LA LEY Y LA GRACIA

 

Éxodo 20

 

C. H. Mackintosh

 

 

La ley en contraste con la gracia

 

“La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17) es la forma en que breve y solemnemente la Biblia nos presenta el cambio —o más bien el contraste— en los caminos dispensacionales de Dios con el hombre como consecuencia de la venida del Hijo de Dios al mundo.

 

La dispensación de la ley comienza y termina con Moisés. La dispensación de la gracia no es el resultado de un proceso que evolucionó a partir de la dispensación que le precedió. Ésta comienza en el punto donde la primera terminó, y se halla en entero contraste con aquella en todos sus rasgos característicos.

 

Carácter y objeto de la ley

 

Es de la mayor importancia que los cristianos entiendan el verdadero carácter y objeto de la ley moral tal como nos es presentada en el capítulo 20 de Éxodo. Existe una tendencia en la mente a confundir o mezclar los principios de la ley y los de la gracia, de modo que ni la ley ni la gracia puedan ser correctamente comprendidos. La ley es despojada de su severa e inflexible majestad, y la gracia es privada de todos sus divinos atractivos. Las santas exigencias de Dios permanecen sin respuesta, y las profundas y múltiples necesidades del pecador siguen sin ser satisfechas, debido al anómalo sistema creado por aquellos que buscan mezclar la ley y la gracia.

 

De hecho, nunca es posible hacer que la ley y la gracia se amalgamen, pues ambas son tan diferentes como el día y la noche. La ley pone en evidencia lo que el hombre debiera ser; la gracia, en cambio, manifiesta lo que Dios es. ¿Cómo, pues, es posible, que ambas puedan formar conjuntamente un solo sistema? ¿Cómo puede alguna vez el pecador ser salvo mediante un sistema construido en parte por la ley y en parte por la gracia? ¡Imposible! Debe ser salvo o por uno o por otro.

 

La ley es llamada algunas veces «la expresión del pensamiento de Dios». Pero esta definición es completamente inexacta. Si dijésemos que la ley es la expresión del pensamiento de Dios respecto de lo que el hombre debiera ser, estaríamos mucho más cerca de la verdad. A quien quiera considerar los diez mandamientos como la expresión del pensamiento de Dios, yo le pregunto si en el pensamiento de Dios no hay otra cosa que “harás esto” y “no harás aquello”. ¿No hay en él gracia, ni misericordia ni bondad? ¿No manifestará Dios lo que es, ni revelará los profundos secretos de ese amor que rebosa de su corazón? ¿No hay nada más, en el carácter de Dios, que rígidas exigencias y severas prohibiciones? Si así fuera, debiéramos decir que “Dios es ley”, en lugar de decir que “Dios es amor”. Empero —bendito sea su Nombre— hay mucho más en el corazón de Dios de lo que jamás podrán expresar «las diez palabras» pronunciadas sobre el monte que ardía. Si yo quiero saber lo que es Dios, no tengo más que mirar a Cristo, “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9).

“La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).

 

Necesariamente, en la ley se hallaba cierta medida de verdad; contenía la verdad en cuanto a lo que el hombre debía ser. Como todo lo que dimana de Dios, la ley era perfecta en su medida; es decir, perfecta para lograr el fin para el cual fue destinada. Pero ese fin no era, de ninguna manera, revelar la naturaleza y el carácter de Dios delante de pecadores perdidos y culpables. En la ley, no había gracia ni misericordia:

 

“El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente” (Hebreos 10:28).

 

“Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos” (Levítico 18:5; Romanos 10:5).

 

“Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas” (Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10).

 

Este lenguaje, evidentemente, no es el de la gracia. No es en el monte de Sinaí donde debe ser buscada. Jehová se manifiesta allí rodeado de una majestad terrible, en medio de la oscuridad, tinieblas y tempestad, con truenos y relámpagos. Esas circunstancias no son las que acompañan una dispensación de gracia y de misericordia; en cambio, sí encajaban perfectamente en una dispensación de verdad y de justicia: y la ley no era otra cosa que esto.

 

En la ley, Dios declara lo que el hombre debía ser, y pronuncia una maldición sobre él si no lo es. Mas cuando el hombre se examina a sí mismo a la luz de la ley, descubre precisamente que él es eso mismo que la ley condena. ¿Cómo podría, pues, obtener la vida en virtud de la ley? La ley propone la vida y la justicia como el blanco que el hombre ha de alcanzar cuando la haya guardado; pero, desde el primer momento, nos muestra que estamos en un estado de muerte y de iniquidad, y que desde el principio tenemos necesidad de las cosas que la ley nos propone que alcancemos al final. ¿Cómo, pues, debemos hacer para alcanzarlas? Para cumplir lo que la ley demanda, es preciso que yo tenga vida; y para ser lo que la ley demanda que yo sea, es indispensable que posea la justicia; y si no tengo vida ni justicia, entonces soy “maldito”. Pero el hecho es que yo no tengo ni la una ni la otra. ¿Qué pues habrá que hacer? Que respondan los que quieren “ser doctores de la ley” (1.ª Timoteo 1:7); que respondan de manera tal que satisfaga a una conciencia recta, doblegada bajo el doble sentimiento de la espiritualidad y de la inflexibilidad de la ley, y de su propia naturaleza carnal imposible de corregir.

 

La verdad, tal como nos enseña la Biblia, es que “la ley se introdujo para que el pecado abundase” (Romanos 5:20). Esto nos demuestra muy claramente cuál es el verdadero objeto de la ley: ella vino a fin de demostrar que el pecado es “sobremanera pecaminoso” (Romanos 7:13). La ley, en cierto sentido, era como un espejo perfecto descolgado desde el cielo para revelar al hombre su desorden moral. Si yo me miro ante un espejo con mis vestidos desordenados, el espejo me mostrará el desorden, pero de ninguna manera lo compondrá. Si mido una pared torcida con una plomada perfectamente justa, el plomo me revelará las desviaciones de la pared, pero no la enderezará. Si, durante una noche oscura, salgo con una luz, ésta me dejará ver todos los obstáculos y asperezas de mi camino, pero no los quitará. Sin embargo, ni el espejo, ni la plomada ni la luz crean los males que tan diáfanamente puntualizan; no los crean ni los quitan, sino que simplemente los manifiestan. Lo mismo ocurre con la ley; ella no crea el mal en el corazón del hombre ni tampoco lo quita, sino que simplemente lo revela con una infalible exactitud.

 

“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás” (Romanos 7:7). El apóstol no dice que el hombre no hubiese tenido “codicia…”, sino simplemente que “no la hubiese conocido”. La “codicia” estaba en el hombre; pero él estaba en tinieblas en cuanto a ella hasta la llegada de la ley; hasta que “la lámpara” del Todopoderoso (Job 29:3) alumbró los rincones oscuros de su corazón y manifestó el mal que en él había. Así como un hombre, en una cámara oscura, puede estar rodeado de polvo y confusión, sin que pueda apercibirse de ello, a causa de la oscuridad en que está sumido; pero que tan sólo un rayo de luz penetre allí, e inmediatamente lo distinguirá todo. Sin embargo, ¿acaso los rayos de sol crean el polvo? Seguramente que no; el polvo está allí, y el sol no hace más que descubrirlo y manifestarlo. Tal es, pues, el efecto que produce la ley. Ella juzga el carácter y la condición del hombre; le prueba que es un pecador y lo encierra bajo maldición; la ley viene para juzgar al hombre, y lo maldice si él no es lo que la ley le dice que debe ser.

 

No se puede obtener la vida por la ley

 

Hay, pues, una imposibilidad manifiesta de que el hombre obtenga la vida y la justificación por medio de una cosa que no puede hacer más que maldecirlo; y a menos que la condición del pecador y el carácter de la ley sean totalmente cambiados, la ley no puede hacer otra cosa más que maldecir al pecador. La ley no es contemplativa con las debilidades, ni se satisface con una obediencia sincera pero imperfecta. Si hiciera estas concesiones, no sería lo que la Biblia dice que es: “santa, justa y buena” (Romanos 7:12). Precisamente porque la ley es así, el pecador es completamente incapaz de obtener la vida por su medio. Si el hombre pudiese obtener la vida por ella, la ley no sería perfecta o bien el hombre no sería pecador. Es imposible que un pecador adquiera la vida por medio de una ley perfecta, pues por el mismo hecho de ser perfecta, debe necesariamente condenarlo. Su absoluta perfección manifiesta la absoluta ruina y la condenación del hombre, y pone así su sello. “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). El apóstol no dice que por la ley es el pecado, sino únicamente “el conocimiento del pecado”. “Pues antes de la ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado” (Romanos 5:13). El pecado ya existía “antes de la ley”, y sólo precisaba que la ley lo manifestara bajo la forma de “transgresión”. Si yo le digo a mi hijo: «No toques este cuchillo», mi misma prohibición prueba la tendencia de su corazón a hacer su propia voluntad. Mi prohibición no crea la tendencia, sino que simplemente la revela.

 

Para que tenga lugar la “transgresión”, es preciso que se haya establecido una regla o línea de conducta definida. Porque «transgresión» significa franquear una línea prohibida; esa línea la tengo en la ley. Tómese cualquiera de sus prohibiciones, tales como “No matarás”, “No cometerás adulterio”, “No hurtarás”: una ley o regla ha sido puesta delante de mí. Pero yo descubro dentro de mí los mismos principios contra los cuales estas prohibiciones han sido expresamente dirigidas. En efecto, el solo hecho de que se me diga “no cometerás homicidio”, me muestra que soy por naturaleza un homicida (cf. Romanos 7:5). No existe la menor necesidad de prohibirme hacer algo si yo no tuviera ninguna inclinación a hacerlo. Pero la manifestación de la voluntad de Dios respecto a lo que yo debiera ser, pone de manifiesto la tendencia de mi voluntad a ser lo que no debiera ser. Esto es claro, y perfectamente conforme a todas las enseñanzas del apóstol sobre este asunto.

 

La ley no es la regla de vida del cristiano

 

Sin embargo, muchas personas que admiten que no podemos obtener la vida por la ley, sostienen al mismo tiempo que la ley es nuestra regla de vida. El apóstol, declara: “Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19). Y de nuevo: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición” (Gálatas 3:10). Poco importa su condición individual: si ocupan el terreno de la ley, necesariamente están bajo su maldición. Puede que alguno diga: «Yo soy un hombre nacido de nuevo y, por lo tanto, no estoy expuesto a la maldición»; pero si el nuevo nacimiento no transporta al hombre fuera del terreno de la ley, ella no puede ponerlo más allá de los límites de la maldición. Si el cristiano se halla bajo la ley, está necesariamente expuesto a su maldición. Pero ¿qué tiene que ver la ley con el nuevo nacimiento? ¿Acaso alguna parte del capítulo 20 de Éxodo trata del nuevo nacimiento? La ley no hacía sino dirigir una pregunta al hombre; una pregunta corta, seria y discreta, a saber: «¿Eres tú lo que deberías ser?» Si la respuesta es negativa, la ley no puede menos que lanzar sus terribles maldiciones y matar al hombre. ¿Y quién reconocerá más pronto y profundamente que no es en sí mismo nada de lo que debiera ser, sino el hombre que ha nacido verdaderamente de nuevo? Así que si está bajo la ley, se halla inevitablemente bajo la maldición. Es imposible que la ley disminuya sus exigencias o que se mezcle con la gracia. Los hombres, sintiendo que no pueden elevarse a la altura de la ley, tratan continuamente de acomodarla a su medida. Pero el esfuerzo de esto es vano: la ley permanece tal cual es, en toda su pureza, majestad y severa inflexibilidad, y no aceptará una pizca menos que una obediencia absolutamente perfecta. Y ¿cuál es el hombre, que haya nacido de nuevo o no, que pueda intentar obedecer así? Se dirá tal vez: «Nosotros tenemos la perfección de Cristo.» Es verdad; pero ello no es por la ley, sino por la gracia, y de ninguna manera podemos confundir las dispensaciones. Las Escrituras nos enseñan claramente que no somos justificados por la ley; y, por lo tanto, la regla no es nuestra regla de vida. Aquello que sólo puede maldecir, no puede nunca justificar; y lo que sólo mata, no puede ser lo que regula y gobierna la vida. Sería lo mismo que si un hombre intentara hacer fortuna valiéndose del balance que lo declara en quiebra.

 

Hechos 15 prueba que la ley no es la regla de vida del cristiano

 

La lectura del capítulo 15 de los Hechos nos enseña cómo el Espíritu Santo responde a toda tentativa que se quisiera hacer para poner a los creyentes bajo la ley como regla de vida.

 

“Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5).

 

La insinuación tenebrosa e inoportuna de esos legalismos de los tiempos primitivos no era otra cosa que el silbido de la serpiente antigua. Mas la poderosa energía del Espíritu Santo, y la voz unánime de los doce apóstoles y de toda la Iglesia respondieron a ello como leemos en los versículos 7 y 8:

 

“Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen.” ¡¿Qué?! ¿Las exigencias y maldiciones de la ley de Moisés? ¡No, bendito sea su Nombre! No era éste el mensaje que Dios quería hacer llegar a oídos de pobres pecadores privados de toda fuerza, sino que “oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen”. He aquí el mensaje que estaba de acuerdo con el carácter y la voluntad de Dios, mientras que esos fariseos que habían creído y que se levantaron contra Bernabé y Saulo, no eran enviados por el Señor, lejos de esto; ellos no anunciaban las buenas nuevas, ni publicaban la paz; sus “pies” no tenían nada de “hermosos” delante de Aquel que sólo se complace en la misericordia.

 

“Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar?” (Hechos 15:10). Este lenguaje es grave y serio. Dios no quería que se pusiese “un yugo”  “sobre la cerviz” de aquellos cuyos corazones habían sido libertados por el Evangelio de paz; antes, al contrario, deseaba exhortarles a permanecer firmes en la libertad de Cristo para no estar “otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Dios no quería enviar a aquellos que Él había recibido en su seno de amor “al monte que se podía palpar” para aterrarles con el ardiente “fuego”,  “la oscuridad”, “las tinieblas” y “la tempestad” (Hebreos 12:18). ¿Cómo podríamos admitir jamás la idea de que Dios quisiera gobernar por la ley a los que ha recibido en gracia? Pedro dice: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:11). Los judíos que habían recibido la ley, y los gentiles que no la recibieron, todos debían ser en adelante salvos por la gracia. Y no solamente debían ser salvos “por gracia”, sino que debían “estar firmes” en la gracia, y “crecer en la gracia” (Romanos 5:1-2; 2 Pedro 3:18). Enseñar otra cosa es tentar a Dios. Estos fariseos derriban el fundamento de la fe del cristiano; y lo mismo hacen todos aquellos que procuran poner a los creyentes bajo la ley. No hay un mal peor ni más abominable ante los ojos de Dios que el legalismo. Escuchemos el lenguaje enérgico y los acentos de justa indignación de que se sirve el Espíritu Santo, respecto a estos doctores de la ley:

 

“¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!” (Gálatas 5:12).

 

¿Han cambiado los pensamientos del Espíritu Santo respecto a este punto? ¿No es todavía “tentar a Dios” poner el yugo de la ley sobre la cerviz de un pecador? ¿Es según Su voluntad de gracia que la ley sea recomendada a los pecadores como si fuese la expresión del plan de Dios respecto a ellos? Responda el lector a estas preguntas a la luz del capítulo 15 del libro de los Hechos y de la epístola a los Gálatas. Estos dos pasajes de la Escritura son suficientes, si no hubiese otros, para probar que la intención de Dios no ha sido jamás que los gentiles oyesen la palabra de la ley. Si tal hubiese sido su plan, seguramente habría escogido a alguien para que se la anunciase. Mas no vemos esto; cuando Jehová proclama su “ley terrible”, no habla más que en una sola lengua; “lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley” (Romanos 3:19); pero cuando publica las buenas nuevas de salvación por la sangre del Cordero, habla la lengua de “todas las naciones debajo del cielo”. Dios habla de tal manera que “cada uno en su propia lengua” podía oír el dulce mensaje de la gracia (Hechos 2:1-11).

 

Cuando Dios, desde lo alto del Sinaí, proclama las duras exigencias del pacto de las obras, se dirige exclusivamente a un solo pueblo; su voz fue oída solamente dentro de los estrechos límites del pueblo judío. Pero cuando Cristo resucitado envió sus mensajeros de salvación, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15; comp. Lucas 3:6). El caudaloso río de la gracia de Dios, cuyo lecho había sido abierto por la sangre del Cordero, debía desbordar, por la irresistible energía del Espíritu Santo, mucho más allá del estrecho recinto del pueblo de Israel, y derramarse en abundancia sobre un mundo manchado por el pecado. Es necesario que “toda criatura” oiga, en su propia lengua, el mensaje de la paz, la palabra del Evangelio, la nueva de salvación por la sangre de la cruz. Y por fin, para que nada falte para dar a nuestros pobres corazones legales la prueba de que el Sinaí no era de ninguna manera el lugar donde los secretos de Dios fueron revelados, el Espíritu Santo ha dicho por boca de un profeta y por la de un apóstol: “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!” (Isaías 52:7; Romanos 10:15). En cambio, el mismo Espíritu dice de aquellos que querían ser doctores de la ley: “¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!”

 

Es, pues, evidente que la ley no es el fundamento de vida para el pecador, ni tampoco la regla de vida para el cristiano. Cristo es ambas cosas. Él es nuestra vida y la regla de nuestra vida. La ley sólo puede maldecir y matar. Cristo es nuestra vida y nuestra justicia. Él fue hecho maldición por nosotros al ser colgado en el madero. Jesús descendió al lugar donde yacía el pecador sumido en estado de muerte y de condenación; y, al habernos librado, por su muerte, de todo aquello que era, o que podía estar contra nosotros, fue constituido, por su resurrección, en la fuente de vida y en el fundamento de justicia para todos aquellos que creen en su nombre. Una vez que poseemos así la vida y la justicia en Él, somos llamados a andar, no como la ley ordena, sino a “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6). Parecerá casi superfluo afirmar que matar, cometer adulterio y hurtar, son actos directamente opuestos a la moral cristiana. Pero si un cristiano regulara su vida según esos mandamientos o según el decálogo entero, ¿produciría esos preciosos y delicados frutos de que nos habla la epístola a los Efesios? ¿Podrían hacer los diez mandamientos que el ladrón no hurte más, sino que trabaje a fin de tener de qué dar? ¿Transformarían alguna vez a un ladrón en un hombre laborioso y honorable? Seguramente que no. La ley dice: “No hurtarás”; pero ¿añade ella: «ve y da a aquel que padece necesidad; ve y da de comer a tu enemigo, vístele y bendícele»? ¿Ordena la ley: «ve y regocija con tu benevolencia, por tus actos de bondad, el corazón de aquel que sólo ha procurarte dañarte»? ¡No, por cierto! Y, sin embargo, si yo estuviese bajo la ley como regla, sería maldito y muerto por ella. ¿Cómo puede ser esto siendo que la santidad cristiana es mucho más elevada que la de la ley? Porque yo soy débil, y la ley no me concede ninguna fuerza, ni me manifiesta ninguna misericordia. La ley exige la fuerza de aquel que no tiene ninguna, y lo maldice si no puede mostrarla. El Evangelio da la fuerza al que no la tiene, y le bendice en la manifestación de esta fuerza. La ley presenta la vida como fin de la obediencia; el Evangelio da la vida como el único fundamento verdadero de obediencia.

 

¿Dice el Nuevo Testamento que la ley sea la regla de vida del cristiano?

 

Para no fatigar demasiado al lector a fuerza de argumentos, pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se presenta la ley como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal pensamiento cuando dijo:

 

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios” (Gálatas 6:15-16).

 

¿A qué regla se refiere? ¿La ley? No, sino la nueva creación. En el capítulo 20 de Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”; al contrario, ese capítulo se dirige al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a la vieja creación, y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en condiciones de hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los creyentes deben andar, ¿a qué se debe que el apóstol pronuncie una bendición sobre los que andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice: «A todos los que andan conforme a la regla de los diez mandamientos»? ¿No es, pues, evidente que, según este pasaje, la Iglesia de Dios tiene una regla más elevada conforme a la cual debe andar? Sin ninguna duda. Aunque, incuestionablemente, los diez mandamientos forman parte del canon de los libros inspirados, nunca podrían ser la regla de vida para aquel que, por la gracia infinita, ha sido introducido en una nueva creación y ha recibido una nueva vida en Cristo.

 

Tal vez se pregunte: «Pero ¿no es perfecta la ley?» Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es divinamente perfecta. Es más, la ley maldice y mata a los que no son perfectos y pretenden medirse con ella precisamente a causa de su misma perfección. “La ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Es absolutamente imposible formarse una idea justa de la perfección y espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con “la intención de la carne”, no puede “obrar” más que “ira” y “enemistad” (Romanos 4:15; 8:7). ¿Por qué? ¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta, y el hombre es pecador. Si el hombre fuese perfecto, cumpliría la ley según toda su perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida, “la justicia de la ley se cumple en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4). “Porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley… el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:8-10; compárese Gálatas 5:14, 22-23). Si yo amo a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, antes al contrario, procuraré hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para una alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de la ley el principio de vida para el pecador, o la regla de vida para el creyente.

 

Si consideramos la ley en sus dos grandes mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo. Tal es el resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más mínimo de ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder jamás a esta doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que ama a Dios y a su prójimo así? “La intención (lit.: la mente, esto es, la intención o deseo que tenemos por naturaleza) de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la voluntad de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). El hombre aborrece a Dios y sus preceptos. Dios se ha manifestado en la persona de Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo el atractivo y la dulzura de una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue el resultado de ello? El hombre aborrece a Dios. “Si yo no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Mas se dirá: «El hombre debía haber amado a Dios.» Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la perdición eterna. Pero ¿puede la ley producir este amor en el corazón del hombre? ¿Es éste su objeto? De ninguna manera; “pues la ley produce ira”; “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”; “fue añadida a causa de las transgresiones” (Romanos 4:15; 3:20; Gálatas 3:19). La ley halla al hombre en un estado de enemistad contra Dios; y sin cambiar nada este estado, porque no es este su objeto, le manda amar a Dios de todo su corazón, y le maldice si no lo hace. No pertenecía al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza del hombre; no podía tampoco darle el poder para responder a sus justas exigencias. La ley dice: “Haz esto, y vivirás”. Ordena al hombre a amar a Dios, pero sin revelarle lo que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su ruina; y, no obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué terrible misterio! No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter de Dios, que produce en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él, fundiendo su corazón de hielo y elevando su alma a un afecto y adoración sinceras. No; la ley era un mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de crear este amor, la ley “obra” la “ira”, no porque Dios no deba ser amado, sino porque el hombre es un pecador.

 

A continuación leemos: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí mismo? ¿Es éste el principio, la regla que prevalece en las cámaras de comercio, en la bolsa, en los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente no! El hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo; y si su condición fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla, es totalmente mala, y a menos que no “nazca de nuevo” (Juan 3:3-5), por la Palabra y por el Espíritu de Dios, no puede “ver ni entrar en el reino de Dios”. La ley no puede producir este nuevo nacimiento. Ella mata al “hombre viejo”, pero no crea ni puede crear al “nuevo hombre”. Sabemos que el Señor Jesús ha reunido a la vez, en su gloriosa persona, a Dios y a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que Él era, según la verdad fundamental de la doctrina cristiana, “Dios manifestado en carne” (1 Timoteo 3:16). Ahora bien, ¿cómo ha sido tratado Jesús por el hombre? ¿Le amó este último con todo su corazón y como a sí mismo? Todo lo contrario. El hombre crucificó a Jesucristo entre dos malhechores, después de haber preferido a un ladrón y homicida a este Ser bendito, el cual “anduvo haciendo bienes” por todas partes; el cual descendió de las moradas eternas de la luz y del amor, siendo Él mismo la personificación de este amor y de esta luz; cuyo corazón estaba lleno de la más pura simpatía para con las necesidades de la pobre humanidad y su mano siempre dispuesta a enjugar las lágrimas del pecador, aliviando sus sufrimientos. Así pues, al contemplar la cruz de Cristo, vemos la demostración irrecusable del hecho demostrativo de la impotencia del hombre para guardar la ley, porque tal poder simplemente no está en su naturaleza.

 

Tales son los principios con los cuales termina el Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado. ¡Dios quiera que queden estos principios grabados en nuestro corazón, a fin de hacernos comprender de un modo más claro y cabal la diferencia esencial que existe entre la ley y la gracia!

 

C. H. M.

 

 

NOTA: Las notas completas de C.H.M. sobre el Éxodo, así como los estudios completos de los cinco libros de Moisés, pueden obtenerse en español en la editorial EDICIONES BÍBLICAS

 


NOTAS

 

N. del E.— La Palabra no habla de la ley como abolida con respecto al gobierno moral de Dios en el mundo (como en 1 Timoteo 1:7-10), sino en cuanto a su aplicación a los cristianos. Para la salvación, para justicia, para la paz, para la vida, para la justificación, la ley ha sido totalmente abolida por la cruz.


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