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EL YUGO DESIGUAL C. H. Mackintosh |
No hay persona que desee
sinceramente seguir un camino de discipulado más puro y
elevado —y también alentar a otros a seguirlo—, que no experimente un
sentimiento inefable de tristeza y abatimiento al contemplar el cristianismo de
nuestros días. Su tono está tan extremadamente bajo, su aspecto tan insalubre y
su espíritu tan débil, que uno, a veces, se siente tentado a perder toda
esperanza de encontrar algo que se asemeje a un auténtico y fiel testimonio a
un Señor ausente. Todo esto es tanto más deplorable cuando recordamos los
motivos imperiosos que, por privilegio especial, deberían animarnos. Ya sea que
consideremos al Maestro a quien somos llamados a seguir, a la senda por la cual
somos llamados a andar, al objeto en que debemos mantener fija nuestra mirada o
a las esperanzas que deberían animarnos, no podemos sino reconocer que si
penetráramos más en la realidad de todas estas cosas y si las mismas fuesen
llevadas a cabo con una fe más simple, presentaríamos, con toda seguridad, una
marcha cristiana más ferviente. “El amor de Cristo —dice el apóstol— nos
constriñe” (2.ª Corintios 5:14). Éste es el motivo más poderoso de todos.
Cuanto más lleno está el corazón del amor de Cristo, y más fijo está el ojo
espiritual en su bendita Persona, tanto más de cerca procuraremos seguir sus
huellas celestes. Sus pisadas sólo pueden ser advertidas por un «ojo sencillo»;
y a menos que la voluntad propia sea quebrantada, la carne mortificada y el
cuerpo puesto en sujeción, fracasaremos por completo en nuestra marcha como
discípulos y “haremos naufragio en cuanto a la fe y a una buena conciencia”.
Que el lector no me mal
interprete. Aquí no se trata en absoluto de la cuestión de la salvación
personal. Se trata de otra cosa totalmente diferente. Nada puede ser más
miserablemente egoísta —tras haber obtenido la salvación como el fruto de la
agonía de Cristo, de su sudor de sangre, de su cruz y de su pasión— que
mantenernos a la mayor distancia posible de su sagrada Persona sin perder
nuestra seguridad personal. Esto, hasta para el juicio natural, no puede ser
considerado sino como un egoísmo digno del más rotundo desprecio. Mas cuando
este carácter es manifestado por un hombre que profesa deber todo lo que tiene
en el presente y en la eternidad a un Maestro rechazado, crucificado,
resucitado y ausente, ningún lenguaje podría expresar esta bajeza moral. «Con
tal que haya escapado del fuego del infierno, poco importa mi marcha como
discípulo.» Lector, ¿acaso no detestaría, en lo más profundo de su alma, este
sentimiento? Si es así, entonces procure con vehemencia apartarse de él y
situarse en el polo opuesto de la brújula, y que su lenguaje fiel sea: «Con tal
que mi bendito Maestro sea glorificado, poco importa, comparativamente, mi
seguridad personal.» Quiera Dios que ésta sea la sincera expresión de muchos
corazones en el día de hoy, cuando, ¡ay, se puede decir en verdad que “todos
buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús” (Filipenses 2:21)!
Quiera Dios que el
Espíritu Santo, con su irresistible poder y con su energía celestial, suscite
una cuadrilla de discípulos separados del mundo, y de devotos seguidores del
Cordero, donde cada uno se halle unido, mediante los lazos del amor, a los
cuernos del altar; una compañía, semejante a los trescientos de Gedeón en los
tiempos de antaño, capaz de confiar en Dios y de renunciar a la carne. ¡Oh,
cómo suspira el corazón por ver esto! ¡Cómo el espíritu, sometido, a veces, a
la congelante y desecante influencia de una profesión fría y hueca, anhela con
ahínco un más riguroso y sincero testimonio para Aquel que se despojó a sí
mismo y dejó su gloria para que nosotros, por su sangre preciosa derramada en
la cruz, pudiésemos ser elevados hasta ser sus compañeros en una felicidad
eterna!
Ahora bien, entre los
numerosos obstáculos que se oponen a esta plena consagración de corazón a
Cristo que yo deseo ardientemente para mí y para mis lectores, el yugo desigual, tal como lo veremos,
ocupa uno de los primeros lugares. “No os unáis en yugo desigual [heterozugeô] con los incrédulos; porque
¿qué compañerismo [metochê] tiene la
justicia con la injusticia [griego: anomia
= anomia]? ¿Y qué comunión [koinônia]
la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el
creyente con el incrédulo [apistos]?
¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois
el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y
seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, salid de en medio de ellos,
y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré
para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor
Todopoderoso” (2.ª Corintios 6:14-18).
La economía mosaica nos
enseña el mismo principio moral: “No sembrarás tu viña con semillas diversas,
no sea que se pierda todo, tanto la semilla que sembraste como el fruto de la
viña. No ararás con buey y con asno juntamente. No vestirás ropa de lana y lino
juntamente.” “No harás ayuntar tu ganado con animales de otra especie; tu campo
no sembrarás con mezcla de semillas y no te pondrás vestidos con mezcla de
hilos” (Deuteronomio 22:9-11; Levítico 19:19).
Estos pasajes de la
Escritura bastarán para mostrar el mal moral de un yugo desigual. Se puede afirmar, con absoluta seguridad, que nadie
puede ser un seguidor de Cristo, libre de toda atadura, estando, de una u otra manera,
bajo un yugo desigual. Puede que sea una persona salva, un verdadero hijo de
Dios, un creyente sincero; pero lo que no puede ser es un discípulo cabal; y no solamente eso, sino que hay
un obstáculo positivo que impide una plena manifestación de lo que él
efectivamente podría ser, a pesar de su yugo desigual. “Salid de en medio de
ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y
seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor
Todopoderoso.” Esto es como decir: «Sacad vuestros cuellos de debajo del yugo
desigual, y yo os recibiré, y entonces habrá una manifestación plena, notoria y
práctica de vuestra relación con el Señor Todopoderoso.» Esta idea es
evidentemente diferente de la que se expresa en la epístola de Santiago: “Él,
de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (1:18). Y asimismo en
la primera epístola de Pedro leemos: “Siendo renacidos, no de simiente
corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece
para siempre” (1:23). También en la primera epístola de Juan: “Mirad cuál amor
nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (3:1). Y en el
evangelio de Juan todavía leemos: “Mas a todos los que le recibieron, a los que
creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no
son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón,
sino de Dios” (1:12-13). En todos estos pasajes, la relación de hijos se funda
en el consejo y la operación de Dios, y se nos presenta como si fuese la
consecuencia de un acto que no depende de nosotros; mientras que en 2.ª
Corintios 6, ella nos es presentada como el resultado de haber roto con el yugo
desigual. En otras palabras, aquí se trata de una cuestión puramente práctica.
Así pues, en Mateo 5
leemos: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os
maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y
os persiguen; para que seáis hijos de
vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (v. 44-45). Aquí también
encontramos el establecimiento práctico y la declaración pública de la
relación, así como la influencia moral que deriva de ella.
Conviene que los hijos
de un Padre tal actúen de un modo tal. En resumidas cuentas, tenemos, por un
lado, la posición o relación de hijos en
abstracto, fundada en la soberana voluntad de Dios y en su propia
operación; y, por otro lado, tenemos el carácter moral que surge como
consecuencia de esta relación, el cual provee el terreno apropiado para que
Dios, con justicia, reconozca públicamente esta relación. Dios no puede
reconocer de forma plena y pública a aquellos que se hallan unidos en yugo
desigual con los incrédulos, pues, si lo hiciera, ello equivaldría a reconocer
el yugo. Él no puede reconocer ni a “las tinieblas” ni a “la injusticia” ni a
“Belial” ni a un “incrédulo”. ¿Cómo podría hacerlo? Por eso, si me uno
voluntariamente en yugo desigual con cualquiera de estas cosas, me identifico
moral y públicamente con ella, y de ningún modo con Dios. Me situaría en una
posición que Dios no puede reconocer y, por consiguiente, tampoco puede
reconocerme a mí; pero, si abandono esa posición, si “salgo y me aparto”, si
retiro mi cuello del yugo desigual, entonces, y sólo entonces, podré ser
pública y plenamente recibido y reconocido como “hijo o hija del Señor
Todopoderoso”. Éste es un principio solemne y escudriñador para todos aquellos
que sienten que lamentablemente se han colocado bajo tal yugo. Ellos no marchan
como discípulos, ni tampoco se hallan pública y moralmente sobre el terreno de
hijos. Dios no puede reconocerlos. Su secreta relación con Dios no tiene nada
que ver aquí. El hecho es que ellos mismos se han colocado completamente fuera
del terreno de Dios. Metieron sus cuellos insensatamente en un yugo que, al no
ser el yugo de Cristo, ha de ser necesariamente el de Belial; y, hasta que no
abandonen este yugo, Dios no los podrá reconocer como sus hijos e hijas. La
gracia de Dios, sin duda, es infinita; y puede venir al encuentro de nosotros
en todos nuestros fracasos y debilidades; mas si nuestras almas suspiran tras
una marcha más elevada como discípulos, debemos abandonar de inmediato el yugo
desigual, cueste lo que costare, siempre que podamos hacerlo; en el caso
contrario, sólo nos queda inclinar nuestra cabeza con vergüenza y pesar, y
mirar a Dios para una plena liberación.
Hay cuatro aspectos
distintos en que podemos considerar el
yugo desigual:
1.
El doméstico o
matrimonial
2.
El comercial
3.
El religioso, y
4.
El filantrópico o
caritativo
Algunos creyentes tal
vez estarían dispuestos a restringir el sentido de 2.ª Corintios 6:14 al
primero de estos aspectos; mas el apóstol no lo hace. Sus palabras son: “No os
unáis en yugo desigual con los incrédulos.” Él no especifica el carácter o el
objeto de este yugo, lo que nos autoriza a dar a este pasaje la más amplia
aplicación, dejando que su filo haga mella por sí mismo en todo tipo de yugo
desigual; y veremos la importancia de este proceder, antes de que concluyamos
estas observaciones, si el Señor lo permite.
1. El yugo desigual matrimonial
Consideremos,
primeramente, el yugo doméstico o
conyugal. ¿Qué pluma sería capaz de describir las angustias del alma, la
miseria moral, así como las perniciosas consecuencias para la vida espiritual y
el testimonio, que surgen del matrimonio de un creyente con una persona
inconversa? Creo que nada podría ser más deplorable que la condición de alguien
que descubre, cuando ya es demasiado tarde, que se ha unido de por vida a una
persona con la cual no puede tener un solo pensamiento o sentimiento en común.
Uno desea servir a Cristo; el otro, puede servir únicamente al diablo. Uno
suspira tras las cosas de Dios; el otro no aspira sino a las cosas de este
mundo. Uno procura mortificar con vehemencia la carne con todos sus afectos y
deseos; el otro, no busca más que contribuir a sus deseos y satisfacerla.
Se puede trazar un
paralelo con una oveja y un chivo amarrados el uno al otro. La oveja deseará
comer los verdes pastos de la pradera, mientras que, el chivo, suspirará por
las zarzas que crecen a lo largo de las zanjas. La triste consecuencia de ello
es que ambos padecerán de hambre. Uno no
quiere comer el pasto de la
pradera; el otro, no puede alimentarse de zarzas, y así, ni
uno ni otro obtiene lo que requiere su naturaleza, a menos que el chivo, merced
a su mayor fuerza, logre arrastrar a su compañero —que lleva el yugo con él,
aunque desigual— hasta las zarzas, para mantenerlo allí hasta que desfallezca y
muera.
La enseñanza moral de
esto es bastante simple; y además es algo que, por desgracia, ocurre demasiado
a menudo. El chivo, por lo general, logra alcanzar su objetivo. El cónyuge
mundano casi siempre termina saliéndose con la suya. Se verá casi sin excepción
que, en el caso de un yugo desigual matrimonial, el pobre creyente es el que
sufre, tal como lo evidencian los frutos amargos de una mala conciencia, un corazón
abatido, un espíritu umbroso y una mente deprimida. Seguramente se paga un precio demasiado elevado a cambio de la
satisfacción de algún afecto natural o de la adquisición, tal vez, de alguna
miserable ventaja mundana. Un matrimonio de este tipo es, de hecho, la estocada
mortal contra el cristianismo práctico y contra el progreso de la vida
espiritual. Es moralmente imposible ser un discípulo de Cristo sin cadenas,
teniendo el cuello bajo el yugo matrimonial con un incrédulo. Tampoco un
corredor en los Juegos Olímpicos —o en los juegos ístmicos— habría esperado
obtener la corona de la victoria atando a su cuerpo una carga pesada o un
cuerpo muerto. Basta, seguramente, con tener el propio cuerpo que cargar, sin
agregarle otro más. No ha habido jamás un verdadero cristiano que no se viera
sumamente ocupado en combatir, con todos sus esfuerzos, los males de su propio
corazón, sin pensar en cargar con los males de dos. Sin duda, el hombre que,
con insensatez y en abierta desobediencia, se casa con una mujer inconversa, o
la mujer que se casa con un hombre inconverso, está cargando con toda la gama
de males que reúnen dos corazones; y ¿quién es suficiente para estas cosas? Un
creyente puede contar, en forma absoluta, con la gracia de Cristo para lograr
subyugar su propia naturaleza perversa; pero no puede ciertamente contar, de la
misma manera, con esta gracia en lo que se refiere a la perversa naturaleza de
su cónyuge incrédulo. Si él se puso bajo este yugo en ignorancia, el Señor
vendrá en su ayuda, sobre la base de una plena confesión, y llevará su alma a
una completa restauración; pero, en lo que respecta a su condición de
discípulo, no la recuperará jamás. Pablo podía decir: “Golpeo mi cuerpo, y lo
pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo
venga a ser eliminado.” Y dijo esto en inmediata relación con la lucha por
obtener el premio: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la
verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo
obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para
recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo
de esta manera corro, no como quien golpea el aire” (1.ª Corintios 9:24-27). No
se trata aquí de una cuestión de vida o de salvación, sino simplemente de una
cuestión de carrera en el estadio; de correr de tal manera que obtengamos el
premio, no la vida, sino una corona incorruptible. El hecho de ser llamados a
correr da por supuesto que tenemos la
vida, pues nadie instaría a correr en el estadio a hombres muertos. Es evidente
que yo debo tener la vida antes de comenzar a correr y, por consiguiente, no la
podré perder, aunque no vaya a ganar la corona prometida; pues no es la vida lo
que se propone como el premio a obtener. No somos llamados a correr a fin de
obtener la vida, pues ella no proviene de aquel que corre, sino de Dios por la
fe en Jesucristo, quien, por su muerte, obtuvo la vida para nosotros, y nos la
comunica por el poder del Espíritu Santo. Ahora bien, esta vida, al ser la vida
de un Cristo resucitado, es eterna; pues él es el Hijo eterno, como él mismo lo
dice al dirigirse al Padre en Juan 17: “Le has dado potestad sobre toda carne,
para que dé vida eterna a todos los que le diste" (v. 2). Esta vida es
dada por gracia, sin ninguna condición. Él no nos da la vida, como pecadores, para llamarnos luego a correr a fin de
obtenerla, como santos, con la oscura posibilidad de perder esta preciosa
gracia al tropezar en nuestra carrera. Ello sería correr “como a la ventura”,
tal como muchos, lamentablemente, tratan de hacerlo, quienes profesan estar en
la carrera, sin saber, no obstante, si tienen o no la vida. Tales personas
corren para obtener la vida y no una corona; pero Dios no ofrece la vida al fin
del estadio, como premio al vencedor; él la da en el punto de partida, como la
fuerza por la cual corremos. La capacidad de correr y el objeto tras el cual
corremos son dos cosas muy diferentes; sin embargo, ellas son continuamente
confundidas por aquellos que ignoran el glorioso Evangelio de la gracia de
Dios, en el cual Cristo es manifestado como la vida y la justicia de todos
cuantos creen en su nombre; y eso, además, como el gratuito don de Dios y no
como la recompensa por haber corrido bien.
Ahora bien, consideramos
las terribles y perniciosas consecuencias de un yugo desigual matrimonial
principalmente por su influencia sobre nuestra marcha como discípulos. Digo principalmente porque ello afecta
profundamente todo nuestro ser moral y todas nuestras experiencias. Dudo mucho
si alguien es capaz de propinar un golpe más destructivo a su prosperidad en la
vida divina que al contraer un yugo desigual. En realidad, el solo hecho de
haberlo contraído demuestra que el declinamiento de la vida espiritual ya ha comenzado
con los más alarmantes síntomas; mas en cuanto a su condición de discípulo y a
su testimonio, pueden ser considerados como una lámpara casi extinta, y si ella
ocasionalmente diera una luz tenue y vacilante, ello sólo pondría de manifiesto
su miserable posición de espantosas sombras, y las aterradoras consecuencias de
haberse unido en yugo desigual con un incrédulo.
Hasta aquí he hablado
del yugo desigual en relación con la influencia que ejerce sobre la vida, el
carácter, el testimonio y la condición de discípulo del hijo de Dios. Ahora
quisiera decir unas palabras respecto a su efecto moral tal como se manifiesta
en el círculo doméstico. Aquí también las consecuencias son verdaderamente
desastrosas. No podría ser de otra manera. Dos personas se han unido para vivir
en la más estrecha e íntima relación, con gustos, hábitos, sentimientos,
deseos, tendencias y aspiraciones diametralmente opuestos. No tienen nada en
común, de modo que todo movimiento que haga cualquiera de ellos, de seguro
molestará al otro. El incrédulo, en
realidad, no puede andar con el creyente, y si, gracias a una extrema
amabilidad o a una profunda hipocresía, hubiere una apariencia de armonía —de
que todo está bien—, ¿qué valor tendría a los ojos del Señor, quien juzga, no
las apariencias externas, sino el verdadero estado del corazón en relación con
Él? Poco y nada, por cierto; y diría que todo ese esfuezo es más que inútil.
Luego, insisto, si el creyente desgraciadamente tuviera que ponerse de acuerdo,
en alguna medida, con su compañero de yugo, sólo podría hacerlo a expensas de
su condición de discípulo, lo que traerá como consecuencia una conciencia que
lo condena delante del Señor; y esto todavía dará lugar a un espíritu abrumado
y, casi con seguridad, a un temperamento agrio que se manifestarán en el
círculo familiar, de modo que la gracia del Evangelio no puede ser puesta en
evidencia, y el incrédulo no es atraído ni ganado. El yugo desigual parece,
pues, desde todo punto de vista, algo muy triste. Deshonra a Dios; atenta contra
el bienestar espiritual; tiende a destruir la condición de discípulo y el
testimonio, y es completamente contrario a la paz y a la bendición domésticas.
Produce alejamiento, enfriamiento y desavenencias. Con todo, si no se dieran
estas cosas, al menos seguramente haría que el creyente perdiera su carácter de
discípulo y su buena conciencia, pudiendo hallarse tentado a sacrificar ambas
cosas sobre el altar de la paz doméstica. Así pues, sea cual fuere el punto de
vista, el yugo desigual no puede conducir sino a las consecuencias más
deplorables.
En cuanto a sus efectos
sobre los niños, es igualmente triste. Los niños se inclinan naturalmente a
seguir el ejemplo de su padre o madre inconverso. “La mitad de sus hijos
hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban
conforme a la lengua de cada pueblo” (Nehemías 13:24). No puede haber ninguna
unión de corazones en la educación de los niños; ninguna armonía, ninguna
confianza mutua en su trato. Uno desea criarlos en disciplina y amonestación
del Señor; el otro, según los principios del mundo, de la carne y del diablo; y
como las simpatías de los niños, a medida que crecen, son propensas a ponerse
de este último lado, no es difícil prever en qué terminará todo esto. En
resumidas cuentas, arar bajo un “yugo desigual” o sembrar el campo “con mezcla
de semillas” es un esfuerzo vano, inconveniente y antiescriturario, que sólo
puede producir sufrimientos y confusión[1].
Antes de terminar esta
parte de nuestro tema, quisiera hacer una observación sobre las razones que
generalmente animan a los cristianos a ponerse bajo el yugo del matrimonio
moralmente desigual. Lamentablemente, todos sabemos cuán fácilmente el pobre
corazón se convence a sí mismo de que es correcta una determinada decisión que
desea tomar, y cómo el diablo nos provee de argumentos plausibles para
persuadirnos de que ello está bien; argumentos que el triste estado moral de
nuestra alma nos hace considerar como claros, satisfactorios y concluyentes. El
hecho mismo de haberle dado lugar a tales pensamientos demuestra que somos
incapaces de sopesar —con una mente lúcida y con una conciencia espiritualmente
justa— las graves consecuencias de tal decisión. Si nuestro ojo fuese sencillo
(es decir, si fuésemos gobernados por un solo objeto: la gloria y el honor del
Señor Jesucristo), nunca contemplaríamos la idea de poner nuestro cuello bajo
un yugo desigual; y, en consecuencia, no tendríamos dificultades ni estaríamos
perplejos respecto de este tema. Un corredor que tiene los ojos puestos en la
corona no se afligiría por ninguna duda en cuanto a si debiera detenerse para
atarse un peso de un quintal al cuello. Jamás se le cruzaría por la cabeza un
pensamiento semejante; y no sólo eso, sino que un corredor escrupuloso posee
una clara y casi intuitiva percepción de todo aquello que pudiera significar un
obstáculo para su carrera. Naturalmente que, cualquier cosa de este tipo que él
lograra percibir, la rechazaría con la mayor firmeza[2].
Ahora bien, si ocurriera
lo mismo con los cristianos en lo que respecta al matrimonio antiescriturario,
se ahorrarían un mundo de sufrimientos y perplejidades; pero no es así. El
corazón procura escapar de la comunión con el Señor y es moralmente incompetente
para discernir las cosas que difieren; y, mientras persiste en esa condición,
el diablo gana terreno con facilidad y en seguida logra tener éxito en sus
perniciosos esfuerzos para inducir al creyente a unirse en yugo con “Belial”,
con la “injusticia”, con las “tinieblas”, con un “incrédulo”. Cuando el alma
goza de plena comunión con Dios, es absolutamente sumisa a su Palabra; ve las
cosas tal como Dios las ve, y las llama de la misma manera que Él las llama y
no como el diablo o su propio corazón carnal quisiera llamarlas. De esta
manera, el creyente escapa al lazo y a la influencia de un engaño del cual casi
siempre es víctima en esta cuestión: una falsa profesión de religión de parte
de la persona con quien desea contraer matrimonio. Esto es algo que ocurre muy
a menudo. Es fácil simular inclinación por las cosas de Dios, y el corazón es
bastante vil y pérfido para hacer una profesión de religión a fin de lograr su
objetivo; y no sólo eso, sino que el diablo, quien “se disfraza como ángel de
luz”, provocará esta falsa profesión a fin de encadenar lo más eficazmente
posible los pies y el corazón de un hijo de Dios. De este modo logra hacer que
los cristianos, en estos asuntos, se contenten o parezcan contentarse con una
prueba de conversión que, en otras circunstancias, habrían considerado
totalmente dudosa e insuficiente. Pero, lamentablemente, la experiencia no
tarda en abrir los ojos a la realidad
de las cosas. Pronto se descubre que la profesión no era más que una vana
apariencia, y que el corazón está
enteramente en el mundo y es del mundo. ¡Terrible descubrimiento! ¿Quién podría
expresar las amargas consecuencias de tal descubrimiento, las angustias del
corazón, los reproches y los remordimientos de la conciencia, la vergüenza y la
confusión, la pérdida del poder, la paz, la bendición y el gozo espirituales, y
el sacrificio de una vida útil? ¿Quién podría describir todas estas cosas? El
hombre, vuelto en sí de su sueño ilusorio, abre sus ojos ante la espantosa
realidad de que se ha unido de por vida bajo el mismo yugo con “Belial”. Sí,
así es como lo llama el Espíritu. Esto no es una consecuencia o una deducción a
la que se llega tras un proceso de razonamiento, sino una simple y positiva
declaración de la Santa Escritura, a los efectos de confrontar a todo aquel que
se ha puesto bajo un yugo conyugal bíblicamente desigual, cualesquiera sean los
motivos, las razones o las falsas apariencias que lo hayan seducido.
¡Oh, mi querido lector
cristiano, si está en peligro de colocarse bajo un yugo semejante, permítame
suplicarle con insistencia, afecto y seriedad que se detenga primero y sopese
este asunto en la balanza del santuario, antes de dar un solo paso adelante en
ese fatal camino! Puede estar seguro de que no bien dé este paso, su corazón
estallará en lamentos desesperados y su vida se verá llena de amargos e
innumerables pesares. ¡Que nada en el
mundo lo induzca a unirse en yugo desigual con un incrédulo! ¿Tiene
comprometidos sus afectos? Recuerde entonces que ésos no pueden ser los afectos
del nuevo hombre en Ud. Tales sentimientos —esté seguro de ello— provienen de
la vieja naturaleza carnal, a la que somos llamados a mortificar y a desechar.
Debemos, pues, clamar a Dios a fin de que nos dé el poder espiritual necesario
para remontarnos por encima de la influencia de tales afectos; incluso para
sacrificarlos por Él. Pregunto también: ¿Están comprometidos sus intereses?
Recuerde, pues, que sólo se trata de sus intereses;
y si ellos son favorecidos, los intereses de Cristo resultan sacrificados al unirse
Ud. en yugo desigual con “Belial”. Además, aquí se trata tan sólo de sus
intereses temporales y no de los que son eternos. De hecho que los intereses
del creyente y los de Cristo deberían ser idénticos; y es evidente que los
intereses de Cristo, su honor, su verdad, su gloria, son inevitablemente
sacrificados cuando uno de sus miembros se asocia con “Belial”. ¿Qué son unos
pocos cientos o unos pocos miles para un heredero del cielo? Dios puede darle
mucho más que esto. ¿Sacrificaríamos la verdad de Dios, así como nuestra propia
paz, prosperidad y felicidad espirituales por una suma vil e insignificante de
bienes materiales, todo lo cual habrá de perecer por el uso? ¡Oh, no! ¡Dios no
lo permita! Huyamos de esto, como lo hace una ave al ver y percibir la trampa.
Echemos mano de un discipulado firme, auténtico y sincero; tomemos el cuchillo
y sacrifiquemos en el altar de Dios todos nuestros afectos e intereses
personales. Entonces, aun si no oyésemos ninguna voz de los cielos que aprobara
nuestra acción, con todo tendríamos el invalorable testimonio de una conciencia
aprobadora y de un Espíritu no contristado: una rica recompensa, seguramente,
para el sacrificio más costoso que pudiéramos hacer. Quiera el Espíritu de Dios
darnos el poder necesario para resistir las tentaciones de Satanás.
Apenas es necesario
observar aquí que, en los casos en que la conversión tiene lugar después del
matrimonio, la cuestión cambia notablemente de color. Entonces no habrá
desgarramientos de conciencia, por ejemplo, y todo se verá modificado en una
cantidad de detalles. Sin duda, todavía habrá dificultades, pruebas y
aflicciones; la única y gran diferencia es que uno puede llevar con mucha más
felicidad su prueba y su aflicción a la presencia del Señor cuando no ha caído
de forma voluntaria y deliberada en ellas; y —bendito sea Dios— sabemos cuánto
está Él dispuesto a perdonar, restablecer y purificar de toda injusticia al
alma que confiesa plenamente sus errores y fracasos. Esto puede consolar el
corazón de aquel que ha sido llevado a los pies del Señor después del
matrimonio. Además, el Espíritu de Dios le ha dado directivas especiales y
preciosas consolaciones en el siguiente pasaje: “Si algún hermano tiene mujer
que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una
mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo
abandone. Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer
incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos,
mientras que ahora son santos... Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás
salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu
mujer?” (1.ª Corintios 7:12-16).
2. El yugo desigual comercial
Consideremos ahora el yugo desigual en su aspecto
comercial, tal como lo vemos en el caso de las sociedades comerciales[3] . Si bien no presenta un aspecto
tan serio como el que acabamos de considerar —pues en éste uno puede librarse
con mayor facilidad que en el conyugal—, no deja de ser un obstáculo positivo
al testimonio del creyente. Cuando un creyente se une en yugo desigual con un
incrédulo con fines comerciales —al margen de que el socio incrédulo sea o no
un pariente—, o cuando llega a ser socio de una empresa del mundo, abandona
virtualmente su responsabilidad individual. De ahí en adelante, todos los actos
de esa razón social serán también sus propios actos, y es completamente
evidente que no se puede hacer que una firma comercial establecida sobre
principios mundanos, actúe sobre la base de principios celestiales. Todos se
reirían de semejante idea, puesto que ello sería un positivo obstáculo para el
éxito de las operaciones. Los socios mundanos se sentirán completamente libres
para adoptar los recursos que les parezcan convenientes a fin de llevar
adelante sus negocios, y tales medios empleados bien pueden ser —por no decir
que serán— contrarios al espíritu y a los principios del reino de Dios, donde
está el creyente, y de la Iglesia de la cual forma parte. Por eso, un cristiano
asociado a un incrédulo se hallará continuamente en una posición sumamente
penosa. Él podría servirse de su influencia para buscar cristianizar el modo de
conducir los asuntos; pero los demás lo obligarían a manejar los negocios de la
misma manera que lo hacen todos, y así no tendría más remedio que derramar sus
lágrimas en secreto por su anómala y difícil posición, o bien retirarse,
sufriendo una gran pérdida pecuniaria para sí y para su familia.
Si el ojo fuera
sencillo, no tendría ninguna duda acerca de cuál de las dos soluciones tendría
que adoptar; pero, ¡ay, el mismo hecho de haberse colocado en tal posición
demuestra la falta de un ojo sencillo!; y el hecho de hallarse en ella
demuestra la falta de discernimiento espiritual para poder apreciar el valor y
la autoridad de los principios divinos, que de otro modo no dejarían de hacer
salir a un cristiano de tal asociación. Un hombre que tuviera el ojo sencillo,
no podría colocarse bajo el mismo yugo con un incrédulo con el propósito de
ganar dinero. Este hombre no tendría que tener ante sí ningún otro objeto que
la gloria de Cristo; y este objeto jamás podría ser alcanzado por una
transgresión positiva de un principio divino. Esto simplifica todo el asunto.
Si el hecho de que un cristiano se haya hecho socio de una casa de comercio
mundana, no glorifica a Cristo, ello, sin duda, no puede sino favorecer los
designios del diablo. No existe una posición intermedia entre ambos extremos.
Pero es claro que Cristo no es glorificado por ello, pues su Palabra dice: “No
os unáis en yugo desigual con los incrédulos” (2.ª Corintios 6:14). Tal es el
principio que no puede ser violado sin perjudicar el testimonio y sin hacer
perder bendiciones espirituales. Es cierto que la conciencia de un cristiano
que peca en este asunto puede buscar aliviarse de diversas maneras; puede tener
recursos para diversos subterfugios; puede esgrimir diversos argumentos para
persuadirse de que todo está bien. Se dirá que «podemos ser muy devotos y
espirituales, en lo que concierne a lo personal, aun cuando nos encontremos,
por asuntos comerciales, unidos bajo un mismo yugo con un incrédulo». Esto se
verá que no puede ser más que una falacia, cuando se lo somete a la prueba de
la práctica cotidiana. Un siervo de Cristo se verá trabado de mil maneras por
su asociación mundana. Si en lo que atañe a su servicio para Cristo él no
encuentra una abierta hostilidad, tendrá que luchar contra los esfuerzos
secretos y continuos del enemigo para apagar su ardiente celo y arrojar agua
fría sobre todos sus proyectos. Recibirá burlas y desprecios, y se le recordará
continuamente el efecto que su entusiasmo y fanatismo producirá en lo que
respecta a las perspectivas comerciales de la firma. Si el creyente emplea su
tiempo, sus talentos o sus recursos pecuniarios para lo que cree que es el
servicio del Señor, se le dirá que es un necio o un loco, y se le hará entender
que el único modo conveniente y razonable de servir al Señor, para un hombre
ocupado en el comercio, es «dedicarse a sus negocios y nada más que a sus
negocios». Tal es la dedicación exclusiva de los pastores y ministros ocupados
en los asuntos religiosos, pues ellos son puestos aparte y se les paga para
eso.
Ahora bien, aunque la
mente renovada de un cristiano pueda estar totalmente convencida de la falacia
de todos estos razonamientos; aunque sea capaz de advertir que esta sabiduría
mundana no es sino un débil y raído manto que se arroja sobre las ambiciosas
prácticas del corazón, con todo, ¿quién podría decir hasta qué punto el corazón
puede ser influido por tales cosas? Nos cansamos de una resistencia continua.
La corriente se torna demasiado fuerte para nosotros, y vamos cediendo poco a
poco a su fuerza y nos dejamos arrastrar por la superficie. Puede que la
conciencia intente efectuar algunos últimos movimientos de resistencia; pero la
energía espiritual está paralizada, y la sensibilidad de la nueva naturaleza,
debilitada, de modo que no hay nada que responder a estos clamores de la
conciencia, ningún esfuerzo suficientemente poderoso para resistir al enemigo.
La mundanalidad de un cristiano se liga con las influencias contrarias de
afuera; las obras exteriores son atacadas por la tormenta, y la ciudadela de
los afectos del alma es vigorosamente asaltada; y, finalmente, tal hombre
sucumbe en una vida de completa mundanalidad, realizando así, en su propia
persona, el conmovedor lamento del profeta: “Sus nobles fueron más puros que la nieve, más blancos que la leche; más rubios eran sus cuerpos que el coral, su talle
más hermoso que el zafiro. Oscuro más que la negrura es su aspecto; no los conocen
por las calles; su piel está pegada a sus huesos, seca como un palo”
(Lamentaciones 4:7-8). Ese hombre que un día era conocido como siervo de Cristo
—un colaborador para el reino de Dios—, que hacía uso de sus recursos sólo para
fomentar los intereses del Evangelio de Cristo, ahora, lamentablemente, no es
conocido más que como un astuto e infatigable negociante que hace grandes y
ventajosos negocios, de quien el apóstol bien podría decir: “Demas me ha
desamparado, amando este mundo [griego: ton
vuv aiôna = al presente siglo]” (2.ª Timoteo 4:10).
Pero quizás no haya nada
que actúe tanto sobre el corazón para inducir a los cristianos a colocarse bajo
un mismo yugo comercial con los incrédulos que el hábito de buscar mantener a
un mismo tiempo los dos caracteres: el de cristiano y el de negociante. Ésta es
una trampa lamentable. En efecto, tal cosa no existe. Un hombre debe ser o una
cosa o la otra. Si soy cristiano, mi cristianismo debe manifestarse como una
realidad viviente, en la posición donde me encuentre; y si no puedo
manifestarlo donde estoy, no debo permanecer más allí; pues si continúo en una
esfera o posición en la cual la vida de Cristo no puede manifestarse, no
poseeré muy pronto nada de cristianismo más que el nombre, sin realidad —la
forma exterior sin el poder interior—, la cáscara sin la almendra. Yo debo ser
siervo de Cristo no sólo el domingo, sino también del lunes por la mañana al
sábado por la noche. No sólo debo ser siervo de Cristo en una asamblea pública,
sino también en mi lugar de trabajo, en mis ocupaciones temporales,
cualesquiera que sean. Mas no puedo ser un verdadero siervo de Cristo si he
puesto mi cuello bajo yugo con un incrédulo; pues ¿cómo los siervos de dos amos
enemigos podrían trabajar bajo el mismo yugo? Es absolutamente imposible; tan
imposible como intentar unir los rayos solares del mediodía con las profundas
tinieblas de la medianoche. Hago aquí también, pues, un solemne llamado a la
conciencia de mis lectores, en presencia del Dios Todopoderoso, quien juzgará
los secretos del corazón de los hombres por Jesucristo, también en relación con
este importante asunto. Quisiera decirle, si ha pensado meterse en sociedad con
un incrédulo: ¡Huya de allí! Sí, huya
aunque esta sociedad le prometa millones. Se va a hundir en un laberinto de
dificultades y de dolores. “Arará” el campo con un hombre cuyos sentimientos,
instintos y tendencias son diametralmente opuestos a los suyos. «Un buey y un
asno» no son tan diferentes, en todo respecto, como un creyente y un incrédulo.
¿Cómo podría alguna vez concordar? Él quiere ganar dinero —sacar buenas ganancias—,
congeniar con el mundo y progresar en él; en cambio Ud. siente (o al menos
debería sentir) la necesidad de crecer en la gracia y la santidad, de promover
los intereses de Cristo y de su Evangelio en la tierra y de proseguir su camino
rumbo al reino eterno de nuestro Señor Jesucristo. El objeto de él es el
dinero; el suyo, espero, Cristo. Él vive para este mundo; Ud., para el mundo
venidero. Él está ocupado en las cosas temporales; Ud., en las que pertenecen a
la eternidad. ¿Cómo, pues, podría encontrarse en el mismo terreno? Sus
principios, motivaciones, objetos y esperanzas son completamente opuestos.
¿Cómo sería posible que tuvieran algo en común? Seguramente sólo basta
considerar todo esto con un ojo sencillo para verlo en su verdadera luz. Es imposible
que uno que tiene el ojo fijo en Cristo y el corazón lleno de Él, pueda alguna
vez unirse bajo un yugo desigual con un socio mundano para el objeto que sea.
Permítame, pues, querido lector cristiano, suplicarle una vez más, antes que dé
un paso tan terrible —un paso que puede traer consecuencias funestas, tan lleno
de peligros para sus mejores intereses así como para el testimonio de Cristo,
con el cual es honrado— que considere todo este asunto, con un corazón honesto,
en el santuario de Dios, y lo sopese en Su sagrada balanza. Pregúntele a Dios
qué piensa de ello, y escuche con una voluntad sumisa y una buena conciencia Su
respuesta. Ella es simple y poderosa; tan simple y poderosa como si cayese
directamente del cielo: “No os unáis en
yugo desigual con los incrédulos.”
Pero si, por desgracia,
mi lector se hallara ya bajo el yugo, quisiera decirle: Rompa con él lo más
pronto posible. Me asombraría sobremanera si todavía no ha descubierto que este
yugo es una pesada carga. Sería superfluo para Ud. que detallara las tristes
consecuencias de hallarse en tal posición. Sin duda las conoce perfectamente.
Sería inútil imprimirlas sobre un papel o dibujarlas en un cuadro, para uno que
ya las está experimentando efectivamente. Mi querido hermano en Cristo, no
pierda un instante para renunciar a este yugo. Debe hacerlo en la presencia del
Señor, de acuerdo con Sus principios y en virtud de Su gracia. Es más fácil
meterse en una falsa posición que salir de ella. Una sociedad que data de diez
o veinte años, no puede disolverse en un momento. Deberá hacerse con calma, con
humildad y con oración, como en la presencia del Señor y para su gloria
solamente. Yo puedo deshonrar al Señor tanto por mi manera de salir de una
falsa posición como por entrar en ella. Por eso, si me encuentro asociado con
un incrédulo, y mi conciencia me dice que hice mal, es menester que le declare
honesta y francamente a mi socio que ya no podré seguir con él; y una vez hecho
esto, mi deber es realizar todos los esfuerzos posibles para que los asuntos de
la firma se liquiden con rectitud, buena fe y seriedad, a fin de no darle
ninguna ocasión al adversario de hablar de una manera injuriosa y que el bien
que hago no sea motivo de calumnias.
Debemos evitar la
precipitación, la imprudencia y la presunción, cuando actuamos claramente para
el Señor y en defensa de sus santos principios. Si un hombre se encuentra preso
en una trampa o extraviado en un laberinto, no por audaces y violentos
movimientos quedará libre. No; deberá humillarse, confesar sus pecados delante
del Señor, y luego volver sobre sus pasos con paciencia y en una entera
dependencia de la gracia que no sólo es capaz de perdonarlo por haberse metido
en una falsa posición, sino también de encaminarlo e introducirlo en una buena.
Además, como ocurre con
el yugo conyugal, la cuestión se ve enormemente modificada por el hecho de una
sociedad contraída antes de la conversión. No estoy diciendo en absoluto que
éste sea un justificativo para que uno persevere en ella. De ninguna manera;
mas ello nos evitará muchísimos sufrimientos de corazón y manchas de conciencia
relacionados con tal posición, los que deberán influir considerablemente en el
modo de retirarse de la sociedad. Por otra parte, el Señor es glorificado por
la inclinación moral del corazón y de la conciencia en la dirección correcta,
lo cual, seguramente, le será agradable. Si me juzgo a mí mismo cuando me hallo
en un mal camino, y la inclinación moral de mi corazón y de mi conciencia
producen en mí el deseo de salir, Dios lo aceptará y, sin ninguna duda, me
pondrá en el buen camino. Mas al hacerlo, él no tolerará que viole una verdad
al procurar obedecer otra. La misma Palabra que dice: “No os unáis en yugo
desigual con los incrédulo”, también dice: “Pagad a todos lo que debéis.” “No
debáis a nadie nada.” “Procurad lo bueno delante de todos los hombres.” “A fin
de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera” (Romanos 13:7, 8;
12:17; 1.ª Tesalonicenses 4:12). Si he ofendido a Dios al asociarme con un
incrédulo, debo guardarme de ofender a cualquier hombre por la manera de
separarme de la sociedad. Una profunda sumisión a la Palabra de Dios, por el
poder del Espíritu Santo, pondrá todas las cosas en orden, nos conducirá por
sendas derechas y nos dará la capacidad de evitar extremos peligrosos.
3. El yugo desigual religioso
Al echar ahora una
ojeada al aspecto religioso del yugo desigual, quisiera asegurarle a mi lector que
no es de ninguna manera mi deseo herir los sentimientos de nadie describiendo
las pretensiones de las diferentes denominaciones que veo alrededor de mí. No
es ésa en absoluto mi intención. El tema de este escrito es lo suficientemente
importante como para que uno le haga sombra mediante la introducción de otras
ideas. Además, es demasiado preciso como para permitir semejante mezcla.
Nuestro tema es El yugo desigual, y
en él habremos de centrar nuestra atención.
Al recorrer las
Escrituras, hallamos innumerables pasajes que expresan ese espíritu de
separación que debería siempre caracterizar al pueblo de Dios. Ya sea que
nuestra atención se dirija hacia el Antiguo Testamento —en el cual vemos a Dios
en sus relaciones con su pueblo terrenal, Israel, y en sus tratos con él—, o
que se fije en el Nuevo Testamento, en el que tenemos las relaciones de Dios
con su pueblo celestial, la Iglesia, y sus tratos con ella, encontramos la
misma verdad puesta en evidencia de manera prominente, a saber, la entera separación de aquellos que
pertenecen a Dios. La posición de Israel es reafirmada así en la parábola
de Balaam: “He aquí que este pueblo habitará
solo[4] , y entre las demás
naciones no será contado” (Números 23:9; V.M.). Su lugar estaba fuera de todas
las naciones de la tierra, y ellos eran responsables de mantener esta
separación. A lo largo de los cinco libros de Moisés, ellos son instruidos,
advertidos y amonestados a ese respecto; y en los Salmos y los Profetas se
registran sus fracasos relativos al mantenimiento de esta separación; fracasos
que, como lo sabemos, atrajeron sobre sí los severos juicios de la mano de
Dios. Este breve artículo se transformaría en un volumen si tan sólo me
propusiese citar todos los pasajes que se refieren a este punto. Doy por
sentado que mis lectores conocen lo suficiente su Biblia como para hacer
innecesarias tales citas. Pero si el lector no estuviere lo suficientemente
versado en el estudio de su Biblia, puede buscar en su Concordancia los pasajes
donde se hallan las palabras “separar” y “separación”, las que bastarán para
darle un panorama de todo el conjunto de evidencias que la Escritura aporta
sobre este tema. El pasaje de Números que acabo de citar es la expresión de los
pensamientos de Dios acerca de su pueblo Israel: “He aquí que este pueblo
habitará solo.”
Es lo mismo —sólo que
sobre un terreno mucho más elevado— con respecto al pueblo celestial de Dios,
la Iglesia, el cuerpo de Cristo, compuesta por todos los verdaderos creyentes.
Ellos también son un pueblo separado.
Examinemos ahora el
principio de esta separación. Hay una gran diferencia entre estar separados
sobre la base de lo que somos nosotros,
y estar separados sobre la base de lo que
Dios es. Lo primero hace de un hombre un
fariseo; lo último lo hace un santo.
Si le digo a uno de mis pobres pecadores semejantes: «No te me acerques, yo soy
más santo que tú», soy un detestable fariseo e hipócrita; pero si Dios en su
infinita condescendencia y en su perfecta gracia me dice: «Yo te he puesto en
relación conmigo, en la persona de mi Hijo Jesucristo; por tanto, sé santo y
separado de todo mal; sal de en medio de ellos y sepárate de ellos.» Yo tengo
la obligación de obedecer, y mi obediencia es la manifestación práctica de mi
carácter de santo —carácter que poseo, no a causa de algo que se halle en mí
mismo, sino simplemente porque Dios me ha traído cerca de sí mismo por la
sangre preciosa de Cristo—. Bueno es que tengamos en claro esto. El fariseísmo
y la santificación divina son dos cosas muy diferentes, y, sin embargo, se las
confunde con frecuencia. Aquellos que se esfuerzan por conservar este lugar de
separación, que pertenece al pueblo de Dios, son constantemente acusados de
ponerse por encima de sus semejantes, y de pretender tener un grado más elevado
de santidad personal que el que de ordinario se posee. Esta acusación surge por
no prestar atención a la distinción de la que acabo de hablar. Cuando Dios
llama a los hombres a separarse, lo hace sobre la base de lo que él ha hecho
por ellos en la cruz, y del lugar que les ha asignado en una eterna asociación
con él en la persona de Cristo. Pero si yo me separo sobre la base de lo que
soy en mí mismo, ello sería la más absurda y fútil presunción, que tarde o
temprano será hecha manifiesta. Dios manda a su pueblo a ser santo sobre la
base de lo que Él es: “Sed santos, porque yo soy santo” (1.ª Pedro 1:16). Esto
evidentemente es muy diferente de: «No te acerques, porque soy más santo que
tú.» Si Dios puso a los hombres en relación con él, Él tiene el derecho de
prescribir cuál debiera ser su carácter moral, y ellos tienen la
responsabilidad de responder a ello. Así pues, vemos que la más profunda
humildad es la base de la separación de un santo. No hay nada más adecuado para
ponernos en el polvo, que la inteligencia de la verdadera naturaleza de la
santidad divina. Es una humildad enteramente falsa la que surge de
contemplarnos a nosotros mismos; en efecto, ella en realidad está basada en el
orgullo, el cual nunca ha visto todavía hasta el fondo de su propia y total
indignidad. Algunos se imaginan que pueden alcanzar la más profunda y verdadera
humildad al contemplarse a sí mismos, en tanto que ello sólo es posible
contemplando a Cristo. Como lo expresa un poeta:
Cuanto más tus glorias deslumbren mis ojos,
Más humilde seré.
Éste es un sentimiento
justo, fundado en un principio divino. El alma que se pierde en el esplendor de
la gloria moral de Cristo es verdaderamente humilde, y ninguna otra lo es.
Tenemos motivos para humillarnos, sin duda, cuando pensamos en las pobres
criaturas que somos; pero basta reflexionar un momento de manera justa, para
ver que es pura falacia el buscar producir algún buen resultado práctico al
contemplarse a sí mismo. Somos verdaderamente humildes sólo cuando nos encontramos
en presencia de una excelencia infinita. Por eso un hijo de Dios debería
rehusar llevar el yugo con un incrédulo, ya sea con fines domésticos,
comerciales o religiosos, simplemente porque Dios le dice que se separe, y no a
causa de su propia santidad personal. Poner en práctica este principio, en
materia religiosa, debe necesariamente implicar muchas pruebas y dolores; será
tildado de intolerancia, fanatismo, estrechez de miras, exclusivismo, etc.; mas
nada podemos hacer para remediar esto. Con tal que nos mantengamos separados
según un principio justo y con un espíritu recto, podemos sin temor dejar a
Dios todos los resultados. Sin duda, el remanente en los días de Esdras debía
parecer excesivamente intolerante al rehusar la cooperación de los pueblos circunvecinos
para la construcción de la casa de Dios: pero, al rehusar esta ayuda, ellos
actuaron sobre un principio divino. “Oyendo los enemigos de Judá y de Benjamín
que los venidos de la cautividad edificaban el templo de Jehová Dios de Israel,
vinieron a Zorobabel y a los jefes de casas paternas, y les dijeron:
Edificaremos con vosotros, porque como vosotros buscamos a vuestro Dios, y a él
ofrecemos sacrificios desde los días de Esar-hadón rey de asiria, que nos hizo
venir aquí...” (Esdras 4:1-2). Ésta parecía una propuesta muy atractiva; una
propuesta que manifestaba una muy decidida inclinación por el Dios de Israel;
sin embargo, el remanente la rechazó porque esta gente, a pesar de su bella
profesión, no eran en el fondo más que incircuncisos y adversarios. “Zorobabel,
Jesúa, y los demás jefes de casas paternas de Israel dijeron: No nos conviene
edificar con vosotros casa a nuestro Dios, sino que nosotros solos la edificaremos a Jehová
Dios de Israel” (Esdras 4:3). Ellos no quisieron llevar el yugo con los
incircuncisos; no quisieron “arar con buey y con asno juntamente” ni “sembrar
su campo con mezcla de semillas”; se mantuvieron separados, aun cuando se
expusieran por eso a ser tratados de fanáticos, estrechos de miras, iliberales
e intolerantes.
Así también leemos en
Nehemías: “Y habíase ya separado el
linaje de Israel de todos los hijos de tierra extraña; y poniéndose en pie
hicieron confesión de sus pecados, y de las iniquidades de sus padres” (9:2;
V.M.). Esto no era sectarismo, sino una positiva obediencia. Su separación era
esencial para su existencia como pueblo. No habrían podido gozar de la
presencia divina sobre ningún otro terreno. Así debe ser siempre con el pueblo
de Dios en la tierra. Es menester que los cristianos se separen, pues, de lo
contrario, no sólo serían inútiles, sino malsanos. Dios no puede reconocerlos
ni marchar con ellos si se unen en yugo desigual con los incrédulos, sobre
cualquier terreno o con el objeto que sea. La gran dificultad estriba en
combinar un espíritu de intensa separación con un espíritu de gracia, dulzura e
indulgencia, o, como otro lo ha expresado: «Mantener los pies en el camino estrecho, con un corazón amplio.» Esto es realmente
difícil. Pues así como el mantenimiento estricto y sin compromiso de la verdad, tiende a estrechar el círculo
alrededor de nosotros, así también necesitamos el poder expansivo de la gracia para mantener un corazón amplio y
nuestros afectos vivos y cálidos. Si contendemos por la verdad de otra manera que no sea en gracia, sólo presentaremos un lado del testimonio, e incluso el
menos atractivo. Por otra parte, si mostramos la gracia a expensas de la
verdad, ello demostrará ser, a la larga, tan sólo la manifestación de un
liberalismo vulgar a expensas de Dios: una cosa muy indigna.
Así pues, en lo que
respecta al objeto por el cual los verdaderos cristianos se unen ordinariamente
en yugo desigual con aquellos que, según su propia confesión y según el juicio
de la caridad misma, no son para nada cristianos, se encontrará, finalmente, que
no se puede jamás alcanzar un objeto verdaderamente divino y celestial
transgrediendo una verdad de Dios. «Per
fas aut nefas»[5] jamás puede ser una
divisa divina. Los medios no son santificados por el fin; sino que tanto los medios
como el fin deben estar conformes con los principios de la santa Palabra de
Dios; de lo contrario, todo desembocará en confusión y deshonra. Rescatar a
Ramot de Galaad de las manos del enemigo podía parecer un muy digno objeto para
Josafat; además, podría haber parecido un hombre muy liberal, grato, popular y
de corazón amplio, cuando, en respuesta a la propuesta de Acab, dijo: “Yo soy
como tú, y mi pueblo como tu pueblo; iremos
contigo a la guerra” (2.º Crónicas 18:3). Es fácil ser liberales y tener un
corazón amplio a expensas de los principios divinos; pero ¿cómo terminó esto?
Acab fue muerto y Josafat a duras penas escapó con vida, tras haber hecho
naufragio en cuanto al testimonio. Vemos, pues, que Josafat ni siquiera alcanzó
el objetivo por el cual se había puesto bajo un yugo desigual con un incrédulo;
y aun si lo hubiera alcanzado, este suceso no habría sido ningún justificativo
válido de su proceder[6]. Nada puede justificar el yugo desigual de un creyente con
un incrédulo; y, en consecuencia, por más hermosa, atractiva y plausible que
haya podido parecer la expedición de Ramot a los ojos de los hombres, ella,
para el juicio de Dios, era dar ayuda al impío, y amar a los que aborrecen a
Jehová (2.º Crónicas 19:2). La verdad de Dios despoja a los hombres y a las
cosas del falso brillo del que quisieran revestirlos aquellos que se dejan
llevar por el espíritu de la conveniencia; ella los presenta en su verdadera
luz; y es una gracia inefable tener el claro juicio de Dios acerca de todo lo
que acontece alrededor de nosotros: ello confiere calma al espíritu, da firmeza
a la marcha y al carácter, y nos libra de esa desgraciada fluctuación de
pensamientos, sentimientos y principios que nos vuelve completamente ineptos
para la posición de testigos firmes y consecuentes para Cristo. De seguro
erraremos el blanco si intentamos formar nuestro juicio según los pensamientos
y las opiniones de los hombres; pues ellos juzgan siempre según las apariencias
exteriores, y no según el carácter intrínseco y el principio de las cosas. Con
tal que los hombres alcancen lo que ellos creen que es un objetivo justo, poco
les importa el modo de llegar a tal fin. Pero el verdadero siervo de Cristo
sabe que debe hacer la obra de su Maestro según los principios y en el espíritu
de su Maestro. El tal jamás podrá estar satisfecho de alcanzar el objetivo más
loable, a menos que lo haga por un camino trazado por Dios. Los medios y el fin
deben ser ambos divinos. Admito, por ejemplo, que es un muy deseable objetivo
propagar las Santas Escrituras —la Palabra pura y eterna de Dios—. Pero si yo no pudiera propagarlas por otro medio
que no sea unirme en yugo desigual con un incrédulo, debería abstenerme, ya que
no debo hacer el mal para que venga el bien. Pero —bendito sea Dios— su siervo
puede propagar su precioso libro sin violar los preceptos contenidos en él. Él
puede, bajo su propia responsabilidad individual, o en comunión con aquellos
que están verdaderamente del lado del Señor, propagar en todas partes la preciosa
semilla, sin por eso asociarse con aquellos cuya marcha y conducta en conjunto
demuestran que son del mundo.
Lo mismo puede decirse
con respecto a cualquier objeto de carácter religioso. El mismo sólo puede y
debe cumplirse según los principios de Dios. Se nos objetará, quizás, que la
Biblia nos dice que no juzguemos —que no podemos leer en el corazón—, y que
debemos esperar que todos aquellos que colaboran en buenas obras, tales como la
traducción de la Biblia, la distribución de tratados y el apoyo de obras
misioneras, deben ser cristianos; y que, por consecuencia, no puede ser malo
que nos liguemos con ellos. A todo eso respondo que a duras penas encontramos
un pasaje en el Nuevo Testamento tan mal comprendido y tan mal aplicado que
Mateo 7:1: “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” En el mismo capítulo
leemos: “Guardaos de los falsos profetas... por sus frutos los conoceréis” (v.
15). Ahora bien, ¿cómo podemos “guardarnos” si no ejercemos nuestro juicio?
Asimismo, leemos en 1.ª Corintios 5: “Porque, ¿qué razón tendría yo para juzgar
a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a
los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre
vosotros” (v. 12-13). Aquí se nos enseña claramente que aquellos que están
“dentro” pasan a depender inmediatamente del juicio de la Iglesia; y, sin
embargo, según la interpretación ordinaria de Mateo 7:1, no deberíamos juzgar a
nadie; esta interpretación, pues, debe necesariamente ser falsa. Si las
personas —aun los que lo profesan— asumen la posición de estar “dentro”, se nos
manda juzgarlas. “¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?”. En cuanto a
los que están “fuera”, nada tenemos que ver con ellos, más allá de presentarles
la gracia pura, perfecta, rica, ilimitada e insondable que brilla con un
esplendor inefable en la muerte y resurrección del Hijo de Dios.
Todo esto es bastante
simple. Se le ordena al pueblo de Dios que ejerza su juicio en cuanto a todos
aquellos que profesan estar “dentro”; se le dice que se guarde “de los falsos
profetas”; se le manda a “probar los espíritus” (1.ª Juan 4); y ¿cómo podríamos
probarlos si no debiéramos juzgar en absoluto? ¿Qué quiso decir, pues, nuestro
Señor con estas palabras: “No juzguéis”? Yo creo que él quiso decir precisamente
lo que San Pablo dijo por el Espíritu Santo, cuando nos manda a “no juzgar nada antes de tiempo, hasta
que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y
manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su
alabanza de Dios” (1.ª Corintios 4:5). Lo que no debemos juzgar son los motivos del corazón, pero sí debemos
juzgar la conducta y los principios de los demás; es decir, la
conducta y los principios de todos aquellos que profesan estar “dentro”. Y de hecho
que los mismos que dicen: «No debemos juzgar», no dejan de librar juicios. No
hay ningún cristiano verdadero en quien el instinto moral de la naturaleza
divina no pronuncie virtualmente juicios sobre el carácter, la conducta y la
doctrina; y éstos son precisamente los puntos que se hallan dentro del ámbito
de juicio del creyente.
Todo lo que quisiera,
pues, urgir en la conciencia del lector cristiano, es el deber que tiene de
ejercer un juicio sobre aquellos con quienes se coloca bajo yugo en materia religiosa.
Si él en este momento estuviera trabajando en yugo con un incrédulo, ello sería
una positiva violación del mandamiento del Espíritu Santo. Puede que lo haya
hecho en ignorancia hasta este día; si es así, la gracia del Señor está presta
a perdonar y restaurar. Pero si, tras haber sido advertido, persiste en la
desobediencia, no es posible que pueda esperar la bendición de Dios y Su
presencia con él, cualquiera sea el valor o la importancia del objeto que se
proponga alcanzar. “El obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar
atención que la grosura de los carneros” (1.º Samuel 15:22).
4. El yugo desigual filantrópico
Sólo nos resta
considerar el aspecto filantrópico del yugo desigual. Muchos dirán: «Admito plenamente
que no deberíamos unirnos para el culto o el servicio para Dios con incrédulos
declarados; pero sí tenemos libertad de unirnos a ellos para promover objetos
de filantropía[7], como, por ejemplo, para proveer a las necesidades de los
pobres, distribuirles pan y ropas, recuperar personas entregadas a diversos
vicios tales como alcohólicos, drogadictos, etc., establecer asilos para
ciegos, manicomios, fundar hospitales y sanatorios para la atención de enfermos
y heridos, lugares de refugio para los abandonados, para las viudas y los
huérfanos; en una palabra, para todo aquello que pueda contribuir a mejorar el
estado físico, moral e intelectual de nuestros semejantes.» Esto, a primera
vista, parece sobradamente bello; pues alguien me podría preguntar si yo no
quisiera ayudar a un hombre en la ruta a sacar su vehículo atascado en el
barro; a lo que contesto: por cierto que sí. Pero si se me pregunta si quisiera
hacerme miembro de una sociedad mixta de creyentes e inconversos que tuviera
por objeto remolcar vehículos atascados, entonces me rehusaría; no a causa de
pretender una santidad superior, sino porque la Palabra de Dios dice: “No os
unáis en yugo desigual con los incrédulos.” Tal sería mi respuesta, cualquiera
fuese el objeto de tal sociedad. Al siervo de Cristo se le ordena estar
“dispuesto a toda buena obra”; “hacer bien a todos”; “visitar a los huérfanos y
a las viudas en sus tribulaciones” (Tito 3:1; Gálatas 6:10; Santiago 1:27).
Pero debe hacer todo eso como siervo de Cristo, y no como miembro de una
sociedad o un comité donde se admiten indistintamente inconversos, ateos y todo
tipo de personas malvadas e impías. Además, debemos recordar que toda la
filantropía de Dios está relacionada con la cruz del Señor Jesucristo. Éste es
el canal a través del cual Dios quiere dispensar sus bendiciones; la poderosa
palanca por medio de la cual quiere elevar al hombre física, moral e
intelectualmente. “Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador,
y su amor para con los hombres
[griego: filantropía]7,
nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su
misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el
Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo
nuestro Salvador” (Tito 3:4-6). Ésta es la filantropía de Dios; tal es su
manera de mejorar la condición del hombre. El cristiano puede colocarse
cómodamente bajo el yugo con todos aquellos que comprenden el valor de este
modo de actuar, pero con nadie más.
Los hombres del mundo
ignoran todo esto y no les importa en lo más mínimo. Pueden procurar realizar
reformas, pero son reformas sin Cristo. Pueden promover mejoras, pero se trata
de mejoras sin la cruz. Quieren hacer progresos de todo tipo, pero Jesús no es
su punto de partida ni el objeto de su curso. ¿Cómo, pues, un cristiano podría
colocarse bajo el yugo con ellos? Ellos quieren trabajar sin Cristo, el mismo a
quien el cristiano debe todo. ¿Puede estar contento de trabajar con ellos? ¿Puede
tener algún objeto en común con ellos? Si alguien viene y me dice: «Necesitamos
su colaboración para distribuir ropas y alimentos a los pobres, para fundar
hospitales y manicomios, para proveer a la manutención y la educación de los
huérfanos, para mejorar el estado físico de nuestros semejantes; pero le
avisamos que según un principio fundamental de la sociedad, el consejo o la
comisión que se formó para tal objetivo, el nombre de Cristo no debe
pronunciarse, puesto que ello daría lugar a controversias. Nuestros objetivos
no son en absoluto religiosos, sino exclusivamente filantrópicos; por tanto, la
religión debe ser asiduamente excluida de todas nuestras reuniones públicas.
Nos reunimos como hombres para una
obra de beneficencia, por lo que, incrédulos, ateos, socinianos, arrianos,
católicos romanos y toda clase de gentes pueden unirse alegremente bajo el
mismo yugo con el objeto de poner en marcha la gloriosa máquina de la
filantropía.» ¿Cuál debería ser mi respuesta a tal demanda? El hecho es que, uno
que ama verdaderamente al Señor Jesús, y quisiera dar respuesta a un llamado
tan horroroso, se quedaría sin palabras. ¿¡Qué!? ¿Hacer bien a los hombres con
la exclusión de Cristo? ¡Dios no lo permita! Si no puedo obtener los objetos de
la pura filantropía, sin dejar de lado a este Salvador bendito que vivió y
murió, y que vive eternamente para mí, entonces ¡afuera con su filantropía!,
pues ella no es seguramente de Dios, sino de Satanás. Si ella fuera de Dios, la
Palabra es: “el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador”, Aquel mismo a quien vuestros
estatutos dejan completamente de lado. De ello se sigue que vuestros
reglamentos deben de haber sido dictados por Satanás mismo, el enemigo de
Cristo. Satanás ama siempre dejar de lado al Hijo de Dios; y cuando él logra
que los hombres hagan lo mismo, les permite ser benevolentes, caritativos y
filántropos. Pero, en honor a la verdad, tal benevolencia y tal filantropía
deberían ser propiamente denominadas malevolencia y misantropía; pues ¿de qué
manera más eficaz podría uno mostrar mala voluntad y aversión a la humanidad
que dejando de lado a Aquel único que
puede realmente bendecirlos para el tiempo y la eternidad? Pero ¿en qué
condición moral se halla un corazón, con respecto a Cristo, que fue capaz de
tomar lugar en una junta o sobre un estrado, con la condición de que ese Nombre
bendito no sea pronunciado? ¡Seguramente ese corazón debe de estar muy frío!;
esto demuestra que los proyectos y las obras de los hombres inconversos son, a
su juicio, lo suficientemente importantes como para arrojar a su Amo por la
borda, por así decirlo, a fin de llevarlos a cabo. Pero no confundamos las
cosas. Éste es el verdadero aspecto en que debemos considerar la filantropía
del mundo. Los hombres del mundo pueden “vender el perfume por trescientos
denarios, y darlo a los pobres”, a la vez que declaran que es una pérdida derramar este perfume sobre la
cabeza de Cristo. ¿Puede el cristiano adherir a este juicio? ¿Podrá ponerse
bajo yugo con tales hombres? ¿Podrá proponerse mejorar el mundo sin Cristo?
¿Podrá unirse a aquellos que buscan adornar y embellecer una escena que está
manchada con la sangre de su Maestro? Pedro pudo decir: “No tengo plata ni oro,
pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y
anda” (Hechos 3:6). Pedro quiso sanar a un inválido por el poder del nombre de
Jesús, pero ¿qué habría dicho si alguien le hubiera propuesto unirse a un
comité o a una sociedad para asistir a los inválidos, con la condición de dejar
totalmente de lado ese nombre? Podemos, sin grandes esfuerzos de la
imaginación, concebir lo que habría contestado. Habría repudiado con toda su
alma semejante pensamiento. Él sanó al inválido solamente con el fin de exaltar
el nombre de Jesús, de manifestar todo el valor, la excelencia y la gloria de
ese nombre a los ojos de los hombres; pero el objeto de la filantropía del
mundo es justamente lo contrario; ya que hace totalmente a un lado ese bendito
Nombre, y excluye a Cristo de sus consejos, comités y programas. ¿No tenemos,
pues, derecho a decir: «¡Qué vergüenza que un cristiano se halle en un lugar
del que su Maestro es excluido!»? ¡Oh, que salga de allí, y que, con la energía
del amor por Jesús y con el poder de ese Nombre, haga todo el bien que pueda!;
pero que no se coloque bajo el yugo con los incrédulos con el objeto de
contrarrestar los efectos del pecado excluyendo la cruz de Cristo. El gran
objeto de Dios es exaltar a su Hijo, “para que todos honren al Hijo como honran
al Padre” (Juan 5:23). Éste también debería ser el objeto del cristiano; con
este fin él debiera “hacer bien a todos”; mas si se une a una sociedad o a un
comité para hacer bien, él no actuará “en el nombre de Jesús”, sino en el
nombre de la sociedad o del comité, sin el nombre de Jesús.
Esto debiera bastar a
todo corazón sincero y fiel. Dios no tiene otro medio de bendecir a los hombres
que a través de Jesucristo, ni tiene otro objeto al bendecirlos que exaltar a
Cristo. Como en el tiempo de Faraón, cuando las multitudes de egipcios
hambrientos acudían a él, y él les dijo: “Id a José” (Génesis 41:55), así
también la Palabra de Dios nos dice a todos: “Id a Jesús.” Sí, es necesario que
acudamos a Jesús para el alma y para el cuerpo, para el tiempo y la eternidad;
pero los hombres del mundo no le conocen, ni tampoco le quieren; ¿qué, pues,
tiene que ver el cristiano con ellos? ¿Cómo podría trabajar bajo un mismo yugo
con ellos? No podría hacerlo más que negando de forma práctica el nombre de su
Salvador. Hay muchos que no ven esto; pero ello no modifica en absoluto la
realidad de las cosas. Debiéramos actuar con honestidad, como en la luz; y aun
cuando los sentimientos y los afectos de la nueva naturaleza no fueren lo
suficientemente fuertes en nosotros para hacer que rechacemos de inmediato el
mero pensamiento de colocarnos en las filas de los enemigos de Cristo, la
conciencia, al menos, debería inclinarse ante la imperativa autoridad de esa
palabra: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos.”
¡Que el Espíritu Santo
revista su Palabra del poder celestial, y agudice su filo para que penetre en
la conciencia, a fin de que los santos sean librados de todo escollo que impida
correr “la carrera que tenemos por delante” (Hebreos 12:1)! El tiempo es breve.
El Señor mismo aparecerá pronto. Entonces, más de un yugo desigual será roto en
un santiamén: ovejas y chivos serán entonces eternamente separados. Ojalá que
seamos capaces de purificarnos de toda asociación impura, y de toda influencia
profana, a fin de que, cuando Jesús venga, “no nos alejemos de él
avergonzados”, sino que podamos ir a su encuentro con corazones gozosos y con
conciencias que nos aprueben.
C. H. Mackintosh
NOTAS
[1] N. del A.— Existen muchos casos de personas casadas
que si bien no pueden caracterizarse exactamente como unidas en “yugo
desigual”, sí se debe decir al menos que están muy mal unidas. Sus caracteres,
gustos, hábitos y puntos de vista son completamente diferentes; tanto es así,
que en lugar de mantener un sano equilibrio —lo cual es posible aun con
caracteres opuestos siempre que se establezca un orden conveniente—, están en
contienda perpetua, lo cual trastorna el círculo doméstico y deshonra el nombre
del Señor. Todas estas cosas podrían ser perfectamente evitadas si los
creyentes esperaran solamente en el Señor e hicieran de Su gloria el objeto
primordial de su corazón antes que sus intereses o afectos personales.
[2] N. del A.— Es
importante que el cristiano tenga en cuenta las palabras de nuestro Señor
Jesucristo: “Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz”
(Mateo 6:22; V.M.). Siempre que estemos en perplejidad en cuanto a nuestra
senda, tenemos razones para sospechar que nuestro ojo no es sencillo, porque la
perplejidad, con seguridad, no es compatible con un “cuerpo lleno de luz”. A
menudo acudimos a Dios en oración en busca de guía para asuntos con los que no
tendríamos nada que ver si nuestro ojo fuera sencillo y nuestra voluntad sumisa
y, por ende, no tendríamos necesidad de orar por ellos. Orar por algo acerca de
lo cual la Palabra de Dios no es clara, pone de manifiesto la actividad de una
voluntad rebelde. Como bien lo ha hecho notar un autor reciente: «A veces buscamos la voluntad de Dios deseando
saber cómo actuar en circunstancias en
las cuales no es su voluntad que nos encontremos en absoluto. Si nuestra
conciencia estuviese verdaderamente en sana actividad, sus primeros efectos
serían hacer que abandonemos esa situación. Es nuestra propia voluntad la que
nos colocó allí, y nos agradaría, con todo, gozar el consuelo de la guía divina
en una senda que nosotros mismos hemos elegido. Esto ocurre muy a menudo.
Podemos estar seguros de que si estamos lo suficientemente cerca de Dios, no
tendremos ninguna dificultad en conocer su voluntad... Sin embargo, “si tu ojo
fuere sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz”, de donde se puede deducir
claramente que si el cuerpo no está totalmente lleno de luz, el ojo no es
sencillo. Ud. dirá: «Eso es puro consuelo»; a lo que respondemos: Ello es un
rico consuelo para aquellos cuyo único deseo es tener el ojo sencillo y caminar con Dios.»
[3] N. del T.— Una sociedad
comercial es «una asociación de varias personas —comerciantes, hombres de
negocios o accionistas de alguna compañía— hecha con el fin de proporcionarse
alguna utilidad» (Larousse). Pueden incluirse aquí, entre otras, las S. A.
(Sociedad anónima), las S. C. S. (Sociedad comanditaria o en comandita —simple
o no—), las S. R. L. (Sociedad de responsabilidad limitada), etc.
[4] N. del T.— En la versión Reina-Valera solo consta en una nota alternativa;
pero ése es el sentido que dan la mayoría de las versiones en castellano.
[5] N. del T.— Expresión latina castellanizada «por fas o
per nefas», que significa «por lo justo o lo injusto», es decir, «el fin
justifica los medios», sin reparar en su calidad o licitud.
[6] N. del A.— El yugo desigual resultó ser una terrible
trampa para el amable corazón de Josafat. Él se puso bajo yugo con Acab con un
fin religioso; y a pesar del fin desastroso de este proyecto, lo vemos unirse
nuevamente en yugo con Ocozías con un fin comercial, lo cual derivó igualmente
en pérdida y confusión. Por último, llevó el yugo con Joram con un fin militar
(compárese 2.º Crónicas 18; 20:32-37; 2.º Reyes 3).
[7] N. del T.— Para ayuda del lector, precisaremos
algunas definiciones de este vocablo —filantropía— y sus derivados
—filantrópico, filántropo—. Según el
DRAE (edición 21.ª), filantropía
significa “amor al género humano”, mientras que filántropo significa “persona que se distingue por el amor a sus
semejantes y por sus obras en bien de la comunidad”. En el Nuevo Testamento
sólo aparece la palabra filantropía
(Hechos 28:2 y Tito 3:4) con el mismo significado de los diccionarios comunes.