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LA LEY Y LA GRACIA Éxodo
20 C. H. Mackintosh |
La ley en contraste con
la gracia
“La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17) es la forma en que
breve y solemnemente la Biblia nos presenta el cambio —o más bien el contraste—
en los caminos dispensacionales de Dios con el hombre como consecuencia de la
venida del Hijo de Dios al mundo.
La dispensación de la ley comienza y termina con
Moisés. La dispensación de la gracia no es el resultado de un proceso que
evolucionó a partir de la dispensación que le precedió. Ésta comienza en el
punto donde la primera terminó, y se halla en entero contraste con aquella en
todos sus rasgos característicos.
Carácter y objeto de la
ley
Es de la mayor importancia que los cristianos
entiendan el verdadero carácter y objeto de la ley moral tal como nos es
presentada en el capítulo 20 de Éxodo. Existe una tendencia en la mente a
confundir o mezclar los principios de la ley y los de la gracia, de modo que ni
la ley ni la gracia puedan ser correctamente comprendidos. La ley es despojada
de su severa e inflexible majestad, y la gracia es privada de todos sus divinos
atractivos. Las santas exigencias de Dios permanecen sin respuesta, y las
profundas y múltiples necesidades del pecador siguen sin ser satisfechas,
debido al anómalo sistema creado por aquellos que buscan mezclar la ley y la
gracia.
De hecho, nunca es posible hacer que la ley y la gracia
se amalgamen, pues ambas son tan diferentes como el día y la noche. La ley pone
en evidencia lo que el hombre debiera ser; la gracia, en cambio, manifiesta lo
que Dios es. ¿Cómo, pues, es posible, que ambas puedan formar conjuntamente un
solo sistema? ¿Cómo puede alguna vez el pecador ser salvo mediante un sistema construido en parte por la ley y en parte
por la gracia? ¡Imposible! Debe ser salvo o por uno o por otro.
La ley es llamada algunas veces «la expresión del
pensamiento de Dios». Pero esta definición es completamente inexacta. Si
dijésemos que la ley es la expresión del pensamiento de Dios respecto de lo que
el hombre debiera ser, estaríamos mucho más cerca de la verdad. A quien quiera
considerar los diez mandamientos como la expresión del pensamiento de Dios, yo
le pregunto si en el pensamiento de Dios no hay otra cosa que “harás esto” y
“no harás aquello”. ¿No hay en él gracia, ni misericordia ni bondad? ¿No
manifestará Dios lo que es, ni revelará los profundos secretos de ese amor que
rebosa de su corazón? ¿No hay nada más, en el carácter de Dios, que rígidas
exigencias y severas prohibiciones? Si así fuera, debiéramos decir que “Dios es
ley”, en lugar de decir que “Dios es amor”. Empero —bendito sea su Nombre— hay
mucho más en el corazón de Dios de lo que jamás podrán expresar «las diez
palabras» pronunciadas sobre el monte que ardía. Si yo quiero saber lo que es
Dios, no tengo más que mirar a Cristo, “Porque en él habita corporalmente toda
la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9).
“La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia
y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
Necesariamente, en la ley se hallaba cierta medida
de verdad; contenía la verdad en cuanto a lo que el hombre debía ser. Como todo
lo que dimana de Dios, la ley era perfecta en su medida; es decir, perfecta
para lograr el fin para el cual fue destinada. Pero ese fin no era, de ninguna
manera, revelar la naturaleza y el carácter de Dios delante de pecadores
perdidos y culpables. En la ley, no había gracia ni misericordia:
“El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de
dos o de tres testigos muere irremisiblemente” (Hebreos 10:28).
“Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis
ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos” (Levítico 18:5;
Romanos 10:5).
“Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las
cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Deuteronomio 27:26;
Gálatas 3:10).
Este lenguaje, evidentemente, no es el de la gracia.
No es en el monte de Sinaí donde debe ser buscada. Jehová se manifiesta allí
rodeado de una majestad terrible, en medio de la oscuridad, tinieblas y
tempestad, con truenos y relámpagos. Esas circunstancias no son las que
acompañan una dispensación de gracia y de misericordia; en cambio, sí encajaban
perfectamente en una dispensación de verdad y de justicia: y la ley no era otra
cosa que esto.
En la ley, Dios declara lo que el hombre debía ser,
y pronuncia una maldición sobre él si no lo es. Mas cuando el hombre se examina
a sí mismo a la luz de la ley, descubre precisamente que él es eso mismo que la
ley condena. ¿Cómo podría, pues, obtener la vida en virtud de la ley? La ley
propone la vida y la justicia como el blanco que el hombre ha de alcanzar
cuando la haya guardado; pero, desde el primer momento, nos muestra que estamos
en un estado de muerte y de iniquidad, y que desde el principio tenemos
necesidad de las cosas que la ley nos propone que alcancemos al final. ¿Cómo,
pues, debemos hacer para alcanzarlas? Para cumplir
lo que la ley demanda, es preciso que yo tenga vida; y para ser lo que la ley demanda que yo sea, es
indispensable que posea la justicia; y si no tengo vida ni justicia, entonces
soy “maldito”. Pero el hecho es que yo no tengo ni la una ni la otra. ¿Qué pues
habrá que hacer? Que respondan los que quieren “ser doctores de la ley” (1.ª
Timoteo 1:7); que respondan de manera tal que satisfaga a una conciencia recta,
doblegada bajo el doble sentimiento de la espiritualidad y de la inflexibilidad
de la ley, y de su propia naturaleza carnal imposible de corregir.
La verdad, tal como nos enseña la Biblia, es que “la
ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20). Esto nos
demuestra muy claramente cuál es el verdadero objeto de la ley: ella vino a fin
de demostrar que el pecado es “sobremanera pecaminoso” (Romanos 7:13). La ley,
en cierto sentido, era como un espejo perfecto descolgado desde el cielo para
revelar al hombre su desorden moral. Si yo me miro ante un espejo con mis
vestidos desordenados, el espejo me mostrará el desorden, pero de ninguna
manera lo compondrá. Si mido una pared torcida con una plomada perfectamente
justa, el plomo me revelará las desviaciones de la pared, pero no la
enderezará. Si, durante una noche oscura, salgo con una luz, ésta me dejará ver
todos los obstáculos y asperezas de mi camino, pero no los quitará. Sin
embargo, ni el espejo, ni la plomada ni la luz crean los males que tan diáfanamente puntualizan; no los crean ni los quitan, sino que simplemente los manifiestan. Lo mismo ocurre con la ley; ella no crea el mal en el
corazón del hombre ni tampoco lo quita, sino que simplemente lo revela con una
infalible exactitud.
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna
manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera
la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7). El apóstol no
dice que el hombre no hubiese tenido “codicia…”, sino simplemente que “no la
hubiese conocido”. La “codicia” estaba en el hombre; pero él estaba en
tinieblas en cuanto a ella hasta la llegada de la ley; hasta que “la lámpara”
del Todopoderoso (Job 29:3) alumbró los rincones oscuros de su corazón y
manifestó el mal que en él había. Así como un hombre, en una cámara oscura,
puede estar rodeado de polvo y confusión, sin que pueda apercibirse de ello, a
causa de la oscuridad en que está sumido; pero que tan sólo un rayo de luz
penetre allí, e inmediatamente lo distinguirá todo. Sin embargo, ¿acaso los
rayos de sol crean el polvo? Seguramente que no; el polvo está allí, y el sol
no hace más que descubrirlo y manifestarlo. Tal es, pues, el efecto que produce
la ley. Ella juzga el carácter y la condición del hombre; le prueba que es un
pecador y lo encierra bajo maldición; la ley viene para juzgar al hombre, y lo
maldice si él no es lo que la ley le dice que debe ser.
No se puede obtener la
vida por la ley
Hay, pues, una imposibilidad manifiesta de que el
hombre obtenga la vida y la justificación por medio de una cosa que no puede
hacer más que maldecirlo; y a menos que la condición del pecador y el carácter
de la ley sean totalmente cambiados, la ley no puede hacer otra cosa más que
maldecir al pecador. La ley no es contemplativa con las debilidades, ni se
satisface con una obediencia sincera pero imperfecta. Si hiciera estas
concesiones, no sería lo que la Biblia dice que es: “santa, justa y buena”
(Romanos 7:12). Precisamente porque la ley es así, el pecador es completamente
incapaz de obtener la vida por su medio. Si el hombre pudiese obtener la vida
por ella, la ley no sería perfecta o bien el hombre no sería pecador. Es
imposible que un pecador adquiera la vida por medio de una ley perfecta, pues
por el mismo hecho de ser perfecta, debe necesariamente condenarlo. Su absoluta
perfección manifiesta la absoluta ruina y la condenación del hombre, y pone así
su sello. “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado
delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado”
(Romanos 3:20). El apóstol no dice que por la ley es el pecado, sino únicamente
“el conocimiento del pecado”. “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo;
pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado” (Romanos 5:13). El pecado ya
existía “antes de la ley”, y sólo precisaba que la ley lo manifestara bajo la
forma de “transgresión”. Si yo le digo a mi hijo: «No toques este cuchillo», mi
misma prohibición prueba la tendencia de su corazón a hacer su propia voluntad.
Mi prohibición no crea la tendencia, sino que simplemente la revela.
Para que tenga lugar la “transgresión”, es preciso
que se haya establecido una regla o línea de conducta definida. Porque
«transgresión» significa franquear una línea prohibida; esa línea la tengo en
la ley. Tómese cualquiera de sus prohibiciones, tales como “No matarás”, “No
cometerás adulterio”, “No hurtarás”: una ley o regla ha sido puesta delante de
mí. Pero yo descubro dentro de mí los mismos principios contra los cuales estas
prohibiciones han sido expresamente dirigidas. En efecto, el solo hecho de que
se me diga “no cometerás homicidio”, me muestra que soy por naturaleza un
homicida (cf. Romanos 7:5). No existe la menor necesidad de prohibirme hacer
algo si yo no tuviera ninguna inclinación a hacerlo. Pero la manifestación de la
voluntad de Dios respecto a lo que yo debiera ser, pone de manifiesto la
tendencia de mi voluntad a ser lo que no debiera ser. Esto es claro, y
perfectamente conforme a todas las enseñanzas del apóstol sobre este asunto.
La ley no es la regla de
vida del cristiano
Sin embargo, muchas personas que admiten que no
podemos obtener la vida por la ley, sostienen al mismo tiempo que la ley es
nuestra regla de vida. El apóstol, declara: “Pero sabemos que todo lo que la
ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y
todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19). Y de nuevo: “Porque
todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición” (Gálatas
3:10). Poco importa su condición individual: si ocupan el terreno de la ley,
necesariamente están bajo su maldición. Puede que alguno diga: «Yo soy un
hombre nacido de nuevo y, por lo tanto, no estoy expuesto a la maldición»; pero
si el nuevo nacimiento no transporta al hombre fuera del terreno de la ley,
ella no puede ponerlo más allá de los límites de la maldición. Si el cristiano
se halla bajo la ley, está necesariamente expuesto a su maldición. Pero ¿qué
tiene que ver la ley con el nuevo nacimiento? ¿Acaso alguna parte del capítulo
20 de Éxodo trata del nuevo nacimiento? La ley no hacía sino dirigir una
pregunta al hombre; una pregunta corta, seria y discreta, a saber: «¿Eres tú lo
que deberías ser?» Si la respuesta es negativa, la ley no puede menos que
lanzar sus terribles maldiciones y matar al hombre. ¿Y quién reconocerá más
pronto y profundamente que no es en sí mismo nada de lo que debiera ser, sino
el hombre que ha nacido verdaderamente de nuevo? Así que si está bajo la ley,
se halla inevitablemente bajo la maldición. Es imposible que la ley disminuya
sus exigencias o que se mezcle con la gracia. Los hombres, sintiendo que no
pueden elevarse a la altura de la ley, tratan continuamente de acomodarla a su
medida. Pero el esfuerzo de esto es vano: la ley permanece tal cual es, en toda
su pureza, majestad y severa inflexibilidad, y no aceptará una pizca menos que
una obediencia absolutamente perfecta. Y ¿cuál es el hombre, que haya nacido de
nuevo o no, que pueda intentar obedecer así? Se dirá tal vez: «Nosotros tenemos
la perfección de Cristo.» Es verdad; pero ello no es por la ley, sino por la
gracia, y de ninguna manera podemos confundir las dispensaciones. Las
Escrituras nos enseñan claramente que no somos justificados por la ley; y, por
lo tanto, la regla no es nuestra regla de vida. Aquello que sólo puede maldecir,
no puede nunca justificar; y lo que sólo mata, no puede ser lo que regula y
gobierna la vida. Sería lo mismo que si un hombre intentara hacer fortuna
valiéndose del balance que lo declara en quiebra.
Hechos 15 prueba que la
ley no es la regla de vida del cristiano
La lectura del capítulo 15 de los Hechos nos enseña
cómo el Espíritu Santo responde a toda tentativa que se quisiera hacer para
poner a los creyentes bajo la ley como regla de vida.
“Pero algunos de la secta de los fariseos, que
habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles
que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5).
La insinuación tenebrosa e inoportuna de esos
legalismos de los tiempos primitivos no era otra cosa que el silbido de la
serpiente antigua. Mas la poderosa energía del Espíritu Santo, y la voz unánime
de los doce apóstoles y de toda la Iglesia respondieron a ello como leemos en
los versículos 7 y 8:
“Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y
les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios
escogió que los gentiles oyesen.”
¡¿Qué?! ¿Las exigencias y maldiciones de la ley de Moisés? ¡No, bendito sea su
Nombre! No era éste el mensaje que Dios quería hacer llegar a oídos de pobres
pecadores privados de toda fuerza, sino que “oyesen
por mi boca la palabra del evangelio y creyesen”. He aquí el mensaje que
estaba de acuerdo con el carácter y la voluntad de Dios, mientras que esos
fariseos que habían creído y que se levantaron contra Bernabé y Saulo, no eran
enviados por el Señor, lejos de esto; ellos no anunciaban las buenas nuevas, ni
publicaban la paz; sus “pies” no tenían nada de “hermosos” delante de Aquel que
sólo se complace en la misericordia.
“Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo
sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros
hemos podido llevar?” (Hechos 15:10). Este lenguaje es grave y serio. Dios no
quería que se pusiese “un yugo” “sobre
la cerviz” de aquellos cuyos corazones habían sido libertados por el Evangelio
de paz; antes, al contrario, deseaba exhortarles a permanecer firmes en la
libertad de Cristo para no estar “otra vez sujetos al yugo de esclavitud”
(Gálatas 5:1). Dios no quería enviar a aquellos que Él había recibido en su
seno de amor “al monte que se podía palpar” para aterrarles con el ardiente
“fuego”, “la oscuridad”, “las tinieblas”
y “la tempestad” (Hebreos 12:18). ¿Cómo podríamos admitir jamás la idea de que
Dios quisiera gobernar por la ley a los que ha recibido en gracia? Pedro dice:
“Antes creemos que por la gracia del
Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:11). Los
judíos que habían recibido la ley, y los gentiles que no la recibieron, todos
debían ser en adelante salvos por la
gracia. Y no solamente debían ser salvos “por gracia”, sino que debían
“estar firmes” en la gracia, y “crecer en la gracia” (Romanos 5:1-2; 2 Pedro
3:18). Enseñar otra cosa es tentar a Dios. Estos fariseos derriban el
fundamento de la fe del cristiano; y lo mismo hacen todos aquellos que procuran
poner a los creyentes bajo la ley. No hay un mal peor ni más abominable ante
los ojos de Dios que el legalismo. Escuchemos el lenguaje enérgico y los
acentos de justa indignación de que se sirve el Espíritu Santo, respecto a
estos doctores de la ley:
“¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!” (Gálatas
5:12).
¿Han cambiado los pensamientos del Espíritu Santo
respecto a este punto? ¿No es todavía “tentar a Dios” poner el yugo de la ley
sobre la cerviz de un pecador? ¿Es según Su voluntad de gracia que la ley sea
recomendada a los pecadores como si fuese la expresión del plan de Dios
respecto a ellos? Responda el lector a estas preguntas a la luz del capítulo 15
del libro de los Hechos y de la epístola a los Gálatas. Estos dos pasajes de la
Escritura son suficientes, si no hubiese otros, para probar que la intención de
Dios no ha sido jamás que los gentiles oyesen la palabra de la ley. Si tal
hubiese sido su plan, seguramente habría escogido a alguien para que se la
anunciase. Mas no vemos esto; cuando Jehová proclama su “ley terrible”, no
habla más que en una sola lengua; “lo
que la ley dice, lo dice a los que están
bajo la ley” (Romanos 3:19); pero cuando publica las buenas nuevas de
salvación por la sangre del Cordero, habla la lengua de “todas las naciones debajo del cielo”. Dios habla de tal manera que
“cada uno en su propia lengua” podía
oír el dulce mensaje de la gracia (Hechos 2:1-11).
Cuando Dios, desde lo alto del Sinaí, proclama las
duras exigencias del pacto de las obras, se dirige exclusivamente a un solo pueblo; su voz fue oída
solamente dentro de los estrechos límites del pueblo judío. Pero cuando Cristo
resucitado envió sus mensajeros de salvación, les dijo: “Id por todo el mundo y
predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15; comp. Lucas 3:6). El
caudaloso río de la gracia de Dios, cuyo lecho había sido abierto por la sangre
del Cordero, debía desbordar, por la irresistible energía del Espíritu Santo,
mucho más allá del estrecho recinto del pueblo de Israel, y derramarse en
abundancia sobre un mundo manchado por el pecado. Es necesario que “toda
criatura” oiga, en su propia lengua, el mensaje de la paz, la palabra del
Evangelio, la nueva de salvación por la sangre de la cruz. Y por fin, para que
nada falte para dar a nuestros pobres corazones legales la prueba de que el
Sinaí no era de ninguna manera el lugar donde los secretos de Dios fueron
revelados, el Espíritu Santo ha dicho por boca de un profeta y por la de un
apóstol: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que
anuncian buenas nuevas!” (Isaías 52:7; Romanos 10:15). En cambio, el mismo
Espíritu dice de aquellos que querían ser doctores de la ley: “¡Ojalá se
mutilasen los que os perturban!”
Es, pues, evidente que la ley no es el fundamento de
vida para el pecador, ni tampoco la regla de vida para el cristiano. Cristo es
ambas cosas. Él es nuestra vida y la regla de nuestra vida. La ley sólo puede
maldecir y matar. Cristo es nuestra vida y nuestra justicia. Él fue hecho maldición
por nosotros al ser colgado en el madero. Jesús descendió al lugar donde yacía
el pecador sumido en estado de muerte y de condenación; y, al habernos librado,
por su muerte, de todo aquello que era, o que podía estar contra nosotros, fue
constituido, por su resurrección, en la fuente de vida y en el fundamento de
justicia para todos aquellos que creen en su nombre. Una vez que poseemos así
la vida y la justicia en Él, somos llamados a andar, no como la ley ordena,
sino a “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Parecerá casi superfluo afirmar que
matar, cometer adulterio y hurtar, son actos directamente opuestos a la moral
cristiana. Pero si un cristiano regulara su vida según esos mandamientos o
según el decálogo entero, ¿produciría esos preciosos y delicados frutos de que
nos habla la epístola a los Efesios? ¿Podrían hacer los diez mandamientos que
el ladrón no hurte más, sino que trabaje a fin de tener de qué dar?
¿Transformarían alguna vez a un ladrón en un hombre laborioso y honorable?
Seguramente que no. La ley dice: “No hurtarás”; pero ¿añade ella: «ve y da a
aquel que padece necesidad; ve y da de comer a tu enemigo, vístele y
bendícele»? ¿Ordena la ley: «ve y regocija con tu benevolencia, por tus actos
de bondad, el corazón de aquel que sólo ha procurarte dañarte»? ¡No, por
cierto! Y, sin embargo, si yo estuviese bajo la ley como regla, sería maldito y
muerto por ella. ¿Cómo puede ser esto siendo que la santidad cristiana es mucho
más elevada que la de la ley? Porque yo soy débil, y la ley no me concede
ninguna fuerza, ni me manifiesta ninguna misericordia. La ley exige la fuerza de aquel que no tiene ninguna, y
lo maldice si no puede mostrarla. El Evangelio da la fuerza al que no la tiene, y le bendice en la manifestación
de esta fuerza. La ley presenta la vida como fin de la obediencia; el Evangelio da la vida como el único fundamento verdadero de obediencia.
¿Dice el Nuevo Testamento
que la ley sea la regla de vida del cristiano?
Para no fatigar demasiado al lector a fuerza de
argumentos, pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se presenta la ley
como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal pensamiento cuando
dijo:
“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale
nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden
conforme a esta regla, paz y
misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas 6:15-16).
¿A qué regla se refiere? ¿La ley? No, sino la nueva creación. En el capítulo 20 de
Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”; al contrario, ese capítulo se dirige
al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a la vieja creación,
y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en condiciones de
hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los creyentes deben
andar, ¿a qué se debe que el apóstol pronuncie una bendición sobre los que
andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice: «A todos los que
andan conforme a la regla de los diez mandamientos»? ¿No es, pues, evidente
que, según este pasaje, la Iglesia de Dios tiene una regla más elevada conforme
a la cual debe andar? Sin ninguna duda. Aunque, incuestionablemente, los diez
mandamientos forman parte del canon de los libros inspirados, nunca podrían ser
la regla de vida para aquel que, por la gracia infinita, ha sido introducido en
una nueva creación y ha recibido una nueva vida en Cristo.
Tal vez se pregunte: «Pero ¿no es perfecta la ley?»
Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es divinamente
perfecta. Es más, la ley maldice y mata a los que no son perfectos y pretenden
medirse con ella precisamente a causa de su misma perfección. “La ley es
espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Es
absolutamente imposible formarse una idea justa de la perfección y
espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la
humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con “la intención de la carne”,
no puede “obrar” más que “ira” y “enemistad” (Romanos 4:15; 8:7). ¿Por qué?
¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta, y el
hombre es pecador. Si el hombre fuese perfecto, cumpliría la ley según toda su
perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos
creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida,
“la justicia de la ley se cumple en nosotros, que no andamos conforme a la
carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4). “Porque el que ama al prójimo,
ha cumplido la ley… el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de
la ley es el amor” (Romanos 13:8-10; compárese Gálatas 5:14, 22-23). Si yo amo
a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, antes al contrario, procuraré
hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para
una alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de la ley el principio
de vida para el pecador, o la regla de vida para el creyente.
Si consideramos la ley en sus dos grandes
mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su corazón, con
toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo. Tal es el
resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más mínimo de
ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder jamás a esta
doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que ama a Dios y
a su prójimo así? “La intención (lit.: la mente, esto es, la intención o deseo
que tenemos por naturaleza) de la carne es enemistad contra Dios; porque no se
sujeta a la voluntad de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). El hombre
aborrece a Dios y sus preceptos. Dios se ha manifestado en la persona de
Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo el atractivo y la dulzura de
una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue el resultado de ello? El
hombre aborrece a Dios. “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún
otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y
a mi Padre” (Juan 15:24). Mas se dirá: «El hombre debía haber amado a Dios.»
Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la perdición eterna. Pero
¿puede la ley producir este amor en el corazón del hombre? ¿Es éste su objeto?
De ninguna manera; “pues la ley produce ira”; “por medio de la ley es el
conocimiento del pecado”; “fue añadida a causa de las transgresiones” (Romanos
4:15; 3:20; Gálatas 3:19). La ley halla al hombre en un estado de enemistad
contra Dios; y sin cambiar nada este estado, porque no es este su objeto, le
manda amar a Dios de todo su corazón, y le maldice si no lo hace. No pertenecía
al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza del hombre; no podía
tampoco darle el poder para responder a sus justas exigencias. La ley dice:
“Haz esto, y vivirás”. Ordena al hombre a amar a Dios, pero sin revelarle lo
que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su ruina; y, no
obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué terrible misterio!
No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter de Dios, que produce
en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él, fundiendo su corazón de
hielo y elevando su alma a un afecto y adoración sinceras. No; la ley era un
mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de crear este amor, la ley
“obra” la “ira”, no porque Dios no deba ser amado, sino porque el hombre es un
pecador.
A continuación leemos: “Amarás a tu prójimo como a
ti mismo”. ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí mismo? ¿Es éste el
principio, la regla que prevalece en las cámaras de comercio, en la bolsa, en
los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente no! El
hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo; y si su condición
fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla, es totalmente
mala, y a menos que no “nazca de nuevo” (Juan 3:3-5), por la Palabra y por el Espíritu
de Dios, no puede “ver ni entrar en el reino de Dios”. La ley no puede producir
este nuevo nacimiento. Ella mata al “hombre viejo”, pero no crea ni puede crear
al “nuevo hombre”. Sabemos que el Señor Jesús ha reunido a la vez, en su
gloriosa persona, a Dios y a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que Él era,
según la verdad fundamental de la doctrina cristiana, “Dios manifestado en
carne” (1 Timoteo 3:16). Ahora bien, ¿cómo ha sido tratado Jesús por el hombre?
¿Le amó este último con todo su corazón y como a sí mismo? Todo lo contrario.
El hombre crucificó a Jesucristo entre dos malhechores, después de haber
preferido a un ladrón y homicida a este Ser bendito, el cual “anduvo haciendo
bienes” por todas partes; el cual descendió de las moradas eternas de la luz y
del amor, siendo Él mismo la personificación de este amor y de esta luz; cuyo
corazón estaba lleno de la más pura simpatía para con las necesidades de la
pobre humanidad y su mano siempre dispuesta a enjugar las lágrimas del pecador,
aliviando sus sufrimientos. Así pues, al contemplar la cruz de Cristo, vemos la
demostración irrecusable del hecho demostrativo de la impotencia del hombre
para guardar la ley, porque tal poder simplemente no está en su naturaleza.
Tales son los principios con los cuales termina el
Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado. ¡Dios quiera que
queden estos principios grabados en nuestro corazón, a fin de hacernos
comprender de un modo más claro y cabal la diferencia esencial que existe entre
la ley y la gracia!
C. H. M.
NOTA: Las notas
completas de C.H.M. sobre el Éxodo, así como los estudios completos de los
cinco libros de Moisés, pueden obtenerse en español en la editorial EDICIONES
BÍBLICAS
NOTAS
N.
del E.— La Palabra no habla de la ley como abolida con respecto al gobierno
moral de Dios en el mundo (como en 1 Timoteo 1:7-10), sino en cuanto a su
aplicación a los cristianos. Para la salvación, para justicia, para la paz,
para la vida, para la justificación, la ley ha sido totalmente abolida por la
cruz.