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LA GRACIA Y EL GOBIERNO DE
DIOS C. H. Mackintosh |
Puede que
algunos de nuestros lectores no hayan prestado la suficiente atención al tema indicado
por el título de este artículo; y, sin embargo, hay pocos temas tan importantes
para considerar. Creemos que la dificultad que se experimenta a veces para
explicar ciertos pasajes de las Santas Escrituras y para interpretar muchos de
los actos de la providencia divina se debe precisamente a una falta de claridad
sobre la inmensa diferencia que existe entre estas dos cosas: Dios en gracia, y Dios en gobierno. Ahora bien, como el objetivo que tenemos continuamente
en vista en nuestros escritos es responder a las necesidades actuales de
nuestros lectores, nos proponemos, en dependencia de la enseñanza del Espíritu,
desarrollar un pequeño número de los principales pasajes de la Escritura donde
se encuentra claramente establecida la distinción entre la gracia y el gobierno.
I. Adán, Génesis 3 y Ezequiel 1
El tercer
capítulo del libro del Génesis nos proporciona nuestro primer ejemplo. Allí
encontramos la primera manifestación de la gracia de Dios, así como de su
gobierno. En este capítulo tenemos ante nosotros a un hombre pecador, un
pecador arruinado, culpable y desnudo. Pero aquí también encontramos a Dios en
gracia, que remedia la ruina, purifica al culpable y cubre su desnudez. Todas
estas cosas Dios las hace de acuerdo con sus propios caminos. Silencia a la
serpiente y la relega a la ignominia eterna. Establece las bases de Su propia y
eterna gloria, y provee para el pecador la vida y la justicia; y todo eso lo
lleva a cabo mediante la herida de la Simiente de la mujer.
Ahora bien, tal
era la gracia absoluta: la gracia libre, incondicional y perfecta de Dios.
Jehová Dios da a su propio Hijo para que, en su condición de simiente de la mujer, sea herido para
la redención del hombre. Lo da para ser muerto, a fin de proveer, por este
medio, un vestido de justicia divina para un pecador desnudo. Esto, reitero,
era verdaderamente la gracia, la gracia del carácter más puro.
Pero, entonces,
notemos con cuidado que, en inmediata relación con este primer gran despliegue
de la gracia, tenemos el primer acto solemne del gobierno divino. Fue la gracia
la que vistió al hombre. Fue el gobierno lo que lo expulsó de Edén. “Y Jehová
Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” (Génesis
3:21). Aquí tenemos un acto de la más pura gracia. Pero luego leemos: “Echó,
pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una
espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del
árbol de la vida” (Génesis 3:24). Aquí tenemos un solemne e importante acto de
gobierno. La túnica de piel era la dulce prenda de la gracia; la espada encendida, la solemne insignia del gobierno. Adán fue objeto de estos dos
principios. Cuando contemplaba la túnica de piel, podía pensar en la gracia
divina, en cómo Dios proveyó un manto para cubrir su desnudez; pero cuando
miraba la espada, le venía a la mente el firme y resuelto gobierno de Dios.
Por eso, la túnica de piel y la espada[1] pueden considerarse como los símbolos más antiguos de la gracia
y el gobierno. Sin duda que estos principios se nos presentarán de nuevas y
variadas formas a medida que recorramos las páginas del inspirado Libro. La
gracia brillará con más viva luz, y el gobierno aparecerá ante nuestros ojos
con ropajes más serios y solemnes. Además, estos principios, la gracia y el
gobierno, van asumiendo un aspecto menos simbólico a medida que los vemos
desarrollarse con el correr de los siglos, en la historia del pueblo de Dios;
sin embargo, sigue siendo sumamente interesante hallar estas grandes realidades
tan claramente representadas mediante las primitivas figuras de la túnica y de la espada.
Puede que el
lector se sienta dispuesto a plantear la siguiente pregunta: «¿Por qué motivo
Jehová Dios echó al hombre fuera del Edén si previamente lo había perdonado?»
La misma pregunta puede repetirse respecto a cada una de las escenas que, a lo
largo de la Palabra de Dios y de la historia del pueblo de Dios, nos
proporciona un ejemplo de la acción conjunta de la gracia y el gobierno. La
gracia perdona; pero las ruedas del gobierno (Ezequiel 1) siguen girando con
toda su terrible majestad. Adán fue perfectamente perdonado; pero su pecado
produjo sus propios resultados. La culpa fue borrada de su conciencia, pero no
así el sudor de su frente. Salió de Edén perdonado y vestido; pero salió en
dirección a una tierra con “espinos y cardos” (Génesis 3:18). En secreto, pudo gozar de los preciosos
frutos de la gracia, mientras que en su
condición pública reconocía los
solemnes e inevitables decretos del gobierno.
Así fue con
Adán; así fue desde entonces, y así también es ahora. Debemos procurar entender
claramente este tema a la luz de las Escrituras. Merece que lo atendamos con
oración. Demasiado a menudo sucede que la gracia y el gobierno se confunden, y,
como consecuencia necesaria, la gracia es privada de su perfume, y el gobierno
despojado de su solemne dignidad: el pleno e ilimitado perdón de los pecados
—que el pecador podría gozar sobre la base de la libre gracia— raramente se comprende,
porque el corazón se preocupa más bien de los severos decretos del gobierno.
Estas dos cosas
—la gracia y el gobierno— son, sin embargo, tan distintas como sea posible; y
esta distinción se mantiene tan claramente en Génesis 3 como en todas las demás
partes del inspirado Volumen. ¿Acaso los “espinos y cardos” de los que Adán se
vio rodeado tras su expulsión del Edén constituyeron un obstáculo para ese
perdón absoluto que la gracia le había asegurado de antemano? Claro que no. Su
corazón se llenó de gozo con los brillantes rayos de la lámpara de la promesa,
y su persona fue revestida con las vestiduras que la gracia había confeccionado
para él antes de ser enviado a una tierra maldita y gimiente, para trabajar y
sufrir allí de acuerdo con el justo decreto del trono del gobierno. El gobierno
de Dios echó fuera al hombre; pero no
antes de que la gracia de Dios lo
perdonara y lo vistiera. El divino gobierno lo mandó a un mundo de
tinieblas; pero no sin que la gracia pusiera primero en sus manos la lámpara de
la promesa, para animar su corazón a través de estas tinieblas. Adán pudo
soportar el solemne y duro decreto del gobierno en la medida que experimentó
las ricas provisiones de la gracia.
Con esto
concluimos lo relativo a la historia de Adán en tanto que esclarece nuestra
tesis. Ahora pasaremos a considerar el arca y el diluvio en los días de Noé,
los cuales, al igual que la túnica de piel y la espada encendida, ejemplifican,
de una manera sorprendente, la gracia y el gobierno de Dios.
II. Caín, Set y Noé
El inspirado
relato acerca de Caín y de su posteridad nos presenta, con una fidelidad
inquebrantable, el progreso del hombre en
su condición caída; en tanto que, la historia de Abel y de su descendencia
directa nos muestra, en agudo contraste, el progreso de aquellos que fueron
llamados a vivir una vida de fe en medio de la misma escena donde terminaron
nuestros primeros padres tras su expulsión de Edén por el decreto del trono del
gobierno. Los primeros siguieron, con impetuosa rapidez, la carrera «cuesta
abajo», hasta que su pecado consumado dio lugar al drástico juicio del trono
del gobierno. Los últimos, por el contrario, siguieron, por la gracia, una
marcha «ascendente», y fueron llevados a salvo, a través del juicio, a una tierra
restaurada.
Ahora bien, es
interesante notar que, antes de que el acto de juicio gubernativo se ejecutara,
la familia escogida junto con todos sus acompañantes, fueron puestos a salvo en
el arca —el vaso de la gracia—. Noé, a salvo en el arca, al igual que Adán
revestido de las pieles, fue testigo de la maravillosa gracia de Jehová; y,
como tal, podía contemplar sin temor el trono del gobierno, cuando derramaba su
terrible juicio sobre un mundo corrompido. Dios en gracia salvó a Noé, antes
que Dios en gobierno barriera la tierra con la escoba del juicio. De nuevo
vemos los dos principios: la gracia y el gobierno. La gracia que actúa en
salvación, el gobierno que se nuestra en el juicio. Se ve a Dios en ambos. Cada
ápice del arca llevaba al corazón la dulce impresión de la gracia; cada ola del
diluvio reflejaba el solemne decreto del gobierno.
III. Jacob
Sólo
citaremos un ejemplo más del libro del Génesis, de carácter sumamente práctico,
en el cual se ven reunidas en el mismo individuo la acción conjunta de la
gracia y el gobierno de una manera solemne e importante. Me refiero al patriarca
Jacob. Toda la historia de este hombre —por demás instructiva— presenta una
serie de eventos que ilustran nuestro tema. Sólo mencionaré el hecho de que
engañara a su padre Isaac con el objeto de suplantar a su hermano Esaú. La
soberana gracia de Dios le había asegurado, mucho antes de su nacimiento, una
preeminencia de la cual ningún hombre podía privarle jamás; pero, no satisfecho
con esperar los tiempos y los caminos de Dios, se propuso manejar las cosas por
sí mismo. ¿Cuál fue el resultado de ello? Toda su vida siguiente nos ofrece la
respuesta admonitoria: Desterrado de la casa de su padre; veinte años de dura
servidumbre; su salario cambiado diez veces; nunca se le permitió ver de nuevo
a su madre; el temor a ser asesinado por su agraviado hermano; la deshonra cae
sobre su familia; el terror de perder la vida a manos de los siquemitas;
engañado por sus diez hijos; sumido en un profundo dolor por la supuesta muerte
de su mimado hijo José; el temor a morir por el hambre y, finalmente, muerto en
tierra extranjera.
Lector, ¡qué
lección tenemos aquí para nosotros! Jacob, seguramente, fue el objeto de la
gracia, de la gracia soberana, inmutable y eterna. Éste es un hecho
indisputable. Pero, al mismo tiempo, fue también objeto del gobierno de Dios.
Tengamos muy presente que ningún ejercicio de la gracia puede jamás interrumpir
el curso de las arrasadoras e imparables ruedas del gobierno. Nada detiene su
avance. Sería mucho más fácil detener el avance de las aguas de la marea
ascendente con una pluma, o contener un tifón con una telaraña, que intentar
detener, mediante cualquier poder —angélico, humano o diabólico—, el poderoso
curso del carro gubernamental de Jehová.
IV. Cosechar lo que se sembró: Galatas 6:7
Todo esto es
tremendamente solemne. La gracia perdona; sí, perdona libre, plena y
eternamente; pero, al mismo tiempo, “todo
lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Un amo manda a su criado a
sembrar trigo en su campo. El criado, por ignorancia, torpeza o craso descuido,
en lugar de sembrar el trigo, llena la tierra de un grano nocivo. El amo se
entera del error y, poniendo en ejercicio su gracia, perdona a su criado; lo
perdona libre y plenamente. ¿Qué, pues, sucederá entonces? ¿Acaso este generoso
perdón cambiará la naturaleza de la cosecha? Seguro que no; por eso, a su
debido tiempo, en vez de ver el campo cubierto de doradas espigas —como hubiera
esperado—, el criado verá con amargura el campo del amo lleno de malas hierbas.
¿Acaso el cuadro de esta maleza que contempla el criado le hará dudar de la
gracia de su amo? De ninguna manera. Así como la gracia del amo no alteró en
absoluto la naturaleza de la cosecha, tampoco ésta modificará en lo más mínimo
la gracia y el perdón que dimanan del amo. Ambas cosas son totalmente
distintas. Tampoco se infringiría este principio si supusiéramos que el amo,
mediante el uso de su ciencia o de sus artes extraordinarias, llegara a extraer
de entre esas malezas alguna sustancia o producto de muchísimo más valor que el
trigo mismo. Aun así, todavía seguiría siendo válido el principio de Gálatas
6:7: “Todo lo que el hombre sembrare, eso
también segará.”
Esto ilustrará,
al menos en cierta medida, la diferencia que existe entre la gracia y el
gobierno. El pasaje de Gálatas que acabamos de citar es una breve pero
amplísima declaración del gran principio gubernamental: principio del carácter
más serio y práctico, y de la más amplia aplicación: “Todo lo que el hombre sembrare.” No importa de quién
se trate; tal cual sea vuestra siembra, tal cual será vuestra cosecha. La
gracia perdona; es más, puede elevaros más y haceros más felices que nunca.
Pero si sembráis malas hierbas en primavera, no podéis esperar recoger trigo en
la cosecha. Este principio es tan claro como práctico. Está ilustrado y
establecido en la Escritura y es demostrado por la experiencia de todos los
días.
V. Números 20 y Moisés
Consideremos a Moisés.
Habló imprudentemente con sus labios en las aguas de Meriba (Números 20). Y
¿cuál fue el resultado?: El decreto gubernamental de Jehová le prohibió la
entrada a la tierra prometida. Pero nótese bien que, aun cuando el decreto del
trono le mantuvo fuera de Canaán, la infinita gracia de Dios le permitió subir
hasta la cumbre del monte Nebo (Deuteronomio 34), desde donde vio la tierra
prometida, no tal como fue tomada por mano de Israel, sino tal como había sido
dada por el pacto de Jehová. ¿Y qué sucedió luego? ¡Jehová mismo sepultó a su
querido siervo! ¡Qué gracia brilla en todo esto!
Ciertamente, si
el espíritu se sobrecoge de temor al oír el solemne decreto del trono en
Meriba, el corazón se siente extasiado al contemplar la incomparable gracia de
Dios en la cumbre del Nebo. El gobierno de Jehová mantuvo a Moisés fuera de
Canaán. La gracia de Jehová elevó a Moisés en el Nebo y le cavó una tumba en
las llanuras de Moab. ¿Hubo alguna vez una sepultura similar? ¿No podemos decir
que la gracia que cavó la tumba de Moisés sólo es excedida en brillantez por la
gracia que ocupó la tumba de Cristo? Sí, Jehová pudo cavar una tumba y hacer
una túnica; pero la gracia que brilla en estos actos tan maravillosos es
considerablemente realzada cuando se la contempla en relación con los solemnes
decretos del trono del gobierno.
VI. David y Urías
Antes de
concluir este tema, consideremos todavía a David “en lo tocante a Urías heteo”
(1.º Reyes 15:5). Aquí tenemos un muy notable ejemplo de la gracia y el gobierno.
En un triste momento, David cae de su santa elevación. Bajo el enceguecedor
influjo de sus pasiones, se precipitó en un profundo y horrible pozo de
corrupción moral. Allí, en lo profundo de este hoyo, la convicción de su falta,
como una flecha, alcanzó su conciencia, y, desde lo profundo de su quebrantado
corazón, arrancó los siguientes acentos de arrepentimiento: “Pequé contra
Jehová” (2.º Samuel 12:13). Y bien, ¿qué acogida recibió su arrepentimiento?
Una clara y pronta respuesta de esta gracia, en la cual nuestro Dios se
complace. “Jehová ha remitido tu pecado” (2.º Samuel 12:13). Esto era la gracia
absoluta. El pecado de David fue perfectamente perdonado. No puede caber duda
alguna en cuanto a esto. Pero aun cuando los dulces acentos de esta gracia
alcanzaron los oídos de David tras la confesión de su pecado, el solemne ruido
de las ruedas del gobierno se hacía oír a la distancia. Tan pronto como la
tierna mano de misericordia hubo remitido el pecado, la “espada” fue
desenvainada de su funda para ejecutar el insoslayable juicio. Esto es
tremendamente solemne. David fue plenamente perdonado, pero Absalón se alzó en
rebelión contra su padre.
“Todo lo que el
hombre sembrare, eso también segará.” El pecado de sembrar malas hierbas puede
ser perdonado, pero la cosecha deberá estar en relación con las semillas. Lo
primero es la gracia; lo segundo, el gobierno. Cada uno actúa en su propia
esfera, y jamás lo uno interfiere con la actividad de lo otro. El lustre de la
gracia y la dignidad del gobierno son igualmente divinos. A David se le
permitió caminar en los atrios del santuario como resultado de la gracia que
había recibido (2.º Samuel 12:20); pero en seguida se vio obligado a trepar las
escarpadas laderas del monte de los Olivos como consecuencia necesaria de las
leyes del gobierno (2.º Samuel 15:30); y podemos afirmar con total seguridad
que el corazón de David nunca tuvo un sentido más profundo de la divina gracia
que cuando experimentó la severa acción del divino gobierno.
Se ha dicho lo
suficiente ya como para introducir al lector en un tema que puede seguir
analizando con facilidad por sí mismo. Las Escrituras abundan en ejemplos a
este respecto, y la experiencia de la vida humana lo ilustra cada día. Cuántas
veces, en efecto, vemos a personas gozando la gracia en plenitud, conscientes
del perdón de todos sus pecados, andando en una transparente comunión con Dios,
pero que, sin embargo, sufren en su cuerpo o en su situación particular —civil,
social, patrimonial, etc.— las terribles consecuencias de sus desatinos pasados
o de los excesos en los cuales habían caído. En estos casos se advierte de
nuevo la gracia y el gobierno. Éste es un tema sumamente práctico e importante;
y se verá que constituye una valiosa y efectiva ayuda en el estudio no sólo de
las páginas del inspirado Volumen, sino también de las páginas de la biografía
humana.
VII. Éxodo 34:6-7
No quisiera
terminar este artículo sin citar un pasaje que a menudo se cita erróneamente
como la expresión de la gracia, y que en realidad es la manifestación del
divino gobierno: “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová!
¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en
misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad,
la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado;
que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los
hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Éxodo 34:6-7). Si fuésemos a
tomar este pasaje como una expresión de lo que Dios es en el Evangelio,
tendríamos seguramente un muy falso concepto de lo que es el Evangelio. El
Evangelio habla de la manera siguiente: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus
pecados” (2.ª Corintios 5:19). “Visitar la iniquidad” y “no tomar en cuenta los
pecados” son dos cosas totalmente diferentes. La primera es Dios en gobierno;
la última, Dios en gracia. Es siempre el mismo Dios, sin duda; pero
manifestándose de dos maneras diferentes.
C. H. Mackintosh
NOTAS
[1] N. del A.—
La espada constituye el emblema del
gobierno de Dios; junto con ella siempre aparecen los querubines. Ambos símbolos se emplean a menudo a lo largo de la
Palabra de Dios.