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LA ORACIÓN EN RELACIÓN CON LAS REUNIONES DE
ORACIÓN C.
H. Mackintosh |
Al
considerar el tema tan importante de la oración, dos cosas reclaman nuestra
atención; primeramente, la base moral de la oración; en segundo lugar, sus condiciones
morales.
1. La base moral de la oración
La
Escritura nos presenta la base moral de la oración en palabras tales como
éstas: “Si permanecéis en mí, y mis
palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será
hecho” (Juan 15:7). “Amados, si nuestro
corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que
pidiéremos la recibiremos de él, porque
guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante
de él” (1 Juan 3:21, 22). Cuando el apóstol deseó que los creyentes oraran por
él, les presentó la condición moral de su ruego al decir: “Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena
conciencia, deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).
De
estos pasajes y de muchos otros de similar importancia, aprendemos que, para
que la oración sea efectiva, es necesario un corazón obediente, una mente recta
y una buena conciencia. Si no estamos en comunión con Dios, si no permanecemos
en Cristo, si sus mandamientos no nos gobiernan, si no tenemos “un ojo
sencillo”, ¿cómo podemos esperar respuestas a nuestras oraciones? Estaríamos
haciendo lo que Santiago dice: “Pedís mal, para gastar en vuestros deleites”
(4:3). ¿Cómo puede Dios, siendo un Padre santo, concedernos tales peticiones?
¡Imposible!
Cuán
necesario es, pues, prestar la más seria atención a la base moral sobre la cual
presentamos nuestras oraciones. ¿Cómo podía el apóstol Pablo pedirles a los
hermanos que oraran por él si él no hubiera tenido una buena conciencia, un ojo
simple y un corazón recto, la persuasión interior de que en todas las cosas
deseaba realmente vivir honestamente? Hubiese sido imposible.
Podemos
caer en el hábito de pedirles a otros, a la ligera y regularmente, que oren por
nosotros. A menudo repetimos la frase: «Tenme presente en tus oraciones», y,
seguramente, no hay nada más precioso que saber que somos llevados en el
corazón del amado pueblo de Dios cuando se acercan al trono de la gracia. Pero
¿le damos la debida importancia a la base moral? Cuando decimos: «Oren por
nosotros, hermanos», ¿podemos agregar, como en la presencia del que escudriña
los corazones: “Pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando
conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18)? Y cuando nos inclinamos ante el
trono de la gracia, ¿tenemos un corazón que no nos condena, un corazón recto y
un ojo sencillo, un alma que permanece de veras en Cristo y que guarda sus
mandamientos?
Estas
preguntas sondean el corazón, y llegan a lo más profundo de él; descienden hasta
las mismas raíces de las fuentes morales de nuestro ser. Pero es bueno que
nuestros corazones sean profundamente escudriñados con respecto a todas las
cosas, más particularmente en lo que respecta a la oración. Hay mucha falta de
realidad en nuestras oraciones, una triste falta de base moral, mucho de “pedís
mal”; de ahí que nuestras oraciones no tengan poder ni efectividad; de ahí la
formalidad, la rutina, y hasta la positiva hipocresía. Por eso el salmista
dijo: “Si en mi corazón hubiese yo mirado la iniquidad, el Señor no me habría
escuchado” (Salmo 66:18). ¡Qué solemne! Nuestro Dios quiere la realidad de las
cosas, él ama “la verdad en lo íntimo”. Él —bendito sea su Nombre— es verdadero
con nosotros; y quiere que nosotros seamos verdaderos con él. Quiere que
vayamos a él como somos en realidad, con lo que verdaderamente buscamos.
Lamentablemente,
¡cuán a menudo nuestras oraciones privadas y públicas no son así! ¡Cuán a
menudo nuestras oraciones son más discursos que peticiones; más exposiciones
doctrinales que expresiones de necesidad! Es como si quisiéramos explicarle a
Dios los principios y darle una gran cantidad de información.
Estas
cosas son las que a menudo ejercen una influencia tan desecante sobre nuestras
reuniones de oración y les roban frescura, interés y valor. Aquellos que saben
realmente lo que es la oración, que experimentan el valor de ella, y que son
conscientes de la necesidad de orar, van a la reunión de oración para orar, no
para escuchar discursos, conferencias ni exposiciones de personas arrodilladas.
Si tienen necesidad de aprender, pueden asistir a las reuniones o conferencias
donde se estudia la Palabra de Dios; pero cuando van a la reunión de oración,
es para orar. Para ellos la reunión de oración es el lugar para expresar las
necesidades y esperar la bendición. Es el lugar en el que se expresa la
debilidad y se espera el poder. Ésta es su idea del lugar “donde suele hacerse
la oración” (cf. Hechos 16:13); y, por ese motivo, cuando estos cristianos se
reúnen allí, no están dispuestos ni preparados para escuchar largas
predicaciones en forma de oración, a duras penas soportables si fueran
verdaderas predicaciones, pero de esta forma, intolerables.
Escribimos
claramente porque sentimos la necesidad de una gran sinceridad de lenguaje;
sentimos una profunda falta de realidad, sinceridad y verdad en nuestras
oraciones individuales y en nuestras reuniones de oración. A veces sucede que
lo que llamamos oración, no es en absoluto una oración, sino la profusa
exposición de ciertas verdades conocidas y reconocidas, cuya constante
repetición se vuelve sumamente pesada y tediosa. ¿Qué puede ser más penoso que
escuchar a una persona de rodillas cómo explica principios y desarrolla
doctrinas? Es imposible escapar a la pregunta: Este hombre ¿está hablándole a
Dios o a nosotros? Si le está hablando a Dios, nada puede ser más irreverente o
profano que tratar de explicarle las cosas a él. Si la persona nos está
hablando a nosotros, entonces eso no es oración, y cuanto más pronto dejemos la
actitud de «oración» tanto mejor, porque sería más provechoso que diera una
conferencia de pie y nosotros estuviésemos sentados en nuestros asientos para
escuchar.
Al
hablar de la actitud, quisiéramos con todo amor llamar la atención de los
santos sobre un asunto que, a nuestro juicio, demanda una seria consideración.
Nos referimos al hábito de permanecer sentados durante los santos y solemnes
ejercicios de la oración. Reconocemos plenamente que lo importante, en la
oración, es tener la actitud correcta en el corazón.
Sabemos, además, y no debemos olvidarlo, que muchos de los que van a las
reuniones de oración son de edad avanzada, están enfermos, delicados, y que no
se pueden arrodillar por ratos largos, si es que lo pueden hacer. En otros
casos puede suceder que, aun cuando no haya debilidad física y exista un
verdadero y sincero deseo de arrodillarse, en el sentimiento de que tal es la
actitud que conviene delante de Dios, resulte imposible, por falta de espacio,
cambiar de posición para arrodillarse.
Todas
estas cosas deben ser tomadas en consideración. Pero, permitiendo el mayor
margen posible a estos casos particulares, nos vemos sin embargo forzados a
reconocer que hay a menudo una lamentable falta de reverencia en muchas de
nuestras reuniones públicas de oración. A menudo vemos a jóvenes que no pueden
invocar ni debilidad física ni falta de espacio, sentados durante toda la
reunión de oración. Esto, debemos decirlo, es chocante e irreverente, y no
podemos sino creer que ello contrista al Espíritu del Señor. Debiéramos
arrodillarnos siempre que nos sea posible. Esta actitud expresa respeto y
reverencia. El bendito Maestro, “puesto de rodillas oró” (Lucas 22:41). El
apóstol Pablo hizo lo mismo: “Cuando hubo dicho estas cosas, se puso de
rodillas, y oró con todos ellos” (Hechos 20:36).
Y ¿no
es adecuado y conveniente que sea así? ¿Puede haber algo más inadmisible que
ver en una asamblea algunas personas sentadas, ensanchándose y extendiéndose en
el asiento con toda comodidad, distraídas, mientras que se ofrece la oración?
Consideramos todas estas cosas muy irreverentes, y suplicamos aquí urgentemente
a todos los hijos de Dios que den a este tema su solemne consideración, y que
hagan todos los esfuerzos posibles, tanto mediante el ejemplo como mediante el
consejo, para promover la piadosa y bíblica costumbre de inclinar nuestras
rodillas en las reuniones de oración. Aquellos que toman parte en la reunión,
volverían todo esto mucho más fácil mediante oraciones cortas y fervientes.
Pero dejaremos este tema para más adelante.
2. Las condiciones morales para orar
Vamos
a considerar ahora, a la luz de la Palabra de Dios, las condiciones morales o
los atributos de la oración. Nada es más precioso que tener la autoridad de las
Escrituras para todo acto de nuestra vida cristiana práctica. La Escritura debe
ser nuestro único, gran y supremo árbitro en todas nuestras dificultades; no lo
olvidemos jamás.
¿Qué,
pues, dice la Escritura en cuanto a las condiciones morales necesarias de la
oración en común, dado que éste es el tema que nos ocupa aquí? Abramos la
Biblia en Mateo 18:19: “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de
acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por
mi Padre que está en los cielos.”
Aquí
aprendemos que una de las condiciones que requieren nuestras oraciones es la unanimidad —acuerdo sincero y de
corazón—, completa unidad de pensamiento. La verdadera fuerza de las palabras
es: «Si dos de vosotros están acordes»
(del griego: συμφωνησωσιν
= sumphonesosin», de donde viene sinfonía),
emitirán un solo sonido. No debe
haber ningún ruido desagradable, nada discordante.
Si,
por ejemplo, nos reunimos para orar por el progreso del Evangelio, la
conversión de las almas, debemos estar unidos como una sola mente en este tema,
debemos producir un solo sonido delante de Dios. De nada sirve que cada uno
aporte algún pensamiento particular. Debemos venir ante el trono de la gracia
con santa «armonía» de mente y espíritu si queremos una respuesta de acuerdo
con Mateo 18:19.
Éste
es un punto de inmensa importancia moral, y que influye muchísimo en el tono y
el carácter de nuestras reuniones de oración. Sin duda no le damos a este tema
la suficiente atención. ¿Acaso no debemos deplorar el carácter sin objeto de
nuestras reuniones de oración, cuando deberíamos reunirnos con un propósito
definido en nuestros corazones para poder esperar todos juntos en Dios? El
libro de los Hechos, capítulo 1, nos dice que los primeros discípulos
“perseveraban unánimes en oración y
ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (v.
14)1. En Hechos 2 leemos: “Cuando llegó el día
de Pentecostés, estaban todos unánimes
juntos” (v. 1).
Estaban
esperando, de acuerdo con las instrucciones del Señor, la promesa del Padre, el
don del Espíritu Santo. Ellos tenían la segura palabra de la promesa. El
Consolador, indefectiblemente, vendría; pero esto, lejos de dispensarlos de la
oración, constituía la base misma de este bendito ejercicio. Estaban en un mismo
lugar, orando unánimes. Estaban completamente de acuerdo. Todos tenían un
propósito definido en su corazón. Estaban esperando la promesa del Espíritu
Santo y ¡continuaron esperando unánimes hasta que llegó! Todos, hombres y
mujeres, estaban cautivados por un solo objetivo. Día tras día esperaron con
santo acuerdo, con feliz armonía, ardientemente, con fervor, hasta que de lo
alto fueron revestidos del poder prometido.
¿No
deberíamos nosotros hacer lo mismo? ¿Acaso no hay una lamentable falta de este principio
de “unanimidad” y de reunirnos “juntos” (en un solo lugar), entre nosotros (Hechos 2:1)? Es cierto —bendito
sea Dios— que no tenemos que pedir que el Espíritu Santo venga porque ya vino,
pero sí tenemos que pedir la manifestación de su poder en nuestras reuniones.
Supongamos que nos haya tocado estar en un lugar donde reinan la muerte y las
tinieblas espirituales; donde no hay un solo hálito de vida, una sola hoja que
se mueva; donde los cielos parecen como bronce, y la tierra como hierro. Donde
nunca se oye ni siquiera que haya habido una conversión. Donde un formalismo
desecante domina por todos lados. Donde una profesión sin poder, una rutina
muerta y una religiosidad mecánica, están a la orden del día. ¿Qué debemos
hacer? ¿ Dejarnos
paralizar o ganar por esta atmósfera malsana y mortal? ¡Seguramente que no!
¿Qué, pues, debemos hacer? Reunirnos —aunque sean sólo dos los creyentes que se
den cuenta de la triste condición de las cosas—, y, unánimes, derramar nuestros
corazones delante de Dios. Esperemos en él unidos, con santo acuerdo y con un
firme objetivo, hasta que envíe una abundante lluvia de bendiciones sobre el
lugar seco y estéril. No nos crucemos de brazos ni digamos: “No ha
llegado aún el tiempo” (Hageo 1:2), ni nos dejemos llevar por ese pernicioso
razonamiento de una teología torcida, justamente llamada fatalismo y que dice:
«Dios es soberano y hace todo de acuerdo con su propia voluntad, de modo que
sólo nos queda esperar su tiempo. Todo esfuerzo humano es inútil. No podemos
suscitar un avivamiento. Debemos cuidarnos de la mera excitación.»
Todos
estos razonamientos parecen plausibles, y tanto más cuanto tienen una medida de
verdad. Por cierto que todo esto es verdad, pero sólo es una verdad parcial. Es
la verdad y nada más que la verdad; pero no es toda la verdad. De ahí su perniciosa influencia. ¡No hay nada más
terrible que tomar un solo lado de la verdad! ¡Es mucho más peligroso que el
error positivo y palpable! Muchas almas fervientes han tropezado y se han
desviado completamente del camino recto por medias verdades o por verdades mal
aplicadas. Muchos fieles y útiles siervos de Dios se han enfriado, desanimado y
hasta salido del campo de la cosecha por la insistencia poco juiciosa que se ha
puesto en la enunciación de ciertas doctrinas que tenían una medida de verdad,
pero no toda la verdad de Dios.
Nada,
sin embargo, puede tocar la verdad o debilitar la fuerza de la declaración del
Señor en Mateo 18:19. Ella permanece con toda su bendita plenitud, libertad y
valor ante los ojos de la fe. Es clara y no puede haber equivocación. “Si dos
de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que
pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.” Aquí está
nuestro certificado para reunirnos en oración para cualquier cosa que esté en
nuestro corazón. ¿Nos dolemos por la frialdad, la esterilidad y la muerte
espiritual que hoy en día hay a nuestro alrededor? ¿Nos desanimamos por el
aparente poco fruto de la predicación del Evangelio, la falta de poder en la misma
predicación y la falta de resultados prácticos? ¿Nos descorazona la
esterilidad, la pereza, la pesadez y el tono poco elevado de todas nuestras
reuniones, ya sea a la Mesa del Señor, ante el trono de la gracia o alrededor
de la fuente de las Santas Escrituras? ¿Qué debemos hacer? ¿Debemos cruzarnos de brazos con fría
e incrédula indiferencia, darnos por vencidos con desesperación, quejarnos,
murmurar, enojarnos o irritarnos? ¡No, Dios no lo permita! Debemos reunirnos
“todos unánimes juntos” y postrarnos sobre nuestros rostros delante de nuestro
Dios, y derramar nuestros corazones como si fuera un solo corazón, y suplicar
que se cumpla Mateo 18:19.
Éste
es el gran remedio, el recurso infalible. Es cierto que «Dios es soberano»,
pero por eso mismo debemos esperar en él. Es verdad que «el esfuerzo humano es
inútil», y por esa misma razón hay que buscar el poder divino. Es perfectamente
cierto que «no podemos suscitar un avivamiento», y por eso debemos buscarlo de
rodillas. Y es cierto también que «debemos cuidarnos de la mera excitación»,
pero, al mismo tiempo, hay que cuidarse de la indiferencia fría, muerta y
egoísta.
Mientras
Cristo esté a la diestra de Dios, mientras el Espíritu Santo esté en medio de
nosotros y en nuestros corazones, mientras tengamos la Palabra de Dios en
nuestras manos, mientras Mateo 18:19 brille delante de nosotros, no hay ninguna
excusa para la esterilidad, el entumecimiento y la indiferencia, ninguna excusa
para que las reuniones sean pesadas y sin provecho, ni para la falta de frescura
en nuestras asambleas ni para que falte el fruto de nuestro servicio. Esperemos
en Dios con santo acuerdo. Entonces, con seguridad vendrá la bendición.
3.
En
Mateo 21:22 encontramos otra condición moral esencial para la oración efectiva.
“Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo,
lo recibiréis.” ¡Ésta es una afirmación verdaderamente maravillosa! Le abre a
la fe la tesorería del cielo. No hay ningún límite. Nuestro bendito Señor nos
asegura que vamos a recibir lo que pidamos con fe sencilla.
El
apóstol Santiago, bajo la inspiración del Espíritu Santo, nos da una seguridad
parecida cuando pedimos sabiduría: “Si alguno de vosotros tiene falta de
sabiduría, pídala a Dios, el cual da a
todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero” —aquí está la
condición moral— “pida con fe, no dudando
nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada
por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga,
que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago 1:5-7).
De
estos dos pasajes aprendemos que, para que Dios conteste nuestras oraciones,
éstas deben ser oraciones de fe. Una cosa es decir palabras en forma de
oración, y otra muy distinta orar con fe sencilla, con la seguridad completa,
clara y firme de que tendremos lo que pedimos. Es de temerse que muchas de las
que llamamos oraciones no pasan del techo del lugar en que las pronunciamos.
Para alcanzar el trono de Dios, nuestras oraciones deben ser llevadas en las
alas de la fe y provenir de corazones unidos y mentes de acuerdo, con el santo
propósito de esperar en Dios por todo lo que necesitamos.
¿No es
cierto que nuestras oraciones y reuniones de oración son tristemente
deficientes en este sentido? Y esta deficiencia se manifiesta por el hecho de que
nuestras oraciones tienen tan poco resultado. ¿No deberíamos examinarnos
seriamente y darnos cuenta de la medida en que realmente entendemos estas dos
condiciones de la oración: el acuerdo o unanimidad y la confianza de fe? Cristo
dijo que, si dos personas se ponen de acuerdo para pedir con fe, pueden pedir
lo que quieran y les será hecho. ¿Por qué, entonces, no vemos respuestas más
abundantes a nuestras oraciones? ¿No será nuestra la falta? ¿No estaremos
fallando en la unanimidad y la confianza?
En Mateo
18:19 el Señor desciende al número más pequeño, habla de la congregación más
pequeña —la de “dos”— aunque, por supuesto, la promesa también se aplica al
número de personas que fuese. El punto esencial es que, aunque haya sólo dos,
deben estar completamente de acuerdo y plenamente convencidos de que recibirán
lo que piden. Si esto fuera así en lo que respecta a nosotros, nuestras
reuniones de oración también tendrían un tono y un carácter muy distintos. Las
haría mucho más efectivas de lo que, lamentablemente, vemos a menudo: reuniones
de oración pobres, frías, muertas, sin objeto ni ilación, mostrando cualquier
otra cosa menos el sincero acuerdo y la fe sin incertidumbre.
¡Qué
diferencia tan grande habría si nuestras reuniones de oración fueran el resultado
de un verdadero acuerdo de corazón y de pensamiento hecho entre dos o más
creyentes que juntos llegan para esperar de Dios algo específico, y luego
perseveran en la oración hasta recibir la respuesta! ¡Qué poco se ve esto!
Puede que todas las semanas vayamos a la reunión de oración —y qué bueno que lo
hagamos—, pero, delante de Dios, ¿no deberíamos ser ejercitados a fin de darnos
cuenta hasta qué punto nos hemos puesto de acuerdo entre nosotros en cuanto al
asunto o a los asuntos que hemos de poner delante del trono de la gracia? La
respuesta a esta pregunta se vincula con otra de las condiciones morales de la
oración.
Leamos
en Lucas 11: “¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le
dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje,
y no tengo qué ponerle delante; y aquél, respondiendo desde adentro, le dice:
No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama;
no puedo levantarme, y dártelos? Os digo, que aunque no se levante a dárselos
por ser su amigo, sin embargo por su
importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. Y yo os digo:
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo
aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”
(v. 5-10).
Estas
palabras son sumamente importantes, puesto que son parte de la respuesta del
Señor a la petición de los discípulos: “Señor, enséñanos a orar.” Que nadie se imagine
ni por un instante que nos tomaríamos el atrevimiento de enseñarle a la gente a
orar. ¡Dios no lo permita! ¡Nada más lejos de nuestros pensamientos! Procuramos
simplemente poner a las almas de nuestros lectores en contacto directo con la
Palabra de Dios —las verdaderas palabras de nuestro bendito Señor y Maestro—, a
fin de que, a la luz de estas palabras, puedan juzgar pos sí mismos si nuestras
oraciones y nuestras reuniones de oración son lo que debieran ser.
¿Qué,
pues, nos enseña Lucas 11? ¿Cuáles son las condiciones morales que nos presenta
este pasaje? En primer lugar, nos enseña a ser específicos en nuestras oraciones. “Amigo, préstame tres panes.”
Hay una necesidad positiva, sentida y expresada; un objeto específico en su
mente y en su corazón, y él se limita a este único objeto. No hace una
exposición larga, con rodeos, sin ilación, en la que menciona todo tipo de
cosas. Su demanda es clara, directa y puntual: «Préstame tres panes; es un caso
urgente y no puedo irme sin ellos»; la hora está avanzada; todas las
circunstancias hacen que la súplica sea más imperiosa y precisa. El hombre no
puede renunciar a aquello que vino a buscar: “Amigo, préstame tres panes.”
Sin
duda parecía un momento muy inadecuado para venir —“medianoche”—. Todo parece desalentador.
El amigo ya se había acostado y cerrado la puerta, los niños ya estaban
acostados, no podía levantarse. Sin embargo, la necesidad específica es
recalcada: tiene que tener tres panes.
Ésta
es una gran lección práctica que puede aplicarse con inmenso provecho a
nuestras oraciones y reuniones de oración. Éstas —debemos confesar— sufren
oraciones largas, llenas de rodeos y sin ningún objeto preciso. Muchas veces
mencionamos un montón de cosas por las que de veras no sentimos necesidad y
respecto de las que en realidad no esperamos una respuesta. ¿No es cierto que a
menudo no tendríamos una respuesta que dar si, al final de nuestras reuniones
de oración, se nos apareciera el Señor y nos dijera: «¿Qué es lo que realmente
quieren que yo haga o que les de?».
Todo
esto reclama de nuestra parte una seria consideración. Si nosotros fuéramos a
la reunión de oración con necesidades precisas
en nuestro corazón, por las cuales podríamos pedir la comunión de nuestros
hermanos, eso haría que las reuniones tuvieran gran fervor, frescura, brillo,
profundidad, realidad y poder. A algunos de nosotros nos parece necesario hacer
una oración larga mencionando toda clase de cosas, muchas de las cuales son sin
duda correctas y buenas; pero la mente se pierde en la multiplicidad de temas.
Cuánto mejor es llevar ante el trono una sola petición, implorar con ahínco, y
luego esperar, de modo que el Espíritu Santo pueda guiar a otros, de igual
manera, para orar por lo mismo, o por alguna otra cosa igualmente definida.
Las oraciones
largas en nuestras reuniones son cansadoras; y ciertamente en muchos casos son
una positiva calamidad. Puede que alguno nos diga que no debemos ponerle ningún
límite de tiempo al Espíritu Santo: ¡Lejos de nosotros tan terrible
pensamiento! Simplemente estamos comparando lo que encontramos en las
Escrituras con lo que a menudo —aunque no siempre, gracias a Dios— hallamos en
nuestras reuniones de oración (léase Mateo 6; Juan 17; Hechos 4:24-30; Efesios
1; 3, etc.). Tengamos en cuenta, pues, que, en las Escrituras, las “largas
oraciones” no son la regla. Lo dicho en Marcos 12:40 se refiere a ellas en
términos fuertemente condenatorios. Las oraciones fervientes, breves y
puntuales le dan frescura e interés a la reunión de oración, mientras que, en
general, las oraciones largas y sin un propósito definido causan profunda
depresión en todos los asistentes.
Pero
hay todavía otro muy importante rasgo moral de la verdadera oración en la
enseñanza del Señor en Lucas 11, y es la “importunidad”
o insistencia. El Señor nos dice que
el hombre logra su objetivo simplemente por su gran insistencia. No se dio por
vencido; tenía que llevar los tres panes. La insistencia prevaleció incluso
cuando los derechos de la amistad no eran suficientes. El hombre estaba decidido
a lograr su propósito. No tenía alternativa. Se presentó una necesidad, y él no
tenía ninguna respuesta: “un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué
ponerle delante”; y no iba a aceptar una negativa.
¿Hasta
qué punto comprendemos esta gran lección? El punto aquí no es que Dios —bendito
sea su nombre— siempre nos contestará “desde adentro”. Que jamás nos dirá: “No
me molestes”, o “No puedo levantarme y dártelos”. Él es siempre nuestro “Amigo”
fiel, y siempre está dispuesto; es un Dador que siempre da alegre y
abundantemente, y sin hacer reproches. Sin embargo, él nos anima a la
importunidad, a insistir, y debemos recordar siempre su enseñanza. Pero a
menudo en nuestras reuniones de oración hay una gran falta de esto, así como de
especificar lo que queremos. Estas dos cosas van muy pero muy juntas. Cuando lo
que se busca es tan definido como “tres panes”, por lo general habrá
insistencia de pedir por ellos, y tendremos la firme intención de obtenerlos.
El simple hecho es que somos demasiado vagos en lo que pedimos y, en
consecuencia, demasiado indiferentes. Pero en nuestras reuniones de oración a
menudo no nos portamos como personas que piden
lo que quieren y luego esperan lo que pidieron. Esto es lo que arruina
nuestras reuniones de oración, y lo que las vuelve apagadas, sin propósito, sin
poder, y sólo terminan siendo reuniones de enseñanza o charlas fraternales, en
lugar de ser la ocasión en que presentamos a Dios nuestras fervientes y tenaces
peticiones. Estamos convencidos de que toda la Iglesia de Dios necesita ser
despertada a este respecto, y esta convicción es lo que nos anima a presentar
estas ideas y estas reflexiones.
4.
Cuanto
más meditamos el tema que ha venido ocupando nuestra atención, más consideramos
el estado de toda la Iglesia de Dios y más estamos convencidos de la necesidad
urgente de un completo despertar, en todo lugar, en cuanto a la oración. Hemos
tratado de presentar a nuestros lectores algunas reflexiones y algunos consejos
sobre este punto tan importante. Hemos señalado nuestra falta de confianza, de
unanimidad, de precisión y de importunidad. Hemos hablado, en términos claros,
de muchas cosas que son sentidas por todos aquellos que son verdaderamente
espirituales entre nosotros. Hemos hablado de las oraciones que predican, de
las oraciones largas, fatigantes y sin propósito, que destruyen el verdadero
poder y la bendición de las reuniones de oración, lo cual, en algunos casos, ha
provocado que los queridos hijos de Dios hayan dejado de asistir a ellas. En
lugar de sentirse refrescados, consolados y fortalecidos, sólo sienten
cansancio, aflicción y disgusto. Por eso, las personas prefieren no ir. Piensan
que es más provechoso pasar una hora de tranquilidad en lo privado de su propio
cuarto, donde pueden derramar sus corazones delante del Señor en fervientes
oraciones y súplicas, que ir a una «reunión de oración» en la que se cansan con
el desvaído canto de los himnos o con largas oraciones-sermones.
Estamos
plenamente persuadidos de que este proceder es erróneo, y de que ésta no es la
forma de resolver el problema al que nos referimos. Si es bueno reunirse para
orar y hacer súplicas —¿y quién podría dudarlo?—, entonces no es correcto que
alguien falte simplemente a causa de la debilidad, de las faltas o hasta la
insensatez de algunos de los participantes de la reunión. Pero si todos los
miembros verdaderamente espirituales no fueran a las reuniones por tales
razones, ¿qué sería de la reunión de oración? Muy poco nos damos cuenta de lo
importante que son los elementos que componen una reunión. Aunque no tengamos
una participación audible en la oración, si asistimos con el espíritu correcto,
para esperar realmente en Dios, siempre podemos ser de mucha ayuda para
mantener el tono de la reunión y asegurar la bendición.
Debemos
recordar también que, al asistir a una reunión, no lo hacemos sólo por nuestra
comodidad, provecho y bendición, sino que debemos pensar en la gloria del
Señor. Debemos procurar ser conducidos por su bendita voluntad y en lo posible
tratar de promover el bien de los demás. Ninguno de estos fines —estemos
seguros de eso— puede lograrse si a propósito nos ausentamos del “lugar
donde suele hacerse la oración”.
Hablamos
—y lo repetimos con énfasis— de nuestro alejamiento voluntario y a propósito,
bajo el pretexto de que no hallamos ningún provecho por lo que pasa en la
reunión. Es cierto que hay muchas cosas que a veces impiden que estemos
presentes: enfermedad, deberes de familia, reclamos legítimos de nuestro tiempo
si estamos en relación de dependencia laboral. Todas estas cosas han de tenerse
en cuenta. Pero, por regla general, es un hecho que el que se ausenta de la reunión de oración deliberadamente, está en mal
estado espiritual. El alma que está en un buen estado, un alma saludable,
feliz, ferviente y diligente, estará con toda seguridad en la reunión.
Todo
lo que precede nos conduce naturalmente a otra de estas condiciones morales de
la oración, que nos han ocupado hasta aquí. Leamos Lucas 18:1-8. “También les
refirió Jesús una parábola sobre la
necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un
juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella
ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi
adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de
sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta
viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me
agote la paciencia. Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. ¿Y acaso
Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará
en responderles? Os digo que pronto les hará justicia.”
Aquí
nuestra atención se dirige hacia la importante condición moral de la perseverancia. Los hombres deberían sentir
“la necesidad de orar siempre, y no
desmayar”. Esto está muy relacionado con la necesidad de orar de forma
específica e insistente. Queremos algo y no podemos vivir sin ello. Esperemos
en Dios con insistencia, unidos, creyendo y perseverando, hasta que, en su
gracia, él nos dé la respuesta, como seguramente lo hará si la base y las
condiciones morales se mantienen apropiadamente.
Pero ¡debemos perseverar! No debemos desmayar
y darnos por vencidos si la respuesta no viene tan rápido como esperábamos.
Puede ser que a Dios le agrade ejercitar nuestras almas al mantenernos
esperando en él por días, meses o tal vez años. Tal ejercicio es bueno. Es
moralmente saludable. Tiende a hacernos más genuinos. Nos hace descender hasta
la raíz de las cosas. Miremos, por ejemplo, a Daniel. Permaneció durante “tres
semanas” en aflicción, sin comer, esperando en Dios, en un profundo ejercicio
de alma: “En aquellos días yo Daniel estuve afligido por espacio de tres
semanas. No comí manjar delicado, ni entró en mi boca carne ni vino, ni me ungí
con ungüento, hasta que se cumplieron las tres semanas” (Daniel 10:2-3).
Todo
esto era para el bien de Daniel. Recogió una profunda bendición en los
ejercicios espirituales a través de los cuales este fiel siervo de Dios fue
llamado a pasar durante esas tres semanas. Y, lo que es particularmente digno
de notar, es el hecho de que la respuesta a su clamor ya había sido enviada
desde el trono de Dios desde el principio mismo de su ejercicio, como lo leemos
en el v. 12: “Entonces me dijo: Daniel, no temas; porque desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a
humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de
tus palabras yo he venido. Mas” —¡cuán maravilloso es este misterio!— “el
príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días; pero he aquí
Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme, y quedé allí con
los reyes de Persia. He venido para hacerte saber lo que ha de venir a tu
pueblo en los postreros días” (Daniel 10:12-14).
Daniel
estaba afligido, castigándose a sí mismo y esperando en Dios. El mensajero
angelical ya venía de camino con la respuesta. Dios le permitió al enemigo que
estorbara, pero Daniel continuó esperando. Siguió orando sin desmayar y la
respuesta llegó a su debido tiempo.
¿Acaso
no hay aquí una lección para nosotros? Es posible que nosotros también tengamos
que esperar largo tiempo en santa actitud y con espíritu de oración; pero nos
daremos cuenta de que este tiempo de espera es de mucho provecho para nuestras
almas. Muchas veces nuestro Dios, en su sabiduría y fidelidad en su trato con
nosotros, considera que es mejor retener la respuesta simplemente para probar
la realidad de nuestras oraciones. El gran punto para nosotros es que tengamos
un objetivo en nuestros corazones que el Espíritu Santo haya puesto, un
propósito respecto del cual podamos poner el dedo de la fe sobre alguna promesa
específica de la Palabra, y luego, perseverar
en la oración hasta recibir lo que necesitamos. “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando
en ello con toda perseverancia y
súplica por todos los santos” (Efesios 6:18).
Todo
esto demanda de nuestra parte la más seria consideración. Tenemos una
lamentable falta de perseverancia, de la misma forma que nos falta ser
específicos e insistentes; y eso hace que nuestras oraciones sean débiles y
nuestros servicios de oración fríos. No nos reunimos con un propósito definido
y, por lo tanto, no somos insistentes ni perseveramos. En resumen, nuestras
reuniones de oración, a menudo sólo son una aburrida rutina, un servicio frío y
mecánico, una sucesión de himnos y oraciones sin unción ni poder, que hace que
nuestro espíritu se queje bajo la pesada carga de un mero ejercicio corporal
sin ningún provecho.
Hablamos
abiertamente y con fuerza, porque lo sentimos vivamente. Debe permitírsenos
hablar sin reserva. Suplicamos a toda la Iglesia de Dios, en todo lugar, que
enfrente con sinceridad esta cuestión, mirando a Dios y juzgándose a sí misma
al respecto. ¿Sentimos la falta de poder en nuestras reuniones públicas? ¿Por
qué hay tiempos estériles ante la Mesa del Señor? ¿Por qué el aburrimiento y la
debilidad en la celebración de esta preciosa fiesta que debería sacudir las
partes más profundas de nuestro ser renovado? ¿Por qué hay falta de unción, de
poder y de edificación en nuestras predicaciones? ¿Por qué las necias
especulaciones y las vanas cuestiones suscitadas y respondidas
tantas veces durante estos últimos cuarenta años? ¿Por qué todas estas miserias
de que hemos hablado, y sobre las cuales tanto se han lamentado por todas
partes aquellos que son verdaderamente espirituales? ¿Por qué la esterilidad de
nuestro servicio en la evangelización? ¿Por qué tan poca acción de la Palabra
en nuestras almas? ¿Por qué tan poco eficaz el poder que congrega?
Amados
hermanos en el Señor, despertemos y consideremos seriamente este importante
tema. No nos contentemos con la presente situación. Hacemos un llamamiento a
todos los que reconocen la verdad de lo que hemos expuesto en estas páginas
sobre la oración y las reuniones de oración, para que se unan de común acuerdo,
con fervientes oraciones y súplicas. Busquemos reunirnos según Dios, vayamos a
él como un solo hombre, prosternémonos ante el trono de la gracia y esperemos
en Dios con perseverancia para que dé un avivamiento a su obra, para el
progreso del Evangelio y para la reunión y la edificación de su amado pueblo.
Que
nuestras reuniones sean verdaderas reuniones de oración, y no la ocasión de
indicar nuestros cánticos favoritos y de entonar las estrofas que nos fascinan.
La reunión de oración debiera ser el lugar para expresar las necesidades y
donde se espera la bendición; el lugar donde uno expone su debilidad y donde se
espera la fuerza; el lugar donde los hijos de Dios se reúnen de común acuerdo
para asirse del mismo trono de Dios, para penetrar en el tesoro mismo del
cielo, y sacar de allí todo lo que necesitamos para nosotros mismos, para
nuestras casas y para la viña de Cristo.
Tal
debiera ser una reunión de oración, si somos enseñados por las Escrituras. ¡Que
esto pueda ser una realidad más plena en todos lados! ¡Que el Espíritu Santo
nos despierte a todos y nos haga sentir poderosamente el valor, la importancia
y la necesidad urgente de la unanimidad, de la confianza de la fe, de ser
específicos, de insistir y perseverar en todas nuestras oraciones y reuniones
de oración!
NOTAS
1 Es interesante ver a “María la madre de
Jesús” mencionada aquí como estando presente en la reunión de oración. ¿Qué
habría pensado ella si alguno le hubiese dicho que, más tarde, millones de
cristianos profesantes dirigirían sus oraciones a ella?