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LEGALISMO Y LIVIANDAD C. H. Mackintosh |
Conscientes, en una muy pequeña medida, por cierto, de
nuestra responsabilidad para con las almas de nuestros lectores y para con la
verdad de Dios, deseamos presentar una breve pero inequívoca palabra de
advertencia contra dos males opuestos que vemos claramente en actividad entre
los cristianos en la actualidad. Se trata del legalismo, por un lado, y de la liviandad, por el otro.
En cuanto al primero de estos males, hemos procurado en
muchos de nuestros anteriores escritos liberar a las preciosas almas de un
estado legal, el cual, además de deshonrar a Dios, provoca la ruina completa de
la paz y la libertad del creyente. De ahí nuestros esfuerzos por presentar la
libre gracia de Dios, el valor de la sangre de Cristo, la posición en perfecta
justicia del creyente delante de Dios y su aceptación en Cristo. Estas
preciosas verdades, aplicadas al corazón por el poder del Espíritu Santo, deben
liberarlo de toda influencia legal.
Pero entonces, sucede a menudo que algunas personas
aparentemente liberadas del legalismo, caen en el mal opuesto de la ligereza o
liviandad. Esto puede deberse al hecho de que las doctrinas de la gracia sólo
han sido asimiladas intelectualmente, en vez de haber penetrado en el alma por
el poder del Espíritu de Dios. Se puede adoptar una gran cantidad de verdades
evangélicas con liviandad espiritual, sin que haya tenido lugar un profundo
trabajo de conciencia; sin que el viejo hombre haya sido realmente quebrantando
ni la carne subyugada en la presencia de Dios. Si tal es el caso, seguramente
habrá liviandad espiritual de una u otra forma. Se le concederá un amplísimo
margen a la mundanalidad en sus diversas formas, y se le otorgará a la vieja
naturaleza una libertad completamente incompatible con el cristianismo
práctico.
Además de estas cosas, se hará manifiesta una muy deplorable
falta de conciencia en los detalles prácticos de la vida cotidiana: deberes
descuidados, trabajos mal hechos, compromisos no fielmente cumplidos,
obligaciones sagradas tratadas con menosprecio, deudas contraídas, hábitos
extravagantes tolerados. Todo este conjunto de cosas pueden ser catalogadas
bajo la misma rúbrica: liviandad, y,
por desgracia, son demasiado comunes entre los más destacados profesantes de lo
que suele llamarse «la verdad evangélica».
Pues bien, deploramos profundamente todo esto, y quisiéramos
que nuestra alma, así como la de cada uno de nuestros lectores cristianos, sea
realmente ejercitada delante de Dios a este respecto. Tememos que tan a menudo
no haya sino una profesión vacía
entre nosotros. Tenemos una gran necesidad de seriedad, veracidad y realidad en nuestros caminos. No estamos
suficientemente imbuidos del espíritu de un cristianismo auténtico, ni
gobernados en todas las cosas por la Palabra de Dios. No estamos
suficientemente atentos a ceñir nuestros lomos con el «cinto de la verdad» y a
vestirnos con la “coraza de justicia” (Efesios 6:14).
De esta forma el alma puede caer, poco a poco, en un muy mal
estado; la conciencia no responde, y la sensibilidad moral se embota. Uno ya no
responde debidamente a las exigencias de la verdad. Se juega con el mal positivo. Se tolera
la relajación moral. En lugar de tener en nosotros el poder del amor de Cristo que nos constriñe y
nos conduce a diversas actividades de bondad, ni siquiera tenemos el poder del
temor de Dios que nos refrena y nos guarda de las obras del mal.
Apelamos solemnemente a la conciencia de nuestros lectores
respecto de estas cosas. El tiempo presente es muy solemne para los cristianos.
Hay gran necesidad de una ferviente y profunda devoción a Cristo; pero ello no
podrá existir de ninguna manera en tanto se ignoren las exigencias corrientes
de la justicia práctica. Siempre debemos recordar que esta gracia que puede
liberar eficazmente a un alma del legalismo es también la única salvaguardia
que tenemos contra toda forma de liviandad. Habremos hecho muy poco, o nada,
por un hombre si lo sacamos de un estado legal para terminar dejándolo en una
condición de corazón ligera, poco exigente, descuidada e insensible. Sin
embargo, hemos notado muchas veces en la vida de las almas este hecho penoso: cuando
ellas fueron libradas de las tinieblas y de la esclavitud, se volvieron mucho
menos delicadas y sensibles. La carne está siempre dispuesta a convertir la
gracia de Dios en libertinaje (Judas 4), y, por lo tanto, debe ser subyugada.
Es preciso que el poder de la cruz se aplique a todo lo que es de la carne.
Necesitamos mezclar las “hierbas amargas” con nuestra fiesta pascual (Éxodo
12:8). En otras palabras, necesitamos tener esos profundos ejercicios
espirituales que resultan de una verdadera identificación con el poder de “los
padecimientos de Cristo”. Necesitamos meditar más profundamente en la muerte de
Cristo: en su muerte como víctima bajo la mano de Dios y en su muerte como
mártir bajo la mano del hombre.
Querido lector, éste constituye a la vez el remedio tanto
para el legalismo como para la liviandad. La cruz, en su doble aspecto, libera
de las dos cosas. Cristo “se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos
del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gálatas
1:4). Por la cruz, el creyente es tan completamente librado del presente siglo
malo como perdonado de sus pecados. Él no es salvo para poder disfrutar del
mundo, sino para romper definitivamente con él.
Pocas cosas son más peligrosas para el alma que la
combinación de la verdad evangélica con la mundanalidad, la ociosidad carnal y
la complacencia personal; la adopción de una determinada fraseología de la
verdad sin que la conciencia esté verdaderamente en la presencia de Dios; una
comprensión puramente intelectual de la posición
en Cristo, sin una relación seria con el estado práctico: claridad doctrinal en cuanto al título de hijo de Dios, sin una
concienzuda aplicación de la doctrina a la condición moral.
Confiamos en que nuestros lectores soportarán la palabra de
exhortación (Hebreos 13:22). Consideramos que sería una falta de fidelidad de
nuestra parte si nos abstuviéramos de expresarla. Es verdad que no es una tarea
agradable llamar la atención sobre males prácticos; insistir en el solemne
deber de juzgarse a sí mismo y hacer pesar sobre la conciencia las exigencias
de la piedad práctica. Sería mucho más grato al corazón presentar la verdad
abstracta, hacer hincapié en la libre gracia y lo que ella ha hecho por
nosotros, desarrollar las glorias morales del inspirado Volumen; en una
palabra, extenderse en los privilegios que son nuestros en Cristo.
Pero hay momentos en nuestra vida en los cuales el estado
práctico real de las cosas entre los cristianos pesa excesivamente sobre el
corazón y despierta el alma para hacer un llamado urgente a la conciencia
respecto a las cuestiones de la marcha y la conducta; y creemos que dicho
momento es el presente. El diablo está siempre activo y al acecho. El Señor ha
arrojado mucha luz sobre su Palabra en los últimos años. El Evangelio ha sido
presentado con una claridad y un poder particular. Miles de almas han sido
libradas de un estado legalista; y ahora el enemigo procura entorpecer el
testimonio conduciendo a las almas a una condición carnal, despreocupada y
ligera, induciéndolas a descuidar el sano e indispensable ejercicio del juicio
propio. Un profundo ejercicio por estas cosas fue lo que sugirió esta palabra
de advertencia sobre el legalismo y la liviandad.
“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a
todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos
mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la
esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y
Salvador y Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de
toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”
(Tito 2:11-14).
C.H.M.