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Éxodo 20 |
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C. H. Mackintosh |
La
ley en contraste con la gracia
“La ley por medio de Moisés fue
dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17)
es la forma en que breve y solemnemente
La dispensación de la ley comienza
y termina con Moisés. La dispensación de la gracia no es el resultado de un
proceso que evolucionó a partir de la dispensación que le precedió. Ésta
comienza en el punto donde la primera terminó, y se halla en entero contraste
con aquella en todos sus rasgos característicos.
Carácter
y objeto de la ley
Es de la mayor importancia que los
cristianos entiendan el verdadero carácter y objeto de la ley moral tal como
nos es presentada en el capítulo 20 de Éxodo. Existe una tendencia en la mente
a confundir o mezclar los principios de la ley y los de la gracia, de modo que
ni la ley ni la gracia puedan ser correctamente
comprendidos. La ley es despojada de su severa e inflexible majestad, y la
gracia es privada de todos sus divinos atractivos. Las santas exigencias de
Dios permanecen sin respuesta, y las profundas y múltiples necesidades del
pecador siguen sin ser satisfechas, debido al anómalo sistema creado por
aquellos que buscan mezclar la ley y la gracia.
De hecho, nunca es posible hacer
que la ley y la gracia se amalgamen, pues ambas son tan diferentes como el día
y la noche. La ley pone en evidencia lo que el hombre debiera ser; la gracia,
en cambio, manifiesta lo que Dios es. ¿Cómo, pues, es posible, que ambas puedan
formar conjuntamente un solo sistema? ¿Cómo puede alguna vez el pecador ser salvo mediante un sistema construido en
parte por la ley y en parte por la gracia? ¡Imposible! Debe ser salvo o por uno
o por otro.
La ley es llamada algunas veces
«la expresión del pensamiento de Dios». Pero esta definición es completamente
inexacta. Si dijésemos que la ley es la expresión del pensamiento de Dios
respecto de lo que el hombre debiera ser, estaríamos mucho más cerca de la
verdad. A quien quiera considerar los diez mandamientos como la expresión del
pensamiento de Dios, yo le pregunto si en el pensamiento de Dios no hay otra
cosa que “harás esto” y “no harás aquello”. ¿No hay en él gracia, ni
misericordia ni bondad? ¿No manifestará Dios lo que es, ni revelará los
profundos secretos de ese amor que rebosa de su corazón? ¿No hay nada más, en
el carácter de Dios, que rígidas exigencias y severas prohibiciones? Si así
fuera, debiéramos decir que “Dios es ley”, en lugar de decir que “Dios es
amor”. Empero —bendito sea su Nombre— hay mucho más en el corazón de Dios de lo
que jamás podrán expresar «las diez palabras» pronunciadas sobre el monte que
ardía. Si yo quiero saber lo que es Dios, no tengo más que mirar a Cristo,
“Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de
“La ley por medio de Moisés fue
dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
Necesariamente, en la ley se
hallaba cierta medida de verdad; contenía la verdad en cuanto a lo que el
hombre debía ser. Como todo lo que dimana de Dios, la ley era perfecta en su
medida; es decir, perfecta para lograr el fin para el cual fue destinada. Pero
ese fin no era, de ninguna manera, revelar la naturaleza y el carácter de Dios
delante de pecadores perdidos y culpables. En la ley, no había gracia ni
misericordia:
“El que viola la ley de Moisés,
por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente” (Hebreos
10:28).
“Por tanto, guardaréis mis
estatutos y mis ordenanzas, los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos”
(Levítico 18:5; Romanos 10:5).
“Maldito todo aquel que no
permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”
(Deuteronomio 27:26; Gálatas 3:10).
Este lenguaje, evidentemente, no
es el de la gracia. No es en el monte de Sinaí donde
debe ser buscada. Jehová se manifiesta allí rodeado de una majestad terrible,
en medio de la oscuridad, tinieblas y tempestad, con truenos y relámpagos. Esas
circunstancias no son las que acompañan una dispensación de gracia y de
misericordia; en cambio, sí encajaban perfectamente en una dispensación de
verdad y de justicia: y la ley no era otra cosa que esto.
En la ley, Dios declara lo que el
hombre debía ser, y pronuncia una maldición sobre él si no lo es. Mas cuando el hombre se examina a sí mismo a la luz de la ley,
descubre precisamente que él es eso mismo que la ley condena. ¿Cómo podría,
pues, obtener la vida en virtud de la ley? La ley propone la vida y la justicia
como el blanco que el hombre ha de alcanzar cuando la haya guardado; pero,
desde el primer momento, nos muestra que estamos en un estado de muerte y de
iniquidad, y que desde el principio tenemos necesidad de las cosas que la ley
nos propone que alcancemos al final. ¿Cómo, pues, debemos hacer para
alcanzarlas? Para cumplir lo que la
ley demanda, es preciso que yo tenga vida; y para ser lo que la ley demanda que yo sea, es indispensable que posea la
justicia; y si no tengo vida ni justicia, entonces soy “maldito”. Pero el hecho
es que yo no tengo ni la una ni la otra. ¿Qué pues habrá que hacer? Que respondan
los que quieren “ser doctores de la ley” (1.ª Timoteo
1:7); que respondan de manera tal que satisfaga a una conciencia recta,
doblegada bajo el doble sentimiento de la espiritualidad y de la inflexibilidad
de la ley, y de su propia naturaleza carnal imposible de corregir.
La verdad, tal como nos enseña
“¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino
por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No
codiciarás” (Romanos 7:7). El apóstol no dice que el hombre no hubiese tenido
“codicia…”, sino simplemente que “no la hubiese conocido”. La “codicia” estaba
en el hombre; pero él estaba en tinieblas en cuanto a ella hasta la llegada de
la ley; hasta que “la lámpara” del Todopoderoso (Job 29:3) alumbró los rincones
oscuros de su corazón y manifestó el mal que en él había. Así como un hombre,
en una cámara oscura, puede estar rodeado de polvo y confusión, sin que pueda
apercibirse de ello, a causa de la oscuridad en que está sumido; pero que tan
sólo un rayo de luz penetre allí, e inmediatamente lo distinguirá todo. Sin
embargo, ¿acaso los rayos de sol crean el polvo? Seguramente que no; el polvo
está allí, y el sol no hace más que descubrirlo y manifestarlo. Tal es, pues,
el efecto que produce la ley. Ella juzga el carácter y la condición del hombre;
le prueba que es un pecador y lo encierra bajo maldición; la ley viene para
juzgar al hombre, y lo maldice si él no es lo que la ley le dice que debe ser.
No
se puede obtener la vida por la ley
Hay, pues, una imposibilidad
manifiesta de que el hombre obtenga la vida y la justificación por medio de una
cosa que no puede hacer más que maldecirlo; y a menos que la condición del pecador
y el carácter de la ley sean totalmente cambiados, la ley no puede hacer otra
cosa más que maldecir al pecador. La ley no es contemplativa con las
debilidades, ni se satisface con una obediencia sincera pero imperfecta. Si
hiciera estas concesiones, no sería lo que
Para que tenga lugar la “transgresión”, es preciso que se haya establecido una regla
o línea de conducta definida. Porque «transgresión»
significa franquear una línea prohibida; esa línea la tengo en la ley. Tómese
cualquiera de sus prohibiciones, tales como “No matarás”, “No cometerás
adulterio”, “No hurtarás”: una ley o regla ha sido puesta delante de mí. Pero
yo descubro dentro de mí los mismos principios contra los cuales estas
prohibiciones han sido expresamente dirigidas. En efecto, el solo hecho de que
se me diga “no cometerás homicidio”, me muestra que soy por naturaleza un
homicida (cf. Romanos 7:5). No existe la menor necesidad de prohibirme hacer
algo si yo no tuviera ninguna inclinación a hacerlo. Pero la manifestación de
la voluntad de Dios respecto a lo que yo debiera ser, pone de manifiesto la tendencia
de mi voluntad a ser lo que no debiera ser. Esto es claro, y perfectamente
conforme a todas las enseñanzas del apóstol sobre este asunto.
La
ley no es la regla de vida del cristiano
Sin embargo, muchas personas que
admiten que no podemos obtener la vida por la ley, sostienen al mismo tiempo
que la ley es nuestra regla de vida. El apóstol, declara: “Pero sabemos que
todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda
boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios” (Romanos 3:19). Y
de nuevo: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo
maldición” (Gálatas 3:10). Poco importa su condición individual: si ocupan el
terreno de la ley, necesariamente están bajo su maldición. Puede que alguno
diga: «Yo soy un hombre nacido de nuevo y, por lo tanto, no estoy expuesto a la
maldición»; pero si el nuevo nacimiento no transporta al hombre fuera del
terreno de la ley, ella no puede ponerlo más allá de los límites de la
maldición. Si el cristiano se halla bajo la ley, está necesariamente expuesto a
su maldición. Pero ¿qué tiene que ver la ley con el nuevo nacimiento? ¿Acaso
alguna parte del capítulo 20 de Éxodo trata del nuevo nacimiento? La ley no
hacía sino dirigir una pregunta al hombre; una pregunta corta, seria y
discreta, a saber: «¿Eres tú lo que deberías ser?» Si
la respuesta es negativa, la ley no puede menos que lanzar sus terribles maldiciones
y matar al hombre. ¿Y quién reconocerá más pronto y profundamente que no es en
sí mismo nada de lo que debiera ser, sino el hombre que ha nacido
verdaderamente de nuevo? Así que si está bajo la ley, se halla inevitablemente
bajo la maldición. Es imposible que la ley disminuya sus exigencias o que se
mezcle con la gracia. Los hombres, sintiendo que no pueden elevarse a la altura
de la ley, tratan continuamente de acomodarla a su medida. Pero el esfuerzo de
esto es vano: la ley permanece tal cual es, en toda su pureza, majestad y
severa inflexibilidad, y no aceptará una pizca menos que una obediencia
absolutamente perfecta. Y ¿cuál es el hombre, que haya nacido de nuevo o no,
que pueda intentar obedecer así? Se dirá tal vez: «Nosotros tenemos la
perfección de Cristo.» Es verdad; pero ello no es por la ley, sino por la gracia, y de ninguna manera podemos confundir
las dispensaciones. Las Escrituras nos enseñan claramente que no somos
justificados por la ley; y, por lo tanto, la regla no es nuestra regla de vida.
Aquello que sólo puede maldecir, no puede nunca justificar; y lo que sólo mata,
no puede ser lo que regula y gobierna la vida. Sería lo mismo que si un hombre
intentara hacer fortuna valiéndose del balance que lo declara en quiebra.
Hechos
15 prueba que la ley no es la regla de vida del cristiano
La lectura del capítulo 15 de los
Hechos nos enseña cómo el Espíritu Santo responde a toda tentativa que se
quisiera hacer para poner a los creyentes bajo la ley como regla de vida.
“Pero algunos de la secta de los
fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario
circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5).
La insinuación tenebrosa e
inoportuna de esos legalismos de los tiempos primitivos no era otra cosa que el
silbido de la serpiente antigua. Mas la poderosa energía del Espíritu Santo, y
la voz unánime de los doce apóstoles y de toda
“Y después de mucha discusión,
Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace
algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen.” ¡¿Qué?! ¿Las exigencias y
maldiciones de la ley de Moisés? ¡No, bendito sea su Nombre! No era éste el
mensaje que Dios quería hacer llegar a oídos de pobres pecadores privados de
toda fuerza, sino que “oyesen por mi boca
la palabra del evangelio y creyesen”. He aquí el mensaje que estaba de
acuerdo con el carácter y la voluntad de Dios, mientras que esos fariseos que
habían creído y que se levantaron contra Bernabé y Saulo,
no eran enviados por el Señor, lejos de esto; ellos no anunciaban las buenas
nuevas, ni publicaban la paz; sus “pies” no tenían nada de “hermosos” delante
de Aquel que sólo se complace en la misericordia.
“Ahora, pues, ¿por qué tentáis a
Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres
ni nosotros hemos podido llevar?” (Hechos 15:10). Este lenguaje es grave y
serio. Dios no quería que se pusiese “un yugo”
“sobre la cerviz” de aquellos cuyos corazones habían sido libertados por
el Evangelio de paz; antes, al contrario, deseaba exhortarles a permanecer
firmes en la libertad de Cristo para no estar “otra vez sujetos al yugo de
esclavitud” (Gálatas 5:1). Dios no quería enviar a aquellos que Él había
recibido en su seno de amor “al monte que se podía palpar” para aterrarles con
el ardiente “fuego”, “la
oscuridad”, “las tinieblas” y “la tempestad” (Hebreos 12:18). ¿Cómo podríamos
admitir jamás la idea de que Dios quisiera gobernar por la ley a los que ha
recibido en gracia? Pedro dice: “Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que
ellos” (Hechos 15:11). Los judíos que habían recibido la ley, y los gentiles
que no la recibieron, todos debían ser en adelante salvos por la gracia. Y no solamente debían ser salvos “por
gracia”, sino que debían “estar firmes” en la gracia, y “crecer en la gracia”
(Romanos 5:1-2; 2 Pedro 3:18). Enseñar otra cosa es tentar a Dios. Estos
fariseos derriban el fundamento de la fe del cristiano; y lo mismo hacen todos
aquellos que procuran poner a los creyentes bajo la ley. No hay un mal peor ni
más abominable ante los ojos de Dios que el legalismo. Escuchemos el lenguaje
enérgico y los acentos de justa indignación de que se sirve el Espíritu Santo,
respecto a estos doctores de la ley:
“¡Ojalá
se mutilasen los que os perturban!” (Gálatas 5:12).
¿Han cambiado los pensamientos del
Espíritu Santo respecto a este punto? ¿No es todavía “tentar a Dios” poner el
yugo de la ley sobre la cerviz de un pecador? ¿Es según Su voluntad de gracia
que la ley sea recomendada a los pecadores como si fuese la expresión del plan
de Dios respecto a ellos? Responda el lector a estas preguntas a la luz del
capítulo 15 del libro de los Hechos y de la epístola a los Gálatas. Estos dos
pasajes de
Cuando Dios, desde lo alto del Sinaí, proclama las duras exigencias del pacto de las
obras, se dirige exclusivamente a un solo
pueblo; su voz fue oída solamente dentro de los estrechos límites del
pueblo judío. Pero cuando Cristo resucitado envió sus mensajeros de salvación,
les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el
evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15; comp. Lucas 3:6). El caudaloso río de
la gracia de Dios, cuyo lecho había sido abierto por la sangre del Cordero,
debía desbordar, por la irresistible energía del Espíritu Santo, mucho más allá
del estrecho recinto del pueblo de Israel, y derramarse en abundancia sobre un
mundo manchado por el pecado. Es necesario que “toda criatura” oiga, en su
propia lengua, el mensaje de la paz, la palabra del Evangelio, la nueva de
salvación por la sangre de la cruz. Y por fin, para que nada falte para dar a
nuestros pobres corazones legales la prueba de que el Sinaí
no era de ninguna manera el lugar donde los secretos de Dios fueron revelados,
el Espíritu Santo ha dicho por boca de un profeta y por la de un apóstol:
“¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian
buenas nuevas!” (Isaías 52:7; Romanos 10:15). En cambio, el mismo Espíritu dice
de aquellos que querían ser doctores de la ley: “¡Ojalá
se mutilasen los que os perturban!”
Es, pues, evidente que la ley no
es el fundamento de vida para el pecador, ni tampoco la regla de vida para el
cristiano. Cristo es ambas cosas. Él es nuestra vida y la regla de nuestra
vida. La ley sólo puede maldecir y matar. Cristo es nuestra vida y nuestra
justicia. Él fue hecho maldición por nosotros al ser colgado en el madero.
Jesús descendió al lugar donde yacía el pecador sumido en estado de muerte y de
condenación; y, al habernos librado, por su muerte, de todo aquello que era, o
que podía estar contra nosotros, fue constituido, por su resurrección, en la
fuente de vida y en el fundamento de justicia para todos aquellos que creen en
su nombre. Una vez que poseemos así la vida y la justicia en Él, somos llamados
a andar, no como la ley ordena, sino a “andar como él anduvo” (1 Juan 2:6).
Parecerá casi superfluo afirmar que matar, cometer adulterio y hurtar, son
actos directamente opuestos a la moral cristiana. Pero si un cristiano regulara
su vida según esos mandamientos o según el decálogo entero, ¿produciría esos
preciosos y delicados frutos de que nos habla la epístola a los Efesios?
¿Podrían hacer los diez mandamientos que el ladrón no hurte más, sino que
trabaje a fin de tener de qué dar? ¿Transformarían alguna vez a un ladrón en un
hombre laborioso y honorable? Seguramente que no. La ley dice: “No hurtarás”;
pero ¿añade ella: «ve y da a aquel que padece necesidad; ve y da de comer a tu
enemigo, vístele y bendícele»? ¿Ordena la ley: «ve y regocija con tu
benevolencia, por tus actos de bondad, el corazón de aquel que sólo ha
procurarte dañarte»? ¡No, por cierto! Y, sin embargo, si yo estuviese bajo la
ley como regla, sería maldito y muerto por ella. ¿Cómo puede ser esto siendo
que la santidad cristiana es mucho más elevada que la de la ley? Porque yo soy
débil, y la ley no me concede ninguna fuerza, ni me manifiesta ninguna
misericordia. La ley exige la fuerza de
aquel que no tiene ninguna, y lo maldice si no puede mostrarla. El Evangelio da la fuerza al que no la tiene, y le
bendice en la manifestación de esta fuerza. La ley presenta la vida como fin de la obediencia; el Evangelio da la vida como el único fundamento
verdadero de obediencia.
¿Dice
el Nuevo Testamento que la ley sea la regla de vida del cristiano?
Para no fatigar demasiado al
lector a fuerza de argumentos, pregunto: ¿En qué parte del Nuevo Testamento se
presenta la ley como regla de vida? Evidentemente el apóstol no tenía tal
pensamiento cuando dijo:
“Porque en Cristo Jesús ni la
circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino
una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios”
(Gálatas 6:15-16).
¿A qué regla se refiere? ¿La ley?
No, sino la nueva creación. En el
capítulo 20 de Éxodo, no se trata de “nuevas criaturas”; al contrario, ese
capítulo se dirige al hombre tal como es, en su estado natural que pertenece a
la vieja creación, y le pone a prueba para saber lo que verdaderamente está en
condiciones de hacer. Por tanto, si la ley fuese la regla por la cual los
creyentes deben andar, ¿a qué se debe que el apóstol pronuncie una bendición
sobre los que andan según una regla totalmente diferente? ¿Por qué no dice: «A
todos los que andan conforme a la regla de los diez mandamientos»? ¿No es,
pues, evidente que, según este pasaje,
Tal vez se pregunte: «Pero ¿no es
perfecta la ley?» Y si la ley es perfecta, ¿qué más puede pedirse? La ley es
divinamente perfecta. Es más, la ley maldice y mata a los que no son perfectos
y pretenden medirse con ella precisamente a causa de su misma perfección. “La
ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Es
absolutamente imposible formarse una idea justa de la perfección y
espiritualidad de la ley. Mas esta ley perfecta, al ponerse en contacto con la
humanidad caída, al chocar esta ley espiritual con “la intención de la carne”,
no puede “obrar” más que “ira” y “enemistad” (Romanos 4:15; 8:7). ¿Por qué?
¿Porque la ley no es perfecta? Al contrario; porque la ley es perfecta, y el
hombre es pecador. Si el hombre fuese perfecto, cumpliría la ley según toda su
perfección espiritual; y asimismo el apóstol nos dice, tocante a los verdaderos
creyentes, que a pesar de llevar todavía en ellos una naturaleza corrompida,
“la justicia de la ley se cumple en nosotros, que no andamos conforme a la
carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4). “Porque el que ama al prójimo,
ha cumplido la ley… el amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de
la ley es el amor” (Romanos 13:8-10; compárese Gálatas 5:14, 22-23). Si yo amo
a una persona, no le hurtaré lo que le pertenece, antes al contrario, procuraré
hacerle todo el bien que pueda. Todo esto es claro y fácil de comprender para una alma espiritual, y confunde a los que quieren hacer de
la ley el principio de vida para el pecador, o la regla de vida para el
creyente.
Si consideramos la ley en sus dos
grandes mandamientos, vemos que ordena al hombre amar a Dios con todo su
corazón, con toda su alma y con toda su mente, y a su prójimo como a sí mismo.
Tal es el resumen de la ley. He aquí lo que la ley pide sin disminuir lo más
mínimo de ello. ¿Y cuál es el hijo caído de Adán que haya podido responder
jamás a esta doble exigencia de la ley? ¿Cuál es el hombre que podría decir que
ama a Dios y a su prójimo así? “La intención (lit.:
la mente, esto es, la intención o deseo que tenemos por naturaleza) de la carne
es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la voluntad de Dios, ni tampoco
puede” (Romanos 8:7). El hombre aborrece a Dios y sus preceptos. Dios se ha
manifestado en la persona de Cristo, no en su gloriosa majestad, sino con todo
el atractivo y la dulzura de una gracia y condescendencia perfectas. ¿Cuál fue
el resultado de ello? El hombre aborrece a Dios. “Si yo no hubiese hecho entre
ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora han visto
y han aborrecido a mí y a mi Padre” (Juan 15:24). Mas se dirá: «El hombre debía
haber amado a Dios.» Sin duda que sí; y si no le ama merece la muerte y la
perdición eterna. Pero ¿puede la ley producir este amor en el corazón del
hombre? ¿Es éste su objeto? De ninguna manera; “pues la ley produce ira”; “por
medio de la ley es el conocimiento del pecado”; “fue añadida a causa de las
transgresiones” (Romanos 4:15; 3:20; Gálatas 3:19). La ley halla al hombre en
un estado de enemistad contra Dios; y sin cambiar nada este estado, porque no
es este su objeto, le manda amar a Dios de todo su corazón, y le maldice si no
lo hace. No pertenecía al dominio de la ley el cambiar o mejorar la naturaleza
del hombre; no podía tampoco darle el poder para responder a sus justas
exigencias. La ley dice: “Haz esto, y vivirás”. Ordena al hombre a amar a Dios,
pero sin revelarle lo que Dios es para el hombre aun en su culpabilidad y en su
ruina; y, no obstante, dice al hombre lo que él debe ser para Dios. ¡Qué
terrible misterio! No se demuestra en esto el poderoso atractivo del carácter
de Dios, que produce en el hombre un verdadero arrepentimiento hacia Él,
fundiendo su corazón de hielo y elevando su alma a un afecto y adoración
sinceras. No; la ley era un mandamiento perentorio a amar a Dios; y en lugar de
crear este amor, la ley “obra” la “ira”, no porque Dios no deba ser amado, sino
porque el hombre es un pecador.
A continuación leemos: “Amarás a
tu prójimo como a ti mismo”. ¿Ama el hombre natural a su prójimo como a sí
mismo? ¿Es éste el principio, la regla que prevalece en las cámaras de
comercio, en la bolsa, en los bancos, en los mercados y ferias de este mundo? ¡Desgraciadamente
no! El hombre no ama a su prójimo como a sí mismo. Debería hacerlo; y si su
condición fuese buena lo haría. La condición en que el hombre se halla, es
totalmente mala, y a menos que no “nazca de nuevo” (Juan 3:3-5), por
Tales son los principios con los
cuales termina el Espíritu Santo esta parte tan notable del libro inspirado.
¡Dios quiera que queden estos principios grabados en nuestro corazón, a fin de
hacernos comprender de un modo más claro y cabal la diferencia esencial que
existe entre la ley y la gracia!
C. H. M.
NOTA: Las notas completas de C.H.M. sobre el Éxodo, así como los estudios completos de
los cinco libros de Moisés, pueden obtenerse en español en la editorial EDICIONES
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