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LA ASAMBLEA DE DIOS |
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La absoluta
suficiencia del Nombre de Jesús C. H.
Mackintosh |
En un tiempo como el presente, cuando
casi toda nueva idea se convierte en el centro o punto de reunión de alguna
nueva asociación, no podemos menos que percibir el valor de tener convicciones
divinamente formadas acerca de lo que es realmente la Asamblea de Dios. Vivimos
en un tiempo de inusitada actividad intelectual y, en consecuencia, existe la
más urgente necesidad de estudiar la Palabra de Dios con calma y oración. Esa
Palabra —bendito sea su Autor— es como una roca que en medio del océano del
pensamiento humano se mantiene inconmovible a pesar de la furia de la tempestad
y del incesante embate de las olas. Y no sólo se mantiene inconmovible ella
misma, sino que comunica su propia estabilidad a todos los que simplemente se
emplazan sobre ella. ¡Qué gracia es poder escapar así del oleaje y de las
sacudidas del tempestuoso océano y hallar la calma y el reposo en esa roca
eterna!
Esto,
verdaderamente, es una gran bendición. Si no fuera porque tenemos “la ley y el
testimonio”, ¿dónde estaríamos? ¿Adónde iríamos? ¿Qué haríamos? ¡Qué oscuridad!
¡Qué confusión! ¡Qué perplejidad! Diez mil voces discordantes llegan, a veces,
al oído, y cada voz parece hablar con tanta autoridad que, si uno no conoce
bien la Palabra y se apoya en ella, hay un gran peligro de ser disuadido o, al
menos, tristemente conmovido y turbado. El uno le dirá a Ud. que esto es lo correcto; el otro le dirá que
lo es aquello; un tercero le dirá que
todo es correcto y un cuarto le
afirmará que nada es correcto. Con
referencia a la posición eclesiástica, Ud. se encontrará con algunos que vienen
aquí, otros que van allá, algunos que van a todos lados y también algunos que no van
a ninguna parte.
Ahora bien, ¿qué debe hacer uno en tales
circunstancias? No todo puede ser correcto; y, sin embargo, seguramente hay
algo que tiene que serlo. No puede ser que estemos obligados a vivir en el error, en las tinieblas y en la
incertidumbre. “Hay una senda” —bendito sea Dios— aun cuando “nunca la conoció
ave, ni ojo de buitre la vio; nunca la pisaron animales fieros, ni león pasó
por ella” (Job 28:7-8). ¿Dónde está esta senda segura y bendita? Oiga Ud. la
respuesta divina: “He aquí que el temor
del Señor es la sabiduría, y el
apartarse del mal, la inteligencia” (Job 28:28).
Procedamos,
pues, con temor del Señor, a la luz de su infalible verdad y en humilde
dependencia de la enseñanza de su Santo Espíritu, a examinar el tema indicado
en el encabezamiento de este escrito; y tengamos gracia para no confiar en
nuestros propios pensamientos ni en los de otros, de modo que nos sometamos
sinceramente para ser enseñados sólo por Dios.
Ahora,
para tratar provechosamente el grande e importante tema de la Asamblea de Dios,
primero tenemos que consignar un hecho
y, en segundo lugar, hacer una pregunta.
El hecho es éste: Hay una Asamblea de
Dios en la tierra. La pregunta es: ¿Cuál
es esa Asamblea?
I. HAY UNA ASAMBLEA DE DIOS EN LA TIERRA
Primeramente, pues, veamos el
hecho. Hay algo en la tierra que se llama y es la Asamblea de Dios. Éste es
un hecho importantísimo, por cierto: Dios tiene una Asamblea en la tierra. Lo
que entiendo por tal no se relaciona con ninguna organización puramente humana
—tal como la iglesia Griega, la iglesia de Roma, la iglesia Anglicana, la
iglesia de Escocia— ni con ninguno de los varios sistemas salidos de ellas,
formados y elaborados por la mano del hombre y mantenidos con los recursos del
hombre. Me refiero simplemente a la Asamblea reunida por el Espíritu Santo
alrededor de la persona del Hijo de Dios para adorar a Dios el Padre y tener
comunión con él. Nuestra capacidad para reconocer y apreciar esta Asamblea es
un asunto totalmente diferente, el que dependerá de nuestra espiritualidad, del
despojamiento de nuestro yo, del quebrantamiento de nuestra voluntad, de
nuestra infantil sumisión a la autoridad de las Santas Escrituras. Si
comenzamos nuestra investigación acerca de la Asamblea de Dios, o de lo que
puede ser su expresión, con nuestra mente llena de prejuicios, ideas
preconcebidas o predilecciones personales; o si, en nuestras investigaciones,
recurrimos a la vacilante luz de los dogmas, de las opiniones y de las tradiciones
de los hombres, podemos estar perfectamente seguros de que no arribaremos a la
verdad. Para reconocer a la Asamblea de Dios, debemos ser enseñados
exclusivamente por la Palabra de Dios y guiados por su Espíritu; porque de la
Asamblea de Dios, lo mismo que de los hijos de Dios, se puede decir: “El mundo
no la conoce.”
De
ahí que, si de alguna manera somos gobernados por el espíritu del mundo; si
deseamos exaltar al hombre; si procuramos hacer valer nuestros méritos ante los
hombres; si nuestro objetivo es lograr lo que nos parece más atrayente, a
saber, una posición honorable que, sin embargo, sea una trampa para nuestras
almas, desde ya podemos abandonar nuestra investigación sobre la Asamblea de
Dios y refugiarnos en la de las formas de la organización humana, la cual se
acomoda mejor a nuestros pensamientos o a nuestra íntimas convicciones.
Además,
si nuestro objetivo es encontrar una asociación religiosa en la cual se lea la
Palabra de Dios, o donde se halle pueblo de Dios, en seguida podremos ver
satisfecho ese propósito, pues sería difícil, por cierto, encontrar una sección
del cuerpo profesante en la cual no se vea realizada una de esas condiciones (o
ambas).
Por
último, si meramente pretendemos hacer lo mejor que podamos, sin examinar cómo
lo hacemos; si nuestro lema es “Per fas
aut nefas”[1] en cualquier cosa que emprendamos; si estamos dispuestos a trastrocar
aquellas serias palabras de Samuel y decir que «el sacrificio es mejor que la
obediencia y la grosura de los carneros que el prestar atención», entonces es
más que inútil que prosigamos nuestra investigación sobre la Asamblea de Dios,
tanto más cuanto esta Asamblea sólo puede ser descubierta y aprobada por
alguien que haya aprendido a huir de las diez mil sendas floridas de la
conveniencia humana y a someter su conciencia, su corazón, su inteligencia,
todo su ser moral a la suprema autoridad de
“Así dice el Señor.” En una palabra, pues, el discípulo obediente sabe que
existe una Asamblea de Dios, y él también estará capacitado, por gracia, para
encontrarla y para reconocer que su propio lugar está allí. Quien estudia con
inteligencia la Escritura, advierte muy bien la diferencia que hay entre un
sistema fundado, formado y gobernado por la sabiduría y la voluntad del hombre
y la Asamblea que se reúne alrededor de Cristo el Señor y que es gobernada por
Él. ¡Cuán vasta es la diferencia! Es justamente la que existe entre Dios y el
hombre.
Pero
se nos puede pedir que presentemos las pruebas bíblicas de que hay en esta
tierra una Asamblea de Dios, por lo cual procederemos de inmediato a
proporcionarlas; pero antes permítasenos decir que, sin la autoridad de la
Palabra, todas las afirmaciones sobre puntos como éste carecen totalmente de
valor. Por lo tanto, “¿qué dice la
Escritura?” (Romanos 4:3).
Nuestra
primera cita será ese famoso pasaje de Mateo 16: “Viniendo Jesús a la región de
Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los
hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista, otros
Elías; y otros Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo: Y vosotros,
¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el
Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres,
Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que
está en los cielos. Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca
edificaré mi asamblea (ekklesia)[2] y las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella” (v. 13-18).
Aquí
nuestro bendito Señor anuncia su propósito de edificar una asamblea, y revela
el verdadero fundamento de ella, a saber: “Cristo, el Hijo del Dios viviente.”
Éste es un punto sumamente importante en nuestro tema. El edificio está fundado
sobre la Roca, y esa Roca no es el pobre Pedro, quien puede fallar, tropezar,
errar, sino Cristo, el eterno Hijo del Dios viviente; y cada piedra de ese
edificio participa de la Roca viviente, la cual, al ser victoriosa sobre todo
el poder del enemigo, es indestructible[3].
Además,
un poco más adelante en el evangelio de Mateo llegamos a un pasaje igualmente
familiar. “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú
y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aun
contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda
palabra. Si no lo oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia,
tenle por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la
tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será
desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de
acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por
mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo
en medio de ellos” (18:15-20).
Tendremos
ocasión de referirnos nuevamente a este pasaje en la segunda división de
nuestro tema. Lo introducimos aquí meramente como un eslabón en la cadena de
evidencias bíblicas acerca del hecho de que existe una asamblea de Dios en la
tierra. Esta asamblea no es un nombre, una forma, una pretensión o una
suposición. Es una realidad divina, una institución de Dios que posee Su sello
y aprobación. Es algo a lo cual debe apelarse en todos los casos de ofensas y
disputas personales que no pueden ser arregladas por las partes involucradas.
Esta asamblea puede consistir sólo de “dos o tres” personas, la menor
pluralidad, si Ud. quiere; pero ahí está, reconocida por Dios y sus decisiones
ratificadas en el cielo.
Ahora
bien, no tenemos que dejarnos espantar y desviar de la verdad sobre este tema
por el hecho de que la iglesia de Roma haya intentado basar sus monstruosas
pretensiones en los dos pasajes que acabamos de citar. Esa iglesia no es la
Asamblea de Dios, edificada sobre Cristo —la Roca— y reunida al nombre de Jesús,
sino una apostasía humana, fundada sobre un frágil mortal y gobernada por las
tradiciones y doctrinas de los hombres. Por consiguiente, no debemos tolerar
que seamos privados de la realidad de Dios por causa de la impostura de
Satanás. Dios tiene su Asamblea en la tierra y nosotros somos responsables de
reconocerla y de encontrar nuestro lugar en ella. Esto puede ser dificultoso en
un tiempo de confusión como el actual. Ello demandará un ojo sencillo, una
voluntad sumisa, un espíritu humillado. Pero el lector esté seguro de que es su
privilegio poseer tanto una seguridad divina con relación a su lugar en la
Asamblea de Dios como con respecto a la verdad de su propia salvación por medio
de la sangre del Cordero; y no debería estar satisfecho sin esto. Yo no estaría
contento de vivir una hora sin la seguridad de que estoy asociado, en espíritu
y en principio, a la Asamblea de Dios. Digo en espíritu y en principio porque
puede ocurrir que me halle en un lugar donde no exista ninguna expresión local
de la Asamblea, en cuyo caso debo contentarme con tener comunión, en espíritu,
con todos aquellos que se encuentran en el terreno de la Asamblea de Dios, y
esperar que Él me franquee el camino, de manera que yo pueda gozar del
privilegio real de estar presente, en persona, con su pueblo para gustar las
bendiciones de su Asamblea, como así también para compartir las santas
obligaciones de ella.
Esto
simplifica admirablemente el asunto. Si no puedo tener la Asamblea de Dios, no
tendré nada a ese respecto. No me basta concurrir a una comunidad religiosa en
la que hay algunos cristianos, en la que se predica el Evangelio y se
administran las ordenanzas. Debo estar convencido, por la autoridad de la
Palabra y por el Espíritu de Dios, que aquélla está verdaderamente congregada
sobre el principio de la Asamblea de Dios y que posee todas las características
de ella; de otro modo, no puedo reconocerla. Puedo reconocer a los hijos de
Dios que están allí, si me permiten hacerlo fuera de los límites de su sistema
religioso; pero no puedo reconocer ni aprobar ese sistema en modo alguno. Si lo
hiciera, sólo sería como si afirmara que es totalmente indiferente que yo tome
mi lugar en la Asamblea de Dios o en los sistemas del hombre, que reconozca el
Señorío de Cristo o la autoridad del hombre, que reverencie a la Palabra de
Dios o a las opiniones del hombre.
Sin
duda, estas afirmaciones chocarán a muchos. Se hablará de santurronería,
prejuicio, estrechez de miras, intolerancia y cosas similares. Pero esto no
debe apenarnos mucho. Todo lo que tenemos que hacer es cerciorarnos de la
verdad respecto a la Asamblea de Dios y adherirnos a ella con el corazón y
enérgicamente, a toda costa. Si Dios tiene una Asamblea —y la Escritura dice
que la tiene—, entonces debo estar allí y no en otra parte. Es evidente —y cada
uno debe convenir en ello— que, donde hay varios sistemas antagónicos, no todos
pueden ser divinos. ¿Qué debo hacer? ¿Debo contentarme con elegir el menor de
los dos males? Por cierto que no. ¿Qué, entonces? La respuesta es clara,
enfática y directa: la Asamblea de Dios o nada. Si donde Ud. vive hay una
expresión local de esa Asamblea, bien; esté allí en persona. Si no, conténtese
con tener comunión espiritual con todos aquellos que, humilde y fielmente,
reconocen y ocupan esta santa posición.
Se
puede tomar por liberalismo la disposición a aprobarlo todo e ir con todo y con
todos. Puede parecer muy fácil y placentero estar en un lugar «donde se da
rienda suelta a la voluntad de todos y donde no es ejercitada la conciencia de
ninguno», donde podemos sostener y decir lo que nos gusta, hacer lo que nos
agrada e ir adonde nos plazca. Todo esto puede parecer muy deleitoso, muy
plausible, muy popular, muy atractivo; pero será estéril y amargo al final; y,
en el día del Señor, con toda seguridad que todo ello será consumido por
completo como tanta madera, heno y hojarasca que no podrá resistir la acción de
Su juicio.
Pero
prosigamos con nuestras pruebas bíblicas. En los Hechos de los Apóstoles, o más
bien los Hechos del Espíritu Santo, encontramos la Asamblea formalmente
establecida. Un pasaje o dos serán suficientes: “Y perseverando unánimes cada
día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y
sencillez de corazón, alabando a Dios y teniendo favor con todo el pueblo. Y el
Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos
2:46-47). Tal era el sencillo orden apostólico del principio. Cuando una
persona se convertía, tomaba su lugar en la Asamblea; no había dificultad para
admitirla, no había sectas ni partidos que reclamaran para sí el derecho a ser
considerados una iglesia, como si tuvieran una causa propia o un interés
particular. Sólo había una cosa: la Asamblea de Dios, donde él moraba, actuaba
y gobernaba. No era un sistema formado según la voluntad, el juicio o incluso
la conciencia del hombre. El hombre aún no había emprendido la tarea de hacer
una iglesia. Ése era trabajo de Dios. Era sólo incumbencia y prerrogativa de
Dios tanto reunir a los salvos como salvar a los dispersos[4].
¿Por qué —podemos preguntar con razón—
esto debe ser diferente ahora? ¿Por qué el regenerado debe buscar algo que esté
más allá, o algo que sea diferente a la Asamblea de Dios? ¿No es suficiente
estar en la Asamblea de Dios? El lugar donde Él mora, actúa y gobierna, ¿no es,
acaso, el único lugar donde todos los suyos deberían estar? Sin duda que sí.
¿Deberían contentarse con alguna otra cosa? Seguro que no. Reiteramos
enfáticamente: o eso o nada.
Lamentablemente,
es cierto que la caída, la ruina y la apostasía han entrado. Ha crecido la
vigorosa corriente del error y ha arrasado muchos de los antiguos hitos de la
Asamblea. La sabiduría del hombre y su voluntad, o, si se lo prefiere, su
razón, su juicio y su conciencia han puesto manos a la obra en asuntos
eclesiásticos, y el resultado aparece ante nosotros en las casi innumerables y
desconocidas sectas y partidos de la actualidad. No obstante, nos atrevemos a
decir que la Asamblea es siempre la Asamblea, a pesar de toda la decadencia, el
error y la consecuente confusión que le sobrevino. La dificultad para llegar al
conocimiento de la Asamblea puede ser grande, pero, una vez logrado, su
realidad es inalterada e inalterable. En los tiempos apostólicos, la Asamblea
surge intrépidamente, dejando tras sí la tenebrosa región del judaísmo, por un
lado, y del paganismo, por el otro. Era imposible confundirse; ella estaba allí
como una gran realidad, una compañía de hombres vivientes reunidos, habitados,
gobernados y dirigidos por el Espíritu Santo, de modo que el indocto o el
incrédulo, cuando entraban, eran convencidos por todos e impulsados a reconocer
que Dios estaba allí (véase cuidadosamente 1.ª Corintios 12 al 14).
De
manera que, en el Evangelio, nuestro bendito Señor revela su propósito de
edificar una Asamblea; esta Asamblea nos es presentada históricamente en los
Hechos de los Apóstoles; luego, cuando nos dirigimos a las epístolas de Pablo,
le vemos dirigirse a la asamblea de siete lugares diferentes, a saber, Roma,
Corinto, Galacia, Éfeso, Filipos, Colosas y Tesalónica; y, finalmente, al
principio del libro del Apocalipsis tenemos cartas dirigidas a siete iglesias
distintas. Ahora bien, en todos estos lugares, la Asamblea de Dios era algo
evidente, real, palpable, establecido y mantenido por Dios mismo. No era una
organización humana, sino una institución divina, un testimonio, un candelero
para Dios en cada lugar.
Muchas
son, pues, las pruebas bíblicas del hecho de que Dios tiene una Asamblea en la
tierra, reunida, habitada y gobernada por el Espíritu Santo, quien es el único
y verdadero Vicario de Cristo en la tierra. El Evangelio anuncia proféticamente
a la Asamblea, los Hechos la presentan históricamente y las epístolas se
dirigen formalmente a ella. Todo esto es claro. Y nótese con cuidado que, sobre
este tema, no deseamos prestar oídos más que a la voz de la Santa Escritura.
Que no hable la razón, porque no la reconoceremos. Que la tradición no alce la
voz, porque no le haremos caso. Que la conveniencia o lo que parece oportuno no
espere que le prestemos atención. Nosotros creemos en la suficiencia absoluta
de la Santa Escritura, la que basta para equipar por completo al hombre de
Dios, a fin de prepararlo de un modo perfecto para toda buena obra (2.ª Timoteo
3:16-17). La Palabra de Dios o es suficiente, o no lo es. Nosotros creemos que
ella es ampliamente suficiente para todo lo que le es necesario a la Asamblea
de Dios. No puede ser de otro modo, ya que Dios es su Autor. Debemos o bien
negar la divinidad de la Biblia, o bien admitir su suficiencia. No hay término
medio, pues es imposible que Dios haya escrito un libro imperfecto o
insuficiente.
Éste
es un principio muy solemne en relación con nuestro tema. Muchos escritores
protestantes han mantenido, en su ataque contra el catolicismo, la suficiencia
y la autoridad de la Biblia; pero nos parece muy claro que ellos siempre están
en falta cuando sus oponentes contestan el ataque pidiéndoles pruebas bíblicas
que apoyen muchas cosas aprobadas y adoptadas por las congregaciones
protestantes. Hay, en la iglesia del Estado y en las otras comunidades
protestantes, muchas cosas admitidas y practicadas que no tienen aprobación en
la Palabra; y cuando los inteligentes y sagaces defensores del catolicismo
llamaron la atención sobre estas cosas y preguntaron sobre qué autoridad
bíblica se fundaban, la debilidad del Protestantismo se manifestó de manera
sorprendente. Si admitimos por un momento que, sobre algún punto, debemos
recurrir a la tradición y a la conveniencia ¿quién se encargará entonces de
determinar su límite? Si es permisible apartarse de las Escrituras siquiera en
algo, ¿hasta dónde podemos ir en tal dirección? Si se admite en alguna medida
la autoridad de la tradición, ¿quién deberá fijar su extensión? Si abandonamos
la bien definida y estrecha senda de la revelación divina y entramos en el
vasto y enmarañado campo de la tradición humana, ¿no tiene un hombre tanto
derecho como otro de elegir en él lo que desea? En resumen, es obviamente
imposible enfrentar a los adherentes del catolicismo romano en cualquier otro
terreno que no sea aquel en el cual la Asamblea de Dios toma posición, a saber,
la suficiencia absoluta de la Palabra de Dios, del nombre de Jesús y del poder
del Espíritu Santo. Tal es —bendito sea Dios— la invencible posición ocupada
por su Asamblea; y, por más débil y despreciable que pueda ser esta Asamblea a
los ojos del mundo, sabemos, porque Cristo lo dijo, que “las puertas del Hades
no prevalecerán contra ella”. Esas puertas prevalecerán, sin duda, contra todo
sistema humano, contra todas esas corporaciones y asociaciones que los hombres
han erigido. Y nunca hasta ahora ese triunfo del Hades ha sido manifiesto más
terriblemente que en el caso de la propia iglesia de Roma, aunque ella haya
pretendido arrogantemente hacer de esta misma declaración de nuestro Señor el
baluarte de su poder. Nada puede resistir el poder de las puertas del Hades,
salvo esta Asamblea edificada sobre la
«Piedra viviente»; y la expresión local de esta Asamblea puede estar
constituida por esos “dos o tres reunidos
en el nombre de Jesús”, un pobre, débil y miserable puñado, la basura del
mundo, los peores de todos.
Es
bueno ser claros y decididos en cuanto a esto. La promesa de Cristo nunca puede
fallar. Él —bendito sea su nombre— descendió hasta el punto más bajo posible al
cual su Asamblea puede ser reducida, aun a “dos”.
¡Qué misericordioso! ¡Qué compasivo! ¡Qué considerado! ¿Quién como él? Él
vincula toda la divinidad, todo el valor, toda la eficacia de su propio e
inmortal Nombre divino a un oscuro y reducido número reunido alrededor de él.
Debe ser muy evidente para la mente espiritual que el Señor Jesús, al hablar de
los “dos o tres”, no pensaba en
aquellos vastos sistemas que surgieron en tiempos antiguos, en la Edad Media y
en la Moderna, en Oriente y en Occidente, que contaban sus adherentes y
promotores no por “dos o tres”, sino por reinos, provincias y parroquias. Es
evidente que un reino de bautizados y “dos o tres” almas vivientes, reunidas en
el Nombre de Jesús, no significan ni pueden significar lo mismo. La cristiandad
bautizada es una cosa y la Asamblea de Dios es otra. Pronto veremos lo que es
esta última, pero desde ya afirmamos que ellas no son ni pueden ser la misma
cosa. Se las confunde constantemente, pese a que no existen dos cosas que
puedan ser más distintas[5].
Si deseamos saber bajo qué figura
presenta Cristo al mundo bautizado, sólo tenemos que mirar la “levadura” y el
“grano de mostaza... que se hace árbol”, de Mateo 13. La primera representa el
carácter interno y el segundo el carácter externo del “reino de los cielos”, de
aquello que había sido originalmente establecido en la verdad y la pureza como
una cosa real, aunque pequeña, la cual, por la pérfida acción de Satanás, vino
a ser interiormente una masa corrompida, si bien exteriormente resultó algo
popular, de gran apariencia y muy extendido en la tierra, reuniendo toda clase
de gente bajo la sombra de su patrocinio. Tal es la lección —la sencilla aunque
profundamente solemne lección— a extraer, por la mente espiritual, de la
“levadura” y del “árbol de mostaza” de Mateo 13. Y podemos agregar que, de esta
lección bien comprendida, resultaría la capacidad para distinguir entre el
“reino de los cielos” y la Asamblea de Dios. El primero se puede comparar con
una vasta ciénaga y la última con un arroyo que corre a través de la ciénaga y
que está en constante peligro de perder su carácter distintivo, así como su
propia dirección, por entremezclarse con las aguas circundantes. Confundir las
dos cosas es dar el golpe mortal a toda disciplina piadosa y, consecuentemente,
a la pureza en la Asamblea de Dios. Si el reino y la Asamblea significan la
misma cosa, entonces ¿cómo actuaríamos en el caso de “esa persona perversa” de
1.ª Corintios 5? El apóstol nos dice que la “quitemos fuera”. ¿Dónde debemos
ponerla? Nuestro Señor mismo nos dice positivamente que “el campo es el mundo”;
y también, en Juan 17, nos dice que los suyos no son del mundo. Esto hace que
todo sea bastante claro. Pero los hombres nos dicen, pese a la declaración del
propio Señor, que el campo es la Iglesia, y que la cizaña y el trigo —los
impíos y los piadosos— tienen que crecer juntos y que de ninguna manera tienen
que ser separados. Así, la clara y positiva enseñanza del Espíritu Santo en 1.ª
Corintios 5 es puesta en abierta oposición a la igualmente clara y positiva
enseñanza de nuestro Señor en Mateo 13; y todo esto surge del esfuerzo por
confundir dos cosas distintas, a saber, el “reino de los cielos” y la “Asamblea
de Dios”.
El
objetivo que me propuse no me permite dedicarme más al interesante tema del
“reino”. Bastante se ha dicho si con ello el lector ha sido convencido de la
inmensa importancia de distinguir debidamente entre aquel reino y la Asamblea.
Vamos ahora a examinar lo que es esta última. ¡Que el Espíritu Santo sea
nuestro Maestro!
II. QUÉ ES LA ASAMBLEA DE DIOS
Al tratar el tema relacionado con lo que
es la Asamblea de Dios consideraremos, para dar claridad y precisión a nuestros
pensamientos, los cuatro puntos siguientes, a saber:
·
Primero: Cuál es el terreno en
el que se reúne la Asamblea.
·
Segundo: Cuál es el centro alrededor
del que se reúne la Asamblea.
·
Tercero: Cuál es el poder por el
que se reúne la Asamblea.
·
Cuarto: Cuál es la autoridad
según la que se reúne la Asamblea.
1. El terreno en el que se reúne la Asamblea
En
primer lugar, entonces, con respecto al terreno en el cual se reúne la Asamblea
de Dios, digamos que es, en una palabra, la salvación, o la vida eterna. No
entramos a la Asamblea con el objeto de ser salvos, sino como siendo ya salvos.
La palabra es: “sobre esta roca edificaré mi iglesia”. El Señor no dice: «Sobre
mi iglesia edificaré la salvación de las almas.» Uno de los dogmas de los que
Roma se jacta es éste: «Fuera de la verdadera iglesia no hay salvación.» Sí,
pero podemos ir más hondo y decir: «Fuera de la verdadera Roca no hay iglesia.»
Quítese la Roca y no habrá nada más que una obra sin base, errónea y corrupta.
¡Qué miserable engaño es pensar que se puede ser salvo por ella! Gracias a
Dios, esto no es así. Nosotros no llegamos a Cristo a través de la Iglesia,
sino a la Iglesia a través de Cristo. Invertir este orden es desplazar a Cristo
por completo y, de tal modo, no tener ni Roca, ni Iglesia, ni salvación.
Nosotros encontramos a Cristo como un Salvador dador de vida antes de tener
algo que ver con la Asamblea; de ahí que podríamos poseer la vida eterna y
gozar plenamente de la salvación aunque no existiera una Asamblea de Dios en la
tierra[6].
No podemos ser demasiado ingenuos al
asir esta verdad, en un tiempo como el presente, en el cual las pretensiones
clericales se elevan tan alto. La falsamente llamada iglesia abre su seno con
engañosa ternura e invita a las pobres almas cargadas de pecado, fatigadas del
mundo y agotadas, a refugiarse allí. Ella, con pérfida liberalidad, abre de par
en par la puerta de sus tesoros y los pone a disposición de las almas desnudas
y gimientes. Y por cierto que esos recursos tienen un poderoso atractivo para
aquellos que no están sobre “la Roca”. Hay un sacerdocio ordenado que pretende
estar ligado, por una línea ininterrumpida, a los apóstoles, pero,
lamentablemente, ¡cuán diferentes son los dos extremos de la línea! Hay un
sacrificio continuo, pero, lamentablemente, es un sacrificio sin efusión de
sangre y, por consiguiente, sin valor (Hebreos 9:22). Hay un espléndido ritual,
pero, lamentablemente, tiene su origen en las sombras de una época pasada,
sombras que han sido para siempre reemplazadas por la Persona, la obra y los
oficios del eterno Hijo de Dios. ¡Sea por siempre adorado su Nombre sin par!
El
creyente tiene una respuesta concluyente para todas las pretensiones y promesas
del sistema romano. Él puede decir que ha encontrado su todo en un Salvador crucificado y resucitado. ¿Tiene necesidad del
sacrificio de la misa? Él está lavado en la sangre de Cristo. ¿Acaso necesita
de un pobre sacerdote pecador y mortal que no puede salvarse a sí mismo? Él
tiene al Hijo de Dios por sacerdote. ¿Necesita de un pomposo ritual con todos
sus imponentes accesorios? Él adora, en espíritu y en verdad, dentro del Lugar
Santísimo, donde entra con seguridad por la sangre de Jesús.
No
sólo tenemos que considerar al catolicismo romano al desarrollar nuestro primer
punto. Tememos que, además de los católicos romanos, haya miles de personas
que, en sus corazones, estén pendientes de la Iglesia, si no para lograr la
salvación, al menos como si ella fuese un peldaño para alcanzarla. De ahí la
importancia de ver claramente que el terreno en el cual se reúne la Asamblea de
Dios es la salvación o la vida eterna; de modo que, cualquiera sea el objetivo
de la Asamblea, no es por cierto el de proveer salvación a sus miembros, ya que
todos éstos son salvos antes de franquear el umbral de ella. La Asamblea de
Dios es una casa de salvación de un extremo al otro. ¡Bendito hecho! No es una
institución establecida con el propósito de proveer salvación a los pecadores,
y ni siquiera para proveer a sus necesidades religiosas. Es un cuerpo vivo,
salvado, formado y reunido por el Espíritu Santo para dar a conocer a los
“principados y potestades en los lugares celestiales, la multiforme sabiduría
de Dios” y para declarar ante el universo entero la absoluta suficiencia del
Nombre de Jesús.
Ahora
bien, el gran enemigo de Cristo y de la Iglesia está bien enterado del poderoso
testimonio que la Asamblea de Dios está llamada y destinada a dar en la tierra;
por eso él despliega toda su energía infernal para aplastar ese testimonio de
cualquier manera. Él aborrece el Nombre de Jesús y todo aquello que tienda a
glorificar ese Nombre. De ahí proviene su ardiente oposición a la Asamblea como
un todo y a cada expresión local de ella en cualquier lugar en que se halle. Él
no tiene ninguna objeción contra una mera institución religiosa erigida con el
propósito de proveer a las necesidades religiosas del hombre, ya sea que esté
mantenida por el esfuerzo voluntario o por el Gobierno. Ud. puede establecer lo
que quiera. Puede asociarse a lo que quiera. Puede ser lo que quiera; ser algo
y todo para Satanás, menos la Asamblea de Dios, pues eso es lo que él aborrece
entrañablemente y lo que procurará oscurecer y arruinar por todos los medios a
su alcance. Pero esos acentos reconfortantes de Cristo el Señor suenan con
divina fuerza a oídos de la fe: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las
puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”
2. El centro alrededor del cual se reúne la Asamblea
Esto nos conduce naturalmente a nuestro
segundo punto, a saber, cuál es el centro alrededor del que se reúne la
Asamblea de Dios. El centro es Cristo, la Piedra viviente, tal como lo leemos
en la epístola de Pedro: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente
por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como
piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para
ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo”
(1.ª Pedro 2:4-5).
Entonces,
la Asamblea de Dios se reúne alrededor de la Persona de un Cristo vivo. No lo
hace en torno a una doctrina, por más cierta que sea; ni alrededor de una
ordenanza, por importante que sea, sino alrededor de una Persona divina, viva.
Éste es un punto vital y capital que debe ser captado claramente, sostenido
tenazmente y fiel y constantemente admitido y llevado a cabo. “Acercándoos a
él.” No se dice «Acercándoos a lo cual.» No nos acercamos a una cosa, sino a
una Persona. “Salgamos, pues, a Él” (Hebreos 13:13). El Espíritu Santo nos
conduce únicamente a Jesús. Sólo eso
será de provecho. Se puede hablar de asociarse a una iglesia, de hacerse miembro de una congregación, de adherirse a
un partido, a una causa o a un interés. Todas estas expresiones tienden a
oscurecer y confundir el entendimiento, como así también a nuestra vista la
idea divina de la Asamblea de Dios. No nos incumbe asociarnos a algo. Cuando
Dios nos convierte, él nos asocia, por su Espíritu Santo, a Cristo, y eso
debería ser suficiente para nosotros. Cristo es el único centro de la Asamblea
de Dios.
Y
podemos preguntar: ¿No es él suficiente? ¿No es del todo suficiente para
nosotros estar “unidos al Señor”? (1.ª Corintios 6:17). ¿Por qué agregar algo a
eso?
“Donde están dos o tres congregados en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). ¿Qué más podemos
necesitar? Si Jesús está en medio de nosotros, ¿por qué pensaríamos en
establecer un dirigente humano? ¿Por qué no dejamos unánimemente y de corazón
que Él tome el puesto directivo y nos sometemos humildemente a Él en todo? ¿Por
qué instituir una autoridad humana —bajo una u otra forma— en la casa de Dios?
Pero es lo que se hace, y es conveniente hablar claramente al respecto. El
hombre se ha establecido en lo que se dice que es la Asamblea. Vemos que la
autoridad humana se ejerce en esa esfera en la que sólo la autoridad divina
debería ser reconocida. Poco importa, en cuanto al principio fundamental, que
sea un papa, un pastor, un cura o un dirigente. Es un hombre que se erige en el
lugar de Cristo. Puede ser el papa que designa a un cardenal, legado pontificio
u obispo en su esfera de acción; o puede ser un dirigente que designa a un
hombre para exhortar u orar durante diez minutos. El principio es el mismo. Es
la autoridad humana que actúa en esa esfera en la cual sólo debería ser
reconocida la autoridad de Dios. Si Cristo está en medio de nosotros, podemos
contar con él para todo.
Ahora
bien, al decir esto prevemos una muy probable objeción por parte de los
defensores de la autoridad humana: ¿Cómo andaría una asamblea sin ningún tipo
de dirección humana? ¿No conduciría esto a todo tipo de confusión y desorden?
¿No abriría esto la puerta a cualquiera que quisiera entremeterse en la
Asamblea prescindiendo por completo de los dones o capacidades? ¿No tendríamos
hombres que aparecieran en toda ocasión, acosándonos con su vana cháchara y
tediosa presunción?
Nuestra
respuesta es muy sencilla: Jesús es todo lo que nos hace falta. Podemos confiar
en él para mantener el orden en su casa. Nos sentimos mucho más seguros en su poderosa
y benévola mano que en las manos del más hábil dirigente humano. Tenemos los
dones espirituales acumulados en Jesús. Él es la fuente de toda autoridad y de
todo ministerio. “Tiene en su diestra siete estrellas” (Apocalipsis 1:16).
Confiemos sólo en él, y él proveerá al orden de nuestra asamblea tan
perfectamente como para la salvación de nuestras almas. Ésta es justamente la
razón que nos ha hecho agregar, al título de este artículo —LA ASAMBLEA DE DIOS— el subtítulo «La absoluta suficiencia del Nombre de
Jesús». Creemos que el Nombre de Jesús es realmente suficiente, no sólo
para la salvación personal, sino también para todas las necesidades de la
Asamblea: para el culto, la comunión, el ministerio, la disciplina, el
gobierno; en una palabra, para todo. Teniéndolo a él, lo tenemos todo, y en
abundancia.
Esto
constituye la médula y la sustancia de nuestro tema. Nuestro único propósito es
exaltar el Nombre de Jesús, y creemos que él ha sido deshonrado en lo que se
llama su casa. Él ha sido destronado y la autoridad del hombre ha sido
establecida. En vano Él concede un don ministerial; el poseedor de ese don no
se atreve a ejercitarlo sin el sello, la aprobación y la autoridad del hombre.
Y no solamente eso, sino que si el hombre piensa que es propio dar su sello, su
aprobación y su autoridad a uno que no posee ni una pizca de don espiritual —y
hasta inclusive ni una pizca de vida espiritual—, él es, a pesar de todo, un
ministro reconocido. En resumen, la autoridad humana sin el don otorgado por
Cristo hace de un hombre un ministro; mientras que un don de Cristo no lo hace
si no media la autoridad del hombre. Si esto no es una deshonra para Cristo el
Señor, ¿qué es?
Lector
cristiano, haga una pausa aquí y considere profundamente este principio de la autoridad
humana. Le confesamos que estamos ansiosos por que Ud. llegue a la raíz del
asunto y que lo juzgue a fondo, a la luz de las Santas Escrituras y de la
presencia de Dios. Este principio es —esté seguro de ello— la gran línea
divisoria, el punto de separación entre la Asamblea de Dios y todo sistema
religioso humano debajo del sol. Si Ud. examina todos esos sistemas, desde el
catolicismo romano hasta la forma más refinada de asociación religiosa,
encontrará en todos la autoridad del hombre reconocida y demandada. Con ella
Ud. puede ministrar; sin ella no debe hacerlo. Por el contrario, en la Asamblea
de Dios sólo el don de Cristo hace de un hombre un ministro, prescindiendo de
toda autoridad humana. “No de hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo, y
por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos” (Gálatas 1:1). Éste es el
gran principio del ministerio en la Asamblea de Dios.
Ahora
bien, si el catolicismo romano es puesto en la misma categoría que todos los
demás sistemas religiosos de la actualidad, entiéndase, de una vez por todas,
que lo es sólo con relación al
principio de la autoridad del ministerio. Dios nos guarde de pretender comparar
un sistema —que excluye la Palabra de Dios y que enseña la idolatría, el culto
de los santos y de los ángeles y una masa de errores y de supersticiones
groseras y abominables— con aquellos sistemas en los cuales la Palabra de Dios
es sostenida y donde se proclama más o menos la verdad bíblica. Nada puede
estar más lejos de nuestros pensamientos. Creemos que el catolicismo romano es
la obra maestra de Satanás como sistema religioso, si bien muchos hijos de Dios
han estado y pueden aún estar allí incluidos. Además, en esta ocasión,
afirmamos abiertamente que nosotros creemos que en toda comunidad o
congregación protestante se hallan santos de Dios, tanto ministros como simples
fieles, y que el Señor los utiliza de muchas maneras, bendice sus obras, su
servicio y su testimonio personal.
Finalmente,
sentimos que es justo declarar que no moveríamos un dedo para tocar cualquiera
de esos sistemas. No tenemos nada que ver con los sistemas. El Señor se
encargará de ellos. Nuestra atención está centrada en los santos que se hallan
en esos sistemas, para procurar, por toda acción bíblica y espiritual,
conducirlos hacia su verdadera posición en la Asamblea de Dios.
Queda
dicho lo suficiente como para prevenir errores, por lo cual volvemos con
renovada fuerza a nuestro principio, a saber, que el hilo de la autoridad
humana corre a través de todos los sistemas religiosos de la cristiandad, y
que, ciertamente, no hay ni el grosor de un cabello de consistencia entre el
terreno ocupado por la iglesia de Roma y el de la Asamblea de Dios. Creemos que
un alma que busca sinceramente la verdad y sale de entre las tinieblas del catolicismo,
no puede detenerse hasta encontrar la clara y bendita luz de la Asamblea de
Dios. Le puede tomar años recorrer el espacio intermedio. Sus pasos pueden ser
lentos y mesurados; pero hasta que ella no encuentre la luz, con sencillez y
sinceridad piadosa, no encontrará descanso entre estos dos extremos. La
Asamblea de Dios es el lugar verdadero para todos los hijos de Dios.
Lamentablemente, no todos están allí; pero esto es sólo una pérdida para ellos
y una deshonra para el Señor. Ellos deberían estar allí, no sólo porque Dios
también lo está, sino porque a Él se le deja actuar y gobernar allí.
Esto
último es de suma importancia en vista de que puede ser dicho: ¿No está Dios en
todos lados? ¿No actúa en varios lugares? Por cierto, él está en todas partes y
obra en medio del error y del mal palpables. Pero no le es permitido gobernar en los sistemas humanos, ya que
lo supremo en ellos es la autoridad humana, como lo hemos demostrado ya.
Además, si el hecho de que las almas se convierten y son bendecidas por Dios en
un sistema es una razón para que nosotros estemos allí, entonces deberíamos
estar también en la iglesia de Roma, pues ¡cuántos se han convertido y han sido
bendecidos en ese terrible sistema! Incluso en el reciente avivamiento hemos
oído de personas alcanzadas en
capillas católicas romanas. Lo que prueba demasiado no prueba absolutamente
nada; por eso ningún argumento puede ser basado en el hecho de la actuación de
Dios en un lugar. Él es soberano y puede obrar donde le plazca. Nosotros
debemos sujetarnos a su autoridad y trabajar donde se nos ordena hacerlo. Mi
Señor puede ir adonde le plazca, pero yo debo ir adonde él lo dispone.
Pero
alguno puede preguntar: ¿No hay ningún peligro de que hombres incompetentes
introduzcan su ministerio en la Asamblea de Dios? En esa eventualidad, ¿dónde
está la diferencia entre esa Asamblea y los sistemas humanos? Respondemos: Con
toda seguridad que ese peligro existe. Pero entonces ello acontecería a pesar y
no en virtud del principio. Esto marca toda la diferencia. Lamentablemente, con
frecuencia vemos de pie, en medio de nuestras asambleas, hombres cuyo sentido
común —sin hablar de espiritualidad— los debería mantener sentados. Con
frecuencia nos hemos detenido a mirar con asombro a algunos hermanos a los que oímos
esforzarse por obrar como ministros en la asamblea. Tal vez hemos pensado que
la Asamblea ha sido considerada por cierta clase de hombres ignorantes, amigos
de oírse hablar a sí mismos, como una esfera en la cual podrían figurar
cómodamente sin tener que pasar por las aulas de la Universidad ni esforzarse
por obtener un título académico[7].
Todo esto es horrible y humillante.
Nadie se imagine que, al luchar por la verdad tocante a la Asamblea de Dios,
ignoramos u olvidamos los escollos y pruebas a los cuales ella está expuesta.
Lejos de ello. Nadie podría estar, como nosotros, durante veintiocho años en
ese terreno sin estar penosamente consciente de lo difícil que es mantenerlo.
Pero entonces las pruebas mismas, los peligros y las dificultades se revelan
como otras tantas pruebas —penosas, si se quiere, pero pruebas de la verdad de
la posición—; y, si no hubiera otro remedio que apelar a la autoridad humana, a
un establecimiento del hombre en el lugar de Cristo, a un retorno a los
sistemas humanos, declararíamos sin titubeos que el remedio sería mucho peor
que la enfermedad. Porque si fuésemos a adoptar ese remedio, ello sólo
manifestaría los más enojosos síntomas de la enfermedad, a saber, el rechazo a
dolernos del mal y, por el contrario, la disposición a jactarnos de él como
fruto de un pretendido orden.
Pero
—bendito sea Dios— hay un remedio. ¿Cuál es?
“Allí estoy yo en medio de ellos.” Esto es suficiente. No hay un papa, un
sacerdote, un ministro o un dirigente en medio de ellos, alguien que los
encabece, alguien que ocupe el sillón o el púlpito. No existe un solo
pensamiento de algo semejante de un extremo al otro del Nuevo Testamento. Aun
en la asamblea de Corinto, donde reinaba la confusión y el desorden más grave,
el apóstol inspirado jamás insinúa siquiera cosa tal como un dirigente humano,
bajo un título cualquiera. “Dios no es
Dios de confusión, sino de paz” (1.ª Corintios 14:33). Dios estaba allí
para guardar el orden. Ellos tenían que depender de él y no de un hombre,
cualquiera fuese su título. Establecer a un hombre para que guarde el orden en
la Asamblea de Dios es pura incredulidad y un abierto insulto a la Presencia
Divina.
Se
nos ha pedido con frecuencia que proporcionemos textos de la Escritura para
probar la idea de la dirección divina en la Asamblea. A ello contestamos: “Allí
estoy yo”, y “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. Sobre estos dos
pilares, aunque no tuviéramos más, podemos apuntalar con éxito la gloriosa
verdad de la dirección divina, verdad que debe
salvaguardar —a todos aquellos que la reciben y la tienen como proveniente
de Dios— de todos los sistemas del hombre, llámense como Ud. quiera. A nuestro
juicio, es imposible reconocer a Cristo como el centro y soberano gobernante en
la Asamblea y continuar aceptando el establecimiento del hombre. Cuando hemos
probado una vez la dulzura de estar bajo la dependencia de Cristo, nunca más
podremos volver a colocarnos bajo la servil esclavitud impuesta por el hombre.
Esto no es insubordinación ni impaciente temor a todo control. Es tan sólo la
absoluta negativa a someternos a una falsa autoridad, a aprobar una culpable
usurpación. Desde el momento en que vemos al hombre usurpar la autoridad en lo
que se llama la iglesia, preguntamos simplemente: «¿Quién es Ud.?» y nos
retiramos a una esfera en la cual sólo Dios es reconocido. «Pero hay errores,
males y abusos aun en esta misma esfera.» Indudablemente; pero, si los hay,
tenemos a Dios para corregirlos o remediarlos. Luego, si una asamblea es
turbada por la intrusión de hombres torpes e ignorantes, hombres que nunca
guardan mesura en la presencia de Dios, hombres que, saltando descaradamente
por encima del amplio dominio en el que impera el sentido común, el buen gusto
y la rectitud moral, se jactan de ser guiados por el Espíritu Santo, hombres
inquietos que quieren ser algo y que
mantienen a la asamblea en un continuo estado de zozobra por temor a lo que
puede ocurrir, una asamblea así afligida gravemente ¿qué debería hacer?
¿Abandonar el terreno con impaciencia, pena y decepción? ¿Renunciar a todo como
si fuera un mito, una fábula o una vana ilusión? ¿Regresar a lo que se dejó una
vez? Lamentablemente, es lo que algunos hicieron, probando así que nunca
comprendieron lo que estaban haciendo o que, si lo comprendieron, no tuvieron
fe para proseguir. Quiera el Señor tener misericordia de ellos y abrir sus ojos
para que puedan ver de dónde han caído y obtener la exacta noción de la Asamblea
de Dios en contraste con los más atractivos sistemas humanos.
Pero
¿qué debe hacer la asamblea cuando los abusos se deslizan en su seno?
Sencillamente mirar a Cristo como el Señor de Su casa. Reconocerle en el lugar
que le pertenece. Valerse del Nombre de Jesús para obrar sobre los abusos,
cualesquiera sean. ¿Dirá alguno que esto no es suficiente? ¿Alguna vez esto
demostró ser ineficaz? No lo creemos; no podemos creerlo. Y podemos decir con
toda seguridad que, si el Nombre de Jesús no es suficiente, nunca tendremos
recursos en el hombre y en su miserable orden. Con el socorro de Dios, nunca
borraremos ese Nombre incomparable del estandarte a cuyo alrededor el Espíritu
Santo nos ha reunido, para colocar en su lugar el perecedero de un hombre mortal.
Estamos
plenamente enterados de las inmensas dificultades y de las penosas pruebas que
se presentan en conexión con la Asamblea de Dios. Creemos que sus dificultades
y sus pruebas son perfectamente características. No hay nada bajo la bóveda celeste
que el diablo aborrezca más que a la Asamblea de Dios. Él removerá cielo y
tierra contra esa Asamblea. Hemos visto muchos ejemplos de ello. Un evangelista
que va a un lugar a predicar la absoluta suficiencia del Nombre de Jesús para
la salvación del alma, tendrá a miles pendientes de sus labios. Si el mismo
siervo retorna allí más tarde y, al predicar el mismo Evangelio, da un paso más
y proclama la absoluta suficiencia de ese mismo Jesús para responder a todas
las necesidades de una asamblea de creyentes, se verá combatido de todos lados.
¿Por qué ocurre esto? Porque Satanás aborrece la más débil expresión de la
Asamblea de Dios. Ud. puede ver una ciudad librada por siglos y generaciones a
su ignorante y tonta rutina de formalismo religioso, un pueblo muerto que se
reúne una vez por semana para oír a un hombre muerto que cumple un servicio
muerto, y que todo el resto de la semana vive en el pecado y en la insensatez.
No hay ni un soplo de vida, ni una hoja que se mueva. Esto le agrada mucho al
diablo. Pero venga alguien y despliegue la bandera del Nombre de Jesús —Jesús
para el alma y Jesús para la Asamblea— y pronto verá Ud. un poderoso cambio. Se
excita la rabia del infierno y se levanta la sombría y terrible marea de la
oposición.
Creemos
plenamente que éste es el verdadero secreto de muchos de los mordaces ataques
recientemente dirigidos contra aquellos que ocupan el terreno de la Asamblea de
Dios. Sin duda, debemos deplorar los errores, equivocaciones y caídas. Le hemos
dado demasiada ocasión al adversario con nuestros desatinos e inconsecuencias.
Hemos sido una pobre epístola borrosa, un testimonio débil y languideciente,
una luz vacilante. Por todo ello tenemos que estar profundamente humillados
delante de nuestro Dios. Nada podría ser más indigno para nosotros que la
pretensión de arrogarnos orgullosamente títulos pomposos y derechos
eclesiásticos altisonantes. Nuestro lugar está en el polvo. Sí, amados
hermanos, el lugar de la confesión y del juicio propio nos conviene en la
presencia de Dios.
No
obstante, no debemos abandonar la gloriosa verdad de la Asamblea de Dios porque
hayamos fracasado tan vergonzosamente en llevarla a cabo; no debemos juzgar la
verdad por lo que hemos mostrado de ella, sino que debemos juzgar nuestro
comportamiento por medio de la verdad.
Una
cosa es ocupar el terreno según Dios, y otra conducirnos apropiadamente en ese
terreno; y mientras que es perfectamente legítimo juzgar nuestras prácticas por
nuestros principios, no obstante la verdad es la verdad para todo ello, y
podemos estar seguros de que el diablo aborrece la verdad de la Asamblea. Un
mero puñado de gente humilde, reunida en el Nombre de Jesús para partir el pan,
es una espina en el costado para el diablo. Es cierto que tal asamblea excita
la ira de los hombres, por cuanto echa por la borda su oficio y autoridad, lo
cual no pueden soportar. Sin embargo, creemos que la raíz de todo el asunto se
halla en el odio de Satanás por el testimonio especial que la Asamblea da
acerca de la absoluta suficiencia del Nombre de Jesús para responder a todas
las necesidades posibles de la Asamblea de Dios.
Éste
es un testimonio verdaderamente noble, y nosotros anhelamos con ardor verlo más
fielmente manifestado. Podemos contar con una violenta oposición. Ocurrirá con
nosotros como con los cautivos que regresaron en los días de Esdras y Nehemías.
Podemos esperar que encontraremos muchos Rehum y muchos Sanbalat. Nehemías pudo
haber ido a cualquier lugar del mundo entero a construir un muro que no fuese
el de Jerusalén, y Sanbalat nunca lo habría molestado. Pero reconstruir el muro
de Jerusalén era una ofensa imperdonable. ¿Por qué? Justamente porque Jerusalén
era el centro terrenal de Dios, alrededor del cual él quiere todavía reunir las
restauradas tribus de Israel. Éste era el secreto de la oposición del enemigo.
Y nótese su afectado desprecio: “Lo que ellos edifican del muro de piedra, si
subiere una zorra lo derribará” (Nehemías 4:3). Y, sin embargo, Sanbalat y sus
aliados no fueron capaces de derribarlo. Ellos podrían haber hecho cesar la
obra a causa de la falta de fe y energía de los judíos; pero no habrían podido
derribarlo una vez que Dios lo hubiera levantado. ¡Qué parecido con el momento
actual! Seguramente no hay nada nuevo bajo el sol. Hoy también existe un afectado
desprecio, pero, además, una real alarma. Si aquellos que se reúnen en el
Nombre de Jesús tuviesen solamente un corazón más fiel a su bendito centro,
¡qué testimonio darían! ¡Qué poder! ¡Qué victoria! ¡Con qué fuerza llamaría la
atención a su alrededor! “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí
estoy yo.” No hay nada semejante bajo el sol, por débil y despreciable que sea.
El Señor sea loado por levantar semejante testimonio para sí en estos últimos
días. ¡Quiera Él incrementar grandemente la eficacia del mismo por el poder del
Espíritu Santo!
3. El poder por el cual se reúne la Asamblea