La santificación, ¿qué es?

Procurar paz y consuelo a aquellos que, aunque verdaderamente convertidos, no han echado mano de un Cristo completo, y que, en consecuencia, no gozan de la libertad del Evangelio, es el objeto que nos proponemos al considerar el importante y profundamente interesante tema de la santificación.

Creemos que un número importante de aquellos de quienes buscamos la prosperidad espiritual, sufren considerablemente a razón de ideas defectuosas o erróneas sobre esta cuestión vital. En algunos casos, la doctrina de la santificación es tan enteramente mal comprendida que la verdad de la perfecta justificación del creyente delante de Dios se ve seriamente comprometida.

Por ejemplo, a menudo hemos oído de algunas personas que hablan de la santificación como de una obra progresiva, en virtud de la cual nuestra vieja naturaleza se tiene que ir mejorando gradualmente; y también hemos oído expresar el pensamiento de que hasta que este proceso no alcance su punto culminante —es decir, hasta que la caída y corrupta naturaleza humana no haya sido santificada por completo—, no estamos en condiciones de entrar en el cielo.

Ahora bien, por lo que respecta a esta creencia, sólo diremos que la Escritura, al igual que la auténtica experiencia de todos los creyentes, es enteramente contraria a la misma. La Palabra de Dios no nos dice ni una sola vez que el Espíritu Santo tenga por objeto la mejoría, ya de forma gradual, ya de cualquier otra forma, de nuestra vieja naturaleza, naturaleza que, al nacer, heredamos del caído Adán. El inspirado apóstol declara expresamente que “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1.ª Corintios 2:14). Este solo pasaje es claro y concluyente sobre este punto. Si “el hombre natural” es incapaz de “percibir” y de “conocer las cosas del Espíritu de Dios”, ¿cómo este “hombre natural” podría ser santificado por el Espíritu Santo? ¿No es evidente que hablar de la santificación de nuestra naturaleza es ir en contra de la directa enseñanza de 1.ª Corintios 2:14?

Podríamos citar otros pasajes para demostrar que el objeto de las operaciones del Espíritu, no es el de mejorar o santificar la carne, pero no es menester multiplicar las citas. Una cosa enteramente arruinada, jamás puede ser santificada. Hagamos lo que queramos con ella, está arruinada; y el Espíritu Santo, con toda seguridad, no descendió para santificar una ruina, sino para conducir al pecador arruinado a Jesús. En lugar de cualquier intento por santificar la carne, oímos que “el deseo de la carne es contra el Espíritu y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5:17). ¿Podríamos suponer al Espíritu Santo haciendo la guerra contra aquello que debería estar gradualmente mejorando y perfeccionando? Por otra parte, ¿no cesaría el combate tan pronto como el proceso de mejoramiento hubiese alcanzado su apogeo? Pero ¿acaso vemos que el combate del creyente cese alguna vez entretanto esté en el cuerpo?
Esto nos conduce a la segunda objeción contra la errónea teoría de la santificación progresiva de nuestra naturaleza, esto es, la que se deriva de la auténtica experiencia de todos los creyentes. Lector, ¿es Ud. un verdadero creyente? Si es así, yo le preguntaría si alguna vez ha obtenido alguna mejora de su vieja naturaleza. ¿Es ella una pizca mejor ahora que al comienzo de su carrera cristiana? El creyente, por la gracia, sí puede —o debería— subyugarla más plenamente; pero esta naturaleza no es de ningún modo mejorada. Si no la hace morir, ella estará tan dispuesta como siempre a aflorar y a manifestarse en toda su vileza. “La carne” en un creyente, no es nada mejor que “la carne” en un incrédulo. Perded de vista esta verdad, y difícilmente podríais calcular las terribles consecuencias de ello. Si el creyente olvida que el yo debe ser juzgado, pronto aprenderá, mediante una amarga experiencia, que su vieja naturaleza es tan malvada como siempre, y que siempre será exactamente la misma hasta el fin.

Es difícil concebir cómo aquel que es llevado a esperar una mejora gradual de su naturaleza, puede gozar de un instante de paz; pues si tan sólo se considerase a sí mismo a la luz de la santa Palabra de Dios, no puede sino ver que su vieja naturaleza —la carne— es exactamente la misma que cuando andaba en las tinieblas morales de su estado de inconversión. Es cierto que su condición y su carácter han sufrido un gran cambio a raíz de la posesión de una nueva naturaleza —una “naturaleza divina” (2. ª Pedro 1:4)— y a causa de la morada del Espíritu Santo en él para hacer efectivos los deseos de aquélla. Pero no bien la vieja naturaleza actúa, encuentra que es tan contraria a Dios como siempre.

No dudamos de que la tristeza y el desaliento, de los que muchos cristianos se quejan, tienen su origen, en gran parte, en una concepción errónea de este punto importante de la santificación. Ellos buscan lo que jamás podrán encontrar. Buscan un fundamento de paz en una naturaleza santificada, en vez de hacerlo en un sacrificio perfecto; en una obra progresiva de santificación, en vez de buscarlo en una obra cumplida de expiación. En su opinión, es presuntuoso creer que sus pecados son perdonados entretanto su vieja naturaleza no sea completamente santificada; y al ver que ese objetivo no es alcanzado, no tienen una positiva seguridad de perdón, y son, por consecuencia, miserables. En una palabra, ellos buscan “un fundamento” totalmente diferente de aquel que el Señor dijo haber establecido, y, por consecuencia, no tienen absolutamente ninguna certidumbre. Lo único que parece ofrecerles un rayo de consuelo, es el éxito aparente de algún esfuerzo en su lucha por obtener una santidad personal. Si han tenido un día tranquilo, si son favorecidos por un tiempo de dulce comunión, si se hallan en una disposición de calma y de devoción, están prestos a exclamar: “No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte” (Salmo 30).

Pero, ¡ay! estas cosas proveen un pobre fundamento para la paz del alma. Ellas no son Cristo; y hasta tanto no veamos que nuestra posición delante de Dios es en Cristo, no tendremos una paz asegurada. Sin duda, el alma que realmente ha echado mano de Cristo, aspira a la santidad; pero si ha comprendido lo que Cristo es para ella, habrá acabado con todo pensamiento acerca de una naturaleza santificada. Ella ha hallado en Cristo su todo, y el deseo primordial de su corazón, es crecer a Su semejanza. Ésta es la verdadera santificación práctica.
A menudo sucede que ciertas personas, al hablar de la santificación, tienen pensamientos rectos acerca de ella, aun cuando no se expresen según la enseñanza de la Escritura. Y hay muchos también que ven un solo lado de la verdad referente al tema de la santificación, pero no el otro; y aunque nos pese ofender a alguien por una palabra, es sin embargo siempre muy importante, al hablar de cualquier punto de la verdad, y particularmente de un punto tan vital como el de la santificación, hablar conforme a la divina integridad de la Palabra. Procederemos, pues, a citar, para nuestros lectores, algunos de los principales pasajes del Nuevo Testamento que desarrollan esta doctrina. Estos pasajes nos enseñarán dos cosas, a saber:

Primero: Qué es la santificación
Segundo: Cómo se efectúa la santificación

1. Qué es la santificación

El primer pasaje sobre el cual llamaremos vuestra atención es 1.ª Corintios 1:30: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” Aquí aprendemos que Cristo “nos ha sido hecho” estas cuatro cosas. Dios nos ha dado en Cristo un cofrecito precioso, y cuando lo abrimos con la llave de la fe, la primera joya que brilla ante nuestros ojos es la “sabiduría”; la segunda, la “justicia”; la tercera, la “santificación”; y la cuarta, la “redención”. Todas estas cosas las tenemos en Cristo. De la misma manera que tenemos una, tenemos todas. Y ¿cómo obtenemos todas estas cosas? Por la fe. Pero ¿por qué el apóstol menciona la redención a lo último? Porque ella comprende la liberación final del cuerpo del creyente, del poder de la mortalidad, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios lo levantará de la tumba, o lo transformará, en un abrir y cerrar de ojos. ¿Acaso este acto será progresivo? Claro que no. Tendrá lugar “en un abrir y cerrar de ojos”. Ahora el cuerpo se encuentra en un determinado estado, y “en un momento” estará en otro. En el brevísimo lapso de tiempo, expresado por el rápido movimiento del párpado, el cuerpo pasará de la corrupción a la incorrupción, de la deshonra a la gloria, de la debilidad a la fuerza. ¡Qué cambio! Será inmediato, completo, eterno y divino.
Pero ¿qué tenemos que aprender del hecho de que la “santificación” se halle agrupada con la “redención”? Aprendemos que lo que la redención será para el cuerpo luego, la santificación lo es para el alma ahora. En una palabra, la santificación, según el sentido en el cual es empleado aquí el término, es una obra inmediata, completa, eterna y divina. La una es más progresiva que la otra. La una es tan inmediata como la otra. La una es tan completa e independiente del hombre como la otra. No hay duda de que cuando el cuerpo haya sufrido este glorioso cambio, habrá alturas de gloria para recorrer, profundidades de gloria para penetrar y vastos campos de gloria para explorar. Todas estas cosas nos ocuparán durante la eternidad. Pero la obra que nos hará aptos para gozar de semejantes escenas será cumplida en un momento. Así es en cuanto a la santificación: los resultados prácticos de la misma deberán desarrollarse continuamente; pero el hecho mismo, tal como es mencionado en este pasaje, es llevado a cabo en un santiamén.
¡Qué inmenso alivio sería para miles de almas fervorosas, que están en la ansiedad y el combate, si pudieran verdaderamente echar mano de Cristo como su santificación! ¡Cuántos cristianos se esfuerzan inútilmente por lograr una santificación propia! Ellos vinieron a Cristo para la justicia, después de haber hecho muchos esfuerzos inútiles para obtener una justicia propia. Y ahora buscan la santificación de una manera totalmente diferente. Han obtenido “la justicia sin las obras”, y se imaginan que deben obtener la santificación por las obras. Han obtenido la justicia por la fe, y se imaginan que deben arribar a la santificación por propios esfuerzos. Es así como pierden su paz. No ven que obtenemos la santificación precisamente de la misma manera que obtenemos la justicia, puesto que Cristo “nos ha sido hecho” tanto lo uno como lo otro.
¿Acaso obtenemos a Cristo por nuestros esfuerzos? No, sino por la fe. “Al que no obra”, dice la Escritura (Romanos 4:5). Esto se aplica a todo lo que obtenemos en Cristo. No estamos autorizados por ningún concepto a distinguir de 1.ª Corintios 1:30 “la santificación”, para ponerla sobre otra base totalmente diferente de todas las otras bendiciones que despliega este pasaje. No tenemos ni sabiduría, ni justicia, ni santificación, ni redención en nosotros mismos; ni podríamos procurarlas por mucho que podamos hacer; pero Dios ha hecho que Cristo sea todo esto para nosotros. Al darnos a Cristo, nos ha dado todo lo que está en Cristo. La plenitud de Cristo es para nosotros, y Cristo es la plenitud de Dios.
Además, en Hechos 26:18 se habla de los gentiles convertidos “para que reciban remisión remisión de pecados, y herencia entre los que son santificados mediante la fe” (V.M.). Aquí, la fe es el instrumento por el cual se dice que somos santificados, porque ella nos pone en relación con Cristo. Tan pronto como el pecador cree en el Señor Jesús, queda ligado a Él. Es hecho uno con Cristo, completo en Él y acepto en Él. Ésta es la verdadera santificación y la verdadera justificación. No es un proceso; no es una obra gradual ni progresiva. La Palabra es muy explícita. Ella dice: “Los que son santificados mediante la fe en mí.” No dice “los que serán santificados” ni “los que están siendo santificados”. Si tal fuese la doctrina, la Palabra lo expresaría de esa forma.
Sin duda, el creyente crece en el conocimiento de esta santificación, en la conciencia de su poder y de su valor, de su influencia y de sus resultados prácticos; y la experimenta y la goza cada vez más. A medida que “la verdad” esparce su divina luz en su alma, entra más profundamente en la inteligencia de estas palabras: “ser santificado”, es decir, “ser puesto aparte” para Cristo, en medio de este mundo malo. Todo esto es verdadero, hermosamente verdadero; pero cuanto más vemos la verdad, más claramente comprendemos que la santificación no es propiamente una obra progresiva, cumplida en nosotros por el Espíritu Santo; sino que es el resultado de nuestra unión con Cristo por la fe; unión en virtud de la cual venimos a ser participantes de todo lo que Él es. Es una obra inmediata, completa y eterna. “Yo sé que cuanto hace Dios es lo que para siempre será; nada se le puede añadir, ni nada se le puede quitar” (Eclesiastés 3:14; V.M.). Ya sea que justifique o que santifique, “para siempre será”. Un sello de eternidad es puesto a cada una de las obras de Sus manos. “Nada se le puede añadir”, y, bendito sea su Nombre, “nada se le puede quitar”.
Hay pasajes que presentan el tema bajo otro aspecto, y que requiere también ser considerado con más detalle. Me refiero al resultado práctico en el creyente de su santificación en Cristo. En 1.ª Tesalonicenses 5:23, el apóstol ora así por los santos a quienes se dirige: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.” Aquí la palabra se aplica a una santificación que admite grados. Los tesalonicenses, al igual que todos los creyentes, tenían una perfecta santificación en Cristo; mas en cuanto a su gozo y a su manifestación práctica, ella no estaba cumplida sino en parte, y el apóstol ora para que ellos sean santificados por completo.
En este pasaje, es digno de notar que no se dice nada de “la carne”. Nuestra naturaleza caída y corrupta es siempre tratada como una cosa arruinada para siempre. Ella ha sido pesada en la balanza y hallada ligera. Ha sido medida por la regla divina y no ha alcanzado la medida. Se le aplicó una plomada perfecta, y fue hallada torcida. Dios la hizo a un lado. Su fin “ha llegado delante de Él” (Génesis 6:3; V.M.). La condenó y le dio muerte (Romanos 8:3). Nuestro viejo hombre ha sido crucificado, muerto y sepultado (Romanos 6:8). Presentar las pruebas llevaría un volumen. ¿Iríamos a imaginar, pues, un instante que Dios el Espíritu Santo haya descendido del cielo con el objeto de exhumar una naturaleza condenada, crucificada y sepultada, a fin de santificarla? Basta mencionar tal idea para que sea abandonada para siempre por todo hombre que se someta a la autoridad de la Escritura. Cuanto más atentamente estudiemos la Ley, los Profetas, los Salmos y el Nuevo Testamento, tanto más claramente veremos que la carne es enteramente incorregible. Ella es absolutamente inservible. El Espíritu Santo no la santifica, sino que da al creyente el poder para mortificarla. Se nos habla de “despojar el viejo hombre” (Colosenses 3:9). Este precepto jamás nos habría sido dado, si el Espíritu Santo hubiese tenido por objeto santificar este “viejo hombre”.
Esperamos que nadie nos imputará el menor deseo de rebajar el nivel de la santidad personal, ni de debilitar las santas aspiraciones del alma al progreso en esa pureza que todo cristiano debiera desear ardientemente. ¡Que Dios no lo permita! Si hay algo que tenemos sobre todo en el corazón, es el deseo de promover, tanto en nosotros como en nuestros hermanos, esa plena pureza personal, ese tono elevado de santidad práctica, esa entera separación de corazón respecto de todo mal moral bajo toda forma posible. Por eso suspiramos, por eso oramos y en eso deseamos crecer día a día.
Pero, al mismo tiempo, estamos plenamente convencidos de que una verdadera santidad práctica, jamás puede estar fundada sobre una base legal, y de ahí que insistamos en llamar la atención de nuestros lectores respecto de 1.ª Corintios 1:30. Es de temer que muchos que, en alguna medida, han abandonado el terreno legal en lo que concierne a “la justicia”, se queden atrás todavía en lo que concierne a “la santificación”. Creemos que ésta es la trampa y el error de miles de cristianos, y es nuestro ardiente deseo verlo corregido. El pasaje que tenemos ante nosotros, si sólo fuese recibido en el corazón por la fe, corregiría totalmente este grave engaño.
Todos los cristianos inteligentes están de acuerdo en cuanto a la verdad fundamental de “la justicia sin las obras”. Todos admiten plena y perfectamente que no podemos, mediante ningún esfuerzo, lograr una justicia propia delante de Dios; pero no todos ven tan claramente que, en la Palabra, la justificación y la santificación se hallan precisamente sobre el mismo fundamento. No podemos operar más nuestra santificación de lo que podemos operar nuestra justificación. Sí podemos intentar hacerlo, pero veremos tarde o temprano que nuestros esfuerzos son completamente vanos. Podemos hacer votos, tomar resoluciones, trabajar y combatir; podemos acariciar la esperanza de que mañana seremos mejor que hoy; pero, al fin de cuentas, seremos constreñidos a ver, a sentir y a reconocer que, en el asunto de la santificación, somos tan completamente “débiles” (Romanos 5:6) como lo demostramos ser en el asunto de la justificación.
¡Oh, qué precioso alivio para el alma sufriente que, tras buscar la satisfacción o el reposo a lo largo del camino de la santidad personal, descubre, tras años de luchas inútiles, que eso mismo tras lo cual suspira, se halla guardado y a su disposición en Cristo, a saber, una santificación completa que ha de gozarse por la fe! Tal cristiano puede haber luchado con sus hábitos, con sus malos deseos, con su carácter, con sus pasiones; puede haber estado haciendo los más laboriosos esfuerzos por para subyugar la carne y para crecer en santidad interior, pero, ¡ay, ha fracasado![1] Él descubre, con profundo dolor, que no es santo, y sin embargo lee que “sin santidad nadie verá al Señor” (Hebreos 12). No, obsérvese bien, sin una cierta medida, o cierto grado alcanzado de santidad, sino sin la santidad misma, la que todo cristiano posee desde el momento que cree, ya sea que lo sepa o no. En la palabra “salvación” está tan bien comprendida la perfecta santificación, como “la sabiduría, la justicia y la redención”. Él no ha obtenido a Cristo por sus esfuerzos, sino por la fe; y cuando echó mano de Cristo, recibió todo lo que está en Cristo.
Así pues, mirando a Cristo, permaneciendo en Él, por la fe, él encuentra el poder para obtener la victoria sobre sus concupiscencias, sus pasiones, su carácter, sus hábitos, sus circunstancias y las influencias que le rodean. Es menester que mire a Jesús para todo. Él no es más capaz de someter una sola concupiscencia, que de borrar todo el catálogo de sus pecados o de producir una perfecta justicia o de resucitar un muerto. “Cristo es todo y en todos.” La salvación es una cadena de oro que se extiende de eternidad a eternidad, y cada eslabón de esta cadena, es Cristo. Es Cristo desde el comienzo hasta el fin.
Todo esto es simple para la fe. La posición del creyente está en Cristo, y si él está en Cristo para una cosa, lo está para todas. Yo no estoy en Cristo para la justicia, y fuera de Cristo para la santificación. Si soy deudor a Cristo para la justicia, lo soy igualmente para la santificación. No soy deudor al legalismo, ni para lo uno ni para lo otro. Tengo lo uno y lo otro por gracia, por medio de la fe, y todo eso en Cristo. Sí, todo —absolutamente todo— en Cristo. Desde el momento que el pecador viene a Cristo, y cree en Él, es sacado completamente del viejo terreno de la naturaleza; pierde su vieja posición legal con todas sus pertenencias, y es considerado como en Cristo. Ya no está más “en la carne”, sino “en el Espíritu” (Romanos 8:9). Dios no le ve más que en Cristo y como a Cristo. Viene a ser uno con Cristo para siempre. “Como él es, así somos nosotros en este mundo” (1.ª Juan 4). He aquí la posición absoluta, asegurada y eterna del más débil niñito en la familia de Dios. No hay sino una sola y misma posición para todo hijo de Dios, para todo miembro de Cristo. Su conocimiento, su experiencia, su fuerza, sus dones, su inteligencia pueden variar, pero su posición es una. Todo lo que poseen de justicia o de santificación, ellos lo deben a lo que son en Cristo; por consiguiente, si no tienen una santificación perfecta, tampoco tienen una justicia perfecta. Pero 1.ª Corintios 1:30 nos enseña positivamente que Cristo “ha sido hecho” lo uno y lo otro a todos los creyentes. No dice que tenemos la justicia y «una medida de santificación». Tendríamos, en tal caso, tanta autoridad bíblica para poner la palabra «medida» delante de justicia como delante de santificación. El Espíritu de Dios no la ha puesto delante de una ni de otra. Ambas son perfectas, y son nuestras en Cristo. Dios jamás hace algo a medias. No hay tal cosa como una «semijustificación»; no, no existe nada parecido; tampoco hay nada semejante a una «semisantificación». La idea de un miembro de la familia de Dios, o del Cuerpo de Cristo, que fuese completamente justificado, pero solo santificado a medias, es a la vez contraria a la Escritura, y extremadamente ofensiva a todos los sentimientos de la naturaleza divina.
Es bastante probable que los conceptos erróneos que generalmente se tienen acerca de la santificación, se deban, en gran parte, al hábito de confundir dos cosas que son esencialmente diferentes, a saber: la posición y la marcha del creyente o, como a veces se dice, posición y condición. La posición del creyente es perfecta, eterna, inmutable, divina, por cuanto es el don de Dios en Cristo. Su andar es imperfecto, vacilante y caracterizado por la debilidad personal. Su posición es absoluta e inalterable. Su condición práctica puede presentar diversas imperfecciones, entretanto está en su cuerpo, y rodeado de diversas influencias contrarias que afectan diariamente su condición moral. Si, pues, su posición es medida por su marcha, su posición por su condición, lo que es a los ojos de Dios por lo que es a los ojos de los hombres, el resultado será necesariamente falso. Si yo razono según lo que soy en mí mismo, en lugar de razonar según lo que soy en Cristo, deberé necesariamente llegar a una falsa conclusión.
Deberíamos prestar mucha atención a esto. Somos muy propensos a razonar partiendo de nosotros mismos hacia Dios, cuando debería ser al revés: tomando a Dios como punto de partida para recibir de Él nuestros argumentos. Deberíamos recordar estas palabras del Señor: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:9).
Dios no puede pensar en su pueblo, hablar de su pueblo ni actuar hacia los suyos sino sólo según lo que ellos son en Cristo. Él les ha dado esta posición. Ha hecho de ellos lo que son. Hechura suya somos. Por eso, hablar de los suyos como justificados a medias, sería arrojar deshonra sobre Dios; y hablar de los suyos como santificados a medias, sería exactamente lo mismo.
Este curso de pensamientos nos conduce a otra importantísima prueba derivada de las autoritativas y concluyentes páginas de la inspiración: se trata de 1.ª Corintios 6:11. En los versículos precedentes, el apóstol pintó un horroroso cuadro de la humanidad caída, y les dijo abiertamente a los santos de Corinto que ellos habían sido parecidos a este retrato. “Y esto erais algunos.” He ahí un trato franco. No había palabras lisonjeras; ello no era recubrir la pared con lodo suelto; no se ve ningún intento por ocultar una parte de la verdad en cuanto a la entera e irreparable ruina de la naturaleza humana. “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”
¡Qué notable contraste entre los dos lados del “mas” del apóstol! Por un lado, todos tenemos la degradación del estado moral del hombre, y, por el otro, la perfección absoluta de la posición del creyente delante de Dios. En verdad se trata de un maravilloso contraste; y recuérdese que el alma pasa en un santiamén de un lado de este “mas” al otro. “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido” ahora una cosa totalmente diferente. Tan pronto como ellos recibieron el evangelio de Pablo, fueron “lavados, santificados y justificados”. Fueron hechos aptos para el cielo, y si no lo hubiesen sido, ello habría sido una tacha sobre la obra divina.

“Está todo limpio”, dijiste tú Señor;
¿Alguna sospecha abrigará el corazón?
“Palabra fiel” la tuya, de seguro es,
Y una obra cumplida, no menos también.

Esto es divinamente cierto. El creyente menos experimentado “está todo limpio”, no como una cosa que ha logrado, sino como un resultado necesario de estar en Cristo. “Estamos en el verdadero” (1.ª Juan 5). ¿Alguno podría estar en Cristo, y al mismo tiempo no estar sino santificado a medias? Seguramente que no. El cristiano fiel crecerá, sin duda, en el conocimiento y la experiencia de lo que es realmente la santificación. Conocerá siempre mejor su poder práctico, el efecto moral sobre sus hábitos, sus pensamientos, sus sentimientos, sus afectos y sus asociaciones; en una palabra, comprenderá y desplegará la poderosa influencia de la santificación divina sobre toda su marcha, su conducta y su carácter. Pero, junto con esto, él fue tan plenamente santificado a los ojos de Dios desde el momento que quedó unido a Cristo por la fe, como lo será cuando haya de exponerse a los rayos de la presencia divina, y reflejar esta gloria que emana del trono de Dios y del Cordero. Él está en Cristo ahora, y estará en Cristo después. Su esfera y sus circunstancias serán diferentes. Sus pies se posarán sobre las calles de oro puro del santuario celestial, en lugar de estar sobre las áridas arenas del desierto. Estará en un cuerpo de gloria en vez de estar en un cuerpo de humillación; pero en cuanto a su posición, a su aceptación, a su plenitud en Cristo, a su justificación y a su santificación, todo ha sido perfectamente cumplido y determinado desde el momento que creyó en el Nombre del unigénito Hijo de Dios; tan firmemente determinado como siempre, por cuanto es Dios quien lo hizo, y como Dios podía hacerlo. Todo esto es lo que parece desprenderse de forma incontestable y necesaria de 1.ª Corintios 6:11.
Es de suprema importancia comprender claramente la diferencia que existe entre una verdad y su aplicación práctica o su resultado. Esta distinción es continuamente mantenida en la Palabra de Dios. “Ya habéis sido santificados”. He aquí la verdad absoluta, en cuanto al creyente, considerado en Cristo; mientras que la aplicación práctica de esta verdad en el creyente, y sus resultados en el creyente, la encontramos en pasajes tales como éstos: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26). “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1.ª Tesalonicenses 5:23).

2. Cómo se efectúa la santificación

Pero ¿cómo tiene lugar esta aplicación, y cómo se obtiene este resultado? Por el Espíritu Santo, por medio de la Palabra escrita. Por eso se dice: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y también: “Dios os ha escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2.ª Tesalonicenses 2:13). Asimismo en Pedro: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu” ( 1.ª Pedro 1:2). El Espíritu Santo lleva a cabo la santificación práctica del creyente sobre la base de la obra cumplida de Cristo, y el modo en que lo hace es aplicando al corazón y a la conciencia la verdad tal como es en Jesús. Él desarrolla la verdad en cuanto a nuestra posición perfecta delante de Dios en Cristo; y, dando energía al nuevo hombre en nosotros, nos hace capaces de rechazar todo lo que sería incompatible con esta posición perfecta. Un hombre que “ha sido lavado, santificado y justificado”, no debería entregarse más a nada que sea contrario a la santidad, ni debería dar más rienda suelta a su temperamento, a sus pasiones y a sus concupiscencias. Él es separado para Dios, y debería limpiarse “de toda contaminación de carne y de espíritu” (2.ª Corintios 7:1). Posee el santo y feliz privilegio de aspirar a la santidad personal más elevada. Su corazón y sus hábitos debieran ser traídos y mantenidos bajo el poder de esta gran verdad, a saber: que él “ya ha sido lavado, santificado y justificado”.
Ésta es la verdadera santificación práctica. No es una tentativa de mejorar nuestra vieja naturaleza. No es un vano esfuerzo por reconstruir una ruina irreparable. No; es simplemente el Espíritu Santo que, mediante la poderosa aplicación de “la verdad”, hace al nuevo hombre capaz de vivir, de moverse y de tener su existencia en esa esfera a la cual pertenece. Aquí, indudablemente, habrá progreso. Tendrá lugar un crecimiento en el poder moral de esta preciosa verdad, un crecimiento en capacidad espiritual para someter y tener en sujeción todo lo atinente a la naturaleza, un creciente poder de separación del mal que nos rodea, una creciente aptitud para ese cielo al cual pertenecemos, y hacia el cual marchamos, una creciente capacidad de gozarnos en sus santos ejercicios. Todo esto tendrá lugar mediante el misericordioso ministerio del Espíritu Santo, quien se sirve de la Palabra de Dios para desplegar ante nuestras almas la verdad, en cuanto a nuestra posición en Cristo, y a la marcha que condice con esa posición. Pero compréndase bien que la obra del Espíritu Santo en la santificación práctica, día a día, reposa sobre el hecho de que los creyentes “son santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). El Espíritu Santo tiene por objeto conducirnos al conocimiento, la experiencia y la manifestación práctica de lo que era verdad de nosotros en Cristo desde el mismo momento que creímos. En esta obra hay progreso; pero en cuanto a nuestra posición en Cristo, ella es eternamente cumplida.
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Y también: “Y el mismo Dios de paz os santifique por completo” (1.ª Tesalonicenses 5:23). En estos pasajes, tenemos el gran lado práctico de la cuestión. Aquí vemos presentada la santificación, no meramente como algo que es absoluta y eternamente verdadero de nosotros en Cristo, sino también como algo que se cumple en nosotros, día a día, hora tras hora, por el Espíritu Santo, mediante la Palabra. Considerado desde este punto de vista, la santificación es, obviamente, algo progresivo. Yo debería estar más avanzado en santidad personal el próximo año que el presente. Debería, por la gracia, progresar cada día en santidad práctica. Pero —permitidme pregutaros— ¿qué es esto? ¿Qué es esto sino el cumplimiento, en mí, de lo que fue verdadero de mí, en Cristo, desde el momento que creí? La base sobre la cual el Espíritu Santo cumplió la obra subjetiva en el creyente, es la verdad objetiva de la perfección eterna de éste en Cristo.
Asimismo leemos: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Aquí la santificación nos es presentada como algo que hay que “seguir”, algo que hay que alcanzar con activo empeño, algo que todo verdadero creyente suspirará por cultivar.
¡Que el Señor nos introduzca en el poder de estas verdades! ¡Quiera Él que no permanezcan alojadas en la región de nuestro intelecto como doctrinas y dogmas, sino que entren y permanezcan en el corazón, como realidades influyentes, poderosas y sagradas! ¡Dios quiera que conozcamos el poder santificante de la verdad (Juan 17:17); el poder santificante de la fe (Hechos 26:18); el poder santificante del Nombre de Jesús (1.ª Corintios 1:30; 6:11); el poder santificante del Espíritu Santo (1.ª Pedro 1:2); la gracia santificante del Padre (Judas 1)!
Y ahora, a Dios el Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, sean gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. ¡Amén!

El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico. Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony», un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

LA GRACIA Y LA SEPARACIÓN DEL MAL

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas. Pero esta separación no es nunca, en sí misma, un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

NATURALEZA, SANTIDAD Y AMOR

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor. El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión. Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos. Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita. No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

PADRE, HIJO Y ESPÍRITU SANTO

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios. Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera. En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

La responsabilidad moral del hombre ante dios y su falta de poder

La cuestión de la responsabilidad del hombre parece dejar perplejas a muchas almas. Éstas consideran que es difícil —por no decir imposible— conciliar este principio con el hecho de que el hombre carece por completo de poder. «Si el hombre —arguyen— es absolutamente impotente, ¿cómo puede ser responsable? Si él por sí mismo no puede arrepentirse ni creer al Evangelio, ¿cómo puede ser responsable? Y si él, finalmente, no es responsable de creer al Evangelio, ¿sobre qué base, entonces, podrá ser juzgado por rechazarlo?»

Así es como la mente humana razona y arguye; y la teología, lamentablemente, no ayuda a resolver la dificultad, sino que, por el contrario, aumenta la confusión y la oscuridad. Pues, por un lado, una escuela de teología —la «alta» o calvinista— enseña —y correctamente— la completa impotencia o incapacidad del hombre; que si se lo deja librado a sus propios medios, él jamás querrá ni podrá venir a Dios; que esto sólo es posible gracias al poder del Espíritu Santo; que si no fuese por la libre y soberana gracia, nunca una sola alma podría ser salva; que, si de nosotros dependiera, sólo obraríamos mal y nunca haríamos bien. De todo esto, el calvinista deduce que el hombre no es responsable. Su enseñanza es correcta, pero su deducción es errónea. La otra escuela de teología —la «baja» o arminiana— enseña —y correctamente— que el hombre es responsable; que será castigado con eterna destrucción por haber rechazado el Evangelio; que Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan; que ruega a los pecadores, a todos los hombres, al mundo, que se reconcilien con Él; que Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. De todo esto, el sistema deduce que el hombre tiene el poder o la facultad de arrepentirse y creer. Su enseñanza es correcta; su deducción, errónea.

De esto se sigue que ni los razonamientos humanos ni las enseñanzas de la mera teología —alta o baja— podrán jamás resolver la cuestión de la responsabilidad del hombre y de su falta de poder. La palabra de Dios solamente puede hacerlo; y lo hace de la manera más simple y concluyente. Ella enseña, demuestra e ilustra, desde el comienzo del Génesis hasta el final del Apocalipsis, la completa impotencia del hombre para obrar el bien y su incesante inclinación al mal. La Escritura, en Génesis 6, declara que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos es de continuo solamente el mal”. En Jeremías 17 declara que “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso”. En Romanos 3 nos enseña que “no hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”.

Además, la Escritura no sólo enseña la doctrina de la absoluta e irremediable ruina del hombre, de su incorregible mal, de su total impotencia para hacer el bien y de su invariable inclinación al mal, sino que también nos provee de un cúmulo de pruebas, absolutamente incontestables, en la forma de hechos e ilustraciones tomados de la historia actual del hombre, que demuestran la doctrina. Nos muestra al hombre en el jardín, creyendo al diablo, desobedeciendo a Dios y siendo expulsado. Lo muestra, tras haber sido expulsado, siguiendo su camino de maldad, hasta que Dios, finalmente, tuvo que enviar el diluvio. Luego, en la tierra restaurada, el hombre se embriaga y se degrada. Es probado sin la ley, y resulta ser un rebelde sin ley. Entonces es probado bajo la ley, y se convierte en un transgresor premeditado. Entonces son enviados los profetas, y el hombre los apedrea; Juan el Bautista es enviado, y el hombre lo decapita; el Hijo de Dios es enviado, y el hombre lo crucifica; el Espíritu Santo es enviado, y el hombre lo resiste.

Así pues, en cada volumen —por decirlo así— de la historia del género humano, en cada sección, en cada página, en cada párrafo, en cada línea, leemos acerca de su completa ruina, de su total alejamiento de Dios. Se nos enseña, de la manera más clara posible, que, si del hombre dependiera, jamás podría ni querría —aunque, seguramente, debería— volverse a Dios, y hacer obras dignas de arrepentimiento. Y, en perfecta concordancia con esto, aprendemos de la parábola de la gran cena que el Señor refirió en Lucas 14, que ni tan siquiera uno de los convidados quiso hallarse a la mesa. Todos los que se sentaron a la mesa, fueron “forzados a entrar”. Ni uno solo jamás habría asistido si hubiese sido librado a su propia decisión. La gracia, la libre gracia de Dios, debió forzarlos a entrar; y así lo hace. ¡Bendito sea por siempre el Dios de toda gracia!

Pero, por otra parte, lado a lado con esto, y enseñado con igual fuerza y claridad, está la solemne e importante verdad de la responsabilidad del hombre. En la Creación, Dios se dirige al hombre como a un ser responsable, pues tal indudablemente lo es. Y además, su responsabilidad, en cada caso, es medida por sus beneficios. Por eso, al abrir la epístola a los Romanos, vemos que el gentil es considerado en una condición sin ley, pero siendo responsable de prestar oído al testimonio de la Creación, lo que no ha hecho. El judío es considerado como estando bajo la ley, siendo responsable de guardarla, lo que no ha hecho. Luego, en el capítulo 11 de la epístola, la cristiandad es considerada como responsable de permanecer en la bondad de Dios, lo cual no hizo. Y en 2.ª Tesalonicenses 1 leemos que aquellos que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo, serán castigados con eterna destrucción. Por último, en el capítulo 2 de la epístola a los Hebreos, el apóstol urge en la conciencia esta solemne pregunta: “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?”

Ahora bien, el gentil no será juzgado sobre la misma base que el judío; tampoco el judío será juzgado sobre la misma base que el cristiano nominal. Dios tratará con cada cual sobre su propio terreno distintivo y conforme a la luz y privilegios recibidos. Hay quienes recibirán “muchos azotes”, y quien será “azotado poco”, conforme a Lucas 12. Será “más tolerable” para unos que para otros, según Mateo 11. El Juez de toda la tierra habrá de hacer lo que es justo; pero el hombre es responsable, y su responsabilidad es medida por la luz y los beneficios que le fueron dados. No a todos se los agrupa indiscriminadamente, como si se hallasen en un terreno común. Al contrario, se hace una distinción de lo más estricta, y nadie será jamás condenado por menospreciar y rechazar beneficios que no hayan estado a su alcance. Pero seguramente el solo hecho de que habrá un juicio, demuestra fehacientemente —aunque no hubiera ninguna otra prueba— que el hombre es responsable.

¿Y quién —preguntamos— es el prototipo de irresponsabilidad por excelencia? Aquel que rechaza o desprecia el Evangelio de la gracia de Dios. El Evangelio revela toda la plenitud de la gracia de Dios. Todos los recursos divinos se despliegan en el Evangelio: El amor de Dios; la preciosa obra y la gloriosa Persona del Hijo; el testimonio del Espíritu Santo. Además, en el Evangelio, Dios es visto en el maravilloso ministerio de la reconciliación, rogando a los pecadores que se reconcilien con Él[1]. Nada puede sobrepasar esto. Es el más elevado y pleno despliegue de la gracia, de la misericordia y del amor de Dios; por tanto, todos los que lo rechazan o menosprecian, son responsables en el sentido más estricto del término, y traen sobre sí el más severo juicio de Dios. Aquellos que rechazan el testimonio de la Creación son culpables; los que quebrantan la ley son más culpables todavía; pero aquellos que rechazan la gracia ofrecida, son los más culpables de todos.

¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología, caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).

Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es que esta dificultad referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma, se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios. Tal es su situación, si hemos de ser enseñados por la Escritura.

Tomemos un ejemplo. Un hombre me debe cierta suma de dinero; pero es un hombre inconsciente y despilfarrador, de modo que es incapaz de pagarme; y no sólo es incapaz, sino que tampoco tiene el menor deseo de hacerlo. No quiere pagarme; no quiere tener nada que ver conmigo. Si me viera venir por la calle, se ocultaría tan pronto como pudiera con tal que me esquivara. ¿Es responsable? ¿Tengo razones para iniciar acciones legales contra él? ¿Acaso su total incapacidad para pagarme lo exonera de responsabilidad?

Luego le envío a mi siervo con un afectuoso mensaje. Lo insulta. Le envío otro; y lo golpea violentamente. Entonces le envío a mi propio hijo para que le ruegue que venga a mí y se reconozca deudor mío, para que confiese y asuma su propio lugar, y para decirle que no sólo quiero perdonar su deuda, sino también asociarlo a mí. Él entonces insulta a mi hijo de toda forma posible, echa toda suerte de oprobio contra él y, finalmente, lo asesina.

Todo esto constituye simplemente una muy débil ilustración de la verdadera condición de cosas entre Dios y el pecador; sin embargo, algunos quieren razonar y argumentar acerca de la injusticia de sostener que el hombre es responsable. Ello es un fatal error, desde todo punto de vista. En el infierno no hay una sola alma que tenga alguna dificultad sobre este tema. Y con toda seguridad que en el cielo nadie siente ninguna dificultad al respecto. Todos los que se hallen en el infierno reconocerán que recibieron lo que merecían conforme a sus obras; mientras que aquellos que se hallen en el cielo se reconocerán «deudores a la gracia solamente». Los primeros habrán de agradecerse a sí mismos; los últimos habrán de dar gracias a Dios. Creemos que tal es la única solución verdadera a la cuestión de la responsabilidad y el poder del hombre [2].