El nuevo nacimiento

 

¿En qué consiste?

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

 

 

Introducción

 

Pocos asuntos han suscitado mayor dificultad y perplejidad que el de la regeneración o nuevo nacimiento. Muchísimos creyentes, objetos del nuevo nacimiento, ignoran su significado, y están llenos de dudas respecto de si alguna vez han nacido realmente de nuevo. Muchos, si fuesen a expresar sus pensamientos, dirían: «¡Oh, si supiera con certeza que he pasado de muerte a vida; si solamente supiera que he nacido de nuevo, qué feliz sería!». Día tras día, año tras año se sienten agobiados por las dudas y los temores. A veces creen, llenos de esperanza, que el cambio se ha realizado en ellos; pero pronto abandonan tal pensamiento creyéndolo ilusorio. Lo que sucede es que, en vez de basarse en la clara enseñanza de la Palabra de Dios, juzgan el asunto por sus propios sentimientos y experiencia, lo cual los deja inmersos en la incertidumbre y la confusión. Es de temer que las ideas erróneas que prevalecen sobre este tema dependen en gran medida del hecho de predicar el nuevo nacimiento y sus frutos en lugar de Cristo; de colocar el efecto antes que la causa.

 

Consideraremos, pues:

 

Primero: ¿Qué es la regeneración?

Segundo: ¿Cómo se produce? 

Tercero: ¿Cuáles son sus resultados?

 

I. ¿Qué es la regeneración?

 

Muchos se figuran que es un cambio operado en la vieja naturaleza por el influjo del Espíritu Santo. Se cree que este cambio o mejoría se va produciendo de forma gradual hasta que la vieja naturaleza quede completamente exterminada. Esta idea involucra dos errores: (a) En cuanto a la verdadera condición de la vieja naturaleza y (b) respecto de la personalidad del Espíritu Santo. En otras palabras, es negar la irremediablemente arruinada naturaleza humana y representar al Espíritu Santo más como una influencia que como una persona.

 

La Palabra de Dios enseña que el hombre natural se halla en una absoluta e irremediable condición de ruina. Veamos las pruebas bíblicas. “Y vio Jehová que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). Las palabras “todo”, “de continuo'' y “solamente” excluyen toda idea de enmienda de la condición del hombre ante Dios. Asimismo: “Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Salmo 14:2-3). Aquí de nuevo las expresiones “todos”, “no hay quien” y “no hay ni siquiera uno” excluyen la idea de cualquier tipo de enmienda en lo que toca a la condición del hombre tal como ha sido juzgada en la presencia de Dios. Citamos a Moisés y los Salmos; veamos qué dicen los profetas: “¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana” (Isaías 1:5-6). “Voz que decía: Da voces. Y yo respondí: ¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es hierba, y toda su gloria como flor del campo” (Isaías 40:6). “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Tomemos también algunos textos del Nuevo Testamento: “Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre” (Juan 2:24-25). “Lo que es nacido de la carne, carne es” (Juan 3:6). Léase también Romanos 3:9-19. “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7). “[Estabais] sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Podríamos multiplicar las citas, pero no es necesario. Las mencionadas bastan para probar que la naturaleza humana está totalmente perdida, alejada de Dios, sin fuerza, que el hombre es culpable, malo e inclinado de continuo al mal. ¿Cómo, pues, podría reformarse y menos aún transformarse? “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías, 13:23). “Lo torcido no se puede enderezar” (Eclesiastés 1:15). El hecho es que cuanto más detenidamente examinemos la Palabra de Dios, más nos daremos cuenta de que el método divino no consiste en reformar una cosa arruinada, sino en crear algo enteramente nuevo. Y esto es precisamente lo que sucede con la vieja naturaleza del hombre. Dios no se propone mejorarla. La finalidad del Evangelio no es la de mejorar al hombre, como si le pusieran un remiendo en su vestido viejo y gastado, sino de proveerle de uno enteramente nuevo. La ley demandaba la obediencia del hombre, pero éste jamás pudo cumplir. Las ordenanzas no surtieron efecto alguno en él, y Dios fue totalmente excluido. El Evangelio, por el contrario, nos muestra a Cristo magnificando la ley y haciéndola honorable; nos revela a Cristo muriendo en la cruz y clavando allí las ordenanzas que nos eran contrarias; presenta a Cristo levantado de la tumba y ocupando su asiento —como vencedor— a la diestra de la Majestad en las alturas, y finalmente declara que todos los que creen en su nombre son participantes de su propia vida de resurrección y son “uno” con el Señor resucitado (léanse cuidadosamente los siguientes pasajes: Juan 20:31; Hechos 13:39; Romanos 6:4-11; Efesios 2:1-6; 3:13-18; Colosenses 2:10-15).

 

Es de suma importancia tener un conocimiento claro y sólido de este asunto; porque si creemos que el nuevo nacimiento consiste en un cambio operado en la vieja naturaleza de forma paulatina, la consecuencia será que permaneceremos con ansiedad, dudas y temores, tristes y abatidos, hasta comprobar —desilusionados— que la carne es siempre la carne. Ninguna influencia ni operación del Espíritu Santo pueden jamás hacer que la carne sea espiritual. “Lo que es nacido de la carne, carne es”, y nunca podrá ser otra cosa que “carne” (Juan 3:6). Y “toda carne es como hierba”, como hierba marchita (1 Pedro 1:24). La Escritura presenta a la carne no como algo que tiene que ser mejorado, sino como algo que Dios considera muerta y que nos insta a “hacer morir” (Romanos 8:13), a subyugarla y negarla en todos sus deseos y obras. Vemos el fin de todo lo que pertenece a la vieja naturaleza en la cruz de Cristo: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).

 

No dice aquí que los que son de Cristo, tratan de mejorar y reformar su carne, sino que la “han crucificado”. Y ¿cómo pueden realizarlo? Por el poder del Espíritu Santo, el cual actúa no sobre la vieja naturaleza sino en la nueva, capacitándolos para relegar al viejo hombre adonde la cruz lo ha colocado: en el lugar de la muerte.

 

Dios no espera nada de la carne, sino que la considera muerta, y nosotros debemos hacer lo mismo. La ha colocado fuera del alcance de sus ojos, y así debemos mantenerla nosotros. Para Dios la carne no existe, no la reconoce, y nosotros no debemos permitir que se manifieste. Es cierto que está en nosotros, pero Dios nos concede el privilegio de considerarla muerta y de tratarla como tal. Su afirmación concluyente es: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Inmenso alivio para el corazón que ha luchado por años tratando en vano de mejorar su naturaleza. También es un inmenso alivio para la conciencia, que ha estado buscando el fundamento de la paz sobre una reforma gradual de algo que es totalmente irreparable. Por último también es un alivio para toda alma que, por años, ha buscado vehementemente la santidad, creyendo que puede mejorar la carne, y, contrariamente, comprueba que, como siempre, sigue odiando la santidad, pero amando el pecado. Es de inestimable valor e importancia que estas almas comprendan la verdadera naturaleza de la regeneración. Sólo los que han pasado por esta terrible experiencia saben la profunda y amarga decepción que siente una persona que tras años de lucha esperando en vano un cambio en su naturaleza, termina comprobando que la carne es siempre la carne. Pero su angustia y desilusión se convierten en paz y gozo al saber que Dios no espera que aquella mejore, pues la considera muerta, y a nosotros nos ve vivos en Cristo, como una sola cosa con él, habiéndonos hecho aceptos en él para siempre. Una clara y plena comprensión de esta verdad dará lugar a la divina emancipación de la conciencia y a la verdadera elevación de todo el ser moral.

 

Claramente vemos, pues, que la regeneración es un nuevo nacimiento; la comunicación de una nueva vida; la implantación de una nueva naturaleza; la formación de un nuevo hombre. La vieja naturaleza permanece con todas sus características, pero la nueva es introducida también con todas sus cualidades y tendencias. Ella tiene sus propios hábitos, deseos y afectos, pero son espirituales, divinos, del cielo. Sus aspiraciones apuntan siempre hacia arriba, a la fuente celestial de donde ha emanado. Como en la naturaleza el agua busca siempre su propio nivel, así también en la gracia, la nueva naturaleza divina siempre va en busca de su propia fuente. La regeneración es para el alma lo que el nacimiento de Isaac fue para la casa de Abraham (Génesis 21). Ismael siguió siendo Ismael, pero Isaac fue introducido; del mismo modo, la vieja naturaleza sigue siendo la misma, pero la nueva es introducida en la vida del creyente: “Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. Participa de la naturaleza de su fuente. Así como el niño participa de la naturaleza de sus padres, el creyente es hecho “participante de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4). “El, de su voluntad, nos hizo nacer” (Santiago 1:18). En una palabra, la regeneración es solamente obra de Dios, desde el principio hasta el fin. Él es quien obra, el hombre es el feliz y privilegiado objeto. No se busca su colaboración en una obra que tendrá que llevar siempre el sello de una sola mano todopoderosa. Dios actuó solo en la creación, solo en la redención y de igual manera solo en la misteriosa y gloriosa obra de la regeneración.

 

II. ¿Cómo se produce el nuevo nacimiento?

 

Una vez que presentamos varios pasajes de la Palabra que demuestran que la regeneración o nuevo nacimiento no constituye un cambio en la naturaleza caída del hombre, sino que consiste en la comunicación de una nueva naturaleza divina, pasaremos a considerar, dependiendo de la enseñanza del Espíritu Santo, cómo se produce el nuevo nacimiento, cómo la nueva naturaleza se comunica al hombre. Éste es un punto de inmensa importancia, puesto que presenta a la Palabra de Dios como el gran instrumento que el Espíritu Santo utiliza para dar vida a los muertos. “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos” (Salmo 33:6), y, por la Palabra, las almas de los muertos son llamadas a la nueva vida. La Palabra de Dios es poderosa tanto para crear como para regenerar. Ella ha llamado al universo a la existencia; llama a los pecadores de muerte a vida. La misma voz que en otro tiempo decía “sea la luz”, es la que en todos los casos debe decir: “Sea la vida”.

 

En el capítulo 3 del evangelio de Juan vemos el encuentro de Jesús con Nicodemo. En él encontramos preciosas instrucciones acerca del modo en que tiene lugar el nuevo nacimiento. Nicodemo ocupaba una posición muy elevada en lo que podríamos denominar el mundo religioso. Era “un hombre de los fariseos”, “un principal entre los judíos”, “maestro de Israel”. Difícilmente podría haber ocupado una posición más elevada o influyente. Sin embargo, es evidente que este hombre que gozaba de tan alto privilegio se sentía intranquilo, desconcertado. A pesar de todos sus privilegios religiosos, sentía una incesante inquietud ante algo que ni su fariseísmo ni todo su sistema de judaísmo podían resolver. Es muy probable que no fuese capaz de definir qué es lo que quería. Pero quería algo, pues de lo contrario nunca habría venido a Jesús de noche. Es evidente que el Padre lo estaba atrayendo al Hijo con su irresistible a la vez que delicada mano (Juan 6:44). Y el Padre lo atraía provocando en él un profundo sentimiento de necesidad que nadie podía satisfacer. Es un caso muy común. Unos son atraídos a Jesús mediante un profundo sentimiento de culpa, mientras que otros lo son por un profundo sentido de necesidad. Nicodemo, evidentemente, pertenecía al segundo grupo. La posición que ocupaba excluía toda idea relativa a una conducta inmoral grosera, por lo que, todo indicaría que más que un sentimiento de culpa en su conciencia, lo que había era un gran vacío en su corazón. Pero, finalmente, todos tiene que ir por igual a Jesús: tanto los que tienen mala conciencia como los que tienen un corazón sediento, pues Él solamente puede satisfacer perfectamente a todos. Con su precioso sacrificio, Jesús puede quitar toda mancha de la conciencia y dejarla perfectamente limpia, y con su Persona incomparable puede llenar el más profundo vacío del corazón, dejándolo plenamente satisfecho.

 

Pero Nicodemo, como muchos otros, debía dejar atrás muchas cosas antes de llegar verdaderamente al conocimiento de Jesús; debía desprenderse de una pesada carga de maquinaria religiosa antes de aprender la divina simplicidad del plan de salvación de Dios. Debía descender de la cumbre del saber rabínico y de la religión tradicional, y aprender el alfabeto del Evangelio en la escuela de Cristo. Esto era muy humillante para “un hombre de los fariseos”, “un principal entre los judíos”, un “maestro de Israel”. En ninguna cosa el hombre es más tenaz que en cuanto a su religión y a su saber. Y, a oídos de Nicodemo, debe de haber sonado extraño que aquel que había “venido de Dios como maestro” le dijera: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3). Al ser judío por nacimiento y, por ende, tener derecho a todos los privilegios de un hijo de Abraham, se habrá visto invadido de una extraña perplejidad cuando el Señor le dijo que debía nacer de nuevo para poder ver el reino de Dios. Esto implicaba renunciar a todos sus privilegios y distinciones; descender, de una vez, del escalón mas alto al escalón más bajo.

 

Un fariseo, un maestro, un principal, no estaba ni un ápice más cerca de este reino celestial que el más despreciable de los hijos de los hombres. Esto era muy humillante. Diferente habría sido el caso si Nicodemo hubiese podido llevar consigo todos sus privilegio y distinciones a fin de ser acreditado por ellos en este nuevo reino. Ello le habría asegurado una posición muy superior a la de una ramera o a la de un publicano en el reino de Dios. Pero decirle que debía nacer de nuevo, no le dejaba nada en qué gloriarse. ¡Algo muy humillante para un hombre de su posición!

 

“Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?”. Seguramente que no. No tendría mayor valor un segundo nacimiento natural que el primero. Aunque un hombre natural entrase diez mil veces en el vientre de su madre y nacer, no sería nada más que un hombre natural a fin de cuentas, pues “lo que es nacido de la carne, carne es”. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos cambiar la naturaleza ni mejorar la carne. Es imposible convertir la carne en espíritu. Por más alta estima que le atribuyamos —el rango de fariseo, principal entre los judíos, maestro de Israel, lo que se quiera—, la carne, no obstante, sigue siendo carne. Si esta verdad fuese más conocida, centenares cesarían en sus inútiles esfuerzos y obras. La carne no sirve de nada. No es otra cosa que hierba marchita. Sus más piadosos esfuerzos, privilegios y logros religiosos, sus obras de justicia, no son —según afirma la Palabra de Dios— sino “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6). 

 

Pero es sumamente interesante la respuesta del Señor al “¿cómo?” de Nicodemo: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:5-8). Claramente se nos enseña aquí que la regeneración o nuevo nacimiento se produce a partir del “agua y del Espíritu”. Toda persona debe nacer de agua y del Espíritu a fin de poder ver el reino de Dios y acceder a los profundos y celestiales misterios de este reino. El mortal dotado de la más aguda visión, no puede ver el reino de Dios, ni ningún ser humano puede jamás penetrar en los profundos secretos de este reino, por más que cuente con la mente más brillante de todos los tiempos. “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. “El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (1 Corintios 2:14; Juan 3:3).

 

Puede que algunos ignoren lo que significa ser “nacido de agua”. Esta expresión ha suscitado en todo tiempo mucha discusión y controversia; pero solamente comparando Escritura con Escritura podemos determinar el verdadero sentido de tal o cual pasaje. Es una bendición especial que el creyente indocto, el humilde estudiante de la Palabra de Dios, no necesite desplazarse fuera de las tapas del santo Libro para interpretar cualquier pasaje contenido en sus páginas.

 

Para entender, pues, qué quiso decir el Señor con la expresión “nacer de agua”, citaremos dos o tres pasajes de la Palabra. En Juan 1:11-13 leemos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Se deduce de este pasaje que todo aquel que cree en el nombre del Señor Jesucristo es alguien que ha “nacido de nuevo”, que ha “nacido de Dios”. Todos los que por el poder de Dios el Espíritu Santo, creen en Dios el Hijo, son nacidos de Dios el Padre. La fuente del testimonio, su objeto y el poder de recibirlo son todos divinos. La obra completa de la regeneración es divina; por lo tanto, en vez de estar ocupado conmigo mismo, y de preguntar como Nicodemo: «¿Cómo puedo yo nacer de nuevo?», debo sencillamente arrojarme, por la fe, en los brazos de Jesús, y así habré nacido de nuevo. Todos aquellos que depositan su confianza en Cristo han recibido una nueva vida, han nacido de nuevo.

 

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”. “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 5:24; 6:47 y 20:31). Estos pasajes prueban que la única manera en que podemos tener esta nueva vida, vida eterna, es simplemente recibiendo el testimonio respecto de Cristo: todos aquellos que creen este testimonio, tienen esta nueva vida, vida eterna. Notemos que no se trata simplemente de quienes dicen creer, sino de aquellos que realmente creen, según el sentido del término en los pasajes anteriores. Hay poder vivificante en el Cristo que revela la Palabra de Dios, y en la Palabra que revela a Cristo. “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán”. Y, para que la ignorancia no se asombre, y el escepticismo no se mofe ante la idea de que las almas de los muertos puedan oír, añade: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:25, 28, 29). El Señor puede hacer que las almas de los muertos o sus cuerpos oigan su voz vivificante. Su poderosa voz puede comunicar la vida tanto al cuerpo como al alma. El incrédulo y el escéptico argumentan en contra de esto simplemente porque hacen de su vana mente carnal la medida, la norma de lo «que debe ser», excluyendo así enteramente a Dios. Éste es el colmo de la insensatez.

 

Pero el lector puede sentirse dispuesto a preguntar: «¿Qué relación tiene todo esto con el significado de la palabra “agua”?». A lo que respondemos: Tanta como para demostrar que el nuevo nacimiento se produce, como la nueva vida se comunica, por la voz de Cristo, la cual es realmente la Palabra de Dios, como lo leemos en Santiago: “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Y también: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Pedro 1:23). En ambos pasajes la Palabra es presentada como el instrumento por el cual se produce el nuevo nacimiento. Santiago declara que somos engendrados “por la Palabra de verdad” y Pedro manifiesta que somos “renacidos por la Palabra de Dios”. Es obvio, pues, que el Señor, al hablar de nacer “de agua” representa, bajo esta significativa figura, la Palabra de Dios: figura o símbolo que “un maestro de Israel” podía haber entendido con sólo estudiar Ezequiel 36:25-27. Hay un hermoso pasaje en la epístola a los Efesios que presenta a la Palabra bajo la figura del agua: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra” (Efesios 5:25-26). Y también leemos en la epístola a Tito: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7). De todas estas citas aprendemos que la Palabra de Dios es el gran instrumento del que se sirve el Espíritu Santo para dar vida a las almas de los que han muerto. Esta verdad se confirma, de una manera particularmente interesante, por la conversación que el Señor mantiene con Nicodemo; pues, en vez de responder a su reiterada pregunta de “¿cómo puede hacerse esto?”, el Señor le presenta a este “maestro de Israel” la sencilla lección que enseña la serpiente de bronce; antiguamente, los israelitas mordidos eran sanados con una simple mirada a la serpiente alzada (Números 21:59). Ahora el pecador perdido puede hallar la vida sencillamente al mirar a Jesús por la fe, primero clavado en la cruz, y luego sentado en el trono.

 

Seguramente los israelitas habrán mirado las heridas que les provocaron las dolorosas mordeduras de las serpientes, pero para hallar el remedio solamente debían mirar a la serpiente de bronce. Del mismo modo, al pecador perdido, por agobiada que tuviere su conciencia, no se le dice que mire sus pecados para obtener el socorro: una sola mirada de fe a Jesús basta para que tenga la vida. El israelita no tuvo que mirar dos veces para ser sanado; tampoco el pecador debe mirar dos veces para recibir la vida. No fue la manera de mirar, sino el objeto que miró el israelita lo que lo sanó; tampoco es el modo de contemplar, sino el objeto en el cual el pecador fija la mirada lo que lo salva: “Mirad a mí” —dice el Señor— “y sed salvos, todos los términos de la tierra” (Isaías 45:22). Esta fue la preciosa lección que Nicodemo debía aprender, y la respuesta a su insistente pregunta respecto al «cómo». Si alguien comienza a razonar acerca del nuevo nacimiento, seguramente quedará confundido; pero si cree en Jesús, nacerá de nuevo. La razón humana nunca podrá comprender el nuevo nacimiento, porque la Palabra de Dios lo produce. Muchos hallan un tropiezo en esto porque se enfocan en el mecanismo o proceso de la regeneración, en vez de someterse a la Palabra regeneradora. Y el resultado es que están desconcertados y confundidos. Se miran a sí mismos, en vez de mirar a Cristo. Y no puede ser de otra manera, pues existe una inseparable conexión entre el objeto que miramos y el efecto que tal mirada produce. ¿Qué habría ganado un israelita mirando sus heridas? ¡Nada! ¿Qué consiguió al mirar a la serpiente de bronce? Ser sanado. ¿Qué gana el pecador al mirarse a sí mismo? ¡Nada! ¿Qué gana al mirar a Jesús?: “La vida eterna”.

 

III. ¿Cuáles son sus resultados?

 

Como tercer y último punto, consideraremos los resultados de la regeneración, punto —huelga decirlo— de sumo interés. ¿Quién podrá jamás apreciar debidamente los gloriosos resultados de ser hijos de Dios? ¿Quién podrá describir los afectos que pertenecen a una relación tan santa y elevada en la que entra el alma al nacer de nuevo? ¿Quién puede explicar satisfactoriamente esa preciosa comunión de la que goza el privilegiado hijo de Dios con su Padre celestial? “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Juan 3:1-3). “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:14-17).

 

Es de suma importancia conocer la diferencia entre vida y paz. La primera es el resultado de nuestra unión con la Persona de Cristo; la última es el resultado de su obra. “El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Juan 5:12); pero “justificados, pues, por la fe, tenemos paz” (Romanos 5:1); “haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20). En el mismo momento en que una persona recibe en su corazón la simple verdad del Evangelio, se convierte en un hijo de Dios (Juan 1:12); y esta verdad es la “simiente incorruptible” de “la naturaleza divina” (1 Pedro 1:23; 2 Pedro 1:4). Muchos ignoran todo lo que implica esta simple aceptación de la verdad del Evangelio. En el ámbito natural, el hijo de un noble puede no ser consciente de sus derechos, privilegios y demás consecuencias derivadas de su parentesco; y lo mismo puede suceder en la gracia. Pero esto no cambia nada el hecho; puedo no estar plenamente consciente del parentesco y de sus resultados, pero esto no modifica en absoluto mi posición. Existen afectos y vínculos propios de dicha relación, pero debo cultivarlos y permitir que se puedan entrelazar con naturalidad alrededor de su propio objeto, de Aquel que me ha engendrado por la Palabra de verdad (Santiago 1:18). Tengo el privilegio de gozar plenamente de todo el afecto paternal que emana del corazón de Dios, y de corresponder a este amor, por el poder del Espíritu que mora en mí. “Ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). El nos hizo así, y ha otorgado este maravilloso y extraordinario privilegio a todo aquel que tenga simple fe en la verdad: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Esta posición no se gana “por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho” o que hayamos podido hacer, sino sencillamente “por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:5-7). Somos llamados “hijos” y hechos “herederos”, y simplemente por creer en la verdad del Evangelio, que es “la simiente incorruptible” de Dios.

 

Tomemos el caso del más vil pecador, que hasta el día de hoy ha vivido cometiendo las peores atrocidades. Dejemos que esa persona reciba en su corazón el puro Evangelio de Dios, que crea de todo corazón “que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Corintios 15:4), y, en ese mismo lugar y en ese mismo momento, se convierte en un hijo de Dios; es ahora una persona completamente salvada, perfectamente justificada y aceptada por Dios. Al recibir en su corazón el simple testimonio acerca de Cristo, ha recibido vida nueva. Cristo es “la verdad y la vida”; y, cuando recibimos la verdad, recibimos a Cristo; y cuando recibimos a Cristo, recibimos la vida: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36). Y ¿cuándo recibe esta vida? Desde el momento en que deposita su fe en Cristo: “... para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). La verdad acerca de Cristo es la simiente de la vida eterna, y cuando creemos esta verdad, recibimos la vida.

 

Notemos que esto es lo que afirma la Palabra de Dios. Se trata del testimonio divino, no de sentimientos humanos. No recibimos la vida por sentir algo en nosotros, sino creyendo algo que oímos acerca de Cristo; y eso que oímos se halla fundado en la autoridad de la Palabra eterna de Dios, “las sagradas Escrituras”. Conviene entender bien este punto. Muchos esperan ver en ellos las evidencias o pruebas de la vida nueva, en vez de mirar fuera de ellos, al objeto que comunica dicha vida. Es perfectamente cierto que “el que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Juan 5:10); pero tengamos en cuenta que se trata del “testimonio” de una vida que es recibida por la fe en el Hijo de Dios, y no por el hecho de fijar la mirada en nosotros mismos. Y cuanto más fije la mirada en Cristo, tanto más claro y satisfactorio será “el testimonio” en mí mismo. Si tomo tal “testimonio” como objeto o centro de mi vida espiritual, viviré sumido en un mar de dudas e incertidumbres. Pero, si hago de Cristo el objeto de mi corazón, el testimonio en mí estará revestido de toda su divina integridad y poder. Es sumamente importante no tener ninguna duda respecto de este punto, debido a la fuerte tendencia de nuestros corazones a buscar dentro de nosotros mismos el fundamento de nuestra paz y satisfacción, en vez de edificarlo sola y exclusivamente sobre Cristo. Cuanto más sencillamente nos aferremos a Cristo, sin mirar nada a nuestro alrededor, tanto más reposo y felicidad tendremos; pero, no bien apartemos la mirada de él, tanto más turbados e infelices seremos.

 

En una palabra, el lector debe tratar de comprender, con la mayor precisión y fundamento bíblico, la diferencia entre vida y paz. La primera es el resultado de nuestra relación con la Persona de Cristo, mientras que la segunda es el resultado de creer en su obra consumada. A menudo nos encontramos con personas nacidas de nuevo que se sienten tristemente turbadas e intranquilas en cuanto a su aceptación por Dios. Creen verdaderamente en el nombre del Hijo de Dios y, por consecuencia, tienen la vida; pero, al no ver la plena suficiencia de la obra de Cristo para sus pecados, están turbadas en su conciencia y no hallan reposo en su alma.

 

Ilustremos esta verdad. Si pusiéramos un peso de 50 kilos sobre un muerto, no lo sentiría; por más que aumentemos dicha carga, seguirá sin sentir nada, porque no tiene vida. Pero supongamos por un instante que la recuperase, ¿qué sucedería? Experimentaría una terrible sensación de agobio por el enorme peso. ¿Qué necesitaría entonces para disfrutar plenamente de la vida que ha recibido? Evidentemente que le quiten de encima todo el peso que lo oprime. Lo mismo podemos decir de un pecador que recibe la vida al creer en la Persona del Hijo de Dios. Mientras estaba en un estado de muerte espiritual, carecía de sensibilidad espiritual, no tenía la menor noción de que un peso lo oprimía. Pero cuando recibe la vida, recibe asimismo una sensibilidad espiritual que le hace sentir una gran carga sobre su corazón y su conciencia, y no sabe exactamente cómo deshacerse de ella. Todavía no es consciente de todo lo que implica creer en el nombre del Unigénito Hijo de Dios; ni ha visto que Cristo es a la vez su justicia y su vida. Necesita una simple mirada al sacrificio terminado de Cristo, por el cual todos sus pecados fueron sepultados para siempre en las aguas del eterno olvido, y ver que ahora goza de todo el favor de Dios. Esto, y sólo esto, es lo que puede quitar la pesada carga del corazón e infundir el profundo reposo que nada podrá jamás perturbar.

 

Si veo a Dios como Juez y yo me considero un pecador perdido, necesito “la sangre preciosa de Cristo” —“la sangre de su cruz”— (Colosenses 1:20), para ser llevado a su presencia por “el camino de la justicia”. Debemos comprender plenamente que todas las demandas que Dios, el juez justo, tiene sobre mí —pecador culpable—, han sido divinamente satisfechas y eternamente resueltas por “la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:19). Esto trae paz a mi alma; pues, en virtud de esa sangre, Dios puede ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26). En la cruz, Dios fue glorificado en cuanto a mis pecados. Toda la cuestión del pecado ha sido plenamente resuelta entre Dios y Cristo, en la más absoluta y terrible soledad del Calvario. En consecuencia, mi carga ha sido aliviada, mi peso quitado, mis culpas borradas; puedo respirar tranquilo, tener perfecta paz; no hay literalmente ninguna acusación contra mí. Soy libre, tan libre como la sangre de Jesús puede hacerme. El Juez se ha declarado satisfecho en cuanto al pecado, resucitando de entre los muertos a Aquel que responde por el pecador, y sentándole a la diestra de la Majestad en las alturas.

 

Pero hay otro punto sumamente importante. No sólo me veo como un pecador culpable a quien se le ha abierto el camino de acceso a Dios, Juez justo, sino que veo también que Dios, en cumplimiento de sus eternos consejos de amor electivo, me hizo nacer por la Palabra de verdad, me hizo su hijo, me adoptó como miembro de su familia y me puso en tal relación con él que puedo gozar de su comunión paternal, rodeado de todos los privilegios del divino círculo familiar. Éste, naturalmente, es otro aspecto de la posición y el carácter del creyente. Ya no se trata de presentarse ante Dios con la plena conciencia y seguridad de que toda justa demanda ha sido perfectamente satisfecha. Esto es en sí algo inefablemente precioso para un corazón agobiado por el peso del pecado; pero hay mucho más: el hecho de que Dios es mi Padre y yo soy su hijo. Tiene un corazón de Padre, y puedo contar con su amor en medio de mis debilidades y necesidades. El me ama, no por lo que yo pudiera hacer, sino porque soy su hijo.

 

Miremos a un niño vacilante, objeto de continuo cuidado y solicitud, totalmente incapaz de promover y velar por los intereses de su padre, a quien éste ama tanto que no lo cambiaría por diez mil mundos; pues bien, si esto es así con un padre terrenal, ¿cuánto más podemos esperar de muestro Padre celestial? Nos ama, no por lo que pudiéramos hacer, sino porque somos sus hijos. “El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18). Así como no podemos satisfacer las demandas de un Juez justo, tampoco podemos ganarnos un lugar en el corazón del Padre. Todo lo hemos recibido por pura gracia. El Padre nos ha engendrado y el Juez mismo ha “hallado el rescate” (Job 33:24, VM). Por ambas cosas, pues, somos deudores de la gracia divina.

 

Pero no olvidemos que si bien somos totalmente incapaces de ganarnos un lugar en el corazón del Padre por nuestros propios esfuerzos, o de satisfacer las demandas del Juez justo, somos, no obstante, responsables de creer “el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo” (1 Juan 5:9-11). Digo esto por si alguno de mis lectores se atrinchera tras los dogmas de una teología basada sobre una sola parte de la verdad, mientras rehúsa creer el sencillo testimonio de Dios.

 

Hay muchas personas —inteligentes también— que, cuando se los insta a aceptar el Evangelio de la gracia de Dios, están dispuestos a responder: «No puedo creer mientras Dios no me dé poder para hacerlo; y nunca seré investido de dicho poder a menos que sea uno de los elegidos. Si pertenezco al número de los favorecidos, habré de ser salvo; de lo contrario, no lo podré ser.»

 

El razonamiento de esta escuela teológica no sólo falla por presentar un solo lado de la verdad y omitir el otro, sino que, a partir de la parcialidad de sus argumentos, saca conclusiones equivocadas, a tal punto que termina adoptando la forma de un absurdo y peligroso fatalismo que destruye por completo la responsabilidad del hombre y trae deshonra sobre la administración moral de Dios. Lanza al hombre a una desenfrenada carrera de insensatez, y hace de Dios el autor de la incredulidad del pecador. Claramente esto añade el insulto al agravio, puesto que, primero, hace a Dios mentiroso, y luego lo acusa de ser la causa de todo ello. Rechaza el amor que Dios ofrece al mundo y lo hace a Él culpable de ese rechazo. Esta perversa y temeraria escuela de pensamiento, como dijimos, se basa sobre una teología circunscripta a una sola parte de la verdad.

 

Ahora bien, ¿puede alguien imaginar que tan fútil argumento pueda sostenerse un solo instante ante “el rey de los espantos” (Job 18:14), o ante el tribunal de Cristo? ¿Hay acaso alguna alma en las tenebrosas regiones de los perdidos que piense alguna vez en acusar a Dios de ser el autor de su perdición eterna? ¡De ninguna manera! Solamente en la tierra se arguye de esta manera. Este tipo de argumentos nunca se oyen en el infierno. Cuando los hombres vayan al infierno, sólo se echarán la culpa a sí mismos. En el cielo, alabarán al Cordero. Todos los perdidos habrán de agradecerse a sí mismos; mientras que todos los redimidos darán las gracias a Dios. Cuando el alma no arrepentida haya cruzado el estrecho acueducto del tiempo y desembocado en el infinito mar de la eternidad, comprenderá la profundidad, plenitud y poder de estas palabras del Señor:

 

“¡Cuántas veces quise..., y no quisiste!” (Mateo 23:37).

 

En verdad, la Palabra de Dios enseña claramente tanto la responsabilidad del hombre como la soberanía de Dios. Al hombre le resulta imposible formular un sistema teológico que dé a cada verdad el lugar que le corresponde. Pero él no es llamado a elaborar sistemas, sino a creer el simple testimonio de la Palabra de Dios y a ser salvo por medio de él.

 

Habiendo dicho lo suficiente como para advertir a aquellos que estén en peligro de caer bajo la influencia de dicha línea de argumentación, pasaré a considerar otro aspecto de los resultados de la regeneración: la disciplina en la casa del Padre. Como hijos de Dios, gozamos de todos los privilegios de su casa, y, la disciplina de su casa, es, de hecho, uno de los tantos privilegios de esa casa. Dios ejerce su disciplina hacia nosotros sobre la base de las relaciones en las cuales nos ha introducido. Un padre disciplina a sus hijos, justamente porque son suyos. Si veo a un niño ajeno haciendo algo malo, no me incumbe castigarlo. Para hacerlo, debería estar unido a él por los vínculos paternos y conocer los afectos y responsabilidades que entraña tal parentesco. Asimismo, Dios, nuestro Padre, en su abundante gracia y fidelidad, cuida de nosotros a lo largo de todo nuestro camino, y no toleraría nada en nosotros que fuese indigno de Él y que afectara nuestra paz e impidiese sus bendiciones.

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (Hebreos 12:9-10). La disciplina es, pues, un privilegio positivo, por cuanto constituye una prueba de los cuidados de nuestro Padre, y tiene por objeto nuestra participación en la santidad divina.

 

Pero tengamos siempre en cuenta que la disciplina de la mano de nuestro Padre debe siempre interpretarse a la luz del semblante de nuestro Padre, y que los profundos misterios de su gobierno moral han de contemplarse a través de su tierno amor. Perder esto de vista sería caer seguramente en un espíritu de esclavitud respecto de nosotros mismos y de juicio para con nuestros hermanos, siendo ambas cosas directamente contrarias al espíritu de Cristo. Todos los tratos de nuestro Padre con nosotros, son hechos en perfecto amor; si nos da el pan diario, lo hace con amor, y si deja caer su vara sobre nosotros, también lo hace con amor, porque “Dios es amor”. A menudo sucede que no entendemos las razones de por qué la mano de nuestro Padre actúa de determinada manera hacia nosotros. Nos parece oscuro e inexplicable. La niebla que rodea nuestros espíritus es tan densa y espesa que nos impide ver con claridad la gloriosa luz que dimana del rostro de nuestro Padre y su actitud hacia nosotros. Atravesamos entonces penosos momentos de prueba; una solemne crisis en la historia del alma. Y al no poder comprender los profundos secretos del gobierno divino, corremos grave peligro de perder el sentido del amor divino. Mientras tanto, Satanás seguramente desarrollará una actividad febril: arrojará sus más violentos “dardos de fuego”, sembrando la duda y acosándonos con sus diabólicas sugestiones de las cuales tiene la aljaba llena. Así pues, entre los razonamientos impíos que surgen de dentro de uno mismo, y las horrorosas sugestiones que vienen de afuera, corremos peligro de perder el equilibrio y dejar la preciosa actitud de descansar confiada y sencillamente en el amor divino, cualquiera que sea la forma en que se manifieste el gobierno de Dios.

 

Con respecto a los demás, los efectos también son negativos. ¿Cuántas veces tenemos la costumbre de juzgar erróneamente a nuestros hermanos cuando se hallan visitados de manera especial por la mano de Dios, en mente, cuerpo o circunstancias? ¡Debemos guardarnos de este espíritu! Es un principio enteramente falso creer que toda prueba por la que pasa un hermano se debe siempre a un pecado de su parte. Las experiencias a las que Dios nos somete pueden ser tanto preventivas como correctivas.

 

Citaré un ejemplo: Mi hijo está en la habitación en dulce intimidad conmigo, cuando llega una persona que sé que dirá algunas cosas que no deseo que oiga mi hijo, a quien, sin más explicaciones, ordeno salir de la habitación. Bien; si él no confiase en mí, y se pusiera a pensar el porqué de esto o de aquello, podría interpretar mal mi actitud y poner en duda mi amor; pero, apenas el visitante ha salido, llamo a mi hijo y le explico detalladamente el asunto; entonces, con una renovada experiencia de amor paterno, deja en seguida en el olvido todas las suspicacias generadas durante el mal rato que pasó. Pues bien, así sucede a menudo con nuestros pobres corazones, en lo que respecta a los caminos de Dios con nosotros o con los demás. Razonamos cuando debiéramos descansar confiados; dudamos en vez de depender; la confianza en el inmutable amor de nuestro Padre es el mejor correctivo. ¡Confiemos siempre en la plena seguridad de ese amor inmutable, eterno e infinito que nos ha levantado de nuestro miserable estado a la categoría de “hijos de Dios”, y que nunca nos fallará ni nos abandonará, hasta que entremos en la eterna e inquebrantable comunión de la casa de nuestro Padre! ¡Quiera Dios que ese amor abunde aún más en nuestros corazones, a fin de que podamos comprender más plenamente el significado y el poder de la regeneración: lo que es, cómo se produce y cuáles son sus resultados, para gloria de su nombre!

 

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Traducido en 1990. Corregido y revisado en 2011

El libro es propiedad de Ediciones bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza) ©

 

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