la guía del hombre, y nosotros sostenemos que ese libro es ampliamente suficiente para ese fin, sin importar cuándo, dónde o cómo encontremos a su destinatario. “Toda la Escritura es inspirada por Dios… a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (griego: artiov»), enteramente preparado para toda buena obra” (2.ª Timoteo 3:16-17). Esto seguramente es suficiente.

Ser perfecto y estar enteramente preparado debe necesariamente implicar la independencia del hombre de todos los argumentos humanos de la Filosofía y de la pretendida Ciencia.

Sabemos muy bien que al escribir así nos exponemos a la burla del instruido racionalista y del culto e ilustre filósofo. Pero no somos lo suficientemente susceptibles a sus críticas.

Admiramos en gran manera cómo una mujer piadosa —aunque, sin duda, muy ignorante— contestó a un hombre erudito que estaba intentando hacerle ver que el escritor inspirado había cometido un error al afirmar que Jonás estuvo en el vientre de una ballena. Él le aseguraba que tal cosa no podría ser posible, ya que la historia natural de la ballena demuestra que ella no podría tragar algo tan grande. «Bueno —dijo la mujer— yo no conozco demasiado acerca de Historia Natural, pero sé esto: si la Biblia me dijera que Jonás se tragó el gran pez, yo le creería.»

Ahora bien, es posible que muchos piensen que esta pobre mujer se hallaba bajo la influencia de la ignorancia y de la ciega credulidad; pero, por nuestra parte, preferiríamos ser la mujer ignorante que confiaba en la Palabra de Dios antes que el instruido racionalista que trataba de menoscabar la autoridad de esta última. No tenemos la menor duda en cuanto a quién se hallaba en la posición correcta.

Pero no vaya a suponerse que preferimos la ignorancia al saber. Ninguno se imagine que menospreciamos los descubrimientos de la Ciencia o que tratamos con desdén los logros de la sana Filosofía. Lejos de ello. Les brindamos el mayor respeto en su propia esfera. No podríamos expresar cuánto apreciamos la labor de aquellos hombres versados que dedicaron sus energías al trabajo de desbrozar el texto sagrado de los diversos errores y alteraciones que, a través de los siglos, se habían deslizado en él, a causa del descuido y la flaqueza de los copistas, de lo cual el astuto y maligno enemigo supo sacar provecho.

Todo esfuerzo realizado con miras a preservar, desarrollar, ilustrar y dar vigor a las preciosas verdades de la Escritura lo estimamos en muy alto grado; pero, por otro lado, cuando hallamos a hombres que hacen uso de su sabiduría, de su ciencia y de su filosofía con el objeto de socavar el sagrado edificio de la revelación divina, creemos que es nuestro deber alzar nuestras voces de la manera más fuerte y clara contra ellos y advertir al lector, muy solemnemente, contra la funesta influencia de tales individuos.

Creemos que la Biblia, tal como está escrita en las lenguas originales —hebreo y griego—, es la Palabra misma del sabio y único Dios verdadero, para quien un día es como mil años y mil años como un día, quien vio el fin desde el principio, y no sólo el fin, sino todos los períodos del camino. Sería, pues, una positiva blasfemia afirmar que «hemos llegado a una etapa de nuestra carrera en la cual la Biblia ya no es suficiente», o que «estamos obligados a seguir un rumbo fuera de sus límites para hallar una guía e instrucción amplias para el tiempo actual y para cada momento de nuestro peregrinaje terrenal».

La Biblia es un mapa perfecto en el cual cada exigencia del navegante cristiano ha sido prevista. Cada roca, cada banco de arena, cada escollo, cada cabo, cada isla, han sido cuidadosamente asentados. Todas las necesidades de la Iglesia de Dios para todos aquellos que la conforman, han sido plenamente provistas. ¿Cómo podría ser de otro modo si admitimos que la Biblia es la Palabra de Dios? ¿Podría la mente de Dios haber proyectado o su dedo haber trazado un mapa imperfecto? ¡Imposible! O bien debemos negar la divinidad, o bien admitir la suficiencia del «Libro». Nos aferramos tenazmente a la segunda opción.

No existe término medio entre estas dos posibilidades. Si el libro es incompleto, no puede ser de Dios; si es de Dios, debe ser perfecto. Pero si nos vemos obligados a recurrir a otras fuentes para guía e instrucción referente a la Iglesia de Dios y a aquellos que la conforman —cualesquiera sean sus lugares— entonces la Biblia es incompleta y, por ende, no puede ser de Dios en modo alguno.

La tradición

Querido lector, ¿qué debemos hacer entonces? ¿Adónde debemos recurrir? Si la Biblia no es el manual divino y, por tanto, no es plenamente suficiente, ¿qué queda? Algunos nos sugerirán que recurramos a la tradición. ¡Ay, qué guía miserable! Tan pronto como nos hayamos internado en el amplio campo de la tradición, nuestros oídos se verán sobresaltados por causa de diez mil extraños y discordantes sonidos. Puede ser que nos encontremos con una tradición que parezca muy auténtica, muy venerable, digna de todo respeto y confianza y nos encomendemos así a su guía; pero, no bien lo hagamos, otra tradición se cruzará por nuestro camino reclamando con fuerza nuestra atención y conduciéndonos en una dirección totalmente opuesta.

Así sucede con la tradición. La mente se aturde y uno se acuerda del alboroto en Éfeso, respecto del cual leemos que “unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa” (Hechos 19:32). El caso es que necesitamos una norma perfecta, y esto sólo puede hallarse en una revelación divina, la cual, como lo creemos, debe ser hallada en las páginas de nuestra tan preciosa Biblia. ¡Qué tesoro! ¡Cómo debemos bendecir a Dios por este don! ¡Cómo debemos alabar su nombre por su gran misericordia, la que no dejó a su Iglesia pendiente de la voluble tradición humana, sino de la segura luz divina! No necesitamos que la tradición asista la revelación, sino más bien utilizamos esta última para poner a prueba a aquélla. Darle lugar a la tradición humana para que acuda en auxilio de la revelación divina, es lo mismo que si prendiéramos una débil vela con el objeto de ayudar a los potentes rayos solares del mediodía.

La conveniencia

Pero existe aún otro muy engañoso y peligroso recurso presentado por el enemigo de la Biblia y, lamentablemente, aceptado por miles de integrantes del pueblo de Dios. Se trata de la conveniencia o del muy atractivo argumento de hacer todo el bien que podamos, sin prestar la debida atención a la manera en que hacemos tal bien. El árbol de la conveniencia es un árbol muy extendido, el cual produce los más atractivos frutos. Pero, ¡ah, querido lector, recuerde que esos frutos se sentirán amargos como el ajenjo al final! Sin duda, hacer todo el bien que podamos es algo bueno, pero reparemos con cuidado de qué manera lo hacemos.

No nos engañemos a nosotros mismos por la vana ilusión de que Dios aceptará alguna vez servicios basados en una positiva desobediencia a su palabra. “Mi ofrenda a Dios”, decían los antiguos, a la vez que pasaban por alto descaradamente el claro mandamiento de Dios, como si Él fuese a sentir agrado en una ofrenda presentada de acuerdo con tal principio. Hay una íntima relación entre el viejo “Corbán” y la moderna «conveniencia», pues “nada hay nuevo debajo del sol” (Eclesiastés 1:9). La solemne responsabilidad de obedecer la Palabra de Dios era evadida mediante el plausible pretexto de “es Corbán”, o “mi ofrenda a Dios” (Marcos 7:7-13).

Así sucedió antiguamente. El “Corbán” de los antiguos justificó —o procuró justificar— un sinnúmero de transgresiones a la ley de Dios; y la «conveniencia» de nuestros tiempos seduce a otros tantos para que traspasen el límite trazado por revelación divina.

Ahora bien, reconocemos totalmente que la conveniencia ofrece los atractivos más codiciables. Parece algo muy placentero hacer mucho bien, lograr los fines de una benevolencia totalmente desinteresada, lograr resultados tangibles. No sería asunto fácil, por cierto, estimar debidamente las atrapantes influencias de tales cosas o la inmensa dificultad de arrojarlas por la borda. ¿Nunca nos hemos visto tentados, mientras nos manteníamos sobre la estrecha senda de la obediencia, a contemplar fuera de ella los brillantes campos de la conveniencia, a uno y otro lado, y exclamar: «¡Ay, estoy sacrificando mi utilidad por una idea!»? Sin duda; pero entonces, ¿qué ocurriría si tuviésemos un fundamento para esa «idea», así como lo tenemos para las doctrinas fundamentales de la salvación? La pregunta es: ¿Cuál es la idea? ¿Está ella basada sobre “así ha dicho el Señor”? (Amós 5:16). Si es así, entonces aferrémonos a ella tenazmente aunque diez mil partidarios de la conveniencia estuvieren profiriendo contra nosotros el penoso cargo de ciego fanatismo.

Hay un inmenso poder en la respuesta breve pero tajante dada a Saúl: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros” (1.º Samuel 15:22). La palabra de Saúl fue sacrificios, en cambio la de Samuel fue obediencia. Sin duda el balido de las ovejas y el bramido de los bueyes eran apasionantes y llamativos. Ellos serían considerados como pruebas sustanciales de que algo estaba siendo hecho; mientras que, por otro lado, la senda de la obediencia parecía estrecha, silenciosa, solitaria e infructuosa. Pero, ¡qué penetrantes aquellas palabras de Samuel: “El obedecer es mejor que los sacrificios”! ¡Qué victoriosa respuesta a los más elocuentes defensores de la conveniencia! Palabras concluyentes, de lo más convincentes, las cuales nos enseñan que es mejor mantenerse firme como una estatua de mármol sobre la senda de la obediencia que lograr los fines más deseables mediante la transgresión de un claro precepto de la Palabra de Dios.

Pero nadie vaya a suponer que uno debe ser como una estatua en aquella senda de la obediencia. Lejos de ello. Hay servicios preciosos y extraordinarios para ser realizados por los obedientes, servicios que sólo pueden ser desempeñados por hombres así y que deben toda su preciosidad al hecho de ser fruto de la simple obediencia. Ciertamente, esos servicios bien pueden no hallar lugar en el registro público de la ocupada y agitada actividad del hombre; pero ellos están registrados en lo alto y serán publicados a su debido tiempo. Como nos decía a menudo un querido amigo: «El cielo será el lugar más seguro y feliz para oír acerca de nuestra obra aquí abajo.» No perdamos esto de vista, y prosigamos nuestro camino con toda sencillez, acudiendo a Cristo, el Señor, para toda guía, poder y bendición. Que Su bendita aprobación sea suficiente para nosotros.

Que no se nos halle mirando de reojo con la intención de conseguir la aprobación de un pobre mortal, cuyo aliento está en sus narices, ni anhelando hallar nuestros nombres en medio del reluciente registro de los grandes hombres de la época. El siervo de Cristo debe poner su mirada lejos de todas estas cosas. Su gran ocupación es obedecer. Su objetivo no debe ser hacer todo lo posible, sino simplemente hacer lo que se le ordena. Esto hace que todo sea claro y, además, hará de la Biblia algo precioso como la depositaria de la voluntad del Maestro, a la cual él debe acudir continuamente para saber lo que tiene que hacer y cómo lo debe hacer. Ni la tradición, ni la conveniencia, serán de utilidad para el siervo de Cristo. La pregunta vital es: “¿Qué dice la Escritura?” (Romanos 4:3).

Esto lo resuelve todo. No debe haber ninguna apelación respecto de una decisión de la Palabra de Dios. Cuando Dios habla, al hombre le corresponde la sumisión. De ninguna manera es esto una cuestión de obstinada adhesión a las ideas propias del hombre. Es justamente todo lo contrario. Es una adhesión reverente a la Palabra de Dios. Que el lector advierta esto claramente. Con frecuencia sucede que, cuando uno está decidido, a través de la gracia, a obrar de acuerdo con la Escritura, será declarado dogmático, intolerante e impetuoso; y, sin duda, uno tiene que velar por su temperamento, espíritu y estilo, aun cuando procure obrar de conformidad con la Palabra de Dios. Pero téngase muy presente que la obediencia a los mandamientos de Cristo es justo lo contrario de la arrogancia, del dogmatismo y de la intolerancia.

No es de extrañar que, cuando un hombre consiente dócilmente en confiar su conciencia al cuidado de sus semejantes y en sujetar su inteligencia a las opiniones de los hombres, se lo considere como persona apacible, modesta y liberal; pero, no bien se someta con reverencia a la autoridad de la Santa Escritura, será tenido como alguien confiado en sí mismo, dogmático y de mentalidad estrecha. Que así sea. Viene rápidamente el tiempo en el cual la obediencia será llamada por su verdadero nombre y halle su reconocimiento y recompensa. El creyente fiel debe sentirse contento de esperar ese momento y, mientras lo aguarda, debe sentirse satisfecho de permitir que los hombres lo llamen como les plazca. “Jehová conoce los pensamientos de los hombres, que son vanidad” (Salmo 94:11).

El racionalismo

Pero debemos finalizar nuestro tema, por lo cual añadiremos solamente, a modo de conclusión, que existe una tercera influencia hostil contra la cual el amante de la Biblia tendrá que estar en guardia. Se trata del racionalismo o la supremacía de la razón humana. El fiel discípulo de la Palabra de Dios deberá resistir a este audaz intruso con la más firme entereza. Éste tiene la presunción de colocarse como juez de la Palabra de Dios y resolver en qué parte es digna de Dios y en qué parte no, prescribiendo límites a la inspiración.

En vez de someterse con humildad a la autoridad de la Escritura, la cual se remonta de continuo a una región a la cual la pobre y ciega razón jamás la puede seguir, el racionalismo, con todo orgullo, procura hacer descender a la Escritura por debajo de Su verdadero nivel y acomodarla al de él. Si la Biblia declara algo que no concuerde aun en lo más mínimo con las conclusiones del racionalismo, entonces —se alega— tiene que tener alguna falla. Si Dios dice algo que la pobre, ciega y pervertida razón no puede conciliar con sus propias conclusiones —las cuales, nótese, las más de las veces son los absurdos más groseros— Él es excluido de su propio libro.

Y esto no lo es todo. El racionalismo nos priva de la única norma perfecta de verdad y nos conduce hacia una región en la cual prevalece la más tenebrosa incertidumbre. Procura socavar la autoridad de un libro del cual podemos creer todo y conducirnos hacia un campo de especulación en el cual no podemos estar seguros de nada. Bajo el dominio del racionalismo, el alma es como una embarcación desprendida de sus amarras de seguridad en el puerto de la revelación divina y que se verá bamboleada como un corcho sobre la turbulenta y devastadora corriente del escepticismo universal.

Ahora bien, no esperamos convencer a un consumado racionalista, aun cuando el mismo condescendiera a examinar nuestras modestas páginas, lo cual es algo muy improbable. Ni podríamos esperar ganar para nuestro modo de pensar al decidido defensor de la conveniencia, o al ardiente admirador de la tradición. Ni tenemos la competencia, ni el tiempo libre, ni el espacio para entrar en tal línea de argumento como sería necesario si fuésemos a procurar tales fines. Pero estamos deseosos de que el lector cristiano perciba, a partir de la lectura cuidadosa de este artículo, de un modo más profundo la preciosidad de su Biblia. Deseamos fervientemente que las palabras LA BIBLIA: Su suficiencia y supremacía, se graben, en amplios y profundos caracteres, en la tabla del corazón del lector (véase Proverbios 7:3).

Sentimos que tenemos un solemne deber que cumplir, en un tiempo como el presente, en el cual la superstición, la conveniencia y el racionalismo están todos en plena actividad, como tantos otros agentes del diablo, en sus esfuerzos por socavar los fundamentos de nuestra santísima fe. Ésta la debemos a aquel bendito volumen inspirado del cual hemos bebido corrientes de vida y paz para dar nuestro débil testimonio a la divinidad de cada una de sus páginas, para dar expresión, de esta forma permanente, a nuestra profunda reverencia a su autoridad y a nuestra convicción por su suficiencia divina para todas las necesidades, ya sea del creyente individualmente o de la Iglesia colectivamente.

Instamos seriamente a nuestros lectores a valorar las Santas Escrituras más que nunca, y también, en los más acuciantes términos, a que se guarden de toda influencia —sea de la tradición, de la conveniencia o del racionalismo— que tienda a debilitar su confianza en aquellos oráculos celestiales. El espíritu y los principios que hoy prevalecen hacen que sea imperioso asirnos tenazmente a la Escritura, atesorarla en nuestros corazones y sujetarnos a su santa autoridad.

¡Quiera Dios Espíritu, el autor de la Biblia, producir en el escritor y en el lector de estas líneas un amor más ardiente por esa Biblia! Quiera Él acrecentar nuestro conocimiento práctico con su contenido y conducirnos a una sumisión más completa a sus enseñanzas en todas las cosas, para que Dios sea glorificado aún más en nosotros a través de Jesucristo nuestro Señor.