El amor es el poder que reúne

Pero tenemos otros privilegios. El amor de Dios en Cristo no es solamente un objeto que reúne, sino que es una actividad que reúne. El amor necesita un objeto; actúa y se manifiesta. Así es cómo Dios ha actuado. El concepto de Dios que el paganismo ha elaborado es totalmente distinto. Éste concibe las profundidades silenciosas del propio conocimiento como mero intelecto, aunque supone erróneamente que la materia es igualmente eterna, y que recibe de Dios nada más que forma; pero que entonces vino a ser activo para generar pensamientos y, objetivamente complacido con ellos, vino a ser activo en creación para producirlos según verdad. Con este esquema, los paganos con razón hicieron de las primitivas tinieblas la madre de todas las cosas. Pero tal no es nuestro Dios.

Jesús reveló a Dios; y así conocemos a Dios como “amor”, y también como “luz”. ¡Bienaventurado conocimiento! Tal como se nos da en la Palabra, es la vida eterna; y esta vida, como lo vimos, se ocupa de conocer al Padre y al Hijo. Pero podemos decir también que conocemos esta otra verdad preciosa y excelente: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Es la actividad del amor la que constituye el poder de reunión. Él mismo se entregó… “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Incluso para Israel: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Aquí, no tenemos sino un objeto que atrae y que santifica, que produce la comunión, sino que es la actividad del amor que actúa, que se entrega, con el fin de reunir; y en esta obra podemos tener nuestra parte. Es ésta la que, al mismo tiempo que santifica y que mantiene la santidad de Dios, nos revela a Dios y reúne a las almas cansadas.

Ahora bien, allí solamente radica el principio y el verdadero poder de reunión: no digo el principio sobre el cual se reúnen los almas, ya que queda claro que lo están sobre el principio de la santidad, de la separación del mal, que es la única manera en que se mantiene la comunión; de no ser así ¡las tinieblas tendrían comunión con la luz! Pero el amor reúne, y esta verdad es para el cristiano tan evidente como lo es el hecho de que el amor reúne para la santidad y sobre ese principio; porque ¿cuando que la mente del hombre se separaría del mal y abandonaría el mal en el cual vive, y que es su naturaleza, desgraciadamente, en cuanto a sus deseos naturales y en cuanto a la esfera en la cual vive? ¡Nunca! Desgraciadamente, su voluntad y sus codicias están allí, su pensamiento es enemistad contra Dios. Este hecho es lo que la presentación de la gracia en Jesús demostró de una manera tan solemne.

La ley nunca fue dada para reunir; era la norma de conducta de un pueblo ya relacionado con Dios, un medio para convencer de pecado. El pecado no reúne hacia Dios, ni tampoco la ley; y uno y otro son todo lo que constituye la condición del hombre, a menos que la gracia obre. Además, sólo la gracia revela plenamente a Dios, y, por consecuencia, sin la gracia, no se manifiesta el objeto alrededor del cual debemos reunirnos. Sólo la gracia alcanza el corazón para conducirlo a Dios: todo, fuera de esto, sólo es responsabilidad y fracaso.

Es Cristo quien reúne, y en esto conocemos el amor, en que dio su vida por nosotros. La propia verdad, de hecho, nunca no se conoce hasta que viene la gracia. La ley por Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo (Juan 1:17). La ley decía al hombre lo que debía ser. No le decía lo que era. Le hablaba de vida, si obedeciera, y de maldición, si desobedecía; pero no le decía que Dios es amor. La ley hablaba de responsabilidad; decía: “haz esto y vivirás”. Era perfecta en su lugar, pero no decía ni lo que el hombre es, ni lo que Dios es: eso permanecía oculto; pero eso es la verdad. La verdad no es lo que debería ser, sino lo que es, la realidad de todas las relaciones existentes tal como son, y la revelación de aquel que, si existen relaciones, deben ser el centro. Ahora bien, era imposible que estas cosas fuesen comunicadas sin la gracia; ya que el hombre es un pecador perdido, y Dios es amor. Por otro lado, ¿cómo podía decirse que toda relación se ha roto (pues el juicio no es una relación, sino la consecuencia de la ruptura de una relación) sino por la revelación de que esta gracia formó una nueva relación sobre el principio mismo de la gracia por el poder divino? Ésta es la razón por la que leemos: “El, de su voluntad, nos hizo nacer [lit.: engendró] por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”; esa simiente incorruptible de la palabra. Por lo tanto, Cristo es la verdad; ya que desde su llegada, se revelan el pecado, la gracia, el mismo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mismo, tal cual son; lo que es el hombre en perfección, en su posición de relación con Dios; lo que es el alejamiento de Dios, en el cual el hombre cayó; lo que es la obediencia, y la desobediencia, lo que es la santidad, lo que es el pecado, lo que es Dios, lo que es el hombre, lo que es el cielo, y la tierra: todo se pone en su lugar con relación a Dios, y con la más entera revelación de Sí mismo, al mismo tiempo que sus consejos, de los cuales Cristo es el centro.

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El amor y la santidad

Tengo en el corazón presentar algunas notas sobre un tema que, creo, es de importancia para el momento actual; y, al hacerlo, tengo presente el espíritu de un tratado sobre el cual las circunstancias han llamado la atención, y he revisado este tratado desde el punto de vista práctico. Me veo más urgido a hacerlo por cuanto he leído, hace algún tiempo, en el periódico «The Present Testimony» (El testimonio presente), si mi memoria no me falla, un artículo que ponía el tema sobre un terreno que no he hallado del todo exacto, en que no consideraba, según mi parecer, más que un solo lado del tema.

Lo que creo que es importante comprender, es que el poder activo que reúne es siempre la gracia, el amor. La separación del mal puede volverse necesaria. En ciertas condiciones particulares de la Iglesia, cuando el mal ha entrado, esta separación puede caracterizar, en una gran medida, la senda de los fieles. Puede suceder que, mientras las mismas convicciones actúen en un mismo momento en muchos, la separación del mal forme un núcleo de personas reunidas. Pero esta separación no es nunca, en sí misma, un poder de reunión. La santidad puede atraer a una alma, cuando esta alma ya está en movimiento por sí misma. Pero el poder para reunir está en la gracia, en el amor viviente que actúa, en “la fe que obra por el amor”. La historia de la Iglesia de Dios en todos los tiempos es la demostración de la verdad de este principio. Reunir es el poder formativo de la unidad, allí donde ella no existe. Doy por sentado aquí que Cristo es reconocido como el centro. Si el mal existe, el poder que reúne puede congregar aparte del mal; pero el poder que reúne, lo repito, es el amor.

El tratado al que he hecho alusión al principio, y sobre el cual deseo pasar revista, a causa de las circunstancias, no es ignorado: «La separación del mal es el principio divino de la unidad.» Espero tener gracia para reconocer el error donde crea que lo haya, y sé que lo debo al Señor; pero el tema que me ocupa aquí es un poco más amplio. Ese tratado considera la condición de la Iglesia de Dios en general, y no a unos miembros de ella en particular; pero como una cierta parte de la verdad corrige un mal, así también otra porción de esta verdad, por su operación en el alma, puede ensanchar la esfera del bien y fortalecer su actividad.

Hay, en la naturaleza de Dios, dos grandes principios reconocidos por todos los santos, la santidad y el amor. El uno, me atrevo a decir, es la necesidad de su naturaleza, imperativo, en virtud de esa naturaleza, para todos los que se acercan a Dios: el otro es su energía. Uno caracteriza la naturaleza de Dios; el otro es su naturaleza propia y el móvil de la actividad de su naturaleza. Dios es santo; no se dice que sea amante, sino que es amor. Lo es en el principio esencial y la actividad de su ser; hacemos de Él un juez por el pecado, pues Dios es santo y tiene autoridad; pero Él es amor, y nadie lo ha hecho tal. Si hay amor en cualquier otra parte fuera de Dios, este amor es de Dios, puesto que Dios es amor. El amor es la preciosa y activa energía de su ser. En el ejercicio de esta energía, Él reúne hacia sí mismo, para la felicidad eterna de aquellos que son así congregados, el despliegue y la manifestación de este amor en Cristo, y Cristo mismo siendo el gran poder y el centro de la reunión. Los consejos de Dios, bajo esta relación, son “la gloria de su gracia”; la aplicación de esos consejos a pecadores y los medios que emplea a tal efecto, son “las riquezas de su gracia”. Y en los siglos venideros, mostrará “las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios 2:7).

Antes de entrar en el examen del tema que tengo ahora directamente en vista, permitidme, de paso, decir unas palabras sobre el bello pasaje de la epístola a los Efesios a que me acabo de referir, porque este pasaje revela la plenitud de los pensamientos de Dios cuando introduce en la unidad de que habla esta epístola. Somos bendecidos en Cristo; y Dios mismo es el centro de la bendición, y eso bajo dos aspectos, a saber, en su naturaleza y en su relación con los que son bendecidos. Es a la vez “Dios” y “Padre” en relación con Cristo mismo, considerado como Hombre delante de Él, aunque sea el Hijo amado (véase Efesios 1:3-7). Él es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según las propias palabras de Jesús a sus discípulos, cuando iba a subir al cielo: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), con la sola diferencia de que, aquí, en la epístola a los Efesios, la unidad de los santos en Cristo es introducida, mientras que, en Juan, Cristo habla de los discípulos como de sus “hermanos”. En este doble carácter, pues, que Dios reviste respecto a Cristo mismo, Él nos bendijo con toda bendición espiritual, sin excluir ninguna, en los lugares celestiales, la más excelente y elevada esfera de bendición, allí donde Él habita. No se trata de que las bendiciones sean enviadas a nosotros a la tierra, sino de que nosotros mismos somos elevados allá a lo alto, a los lugares celestiales, y de la manera más excelente y gloriosa, en Cristo Jesús, excepto Su derecho divino a estar sentado en el trono del Padre. ¡Porción maravillosa, gracia dulce y bendita, que se torna simple para nosotros en la medida que nos habituamos a morar en la perfecta bondad de Dios, al cual le es natural ser todo lo que él es, y quien no podría ser otra cosa!

En el versículo 3 del primer capítulo de Efesios, tenemos al “Dios de nuestro Señor Jesucristo”, según la gloria de la naturaleza divina, introduciendo en su propia presencia en Cristo lo que habrá de ser el reflejo de esta gloria, según su designio eterno. Porque la Iglesia en los pensamientos de Dios (y, se puede agregar, en su vida en la Palabra), es antes del mundo en el cual ella se manifiesta. Aquí, se trata de la naturaleza de Dios. Hemos sido escogidos en Cristo “antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor”. Dios es santo, Dios es amor, y en sus caminos, cuando obra, es intachable.

Luego, hay una relación con Cristo; y la relación de Cristo es la de “Hijo”. Así pues, en Él, hemos sido predestinados para la adopción como hijos para Dios mismo, según Su beneplácito, según el placer y la bondad de su voluntad. Se trata de relación aquí. Dios es el Padre de nuestro Señor Jesucristo, así como su Dios. Ésta es la gloria de su gracia, son sus propios pensamientos y propósitos, para la alabanza de los cuales somos nosotros. Nos manifestó su gracia en el “Amado”. Pero, en realidad, nos encuentra en la condición de pecadores; y él conduce a pecadores a esta posición. ¡Qué pensamiento! Y aquí su gracia resplandece de otra manera. En él, Cristo, el Hijo, “tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados”, lo que necesitamos para entrar en esta posición en la cual estaremos para alabanza de la gloria de su gracia, y eso, según las riquezas de su gracia; porque Dios se manifiesta en la gloria de su gracia, y nuestras necesidades encuentran su respuesta en las riquezas de su gracia.

Así estamos delante de Dios. Lo que sigue en el capítulo se refiere a “la herencia” que nos pertenece por esta misma gracia, lo que está a nuestra disposición. No me detengo en este tema, sino que, como lo hice en otra parte, solamente observo que el Espíritu Santo es las arras de la herencia, pero no del amor de Dios. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Estas dos relaciones, de Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, contienen y manifiestan una abundante riqueza de bendición; se las encuentra frecuentemente en la Escritura.

¡Un corazón para Cristo!

Imagen relacionadaEn este solemne capítulo tenemos revelados muchos corazones. El corazón de los principales sacerdotes, el de los ancianos, el de los escribas, el de Pedro y el de Judas. Pero hay particularmente un corazón distinto de todos los demás: el de la mujer que trajo el vaso de alabastro con el perfume de gran precio para ungir el cuerpo de Jesús. Esta mujer tenía un corazón para Cristo. Ella podía ser una gran pecadora, una pecadora muy ignorante; pero sus ojos habían sido abiertos para ver en Jesús una belleza que la llevó a juzgar que nada de lo que se gastara en él podría ser demasiado caro. En una palabra, ella tenía un corazón para Cristo.

Pasemos por alto a los principales sacerdotes, a los ancianos y a los escribas y detengámonos unos instantes para considerar el corazón de esta mujer en contraste con el de Judas y el de Pedro.

1. Judas era un hombre ambicioso. Amaba el dinero, inclinación muy común en todas las épocas. Había predicado el Evangelio. Había caminado en compañía del Señor Jesús durante los días de Su ministerio público. Había oído Sus palabras, había visto Sus caminos y había experimentado Su bondad; pero, lamentablemente, aunque era apóstol, aunque era compañero de Jesús y predicador del Evangelio, con todo, no tenía un corazón para Cristo. Tenía un corazón para el dinero. El lucro era siempre el motor que animaba su corazón. Cuando se trataba de dinero, la avidez se posesionaba de él. Las pasiones más profundas de su ser se veían despertadas por el dinero. “La bolsa” era su objeto más cercano y más querido. Satanás lo sabía. Conocía el particular deseo de Judas. Tenía pleno conocimiento del precio al que podría comprarle. Conocía a su hombre, sabía cómo tentarlo y cómo utilizarlo. ¡Solemne pensamiento!

Pero adviértase también que la misma posición de Judas lo hacía tanto más apto para los designios de Satanás. Su familiaridad con los caminos de Cristo lo hacía una persona ideal para entregarle en manos de Sus enemigos. El mero conocimiento intelectual de las cosas sagradas, sin que el corazón sea tocado, vuelve al hombre más insensible, profano y perverso. Los principales sacerdotes y los escribas de Mateo 2 tenían un conocimiento intelectual de la letra de la Escritura, pero no un corazón para Cristo. Ellos podían desenvolver el rollo profético sin dificultad ni demora hasta dar con el lugar donde se hallaba escrito: “Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel” (v. 6). Todo esto era muy bueno, muy cierto y muy hermoso, pero ellos no tuvieron entonces un corazón para ese “guiador”; no tuvieron ojos para verle; no le quisieron. Sabían al dedillo la Escritura. Seguramente se habrían sentido avergonzados si no hubieran podido contestar la pregunta de Herodes. Habría sido una deshonra para ellos, en la posición que ocupaban, dar muestras de ignorancia. Pero ellos no tenían un corazón para Cristo, y por ello pusieron sus conocimientos bíblicos a los pies de un monarca impío, quien los iba a utilizar, si podía, para sus horrorosos propósitos de asesinar al verdadero heredero del trono. Basta con lo dicho en cuanto al conocimiento intelectual sin el amor del corazón.

Pero nadie vaya a interpretar que nosotros podríamos subestimar el conocimiento de las Escrituras. Lejos de ello. El verdadero conocimiento de la Palabra debe dirigir el corazón a Jesús. Pero puede suceder que haya un conocimiento de la letra de la Escritura hasta llegarse a citar un capítulo tras otro y un versículo tras otro con mucho tino; sí, y tal conocimiento hasta puede verse acompañado por un andar aparentemente en armonía con él, pero, a la vez, con un corazón frío e indiferente por Cristo. Este conocimiento sólo abrirá más la puerta a Satanás, como ocurrió con los principales sacerdotes y los escribas. Herodes no habría solicitado información a hombres ignorantes. El diablo nunca se vale de hombres ignorantes o ineptos para actuar contra la verdad de Dios. No; él utiliza instrumentos más capaces para llevar a cabo su obra. Los doctos, los intelectuales, los pensadores más profundos, siempre que no tengan un corazón para Cristo, estarán muy dispuestos a servirle en toda ocasión. ¿Por qué no fue así con los magos “que vinieron del oriente”? ¿Por qué Herodes —por qué Satanás— no pudo reclutar a estos sabios para su servicio? ¡Oh, lector, advierta la respuesta!: ellos tenían un corazón para Cristo. ¡Bendita salvaguardia! Sin duda, ellos desconocían las Escrituras. No habrían dado más que pobres muestras de destreza en la búsqueda de un pasaje de las Escrituras proféticas; pero buscaban a Jesús; buscaban a Jesús con vehemencia, honestidad y diligencia. Por eso Herodes, de haberlo podido, los habría utilizado de buena gana; pero no habían de ser utilizados por él. Ellos hallaron su camino hacia Jesús. No sabían mucho acerca del profeta que hablaba del “guiador”, pero hallaron el camino que los conducía hasta el mismo “guiador”. Le hallaron en la Persona del niño que yacía en el pesebre de Belén; y, en lugar de ser instrumentos en las manos de Herodes, fueron adoradores a los pies de Jesús.

Ahora bien; no vaya a suponerse que ensalzamos la ignorancia acerca de las Escrituras. De ninguna manera. Quienes no conocen las Escrituras errarán gravemente y sin falta. Para alabanza de Timoteo, el apóstol le pudo decir: “Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación”, pero, al punto, agrega: “por la fe que es en Cristo Jesús” (2.ª Timoteo 3:15). El verdadero conocimiento de la Escritura siempre nos conducirá a los pies de Jesús; mientras que el mero conocimiento intelectual de la Biblia, sin ir acompañado de un amor de corazón hacia Cristo, sólo hará de nosotros instrumentos más eficaces en las manos de Satanás.

Tal fue el caso de Judas, quien tenía un corazón de piedra que suspiraba por el dinero. Él tenía conocimiento sin una jota de afecto por Cristo, y su misma familiaridad con ese Bendito le hizo un instrumento apto para el diablo. Su cercanía a Jesús le permitió ser un traidor. El diablo sabía que treinta piezas de plata podían ponerle al servicio de la horrenda tarea de traicionar a su Maestro.

Lector, ¡medite en esto! Aquí tenemos a un apóstol, a un predicador del Evangelio, a un profesante de fuste; pero, bajo el manto de la profesión, yacía un “corazón habituado a la codicia” (2.ª Pedro 2:14), un corazón que tenía amplio espacio para “treinta piezas de plata”, pero ni un solo rincón para Jesús. ¡Qué caso! ¡Qué cuadro! ¡Qué advertencia! ¡Oh, los profesantes sin corazón cuánta necesidad tienen de mirar a Judas, de considerar su línea de conducta, su carácter, su fin! Predicó el Evangelio, pero nunca lo conoció, nunca lo creyó, nunca lo sintió. Pudo haber pintado los rayos del sol en cuadros, pero nunca sintió su influencia. Tenía abundancia de corazón para el dinero, pero no un corazón para Cristo. Como “el hijo de perdición”, “se ahorcó”, “para irse a su propio lugar” (Juan 17:12; Mateo 27:5; Hechos 1:25). Cristianos profesantes, guárdense del conocimiento intelectual, de la profesión de labios, de la piedad oficial, de la religión mecánica; guárdense de estas cosas y procuren tener un corazón para Cristo.

2. En Pedro tenemos otra advertencia, aunque de naturaleza diferente. Él amaba realmente a Jesús, pero temió la cruz. Rehuyó confesar Su nombre en medio de las filas del enemigo. Se jactó de lo que haría, cuando tendría que haberse despojado a sí mismo. Se hallaba profundamente dormido cuando debió haber estado de rodillas. En vez de orar, se durmió. Y, más tarde, en vez de estar tranquilo, lo vemos blandiendo la espada. “Siguió (a Jesús) de lejos”, y luego lo hallamos “calentándose al fuego” en el patio del sumo sacerdote (Marcos 14:54). Por último, “comenzó a maldecir y a jurar” que no conocía a este Maestro de gracia. ¡Todo esto era terrible! ¿Quién se imaginaría que el Pedro de Mateo 16:16 es el mismo de Mateo 26? Sin embargo, lo es. El hombre, en su mejor condición, es como una marchitada hoja otoñal, “cual sombra que no dura” (1.º Crónicas 29:15). La posición más eminente, la profesión más estentórea, pueden terminar siguiendo a Jesús “de lejos”, y negando vilmente su Nombre.

Es muy probable —casi seguro diría yo— que Pedro habría rechazado a puntapiés el pensamiento de vender a Jesús por treinta piezas de plata; y, sin embargo, tuvo miedo de confesarle ante una criada. No le habría traicionado y entregado a sus enemigos, pero sí le negó delante de ellos. Puede no haber amado el dinero, pero su falta estuvo en no manifestar un corazón para Cristo.

Lector cristiano, recuerde la caída de Pedro y guárdese de confiar en sí mismo. Cultive un espíritu de oración. Manténgase cerca de Jesús. Sitúese lejos de las influencias del favor de este mundo. “Consérvese puro” (1.ª Timoteo 5:22). Guárdese de caer en una condición de alma perezosa y letárgica. Sea vigoroso y vigilante. Ocúpese en Cristo. Ésta es la verdadera salvaguardia. No se conforme meramente con evitar el pecado manifiesto. No se contente meramente con una conducta y un carácter intachables. Fomente afectos vivos y ardientes por Cristo. Uno que “sigue a Jesús de lejos” puede negarle muy pronto. Pensemos en esto. Saquemos provecho del relato acerca de Pedro. Él mismo nos dice más tarde: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe” (1.ª Pedro 5:8, 9). Éstas son palabras de peso, provenientes, por cierto, del Espíritu Santo, a través de la pluma de uno que había sufrido así por falta de VIGILANCIA.

Bendita sea la gracia que pudo decir a Pedro, antes de su caída: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32). Nótese que el Señor no dice: «He rogado por ti, que no caigas», sino: “que tu fe no falte” cuando hayas caído. ¡Gracia preciosa y sin par! Éste era el recurso de Pedro. Era deudor de la gracia, desde el principio hasta el fin. Como pecador perdido, era deudor de “la sangre preciosa de Cristo”, y, como santo que tropieza, era deudor de la prevaleciente intercesión de Cristo. Así ocurrió con Pedro. La abogacía de Cristo constituyó la base de su feliz restauración. De esta abogacía Judas no sabía nada. Sólo aquellos que han sido lavados en la sangre participan de la intercesión. Judas ignoraba todo esto. Por eso “fue y se ahorcó” (Mateo 27:5); mientras que Pedro, como hombre convertido y restaurado, salió Resultado de imagen de corazon para cristoa “confirmar a sus hermanos” (Lucas 22:32). Nadie era más idóneo para fortalecer o confirmar a sus hermanos que uno que había experimentado en su propia persona la restauradora gracia de Cristo. Pedro fue capaz de pararse ante la congregación de Israel y decir: “Vosotros negasteis al Santo y al Justo” (Hechos 3:14), tal cual él lo había hecho. Esto nos hace ver cuán enteramente fue purificada su conciencia por la sangre, y su corazón restaurado por la intercesión de Cristo.

3. Y ahora, restan por decir unas palabras sobre la mujer que vino a Jesús con el vaso de alabastro. Ella se halla en un excelente y bello contraste con todos los demás. Mientras los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos se hallaban reunidos conspirando contra Cristo “en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás” (Mateo 26:3), ella se hallaba ungiendo el cuerpo de Jesús “en casa de Simón el leproso” (Mateo 26:1). En el momento en que Judas estaba acordando con los principales sacerdotes cómo vender a Jesús por treinta piezas de plata, ella estaba derramando el precioso contenido de su frasco de alabastro sobre la Persona de Jesús. ¡Patético contraste! Ella estaba totalmente absorbida con su objeto, y su objeto era Cristo. Aquellos que no conocían Su excelencia y hermosura podían tildar de derroche su sacrificio. Aquellos que eran capaces de vender a Jesús por treinta piezas de plata podían hablar de “dar a los pobres”; pero ella no les prestó atención. Sus razonamientos y murmuraciones no significaron nada para esta mujer, pues había hallado su todo en Cristo. Jesús era más para ella que todos los pobres del mundo. Ella sintió que nada de lo que se gastara en él sería “desperdicio”. Él no podía valer más que treinta piezas de plata para uno que tenía un corazón para el dinero. Para ella, él valía más que diez mil palabras, por cuanto tenía un corazón para Cristo. ¡Mujer bienaventurada! ¡Ojalá que te imitemos! ¡Ojalá que nuestro lugar esté siempre a los pies de Jesús, amando, adorando, admirando y venerando su bendita Persona! ¡Ojalá que consumamos y gastemos todas nuestras energías en su servicio, aun cuando los profesantes sin corazón consideren nuestro servicio como un “desperdicio” insensato! Se acerca rápidamente el tiempo en que no nos arrepentiremos de nada de lo que hayamos hecho por amor a su Nombre; si hubiera lugar allá arriba para lamentarnos tan sólo de una cosa, sería de cuán débilmente y con cuánta flojedad servimos a su causa en el mundo. Si en la “mañana sin nubes” hubiera tan sólo un rubor que cubriera toda nuestra mejilla, se debería a que nosotros, cuando estuvimos aquí abajo, no nos dedicamos más íntegramente a su servicio.

Lector, sopesemos estas cosas. Y quiera Dios concedernos ¡UN CORAZON PARA CRISTO!