LOS COMPAÑEROS DE DAVID

Y LOS AMIGOS DE PABLO1

 

(Léase 2.º Samuel 23 y Romanos 16)

 

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

     ¡Cuán preciosos son esos vínculos especiales formados por la mano de Dios! Hay un gran vínculo general que nos une a todos los hijos de Dios —a todos los miembros del cuerpo de Cristo—. Pero existen vínculos especiales que siempre deberíamos reconocer y procurar fortalecer y perpetuar por todos los medios posibles y rectos.

     Últimamente nos hemos estado ocupando, con mucho interés y provecho, de los valientes de David, mencionados en el capítulo 23 del segundo libro de Samuel, y de los amigos de Pablo en Roma, mencionados en el último capítulo de la epístola a los Romanos. Entre los millares de Israel —todos miembros circuncidados de la congregación de Israel e hijos de Abraham—, había relativamente pocos que se distinguían por una devoción personal y una entera consagración de corazón. Incluso entre esos pocos había notables diferencias. Estaban los treinta valientes, los tres y los tres primeros. Cada uno tiene su lugar específico en el libro de la vida responsable y práctica, según lo que fue y lo que hubo hecho. Además, se nos dice exactamente lo que cada uno ha hecho y cómo lo ha hecho. Nada se olvida, sino que todo es fielmente registrado, y ninguno de ellos puede jamás tomar el lugar de otro. Cada uno hace su propia obra, ocupa su lugar y recibe su recompensa[2].

     Vemos lo mismo en el capítulo 16 de la epístola a los Romanos. Nada puede ser más sorprendente ni más notable que las bellas distinciones que caracterizan esta exquisita porción de las Escrituras. Notemos primeramente de qué manera Febe es recomendada a la asamblea de Roma. “Os recomiendo además nuestra hermana Febe.” ¿Sobre qué base el apóstol la recomienda? ¿Porque «parte el pan» o porque «está en comunión» en Cencrea? No, sino porque “es diaconisa de la iglesia”, y “porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo”.

     Pablo, en un lenguaje conmovedor y enérgico, nos presenta la base moral de los derechos de Febe a la hospitalidad y a la ayuda de la asamblea. Decir que una persona «parte el pan», lamentablemente no ofrece ninguna garantía en lo que respecta a su devoción personal. Debiera ser así, pero no lo es. Por eso, esperar la simpatía, la ayuda y la confianza de los hijos de Dios sobre tal terreno, no ofrece ninguna garantía. El apóstol mismo, cuando demanda las oraciones de los hermanos, presenta la base moral de su demanda: “Orad por nosotros.” ¿Sobre qué base? ¿Porque «partimos el pan» o porque «estamos en comunión»? Nada de eso, sino porque “confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).

     Notemos luego lo que se dice de Priscila y Aquila. ¿Qué habían hecho? Habían sido ayudantes —o colaboradores— del apóstol. Expusieron su vida por él. Y agrega: “A los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles.” Esto es extraordinariamente exquisito. Habían “ganado para sí un grado honroso”. Habían ganado la confianza y la estima del apóstol y de todas las asambleas. Así debe ser siempre. No podemos introducirnos de golpe en los afectos y en la confianza de la gente. Debemos recomendarnos por una vida de justicia práctica y de devoción personal. “Recomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios” (2.ª Corintios 4:2).

     Notemos luego, en el versículo 12, el tacto perfecto del apóstol: “Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor.” ¡Qué bella distinción vemos aquí! ¿Por qué el apóstol no clasifica juntas a las tres? La razón es muy simple: las dos primeras habían tan sólo trabajado, mientras que la tercera había trabajado mucho. Cada cual tiene su lugar, según lo que fue y lo que hubo hecho.

     Tampoco para Trifena y Trifosa podía ser un motivo de envidia y de celo contra Pérsida el hecho de que ésta fuera calificada como “la amada”, mientras que ellas no lo fueran. Tampoco habrían tenido tales sentimientos porque el adjetivo “mucho” haya sido adjuntado a su trabajo y no al de ellas. ¡Oh no, la envidia y los celos son los frutos perniciosos de una miserable ocupación con uno mismo, y no pueden tener cabida en un corazón enteramente consagrado a Cristo y a sus intereses!

     Ahora bien, considero estos pasajes del segundo libro de Samuel y de la epístola a los Romanos como un ejemplar de las páginas del libro de la vida responsable y práctica, en el cual el nombre de cada uno está escrito según lo que fue y lo que hubo hecho. Huelga decir que todo descansa sobre la gracia. Cada uno se complacerá en decir que “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1.ª Corintios 15:10). Además, todos los hijos de Dios, todos los miembros de Cristo, son igualmente “aceptos en el Amado”; todos se hallan en la misma relación. El más débil miembro del cuerpo de Cristo es amado por Dios como Cristo mismo. La cabeza y los miembros no pueden separarse. Como él es, así somos nosotros. El más débil hijo de la familia tiene su lugar en el corazón del Padre, y nadie podrá jamás interponerse entre ellos (Efesios 1:6: Juan 17:26; 1.ª Juan 4:17).

     Todo esto es verdadero y precioso; nada puede alterarlo. Mas cuando se trata de la gran cuestión de la vida práctica y de la devoción personal, ¡qué variedad infinita! Vemos a los tres, los tres primeros y los treinta. Una cosa es ser “aceptos”, y muy otra es ser “aceptables” o “agradables” (2.ª Corintios 5:9). Una cosa es ser un hijo amado, y muy otra es ser un siervo devoto. Está el amor que se refiere a la relación en que uno se halla, y el amor que deriva de la satisfacción que causa el objeto amado.

     Estas dos cosas no deben confundirse, y, seguramente, todo hijo de Dios “acepto”, debería desear ardientemente ser un siervo “aceptable” o “agradable” a Cristo. ¡Oh, que así sea más y más en estos días de fría indiferencia en los que sólo se busca los propios intereses y en los cuales la mayoría de los creyentes están satisfechos con el simple hecho de estar en comunión —como comúnmente se dice—, con participar formalmente del partimiento del pan!; día en que tan pocos, relativamente, procuran seguir esa elevada senda de la devoción personal que, sin duda, es “agradable” al corazón de Cristo.

     Que no se nos vaya a mal interpretar. La verdadera comunión en el Espíritu —la comunión de los santos— es preciosa más allá de toda expresión; y el partimiento del pan con verdad y sinceridad, en memoria de nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo, quien nos amó y se dio a sí mismo por nosotros, es uno de los más elevados y ricos privilegios para aquellos cuyos corazones son fieles a él. Todo esto se comprende bien y lo admito plenamente.

     Pero, por otro lado, jamás debemos olvidar la fuerte tendencia de nuestros pobres corazones a estar satisfechos con meras formas y fórmulas cuando el poder no está más presente. Una cosa es estar en comunión de nombre y tomar parte en la forma exterior del partimiento del pan, y muy otra es ser un discípulo de Cristo serio, devoto y decidido. Todos deberíamos desear ardientemente esto último; pero inclinarse por lo primero es una miserable decepción que apaga la conciencia, endurece el corazón y engaña al alma.

    

C.H.M.

 


 

NOTAS

 

[1] N. del A.— Las líneas siguientes son un extracto de una carta dirigida a un amigo, y a pedido de él son enviadas como un mensaje a la Iglesia de Dios. ¡Quiera el Espíritu Santo revestirlas de su poder!

 

[2] N. del A.— Podemos advertir lo mismo en el caso de los doce apóstoles. Sabemos mucho más acerca de Pedro, Jacobo y Juan que acerca de los otros nueve. Y aun entre estos tres, notamos una diferencia, pues uno es especialmente designado como “el discípulo a quien Jesús amaba” (Juan 21:7), y el que se recostaba “cerca del pecho de Jesús” (Juan 13:25). Ahora bien, lo mismo ocurre en toda la Palabra, como lo vemos en Abraham y Lot, en Elías y Abdías, en la sunamita y la viuda de Sarepta. Lector cristiano, ¡ojalá que sea nuestro deseo ardiente marchar más cerca de Dios y vivir en una mayor intimidad con el pensamiento de Cristo!

 

 


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