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EL REMANENTE En el pasado y el presente C. H. Mackintosh |
Seguir, a través de las
Escrituras, la historia de lo que se conoce como el remanente, es, además de interesante, muy instructivo y alentador.
Podemos señalar desde el principio que la existencia misma de un remanente
demuestra el fracaso del testimonio visible o cuerpo profesante, ya sea judío o
cristiano. Si todos fueran fieles, naturalmente no habría ninguna razón moral
para que exista un remanente, ninguna necesidad de distinguir a unos pocos del
cuerpo general de profesantes. El remanente, en todos los tiempos, se halla
constituido por aquellos que reconocen y sienten el fracaso y la ruina comunes,
y que cuentan con Dios y se aferran a su Palabra. Éstas son las grandes marcas
que caracterizan al remanente en todas las épocas. Hemos fallado, pero Dios
permanece fiel, y su misericordia es desde la eternidad hasta la eternidad.
A medida que sigamos las huellas
del remanente en los tiempos del Antiguo Testamento, veremos que cuanto más
decadente es la condición moral del pueblo, más rico es el despliegue de la
gracia divina, y que cuanto más profundas son las tinieblas morales, más
intenso es el brillo de la fe individual. Esto está cargado del más bendito
estímulo para todo fiel hijo de Dios y siervo de Cristo que reconozca y sienta
el naufragio y la irremediable ruina de toda la iglesia profesante. Es algo
indeciblemente alentador para toda alma fiel estar segura de que, por más que
la Iglesia haya fracasado, tiene el privilegio de gozar individualmente de una
tan plena y preciosa comunión con Dios, y de andar en una senda de obediencia y
bendición tan elevada como en los días más brillantes de la historia de la
Iglesia. Veamos algunos ejemplos en las Escrituras.
I. El remanente en los
tiempos del Antiguo Testamento
En el capítulo 30 del segundo libro de Crónicas tenemos el confortante y
alentador relato de la Pascua celebrada en los tiempos de Ezequías, cuando la unidad
visible de la nación no existía más y cuando todo estaba en ruinas. No
citaremos todo el pasaje, por interesante que sea, sino que sólo leeremos las
líneas finales en relación con nuestro tema: “Hubo entonces gran regocijo en
Jerusalén; porque desde los días de
Salomón hijo de David rey de Israel, no había habido cosa semejante en
Jerusalén” (v. 26). Aquí tenemos, pues, una hermosa ilustración de la
gracia de Dios reuniendo a aquellos de entre su pueblo que reconocieron su
fracaso y sus pecados y asumieron su verdadero lugar de humillación en Su
presencia. Ezequías y aquellos que estaban con él estaban plenamente
convencidos de su pobre condición y, en consecuencia, no se atrevieron a
celebrar la Pascua en el mes primero. Ellos se valieron de las provisiones de
la gracia, como aparecen en Números 19, y celebraron la fiesta en el mes
segundo. “Porque una gran multitud del pueblo... no se habían purificado, y
comieron la pascua no conforme a lo que está escrito. Mas Ezequías oró por
ellos, diciendo: Jehová, que es bueno, sea propicio a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar a Dios, a
Jehová el Dios de sus padres, aunque no esté purificado según los ritos de
purificación del santuario. Y oyó Jehová a Ezequías, y sanó al pueblo” (v.
18-20).
Vemos aquí la gracia de Dios reuniendo —como
lo hace siempre— a aquellos que confesaron sinceramente sus fracasos y su
debilidad. No había allí ninguna arrogancia ni pretensión, ninguna dureza de
corazón ni indiferencia. Ellos no buscaron encubrir su verdadera condición ni
semejar que todo estaba bien; no, ellos asumieron su verdadero lugar de
humillación, y se abalanzaron sobre esa gracia inagotable que nunca deja sin
consuelo a un corazón contrito. ¿Cuál fue el resultado?: “Así los hijos de
Israel que estaban en Jerusalén celebraron la fiesta solemne de los panes sin
levadura por siete días con grande gozo;
y glorificaban a Jehová todos los días
los levitas y los sacerdotes, cantando con instrumentos resonantes a Jehová. Y
habló Ezequías al corazón de todos los levitas que tenían buena inteligencia en
el servicio de Jehová. Y comieron de lo sacrificado en la fiesta solemne por
siete días, ofreciendo sacrificios de paz, y dando gracias a Jehová el Dios de
sus padres. Y toda aquella asamblea determinó que celebrasen la fiesta por
otros siete días con alegría” (v. 21-23).
Ahora bien, podemos estar
seguros de que todo esto fue muy grato al corazón de Jehová, el Dios de Israel.
La debilidad, el fracaso y las faltas eran patentes. Exteriormente, las cosas
eran muy diferentes de lo que habían sido en los días de Salomón. Sin duda,
muchos habrán considerado presuntuosa la actitud de Ezequías de convocar
semejante asamblea bajo las circunstancias que se vivían. Ciertamente se nos
dice que su preciosa y conmovedora invitación fue objeto de burla y risas por
toda la tierra de Efraín, de Manasés y de Zabulón. ¡Lamentablemente, esto
ocurre demasiado a menudo! Los actos de la fe no se comprenden porque la preciosa
gracia de Dios no se comprende.
Sin embargo, “algunos hombres de
Aser, de Manasés y de Zabulón se
humillaron, y vinieron a Jerusalén.” Fueron ricamente bendecidos por venir
a celebrar una fiesta que no se había celebrado en Jerusalén desde los días de
Salomón al modo que está escrito. No hay límite para la bendición que la gracia
tiene reservada para el corazón contrito y humillado. Si todo Israel hubiese
respondido al patético llamado de Ezequías, habría participado de la bendición;
pero ellos tuvieron un corazón inquebrantable
y, en consecuencia, no fueron bendecidos. Todos debemos recordar esto;
seguramente encierra una voz y una lección necesarias para nosotros. ¡Oigamos y
aprendamos!
Ahora pasaremos a considerar el reinado del piadoso y devoto rey Josías,
cuando la nación se hallaba en vísperas de su disolución. Aquí tenemos una muy
notable y hermosa ilustración de nuestro tema. Tampoco es nuestro objetivo aquí
considerar los detalles, pues ya lo hicimos en otra oportunidad[1]. Sólo citaremos las últimas líneas del pasaje: “Y los
hijos de Israel que estaban allí celebraron la pascua en aquel tiempo, y la
fiesta solemne de los panes sin levadura por siete días. Nunca fue celebrada una pascua como ésta en Israel desde los días de
Samuel el profeta; ni
ningún rey de
Israel celebró pascua tal como la que celebró el rey Josías; con los sacerdotes y levitas, y todo Judá e Israel, los
que se hallaron allí, juntamente con los moradores de Jerusalén. Esta pascua
fue celebrada en el año dieciocho del rey Josías” (2.º Crónicas 35:17-19).
¡Qué notable
testimonio! En la Pascua de Ezequías, somos transportados hasta el esplendoroso
reinado de Salomón; pero aquí tenemos algo más brillante todavía. Y si se nos
preguntase qué fue lo que arrojó semejante aureola de gloria sobre la Pascua de
Josías, contestamos que nosotros creemos que se debió al hecho de ser el fruto
de una santa y reverente obediencia a la Palabra de Dios en medio de tan
abundante ruina y corrupción, del error y de la confusión. La actividad de la
fe de un corazón obediente y devoto, fue puesta de relieve por el oscuro fondo
de la condición moral del pueblo.
Todo esto
está lleno de consuelo y aliento para todo aquel que ama de corazón a Cristo.
Muchos pueden haber pensado que era una gran presunción de parte de Josías,
proceder de la manera que lo hizo, en semejante momento y bajo tales
circunstancias. Pero era todo lo contrario a la presunción, como lo demuestra
el bendito mensaje enviado al rey por el Señor a través de la boca de Hulda, la
profetisa: “Jehová el Dios de Israel ha dicho así: Por cuanto oíste las
palabras del libro, y tu corazón se
conmovió, y te humillaste delante de Dios al oir sus palabras sobre este
lugar y sobre sus moradores, y te humillaste delante de mí, y rasgaste tus
vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová” (2.º
Crónicas 34:26-27).
Tenemos aquí
la base moral de la notable carrera de Josías, y, seguramente, no vemos en ella
nada que tuviera traza de presunción. Un corazón contrito, ojos llorosos y
vestidos rasgados no son indicios de presunción ni de confianza propia. No;
estas cosas son los preciosos resultados de la acción de la Palabra de Dios en
el corazón y en la conciencia, que produce una vida de profunda devoción
personal, cuya contemplación está llena de consuelo y edificación para
nosotros. ¡Ojalá que ello abunde más y más entre nosotros! El corazón
verdaderamente lo anhela; y ojalá que la Palabra de Dios resuene en todo
nuestro ser moral, de tal manera que en vez de conformarnos a la condición de
cosas que nos rodea, podamos elevarnos por encima de ellas para caminar sobre
ellas como testigos de la eterna realidad de la verdad de Dios y de las
imperecederas virtudes del nombre de Jesús.
Pero debemos dejar atrás la interesante
historia de Josías y presentar al lector más ilustraciones que confirman
nuestro tema. Tan pronto como este amado siervo de Dios abandonó la escena de
este mundo, toda traza de su bendecida obra desapareció, y la ascendente marea
del juicio —contenida durante todo ese tiempo por la paciente misericordia de
Dios— arrasó entonces la tierra elegida. Jerusalén quedó convertida en ruinas,
el templo fue consumido por las llamas y todos los que pudieron escapar de la
muerte fueron llevados cautivos a Babilonia. Allí colgaron sus arpas sobre los
sauces y derramaron sus lágrimas por el brillo empañado de sus días pasados
(véase el Salmo 137).
Pero —bendito
sea por siempre el Dios de toda gracia— Él jamás se deja a sí mismo sin
testimonio. Por ello, durante el largo y penoso período de la cautividad, encontramos pruebas muy notables y
bellas de la verdad que ya afirmamos, a saber, que cuanto mayor es la ruina,
más rica es la gracia, y que cuanto más profundas son las tinieblas morales,
más brillantes se tornan los rayos de la fe individual. Hubo entonces, como
siempre, “un remanente escogido por gracia” (Romanos 11:5); un puñado de
hombres devotos que amaban al Señor y fueron fieles a su Palabra en medio de la
corrupción y de las abominaciones de Babilonia; hombres dispuestos a afrontar
el horno de fuego y el foso de los leones antes que faltar a la verdad de Dios.
Los primeros
capítulos del libro de Daniel nos
muestran algunos magníficos resultados de la fe y de la devoción individual.
Consideremos, por ejemplo, el v. 2 del capítulo 2. ¿Dónde vemos en la historia
del pueblo de Israel, un hecho más sorprendente que el que se registra aquí? El
mayor monarca de la tierra se postra a los pies de un exiliado cautivo y rinde
este maravilloso testimonio: “El rey habló a Daniel y dijo: Ciertamente el Dios
vuestro es Dios de dioses, y Señor de los reyes, y el que revela los misterios,
pues pudiste revelar este misterio” (v. 47).
Pero, ¿dónde
obtuvo Daniel el poder para revelar el misterio del rey? Los versículos 17 y 18
nos dan la respuesta: “Luego se fue Daniel a su casa e hizo saber lo que había
a Ananías, Misael y Azarías, sus compañeros, para que pidiesen misericordias
del Dios del cielo sobre este misterio.” Aquí tenemos una reunión de oración en
Babilonia. Estos queridos hombres de Dios eran de un solo corazón y de una
misma mente. Fueron unánimes en su decisión de rehusar la comida y el vino del
rey. Habían resuelto, por la gracia de Dios, seguir juntos la santa senda de la
separación, aunque estuviesen cautivos en Babilonia, lejos de su país, y
entonces se reunieron para orar, y obtuvieron una respuesta notable.
¿Puede haber
algo más excelente que esto? ¡Qué consuelo para el amado pueblo del Señor, en los
días más oscuros, asirse con tesón de la Palabra de Cristo y no negar su
precioso nombre! ¿No es de lo más alentador y edificante hallar durante esos
lóbregos días de la cautividad en Babilonia un puñadito de hombres fieles
andando en santa comunión en el camino de la separación y de la dependencia?
Ellos permanecieron fieles a Dios en el palacio del rey, y Dios estuvo con
ellos en el horno de fuego y en el foso de los leones, y les confirió el
elevado privilegio de estar ante el mundo como siervos del Dios Altísimo.
Rehusaron la comida del rey; no quisieron adorar la imagen del rey; guardaron
la Palabra de Dios y confesaron su nombre sin medir en absoluto las
consecuencias. No dijeron: «Debemos
ponernos a tono con los tiempos; hacer lo que todo el mundo hace; no hace falta
aparecer como extraños ante los demás; debemos someternos exteriormente al
culto público, a la religión oficial del país, guardando para nosotros mismos
nuestras opiniones personales; no somos llamados a oponernos a la fe de la
nación. Si estamos en Babilonia, debemos conformarnos a la religión de
Babilonia.»
Gracias a
Dios, Daniel y sus amados compañeros no adoptaron esta política detestable y
acomodaticia. No; y es más, tampoco esgrimieron el pretexto del completo
fracaso de Israel como nación con el objeto de hacer descender el nivel de la
fidelidad individual. Ellos sintieron esta ruina, y no podían menos que
sentirla. Confesaron sus pecados y el pecado de la nación toda; sintieron que
no les convenía otra cosa que el cilicio y las cenizas; pusieron todo su ser
moral bajo el peso de estas solemnes palabras: “Te perdiste, oh Israel” (Oseas
13:9). Todo esto, lamentablemente, era muy cierto. Pero no constituía una razón
para contaminarse con la comida del rey, adorar su imagen o renunciar al culto
debido al único Dios vivo y verdadero.
Todo esto está
lleno de preciosísimas enseñanzas para todo el pueblo del Señor en la
actualidad. Existen dos males principales contra los cuales debemos estar en
guardia. En primer lugar, debemos guardarnos de la pretensión eclesiástica, es
decir, de jactarnos de tener una posición eclesiástica sin una conciencia
ejercitada y sin el santo temor de Dios en el corazón. Se trata éste de un mal
terrible respecto del cual todo amado hijo de Dios debería velar con la mayor
diligencia. Nunca debemos olvidar que la Iglesia profesante ha sido arruinada
por completo y en forma irreversible, y que todo esfuerzo por restaurarla no es
sino una vana ilusión. No somos llamados a organizar un cuerpo, y de ahí que no
tengamos la competencia para ello. El Espíritu Santo es quien organiza el
cuerpo de Cristo.
Pero, por otro
lado, no debemos aducir como pretexto la ruina de la Iglesia para debilitar la
verdad o para descuidar nuestro andar personal. Corremos gran peligro de caer
en estas cosas. No hay ninguna razón para que un hijo de Dios o un siervo de
Cristo haga o apruebe lo que está mal o continúe un solo instante asociado con
lo que no cuente con la autoridad de: “Así ha dicho el Señor” (Amós 5:16). ¿Qué
dice la Escritura? “Apártese de
iniquidad todo aquel que invoca el
nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19). ¿Y qué se debe hacer después? ¿Permanecer
solos? ¿No hacer nada? ¡Oh no, gracias a nuestro benévolo Dios! Hay un camino:
seguir “la justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor” (v. 22), un corazón
fiel a Cristo y a sus intereses.
Pero debemos
proseguir con nuestro tema, por lo que solicitaremos al lector que se remita al
capítulo 8 de Nehemías. Hemos
considerado al remanente antes del cautiverio y durante este período; y ahora
lo veremos en su amada tierra tras su retorno del destierro, hecho que fue
posible merced a la rica misericordia de Dios. No es nuestro propósito
considerar los detalles; nos bastará considerar un solo hecho de inmensa
importancia para toda la Iglesia de Dios en el día de hoy, el cual ayudará a
esclarecer nuestro tema. Citaremos algunos versículos de este hermoso pasaje de
las Escrituras: “Y leían en el libro
de la ley de Dios claramente, y ponían el
sentido, de modo que entendiesen la lectura... Al día siguiente se
reunieron los cabezas de las familias de todo el pueblo, sacerdotes y levitas,
a Esdras el escriba, para entender las
palabras de la ley. Y hallaron escrito en la ley que Jehová había mandado
por mano de Moisés, que habitasen los hijos de Israel en tabernáculos en la
fiesta solemne del mes séptimo... Y toda la congregación que volvió de la
cautividad hizo tabernáculos, y en tabernáculos habitó; porque desde los días de Josué hijo de Nun
hasta aquel día, no habían hecho así los hijos de Israel. Y hubo alegría muy
grande. Y leyó Esdras en el libro de la ley de Dios cada día, desde el primer
día hasta el último; e hicieron la fiesta solemne por siete días, y el octavo
día fue de solemne asamblea, según el rito.”
Esto es muy
llamativo. Aquí encontramos un endeble remanente reunido en torno a la Palabra
de Dios para orar y procurar entender la verdad y sentir su poder en el corazón
y en la conciencia. ¿Cuál fue el resultado? Nada menos que la celebración de la
fiesta de los tabernáculos, la cual nunca había sido celebrada desde los días
de Josué, hijo de Nun. Durante todo el tiempo de los jueces, durante los días
de Samuel, el profeta, y de los reyes, aun durante los gloriosos reinados de
David y de Salomón, la fiesta de los tabernáculos jamás había sido celebrada.
Una débil compañía de exiliados que habían regresado a su tierra, tuvieron el
privilegio de celebrar esta preciosa y magnífica fiesta —tipo del glorioso
porvenir de Israel— en medio de las ruinas de Jerusalén.
¿Era esto
presunción? De ninguna manera; era simple obediencia a la Palabra de Dios. Se
hallaba escrito en “el libro de la ley de Dios”; escrito para ellos, y ellos
obraron de acuerdo con lo que estaba escrito, “y hubo alegría muy grande”. No
había ninguna pretensión, no se creían ser algo, no se jactaban ni tampoco
buscaban encubrir su verdadera condición. No eran más que un pobre remanente,
débil y despreciado, tomando su lugar de humillación, quebrantados y contritos,
confesando sus fracasos y sintiendo profundamente que esto no era de ellos así
como del pueblo en los días de Salomón, de David y de Josué. Mas ellos oyeron
la Palabra de Dios, oyeron y entendieron; se sometieron a su santa autoridad y
observaron la fiesta, “y hubo alegría muy grande”. Ésta, seguramente,
constituye otra notable y bella ilustración de nuestro tema, a saber, que
cuanto mayor es la ruina, tanto más rico es el despliegue de la gracia, y
cuanto más profundas son las tinieblas, más luminoso es el resplandor de la fe
individual. En todos los tiempos y en todos los lugares, el corazón contrito
que confía en Dios halla una gracia infinita e inconmensurable.
Dirijámonos
ahora, por un momento, al final del Antiguo Testamento, al profeta Malaquías. Muchos años habían pasado
desde los brillantes días de Esdras y Nehemías, y aquí nos encontramos con un
cuadro muy triste de la condición en que había caído Israel. ¡Ayayay, qué
rápido se había seguido el «camino descendente»!
La triste historia se repite: “Te perdiste, oh Israel.” Leamos algunos
versículos: “En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué
te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable...
¿Quién también hay de vosotros que cierre las puertas o alumbre mi altar de
balde? Yo no tengo complacencia en vosotros, dice Jehová de los ejércitos, ni
de vuestra mano aceptaré ofrenda... Y vosotros lo habéis profanado cuando
decís: Inmunda es la mesa de Jehová, y cuando decís que su alimento es
despreciable. Habéis además dicho: ¡Oh, qué fastidio es esto! y me despreciáis,
dice Jehová de los ejércitos; y trajisteis lo hurtado, o lo cojo, o enfermo, y
presentasteis ofrenda. ¿Aceptaré yo eso de vuestra mano? dice Jehová” (cap.
1:7, 10, 12, 13. Véase también el cap. 3:5-9).
¡Qué
deplorable estado de cosas! Contemplarlo nos llena de tristeza. La adoración
pública de Dios, despreciada; los ministros religiosos trabajando sólo por un
salario; venalidad y corrupción involucradas en el santo servicio de Dios; toda
suerte de depravación moral practicada por el pueblo. En resumidas cuentas, era
una escena de profundas tinieblas morales, en extremo desalentadora para todos
los que velaban por los intereses del Señor.
Y, sin embargo,
en medio de esta terrible escena, tenemos una muy conmovedora y exquisita
ilustración de nuestro tema. Como siempre, no deja de haber un remanente, una
pequeña compañía de fieles que honraba y amaba al Señor, y que halló en Él su
centro, su objeto y su deleite. “Entonces los que temían a Jehová hablaron cada
uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria
delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre.
Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en
que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le
sirve” (cap. 3:16-18).
¡Cuán bello es
todo esto! ¡En qué contraste se halla con el estado general de las cosas! Si
recorremos toda la historia de la nación de Israel, no encontraremos nada
semejante. ¿Dónde leemos que fuera “escrito libro de memoria delante de
Jehová”? Solamente aquí. No encontramos nada de ello ni siquiera durante las
brillantes victorias de Josué y de David, ni tampoco en los esplendorosos días
de Salomón. Puede alegarse que ello no era necesario. Pero no se trata de eso.
Lo que debemos ponderar es el notable hecho de que las palabras y los caminos
de este endeble remanente, en medio de una creciente iniquidad, fueron tan
placenteros al corazón de Dios que Éste hizo escribir un libro de memoria
acerca de ellos. Y podemos afirmar sin titubeos que las palabras de estas almas
fieles fueron más gratas al corazón de Dios que los cantores y trompeteros del
tiempo de Salomón: “Hablaron cada uno a su compañero”[2]. “Los que temen a Jehová y... piensan en su nombre.”
Había una fidelidad individual, una devoción personal; amaban al Señor, y esto
los atrajo y mantuvo juntos.
Nada podría
ser más hermoso. ¡Ojalá que haya más de este espíritu entre nosotros! ¡Cuánta
necesidad tenemos de obrar como este remanente, al margen de todo el
conocimiento del que podamos jactarnos! Estos santos no hicieron nada grandioso
ni rimbombante a los ojos de los hombres; pero ¡ah! amaban al Señor, pensaban
en Él, y su común fidelidad a Dios los juntó para hablar de Él. Esto es precisamente lo que hacía
encantadoras sus reuniones, gratas y deleitables para el corazón de Dios. Ellos
brillaban con un intenso y hermoso resplandor sobre el fondo sombrío de la
religión mercenaria, motivada sólo por el salario y por la rutina, sin un
corazón para Dios, en medio de la cual estaban envueltos. Ellos no estaban
unidos por ciertos puntos de vista o por ciertas opiniones comunes; ningún servicio
ritualista ni observancia ceremonial los unía; no, lo que los unía era una
profunda devoción personal al Señor, grata a Su corazón. Él estaba cansado de
todo este sistema ritualista y sin realidad que profesaba la masa, pero halló
agrado en la genuina devoción de algunas almas preciosas que procuraban estar
reunidas tantas veces como podían para hablarse unas a otras y para animarse
mutuamente en el Señor.
¡Oh, si esto
se experimentase más entre nosotros! Es mucho lo que lo anhelamos. Confesamos
al lector que nuestro deseo vehemente al escribir estas líneas es fomentar esta
devoción. Nos asusta sobremanera la influencia desecante y paralizante del
formalismo y de la rutina religiosa. Corremos el peligro de caer en una rutina
y de proseguir la marcha día a día, semana tras semana, año tras año, de una
manera pobre, fría y puramente formal, ofensiva para el corazón lleno de amor
de nuestro adorable Salvador y Señor, quien desea verse rodeado de una compañía
de seguidores sinceros y piadosos, fieles a su nombre y a su Palabra; fieles
los unos a los otros por amor de su nombre; una compañía de discípulos que
busque servirle de toda manera justa entretanto espera ardientemente su bendita
aparición. ¡Que el Espíritu Santo obre con poder en el corazón de todo el
pueblo de Dios, reanimando, restaurando, reavivando y preparando una compañía
que reciba con regocijo al Novio celestial! No cesamos de pedir por ello a
nuestro Dios.
II. El remanente
en el Nuevo Testamento
Antes de concluir
este escrito, deseo presentar todavía al lector dos o tres ilustraciones más
tomadas de las preciosas páginas del Nuevo Testamento.
Al comienzo
del evangelio de Lucas tenemos el
hermoso cuadro de un remanente en medio de una profesión vacía y sin corazón.
Oímos las piadosas expresiones de los corazones de María, de Elisabet, de
Zacarías y de Simeón. Vemos a Ana, la profetisa, que hablaba de Jesús a todos
los que esperaban la redención en Jerusalén. Recuerdo haber oído decir a mi
querido y venerado amigo J. N. D. respecto de Ana: «No sé exactamente cómo ella
se las arreglaba para llegar a todos, pero sí que lo hizo.» Ella llegaba a
todos porque amaba al Señor y a aquellos que le pertenecían, y era su deleite
dar con ellos para hablarles de Jesús. Es el mismo caso del remanente que vimos
en Malaquías. Nada puede ser más precioso ni más refrescante para el corazón.
Era el fruto exquisito y fragante de un verdadero y profundo amor por el Señor,
en contraste con las fatigantes y odiosas formas de una religiosidad muerta.
Pasemos ahora
a considerar la epístola de Judas.
Allí vemos a la cristiandad apóstata bajo todas sus terribles formas de
iniquidad, así como en Malaquías habíamos visto al judaísmo apóstata. Pero
nuestro objetivo no es ocuparnos de la cristiandad apóstata, sino del remanente cristiano. Bendito sea el Dios
de gracia que nunca deja de haber un remanente, distinguido de la masa de
profesión corrupta, y caracterizado por la fidelidad y devoción a Cristo, por
el celo hacia Sus intereses y por el afecto genuino hacia cada miembro de Su
amado cuerpo.
A este
remanente, el inspirado apóstol dirige su solemne y trascendente epístola. No
se dirige a ninguna asamblea en particular, sino “a los llamados, santificados, en Dios Padre, y guardados en Jesucristo: Misericordia
y paz y amor os sean multiplicados” (v. 1- 2).
¡Qué bendita
posición! ¡Qué preciosa porción! Son
llamados, santificados (separados) y guardados.
Tal era su posición; mientras que su porción era ésta: Misericordia, paz y amor.
Y todo esto es presentado como perteneciente seguramente a todo verdadero hijo
de Dios sobre la faz de la tierra antes de que fuera escrita una sola palabra
acerca de la embravecida marea de la apostasía que estaba por arrollar a toda
la iglesia profesante.
Repetimos y
quisiéramos hacer hincapié en la expresión
todo verdadero hijo de Dios. No basta con ser un profesante bautizado, un
miembro afiliado a una denominación eclesiástica, por muy respetable y ortodoxa
que sea. En la iglesia profesante —al igual que en el Israel de antaño— el
remanente se compone de aquellos que son fieles a Cristo, que se aferran
tenazmente a su Palabra en toda circunstancia, que se dedican por entero a sus
intereses y que aman su venida. En una palabra, no se trata de ser miembro de
una iglesia ni de estar en comunión sólo de nombre aquí o allí, con éstos o con
aquéllos, sino de una realidad viviente. Tampoco se trata de una arrogación, de
tomar el nombre, sino de pertenecer de veras al remanente; no es cuestión del nombre, sino del poder espiritual. Como lo dijo el apóstol: “...conoceré, no las
palabras, sino el poder...” (1.ª Corintios 4:19). ¡Palabras de peso para todos
nosotros!
Consideremos
ahora las preciosas palabras de exhortación dirigidas al remanente cristiano.
¡Que el Espíritu las invista de poder para el bien de nuestras almas!
“Pero
vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los
apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.” Los santos son remitidos a las Santas
Escrituras y a ellas solamente. No son encomendados a ninguna tradición humana,
ni a los Padres de la Iglesia, ni a los decretos de los concilios, ni a
mandamientos y doctrinas de hombres; no, a ninguna de estas cosas ni a todas
ellas juntas. Éstas no pueden sino perturbar, confundir y extraviar. Somos
exhortados a dirigirnos a la preciosa y pura Palabra de Dios, a esa perfecta
revelación que Él, en su infinita bondad, ha puesto en nuestras manos, y que
puede hacer a un niñito “sabio para salvación”, y a un hombre, “perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2.ª Timoteo 3).
¡El Señor sea
alabado por este inefable favor! No hay lenguaje humano capaz de expresar la
importancia de poseer, para nuestra guía, una autoridad divinamente
establecida. Todo lo que necesitamos es ser absoluta y completamente gobernados
por ella, atesorarla en nuestros corazones, tenerla actuando en nuestras
conciencias, formando nuestro carácter, y gobernando nuestra conducta en todas las cosas. Darle a la Palabra
de Dios su lugar, es uno de los rasgos que caracterizan al remanente cristiano.
No lo es la infundada e intrascendente fórmula: «La Biblia y sólo la Biblia es la religión de los Protestantes.» El
Protestantismo no es la Iglesia de Dios; no es el remanente cristiano. La
Reforma fue el resultado de una obra bendita operada por el Espíritu de Dios;
pero el Protestantismo, en todas sus ramas y denominaciones, es lo que el
hombre ha hecho de la Reforma. En el Protestantismo, la organización humana ha
desplazado a la obra viva del Espíritu, y la forma de la piedad ha desplazado
al poder de la fe individual. Ninguna denominación, como quiera que se llame,
puede ser considerada como la Iglesia de Dios o como el remanente cristiano. Es
de suprema importancia moral ver esto. La iglesia profesante ha fracasado por
completo; su unidad corporativa y visible se ha desintegrado de forma
irremediable, tal como lo vemos en la historia de Israel. Pero el remanente
cristiano está integrado por todos aquellos que sienten y reconocen de todo
corazón la ruina, que son gobernados por la Palabra de Dios y conducidos por el
Espíritu en separación del mal para esperar a su Señor.
Examinemos de
qué manera estos rasgos vuelven a aparecer en las preciosísimas palabras con
que Judas se dirige al remanente: “Pero vosotros, amados, edificándoos sobre
vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de
Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna”
(v. 20-21).
Aquí, pues,
tenemos una vista preciosa del verdadero remanente cristiano y de las
actividades de quienes lo componen. Nada puede ser más bello. Se puede
preguntar: «¿A quiénes se dirigen estas
palabras?» He aquí la respuesta: “A los llamados, santificados en Dios
Padre, y guardados en Jesucristo”, en la época que fuera y dondequiera se
encuentren. Nada puede ser más simple y excelente. Es perfectamente evidente
que estas palabras no se aplican ni pueden aplicarse a meros profesantes, ni a
ningún cuerpo eclesiástico debajo del sol. En una palabra, ellas se aplican
únicamente a los miembros vivos del cuerpo de Cristo. Todos ellos deberían
hallarse juntos, edificándose sobre su santísima fe, orando en el Espíritu
Santo, conservándose en el amor de Dios y esperando a su Señor.
Tal es el
remanente cristiano, así como en Malaquías habíamos visto al remanente judío.
Nada puede ser más hermoso. Es la posición en que deberían hallarse todos los
verdaderos cristianos. No hay ninguna pretensión de ensalzarse para ser algo,
ningún esfuerzo por negar o ignorar el triste y solemne hecho de la completa e
irremediable ruina de la iglesia profesante. Es el remanente cristiano en medio
de las ruinas de la cristiandad, el remanente fiel a la Persona de Cristo y a
su Palabra, unido en amor, en el verdadero amor cristiano; no en el amor de una
secta, de un partido o de un círculo exclusivista; es el amor en el Espíritu,
el amor hacia “todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor
inalterable”. Es el amor que se expresa en una verdadera devoción a Cristo y a
sus intereses; un ministerio de amor hacia todos los que le pertenecen y
procuran reflejar su Persona en todos sus caminos. No es descansar simplemente
en una posición a pesar de estar uno en una mala condición espiritual, pues tal
indiferencia sería caer en una terrible trampa del diablo. Por el contrario, se
trata de una saludable unión de posición y condición en una vida caracterizada
por principios sanos y por un andar práctico rebosante de gracia. Es, en
resumidas cuentas, el reino de Dios establecido en el corazón y desarrollándose
en toda la vida práctica.
Tal es, pues,
la posición, la condición y la práctica del verdadero remanente cristiano. Y
podemos estar seguros de que cuando estas cosas son realizadas y llevadas a
cabo, se experimentará un tan riquísimo deleite en Cristo, una tan plena
comunión con Dios y un tan claro testimonio de la gloriosa verdad del
cristianismo del Nuevo Testamento como jamás se vio siquiera en los días más
esplendorosos de la historia de la Iglesia. En una palabra, tendrá lugar
aquello que glorifique el nombre de Dios, que regocije el corazón de Cristo y
que hable con vivo poder al corazón y a la conciencia de los hombres. Quiera
Dios, en su infinita bondad, concedernos la gracia de ver estas brillantes realidades
en este día sombrío y malo, de manera de ser un nuevo ejemplo de este gran
hecho de que cuanto mayor es la ruina, más rica es la gracia; y cuanto más
profundas son las tinieblas, más brillantes son los destellos de la fe
individual.
Echemos
todavía una ojeada a los mensajes dirigidos a las cuatro últimas de las siete
iglesias mencionadas en los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis. La iglesia de Tiatira nos brinda la historia de la
Iglesia durante esos largos y tristes siglos de la Edad Media, cuando densas
tinieblas cubrían la tierra, y cuando el papado —la mancha moral más negra que
jamás ha conocido el Universo— reinaba con el consabido carácter de Jezabel.
En el mensaje
dirigido a la asamblea de Tiatira se observa un pronunciado cambio, cuando uno
lo compara con los tres precedentes, indicado por tres hechos notables:
1. Por primera vez encontramos un mensaje que hace
referencia a un remanente.
2. Allí también leemos por primera vez acerca de la
venida del Señor.
3. Vemos que la exhortación a oír ya no se dirige más a
la Asamblea, sino al vencedor.
Ahora bien,
estos hechos demuestran, fuera de toda duda, que en Tiatira se abandona toda
esperanza de restaurar a la Iglesia como cuerpo. “Y le he dado tiempo para que
se arrepienta, pero no quiere arrepentirse” (v. 21). En lo que respecta a la
iglesia profesante, su situación es irremediable. Pero aquí, un remanente es
distinguido y alentado, no con la esperanza de un mundo convertido y de una
iglesia restaurada, sino con la brillante y bienaventurada esperanza de la
venida del Señor como “la estrella de la mañana”. “A vosotros empero os digo, [3] a los demás[4] que están en Tiatira, a cuantos no aceptan esta enseñanza[5], y que no han conocido las cosas profundas de Satanás (como dicen ellos):
No echaré sobre vosotros otra carga. Sin embargo lo que tenéis, retenedlo
seguro, hasta que yo venga” (v.
24-25; V.M.).
Tenemos, pues,
aquí una vista muy interesante del remanente cristiano. No es la iglesia
restaurada, sino un cierto número de fieles que forman una compañía distintiva,
purificada de la doctrina de Jezabel, que había rechazado “las profundidades de
Satanás” y que persevera hasta el fin. Es de la mayor importancia que el lector
tenga en claro el hecho de que las cuatro últimas iglesias —es decir, los
cuatro estados de la Iglesia que ellas representan— continúan juntas, de forma sincrónica,
hasta el fin. Esto simplifica notablemente todo nuestro estudio, y nos presenta
al remanente cristiano de una manera muy práctica y definida. No se menciona
ningún remanente sino recién en Tiatira. Entonces se da por perdida toda
esperanza de restauración colectiva. Este simple hecho derriba completamente
las pretensiones de la iglesia de Roma desde sus mismos cimientos. Ella nos es
presentada como un sistema apóstata e idólatra, amenazada con el juicio de
Dios; mientras que el Señor se dirige a un remanente que nada tiene que ver con
ella. Baste con lo dicho en cuanto a la pretendida iglesia infalible y
universal de Roma.
Pero, ¿qué
diremos de Sardis? ¿Se trata de la
Iglesia restaurada? Nada de eso. “Tienes
nombre de que vives, y estás muerto”
(3:1). Ésta no es ninguna iglesia restaurada o reformada, sino algo muerto, a
la que el Señor amenaza con venir como ladrón, en lugar de alentarla con
darle “la estrella de la mañana”. Concretamente, se trata del Protestantismo,
de un “nombre” solamente, de obras que no son halladas “perfectas” delante de
Dios. ¿Y qué viene luego?: El remanente cristiano. “Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han
manchado sus vestiduras; y andarán
[no que tú andarás] conmigo en
vestiduras blancas, porque son dignos” (v. 4). Aquí tenemos un vívido y
llamativo contraste entre una fría y muerta profesión nominal y un pequeño
número de sinceros y ardientes amantes de Cristo. Es la diferencia entre las apariencias y el verdadero poder; entre la vida y la muerte.
Este contraste
continúa más extendido y más pronunciado en las dos últimas asambleas. En Filadelfia tenemos un hermosísimo cuadro de una compañía de
verdaderos cristianos, humildes, sencillos y escasos de fuerzas, pero que han
sido fieles a Cristo, han guardado su Palabra y no han negado su Nombre. Cristo
y su Palabra son atesorados en el corazón y confesados en la vida práctica. Se
trata de una realidad viviente y no de una forma sin vida. Nada puede superar
la belleza moral de todo esto. Con sólo contemplarlo, el corazón es
indeciblemente refrescado y edificado. En resumidas cuentas, es Cristo mismo
representado, por el Espíritu Santo, en un muy amado remanente. No hay ninguna
pretensión de ser algo grande, ninguna arrogación de superioridad: Cristo es
todo. Su palabra y su Nombre son de gran precio para el corazón. Parece que
aquí hubiésemos arrancado y juntado un hermoso racimo con todos los rasgos
morales de los diversos remanentes que hemos estado considerando, exhalando
todos juntos, cual flores abiertas, un muy fragante perfume.
Ahora bien,
todo esto es muy grato al corazón de Cristo. No es cuestión de realizar grandes
servicios, de emprender obras poderosas ni de hacer nada llamativo ni
espléndido a los ojos de los hombres. No; es algo mucho más precioso para el
Señor; es la calma, completa y profunda apreciación de Él mismo y de su
palabra. Esto es mucho más caro para Él que los servicios más vistosos y los
sacrificios más suntuosos que pudieran realizarse. Lo que el Señor busca es un
lugar en el corazón. Sin esto todo es vano: ceremonias, sacramentos, servicios
ritualistas, actividades religiosas; todo carece absolutamente de valor. Pero
el más leve suspiro de los afectos del corazón por Él, le es preciosísimo.
Oigamos lo que dice nuestro adorable Señor, cuando derrama su amante corazón
ante esta querida compañía filadelfa, el verdadero remanente cristiano: “Esto
dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y
ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he
puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque
aunque tienes poca fuerza, has guardado
mi palabra, y no has negado mi nombre.
He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás [aquellos emplazados sobre el
presuntuoso terreno de la religión tradicional] a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré
que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado” [¡hecho precioso y bendito; base y garantía de
todos los fieles hoy y por la eternidad!]. Por cuanto has guardado la palabra
de mi paciencia [no de mi poder],
yo también te guardaré de la hora de la prueba[6] que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la
tierra”[7](v. 7-10).
El Señor
Jesucristo se compromete en su gracia a guardar a su amada Asamblea fuera de la
terrible hora de la prueba que vendrá sobre toda la escena de este mundo. Antes
que un solo sello se haya abierto, que una sola trompeta haya sonado o que una
sola copa haya sido derramada, Él tendrá a su pueblo celestial consigo en su
hogar celestial. ¡Bendito sea su Nombre por esta esperanza resplandeciente,
bienaventurada y tranquilizadora, que colma de gozo el corazón! ¡Ojalá que
vivamos en el poder de ella entretanto aguardamos que nuestro gozo sea
cumplido!
Pero tenemos
que leer todavía la última parte de este exquisito mensaje dirigido a la
iglesia de Filadelfia, tan lleno de consuelo y estímulo para los santos: “He
aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al
que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre
de mi Dios, y el nombre de la ciudad
de mi Dios, la nueva Jerusalén, la
cual desciende del cielo, de mi Dios,
y mi nombre nuevo.”
Nada podría
sobrepasar la gracia que resplandece en estas palabras. Jehová habló palabras
de gracia a su amado remanente en los días de Malaquías: “Y serán para mí especial tesoro... en el día en
que yo actúe; y los perdonaré, como el hombre que perdona a su hijo que le
sirve. Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el
malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve. Porque he aquí, viene el
día ardiente como un horno, y todos los soberbios
y todos los que hacen maldad serán
estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y
no les dejará ni raíz ni rama. Mas a vosotros...”. ¿Quiénes? ¿Los que han hecho
grandes cosas, grandes sacrificios, una gran profesión religiosa o los que
tienen un gran nombre? No, sino: “los que
teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá
salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos,
los cuales serán cenizas bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo
actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3:17-4:3).
Comparando los
dos pasajes, vemos que entre los remanentes judío y cristiano existen puntos de
similitud y de contraste. No podemos detenernos a considerarlos aquí debido a
que nuestro objetivo es simplemente ilustrar que en los días más oscuros
hallamos un remanente piadoso, querido para Dios y para Cristo, a quien Él se
dirige en los términos más dulces y tiernos, que consuela con la seguridad más
preciosa y que alienta con las más brillantes esperanzas. Esto es lo que
tenemos sobre todo en el corazón para presentar a toda la Iglesia de Dios a los
efectos de urgir a todo miembro del amado cuerpo de Cristo sobre la faz de la
tierra a apartarse de todo lo que sea contrario al pensamiento de Dios, tal
como está revelado en su Palabra, y a abrazar la posición, la actitud y el
espíritu del verdadero remanente cristiano.
Sólo haré
referencia a un punto que marca la diferencia entre los dos remanentes de la
manera más clara. El remanente judío es alentado por la esperanza de la
aparición del «Sol de justicia» (Malaquías 4:2), mientras que al remanente
cristiano se le concede un privilegio muchísimo más elevado, esplendoroso y
dulce: el de esperar «la estrella resplandeciente de la mañana» (Apocalipsis
2:28). Una criatura es capaz de entender la diferencia entre estas dos cosas.
La estrella de la mañana aparece en el cielo mucho antes de que salga el sol, y
así también la Iglesia encontrará a su Señor como «la estrella de la mañana»
antes de que los rayos del Sol de justicia caigan, con su poder sanador, sobre
el remanente de Israel, temeroso de Dios.
No quisiera
terminar sin decir unas palabras sobre Laodicea.
Nada puede ser más vívido o notable que el contraste que existe, en todos los
aspectos, entre Laodicea y Filadelfia. Laodicea representa el último período
del cuerpo profesante cristiano. Está a punto de ser vomitada como algo
intolerablemente nauseabundo para Cristo. No se trata aquí de crasa
inmoralidad. A los ojos de los hombres podrá tener una apariencia muy
respetable, pero para Cristo, es un estado muy repugnante, caracterizado por la
tibieza y la indiferencia: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente.
¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, te vomitaré de mi
boca” (v. 15-16).
¡Cuán solemne
es hallar a la iglesia profesante en semejante condición! ¡Cuán rápidamente
pasamos de las delicias de Filadelfia —con todo lo que ella tenía de precioso
para el corazón de Cristo— a la atmósfera desecante de Laodicea, donde no
existe ningún rasgo compensatorio, nada que dé reposo al alma! Lo único que se
ve es una fría indiferencia hacia Cristo y sus intereses, junto con la más
triste satisfacción de sí mismo. “Tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y
de ninguna cosa tengo necesidad; y no
sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por
tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas
rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de
tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.”
¡Cuán solemne
es todo esto! La gente se jacta de sus riquezas y pretende no tener necesidad
de nada, ¡y Cristo está afuera! Han perdido el sentido de la justicia divina
—simbolizada por el «oro»— y de la justicia humana práctica —representada por
las «vestiduras blancas»—; sin embargo, están llenos de sí mismos y de sus
propias obras —todo lo contrario a la querida compañía filadelfa—. En
Filadelfia no hay nada que reprobar; en Laodicea, nada que encomiar. En la
primera, Cristo es todo; en la segunda, él está efectivamente fuera y la
iglesia es todo. ¡Qué espantoso es considerar esto! Estamos precisamente en el
fin; hemos llegado a la última fase solemne de la Iglesia como testigo de Dios
en la tierra.
Sin embargo,
aun en medio de este deplorable estado de cosas, la gracia infinita y el
inmutable amor de Cristo no dejan de brillar con su incomparable esplendor.
Cristo está afuera —esto nos dice lo que es la Iglesia—. Mas él golpea, llama y
espera —esto nos dice lo que Él es—. ¡Que el universo entero alabe su Nombre
por la eternidad! “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso,
y arrepiéntete” (v. 19). Se ofrecen oro, vestiduras blancas y colirio. El amor
desempeña distintas funciones, se reviste de diversos caracteres; pero todavía
es el mismo amor. “El mismo ayer, y hoy, y por los siglos”, aun cuando tenga
que “reprender y castigar”. Aquí la actitud del Señor y su acción son de suma
significación, tanto con respecto a la Iglesia como a sí mismo. “He aquí, yo
estoy a la puerta y llamo; si alguno
oye mi voz y abre la puerta, entraré a él,
y cenaré con él, y él conmigo” [8] (v. 20).
En la iglesia
de Sardis se habla del remanente como de “unas personas”; en Laodicea leemos:
“si alguno...”; aparece un “si”. Mas
si hubiere un solo oído que oyere, si hubiere uno solo que abriere la puerta,
ése de seguro tendrá el elevado privilegio, el inmenso favor de cenar con
Cristo, de tener a ese preciado Salvador por huésped e invitado. “Yo con él y
él conmigo.” Cuando el testimonio colectivo ha quedado reducido a su mínima
expresión, la fidelidad individual es recompensada por una comunión íntima con
el corazón de Cristo. Tal es el amor infinito y eterno de nuestro amado
Salvador y Señor. ¡Oh, quién no querría confiar en Él, alabarle, amarle y
servirle!
Y ahora,
querido lector cristiano, al despedirme de Ud., quisiera suplicarle encarecida
y afectuosamente que se una a nosotros en oración para pedirle a nuestro Dios,
al Dios de gracia, que avive los corazones de su amado pueblo por todo el mundo
para procurar una marcha cristiana más pronunciada, sincera y devota; para
apartarse de todo lo que sea contrario a su Palabra; para ser fieles a ella y a
su nombre en este día sombrío y malo, y para hacer realidad la verdad que hemos
considerado en este escrito, a saber, que
cuanto mayor es la ruina, más rica es la gracia; y cuanto más profundas son las
tinieblas, más brillante es el resplandor de la fe individual.
P.S.—
Siento que no podría cerrar estas páginas sin agregar unas palabras sobre la
inmensa importancia de mantener un amplio, claro y enérgico testimonio evangelístico.
“Haz obra de evangelista” es la exhortación que el amado apóstol Pablo dio a su
querido hijo Timoteo desde su prisión en Roma en vista de la ruina total de la
iglesia profesante (2.ª Timoteo 4:5); y verdaderamente, las circunstancias en
que estas palabras fueron escritas les confiere una fuerza muy conmovedora y
particular. Venga lo que viniere, Timoteo debía continuar anunciando las buenas
nuevas de la salvación de Dios. Él podría haber sido tentado a abandonarlo todo
desesperadamente y a decir: Todo está en
ruinas, la gente no quiere escuchar el Evangelio, “no sufrirán la sana
doctrina”.
La fe dice:
No; nunca debemos darlo todo por perdido; el Evangelio de Dios debe ser
predicado a toda criatura debajo del cielo. Y aunque los hombres lo rechacen,
Dios es glorificado y su corazón reconfortado cuando el precioso mensaje de su
amor llega a oídos de los pecadores perdidos. Quisiéramos alentar a todo amado
evangelista sobre la faz de la tierra recordándole que por mucho que haya
fracasado la Iglesia como testigo de Dios ante el mundo, el precioso Evangelio
proclama lo que Él es para todo pobre, angustiado y arruinado pecador que sólo
quiera confiar en Él. Éste es el pensamiento que nos ha animado durante 48 años
de labor evangelística, cuando desgarra a uno el alma contemplar el miserable
estado en que se hallaba, y se halla, la Iglesia.
Y cuando
hablamos de la obra de evangelización, no debemos limitarla a los salones o
edificios donde se reúne la asamblea, para lo cual se requiere naturalmente un
don específico proveniente de la Cabeza de la Iglesia. Creemos que es el dulce
privilegio de todo hijo de Dios hallarse en una condición de alma tal que
exhale las buenas nuevas hacia las almas individuales en la vida privada.
Debemos confesar que nuestro anhelo es que esto abunde más entre nosotros.
Independientemente de cuál sea nuestra posición en la vida o nuestra esfera de
actividad, debemos procurar con vehemencia y con oración la salvación de
aquellos con quienes estamos en contacto a diario. Fallar en esto implica que
no estamos en comunión con el corazón de Dios ni con la mente de Cristo. En los
evangelios y en los Hechos de los Apóstoles tenemos muchísimos ejemplos de esta
hermosa obra individual. Así, “Felipe halló a Natanael”, y Andrés “halló
primero a su hermano Simón” (Juan 1:45, 41).
¡Cuánto más
quisiéramos ver de esta importante y bella obra personal en privado! Es
reconfortante para el corazón de Dios. Somos muy propensos a caer en una suerte
de rutina y a estar satisfechos con invitar a la gente a los locales de reunión
para escuchar una predicación. Esto está muy bien y es muy importante en su
lugar. No escribiríamos una sola línea en desmedro del valor de este servicio;
pero, al mismo tiempo, no podemos menos que tomar conciencia de nuestra triste
falta en esta obra personal de amor hacia las almas.
¡Quiera el
Señor de gracia despertar los corazones de todo su amado pueblo, a fin de que
sientan un más vivo interés por la bendita obra de la evangelización, dentro y
fuera de casa, en público y en privado!
C. H. M.
NOTAS
[1] N.
del T.— El autor se refiere al artículo titulado: El poder y la autoridad de las Santas Escrituras, ilustrados en la vida y los tiempos de
Josías.
[2] N.
del T.— Muchas versiones —incluyendo la Versión Autorizada inglesa que utiliza C. H. M. para las citas
bíblicas— vierten esta frase de la siguiente manera: “Los que temían a Jehová
se hablaban con frecuencia unos a otros.”
[3] N. del T.— Cabe señalar que el
conjuntivo griego kai =
«y», que aparece en nuestra versión Reina-Valera (“y a los
demás...”), está omitido en todo manuscrito griego de valor.
[4] N.
del A.— La palabra vertida «(los) demás» (remnant = remanente, en la Versión Autorizada inglesa) en griego es
loipos (= el resto, el remanente), y es de la misma raíz que la palabra
vertida remanente en Romanos 11:5 (leimma). Ambas derivan de leipô =
dejar.
[5] N. del A.— En griego didachê (= enseñanza, doctrina) es de la
misma raíz que el verbo didaskein (=
enseñar), lo que estaba haciendo Jezabel.
[6] N.
del A.— El lector debe distinguir entre «la hora de la prueba», mencionada aquí,
y «la gran tribulación», en Mateo 24:21.
Esta última se refiere exclusivamente a Jerusalén y a la nación judía. La
primera vendrá sobre «toda la tierra habitada» (tês oikoumenês olês).
[7] N.
del A.— tous katoikountas,
esto es, los que tienen su hogar o morada en la tierra, en contraste con
aquellos cuya ciudadanía está en los cielos.
[8] N.
del A.— Es un grave error aplicar Apocalipsis 3:20 a un pecador inconverso.
Usar el versículo de esta forma es privar a la iglesia profesante de un muy
solemne e importante llamado. No se trata de Cristo golpeando a la puerta del
corazón del pecador, sino a la puerta de la
iglesia. ¡Cuán solemne! ¡Cuán sugestivo! ¡Oh, que todos los cristianos
profesantes sopesen esto!