El amor es el poder que reúne

dios como amor y luz

El amor de Dios en Cristo no es solamente un objeto que reúne, sino que es una actividad que reúne. El amor necesita un objeto; actúa y se manifiesta. Así es cómo Dios ha actuado. El concepto de Dios que el paganismo ha elaborado es totalmente distinto. Éste concibe las profundidades silenciosas del propio conocimiento como mero intelecto, aunque supone erróneamente que la materia es igualmente eterna, y que recibe de Dios nada más que forma; pero que entonces vino a ser activo para generar pensamientos y, objetivamente complacido con ellos, vino a ser activo en creación para producirlos según verdad. Con este esquema, los paganos con razón hicieron de las primitivas tinieblas la madre de todas las cosas. Pero tal no es nuestro Dios.

Jesús reveló a Dios; y así conocemos a Dios como “amor”, y también como “luz”. ¡Bienaventurado conocimiento! Tal como se nos da en la Palabra, es la vida eterna; y esta vida, como lo vimos, se ocupa de conocer al Padre y al Hijo. Pero podemos decir también que conocemos esta otra verdad preciosa y excelente: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). Es la actividad del amor la que constituye el poder de reunión. Él mismo se entregó… “para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52).

Incluso para Israel: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37). Aquí, no tenemos sino un objeto que atrae y que santifica, que produce la comunión, sino que es la actividad del amor que actúa, que se entrega, con el fin de reunir; y en esta obra podemos tener nuestra parte. Es ésta la que, al mismo tiempo que santifica y que mantiene la santidad de Dios, nos revela a Dios y reúne a las almas cansadas.

el poder de la unión cristiana

Ahora bien, allí solamente radica el principio y el verdadero poder de reunión: no digo el principio sobre el cual se reúnen los almas, ya que queda claro que lo están sobre el principio de la santidad, de la separación del mal, que es la única manera en que se mantiene la comunión; de no ser así ¡las tinieblas tendrían comunión con la luz!

Pero el amor reúne, y esta verdad es para el cristiano tan evidente como lo es el hecho de que el amor reúne para la santidad y sobre ese principio; porque ¿cuando que la mente del hombre se separaría del mal y abandonaría el mal en el cual vive, y que es su naturaleza, desgraciadamente, en cuanto a sus deseos naturales y en cuanto a la esfera en la cual vive?

¡Nunca! Desgraciadamente, su voluntad y sus codicias están allí, su pensamiento es enemistad contra Dios. Este hecho es lo que la presentación de la gracia en Jesús demostró de una manera tan solemne.

Es Cristo quien reúne, y en esto conocemos el amor, en que dio su vida por nosotros. La propia verdad, de hecho, nunca no se conoce hasta que viene la gracia. La ley por Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo (Juan 1:17). La ley decía al hombre lo que debía ser. No le decía lo que era. Le hablaba de vida, si obedeciera, y de maldición, si desobedecía; pero no le decía que Dios es amor.

La ley hablaba de responsabilidad; decía: “haz esto y vivirás”. Era perfecta en su lugar, pero no decía ni lo que el hombre es, ni lo que Dios es: eso permanecía oculto; pero eso es la verdad. La verdad no es lo que debería ser, sino lo que es, la realidad de todas las relaciones existentes tal como son, y la revelación de aquel que, si existen relaciones, deben ser el centro.

Ahora bien, era imposible que estas cosas fuesen comunicadas sin la gracia; ya que el hombre es un pecador perdido, y Dios es amor. Por otro lado, ¿cómo podía decirse que toda relación se ha roto (pues el juicio no es una relación, sino la consecuencia de la ruptura de una relación) sino por la revelación de que esta gracia formó una nueva relación sobre el principio mismo de la gracia por el poder divino?

Ésta es la razón por la que leemos: “El, de su voluntad, nos hizo nacer [lit.: engendró] por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas”; esa simiente incorruptible de la palabra. Por lo tanto, Cristo es la verdad; ya que desde su llegada, se revelan el pecado, la gracia, el mismo Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo mismo, tal cual son; lo que es el hombre en perfección, en su posición de relación con Dios; lo que es el alejamiento de Dios, en el cual el hombre cayó; lo que es la obediencia, y la desobediencia, lo que es la santidad, lo que es el pecado, lo que es Dios, lo que es el hombre, lo que es el cielo, y la tierra: todo se pone en su lugar con relación a Dios, y con la más entera revelación de Sí mismo, al mismo tiempo que sus consejos, de los cuales Cristo es el centro.

La doctrina de la eleccion puesta fuera de su lugar

“No reducirás los límites de la propiedad de tu prójimo, que fijaron los antiguos” (Deuteronomio 19:14).

“Quitad los tropiezos del camino de mi pueblo” (Isaías 57:14).

¡Qué tiernos cuidados y qué benigna consideración exhalan de estos pasajes! Los antiguos límites no debían ser movidos de su lugar; pero los tropiezos sí debían ser quitados. La heredad del pueblo de Dios debía permanecer enteramente y sin modificación alguna, mientras que los tropiezos debían ser diligentemente removidos de su camino. La porción que Dios le había dado a cada uno debía ser gozada, mientras que, al mismo tiempo, el camino en que cada uno era llamado a andar, debía mantenerse libre de toda ocasión de tropiezo.

Ahora bien, creemos que, a juzgar por las recientes comunicaciones, somos llamados a prestar atención al espíritu de esos antiguos preceptos. Algunos de nuestros lectores nos han escrito comentándonos de sus dudas y temores, de sus dificultades y peligros, de sus conflictos y ejercicios espirituales, y deseamos ser instrumentos en las manos de Dios para ayudarles a determinar los límites que Él, por el Espíritu Santo, ha fijado, y remover así los tropiezos que el enemigo pone en su camino.

Podemos ver cómo el enemigo ha estado usando manifiestamente como tropiezo la doctrina de la elección fuera de su lugar. La doctrina de la elección, en su lugar correcto, en vez de ser un tropiezo en la senda de las almas deseosas de escudriñar más la verdad, se verá que más bien constituye un límite establecido desde antiguo, incluso por los mismos apóstoles inspirados de nuestro Señor Jesucristo, en la heredad del Israel espiritual de Dios.

Pero todos sabemos que una verdad puesta fuera de su lugar, es más peligroso que un positivo error. Si un hombre se levanta y declara temerariamente que la doctrina de la elección es falsa, sin duda rechazaríamos sus palabras; pero tal vez no estemos bien preparados para hacer frente a uno que, si bien admite que la doctrina de la elección es cierta e importante, la pone fuera de su lugar divinamente designado. Y esto último es justamente lo que tanto suele hacerse, lo cual causa daño a la verdad de Dios y echa un manto de oscuridad sobre las almas de los hombres.

¿Cuál es, pues, el verdadero lugar de la doctrina de la elección? Su verdadero lugar, su lugar divinamente asignado es éste: esta doctrina está dirigida exclusivamente para aquellos dentro de la casa; para el establecimiento de los verdaderos creyentes. En lugar de esto, el enemigo la pone fuera de la casa, para tropiezo de las almas ansiosas por descubrir la verdad. Prestad atención a las siguientes palabras pronunciadas por un alma profundamente ejercitada: «Si tan sólo supiera que soy uno de los elegidos, sería plenamente feliz, porque entonces podría aplicar con absoluta confianza los beneficios de la muerte de Cristo a mí mismo.».

Éste, sin duda, sería el lenguaje de muchos si sólo fuesen a dejarse llevar por sus propios sentimientos. Están haciendo un mal uso de la doctrina de la elección, la cual es una doctrina bienaventuradamente cierta en sí misma —un muy valioso “límite”—, pero que el enemigo ha convertido en un “tropiezo”. Es sumamente necesario que uno deseoso de conocer la verdad tenga en cuenta que puede aplicarse a sí mimo los beneficios de la muerte de Cristo únicamente como un pecador perdido, y no como «uno de los elegidos».

El punto de vista correcto desde el cual obtenemos un panorama salvador de la muerte de Cristo, no es la elección, sino la conciencia de nuestra ruina. Gracia inefable es ésta, puesto que yo sé que soy un pecador perdido; pero no sé que soy uno de los escogidos hasta no haber recibido, mediante el testimonio y la enseñanza del Espíritu, las buenas nuevas de salvación por la sangre del Cordero. A mí se me predica la salvación —una salvación tan libre como los rayos del sol, tan plena como el océano y tan permanente como el trono del Dios eterno—, no como uno de los elegidos, sino como un pecador completamente perdido, culpable y arruinado; y cuando he recibido esta salvación, hay una prueba concluyente de mi elección.

“Porque conocemos, hermanos amados de Dios, vuestra elección; pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1.ª Tesalonicenses 1:4-5). La elección no es mi garantía para aceptar la salvación; sino que la recepción de la salvación constituye la prueba de la elección. Pues ¿cómo sabe un pecador que es uno de los elegidos? ¿Dónde ha de indagar? Si no es asunto de fe, entonces tendría que ser un asunto de revelación divina.

Pero ¿dónde se halla revelado? ¿Dónde consta que el conocimiento de la elección sea un requisito previo e indispensable para la aceptación de la salvación? En ningún lugar de la Palabra de Dios. Mi único título para la salvación, lo constituye el hecho de que soy un pobre pecador culpable que merece el infierno. Si espero por algún otro título, sólo me veré removiendo un muy valioso límite de su propio lugar, y poniéndolo como tropiezo en mi camino. ¡Qué insensato es hacer esto!

Pero en realidad es más que insensato; es una positiva oposición a la Palabra de Dios; no sólo a las citas que aparecen al principio de este artículo, sino al espíritu y a la enseñanza de todas las Escrituras. Oigamos la comisión que el Salvador resucitado dio a sus primeros heraldos: “Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15). ¿Hay acaso alguna insinuación en estas palabras, algún punto, sobre el cual basar una cuestión acerca de la elección? ¿Acaso habrá alguno de los que se les predica este glorioso evangelio, llamado a resolver una cuestión previa acerca de la elección? Seguramente que no.

“Todo el mundo” y “toda criatura” son expresiones que ponen a un lado toda dificultad, y vuelven la salvación tan libre como el aire, y tan amplia como la familia humana. No se dice: “Id a una determinada parte del mundo, y predicad el evangelio a cierto número de gente.” No; esto no estaría en armonía con esa gracia que debiera ser proclamada al mundo en toda su extensión. Cuando se trataba de la ley, ella se dirigió a un cierto número de personas, dentro de un determinado sector; pero cuando el Evangelio debía ser proclamado, su poderoso alcance debía ser “Todo el mundo”, y su objeto “Toda criatura”.

De nuevo, oigamos lo que el Espíritu Santo dice mediante el apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1.ª Timoteo 1:15). ¿Hay algún margen aquí que permita suscitar una cuestión acerca del título de uno a la salvación? En absoluto. Si Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores, y si yo soy un pecador, luego tengo el derecho de aplicar a mi propia alma los beneficios del precioso sacrificio de Cristo.

Antes de que pueda excluirme de esto, yo debería ser algo más que un pecador. Si en alguna parte de las Escrituras se declarase que Cristo Jesús vino a salvar únicamente a los elegidos, entonces es claro que, de una u otra manera, yo debería demostrarme a mí mismo que pertenezco a ese número, antes que pueda hacer míos los beneficios de la muerte de Cristo. Pero, gracias a Dios, no hay nada de esto, absolutamente nada que se le parezca, en todo el esquema del Evangelio.

“El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Y ¿no es eso lo que precisamente soy? Por cierto que sí. Pues bien, ¿no es desde el punto de vista de uno perdido que debo considerar la muerte de Cristo? Sin duda que sí. ¿No puedo acaso, mientras contemplo ese precioso misterio desde allí, adoptar el lenguaje de la fe, y decir: “el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20)? Sí, un amor sin reservas, absolutamente incondicional, tanto como si yo fuese el único pecador sobre la faz de la tierra.

Nada puede ser de mayor alivio y consuelo para el espíritu de uno que busca ansiosamente descubrir la verdad, que reparar en la manera en que la salvación le es ofrecida en la misma condición en que está, y sobre el mismo fundamento en que se encuentra. No hay un solo tropiezo a lo largo de toda la senda que conduce a la gloriosa herencia de los santos, herencia establecida por límites que ni los hombres ni los demonios pueden jamás remover.

El Dios de toda gracia no ha dejado nada sin hacer, nada sin decir, que pudiese dar pleno reposo, perfecta seguridad y absoluta satisfacción al alma. Él ha puesto de manifiesto la condición y el carácter de aquellos por quienes Cristo murió, en términos tales que no dejan el menor lugar a la duda ni a la objeción. Atendamos a estas ardientes palabras: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.” “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Romanos 5:6, 8, 10).

¿Puede haber algo más claro o más explícito que estos pasajes? ¿Se hace uso acaso de algún término que pudiese suscitar alguna duda en el corazón de un pecador en cuanto a su pleno e indisputable título a los beneficios de la muerte de Cristo? ¡No! ¿Soy “impío”? Por ellos Cristo murió. ¿Soy “pecador”? A los tales Dios encomienda su amor. ¿Soy “enemigo”? A ellos Dios los reconcilia por la muerte de su Hijo.

Todo así resulta tan claro como un rayo de sol; y queda así enteramente removido el tropiezo teológico causado por el hecho de poner fuera de su propio lugar la doctrina de la elección. Yo obtengo los beneficios de la muerte de Cristo como pecador. Como uno que está totalmente perdido obtengo una salvación libre y permanente.

Todo lo que necesito para aplicar a mí mismo el valor de la sangre de Jesús, es conocerme como un pecador culpable. No me ayudará en lo más mínimo en este asunto el hecho de que se me diga que soy uno de los elegidos, puesto que Dios no se dirige a mí en ese carácter en el Evangelio, sino en un carácter totalmente distinto, a saber, como un pecador perdido.

Pero entonces, algunos pueden sentirse dispuestos a preguntar: «¿Quiere usted poner a un lado la doctrina de la elección?» ¡Dios no lo permita! Sólo queremos verla en su justo lugar. Queremos verla como un límite, no como un tropiezo. Creemos que el evangelista no debe ocuparse en predicar la elección. Pablo nunca predicó la elección. Enseñó la elección, pero predicó a Cristo. Esto marca toda la diferencia. Creemos que nadie que se halle de alguna manera impedido por la doctrina de la elección puesta fuera de su lugar, puede ser un verdadero evangelista.

Hemos notado que se han causado serios daños a dos clases de gente por el hecho de predicar la elección en lugar de Cristo: a los pecadores descuidados se los ha descuidado aún más, mientras que a las almas ansiosas tras la verdad se las ha puesto aún más ansiosas. Tristes resultados son éstos, por cierto, y deberían bastar para despertar muy serios pensamientos en las mentes de aquellos que desean ser predicadores exitosos de esa libre y plena salvación que brilla en el evangelio de Cristo, y que deja a todos los que lo oyen sin la menor excusa. La principal ocupación del evangelista en su predicación, es la de presentar el perfecto amor de Dios, la eficacia de la sangre de Cristo y el fiel registro inspirado que ha dejado el Espíritu Santo.

Su espíritu debiera estar enteramente libre de toda traba, y el Evangelio que predica, tan claro como el horizonte sin nubes. Debe predicar una salvación presente, libre para todos, y firme como las columnas que sostienen el trono de Dios. El Evangelio muestra el corazón de Dios abierto, que halla expresión en la muerte de su Hijo, puesto por escrito mediante el Espíritu Santo.

Si se atendiera a esto con más cuidado, habría mayor poder para responder a las tan reiteradas objeciones de los descuidados, así como para calmar las profundas ansiedades de las almas ejercitadas y cargadas. Los primeros no tendrían ningún motivo justo de objeción; los últimos, ninguna razón de temor. Cuando las personas rechazan el Evangelio alegando los eternos decretos de Dios, rechazan lo que está revelado apoyándose en lo que está oculto. ¿Qué pueden ellos saber acerca de los eternos decretos de Dios? Simplemente nada.

¿Cómo puede entonces lo que es secreto alegarse como razón para rechazar lo que está revelado? ¿Por qué rechazar lo que puede conocerse, apoyándose en lo que no se puede? Es obvio que los hombres no actúan así en los casos en que desean creer un asunto. Dejemos simplemente que alguien quiera creer algo, y no lo veremos ansioso por hallar un motivo de objeción. Pero, lamentablemente, los hombres no quieren creer a Dios. Ellos rechazan Su precioso testimonio que es tan claro como el sol del mediodía, y arguyen como pretexto, los divinos decretos que se hallan envueltos en impenetrables tinieblas. ¡Cuánta insensatez, ceguera y culpabilidad!

Y en cuanto a las almas ansiosas que se atormentan con cuestiones acerca de la elección, anhelamos mostrarles que no es conforme al pensamiento de Dios que susciten semejantes dificultades. Dios se dirige a ellas exactamente en el mismo estado en que él las ve y en que ellas pueden verse a sí mismas. Se dirige a ellas como pecadores, y esto es precisamente lo que son. Desde el momento en que un pecador asume su lugar como tal, lo que hay para él no es sino salvación. Esto es demasiado simple para una alma simple. Suscitar cuestiones acerca de la elección, no es sino pura incredulidad. Es rechazar lo que está revelado basándose en lo que está oculto. Es rechazar lo que puedo saber basándome en lo que no puedo.

Dios se ha revelado en la faz de Jesucristo, a fin de que le conozcamos y confiemos en él. Además, él ha hecho plena provisión mediante la expiación en la cruz para todas nuestras necesidades y culpas. De ahí que, en vez de aturdirme con la pregunta: «¿Seré uno de los elegidos?», tengo el bendito privilegio de descansar en el perfecto amor de Dios, en la plena suficiencia de Cristo, y en las fieles letras que el Espíritu Santo nos dejó en la Biblia.

Debemos terminar este artículo, aunque existen otros tropiezos que anhelamos verlos removidos de la senda de los hijos de Dios, así como otros tantos límites que son lamentablemente perdidos de vista.

Breve introducción al texto griego del nuevo testamento

Cuando pensamos en el texto original del Nuevo Testamento, esto es, el texto griego escrito por inspirados hombres de Dios, lo primero que hacemos es preguntarnos cuál es y dónde está, pues sabemos que nuestra versión Reina-Valera ―al igual que todas las versiones hechas en estos dos mil años de cristianismo a prácticamente todas las lenguas, tanto vivas como muertas, a las que ha sido vertido el Nuevo Testamento―, no es más que una traducción hecha a partir de un texto «original» escrito en griego koiné (el griego común de la época apostólica).

Y cuando acudimos en búsqueda de ese supuesto texto griego «original», nos encontramos con la sorpresa de que simplemente no existe, pues ha desaparecido por el uso y el desgaste natural de los materiales perecederos empleados, y sólo nos han quedado copias de copias (hoy tenemos alrededor de 5000 copias), pero ni una sola copia directa del original, aunque Dios en su gracia, no obstante, ha preservado su Palabra en estas copias a fin de que llegue hasta nosotros con total fidelidad. Esas copias son los testigos del texto original.

El objetivo a partir de las aproximadamente 5000 copias que tenemos a nuestra disposición, es simplemente buscar reconstruir un texto lo más cercano posible al texto original. Para ello, una vez reunidas todas las evidencias, procedemos a la evaluación de los testigos.

¿Por qué evaluarlos? Porque al empezar a leer las diversas y numerosas copias con que contamos para reconstruir el Nuevo Testamento, nos encontramos con otra sorpresa: comparando las copias de un mismo pasaje, por ejemplo, encontramos que no todas son idénticas, y que, en algunas partes, (a veces una palabra, o el orden de las palabras, un versículo, un signo, etc.) hay diferencias entre lo que registra una copia y lo que consta en otra. Y a estas divergencias se las llama variantes de lectura.

Y esto nos enfrenta a la más difícil tarea de decidir, cuando aparecen las divergencias, qué variante es la que corresponde al escritor original, y qué variante no es original. Aprovecho aquí para hacer una aclaración muy importante. Debemos tener siempre presente que, como otro lo ha dicho, «no existe ninguna cuestión crítica que amenace la sustancia de la Biblia»; ninguna variante afecta la sustancia de ninguna verdad bíblica, ya en las doctrinas fundamentales, ya en toda enseñanza revelada en el Nuevo Testamento.

La Biblia está escrita con exactitud y es perfecta, de lo contrario Dios hubiese tenido que depender de la falibilidad humana para comunicar y preservar su pensamiento y voluntad y, de este modo, no habría podido transmitir Sus pensamientos de forma escrita e infalible, y está muy claramente declarado que Dios inspiró las palabras, las cuales comunican sus pensamientos (1.ª Corintios 2:12-13).

Si bien la inspiración es un hecho indubitable (que sobrepasa la razón humana, pues Dios no ha revelado cómo inspiró a los escritores, sino que simplemente afirma que lo hizo, 2.ª Timoteo 3:16), también debemos siempre sostener que, en lo que hace a la crítica textual, las variantes no son lo suficientemente significativas como para afectar en alguna medida el pensamiento que Dios quiso comunicar mediante la Escritura, el cual es siempre muy claro y preciso.

Pero para entender esto último, es menester la fe —la cual debe tener primacía sobre la erudición—, así como la enseñanza del Espíritu Santo en las cosas de Dios. De lo contrario, la crítica es infiel y no sirve a la fe ni honra a Dios.

Aclarado este fundamental punto de partida, retomemos el tema de nuestro epígrafe. Con el correr de los siglos, los copistas, que no siempre fueron lo suficientemente cuidadosos cuando se trataba nada menos que de la Palabra de Dios, introdujeron en ocasiones, voluntariamente, por ejemplo, palabras o versículos (y los que copiaron estas copias luego, aunque lo hicieran con fidelidad, copiaron involuntariamente los agregados previos sobre los cuales se basaron).

Estos agregados se denominan en general interpolación (o glosa cuando su fin era explicar o aclarar el texto, pero luego quedó como parte del texto, lo que hoy serían las palabras en bastardillas, por ejemplo), y la responsable tarea de quienes reconstruyen el texto del Nuevo Testamento, mediante la juiciosa evaluación de toda la evidencia reunida, es decidir cuándo se trata de una verdadera interpolación que no es original, y cuándo no lo es.

Es una tarea, por cierto, muy delicada, pues estamos reconstruyendo nada menos que la Palabra de Dios en su lengua original a partir de miles de copias que presentan algunas diferencias entre sí, nunca sustanciales, en algunas partes del Nuevo Testamento. Los que se encargan de esta evaluación de los diferentes manuscritos griegos que fueron preservados hasta hoy, y de reconstruir el texto completo del Nuevo Testamento, se llaman críticos textuales, y la ciencia encargada de esta labor se llama crítica textual.

Ahora bien, ¿qué criterios ha de adoptar el crítico textual para decidir qué variante tomar y qué variante descartar, a fin de llegar al texto completo del Nuevo Testamento que refleje fielmente el original? La crítica textual, precisamente, estudia esto: existen criterios generales, reglas a seguir, en cualquier análisis de crítica de los textos literarios históricos, reglas que no se pueden poner en tela de juicio.

Pero en materia de Sagrada Escritura, no se pueden aplicar exactamente los mismos métodos que se aplican para la reconstrucción de cualquier texto literario antiguo. Por ejemplo, el criterio de textos antiguos que afirma que «cuanto más antiguo es el MSS (manuscrito) más fidedigno es, por acercarse más en el tiempo al autor original», es válido en principio, pero cuando lo aplicamos al Nuevo Testamento, no siempre es una regla absoluta, fallando muchas veces si se aplicara en forma matemáticamente rigurosa, teniendo en cuenta, por ejemplo, como bien dice el Dr. Scrivener (el tan famoso revisor del «Textus Receptus» de fines del siglo XIX), que «la corrupción de los originales, se hizo sentir con mayor fuerza en los primeros cien años desde que los apóstoles dejaron la tierra», y por eso a veces el «Texto Recibido» es más fidedigno que los textos críticos más modernos, a pesar de que esta edición del Nuevo Testamento fue un trabajo realizado en Europa trece siglos más tarde.

No puede tenerse una idea de los complejos e intrincados factores que influyen en la cuidadosa evaluación de toda esta masa de materiales que ha llegado hasta nosotros, a fin de llegar al verdadero texto para luego poder traducirlo correctamente.

Pero esta labor no puede ser llevada a cabo meramente por hombres de reconocida erudición en la crítica de textos antiguos (aunque esta erudición sí es evidentemente esencial, y no debería faltar) sino que una condición sine qua non para desarrollarla con eficacia, es el discernimiento y sabiduría espiritual, junto con una profunda piedad, comunión con Dios y una destacada paciencia, virtudes todas que dimanan del bendito Espíritu de Dios.

Y desde ya que todo hombre no nacido de nuevo y no instruido en las Escrituras espiritualmente, por más dominio que tenga de las lenguas originales, queda totalmente descalificado para esta noble tarea. Bien ha escrito J.N.Darby en su prefacio al Nuevo Testamento: «Un hombre espiritual tiene menos probabilidades de equivocarse que un gran erudito».

Breve reseña de la historia del texto

Repasemos brevemente algunas de las principales fuentes que dieron lugar al texto crítico del Nuevo Testamento, o sea a las ediciones del Nuevo Testamento griego, sobre cuya base se realizan las traducciones a los diversos idiomas.

Alrededor del año 200 d. de C., Tertuliano declaró que todos los manuscritos griegos originales del Nuevo Testamento habían sido preservados, pero hoy, como dijimos, no tenemos ninguno de ellos.

En lo que respecta a los escritos de los llamados «Padres de la Iglesia», en todas sus obras, cuando citan el Nuevo Testamento en griego, la mayoría de las veces de memoria y no literalmente, se deslizaron errores en diversa medida, por lo que no son de gran utilidad.

Versiones

Las antiguas traducciones que se hicieron del griego a otros idiomas, se llaman versiones, y ellas constituyen también valiosos testigos del texto original, sobre todo por la antigüedad de algunas de ellas. Sólo en latín se ha dicho que hay unas 8000 versiones de la Biblia.

Siglo II

La versión Siríaca sinaítica, de la que tenemos sólo algunos fragmentos (unos tres cuartos de los Evangelios), se estima que es una de las más antiguas que tenemos, la que data probablemente del siglo segundo. La versión Peshitta siríaca (la cual significa «simple o común») es altamente venerada por aquellos que hablan esa lengua oriental hasta hoy. Le falta 2.ª Pedro y 2.ª Juan. Es muy valiosa a causa de su antigüedad.

384 d. de C.

La Vulgata latina (la cual significa «lengua común») fue traducida por Jerónimo, quien primero revisó el viejo Nuevo Testamento en Latín. Desde el año 387 hasta el 405, él y Hereford tradujeron el Antiguo Testamento del hebreo al latín. Fue usado por cerca de 1000 años, pero fue siendo gradualmente corrompido por los copistas. En 1592 la Vulgata sixto-clementina se convirtió en la Biblia oficial de Roma, pero sólo recién en 1943, el papa Pío XII declaró que no debía ser considerada superior a los textos originales.

Manuscritos griegos

Como mencionamos, existen cerca de 5000 manuscritos griegos y leccionarios (libros que consisten en selecciones de las Escrituras para la lectura pública en los servicios), ya sea completos o fragmentarios; y todos con más o menos variantes. Pero lo importante a tener en cuenta, como ya lo hemos adelantado al principio, es que esas variantes (que no son porcentualmente significativas; y cuya cantidad se ha calculado que no son más que una palabra por cada mil aproximadamente), en el conjunto del mensaje, no afectan en lo más mínimo ninguna doctrina fundamental, ni la claridad, precisión ni sustancia de ninguna enseñanza divina, sino que, en general, dan un amplio testimonio a la certeza del texto griego y a la preservación que Dios hizo de su Palabra.

Hay cuatro clases de manuscritos griegos: Los unciales y los minúsculos (códices), los leccionarios y los papiros (fragmentarios).

Los códices son manuscritos encuadernados en forma de libro, y su importancia como testimonios radica en que muchos de ellos contienen el Nuevo Testamento de forma completa. Se dividen en cursivos y unciales.

Los cursivos o minúsculos son manuscritos escritos en pequeñas letras en estilo corrido («cursivas»), superando los 2500 en número, y que datan desde el siglo IX hasta el siglo XV. Cada uno es conocido por su número. Algunos son de particular valor.

Los unciales están formados por mayúsculas griegas sin espacio entre las palabras y sin signos de puntuación. Estas copias van del siglo IV al siglo X, y son en número cerca de 700.

Códices más relevantes

El códice Vaticano (B). Descubierto en la biblioteca del Vaticano en Roma, data
del siglo IV. Es de mucho más valor que el códice Sinaítico, y constituye uno de los testigos más importantes del texto original. Está escrito hasta Hebreos 9:13, siendo defectuoso en el resto.

El códice Sinaítico (aleph). Es un manuscrito del siglo IV también, y contiene el Nuevo Testamento en su integridad. Cuarenta y tres hojas del códice fueron descubiertos en 1844 por Constantino Tischendorf en el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí cuando los monjes estaban a punto de quemar todos los viejos manuscritos que, para ellos, «eran griegos». Quince años más tarde, Tischendorf recuperó 199 hojas más. Se ha dicho que fueron escritos en pieles de 100 antílopes, y fueron comprados a Rusia (cuyo gobierno, bajo el zar, sufragó los gastos de la expedición arqueológica) por el Museo Británico de Londres por más de medio millón de dólares hace un siglo atrás. Aunque es el uncial más antiguo, ha sido, como los demás, corrompido por las manos eclesiásticas, pero estas alteraciones son fácilmente detectadas.

El códice Alejandrino (A). Data del siglo V. Contiene casi todo el Nuevo Testamento, pero con algunas lagunas. Concuerda mucho con los Codex Sinaiticus y Vaticanus en las Epístolas, pero es constantinopolitano (bizantino) en los Evangelios, armonizando con la masa de cursivos griegos y con la Peshitta Siríaca.

El códice Bezae (D). Data del siglo VI. Códice bilingüe con los textos griego y
latín de los Evangelios Sinópticos y los Hechos. Teodoro de Beza lo obtuvo a partir del monasterio de San Ireneo en Lyons, y lo presentó a la Universidad de Cambridge en 1581.

Otros códices son: Códice Ephraemi Rescriptu (C), del siglo V; el Códice E, del siglo VIII, etc.

Valor de la antigüedad de los manuscritos

Citamos a William Kelly, quien prefería los manuscritos más antiguos

«Espero que baste una vez por todas que se entienda que yo siempre hablo del texto sobre la base de las más antiguas y mejores autoridades. Existen positivas pruebas de la naturaleza más convincente y satisfactoria para las inserciones, omisiones o cambios que puedan ser mencionados de vez en cuando. No vaya a imaginarse que exista algo así como una innovación arbitraria en esto.

Los verdaderos innovadores, son aquellos que, ya por desliz, ya por propia voluntad, se apartaron de las mismas palabras del Espíritu. Y la arbitrariedad ahora consistiría en seguir manteniendo aquello que no cuenta con la autoridad suficiente, en contra de aquello que es tan cierto como sea posible. El error, entonces, no estriba en buscar el texto de mejor respaldo, sino en permitir que la tradición nos ate a lecturas relativamente modernas y ciertamente corruptas. Tenemos el deber, en todos los casos, de someternos a las mejores autoridades» (Lect. Intro. to Acts, Cath. Epist. and Rev., p. 407, see also Rev. Exp., p. 35)

«¿Acaso el ‘milagro perpetuo para preservar las Escrituras’ no es un error? Un milagro se cumple por el poder divino de forma absoluta. Se admite plenamente que Dios obra providencialmente para alcanzar los fines que tiene en vista. Pero ésta es una declaración muy diferente, la cual deja lugar a la responsabilidad del hombre en el cuidado y en la reverencia que ha de tener para con las Escrituras, el texto o la traducción, con la exposición o el estudio; y, lamentablemente, ¡el hombre falla en estos puntos, así como en todas las cosas!; pero Dios no falla, y es plenamente suficiente para todas las necesidades y obras de Sus hijos.

Tampoco se quiere decir que algún libro de las Escrituras hebreas o del Nuevo Testamento griego no sea inspirado, o que ahora se haya perdido algún libro que siempre formó parte de la Escritura, que consista no sólo de comunicaciones inspiradas, sino de las que fueron dadas dentro de un plan específico para ser la norma permanente de la verdad divina. En cuanto a esto precisamente la mayor parte de la cristiandad ha demostrado ser infiel, no por el hecho de rechazar la auténtica Escritura, sino por acreditar como tal los libros griegos Apócrifos del Antiguo Testamento» (Bible Treasury 7: 271).

«Debemos guardarnos de no idolatrar los testigos» (Exp. of Heb., p. 129).

TEXTOS GRIEGOS

Diversos estudiosos de los manuscritos, llamados «editores», producen y editan textos griegos como resultado de su esforzada labor y loable objetivo por llegar a lo que es el verdadero texto de la Palabra de Dios.

En este vasto campo, somos confrontados con el enorme problema de sopesar los méritos de las lecturas de los diversos manuscritos. Las distintas escuelas de opinión muestran una variedad de tendencias. El rumbo tomado por la erudición moderna ha sido con fuerte tendencia hacia el texto editado por Westcott y Hort, el cual se basa de manera demasiado considerable en los tres principales unciales, los codex «Sinaiticus», «Vaticanus» y el «Alexandrinus». Otros eruditos están indebidamente influidos por «la masa» de los manuscritos latinos, los que guardan armonía con los unciales D (Claromontanus) y E (Sangermanensis).

Luego tenemos también la escuela oriental «bizantina» ortodoxa con su «masa» de manuscritos griegos cursivos. Sobre la base de estos manuscritos, se construyó, en la Edad Media, el «Textus Receptus» (sobre el cual diremos algo más detallado luego), hasta llegar a la edición de Stephanus (Robert Estienne), de 1550, sobre cuya base se realizó la famosa Versión Autorizada inglesa o «King James» de 1611.

Aparte de estos dos extremos (la edición del «Textus Receptus» y la edición de Westcott y Hort), son pocos los estudiosos que buscan la guía del Señor en medio del laberinto. Estos pocos hombres de Dios, dan un mayor reconocimiento a la «evidencia interna» (examen y juicio de las lecturas variantes para determinar cuál representa el texto original, siguiendo el contexto de la Escritura), conscientes de las infinitas perfecciones y de las eternas verdades interrelacionadas de la Palabra de Dios. La perfección en este campo de estudio no podrá encontrarse. Pero la Palabra de Dios no debe ser manipulada a gusto del hombre. Aquí es donde la paráfrasis se dejó llevar lejos por la corriente. El Espíritu Santo está aquí abajo para mostrarnos las cosas de Cristo (Juan 16:14 y Mateo 11:25).

Para tener una breve referencia, daremos una lista en orden cronológico de las ediciones más sobresalientes del texto griego.

Ediciones más sobresalientes del texto griego

Antes de Erasmo. Por unos cinco siglos, desde la época apostólica, prevaleció un texto griego, hasta que Jerónimo lo tradujo para producir la Biblia en latín, la «Vulgata Latina», que es la que pasó a ocupar el primer lugar en la cristiandad, como Biblia «autorizada», y el texto griego luego fue perdiendo interés, pasando a archivarse en diversos lugares, mientras que la Vulgata se copiaba una y otra vez, siendo la versión de uso común.

El texto griego de Erasmo de Rotterdam. El erudito humanista Desiderio Erasmo publicó un Nuevo Testamento en griego por primera vez en 1516 (véase la imagen de la primera edición, tomada de Juan 18), siendo la primera copia impresa del Nuevo Testamento griego. Para su composición, Erasmo utilizó lo poco que había en Europa entonces: dos manuscritos griegos del siglo XII, y partes de uno del siglo X fueron los más antiguos que encontró en Basilea. Como había partes que faltaban en los manuscritos griegos (como parte de Apocalipsis), Erasmo completó su primera edición traduciendo esas partes del latín.

En cuanto a su método, sus propias «Anotaciones», dadas como apéndice, muestran que las citas de los Padres fueron siempre decisivas en la elección de sus variantes de lectura, por más que le hubiere faltado el respaldo de las copias griegas. Por ejemplo, Hechos 8:37 (“Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”) no tiene el apoyo de prácticamente ningún MSS griego, pero Erasmo lo insertó por cuanto estaba en la Vulgata, con algún apoyo de los Padres, y en el margen de una de sus copias.

Tras revisar y corregir la primera edición, sacó a luz una segunda edición en 1519 (de la cual los reformadores tradujeron la Biblia a diversos idiomas. Lutero en 1522 utilizó esta segunda edición para traducir la Biblia al alemán; y nuestra Biblia en castellano, tiene ese origen también; y algunos creen que esta edición fue el fundamento del denominado «Textus Receptus»), y luego publicó una tercera edición en 1522.

En ésta inserta recién el llamado Comma Johanneum en 1.ª Juan 5:7, no por cuanto creyese que fuese auténtico, sino a fin de escapar de las presiones y de las duras críticas recibidas por haberlo omitido, y justificadamente, en sus primeras dos ediciones. Publica una cuarta edición en 1527, haciendo uso de un mayor número de manuscritos griegos y llevando a cabo muchas correcciones y mejoras en el texto. Su última edición la publicó en 1535, sin mayores alteraciones respecto de la anterior.

Texto griego de Stephanus (Robert Estienne). En sus primeras dos ediciones (1546, 1549) siguió el texto griego de Erasmo (tomando su cuarta edición), apartándose ligeramente de éste, para guiarse por la edición Complutense. Su tercera edición (1550) es la más conocida, y en ella adhirió más estrictamente a Erasmo en el texto, agregando, además, las variantes de lectura de la Complutense en el margen, junto con una selección de lecturas de los manuscritos a la que hace referencia más tarde.

A diferencia de Erasmo, se valió del códice Beza. Esta colección de variantes de lectura en el margen, distinguieron la tercera edición de Estienne como el primer texto griego con un aparato crítico (aunque en el texto se guió más por Erasmo que por su colección de manuscritos).

Creía que este texto griego ―basado en la cuarta edición de Erasmo, como dijimos― era el verdadero «texto recibido» por los apóstoles, y, por ende, inspirado. El nombre de «Texto Recibido» está formalmente impreso en la 2.ª edición de Elzevir de 1633 (1.ª edición, 1624), debido a las palabras que aparecen en latín en el prefacio: «Textum… ab omnibus receptum» (Texto recibido por todos), palabras poco felices que no cuentan con ninguna autoridad que las justifique.

Debido a que la edición de Elzevir es la misma que la de Stephanus, ambas son referidas indistintamente como el «Textus Receptus». Un año más tarde (1551), Stephanus enumeró los versículos del Nuevo Testamento al margen del texto (pero no los dividió). (El Cardenal Hugo había ya dividido la Vulgata Latina en capítulos sólo tres siglos antes, 1250).

Griesbach «Novum Testamentum Græce» (1774-1796). Griesbach sacó a luz su Nuevo Testamento griego 150 años después de la edición de Elzevir de 1624, período en el que se acumuló una enorme cantidad de pruebas disponibles para evaluar el verdadero texto.

Clasificó los manuscritos (MSS) griegos en tres familias textuales: la alejandrina, la occidental y la bizantina (Bengel, años atrás, había distinguido dos familias de textos: la asiática y la africana), y luego trató con cada familia como si fuesen un solo testigo. Incluyó un copioso aparato crítico presentando las variantes de lectura. En los casos difíciles o dudosos, parece haber tenido una preferencia por el «Textus Receptus».

Scholz «Novum Testamentum Graece» (2 vols., Leipzig, 1830, 1836).

Lachmann «Novum Testamentum Græce» (1831). Quizás el más importante pionero de la crítica textual moderna, quien aplicó al Nuevo Testamento métodos que había aprendido de su estudios de los Clásicos. En 1830 estableció los fundamentos de la moderna crítica textual del Nuevo Testamento al rechazar la «autoridad» del tradicional «Textus Receptus» en favor de los testigos de los MSS más antiguos.

Al poner manos a la obra en la construcción de un texto independiente del «Textus Receptus», comenzó con la teoría de las evidencias «únicamente antiguas». Procuró restaurar el texto tal como estaba en el cuarto siglo, para lo cual contaba con sólo cuatro copias griegas para ciertos libros, con dos o tres para otras, mientras que para el Apocalipsis tenía una sola copia. Agregó copias de Latín Antiguo y de citas de los Padres a su escaso surtido de evidencias. Aunque al principio fue criticado, siempre ocupó un lugar entre los principales editores del Nuevo Testamento griego.

Tischendorf «Novum Testamentum Graece» (1841-1869). Ya en edición del Nuevo
Testamento (1841), se aparta aún más temerariamente que Lachmann del «Textus Receptus», dando prioridad a los MSS más antiguos. La octava edición del Nuevo Testamento (1869) dice basarse en «los tres manuscritos más célebres». Hizo poco uso de la «evidencia interna», y coleccionó un cuerpo de información mucho mayor que el de Lachmann, produciendo un prodigioso aparato de variantes.

Este editor tenía por objeto (no, como Lachmnann, dar el texto de alguna fecha temprana, sino) reconstruir el texto original tanto como pudiese ser posible. Su plan era el siguiente: «El texto ha de ser buscado sólo a partir de las evidencias antiguas, y especialmente de los MSS griegos, pero sin descuidar los testimonios de las Versiones y de los Padres.

De este modo, la conformación completa del texto surgirá de las evidencias mismas, y no de lo que se llama edición recibida» (Relato del texto impreso de Tregelles). Publicó ocho ediciones. Tuvo preferencia por dos MSS en particular: Codex Vaticanus y Codex Sinaiticus (que él mismo descubrió). El testimonio unido de estos dos MSS dominó la octava edición de Tischendorf.

Tregelles «The Greek New Testament » (1857). En el prefacio a su edición, dice que su propósito es «dar el texto sobre la base de la autoridad de los más antiguos MSS y versiones, y de la ayuda de las citas más antiguas, a fin de presentar, tanto como fuere posible, el texto comúnmente recibido en el cuarto siglo» (el cual creía que era el texto «original»).

El texto crítico de Tregelles fue construido con el mismo método que Lachmann, adoptando las lecturas más antiguas. Como Tishendorf, sin embargo, tomó en consideración un cuerpo de información mucho mayor, incluyendo todos los MSS griegos hasta el siglo VII. Excepto unas pocas copias cursivas, confinó su atención a la evidencia antigua.

Su texto tuvo buena acogida por los eruditos, principalmente en Inglaterra, y su aparato crítico fue reconocido como el más exacto de todas las ediciones críticas. Dedicó 15 años a su labor crítica del Nuevo Testamento, hasta que un accidente puso fin a sus esfuerzos.

Alford «The Greek Testament» (1849). El texto va cambiando de una edición a otra, apartándose cada vez más del «Textus Receptus» hasta asimilarse estrechamente al de Tregelles. En su último Prolegomena dice: «El texto que he adoptado ha sido construido siguiendo, en todos los casos ordinarios, la unida o preponderante evidencia de las más antiguas autoridades, tomando evidencias posteriores cuando las primeras no concuerdan ni son preponderantes…(a la vez que) aplicando aquellos principios de la crítica que parecen proveer sanos criterios acerca de si una lectura es espuria o genuina» (vol. 1, página 81). Decía de Tischendorf y de Tregelles: «Si Tischendorf ha incurrido en una falta por el lado de la hipótesis especulativa en cuanto al origen de las lecturas halladas en aquellos MSS, debe confesarse que Tregelles algunas veces ha errado por el lado (más seguro, ciertamente) de escrupulosa adherencia a la mera evidencia literal de los MSS antiguos.»

Westcott y Hort, 1881. B.F. Westcott and F.J.A. Hort, The New Testament in the Original Greek. New York: Harper & Brothers, 1881. Este texto ha influenciado enormemente a la mayoría de los eruditos desde que vio la luz. Los eruditos de Cambridge osaron con total libertad alterar el texto tradicional arbitrariamente, con una fuerte preferencia por una excesiva e injustificada adherencia a los unciales más antiguos Sinaítico y Vaticano. Si bien varios siglos de las peores corrupciones eclesiásticas habían manchado estos antiguos documentos, W y H tuvieron menos en cuenta muchos otros testigos de valor y más acordes con el pensamiento de Dios.

Sentaron así el modelo para la tendencia moderna respecto de los diversos manuscritos. J. N. Darby escribió: «Las ediciones más antiguas no son de ninguna manera las más confiables, puesto que las peores corrupciones… se originaron en el curso de los primeros cien años después que el Nuevo Testamento fue compuesto.» La mente que no se conforma a las Escrituras no tiene la misma capacidad de percibir el texto más puro de algunas copias más tardías hechas de otras más antiguas, por no decir de los pergaminos originales. Esto aturde a la mera erudición. Cada pasaje debe ser pacientemente y muy seriamente examinado en presencia de todo el aparato de testigos dependiendo siempre de la ayuda de Dios.

Nestle, 1898. Eberhard Nestle, «Novum Testamentum Graece cum apparatu critico ex editionibus et libris manuscriptis collecto». Stuttgart: Privilegierte Württembergische Bibelanstalt, 1898; 2.ª ed. 1899; 3.ª ed. 1901; 4.ª ed. 1903; 5.ª ed. 1904; 6.ª ed. 1906; 7.ª ed. 1908; 8.ª ed. 1910; 9.ª ed. 1912. Tras la muerte de Eberhard, en 1913, las ediciones posteriores siguieron a cargo de su hijo, Erwin Nestle, desde la edición 10.ª (1914) hasta la 25.ª ed. de 1963. Esta edición está basada en los textos de Tischendorf, Westcott y Hort y Bernard Weiss, y adopta aquello en que concuerdan dos de tres. Una tras otra se sucedieron ediciones que procuraron incluir correcciones sustanciales. Se propone representar la suma de la erudición moderna. Sus editores están en Stuttgart, Alemania. Entre otros, comete el error de relegar Juan 7:53-8:11 a una nota al pie de página; falla en Lucas 6:1 al emplear «un sábado», en vez de «el sábado segundo primero». Omite «que está en el cielo» en Juan 3:13, etc.

«Nestle-Aland» Kurt Aland, Matthew Black, Bruce Metzger, Allen Wikren, Carlo Martini, The Greek New Testament. 3.ª edición. Stuttgart: United Bible Societies, 1975. Impreso corregido, 1983. Este texto es editado por las Sociedades Bíblicas Unidas, y es prácticamente la continuación del trabajo de Nestle, influido ahora por Kurt Aland, quien llegó a ser editor ejecutivo de la obra, el que había sido primero empleado por Erwin Nestle como editor del aparato crítico para la edición 21.ª (1952). Cuando Aland sucedió a Nestle como editor ejecutivo, reemplazó el texto de Nestle con el texto de la SBU para el cual colaboró en su creación. K. Aland, parece haber sido el miembro dominante desde su inclusión en el comité.

En efecto, el texto de la tercera edición de las SBU se hizo de conformidad con las preferencias de Aland que él quiso adoptar con cambios en la puntuación solamente en el texto para la edición 26.ª de Nestle-Aland. Las diferencias entre la 3.ª edición de las SBU y la edición 26.ª de Nestle-Aland, han de hallarse solamente en sus aparatos críticos y otras cuestiones marginales, siendo el texto prácticamente el mismo. Sorprende el hecho de que a partir de la 2.ª edición, se ha agregado a un erudito católico romano (Carlo Martini) al comité editorial. La cuarta edición (1993) no introdujo ningún cambio en el texto, pero presenta un aparato crítico totalmente revisado. Ésta es la edición del texto griego del Nuevo Testamento más universalmente usada por los estudiosos de la actualidad.

La crítica para esta edición, es, pues, la misma que para la anterior por ser prácticamente su fiel sucesora. Comete, además, el error de poner entre corchetes el final que llama «más largo» del Evangelio de Marcos (cap. 16:9-19), y agrega un supuesto «final más breve» que también pone entre corchetes. También se equivoca al poner entre corchetes el episodio de la mujer adúltera en Juan 7:53-8:1, etc.