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EL MINISTERIO DE CRISTO EN EL PASADO, EL PRESENTE Y EL FUTURO C. H. Mackintosh |
Éxodo 21:1-6; Juan 13:1-10; Lucas 12:37
I. Cristo, el siervo de las necesidades de
su pueblo
“Porque el
Hijo del Hombre no vino para ser
servido, sino para servir, y para dar su vida
en rescate por
muchos” (Marcos 10:45).
Es muy
necesario, amados hermanos en Cristo, apartar ahora nuestros pensamientos del
servicio y la obra que hacemos para el Señor, a fin de llenar nuestros
corazones del servicio que él cumple para nosotros. Y no supongáis que con esto
quiero debilitar en alguna medida el deseo de ningún corazón de esta asamblea
por trabajar para Cristo, cualquiera sea la esfera de actividad que él haya
abierto para cada uno de vosotros o el don que haya repartido a cada uno. Todo
lo contrario; lo que deseo, en realidad, es estimular a cada uno de vosotros a
hacer valer el talento que le ha sido confiado. Pero, ¿no es cierto —y ello
está confirmado tanto por la experiencia como por la observación— que demasiado
a menudo estamos tan ocupados con nuestra
obra y con nuestros servicios, que
nuestros corazones pueden llegar a perder de vista lo que Cristo es para
nosotros en su maravilloso carácter de siervo?
Aquí aprovecho para decir que el tema que
me propongo abordar a continuación es el
Señor Jesús como siervo de las necesidades de su pueblo. Los pasajes leídos
nos introducen en esta línea de pensamiento. El Señor Jesús es el siervo de
todas las necesidades del alma en cada fase de la vida, de principio a fin:
tanto en las profundidades de nuestra ruina y degradación moral como pecadores,
como en todas nuestras debilidades y fracasos como santos; y así lo será día a
día, hasta que nos haya introducido en el gozo de su propio reino. Y sus
servicios hacia nosotros no terminarán allí; pues, como lo leemos en Lucas
12:37, se ceñirá y nos servirá aún en la gloria. Vemos pues que su obra de
siervo se extiende al pasado, al presente y al porvenir, y abarca todos los
períodos de nuestra historia. Él nos sirvió en el pasado, nos sirve al presente
y nos servirá por siempre.
II. Cristo, siervo de las necesidades del
alma
1. La necesidad de la salvación
Y permítaseme decir aquí que la línea de
verdad que voy a presentaros es de carácter enteramente individual. En otra
ocasión hemos hablado de la verdad con respecto a nuestra condición y carácter
corporativos, y, en consecuencia, me siento en esta oportunidad con tanta más
libertad para considerar lo que atañe más a lo personal, es decir, para hablar
de la verdad que se relaciona directamente con la condición y las necesidades
personales de cada alma. Y os pediría que predispongáis vuestros corazones, por
la gracia, en toda simplicidad y con seriedad, para considerar sin
distracciones ni desvíos nuestro tema: Cristo, siervo de las necesidades del
alma.
Es posible que haya almas que se hallen
situadas al principio de la carrera que este preciosísimo tema abre ante ellas.
Ellas quieren conocer a Cristo como Aquel que vino a este mundo para servirlas
en todas sus profundas y diversas necesidades como pecadores perdidos,
deshechos, culpables y merecedores del infierno. Si hubiere alguno de ellos, yo
le suplicaría que sopese con la mayor solemnidad este versículo que acabamos de
leer: “El Hijo del Hombre vino para servir
y para dar.”
¡Ésta es una realidad maravillosa, divina!
Jesús vino a este mundo para satisfacer nuestras necesidades, para servirnos en
todo lo que requiera su precioso ministerio, y para dar su vida en rescate por
muchos; para servirnos al llevar nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el
madero, y al obtener para nosotros, por este sacrificio, una plena y eterna
salvación. No vino aquí abajo para adquirir, para tomar, para ser servido ni para
ser honrado; vino para que nosotros podamos hacer uso de sus servicios. Por
eso, si un alma ejercitada se sintiera acosada por la siguiente pregunta: «¿Qué
puedo hacer para el Señor?», la respuesta sería: «Detente y considera, y cree
lo que el Señor ha hecho por ti. Debes estar tranquilo y ver la salvación de
Dios.» Recuerda esas palabras de divina dulzura evangélica: “Al que no obra,
sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia”
(Romanos 4:5). Nunca podremos servir a Cristo de forma inteligente y apropiada,
si primero no conocemos y creemos cómo Cristo nos ha servido a nosotros.
Debemos terminar con nuestras incansables obras para reposar en una obra
divinamente cumplida. Entonces, y sólo entonces, podremos comenzar la carrera
del servicio cristiano. Es muy necesario que toda alma deseosa de servir, sepa
que todo auténtico ministerio cristiano comienza por la posesión de la vida
eterna, y que no puede ser cumplido más que por el poder del Espíritu Santo que
mora en el creyente, a la luz de las Santas Escrituras y bajo su divina
autoridad. Éste es el pensamiento divino acerca de la obra y el servicio
cristianos.
Aunque estas líneas tienen principalmente
en vista a aquellos santos de Dios que han emprendido la carrera, no obstante,
creemos que desconoceríamos el corazón y las simpatías de Cristo si pasáramos
por alto el hecho de que puede haber algunas almas que necesitan, como dije,
precisamente comenzar desde el principio mismo con este precioso misterio:
Cristo el siervo; quienes nunca asumieron la posición de reposo que les da la
obra consumada de Cristo. Puede que ellos hayan comenzado a pensar en la
salvación de su alma y en la eternidad; pero lo que ocupa principalmente su
mente es el pensamiento de que Dios reclama algo de ellos, algún servicio de su
parte, y dicen: «Debo hacer esto o aquello, o más todavía.» Ahora bien, amados,
lo repito con el más profundo énfasis: Debéis terminar por completo con
vuestros propios actos, con vuestros propios razonamientos, con vuestros
sentimientos personales; sabed que ni vuestros sentimientos, ni pensamientos,
ni razonamientos ni ningún acto que hagáis os pondrá jamás en posesión de la
salvación. Es menester que os detengáis para contemplar lo que Dios os
presenta. Es menester que saquéis vuestros ojos de vosotros mismos y de vuestro
servicio, y los fijéis en Cristo y en Su servicio; que dejéis vuestras
incansables obras sin valor, y reposéis plenamente y con absoluta confianza en
la obra completa de Cristo, la cual ha satisfecho perfectamente la justicia de
Dios y lo ha glorificado plenamente en cuanto a la gran cuestión de vuestro
pecado y vuestra culpa. Aquí estriba el divino secreto de la paz, de la paz en
Jesús, de la paz con Dios, de la paz eterna. Nada estará bien jamás hasta que
os emplacéis sólidamente sobre este terreno. Si estáis ocupados con vuestras
obras para Cristo, nunca obtendréis la paz; pero si simplemente os aferráis a
Dios en su Palabra y reposáis en su Cristo, poseeréis una paz que ni la tierra
ni el infierno podrían jamás arrebatar ni perturbar.
Ahora bien, antes de proseguir quisiera
formular una pregunta: ¿Habrá aquí algún corazón que no haya reposado aún?
¿Habrá un solo corazón que pueda decir: «No puedo estar satisfecho con el
servicio de Cristo, no hallo ningún reposo en su obra»? ¡¿Qué?! El Hijo de Dios
se inclinó para servirnos. Aquel que nos hizo, el que nos dio vida y aliento y
todas las cosas, Aquel ante quien todos somos responsables, se inclinó para
hacerse nuestro siervo. No se trata de demandar que hagamos algo o que demos
algo. Él nos declara que “el Hijo del Hombre... vino... para servir, y para
dar” (Marcos 10:45). Sopesad estas palabras. Ellas abarcan toda la vida del
Hijo del Hombre; podéis tomarlas y aplicarlas a vosotros en todo su alcance y
plenitud, como si fuerais el único objeto de este servicio en el mundo. Cristo
no vino a adquirir ni a demandar. La mente legal os presenta a Dios como un
exactor que reclama algo de vosotros, que exige vuestros servicios de una u
otra forma. ¡Oh, os ruego que recordéis que nuestra primera gran ocupación,
nuestra primordial y más importante obra, es creer en Jesús; reposar dulcemente
en él, en lo que ha hecho por nosotros en la cruz, y en lo que hace por
nosotros en el trono! “Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha
enviado” (Juan 6:29). Recordemos la interesante pregunta del salmista —que
formuló cuando sus ojos se fijaron en la grandeza y multitud de los beneficios
de Jehová—: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” ¿Cuál
fue su respuesta?: “Tomaré la copa de la salvación, e invocaré el nombre de
Jehová” (Salmo 116:12-13).
2. La necesidad de meditar en el servicio
de Cristo
Tal es la manera de «pagar al Señor»; la
que le complace y glorifica. Si queréis realmente pagar, debéis tomar.
¿Tomar qué? “La copa de la salvación” —una copa que desborda seguramente—; y
mientras que la lleváis a vuestros labios, mientras que las glorias de la
salvación de Dios brillan en vuestra alma, de vuestro corazón agradecido
fluirán ríos de alabanzas vivas hacia Él. Y sabéis que él ha dicho: “El que
sacrifica alabanza me honrará” (Salmo 50:23). En una palabra, cuanto más
permitís que vuestra alma se detenga a contemplar el maravilloso misterio del
servicio que Cristo cumple para vosotros, en la profundidad de vuestras
necesidades, tanto más seréis puestos en la verdadera actitud en que podáis
servirle.
Tomemos otra ilustración. Cuando David, en
ese notable pasaje del capítulo 7 del segundo libro de Samuel, recordaréis, se
sentó en su casa de cedro y contempló a su alrededor todo lo que el Señor había
hecho por él, en un sentimiento de gratitud dijo dentro de sí: «Me levantaré
ahora y edificaré una casa a Su nombre.» De inmediato, el profeta Natán recibió
de parte de Dios un mensaje para corregir a David sobre este punto, diciéndole:
«Tú no me edificarás una casa, sino que yo te edificaré una casa a ti.» Debéis
invertir el tablero. Dios quiere que os sentéis y contempléis más atentamente
sus actos en favor de vosotros. Quiere que consideréis no sólo el pasado y el
presente, sino también el porvenir glorioso delante de vosotros; toda vuestra
vida alcanzada por su magnífica gracia.
Y ¿qué efecto tuvo todo esto en el corazón
de David? Hallamos la respuesta en esa lacónica pero significativa declaración:
“Entonces el rey David fue y se sentó delante de Jehová, y dijo: ¿Quién soy
yo?” (2.º Samuel 7:18; V.M.). Notad su actitud, y sopesad la pregunta que hace.
Ambas están llenas de significado. Él “se sentó”; ello era reposo, dulce
reposo. David habría querido poner manos a la obra demasiado pronto; «no —le
fue respondido—, siéntate y considera mis obras y actos en favor de ti en el
pasado, el presente y el futuro».
Entonces, viene la pregunta: “¿Quién soy
yo?” Aquí vemos el bendito hecho de que el yo, por el momento, fue perdido de
vista. El brillo de la revelación divina eclipsó el yo de David. La gloria de
Dios y la rica magnificencia de Sus actos en favor de su siervo hicieron a un
lado el yo de David y la pobreza e insignificancia de sus actos.
Puede que algunos hayan pensado que David
actuó como un hombre activo e inteligente cuando se levantó para tomar la
paleta de albañil a fin de construir un templo a su Dios; mientras que podían
considerarlo un inútil y haragán al permanecer sentado cuando había muchas
obras para hacer. Pero, queridos hermanos, recordemos que los pensamientos de
Dios no son nuestros pensamientos. Él aprecia nuestra adoración muy por encima
de nuestro trabajo. Por cierto que sólo el verdadero e inteligente adorador
puede ser un verdadero e inteligente obrero. No cabe duda de que Dios, en su
infinita gracia, acepta nuestros débiles servicios, aun cuando estén marcados
—como tan a menudo lo están— con el sello de nuestras tan variadas
equivocaciones. Pero si se trata de comparar el valor del servicio con el de la
adoración, el primero debe ceder el lugar a esta última. Amados, bien sabemos
que cuando nuestra breve jornada de trabajo haya concluido, entonces comenzará
nuestra eternidad de adoración. ¡Qué dulce y solemne pensamiento!
Que ninguno de vosotros, lo digo una vez
más antes de abandonar esta parte de nuestro tema, vaya a temer en lo más
mínimo que el efecto práctico de lo que he venido exponiendo es el de ataros de
manos en vuestro servicio o induciros a quedaros de brazos cruzados en una fría
indiferencia o una culpable indolencia. Todo lo contrario, y lo podéis
comprobar en la historia de David mismo. Estudiad en algún rato libre y
tranquilo 1.º Crónicas 28 a 29, y hallaréis no sólo un espléndido ejemplo de lo
que es el servicio, sino también una respuesta concluyente a todos los que
quisieran colocar el servicio delante de la adoración. Allí vemos, por decirlo
así, al rey David presentándose, primero en la actitud de un adorador; luego,
en la de un obrero; reúne inmensos materiales para edificar esa casa de la que
no se le permitió colocar una piedra. Y toda su obra no sólo estaba de acuerdo
con la grandeza y la santidad del lugar, sino que era una necesidad real de su
corazón. “Por cuanto tengo mi afecto en la casa de mi Dios, yo guardo en mi
tesoro particular oro y plata que, además
de todas las cosas que he preparado para la casa del santuario, he dado
para la casa de mi Dios: tres mil talentos de oro, de oro de Ofir, y siete mil
talentos de plata refinada para cubrir las paredes de las casas” (1.º Crónicas
29:3-4). En otras palabras, como lo expresaríamos comúnmente, él dio de su
propio bolsillo la regia suma de 3.000 talentos[1] para la casa que iba a ser levantada por mano de otro.
Esto, tal como él nos lo dice, era aparte “de todas las cosas que había
preparado para la casa del santuario”.
Así pues, vemos que sólo se puede ser un
siervo eficaz cuando se es un verdadero adorador. Sólo después de habernos
sentado y contemplado lo que Cristo hizo por nosotros, podemos, en alguna
pequeña medida, actuar para él. Entonces, y sólo entonces, podemos decir como
David cuando consideraba los incalculables tesoros preparados para construir la
casa de Dios: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1.º
Crónicas 29:14).
III. EL MINISTERIO DE CRISTO EN EL PASADO
Ahora, amados, si abrimos el libro del Éxodo
en el capítulo 21, leemos lo siguiente: “Si comprares siervo hebreo, seis años
servirá; mas al séptimo saldrá libre, de balde. Si entró solo, solo saldrá; si
tenía mujer, saldrá él y su mujer con él. Si su amo le hubiere dado mujer, y
ella le diere hijos o hijas, la mujer y sus hijos serán de su amo, y él saldrá
solo. Y si el siervo dijere: Yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no
saldré libre; entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto
a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su
siervo para siempre” (Éxodo 21:2-6).
Aquí tenemos, pues, una de las sombras de
los bienes venideros; una sombra o figura del verdadero Siervo, el Señor
Jesucristo, ese Bendito que amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.
El siervo hebreo, tras haber servido a su amo el tiempo que marcaba la ley, era
perfectamente libre de marcharse; pero él amaba a su mujer y a sus hijos, y
eso, además, con un amor tal que le llevó a renunciar a su propia libertad. Él
demostró su amor por ellos al sacrificarse a sí mismo. Bien podía haberse
marchado y haber disfrutado de su libertad; pero, ¿qué habría sido de ellos?
¿Podía dejar en pos de sí a estos objetos de su afecto? ¡Imposible! Los amaba
demasiado para elegir ese camino, y, en su amor por ellos, marchó resueltamente
hacia el poste, donde, en presencia de los jueces, su oreja sería traspasada en
señal de su servicio perpetuo.
Esto sí que era amor. No podía haber
ninguna duda al respecto; y, cuando la mujer y los hijos de este siervo fiel
dirigían sus miradas hacia esta señal indeleble de la servidumbre perpetua,
podían comprender cuán profundo y poderoso era el amor que dimanaba del corazón
de ese siervo.
Detengámonos un momento, amados. Aquí hay
algo en que el corazón bien puede extasiarse: Vemos en este tipo del Antiguo
Testamento a Jesús, el eterno amante de nuestras almas; el verdadero siervo.
Recordaréis esa notable escena de la vida de nuestro Salvador, cuando exponía,
ante sus discípulos, la historia solemne e inminente de su pasión y de su
crucifixión. Jesús “comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del
Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales
sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días.
Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a
reconvenirle” (Marcos 8:31).
Pedro, sin saberlo, quiso estorbar al
verdadero Siervo en Su marcha hacia el “poste”; quiso que tuviera compasión de
Sí mismo, y que mantuviera Su libertad personal. ¡Mas, prestad oídos, amados, a
la severa reprensión dirigida al mismo hombre que, momentos antes, había hecho
tan excelente confesión de Cristo!: “Pero él, volviéndose y mirando a los
discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!
porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (v.
33).
Notad este hecho. Jesús se vuelve hacia
sus discípulos y, mirándolos, es como si dijera: «¿Qué sería de ellos si
atendiera tus consejos, Pedro; si tuviera compasión de mí; si me aparto de esta
cruz hacia la cual marcho?» ¿No es esto, en toda su belleza moral, el siervo
hebreo que dice: “Yo amo a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre”?
Jamás perdamos de vista, amados, pues es
un punto de suprema importancia, el hecho de que no había nada que al Señor
Jesucristo le impusiera la necesidad de marchar hacia la cruz. Nada le imponía
la necesidad de dejar la gloria que tenía con el Padre desde la eternidad para
descender a este mundo; y cuando vino aquí abajo y asumió una perfecta
humanidad, no hubo ninguna causa que le impusiera la necesidad de ir a la cruz;
pues en cualquier momento de su vida bendita —desde el pesebre de Belén hasta
la cruz del Calvario— bien podía regresar al lugar de donde había venido. La
muerte no tenía ningún derecho sobre él. El príncipe de este mundo vino, y no
tuvo nada en él. Hablando de su vida, el Señor pudo decir: “Nadie me la quita,
sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:18). Y en Getsemaní, cuando se acercaba
la hora suprema, le oímos proferir estas palabras: “¿Acaso piensas que no puedo
ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?
¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así
se haga?” (Mateo 26:53-54). ¡Ah, bien podemos decir que la verdad iba mucho más
allá de lo que proferían las masas inconscientes que rodeaban la cruz, cuando
hacían oír esos acentos burlones: “A otros salvó, a sí mismo no se puede
salvar”! ¡Pero lo que tendrían que haber dicho más bien es: «a sí mismo no se quiere salvar»!
¡Oh, bendito sea su Nombre por siempre
jamás! Jesús no tuvo compasión de sí mismo, sino de nosotros. Él nos vio
sumidos en la ruina y la miseria, perdidos y sin esperanza. Vio que no había
ningún ojo abierto a compasión, ningún brazo tendido para socorrernos; y
—¡alabad todos su Nombre sin par!—, dejando el trono de su gloria, Cristo
descendió a este mundo de maldad y se hizo hombre, a fin de que, como hombre,
por el sacrificio de sí mismo, pudiese librarnos del lago de fuego y unirnos a
él, sobre el nuevo y eterno fundamento de una redención cumplida, en el poder
de una vida de resurrección, conforme a los eternos consejos de Dios y para
alabanza de su gloria.
No podríamos estimar la importancia de
insistir en el hecho de que no había nada que impusiera a Cristo la necesidad
de soportar la ira de Dios y de sufrir la cruz. No había en su persona, en su
naturaleza ni en sus relaciones ninguna causa que lo hiciera digno de muerte.
Él era el Hijo eterno, Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. En
su humanidad era puro, sin pecado, sin tacha, perfecto. Siempre hacía las cosas
que agradaban al Padre; le glorificó en la tierra y acabó la obra que le había
sido dada que hiciese; nos salvó, de tal forma que glorificó a Dios de la
manera más admirable. Para servirnos de la expresión típica del Éxodo, él era
personalmente libre; pero, os pregunto, amados, si él no hubiera sacrificado
esta libertad, ¿dónde estarían vuestro lugar y el mío? Inevitablemente en el
lago de fuego y azufre por los siglos de los siglos. A todos los creyentes, el
Espíritu Santo se complace en dar testimonio de estas cosas, tal como lo ha
expresado dulcemente uno de nuestros poetas:
De tu competencia perfecta
Para desempeñar el papel de Salvador
El Espíritu Santo atesta
De los creyentes a cada corazón
¡Qué gran verdad!; y sería igualmente
cierto si dijéramos: «Tu competencia perfecta para desempeñar el papel de siervo»,
por cuanto ello estaba a la altura de su gloria y era conforme a la dignidad de
su persona. La gloria de donde Cristo descendió, fue aquello que lo hizo apto
para inclinarse hasta las partes más bajas de la condición humana, a fin de que
no quede ninguna necesidad —tanto de la vida del pueblo como de la bajeza de su
condición— que Él no pudiese satisfacer plenamente en Su maravilloso carácter y
en Su divino ministerio de siervo de las necesidades de su pueblo.
Hermanos, nunca olvidemos esto. Guardemos
siempre en nuestros corazones el más grato recuerdo de ello. Cuanto más
consideremos la altura de la gloria personal de Cristo, más comprenderemos la
profundidad de su humillación. Cuanto más profundamente meditemos en la gloria
de lo que él era, más nos detendremos
a considerar la gracia de lo que él se
hizo: “Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a
vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis
enriquecidos” (2.ª Corintios 8:9).
¿Quién podrá medir la altura y la
profundidad de estos dos términos: rico
y pobre aplicados a nuestro adorable
Señor y Salvador? Ninguna criatura inteligente sería capaz de sondearlos; pero
nosotros, cristianos, debemos seguramente cultivar el hábito de contemplar el
amor que ilumina la senda que Cristo, el divino Siervo, transitó en su marcha
hacia la cruz por amor de nosotros. En la medida que nos detengamos a
considerar este amor divino hacia nosotros, nuestros corazones, empujados por
el poder del Espíritu Santo, podrán responder a Su amor: “El amor de Cristo nos
constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y
por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel
que murió y resucitó por ellos” (2.ª Corintios 5:14-15).
IV. EL MINISTERIO DE CRISTO EN EL PRESENTE
Y ahora pasemos del ministerio que Cristo
cumplió por nosotros en el pasado al ministerio que cumple hoy día por nosotros
de continuo en la presencia de Dios. Este servicio nos es presentado de forma
bendita en la primera parte del capítulo 13 de Juan. La misma gracia preciosa
resplandece aquí como en todo aquello que hemos estado considerando
detenidamente. En el pasado, vimos al Siervo Perfecto clavado en la cruz por
nosotros. Hoy día, si le contemplamos en el trono, le vemos ceñido para el
servicio, no sólo conforme a nuestras necesidades actuales, sino al perfecto
amor de su corazón: su amor por el Padre, su amor por la Iglesia, su amor por
cada creyente en particular, desde el principio hasta el fin de los tiempos.
“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo
Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como
había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando
cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo
de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las
cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la
cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en
un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con
la toalla con que estaba ceñido” (Juan 13:1-5).
Aquí tenemos, pues, una maravillosa
exposición del servicio que Cristo cumple por “los suyos que estaban en el
mundo”. Hay algo particularmente precioso en esta expresión: “Los suyos.” Ella nos coloca muy cerca
del corazón de Cristo. Cuán dulce es pensar que él pueda contemplar esas
pobres, débiles y culpables criaturas que somos, y decir: «Éstos son míos. No
importa lo que otros puedan pensar acerca de ellos; ellos me pertenecen, y es
menester que los coloque en una posición digna del lugar de donde vengo y
adonde voy.»
Esto es inefablemente precioso y
edificante para nuestras almas. Cristo pudo inclinarse para lavar los pies de
sus discípulos, teniendo el sentido de Su gloria personal y estando
perfectamente consciente de que venía de Dios y a Dios iba. No había nada ni
podía haber nada más elevado que el lugar de donde Jesús descendió. No había ni
podía haber nada más bajo que los pies sucios de sus discípulos. Mas —bendito y
alabado sea su Nombre por siempre— en su divina Persona y en su admirable
servicio, él cumple todos los oficios que se hallan entre estos dos extremos:
pone una mano sobre el trono de Dios, y la otra bajo nuestros pies, pudiendo
ser así el divino y eterno vínculo entre Dios y nosotros.
Ahora bien, hay tres cosas en este pasaje
que deseo poner claramente ante vosotros:
1.
La acción
de nuestro Señor respecto a los suyos en el mundo
2.
La
fuente de la acción de Cristo por los suyos, y
3.
La
medida de la acción de Cristo por los suyos y en los suyos
1. La acción de nuestro Señor por los
suyos en el mundo
Consideremos primero la acción misma.
Quisiera recordaros, amados, que lo que os presento aquí, no es “el lavamiento
de la regeneración”. Esta obra pertenecía a la primera fase del servicio de
Cristo hacia nosotros. Se trata ahora de “los suyos que están en el mundo”, de
todos los que pertenecen a esa clase altamente privilegiada, es decir, aquellos
que creen en su Nombre y que, en virtud de haber pasado por ese gran
lavamiento, él puede declararlos “todo limpios”.
No hay una sola mancha, ni una tacha, en
el más débil de aquellos que Cristo llama “los suyos”. “El que está lavado, no
necesita sino lavarse los pies, pues está
todo limpio; y vosotros limpios
estáis, aunque no todos” (Juan 13:10). Si una sola mancha fuese vista en
uno de “los suyos”, ello sería una deshonra echada sobre Cristo mismo, puesto
que él nos limpió de todos nuestros pecados, no solamente según la perfección
de su obra como Siervo de nuestras necesidades, sino, sobre todo, como Siervo
de los eternos consejos y propósitos de Dios y de la gloria del Padre. Él nos
halló sin tener una pizca de limpios, para hacernos “todo limpios”.
Tal es la obra de la regeneración, la cual
nunca se repite. Tenemos una figura de ella en la consagración de los
sacerdotes bajo la economía mosaica. Los sacerdotes, en el gran día de su
consagración, eran lavados con agua, ceremonia que no se repetía más. Pero, en
lo sucesivo, a fin de hacerlos aptos para el desempeño de sus funciones
sacerdotales cotidianas, debían lavarse las manos y los pies en la fuente de
bronce si oficiaban en el tabernáculo (Éxodo 30:18), o en el altar de bronce,
si oficiaban en el templo (2.º Crónicas 4:2). Precisamente este lavamiento
diario es la figura de lo que se trata en Juan 13. Estos dos lavamientos son
distintos, por lo que nunca deben ser confundidos. Es asimismo importante no
separarlos, pues ambos están íntimamente relacionados. El lavamiento de la
regeneración es divina y eternamente completo; el lavamiento de la purificación
o santificación debe ser divina y continuamente llevado a cabo. El primero no
se repite; el segundo nunca debe ser interrumpido. El uno nos da parte en Cristo, de la que nada nos puede
privar; el otro nos da parte con
Cristo, de la cual podemos ser privados por cualquier causa. El uno constituye
el fundamento de nuestra vida eterna; el otro, la base sobre la cual se
mantiene nuestra comunión cotidiana con el Padre y con su Hijo Jesucristo.
Examinad si habéis comprendido el
significado de tener vuestros pies lavados, momento a momento, por las propias
manos de Aquel bendito que se ciñe como Siervo divino de vuestras necesidades.
No sabríamos apreciar en su justo valor la importancia de este acto; pero al
menos podemos comprender un poco su valor por las palabras que Jesús dirigió a
Pedro, quien, como nosotros, lamentablemente, estaba lejos de comprender el
pleno significado de lo que estaba haciendo su Señor: “Entonces vino a Simón
Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le
dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.
Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te
lavare, no tendrás parte conmigo” (Juan 13:6-8).
He aquí el gran punto: “no tendrás parte
conmigo”. El bautismo de la regeneración nos da una parte en Cristo; el lavado diario de la santificación nos da una parte con Cristo. Es imposible gozar de una
plena, inteligente y feliz comunión, sin tener una conciencia purificada y los
pies perfectamente lavados. La sangre expiatoria de Cristo nos asegura el
primero de estos privilegios; el agua de la purificación nos mantiene en el
segundo. Pero tanto el agua como la sangre proceden de un Cristo crucificado.
La muerte de Cristo es la base de todo: él murió para purificarnos; y vive para
mantenernos así.
Recordemos que este maravilloso ministerio de Cristo a favor de
nosotros, nunca cesa. En los lugares celestiales, él vive siempre para actuar por nosotros; y actúa sobre nosotros y en nosotros por su Palabra y su Espíritu. Él habla a Dios por
nosotros, y habla de nosotros a Dios. Él vino de Dios para descender hasta lo
más profundo de nuestras necesidades. Ha vuelto a Dios, para llevarnos siempre
en Su corazón, para suplir nuestras necesidades de cada día, y para mantenernos
en la integridad de la posición y relación en que nos ha introducido por su
obra expiatoria.
Todas estas verdades llenan el alma de
poderosos consuelos. Nos hallamos atravesando un mundo de pecado, donde a cada
paso contraemos manchas de uno u otro tipo, que si bien no pueden tocar nuestra
vida eterna, sí pueden afectar muy seriamente nuestra comunión. Sabemos que es
imposible pisar el umbral del divino santuario con los pies sucios. De ahí la
dicha inefable de tener siempre a Uno en la presencia de Dios por nosotros; a
Uno que, habiendo atravesado la escena de este mundo, conoce su verdadero
carácter, y que, al haber venido de Dios y retornado a Dios, conoce Sus
reclamos en toda su magnitud, y puede bastar a todo lo que es necesario para mantenernos
en una entera comunión con Él. La provisión es divina y perfecta. Ni el pecado
ni la impureza pueden jamás ser hallados en la presencia de Dios. Nosotros
podemos restar importancia a lo uno o a lo otro, pero Dios lo trata como lo que
es. Y la santidad que requiere una pureza absoluta, brilla con un resplandor
tan vivo como la gracia destinada a proveerla. La gracia ha provisto los medios
de purificación, pero la santidad demanda la aplicación de los mismos. La
bondad de Dios había provisto la fuente de bronce para los sacerdotes de
antaño; pero la santidad de Dios exigía que hicieran uso de esa fuente. El gran
lavamiento que los sacerdotes debían realizar el día de su consagración, los
introducía en el oficio sacerdotal; el lavamiento llevado a cabo en la fuente
de bronce, los hacía aptos para cumplir los deberes de ese oficio. ¿Habrían
podido cumplir un servicio sacerdotal aceptable con las manos impuras?
¡Imposible! Con la misma verdad, podemos decir que es imposible que marchemos
en la senda de la santidad, si nuestros pies no son lavados y enjugados por
Aquel que se ciñó para servirnos perpetuamente en este importante oficio.
Todo esto es muy simple, divinamente
simple. En el cristianismo existen dos
vínculos: el vínculo de la vida eterna —que jamás puede romperse—, y el
vínculo de la comunión personal, que puede ser roto en cualquier instante del
día por el peso de una pluma. Ahora bien, nuestra comunión se mantendrá
inquebrantable, siempre y cuando nuestros caminos sean purificados por la santificante
acción de la Palabra, acompañada de la eficacia del Espíritu Santo. Pero si me
sustraigo voluntariamente de esta acción, si temo enfrentar la Palabra de Dios,
¿cómo puedo gozar de la bendita comunión con Dios?
Y aquí, queridos hermanos, no hablo de
ignorancia de la Palabra de Dios. El Señor soporta una asombrosa cantidad de
ignorancia en nosotros, mucho más de lo que podríamos soportar unos a otros. No
me refiero ahora a la cuestión de la ignorancia.
Permitidme hacer una pequeña digresión.
Unas pocas semanas atrás, una joven ingresó a este recinto, y se sentó en uno
de estos bancos. Estaba vestida conforme a la moda de este mundo: su cabeza
adornada con plumas y flores, y sus dedos con joyas. Su corazón estaba lleno de
vanidad e insensatez. Pero aquí la gracia de Dios, la gracia libre y pura de
Dios, la encontró. La flecha de la convicción divina alcanzó su alma. Su
corazón fue quebrantado bajo el poder de la Palabra, en manos del Espíritu
Santo. Ella fue conducida al arrepentimiento para con Dios y a la fe en el
Señor Jesucristo. En una palabra, fue salva ahí mismo y entonces, y se retiró
del lugar con el gozo de la salvación. Este gozo continuó por varios días. La
joven quedó embelesada con el tesoro que acababa de hallar. Nunca pensó en sus
plumas, en sus joyas ni en sus vestidos. A la verdad, ella siguió vistiéndose y
adornándose así, simplemente porque todavía no veía nada de malo en hacerlo.
Todavía no sabía que hubiese tan siquiera una línea en la Palabra de Dios que
tratara esas cosas.
Hermanos, permitidme recordaros que
debemos estar preparados para hacer frente a casos como éste. Me temo que
algunos de nosotros no tengamos sino poca paciencia y sabiduría para tratar con
casos de esta naturaleza. Nos apresuramos demasiado por emprender lo que podría
llamar «el proceso del despojamiento». Es un error. Debemos dar tiempo para que
las virtudes del reino de Dios se desarrollen por sí solas. Debemos guardarnos
de reducir la asamblea cristiana a un lugar donde se ha de adoptar un determinado
uniforme. Esto nunca debería suceder. Ciertamente nunca podemos reducir todo a
un nivel muerto. Debemos dejar que la Palabra de Dios actúe sobre la vida que
el Espíritu de Dios ha implantado en un alma. No causaría sino perjuicio a los
demás si, a mi sugerencia, hago que adopten un determinado estilo de vestir. La
gran cuestión es que el reino de Dios ejerza su imperio sobre todo el carácter
del individuo. En esto consiste el verdadero progreso, y en esto también se
manifiesta la gloria de Dios.
Prosigamos con nuestro ejemplo. Nuestra
joven amiga, en el curso de sus lecturas de la Palabra, quedó cautivada por el
específico pasaje que todos conocemos: “Asimismo que las mujeres se atavíen de
ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro ni
perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres
que profesan piedad” (1.ª Timoteo 2:9-10). Y también: “Vuestro atavío no sea el
externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el
interno, el del corazón en el incorruptible ornato de un espíritu afable y
apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1.ª Pedro 3:3-4).
Ahora bien, aquí se nos ilustra el
ministerio actual de Cristo; la acción de la Palabra sobre el alma; la
aplicación del lebrillo a los pies; el lavamiento del agua por la Palabra. Es
Jesús inclinándose para lavar los pies de esta joven discípula. La cuestión es
si ella recibirá la acción. ¿La recibirá o se resistirá a ella? ¿Rechazará el
lebrillo? ¿Rehusará el ministerio de gracia del Señor? “Si no te lavare, no
tendrás parte conmigo.”
Esto es muy solemne y reclama nuestra más
seria atención. La purificación de nuestros caminos por la acción de la Palabra
mediante el poder del Espíritu Santo, sigue en importancia al hecho de tener la
conciencia purificada por la sangre de Cristo. Esto último nos da parte en Cristo, y nunca se repite; lo
primero nos da parte con Cristo, y
jamás debe interrumpirse. Si realmente deseamos gozar la comunión con Cristo,
debemos permitir que él nos lave los pies momento a momento. No podemos pisar
los impecables atrios del santuario de Dios con los pies sucios, como tampoco
entrar en él con una conciencia sucia.
Así pues, sometamos nuestros caminos
continuamente a la acción purificadora de la preciosa Palabra de Dios. Pongamos
de lado todo aquello que la Palabra condena; abandonemos toda posición, toda
asociación y toda práctica que ella condena, para que mantengamos así nuestra
santa comunión con Cristo en su frescura e integridad. Nada es más peligroso
que jugar con el mal, cualquiera sea la forma en que se presente. En su gracia,
Dios soporta nuestra ignorancia; pero una resistencia deliberada a su Palabra,
en un punto cualquiera, acarreará seguramente resultados desastrosos. El
corazón se endurece, la conciencia se vuelve insensible, el sentido moral se
embota y todo el ser moral cae en una muy deplorable condición. Si nos alejamos
del Señor, haremos naufragio en cuanto a la fe y a una buena conciencia.
¡Quiera el Señor guardarnos cerca de él, andando con él con conciencias
delicadas y corazones rectos. ¡Ojalá que su Palabra ejerza un vivo poder
formativo en nuestras almas, para que así nuestros caminos sean siempre
purificados según los reclamos de la santidad del santuario.
2. La fuente de la acción del Señor por
los suyos
Pasemos ahora a la fuente de esta acción.
Esta fuente nos es presentada con patético poder y dulzura en el primer
versículo del capítulo 13 de Juan: “Como había amado a los suyos que estaban en
el mundo, los amó hasta el fin.” Aquí tenemos, pues, queridos hermanos, la
fuente inagotable de donde procede el ministerio actual de Cristo: el inmutable
amor de su corazón, un amor más fuerte que la muerte, y que las muchas aguas no
podrán apagar. “Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para
santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra”
(Efesios 5:25-26). He aquí el bendito fundamento y la fuente motora de ese
maravilloso ministerio que Cristo está ahora llevando a cabo por nosotros y
para nosotros. Él sabía lo que le esperaba cuando expresaba esas palabras del
Salmo 40: “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad.” Sabía el costo
que le significaba tomar nuestro caso. Pero su divino amor es capaz de
enfrentarlo todo. No debemos temer agotar ese amor que ha triunfado sobre los
indescriptibles horrores del Calvario y que ha descendido hasta las sombrías
regiones de la muerte y del juicio. A veces podemos sentirnos avergonzados de
tener que traer tan a menudo nuestros pies sucios a Cristo para que los limpie;
Pero su amor, lo repito, es capaz de enfrentarlo todo, y ese amor es la fuente
de su precioso e indispensable ministerio.
Se oye decir a veces que «el amor es ciego»;
a mi juicio, ello es una calumnia contra el verdadero amor. De hecho que no
puede ni podría aplicarse al amor de Cristo. Él sabía todo lo que estaba oculto
en lo más hondo de nuestro corazón; y sabe ahora de todos nuestros caminos,
nuestras debilidades y nuestras necedades; pero, a pesar de todo, él nos ama,
y, en el poder de este amor, actúa para librarnos de todo lo que ve en nosotros
y cerca de nosotros que pudiera estorbar nuestra santa comunión con el Padre y
consigo mismo.
Hermanos, os pregunto: ¿qué valor tendría
para nosotros un «amor ciego»? Ninguno, seguramente. ¿Podríamos reposar
confiados en un amor que sólo actuó ciegamente hacia nosotros, ignorando
nuestras manchas y defectos? ¡Imposible! Lo que necesitamos es un amor superior
a todas nuestras imperfecciones y que sea capaz de librarnos de ellas; y este
amor lo hallamos en Cristo, y —bendito sea su Nombre— ¡en Cristo solamente! Es
un amor que si bien pone de manifiesto nuestras faltas ante nosotros, nunca lo
hace ante los demás. Es un amor que viene a nosotros con el lebrillo y la
toalla, y se inclina en infinita ternura y en una gracia humilde e incomparable
para borrar toda mancha, y para dejarnos en el precioso sentimiento de que
somos “todo limpios”. Éste es el amor que necesitamos, y que hallamos en su
plenitud y poder divinos en el corazón del Siervo perfecto que está ceñido por
siempre para servirnos delante del trono de Dios.
“Como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó” ¿hasta cuando? ¿En
tanto se conduciesen correctamente y anduviesen con los pies sin mancha? ¡Oh,
no! Ello no les hubiera servido de nada a ellos ni a nosotros. Los amó “hasta el fin”. ¡Precioso, perfecto,
divino y eterno amor!, amor que se sobrepone, que sobrevive a todas nuestras
manchas e imperfecciones, a todos nuestros fracasos, nuestras fluctuaciones,
nuestras faltas, nuestras debilidades, nuestros extravíos y nuestros caprichos;
amor que ha venido a nosotros, armado de todo lo que requería nuestra
condición, y que jamás dejará de actuar por nosotros y en nosotros, hasta que
nos presente en una perfección sin tacha delante del trono de Dios.
3. La medida de la acción de Cristo por
los suyos y en los suyos
Por último, diremos algunas palabras sobre
la medida de la acción presente de Cristo por nosotros y en nosotros. Éste es
un punto de inestimable valor e importancia. Ya sea que consideremos el
servicio de Cristo en el pasado o en el presente, es fundamental que sepamos
que la medida de uno o de otro es y no puede ser sino según los justos reclamos
del santuario, del trono y de la naturaleza de Dios. Podríamos haber supuesto
que esta medida se establecía según nuestras necesidades, pero tal medida
habría sido insuficiente. Bien sabemos, y nos gozamos en saberlo, si pensamos en
la muerte expiatoria de Cristo, que esa preciosa obra ha hecho muchísimo más
que responder a la medida más profunda de nuestras necesidades como pecadores.
La obra de la cruz —¡bendito sea Dios!— ha satisfecho divinamente todos los
reclamos de Dios. El mero hecho de saber que los más elevados reclamos de la
conciencia humana han sido satisfechos por la muerte expiatoria de Cristo,
nunca daría a nuestra alma una paz sólida. Podemos estar seguros, sobre la base
de la autoridad divina, de que los más elevados reclamos del gobierno, el
carácter, la naturaleza y la gloria de Dios, han hallado una respuesta perfecta
en la preciosa obra de Cristo.
Todo es fruto de la gracia infinita; y
aquí toda alma divinamente ejercitada puede encontrar una paz inquebrantable y
eterna. Nada cambia con respecto a la obra presente de Cristo por nosotros.
Nunca podríamos estar satisfechos si se nos dijera que esa obra es medida de
acuerdo con nuestras necesidades, con la más profunda de ellas. Todas estas
necesidades, sin duda, son satisfechas; pero lo son por cuanto el ministerio
actual de Cristo va mucho más allá de las mismas, hasta alcanzar la medida de
los reclamos del santuario de Dios y satisfacerlos plenamente.
¡Qué gracia insondable!. Nuestras almas
pueden reposar en una plena tranquilidad, pues tenemos, en lo alto, a Alguien
que se ocupa de nosotros, viviendo siempre en la presencia de Dios por
nosotros; a Aquel que no sólo conoce todas nuestras necesidades, sino también
los derechos que Dios reclama; a Aquel que conoce la escena que atravesamos así
como aquella en la cual entró, y —rendid todos alabanzas a su Nombre— su
precioso y perfecto ministerio alcanza estos dos extremos. Él debe
necesariamente satisfacer todos nuestros requerimientos, puesto que satisface plenamente
todos los reclamos de Dios; pues lo menor debe siempre estar incluido en lo
mayor; en otras palabras, si todas las exigencias de la justicia divina hallan
su satisfacción en Él, con mucha más razón nuestras necesidades personales.
¡Qué sólido consuelo se halla aquí! ¡Qué
reposo inconmovible! Todo lo que nos concierne está perfecta y divinamente
seguro en las manos de Aquel que está a la diestra de Dios. Esas manos nunca
fracasan, nunca fallan. Podemos afirmar que antes que el más débil de los que
Cristo llama “los suyos que están en el mundo” pueda fallar alguna vez, Cristo
mismo tendría que fallar, y eso no puede ocurrir nunca. Los suyos están en tan perfecta seguridad como Cristo mismo.
¡Qué gran realidad! ¡Con qué seguridad nos
podemos referir a este divino Director, cuando su Persona o su carácter son
atacados por cualquier objetor, acusador u oponente! ¡Y qué tontería de nuestra
parte si intentáramos responder a sus adversarios por nosotros mismos! ¡Oh,
amados, ojalá que podamos apoyarnos con una más plena confianza en Aquel
bendito que se presenta ante nosotros ceñido para servirnos en nuestras más
profundas y variadas necesidades! ¡Ojalá que apreciemos cada vez más su
precioso ministerio por nosotros y para nosotros! ¡Ojalá que reposemos más
dulcemente en la seguridad de que él habla al Padre por nosotros, en todos
nuestros fracasos, en todas nuestras faltas y en todos nuestros pecados!
Recordemos, para nuestro consuelo, que aun
antes que caigamos, él ruega por nosotros como rogó por Pedro: “Yo he rogado
por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32). ¡Qué gracia incomparable vemos en
estas palabras! Él no rogó que Pedro no cayese, sino que, cuando haya caído, su
confianza no lo traicione; que su fe no falte. Así también él ruega por nosotros,
para que seamos sostenidos en nuestros combates y levantados en nuestras
caídas. Y si su divino ministerio no fuera ejercido incesantemente a favor de
nosotros, pronto seríamos arrastrados, de caída en caída, hasta un completo
naufragio. Mas, ¡alabado sea su Nombre, él “vive siempre para interceder por
nosotros” (Hebreos 7:25)! Su precioso y poderoso ministerio nos sustenta a cada
momento. No podríamos permanecer una sola hora sin Él. Si no tuviéramos a ese
Bendito actuando por nosotros —cuya intervención a favor de nosotros nunca
cesa—, irían apareciendo cosas que terminarían por destruir nuestra comunión.
Él conoce no sólo nuestras necesidades, sino también las exigencias del
santuario; y no sólo conoce todo esto, sino que provee para todo según Su
infinita perfección y de una manera perfectamente agradable al Padre.
Ahora bien, uno se encuentra a veces con
ciertas personas que, en cuanto a la posición del creyente, sólo toman un lado
de la verdad, a tal punto que restan importancia al ministerio actual del Señor
Jesús como sacerdote. Amados, nada es
más peligroso que no ver, o no querer ver, más que un lado de la verdad.
Temería mucho menos la influencia de un hombre que sale a enseñar públicamente
un error palpable por toda la ciudad —error capaz de ser advertido por la mente
más simple—, que lo que temería al ministerio de aquel que se apodera de un
lado de la verdad con la exclusión de toda otra. Los resultados perniciosos se
advertirían muchísimo menos con el ministerio del primero que con la evidente
enseñanza del segundo.
Ahora bien, es tal la armonía que existe
en las Escrituras —y yo diría incluso que ello constituye una de sus más
brillantes glorias morales—, que una verdad ajusta el poder de la otra. Por
eso, mientras que la Palabra de Dios establece claramente el hecho de que el
creyente está completo en Cristo, justificado de todas las cosas, que es hecho
acepto en el Amado y que está “todo limpio”, también establece, con no menos
claridad y fuerza, este otro gran hecho: que el creyente es en sí mismo una
pobre y débil criatura, que está expuesto a diversas tentaciones, a
innumerables trampas y a influencias hostiles; que está sujeto al error y al
mal; que es incapaz de guardarse a sí mismo y de luchar con las dificultades y
peligros que le rodean, y que puede, a cada paso, contraer manchas que lo
inhabilitarían para gozar de la comunión y la adoración del santuario.
¿Cómo, pues, habríamos de enfrentar estas
cosas? ¿Cómo podría el creyente ser guardado ante ellas? Expuestos, como
estamos, a los ataques de un enemigo poderoso y astuto, llevando en nosotros
una mala naturaleza y enfrentando a cada paso las hostilidades de un mundo que
nos es contrario, ¿quién nos guardará de caer? ¿Quién nos hará volver de
nuestros extravíos? ¿Quién nos levantará en nuestras caídas? La respuesta
cierta a todas estas preguntas la hallamos en estas inspiradas expresiones:
“Viviendo siempre para interceder por nosotros”. “Puede también salvar
perpetuamente a los que por él se acercan a Dios” (Hebreos 7:25). Seremos
“salvos por su vida” (Romanos 5:10). “Porque yo vivo, vosotros también
viviréis” (Juan 14:19), y en fin: “Abogado tenemos para con el Padre, a
Jesucristo el justo” (1.ª Juan 2:1).
¡Cómo se deleita el corazón al considerar
y enunciar semejantes expresiones! Ellas son “meollo y grosura” que sacian el
alma. ¿Cómo en presencia de tales declaraciones —por no decir nada de las
propias experiencias con respecto a sí mismo y a las circunstancias imperantes—
puede alguien cuestionar esta gran verdad fundamental del sacerdocio de Cristo,
en su aplicación actual al creyente? ¡Ayayay, no podríamos dar cuenta de los
errores en que podemos caer cuando damos rienda suelta a nuestra mente y no
dejamos que las Santas Escrituras ejerzan toda su divina autoridad sobre
nosotros! Y podemos verdaderamente decir que una muy palpable prueba de nuestra
necesidad de la intercesión de Cristo la podemos hallar en el triste hecho de
que alguno de sus siervos niega dicha necesidad.
Para terminar este punto, sólo quisiera
advertir a todos los santos de Dios con respecto al tan funesto error de negar
nuestra continua necesidad del ministerio sacerdotal, la preciosa intercesión y
la abogacía plenamente eficaz de nuestro Señor Jesucristo; error que sigue, en
cuanto a su importancia, a aquel que niega la necesidad de la obra expiatoria
de Cristo. Pues seguramente la necesidad de su sacerdocio sigue en importancia
a la necesidad de su sangre expiatoria: porque si bien esta obra redentora da
la seguridad a nuestras almas, el sacerdocio de Cristo las mantiene en un
estado de seguridad y paz duraderas.
V. EL MINISTERIO DE CRISTO EN EL FUTURO
Tras haber echado un ligero vistazo —aunque
¡ay!, muy imperfectamente— al ministerio de Cristo en el pasado y en el
presente, diremos también, para terminar, unas palabras sobre su ministerio
futuro. Puede que algunos se sientan dispuestos a decir: «No entiendo cómo el
Señor nos servirá en el futuro. Entiendo que él nos sirve ahora en el trono;
pero el hecho de que nos vaya a servir en el reino, lo confieso, es cosa que no
entiendo.»
Éste es un hecho maravilloso; y si no
tuviéramos las propias palabras del Señor respecto a ello, bien titubearíamos
al declarar que Cristo servirá a los suyos en la gloria. Pero leamos lo que él
mismo nos dice en el capítulo 12 de Lucas: “Estén ceñidos vuestros lomos, y
vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan
a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran
en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando
venga, halle velando; de cierto os
digo que se ceñirá, y hará que se sienten
a la mesa, y vendrá a servirles” (v. 35-37).
¡Qué claro el sentido de lo que dice el
Señor! Palabras maravillosas, por cierto; pero, además de maravillosas, muy
claras. Cristo nos servirá en el reino. Él nos servirá siempre. Su ministerio
se extiende a todas las fases de nuestra vida. Nos toma en lo más profundo de
nuestras necesidades como pecadores, y nos lleva hasta la gloria más elevada.
Se remonta al pasado, recorre el presente y se extiende hasta el porvenir
infinito. Su corazón de amor se deleita en servirnos, y nos da la seguridad de
que, tan pronto como entre en la gloria de su propio reino, por decirlo así, se
complacerá en hacernos sentar en medio del resplandor mismo de esa gloria, y
nos servirá con el mismo amor que caracterizó su servicio desde el comienzo de
nuestra historia. ¡Que todos rindan alabanzas y eterno homenaje a su Nombre sin
par!
Otra cosa, en este mismo capítulo de
Lucas, merece nuestra atención. En el versículo 41, Pedro formula la siguiente
pregunta: “Señor, ¿dices esta parábola a nosotros, o también a todos? Y dijo el
Señor: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su
casa, para que a tiempo les dé su ración? Bienaventurado aquel siervo al cual,
cuando su señor venga, le halle haciendo
así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes.”
Dos cosas nos son presentadas en estas dos
porciones leídas: velar y hacer. ¿Cuál de ellas es la que Cristo
aprecia más? La primera, indudablemente; pues con ella se vincula la mayor
recompensa: Cristo sirviéndonos en la gloria es algo muy superior a cualquier
posición que su gracia nos pudiera asignar.
Hermanos, jamás perdamos de vista que lo
que Cristo aprecia sobre todas las cosas es esa actitud de un corazón que vela mientras aguarda su retorno. Sin
duda, es importante que el Señor nos halle haciendo
también, en cualquier cosa que nos confíe, ya sea que nos llame a evangelizar
una nación o que ponga en nuestras casas el servicio más ínfimo y oscuro. El
más pequeño acto de servicio recibirá su recompensa. Pero el hecho de que él
valore más la vigilancia de un corazón que suspira por su venida, no implica
que tenga en menos el servicio; bien podemos entender esto. La naturaleza misma
nos enseña a este respecto. Supongamos que un jefe de familia se ausenta del
hogar; les dice a sus siervos que todas las cosas estén listas para cuando
regrese, y cada uno será hallado haciendo la obra que se le hubo asignado.
Ellos dirán: «Nuestro Amo está por regresar, debemos velar y tener todo en
orden y en regla para cuando llegue.» Así debiera ser. Pero ¿no hay algo más
profundo y elevado que esto? ¿No hay en la casa algo que responda al corazón de
este jefe de familia ausente? ¡Seguramente que sí! Está el afecto vehemente de
una esposa que vela, que espera, que vive pendiente del retorno de su marido, y
sin la cual la casa mejor ordenada sería una morada pobre, fría y sin atractivo
para quien haya de regresar.
Lo mismo ocurre —estad seguros de ello—
con nuestro amado Salvador ausente. Él aprecia sobre todo los afectos y los
suspiros de nuestro corazón por ver su faz, un corazón que experimenta algo del
sentimiento que animaba a Mefi-boset cuando le dijo a David: “Deja que él las
tome todas, pues que mi señor el rey ha vuelto en paz a su casa” (2.º Samuel
19:30).
¡Oh, amados, cultivemos más este
sentimiento; examinemos si somos de aquellos que aman la aparición de nuestro adorable Señor y Salvador! ¡Que el
clamor de nuestros corazones sea continuamente “¿Por qué tarda su carro en
venir?” (Jueces 5:28)!
Y ahora, hermanos, quiero preguntaros: lo
que acabamos de exponer ¿nos llevará a un relajamiento en el servicio? Al
contrario, es eso lo que le dará un verdadero impulso y comunicará un santo
perfume a la obra más pequeña y al acto menos importante que podamos hacer.
Mientras que, cuando falta este profundo afecto personal por Cristo, el
servicio más pomposo y altisonante a los ojos de los hombres, es considerado
como nada para el corazón de Jesús. Las dos blancas que echó la viuda en el
arca de las ofrendas eran más preciosas para Jesús que las más ricas ofrendas
que podían echar los indiferentes donadores. Mostradme un corazón que vele por
Cristo, y yo os mostraré un par de manos ocupadas en el servicio para él. Poco
importa el tipo de servicio en que estemos ocupados, con tal que se aplique al
objeto que el Señor mismo ha encomendado a nuestro cuidado; y nada nos dará más
rápidamente la capacidad de saber qué servicio realizar, que un corazón lleno
de afecto por Cristo. Hay en el verdadero afecto un instinto, un sentido por el
cual somos llevados a descubrir en seguida lo que es agradable al objeto Amado.
Hermanos, esto es lo que nos falta. Puede
haber muchísima actividad; se puede correr de acá para allá, ir y venir, dar y
recibir; pero si el corazón no está
ocupado con Cristo, todo lo que las manos, los pies y la cabeza puedan
producir, es de poco valor. Cristo —bendito sea su Nombre por siempre— nos ha
dado todo su corazón, y nada puede satisfacerle en cambio, a menos que le demos
nuestro corazón entero. Todo su servicio, en el pasado, el presente y el
futuro, es el resultado de su perfecto amor; y su deseo es hallar en nosotros
un corazón que responda con sus afectos a Él. Y dondequiera que lo haya,
expresará sus ansiosos y vehementes deseos por Su venida. Recordémoslo: “Bienaventurados
aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando.”
¡Quiera el Espíritu eterno llenar nuestros
corazones de un profundo y genuino amor por la Persona de nuestro adorable
Señor y Salvador, a fin de que nuestro único gran objeto sea vivir para él, en
medio de un mundo que le ha rechazado, y de aguardar el momento en que le
veremos tal como él es y seremos semejantes a él, estando con él para siempre!
C. H. M.
NOTAS
[1] N. del T.— En los
tiempos del Antiguo Testamento, el talento era una medida de peso para ciertos
metales como el oro y la plata. El talento de oro corresponde al valor de más o
menos 34 kilos de metal. El lector puede convertir si quiere los tres mil talentos
de oro, es decir, los 3.000 x 34 = 102.000 kilos de oro, en cualquier unidad
monetaria actual. C. H. M. refiere la suma de «más de dieciséis millones... que
más tarde excederían con mucho el monto total de la deuda nacional de
Inglaterra.»