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EL PERDÓN DE LOS PECADOS C. H. Mackintosh |
¡Qué bendición poder leer en la Palabra de
Dios: “Bienaventurado aquel cuya
transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado” (Salmo 32:1)! Sin duda,
esto es una gran bendición; y fuera de ello no existe ninguna. Tener la plena
seguridad de que todos mis pecados han sido perdonados es el único fundamento
de la verdadera felicidad. Ser feliz sin tener esta seguridad, es como serlo al
borde de un precipicio en el cual, de un momento a otro, puedo ser echado para
siempre. Es absolutamente imposible que una persona pueda gozar de una
verdadera y sólida felicidad mientras no tenga la divina seguridad de que toda
su culpa ha sido borrada por la sangre vertida en la cruz. Cualquier
incertidumbre a este respecto será seguramente una fecunda causa de angustia
moral para todos aquellos que han sido conducidos a sentir el peso del pecado.
Si dudo entre si todos mis pecados han sido llevados por Jesús o si ellos están
aún sobre mi conciencia, sólo puedo sentirme miserable.
Y, antes de
desarrollar el tema del perdón, quisiera plantearle al lector una pregunta
clara y categórica: «¿Cree Ud., querido lector, que puede tener la clara y
firme seguridad de que sus pecados han sido perdonados?». De entrada planteo
esta cuestión porque hoy en día muchos de aquellos que profesan predicar el
Evangelio de Cristo dicen sin reparos que nadie puede tener tal seguridad.
Afirman que hay presunción, orgullo, en aquel que cree en el perdón de sus
pecados, y consideran como una gran prueba de humildad la duda habitual sobre
tan importante asunto. En otras palabras, según ellos, es presunción creer lo
que Dios dice y es humildad dudar de ello. Sin embargo, esto es extraño en
presencia de pasajes tales como éstos: “Así está escrito, y así fue necesario
que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; y que se
predicase en su nombre arrepentimiento y el
perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas
24:46-47). “En quien tenemos
redención por su sangre, el perdón de
pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7; Colosenses 1:14).
Aquí tenemos la
remisión o perdón de pecados (la palabra es la misma en los tres pasajes), predicado
en el nombre de Jesús y poseído por aquellos que creen esta predicación. Los
efesios y los colosenses, incluidos entre los “gentiles”, recibieron un mensaje
que les anunciaba el perdón de pecados en el nombre de Jesús. Creyeron este
mensaje y entraron en posesión del perdón de sus pecados. ¿Era esto presunción,
o consideraron que era piadoso y humilde dudar de ese perdón? En verdad habían
sido grandes pecadores “muertos en sus delitos y pecados”, “hijos de ira”,
“alejados y extranjeros”, “enemigos por sus malas obras”. Algunos de ellos, sin
duda, habían doblado sus rodillas ante la diosa Diana. Habían practicado una
grosera idolatría y tenido costumbres corrompidas. Pero luego el “perdón de
pecados” les había sido anunciado en el nombre de Jesús. Esta predicación ¿fue
veraz o no? ¿Era para ellos o no? ¿Era un sueño, una sombra, un mito? ¿No
significaba nada? ¿Acaso no había en ella nada seguro, nada cierto, nada
concreto?
Estas preguntas claras exigen respuestas
claras de parte de aquellos que opinan que nadie puede saber con certeza si sus
pecados han sido perdonados o no. Si nadie puede saberlo ahora, ¿cómo habría
podido saberlo alguien en los tiempos apostólicos? Y si en el primer siglo se
podía tener este conocimiento, ¿por qué no se podría tenerlo en la actualidad?
“Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios
atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas
iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el
varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Romanos 4:6-8). Ezequías podía
decir: “Echaste tras tus espaldas todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y
Jesús dijo al paralítico: “Ten ánimo, hijo; tus
pecados te son perdonados” (Mateo 9:2).
Así, en todas las
épocas, el perdón de pecados fue conocido con toda la certidumbre que puede dar
la Palabra de Dios. Uno solo de los casos mencionados anteriormente basta para
refutar la enseñanza de aquellos que afirman que nadie puede saber si sus pecados son perdonados. Si encuentro en la
Escritura una sola persona que haya conocido esta preciosa bendición, ello es
suficiente para mí. Y cuando abro mi Biblia, hallo hombres que fueron culpables
de toda clase de pecados y que conocieron lo que es el perdón; por
consecuencia, concluyo que al más vil de los pecadores hoy día le es posible
saber, con divina certeza, que sus pecados son perdonados. ¿Era presunción de
parte de Abraham, de David, de Ezequías, del paralítico —y de tantos otros—
creer en el perdón de pecados? ¿Habría sido señal de humildad y de verdadera
piedad si ellos hubieran dudado de ese poder? Tal vez se diga que todos esos
casos eran extraordinarios y especiales; pero poco importa, en el asunto que
examinamos, que esos casos fueran ordinarios o extraordinarios. Una cosa es
clara: ellos desmienten por completo la afirmación de que nadie puede saber si sus pecados son perdonados. La Palabra de Dios
me enseña que un gran número de hombres, sujetos a las mismas pasiones, a las
mismas debilidades, a las mismas caídas y a los mismos pecados que quien esto
escribe y que el lector, conocieron el perdón de sus pecados y se gozaron de
ello; por consiguiente, aquellos que sostienen que no se puede tener ninguna
certeza acerca de tan importante asunto, no cuentan con ningún fundamento
bíblico para apoyar su opinión.
Pero, ¿es cierto que
los casos mencionados en la Escritura son tan especiales, tan extraordinarios
que no podamos extraer de ellos ninguna consecuencia legítima para nosotros?
Por cierto que no. Si un caso pudiera ser considerado como extraordinario,
sería ciertamente el de Abraham; y sin embargo leemos al respecto: “Su fe le
fue contada por justicia. Y no solamente con respecto a él se escribió que le
fue contada, sino también con respecto a
nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a los que creemos en el que
levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el cual fue entregado por
nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos
4:23-25). Y Abraham “creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis
15:6). Y el Espíritu Santo declara que la justicia también nos será atribuida a
nosotros, si creemos. “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él
(Jesús) se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la
ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel
que cree” (Hechos 13:38-39). “De éste (Jesús) dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán
perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43).
Ahora bien,
pregunto: Los apóstoles Pedro y Pablo, ¿qué quisieron decir cuando, sin
restricción alguna, predicaron el perdón de pecados a aquellos que los estaban
oyendo? ¿Realmente querían comunicar a sus oyentes la idea de que nadie puede
estar seguro de poseer el perdón de sus pecados? Cuando Pablo decía a sus
oyentes, en la sinagoga de Antioquía: “Os anunciamos la buena nueva” (Hechos 13:32; V.M), ¿abrigaba el pensamiento de
que nadie puede estar seguro del perdón de pecados? El Evangelio, ¿cómo podría
ser llamado las «buenas nuevas» si sólo tuviese por efecto dejar al alma en la
duda y la ansiedad? Si fuese verdad que nadie puede gozar de la seguridad del
perdón, entonces resulta que la predicación apostólica significa precisamente
lo opuesto de lo que ello expresa. ¿Acaso los apóstoles dijeron alguna vez:
«Sabed, pues, esto, varones hermanos: nadie en esta vida puede saber si sus
pecados son perdonados o no»? ¿Acaso hay algo parecido en la predicación y la
enseñanza apostólica? Al contrario, ¿acaso los apóstoles no pregonaron por
todas partes, de la manera más enfática e inequívoca, el perdón de pecados como
resultado necesario de la fe en un Salvador crucificado y resucitado?
¿Acaso hay en su
enseñanza la más remota alusión a tal pensamiento, en el cual algunos maestros
modernos insisten tanto, a saber, que es una peligrosa presunción creer en el
completo perdón de todos nuestros pecados y que toda alma humilde y piadosa
debe vivir en una perpetua duda a este respecto? ¿No tenemos, pues, ninguna
posibilidad de gozar en este mundo de la consoladora certeza de nuestra eterna
seguridad en Cristo? ¿No podemos confiar en la Palabra de Dios o dar descanso a
nuestras almas merced al sacrificio de Cristo? ¿Sería posible que el único
efecto del Evangelio de Dios fuese dejar al alma en una perplejidad sin
esperanza? Cristo quitó el pecado, pero... ¡yo no puedo saberlo! Dios habló,
pero... ¡yo no puedo estar seguro! El Espíritu Santo descendió, pero... ¡no
puedo confiar en su testimonio!
¿Es algo piadoso y
humilde dudar de la Palabra de Dios, deshonrar el sacrificio expiatorio de
Cristo y rehusarse a creer de corazón en el testimonio del Espíritu Santo?
¡Ayayay!, si eso es el Evangelio, entonces ¡adiós al gozo y a la paz que se
obtienen al creer! Si eso es el cristianismo, entonces en vano nos visitó desde
lo alto la Aurora “para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón
de sus pecados” (Lucas 1:77). Si nadie puede tener este “conocimiento de
salvación”, entonces ¿con qué fin fue dado? Ruego al lector que no pierda de
vista el asunto que examinamos: no se trata en absoluto de saber si una persona
puede engañarse a sí misma o a los demás. Esto sería inmediatamente reconocido.
Sí, lamentablemente, miles se engañan a sí mismos y a los demás. Pero ¿es ésta
una razón para que yo no pueda tener la absoluta certidumbre de que lo que Dios
dijo es cierto, y que la obra de Cristo ha quitado todos mis pecados? Los
hombres se engañan a sí mismos, ¡y por ello temeré confiar en Cristo! Los
hombres se engañan unos a otros y, por consiguiente, ¡temeré que la Palabra de
Dios me engañe! Realmente a esto se reduce todo cuando sencillamente se llama a
las cosas por su nombre. Y en nuestros días ¿no es bueno que las cosas sean
puestas así, en un lenguaje claro? ¿No es menester que ciertas proposiciones
sean despojadas de los adornos con que las reviste una religiosidad legalista y
carnal, a fin de que podamos ver lo que son realmente esas proposiciones?
Y cuando se
presentan hombres como exponentes declarados y autorizados de un cristianismo
sano e ilustrado, ¿no nos conviene examinar si lo que enseñan está de acuerdo
con las Sagradas Escrituras, la única norma infalible? Sí, ello nos conviene; y
si aquéllos nos dicen que nunca podemos estar seguros de la salvación, que es
presunción creerlo y que todo lo que podemos lograr en esta vida es una débil y
vaga esperanza de que, por la misericordia de Dios, iremos al cielo cuando
muramos, debemos rechazar de plano tal enseñanza como algo abiertamente opuesto
a la Palabra de Dios. La falsa Teología me dice que nunca puedo estar seguro de
mi salvación; la Palabra de Dios, en cambio, me dice que sí. ¿A cuál de las dos
debo creer? La primera me llena de tristes dudas y de temores; la última me da
una certidumbre divina. Aquélla me remite a mis propios esfuerzos; ésta, a una
obra cumplida. ¿A cuál escucharé? La idea de que nadie puede estar seguro de su
salvación ¿tiene algún fundamento en la Escritura? Afirmo sin ningún temor que,
al contrario, por doquier la Biblia nos hace ver, de la manera más clara, el
privilegio que tiene el creyente de gozar de la más perfecta seguridad de su
perdón y de su aceptación en Cristo.
Y pregunto: ¿No es
legítimo que un alma, que confía en la fiel Palabra de Dios y en la obra
cumplida por Cristo, goce de la más plena seguridad?
Es cierto que sólo
por la fe se puede tener tal seguridad, y que esta fe es producida en el
corazón por el Espíritu Santo. Pero esto no afecta en absoluto la cuestión. Lo que
deseo es que el lector termine la lectura de estas páginas con una clara y
firme convicción de que es posible poseer desde
ahora la certeza de una seguridad tal como la que Cristo mismo le puede
dar. Si cualquier pecador ha podido gozar de esta seguridad, ¿por qué el lector
no gozaría de ella actualmente? La obra de Cristo ¿no fue completa, acabada? La
Palabra de Dios ¿no es veraz? Sí, por cierto. Entonces, si sencillamente me
apoyo en ello, estoy perdonado, justificado y aceptado. Todos mis pecados fueron
puestos sobre Jesús cuando fue clavado en la cruz. Dios los había colocado
sobre él. Él los llevó sobre sí y los expió; y ahora Cristo está en lo alto, en
los cielos, sin esos pecados. Eso es suficiente para mí. Si Aquel que cargó con
todas mis culpas está ahora a la diestra de la Majestad en los cielos,
entonces, evidentemente, no hay ningún cargo en mi contra. Todo lo que la
justicia divina tenía contra mí fue puesto sobre Aquel que llevó el pecado,
quien sufrió la ira de un Dios que aborrece el pecado, a fin de que yo pueda
estar gratuita y eternamente perdonado y aceptado en un Salvador resucitado y
glorificado.
Ésas son buenas
nuevas; ¿las cree el lector? Dígame, querido lector, ¿cree de corazón en un
Cristo muerto y resucitado? ¿Ha acudido a él como un pecador perdido y ha
puesto toda su confianza en Él? ¿Cree Ud. que “Cristo murió por nuestros
pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al
tercer día, conforme a las Escrituras”? (1.ª Corintios 15:3-4). Si lo cree, está
Ud. salvado, justificado, aceptado y cumplido en Cristo. Es cierto que por
naturaleza es Ud. una pobre y débil criatura, ya que posee una mala naturaleza
contra la cual necesita luchar incesantemente; pero Cristo es su vida, su
sabiduría, su justicia, su santificación, su redención, su todo. Él vive para
siempre en los cielos por Ud. Murió para purificarlo y vive para guardarlo en
la pureza. Ud. ha sido limpiado por cuanto la muerte de él puede limpiar, y Ud.
es mantenido limpio por cuanto la vida de él puede conservarle así. Él se ha
hecho responsable por Ud. A los ojos de Dios, Ud. es lo que Cristo lo hizo ser.
Dios lo ve a Ud. en Cristo y como Cristo. Por eso le ruego que no permanezca
más en los helados y sombríos atrios del legalismo, de la religiosidad y de la
falsa Teología, en los cuales, durante siglos, han resonado los suspiros y los
gemidos de pobres almas angustiadas acerca del pecado y mal enseñadas. Vea la
perfección de su porción y de su posición en un Cristo resucitado y victorioso,
gócese en él a todo lo largo de sus días y viva con la esperanza de estar con
él siempre en las moradas de la gloria celestial.
Habiendo de esta
manera procurado establecer el hecho de que podemos saber que nuestros pecados
son perdonados y que este conocimiento se apoya en la autoridad divina,
consideraremos ahora, dirigidos por la enseñanza del Espíritu Santo, el tema
del perdón de los pecados tal como nos lo revela la Palabra de Dios. Lo
presentaremos bajo los tres siguientes aspectos:
· Primero: El fundamento sobre el cual Dios perdona los pecados.
· Segundo: La extensión del perdón que Dios da.
· Tercero: La manera en que Dios perdona.
La consideración del tema desde estos tres
puntos de vista, espero que sirva para darnos claridad, amplitud y precisión en
la comprensión global del mismo. Cuanto más claramente comprendamos cuál es el
fundamento del perdón divino, tanto mejor apreciaremos su extensión y
admiraremos la manera en que Dios perdona. Quiera Dios el Espíritu Santo ser
ahora nuestro guía mientras consideramos unos momentos el primer punto.
1. El fundamento del perdón divino
Es de la mayor
importancia que un alma inquieta acerca del pecado comprenda bien este punto cardinal,
pues es imposible que una conciencia divinamente despertada pueda hallar reposo
si no ve claramente cuál es el fundamento del perdón. Se puede tener ciertos
pensamientos vagos en cuanto a la misericordia y la bondad de Dios, en cuanto a
su disposición a recibir a los pecadores y a perdonar sus pecados; se puede
saber que él es tardo para la ira y rico en misericordia. Un alma convencida de
pecado puede saber todo esto, pero, a menos que sea llevada a comprender cómo
Dios puede ser justo y, sin embargo, justificar al pecador; cómo puede ser a la
vez un Dios justo y Salvador; cómo él ha sido glorificado con respecto al
pecado; cómo todos los atributos divinos han sido armonizados; a menos que
—decía— un alma haya comprendido estas cosas, ella se ve obligada a permanecer
ajena a la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. Una conciencia, en la
cual ha resplandecido la poderosa luz de la verdad divina para convencerla de
pecado, siente y reconoce que el pecado jamás puede entrar en la presencia de Dios
y que no puede enfrentarse más que con el justo juicio de un Dios que aborrece
al pecado. Por eso ella sólo puede sentir angustia hasta que conozca y crea la
manera en que Dios ha obrado respecto del pecado. Así como el pecado es una
realidad, la santidad de Dios es una realidad, la conciencia es una realidad,
el juicio venidero es una realidad. Todas estas cosas merecen ser formalmente
consideradas: la justicia debe ser satisfecha, la conciencia debe ser
purificada y Satanás debe ser reducido a silencio. ¿Cómo puede ser hecho todo
ello? ¡Únicamente por medio de la cruz de Jesús!
Aquí tenemos, pues,
el verdadero fundamento del perdón
divino. La preciosa expiación hecha por Cristo constituye la base del único
terreno en el cual un Dios justo y un pecador justificado pueden establecer una
dulce comunión. En la expiación veo el pecado condenado, la justicia
satisfecha, la ley glorificada, el pecador salvado, el adversario confundido.
La Creación jamás produjo algo semejante. La Creación exhibe el poder, la
sabiduría y la bondad de Dios, pero aun lo más hermoso de ella no es comparable
a la “gracia que reina por la justicia” (Romanos 5:21), no tiene parangón con
la gloriosa alianza de la “justicia y la paz; la misericordia y la verdad”
(Salmo 85:10). Le estaba reservada al Calvario la manifestación de esta
maravilla. En el Calvario, en la cruz, la tan importante y fundamental pregunta
«¿Cómo Dios puede ser justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador?»
encuentra su gloriosa respuesta. La muerte de Cristo resuelve la cuestión. Un
Dios justo tuvo que tratar la cuestión del pecado en la cruz a fin de que un
Dios justificador pudiese tener trato con el pecador sobre el nuevo y eterno
fundamento de la resurrección. Dios no podía tolerar el pecado o pasar por alto
una simple jota o tilde de pecado, pero sí podía quitarlo. Condenó el pecado.
Derramó su justa ira sobre el pecado, a fin de poder derramar todo su favor
sobre el pecador creyente.
En la
cruz de Jesús, este gran hecho está grabado:
Ha sido el pecado juzgado, y el pecador salvado.
¡Precioso
testimonio! ¡Ojalá que todo pecador inquieto lo lea con los ojos de la fe! Es
un testimonio que da al corazón una paz sólida. Dios fue satisfecho en cuanto
al pecado. Eso es suficiente para mí. Aquí, mi turbada y culpable conciencia
halla dulce descanso. Vi cómo mis pecados se alzaban ante mí como sombría
montaña, amenazándome con la ira eterna; pero la sangre de Jesús los borró
todos y Dios no los ve más; han sido quitados, quitados para siempre, cayeron
como plomo en las profundas aguas del olvido divino, y fui librado de ellos por
Aquel que fue clavado en la cruz por mis pecados, Aquel que ahora está sentado
en el trono sin ellos.
Tal es, pues, el
fundamento del perdón divino. ¡Qué sólido fundamento! ¿Quién podría afectarlo?
¿Qué podría conmoverlo? La justicia lo estableció, y la conciencia turbada
puede descansar sobre este fundamento. Es preciso que Satanás lo reconozca.
Dios se reveló a sí mismo como el Justificador, y la fe anda a la luz y el
poder de esta revelación. Nada puede ser más simple, más claro ni más
satisfactorio. Si Dios se revela a sí mismo como Justificador, entonces soy
justificado por la fe en la revelación. Cuando las glorias morales de la cruz
han iluminado al pecador, éste ve y sabe, cree y reconoce que Aquel que juzgó
sus pecados en la muerte le ha justificado en la resurrección.
Lector inquieto:
empéñese, se lo suplico, en captar el verdadero fundamento en el que se apoya
el perdón de los pecados. No habría ningún provecho para Ud. en considerar la extensión de ese perdón y la manera en que Dios lo da, mientras su conciencia turbada no haya sido
conducida a descansar en ese fundamento
inquebrantable. Razonemos juntos. ¿Qué es lo que le impide a Ud. descansar,
desde este mismo instante, en el fundamento de una redención cumplida? ¿Su
conciencia tiene necesidad, para verse satisfecha, de algo más que lo que
satisfizo la inflexible justicia de Dios? Dios se revela a sí mismo como Aquel
que justifica con justicia al pecador que cree en su Hijo. Este fundamento ¿no
es lo suficientemente fuerte para Ud., de modo que no puede mantenerse firme en
él como pecador justificado? ¿Qué dice Ud.? ¿Está satisfecho? ¿Cristo le basta?
¿Busca aún algo en Ud. mismo, en sus caminos, en sus obras, en sus
pensamientos, en sus sentimientos? Si es así, abandone toda búsqueda semejante
como algo absolutamente vano, pues nunca hallará nada, o si encontrara algo no
sería más que un obstáculo, una pérdida, un estorbo. Cristo es suficiente para
Dios, y ojalá que lo sea para Ud. también. Entonces, y sólo entonces, será Ud.
verdaderamente dichoso.
Quiera Dios que
desde este instante Ud. descanse en el perfecto sacrificio de Cristo, único
fundamento del perdón divino, y que con interés y claridad pueda comprender lo
que vamos a decir sobre el segundo punto de nuestro tema.
2. La extensión del perdón divino
Muchos están
perplejos acerca de este punto. No ven la plenitud de la expiación y no captan
la aplicación de ella a todos sus
pecados. No captan toda la fuerza de estas palabras que, quizás, entonan a
menudo: «Quien todas tus iniquidades, con gracia abundante perdona.» Parecen
estar bajo la impresión de que Cristo llevó solamente algunos de sus pecados (los que precedieron a su conversión) y
viven angustiados acerca de los pecados de cada día, como si esos pecados
debieran ser quitados según otro principio que el aplicado a sus pecados de
otrora. De modo que se sienten muy abatidos y seriamente preocupados. Y no
puede ser de otra manera mientras no comprendan que, en la muerte de Cristo,
tienen todo lo que les hace falta para obtener el completo perdón de todos sus pecados. Es cierto que si un
hijo de Dios comete un pecado debe acercarse a su Padre y confesárselo. Pero
¿qué dice el apóstol acerca de aquellos que confiesan así sus pecados? Dios “es
fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1.ª
Juan 1:9). ¡Fiel y justo! ¿Por qué no dice más bien: “lleno de gracia y de
bondad”? Porque el apóstol razona conforme a esta verdad: toda la cuestión del
pecado fue tratada a fondo y completamente resuelta por la muerte de Cristo,
quien actualmente está en el cielo como un Abogado justo. Bajo ningún otro
fundamento Dios podría ser “fiel y justo” en relación con el perdón de pecados.
Todos los pecados del creyente fueron
expiados en la cruz. Si uno solo de mis pecados no hubiese sido expiado, yo
estaría eternamente perdido, pues es imposible que un solo pecado, por pequeño
que parezca, pueda entrar en el santuario de Dios. Además, si todos los pecados
del creyente no hubieran sido expiados por la muerte de Cristo, ni confesión,
ni ruegos, ni ayunos, ni ningún otro medio valdría para obtener el perdón; pues
la muerte de Cristo constituye el único
fundamento sobre el cual Dios, con fidelidad y justicia, puede perdonar el
pecado; y sabemos que él puede perdonar los pecados únicamente con fidelidad y
justicia, de lo contrario, no puede hacerlo en absoluto, lo que es motivo de
alabanza para él y del mayor de los goces para nosotros.
Pero el lector tal
vez diga: «¡Cómo! ¿Quiere Ud. decir que mis pecados futuros también fueron expiados?». A lo que respondo que todos
nuestros pecados eran futuros cuando Cristo los llevó en el madero maldito. Los
pecados de todos los creyentes de los siglos transcurridos desde entonces eran
futuros cuando Cristo murió por ellos. Entonces, si la idea de los pecados que
podemos cometer en el porvenir —si todavía somos dejados aquí— es una
dificultad y nos desconcierta, la de los pecados pasados es una dificultad no
menos grande[1] . Pero, en realidad,
toda esta incertidumbre acerca de los pecados futuros proviene en gran parte de
la costumbre que tenemos de considerar la cruz desde nuestro propio punto de vista
en vez de hacerlo desde el punto de vista de Dios: contemplamos esa obra desde
la tierra en vez de hacerlo desde el cielo. La Escritura nunca habla de pecados
futuros. El pasado, el presente y el futuro sólo son cosas humanas y
terrenales; pero, para Dios, todo es un eterno presente. Todos mis pecados
estaban ante la mirada de la infinita justicia en la cruz, y todos fueron
puestos sobre la cabeza de Jesús, quien, mediante su muerte, colocó el eterno
fundamento del perdón de pecados, a fin de que el creyente, en cualquier
momento de su vida, en cualquier etapa de su carrera, desde el instante en que
las preciosas buenas nuevas del Evangelio resonaron en sus oídos y él las
creyó, hasta el día en que entre en la gloria, sea capaz de decir con claridad y
decisión, sin reservas, sin temor y sin titubeos: “Echaste tras tus espaldas
todos mis pecados” (Isaías 38:17). Y hablar así no es más que la respuesta de
la fe a la propia declaración de Dios, quien dijo: “Nunca más me acordaré de
sus pecados y de sus iniquidades.” “Jehová cargó en él el pecado de todos
nosotros” (Hebreos 8:12; Isaías 53:6).
Tomemos como ejemplo
el caso del malhechor en la cruz. Cuando, como pecador convencido, dirigió la
mirada de la fe a Aquel que estaba crucificado a su lado, ¿no fue, desde ese
mismo instante, hecho capaz de entrar en el paraíso de Dios? ¿No fue investido
de un título divino para pasar de la cruz de un malhechor a la presencia de
Dios? Indudablemente. Desde ese momento ¿tuvo que hacer por su cuenta algo
adicional que le hiciese digno de entrar en el cielo? En absoluto. Pues bien,
supongamos que, en vez de ir al cielo, se le hubiese permitido descender de la
cruz. Supongamos que se le hubieran arrancado los clavos de sus manos y sus
pies y se le hubiera dejado ir en libertad. Habría tenido el pecado en su
naturaleza y, por consiguiente, habría estado expuesto a pecar, por
pensamiento, por palabra y por obras. Pero ¿habría perdido por eso su título,
lo que lo hacía apto para habitar en el cielo? ¡No, por cierto! pues su título
era divino y eterno. Todos sus pecados habían sido llevados por Jesús. Lo que
lo había calificado para entrar en el cielo desde el comienzo, había sido hecho
de una vez y para siempre, de modo que si hubiera permanecido cincuenta años en
la tierra, en todo momento habría estado calificado para entrar en el cielo.
Es cierto que, si el
pecador perdonado comete pecado, su comunión con Dios es interrumpida y que
ella sólo puede ser restablecida por la sincera confesión de su pecado. “Si
decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no
practicamos la verdad” (1.ª Juan 1:6). Pero, si bien mi comunión puede ser
interrumpida, mi título jamás puede ser anulado. Todo ha sido cumplido en la
cruz. Todo pecado, toda culpa fue expiada por ese sacrificio precioso e
incomparable, que hace pasar al creyente de una posición de pecado y
condenación a una posición de justificación y de perfecto favor. Es transferido
de una posición en la que no tenía la menor traza de justicia a una posición en
la cual no tiene ni puede tener jamás la menor traza de culpa. Está establecido
en la gracia, respira la atmósfera de la gracia. Tal es su única y constante
posición a los ojos de Dios y ante Dios. Si comete pecado (y ¿quién no peca?),
debe confesarlo. Y ¿qué resulta de ello? Perdón y purificación, sobre la base
de la fidelidad y de la justicia de Dios, las que han sido perfectamente
satisfechas en la cruz de Cristo. Todo
está fundado en la cruz: la fidelidad y la justicia de Dios, el oficio de
Cristo como abogado, nuestra confesión, nuestro completo perdón, nuestra
perfecta purificación, la restauración de nuestra comunión, todo descansa sobre
la sólida base de la preciosa sangre de Cristo.
El lector no debe
perder de vista que en este momento consideramos un solo punto: la extensión
del poder divino. Hay otros puntos de gran importancia en relación con nuestro
tema, tales como la unidad del creyente con Cristo, su adopción en la familia
de Dios, la morada del Espíritu Santo en él, todo lo cual implica necesariamente
el completo perdón de pecados. Pero debemos limitarnos al asunto que tratamos,
y, después de haber intentado exponer el fundamento y la extensión del perdón
de pecados, concluiremos con algunas palabras sobre la manera en que Dios perdona.
3. La manera en que Dios perdona
Todos sabemos muy bien que, en todo acto que
se realice, mucho depende el resultado de la manera en que se realiza.
Ciertamente, a menudo hay más poder en la manera en que se realiza un acto, que
en el acto mismo. Muchas veces hemos oído decir: «Reconozco que Fulano me hizo
un favor, pero lo hizo de tal manera que le quitó todo mérito.» Y el Señor
tiene su manera de hacer las cosas; ¡bendito sea su Nombre! Él no solamente
hace grandes cosas, sino que las hace de modo que nos convenzamos de que es su
corazón el que actúa. Los actos que él realiza no sólo son buenos en sí mismos,
sino que la manera en que los cumple es de lo más deleitosa.
Tomemos uno o dos
ejemplos. Notemos las significativas palabras del Señor dirigidas a Simón el
fariseo en el capítulo 7 de Lucas: “No teniendo ellos con qué pagar, perdonó
[de gracia o libremente][2] a ambos.” Ahora bien, en lo que al pago de la deuda se
refiere, el resultado habría sido el mismo independientemente de la manera
adoptada. Mas ¿qué corazón no percibirá la fuerza moral de la expresión? ¿Quién
podría mantenerse ajeno a este detalle? ¿Quién admitirá ver la esencia del acto
despojada de la manera en que se realiza? El acreedor podría haber perdonado la
deuda murmurando por el monto de la misma, y tal murmuración, para el juicio de
un corazón sensible, habría privado al acto de todos sus encantos. Por otro
lado, la liberalidad en la manera de perdonar, acrecienta inconmensurablemente
el valor del hecho.
Consideremos también unos instantes esa
tan conocida, pero siempre provechosa, porción del inspirado Volumen: el
capítulo 15 del evangelio de Lucas. Cada una de las parábolas que contiene nos
muestra el poder y la belleza que hay en la manera en que el Señor hace las
cosas. Cuando el hombre encuentra su oveja ¿qué hace? ¿Se queja de toda su
fatiga y se pone a arrearla delante de sí? ¡Oh, no, nunca haría tal cosa! ¿Qué
hace, pues? “La pone sobre sus hombros.” ¿Y cómo lo hace? ¿Se lamenta de lo que
pesa o del trabajo que se toma? No, sino que está “gozoso”. Demuestra que está
contento de haber hallado su oveja y está “gozoso” de llevarla sobre sus
hombros hasta el redil. ¡Qué admirable manera de hacer las cosas!
Veamos todavía el caso
de la mujer que perdió la dracma. “Enciende la lámpara, y barre la casa, y
busca con diligencia.” No se ve
lentitud, ni pereza, ni indiferencia. Actúa “con diligencia”, como alguien que
pone todo su corazón en su trabajo. Era visible que la mujer deseaba
ardientemente encontrar su dracma. La manera en que lo hacía lo demostraba.
Finalmente, notemos
la manera en que el padre recibe al hijo pródigo: “Y cuando aún estaba lejos,
lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.” No envió a un siervo
para que le dijese al vagabundo que puede entrar a cualquier parte de la casa,
como la cocina o su cuarto. ¡No! el propio
padre corre. Pone de lado, por así decirlo, su dignidad de padre, a fin de
dar expresión a su afecto paternal. No está satisfecho meramente de recibir al
hijo pródigo, sino que necesita mostrar que todo su corazón está puesto en esta
recepción; quiere que se sepa no sólo que
recibe al hijo extraviado sino también cómo
lo recibe.
Hay muchos otros pasajes
que ilustran la manera en que Dios perdona, pero creemos que los que ya
acabamos de mencionar bastarán para probar que Dios, en su gracia, reconoce el
poder que la manera tiene de actuar
sobre el corazón humano, de modo que terminaré estas líneas suplicando al
lector que no olvide que el fundamento sobre el cual Dios perdona es tan sólido
como el propio trono de Dios; que la extensión de este perdón es infinita y que
la manera en que él es otorgado es la apropiada para infundir seguridad al
corazón más tímido. Dígame, pues, querido lector: ¿Está convencido acerca de
este importante asunto del perdón de pecados? ¿Podría seguir dudando de la
buena voluntad de Dios para perdonar, cuando él ha puesto ante Ud., de una
manera tal, el fundamento del perdón, la extensión del mismo y la manera en que
perdona el pecado? ¿Podría todavía dudar cuando él hoy:
Te abre a ti su propio corazón
Sus pensamientos muestra, ¡cuán bellos son!
El Señor le espera
con los brazos abiertos para recibirle. Le señala la cruz, donde ha puesto el
fundamento del perdón; le asegura que todo está cumplido; le ruega que descanse
desde ahora y para siempre en lo que él ha hecho por Ud. ¡Quiera Dios mostrarle
estas cosas en toda su claridad y plenitud, a fin de que no solamente crea en el
perdón de los pecados, sino que también crea que todos sus pecados son
perdonados, y perdonados para siempre!
C. H. M.
[1] N. del A.—
Recuérdese que toda la eficacia de los sufrimientos expiatorios de Cristo en la
cruz están siempre presentes ante Dios, y el alma del creyente puede hallar
allí el inconmovible fundamento de las benditas palabras de Romanos 8:34:
“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también
resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por
nosotros.”
[2] N. del T.— La
Versión Autorizada inglesa, que cita C.H.M., vierte aquí el verbo griego charizomai (perdonar) con un sentido
quizás más preciso: «perdonar libremente».
El significado del verbo es «otorgar un favor de forma incondicional»
(Vine). «Hacer algo grato, agradable a alguien, conceder un favor, gratificar.
En Lucas 7:42, ‘perdonar de gracia, perdonar libremente’» (Thayer). Darby, en
su versión inglesa, adjunta una nota al pie diciendo: «Así como en 1.ª
Corintios 2:12 ‘otorgar libremente’».