TÚ Y TU CASA

 

El cristiano en el hogar

 

C. H. Mackintosh

 

 

 

         Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece.

 

     Si Dios tiene una casa, ella habrá de ser seguramente una casa piadosa, santa, espiritual y elevada; una casa pura y celestial. Deberá tener todos estos caracteres, no meramente de una manera abstracta —es decir, en cuanto a su posición y principios—, sino también en el aspecto práctico. Su posición abstracta se basa en lo que Dios ha hecho de ella y en el lugar donde la colocó; mas su carácter práctico halla su fundamento en el andar práctico de aquellos que forman parte esencial de la misma aquí abajo.

 

    Muchas almas pueden estar dispuestas a comprender la verdad y la importancia de los principios atinentes a la casa de Dios; mas son pocos, comparativamente hablando, los que prestan suficiente atención a los principios que deben regir la casa del siervo de Dios; aun cuando al formulárseles la pregunta: «¿Cuál es la casa que sigue en importancia a la casa de Dios?» respondiesen sin titubeos: «La casa del siervo de Dios.»

 

     Dado que no hay nada comparable a dejar que la santa autoridad de la Palabra de Dios actúe sobre la conciencia, citaré algunos pasajes de la Escritura que pondrán de manifiesto, de una manera clara y rotunda, los pensamientos de Dios acerca de lo que debe ser la casa de uno de sus hijos.

 


 

La casa del creyente en el Antiguo Testamento

 

 

Noé y su casa

 

     Cuando la iniquidad del mundo antediluviano había llegado a su colmo, y el Dios justo —quien estaba por devastar toda esta escena de corrupción con la recia corriente del juicio— tuvo que decidir el fin de toda carne, estas gratas palabras sonaron a oídos de Noé: “Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación” (Génesis 7:1).

 

     Se dirá sin duda, y con razón, que Noé era un tipo de Cristo, la cabeza justa de toda la familia de salvados, salvados en virtud de su unión con Él. Lo admito plenamente. Pero ello no quita que vea, en la historia de Noé, otra cosa además de un carácter típico; deduzco de aquí y de otros pasajes análogos un principio que, desde el comienzo mismo de este escrito, quisiera establecer con la mayor claridad, a saber: que la casa de cada siervo de Dios es, en virtud de su relación con Él, puesta en una posición de privilegio y, consiguientemente, de responsabilidad[1].

 

     Este principio tiene infinitas consecuencias prácticas; y ello es lo que, con la bendición de Dios y por su gracia, nos proponemos examinar en el presente escrito. Pero lo que debemos hacer en primer lugar es tratar de establecer la veracidad de lo dicho por medio de la Palabra de Dios. Si simplemente fuésemos llevados a razonar por analogía, el principio en cuestión sería fácilmente demostrado; pues ¿qué persona que conoce el carácter y los caminos de Dios podría creer que Dios atribuye una inmensa importancia a lo que concierne a Su propia casa, y que no atribuye ninguna, o casi, a la de su siervo? ¡Sería imposible! Ello no guardaría consonancia con Dios, y Dios sólo puede obrar de forma consistente consigo mismo.

 

    Pero no podemos limitarnos a tratar esta cuestión tan seria y tan profundamente práctica por pura analogía y meras deducciones. El pasaje recién citado es tan sólo el primero de una serie de varios textos que constituyen pruebas directas y positivas de lo que deseo hacer comprender. En Génesis 7:1 hallamos las significativas palabras: “Tú y tu casa” inseparablemente unidas. Dios no reveló a Noé una salvación sin provecho para su casa. Jamás contempló tal cosa. La misma arca que fue abierta para él, fue abierta también para los suyos. ¿Por qué? ¿Porque tenían fe? No; sino porque Noé la tenía, y porque ellos estaban unidos a él. Dios le dio a Noé, por así decirlo, un salvoconducto que habría de servir para él y para su familia. Lo repito, esto no debilita en absoluto el carácter típico de Noé. Yo veo en él este carácter; mas veo también en él, personalmente, este principio, a saber, que cualesquiera que sean las circunstancias, no podemos separar a un hombre de su casa. El hacerlo implicaría seguramente la más violenta confusión y la más baja desmoralización. La casa de Dios es puesta en una posición de bendición y responsabilidad, porque ella está unida a Él; y la casa del siervo de Dios está, por la misma razón, es decir, por estar unida a él, en una posición de bendición y responsabilidad. Tal es nuestra tesis.

 

Abraham y su casa

 

     El segundo pasaje que quiero citar se refiere a la vida de Abraham. “Y Jehová dijo: ¿Encubriré yo a Abraham lo que voy a hacer... ? Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él” (Génesis 18:17-19).

 

     Aquí no se trata de una cuestión de salvación, sino de comunión con el pensamiento y los propósitos de Dios. Que el padre cristiano note y sopese solemnemente el hecho de que cuando Dios buscaba un hombre a quien pudiese revelar sus consejos secretos, escogió a aquel que poseía la simple característica de mandar “a sus hijos y a su casa” que guarden el camino del Señor.

 

     Esto no puede dejar de demostrar, a una conciencia delicada, un aguzado principio; pues si hay un punto respecto del cual los cristianos han faltado más que sobre cualquier otro, es en el deber de mandar a sus hijos y a su casa que sirvan al Señor. Ellos seguramente no han tenido a Dios delante de sus ojos a este respecto; pues, al considerar todas las Escrituras referentes a los caminos de Dios respecto a Su casa, encuentro que en todos ellos hay una característica invariable: Dios ejerce su poder sobre el principio de la justicia. Él ha establecido firmemente y mantenido inquebrantablemente su santa autoridad. No importa el aspecto o el carácter exterior de la casa de Dios, el principio esencial de sus tratos con ella es inmutable: “Tus testimonios son muy firmes; la santidad conviene a tu casa, oh Jehová, por los siglos y para siempre” (Salmo 93:5). El siervo debe siempre tomar a su Maestro como modelo; y si Dios gobierna su casa con un poder ejercido en justicia, así debo yo gobernar la mía; pues si, en algún detalle, difiero de Dios en mi conducta, debo evidentemente estar mal en ese detalle; esto está claro.

 

  Pero Dios no solamente gobierna su casa como lo dijimos, sino que también ama, aprueba y honra con su confianza a aquellos que lo imitan. En el pasaje citado, lo oímos decir: «No puedo encubrir mis propósitos a Abraham.» ¿Por qué? ¿Por causa de su gracia y fe personales? No; simplemente porque “mandará a sus hijos y a su casa”. Un hombre que sabe mandar así a su casa, es digno de la confianza de Dios. Ésta es una asombrosa verdad, cuyo filo alcanzará, espero, la conciencia de los padres cristianos. La mayoría de nosotros, ¡ay!, al meditar Génesis 18:19, haríamos bien en prosternarnos delante de Aquel que pronunció y escribió esta palabra, y exclamar: «¡Qué fracaso de mi parte, qué vergonzoso y humillante fracaso!»

 

     ¿A qué se debe? ¿A qué se debe que hemos faltado a la solemne responsabilidad que nos ha tocado con respecto al gobierno de nuestra casa? Creo que hay una sola respuesta a esta pregunta: la razón es que no hemos hecho efectivo, por la fe, el privilegio conferido a esta casa, en virtud de su asociación con nosotros. Es notable que nuestros dos primeros pasajes nos presenten, con absoluta exactitud, las dos grandes divisiones de nuestro tema, a saber: el privilegio y la responsabilidad. En el caso de Noé, la palabra era: “Tú y tu casa”, en relación con la salvación. En el caso de Abraham, era: “Tú y tu casa” con relación al gobierno moral. La relación es a la vez notable y hermosa, y el hombre que falta en fe para apropiarse del privilegio, faltará en poder moral para llevar a cabo la responsabilidad.

 

    Dios considera la casa de un hombre como parte de sí mismo, y el hombre no puede, en el más mínimo grado, ya en principio, ya en práctica, desconocer esta relación sin sufrir graves daños y sin causar perjuicios al testimonio.

 

    Ahora bien, la pregunta para la conciencia de un padre cristiano, es ésta: «¿Cuento con Dios para mi casa; y gobierno mi casa para Dios?» Ésta es, seguramente, una pregunta solemne; sin embargo, es de temerse que muy pocos cristianos sienten su importancia y gravedad.

 

    Puede que mi lector se sienta dispuesto a demandar un mayor número de pruebas bíblicas que el que se ha aducido, en cuanto a nuestro derecho de contar con Dios para nuestras casas. Voy, pues, a proseguir con las citas bíblicas.

 

Jacob y su casa

 

     Leamos un pasaje con referencia a la historia de Jacob: “Dijo Dios a Jacob: Levántate y sube a Bet-el.” Estas palabras parecen haber sido dirigidas a Jacob personalmente; pero él jamás pensó, ni por un momento, en desligarse de su familia, ni en cuanto al privilegio ni en cuanto a la responsabilidad; por eso se añade. “Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos, y subamos a Bet-el” (Génesis 35:1-3). Aquí vemos que un llamado hecho a Jacob, pone toda su casa bajo una responsabilidad. Jacob fue llamado a subir a la casa de Dios, y la pregunta que se presenta de inmediato a su conciencia, es: «¿Está mi casa en un estado conveniente para responder a tal llamado?»

 

La casa del siervo de Dios en el libro del Éxodo

 

     Nos remitimos ahora a los primeros capítulos del libro del Éxodo, donde vemos que tan sólo una de las cuatro objeciones de Faraón a dejar que Israel fuese plenamente liberado, se refería específicamente a los niños (Éxodo 10:8-9): “Y Moisés y Aarón volvieron a ser llamados ante Faraón, el cual les dijo: Andad, servid a Jehová vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir? Moisés respondió: Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir; porque es nuestra fiesta solemne para Jehová.” La razón por la cual debían tomar a los niños y a todos los que estaban con ellos, era que tenían que celebrar una fiesta solemne a Jehová. La naturaleza podía decir: «Oh, ¿qué es lo que estas criaturitas podrían comprender acerca de tal fiesta? ¿No temeríais que pudiesen hacerse formalistas?» La respuesta de Moisés es simple y decisiva: Hemos de ir con nuestros niños, etc. (v. 9) porque es nuestra fiesta solemne para Jehová.

 

     Los padres israelitas no tenían la idea de que debían buscar una cosa para sí mismos y otra para sus hijos. No suspiraban por Canaán para ellos y por Egipto para sus hijos. ¿Cómo habrían podido nutrirse del maná del desierto o del fruto del país de la promesa, entretanto sus hijos se estuviesen alimentando de los puerros, las cebollas y los ajos de Egipto (Números 11:5)? ¡Imposible! Ni Moisés ni Aarón habrían comprendido tal manera de actuar. Ellos sentían que un llamado de Dios dirigido a ellos, era un llamado dirigido a sus hijos, y, además, si no hubieran estado plenamente convencidos de ello, tan pronto como habrían salido de Egipto por un camino, sus hijos los habrían hecho regresar por otro. Que tal habría sido el caso, Satanás bien lo sabía; por eso puso en boca de Faraón esta objeción: “No será así; id ahora vosotros los varones, y servid a Jehová” (Éxodo 10:11). Esto es precisamente lo que muchos cristianos profesantes hacen o más bien tratan de hacer en la actualidad. Profesan salir de Egipto para servir al Señor, pero dejan allí a sus niños. Profesan haber realizado el “camino de tres días” por el desierto; en otras palabras, profesan haber dejado el mundo, estar muertos al mundo, y resucitados con Cristo, como quienes poseen una vida celestial, y como herederos de una gloria celestial, la cual constituye su esperanza. Pero dejaron a sus hijos atrás, en manos de Faraón, o más bien de Satanás[2]. Han renunciado al mundo para sí mismos, pero no pudieron hacerlo para sus hijos. Por eso, en el día del Señor, ellos revisten la profesión de extranjeros y peregrinos; cantan himnos, pronuncian oraciones y enseñan principios, dando muestras de ser personas muy avanzadas en la vida celestial y que, por su experiencia real, tocan las fronteras de Canaán (en espíritu, naturalmente, ya están allí); pero ¡ay, desde el lunes por la mañana, cada uno de sus actos, cada uno de sus hábitos, cada uno de sus objetivos contradice su profesión de la víspera! Sus hijos son formados para el mundo. El alcance, el objeto y el tipo de educación[3] que reciben, así como la elección de su carrera, es de carácter totalmente mundano, en el sentido más cierto y estricto del término. Moisés y Aarón no habrían podido admitir tal manera de actuar, como tampoco un corazón moralmente sincero y una mente recta podrían comprenderlo.

 

     Yo no debería tener para mis hijos ningún otro principio, ninguna otra porción ni ninguna otra perspectiva que la que tengo para mí mismo; ni tampoco debería prepararlos con vistas a otra cosa. Si Cristo y la gloria celestial son suficientes para mí, también lo son para ellos; pero entonces la prueba de que ellos son suficientes para mí debiera ser inequívoca. El carácter de un padre o de una madre cristianos debería ser tal que no diera lugar a la menor sombra de duda en cuanto al verdadero propósito que abriga en su alma o al objeto positivo de su corazón. ¿Qué pensaría mi hijo si le dijera que mi deseo ardiente es que sea partícipe de Cristo y del cielo, cuando, al mismo tiempo, lo educo para el mundo? ¿Qué creerá? ¿Qué es lo que ejercerá la más poderosa influencia en su corazón y en su vida: mis palabras o mis actos? Que la conciencia responda y que su respuesta sea recta y franca: que proceda de las más íntimas profundidades del alma, y que demuestre indisputablemente que la cuestión ha sido comprendida en toda su fuerza y gravedad. Creo verdaderamente que ha venido el tiempo para que los cristianos busquen actuar en la conciencia de unos a otros.

 

     Debe ser evidente para todo hombre de oración que observa con atención el estado actual del mundo cristianizado, que éste presenta un aspecto muy enfermizo; que su tono está miserablemente bajo; en una palabra, que debe tener en sí algo radicalmente malo. En cuanto al testimonio relativo al Hijo de Dios, ¡ay, es algo que raramente, muy raramente, se tiene en cuenta! La salvación personal parece constituir, para el noventa y nueve por ciento de los cristianos profesantes, el todo de lo que les interesa, como si fuésemos dejados aquí abajo para ser salvos, y no, como salvos, para glorificar a Cristo.

 

     Ahora bien, con afecto y también con fidelidad, quisiera preguntar a mis lectores si gran parte del fracaso en el testimonio práctico para Cristo ¿no se podría atribuir justamente al descuido del principio que hallamos implicado en estas palabras: “Tú y tu casa”? Estoy convencido de que este descuido tiene mucho que ver al respecto. Una cosa es cierta: mucho de mundanalidad, de confusión y de mal moral se ha deslizado en medio de nosotros, porque nuestros hijos han sido dejados en Egipto. Muchos que, diez, quince o veinte años atrás, tomaron en la Iglesia una posición eminente de testimonio y de servicio, y que parecían estar de todo corazón dedicados a la obra del Señor, ahora han vuelto atrás de una manera tan lamentable que no tienen la fuerza para mantener sus cabezas arriba del agua, y menos todavía para ayudar a  otros a mantenerse en pie. Todo esto profiere una fuerte voz de advertencia para los padres cristianos que formaron una familia: Guardaos de dejar a vuestros hijos en Egipto. Más de un corazón de padre quebrantado, en este presente tiempo, ha quedado sumido en llantos y gemidos por no haber sido fiel en el gobierno de su casa. El tal dejó a sus niños en Egipto, en un tiempo malo de crasas ilusiones; y ahora que con una real fidelidad, tal vez, y una seria afección, se atreve a dejar deslizar unas palabras en los oídos de aquellos que han crecido a su alrededor, él no encuentra sino corazones indiferentes que hacen oídos sordos a sus advertencias, pero que se aferran con decisión y con vigor a ese Egipto en el cual él los dejó por su incredulidad e inconsecuencia. Éste es un hecho duro, cuya sola mención podría atormentar a más de un corazón; mas la verdad debe ser declarada; pues aunque pudiera herir a algunos, bien podría ser una saludable advertencia para otros[4].

 

La casa del siervo de Dios en el libro de Números

 

     Pero debo proseguir con las pruebas bíblicas. En el libro de los Números, los “niños” todavía nos son presentados. Ya hemos visto que el verdadero propósito de un alma en comunión con Dios era salir con sus hijos de Egipto. Ellos debían ser sacados de allí a toda costa; pero ni la fe ni la fidelidad de los padres cristianos terminaban allí. Debemos contar con Dios no solamente para sacarlos de Egipto, sino también para introducirlos en Canaán. A este respecto, Israel falló de una manera notable, pues, cuando los espías volvieron de Canaán, el pueblo, al oír su desalentador informe, pronunció estos tristes acentos: “¿Por qué nos trae Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería mejor volvernos a Egipto?” (Números 14:3). Terribles palabras eran éstas. De hecho, no hacían sino comprobar, en lo que toca a ellos, lo que tan astuta y ruinmente el Faraón había predicho respecto de esos mismos niños: “¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad cómo el mal está delante de vuestro rostro!” (Éxodo 10:10).

 

     La incredulidad justifica siempre a Satanás y hace a Dios mentiroso, en tanto que la fe, por el contrario, justifica siempre a Dios y hace a Satanás mentiroso; y así como es invariablemente cierto que conforme a nuestra fe nos será hecho, también es igualmente cierto que la incredulidad cosechará lo que sembró. Así ocurrió con Israel, desdichado, a causa de su incredulidad. “Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí. Vosotros a la verdad no entraréis en la tierra, por la cual alcé mi mano y juré que os haría habitar en ella; exceptuando a Caleb hijo de Jefone, y a Josué hijo de Nun. Pero a vuestros niños, de los cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis. En cuanto a vosotros, vuestros cuerpos caerán en este desierto” (v. 28-32). “Limitaron al Santo de Israel” en cuanto a sus niños (Salmo 78:41; V.M.). Era un grave pecado, y nos ha sido mencionado para nuestra instrucción.   

 

     Cuán a menudo el corazón de los padres cristianos razona sobre la manera de tratar con sus hijos, en lugar de situarse simplemente sobre el terreno de Dios respecto a ellos. Puede argüirse que «no podemos hacer cristianos de nuestros niños». Pero no se trata de eso. No somos llamados a «hacer» algo de ellos; ésta es la obra de Dios y de Dios solamente; pero si Él nos dice: «Llevad a vuestros niños con vosotros», ¿rehusaríamos obedecerle? O todavía: «Yo no querría hacer de mi hijo un formalista, ni podría hacer de él un verdadero cristiano»; mas si Dios, en su infinita gracia, me dice: «Yo considero tu casa como parte de ti mismo y, al bendecirte, la bendigo a ella.» ¿Debería yo, por incredulidad de corazón, rechazar esta bendición, bajo el pretexto del temor al formalismo o de mi imposibilidad de comunicar la verdad? ¡Dios nos guarde de semejante extravío!

 

     Regocijémonos, más bien, con un gozo vivo y sincero, de lo que Dios nos ha bendecido con una bendición tan rica y abundante que no sólo se extiende a nosotros, sino que también alcanza a todos aquellos que nos pertenecen; y, puesto que la gracia nos ha acordado esta bendición, dejemos que la fe eche mano de ella y la apropie para nuestra familia[5].

 

     Recordemos que el medio de probar que sabemos gozar de una bendición, es ser fieles a la responsabilidad que ella impone. Decir que cuento con Dios para llevar a mis hijos a Canaán y, al mismo tiempo, educarlos para Egipto, es una perniciosa ilusión. Mi conducta pone de manifiesto que mi profesión es una mentira, y no debería asombrarme si, en sus justas dispensaciones, Dios permite que coseche los frutos amargos de mis caminos.

 

     La conducta es la mejor prueba de la realidad de nuestras convicciones, y, en esto, así como en todas las demás cosas, esta Palabra del Señor es solemnemente verdadera: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17). Pero a menudo queremos conocer la doctrina antes de hacer Su voluntad, y la consecuencia de ello es que somos dejados en la más profunda ignorancia. Hacer la voluntad de Dios respecto a nuestros hijos, es considerarlos tal como Dios lo hace: como parte de nosotros mismos, y educarlos en consecuencia. No es simplemente esperar que ellos más tarde se manifiesten como hijos de Dios, sino considerarlos como aquellos que ya han sido introducidos en una posición de privilegio, y tratar con ellos según este principio, en todo respecto.

 

     Se podría concluir de los pensamientos y actos de muchos padres cristianos que, a sus ojos, sus hijos no son más que gentiles que no tienen, para el presente, ningún interés en Cristo ni ninguna relación con Dios en absoluto. Esto, seguramente, es errar terriblemente el blanco divino. No se trata aquí de la tan a menudo debatida cuestión del bautismo de los niños o de los adultos. No; se trata simple y únicamente de una cuestión de fe en el poder y en los alcances de esta palabra tan particularmente llena de gracia: “Tú y tu casa”; una palabra cuya fuerza y belleza se harán cada vez más evidentes a nosotros a medida que avancemos en este breve escrito.

 

     En el capítulo 16 del libro de Números, v. 26-27, vemos todavía a los niños considerados como inseparablemente unidos a sus padres, y eso en una circunstancia de lo más trágicamente solemne. Y Moisés “habló a la congregación, diciendo: Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres impíos, y no toquéis ninguna cosa suya, para que no perezcáis en todos sus pecados. Y se apartaron de las tiendas de Coré, de Datán y de Abiram en derredor; y Datán y Abiram salieron y se pusieron a las puertas de sus tiendas, con sus mujeres, sus hijos y sus pequeñuelos”. Todos estos niños descendieron vivos al abismo y los tragó la tierra, no por estar personalmente asociados a la rebelión, sino a causa de su identidad con sus padres rebeldes. Ya en bendición, ya en juicio, Dios trata a los hijos como no siendo sino uno con sus padres. Se podría preguntar: ¿Por qué? Y Dios responde en Éxodo 34:6-7: “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.” Algunas personas podrían encontrar difícil el hecho de conciliar este pasaje con el de Ezequiel 18:20, donde se dice: “El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre, ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él.” En este último versículo, el padre y el hijo son considerados en su propia capacidad individual y, en consecuencia, son juzgados según el estado moral de cada uno individualmente. Aquí se trata de una cuestión absolutamente personal.

 

La casa del siervo de Dios en el libro del Deuteronomio

 

     A lo largo de todo el libro de Deuteronomio, los israelitas son una y otra vez enseñados por Dios a poner los mandamientos, los estatutos, los juicios y los preceptos de la ley delante de sus niños; y estos mismos niños son representados, en muchas circunstancias, como inquiriendo en la naturaleza y objeto de diversas ordenanzas e instituciones. El lector si quiere puede leer fácilmente los diversos pasajes.

 

Josué y su casa

 

     Quiero pasar ahora a considerar esa tan bella declaración de Josué: “Escogeos hoy a quién sirváis... pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). Notemos que él no dijo solamente “yo”, sino “yo y mi casa”. Josué comprendía que no era suficiente que él mismo fuese personalmente puro de todo contacto con las contaminaciones y abominaciones de la idolatría; sentía, además, que tenía que velar sobre el carácter moral y sobre la condición práctica de su casa. Aunque Josué no  hubiese ido a adorar a los ídolos, ¿habría sido culpable si sus hijos los hubiesen servido? Además, el testimonio de la verdad habría sido así realmente manchado tanto por la idolatría de la casa de Josué como por la idolatría de Josué mismo; y el juicio, en consecuencia, no podría haber sido evitado.

 

Elí y su casa

 

     Bueno es ver esto claramente. El comienzo del primer libro de Samuel proporciona una muy solemne prueba de esta verdad: “Y Jehová dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado” (1.º Samuel 3:11-13).

 

     En este ejemplo vemos que cualquiera sea el carácter personal del siervo de Dios, el Señor no lo tendrá por inocente si no pone en orden su casa como corresponde. Elí debía haber reprimido a sus hijos. Era su privilegio, como lo es el nuestro, poder contar con el poder de Dios actuando con él para someter todo elemento que, en su casa, fuese por naturaleza a comprometer el testimonio que debía a Dios. Pero él no actuó en este sentido ni supo prevalerse de este poder para vencer el mal en los suyos; así pues, el fin de Elí fue un terrible juicio: porque su corazón no había sido quebrantado con motivo de su casa, su nuca fue quebrantada con motivo de la casa de Dios. Si Elí hubiera contado con Dios y actuado fielmente con Él para reprimir a sus contumaces hijos, según la santa responsabilidad que recaía sobre él, la casa de Dios nunca habría sido profanada, y el arca de Dios no habría sido tomada. En una palabra, si Elí hubiese considerado a su familia como parte de sí mismo, y hubiese hecho de ella lo que debía ser, no habría atraído sobre sí el terrible juicio de Aquel que tiene por principio no separar jamás estas palabras: “Tú y tu casa.”

 

     ¡Ay, después de este evento, cuántos padres han seguido las pisadas de Elí! ¿Cuántos padres hay que se hacen una idea totalmente falsa de la base y del carácter de sus relaciones con sus hijos, actuando hacia ellos según el principio de una indulgencia ilimitada, dejándoles hacer su propia voluntad en todo el período que va desde la infancia, pasando por la adolescencia, hasta la edad adulta? Tales padres no tienen fe para asumir el terreno divino, y les ha faltado hasta la fuerza moral necesaria para asumir el terreno humano para hacer que sus hijos los respeten y los obedezcan; y el resultado de todo esto es el más triste espectáculo de extravagante insubordinación y de insensata confusión.

 

     El primer objeto que debe proponerse el siervo de Dios en el gobierno de su casa es rendir en ella un testimonio a la gloria de Aquel a cuya casa él mismo pertenece. Éste es realmente el verdadero terreno en el que debe actuar un padre cristiano, el verdadero principio que lo debe regir. Yo no debo procurar tener a mis hijos en orden  para que me causen menos molestia o por una cuestión de conveniencia para , sino porque la gloria de Dios está interesada en el orden piadoso de las casas de todos aquellos que forman parte de la casa de Dios.

 


 

La casa del creyente en el Nuevo Testamento

 

     Mas puede que se objete que todo lo que hemos dicho hasta aquí sobre este punto, no respira más que la atmósfera del Antiguo Testamento, y que los principios y pruebas sólo han sido deducidos de allí. «Ahora, al contrario —se dirá—, Dios actúa hacia nosotros según el principio de la elección y de la gracia, el cual conduce al llamamiento individual de una persona, sin tener en cuenta ningún lazo ni ninguna relación doméstica, de modo que podemos hallar a un santo muy piadoso, devoto y adicto a las cosas celestiales, a la cabeza de una familia impía, desordenada y mundana.»

 

     En oposición a esto, sostengo que los principios del gobierno moral de Dios son eternos y, por consiguiente, deberían ser los mismos y tener su aplicación en todas las edades. Dios no puede enseñar, en un tiempo, que un hombre y su casa son uno y que la cabeza debe gobernarla convenientemente, y luego, en otro tiempo, enseñar que el padre y su familia no son uno y que el padre es libre de dirigirla como le plazca. Esto es imposible.

 

     La aprobación o la desaprobación de Dios respecto a tal o cual cosa deriva de lo que Él es en sí mismo; y como Dios gobierna su casa según lo que él es en sí mismo, él encomienda a sus siervos que dirijan sus casas según el mismo principio. La dispensación de la gracia o del cristianismo ¿ha anulado acaso este bello orden moral? ¡Oh, no! Al contrario; ha agregado, si es posible, nuevas trazas de belleza.

 

     Si la casa de un judío era considerada como parte de sí mismo, la de un creyente ¿lo será tal vez menos? Por cierto que no. Sería hacer un triste abuso y una falsa aplicación de esa celestial palabra gracia, si se autorizara su uso para justificar el desorden y la desmoralización que prevalece en las casas de innumerables cristianos de nuestros días. ¿Es verdaderamente la gracia lo que hace que un padre dé rienda suelta a la voluntad de sus hijos? ¿Es la gracia lo que da libre curso a los caprichos, el mal genio, los apetitos y las pasiones de una naturaleza corrompida? ¡Ay, guardémonos de llamar a eso gracia, por miedo a perder la inteligencia del verdadero sentido de esta palabra, y a llegar a imaginar que la gracia es el principio de todo este mal! Llamemos a esto por su propio nombre: un monstruoso abuso de la gracia; una negación de Dios, no solamente como Gobernador de su propia casa, sino también como Administrador moral del universo: una flagrante contradicción de todos los preceptos inspirados que tratan sobre este tan importante tema.

 


 

Ejemplos tomados del Nuevo Testamento

 

     Ahora bien, dejando el Antiguo Testamento, veamos si no hallamos, en las sagradas páginas del Nuevo, amplias y numerosas pruebas en apoyo de nuestra tesis. En esta gran división del Libro de Dios, ¿el Espíritu Santo separa la familia de un hombre de los privilegios y responsabilidades que el Antiguo Testamento le confieren? Veremos muy claramente que él no hace nada de eso. Vayamos a las pruebas.

 

     Cuando el Señor Jesús envía a sus apóstoles en misión, les dice: “Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en la casa, saludadla. Y si la casa [no solamente el jefe] fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros” (Mateo 10:11-13). Por otra parte, Jesús le dijo a Zaqueo: “Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:9-10).

 

     Asimismo en la casa de Cornelio: “Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú y toda tu casa” (Hechos 11:13-14). Así fue dicho también al carcelero de Filipos: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Después vemos el resultado práctico: “Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios” (v. 34). En el mismo capítulo, Lidia, tras haber sido bautizada, así como su casa, dijo: “Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad” (v. 15).

 

     “Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo”; y ¿por qué? ¿Acaso debido a las buenas acciones de esta casa hacia el apóstol? No —dijo Pablo—, sino porque él, Onesíforo, “me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas” (2.ª Timoteo 1:16). “Es necesario que el obispo sea irreprensible... que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?)” (1.ª Timoteo 3:2, 4-5).

 

     En todas estas citas, hallamos la misma gran verdad, a saber, que cuando Dios visita a un hombre, confiriéndole bendiciones y responsabilidades, visita de la misma manera la casa de este hombre. Recorred toda la Escritura inspirada, desde el principio hasta el fin, y veréis este principio práctico cuidadosamente establecido y asentado. Es algo digno de Dios que lo hagamos conocer; pero, ¡ay, amados hermanos en el Señor, cuán infieles hemos sido y cuánto perjuicio hemos ocasionado al testimonio dado al Hijo de Dios en estos últimos tiempos por nuestras faltas a este respecto y a tantos otros!

 

     El mal se ha manifestado, es verdad, bajo diversas formas: orgullo, vanidad, mundanalidad, espíritu carnal, motivos tristemente mezclados, impío despliegue de una energía puramente carnal o intelectual, empleo de la preciosa Palabra de Dios como un pedestal para elevarnos a nosotros mismos, miserables pretensiones a una posición en la Iglesia o en el mundo, afectación de dones, exposición desleal de principios cuya influencia jamás ha sido realmente experimentada por nuestras conciencias, presentación a los demás de una balanza en la que nosotros mismos jamás nos hemos pesado en presencia de Dios, lamentable estado de una conciencia que, de haber estado en regla, nos habría conducido a ver la manifiesta inconsecuencia que existe entre los principios que profesamos y nuestra manera de actuar.

 

     En todas estas cosas, como en muchas otras, ha tenido lugar una de las más profundas y evidentes caídas, una caída que ha contristado al Espíritu Santo de Dios por el cual profesamos estar sellados, y que ha deshonrado el santo Nombre que es invocado sobre nosotros. El pensamiento de esta caída debería hacernos tomar el saco y las cenizas, cubrirnos de vergüenza y de confusión de rostro, conducirnos a la humillación y a la confesión, no un momento, un día o una semana, sino hasta que Dios mismo nos levante. A veces hemos tenido algunas reuniones de oración y de humillación, pero, ¡ay, hermanos, no bien estamos fuera, probamos, por la detestable ligereza de nuestro espíritu y de nuestra manera de ser, cuán poco hemos realmente juzgado nuestro estado delante de Dios! De esta manera, ¿cómo podría alcanzarse la tan profunda y extendida raíz del mal de nuestros corazones? Nuestra conciencia tiene necesidad de ser profundamente trabajada, a fin de que la semilla de la verdad divina no haya sido sembrada en vano. El instrumento de que Dios se sirve para trabajar y sembrar a la vez, es la verdad. Por consiguiente, Él nos coloca bajo la acción de esta verdad, produciendo, bajo su influencia, un corazón honesto y bondadoso, una conciencia delicada y un espíritu recto. Ahora bien, si la verdad actuara sobre nosotros de esta manera, ¿qué nos revelará? ¿Cuál es nuestro estado? ¿Qué es lo que somos en medio de esta esfera, en la cual el Amo nos ha mandado “negociar entretanto que viene”?

 

     ¿A qué se debe que nuestras reuniones de culto, de edificación y de oración sean tan a menudo sin poder y sin eficacia? La promesa de Cristo es, por ende, siempre verdadera: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Ahora bien, allí donde su presencia es realizada, tiene que haber poder y bendición; pero él no nos hace sentir su presencia a menos que nuestros corazones, verdaderos y rectos delante de él, le busquen como el objeto especial de nuestra reunión. Si tenemos en vista otro objeto aparte de Él, no podemos decir más que estamos reunidos en su Nombre, y, en consecuencia, su presencia no será realizada.

 

   ¡Cuántos cristianos asisten a las reuniones sin tener a Cristo como su primer y directo objeto! Unos van para oír los mensajes, a fin de ser edificados. Los reúne la edificación, no Cristo. Puede que haya piadosas emociones, santas aspiraciones, mucho de sentimientos religiosos, un vivo interés intelectual en ocuparse de la letra de las Escrituras o de ciertos puntos de la verdad; mas todo esto puede existir sin la menor realización de la santa y santificante presencia de Cristo, según la promesa hecha en Mateo 18:20.

 

     Otros vienen a la asamblea con el corazón preocupado de lo que quieren decir o hacer. Tienen un capítulo para leer, un himno para indicar, algunas observaciones que hacer, o tienen la intención de orar y esperan el momento favorable para  adelantarse. ¡Ay, es perfectamente evidente que no es Cristo el objeto principal de estos cristianos, sino únicamente el yo, sus pobres actos y sus miserables palabras! Estas personas contribuyen a despojar a la asamblea de su carácter de santidad, poder y verdadera elevación, pues, a causa de ellas, no es Cristo el que preside, es la carne la que figura, y eso, además, en las más solemnes circunstancias. La carne puede desempeñar su rol en un teatro o en una tribuna política, pero, en una asamblea de santos, ella debiera ser como si no existiera.

 

     No estoy en absoluto autorizado para presentarme delante del Señor, en una reunión de hijos de Dios, con la premeditación de leer tal o cual capítulo, de indicar tal o cual himno, o con un discurso preparado. Debo venir en medio de mis hermanos para colocarme en la presencia de Dios y someterme a su soberana dirección. En una palabra, si fijara la mira en el nombre de Jesús, él solo sería mi objeto y olvidaría cualquier otra cosa. Eso no quiere decir que al tener a Jesús por objeto, no pueda ni comunicar ni recibir edificación. ¡Oh, muy al contrario!; pues en tanto el Señor esté puesto delante de mí, seré verdaderamente capaz de edificar y de ser edificado. Lo menor está siempre incluido en lo mayor. Si tengo a Cristo, no puedo dejar de tener la edificación, pero si busco ésta en lugar de Cristo, si hago de ella mi objeto, pierdo las dos cosas.

 

     ¡Cuántos cristianos hay, además, que van para rendir culto y que no tienen la conciencia purificada, ni el corazón juzgado ni la carne mortificada! Ocupan su lugar en los bancos, pero son fríos y estériles, sin oraciones y sin fe, sin un objeto real. Asisten mecánicamente, porque tienen el hábito de asistir, pero no los motiva un sincero deseo de encontrar al Señor. Para ellos, el congregarse no es más que una pura formalidad religiosa, y para los demás no son otra cosa que un obstáculo para la bendición.

 

     Así pues, numerosas y diversas causas concurren para corromper las fuentes de la vida y del vigor en las asambleas, y ésa es la razón de por qué el testimonio es, en general, tan pobre y tan débil en medio de nosotros. Sólo un profundo trabajo de conciencia sería capaz de sondear hasta el fondo esas causas funestas. ¡Ah!,... “¿Soy yo, Señor?” Es abolutamente inútil esperar una bendición duradera o una verdadera restauración, en tanto no seamos seriamente llevados a una verdadera humillación, a un sincero juicio de nosotros mismos. Si somos llamados a dar testimonio de Cristo, es menester que este llamado nos encuentre a los pies de Jesús, habiendo aprendido, allí, lo que somos, y cuánto hemos faltado.

 

     Nadie tiene el derecho de arrojar la piedra contra el otro. Todos nosotros hemos pecado; todos hemos sido infieles al testimonio del Hijo de Dios; todos hemos contribuido, en alguna medida, al humillante estado de cosas que nos rodea. No se trata aquí de una simple cuestión de iglesia, de una simple diferencia de juicio en cuanto a ciertos puntos de la verdad, por importantes que sean en sí mismos. No, hermanos, el mundo, la carne y el diablo están en el fondo de nuestro triste estado actual, y todos los argumentos que el amor de Cristo podría sugerirnos, se reúnen para invitarnos a que nos juzguemos a fondo a nosotros mismos en la presencia de Dios.

 

     Ahora bien, estoy convencido de que si este juicio tuviera lugar y todo fuese puesto en la luz, se vería que una de las mayores causas de tanto mal, de tanta debilidad y de tan grande caída, consiste en la negligencia de lo que implica la expresión: “Tú y tu casa.” Para algunos observadores, los hijos constituyen la piedra de toque de lo que son los padres; y la casa revela el estado moral de su jefe.

 

     Yo jamás podría formarme una idea exacta de lo que es un hombre, según lo que veo u oigo de él en una asamblea. Allí él puede parecer muy espiritual, y enseñar cosas muy bellas y verdaderas; pero, para juzgar sanamente acerca de su persona, permitidme entrar en su casa, y allí podría conocer de él. Él podría hablar como un ángel del cielo, pero si su casa no es gobernada según Dios, no puede ser un fiel testimonio de Cristo.

 

El significado de la expresión “casa”

 

     Ahora bien, bajo la expresión “casa”, dos cosas —eventualmente tres— se hallan comprendidas: la casa misma, los hijos y, dado el caso, los criados o domésticos. Estas tres cosas, ya sea que las tomemos juntas o por separado, deberían llevar el sello de lo que pertenece a Dios. La casa de un hombre de Dios debiera ser gobernada por Dios, para su gloria y en su nombre. El jefe de una casa cristiana es el representante de Dios. Ya como padre o como amo, él es, para todos aquellos que están bajo su techo, el depositario de la autoridad de Dios, y tiene el deber de actuar según la inteligencia y el desarrollo práctico de este hecho. Sobre este principio debe dirigir su casa y proveer para la misma. Por eso está escrito: “Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1.ª Timoteo 5:8).

 

     Al descuidar la esfera en la que Dios lo ha establecido, él evidencia conocer poco a Aquel a quien es llamado a representar y, por consecuencia, se asemeja poco a Él. Esto es muy simple. Si yo deseo saber qué cuidado debo tener de aquellos que están bajo mi responsabilidad y cómo debo gobernar mi casa, sólo tengo que estudiar cuidadosamente la manera en que Dios cuida de los suyos y en la cual gobierna su casa. Ésta es la verdadera manera de aprender. No se trata aquí de saber si las personas que constituyen la casa son o no convertidas. Lo que deseo urgir en la conciencia de todos los cristianos jefes de familia, es que todo lo que ellos hacen, de un extremo a otro de su marcha, debería llevar muy visiblemente el sello de la presencia de Dios y de su autoridad; que haya un claro reconocimiento de Dios de parte de cada integrante de la casa. La influencia del padre de familia debiera ser tal que, cuando él está allí, cada uno fuese llevado a decir o pensar: Dios está allí; y ello debiera tener lugar, no para que el jefe de la casa sea loado a causa de su influencia moral y de su juiciosa administración, sino simplemente para que Dios sea glorificado. Éste no es un objetivo demasiado inalcanzable, y nunca deberíamos estar satisfechos con nada inferior a él.

 

     La casa de todo cristiano debiera ser una representación en miniatura de la casa de Dios, no tanto en cuanto a la condición real de cada integrante en particular, sino en cuanto al orden moral y a la piadosa disposición del conjunto. Algunos podrían sacudir la cabeza y decir: «Todo esto es muy bello, pero ¿dónde lo hallamos?». Me limito a preguntar: ¿La Palabra de Dios enseña y prescribe al cristiano a gobernar su casa de esta manera? Si es así, ¡pobre de mí si rehusara obedecer o faltara en fidelidad a la obediencia! Toda persona honesta y de recta conciencia reconocerá que ha tenido lugar una de las más graves caídas en cuanto a la dirección de nuestras casas; pero nada es más vergonzoso que ver a un hombre que a sabiendas se sienta tranquilamente y está muy satisfecho ante el estado de desorden e indisciplina que reina en su casa, por parecerle imposible alcanzar la regla perfecta que Dios le ha propuesto.

 

     Todo lo que tengo que hacer es seguir las directivas de la Escritura, y la bendición seguirá seguramente tarde o temprano, pues Dios no puede negarse a sí mismo. Pero si, por la incredulidad de mi corazón, me persuado de que me es imposible alcanzar la bendición, de seguro que jamás la tendré. Todo privilegio o toda bendición que Dios pone delante de nosotros, exige una energía de fe para su consecución. Es como Canaán para los hijos de Israel: el país estaba delante de ellos, pero ellos debían entrar y tomar posesión de él, pues Dios había dicho: “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 1:3). Así ocurre siempre: la fe toma posesión de lo que Dios da.

 

     Nuestro único objetivo, en todo lo que hagamos, debiera ser glorificar a Aquel que ha hecho de nosotros todo lo que somos y lo que seremos por la eternidad; y ¿qué puede ser más contrario a este objetivo, y más deshonroso para Dios, que ver que la casa de un siervo de Dios es justamente lo contrario a lo que Él desea que sea? ¿Cómo los ojos de Dios debieran considerar tal o cual cosa, si nuestros ojos humanos se escandalizan de ello? Sin embargo, si uno fuese a juzgar según lo que ve en tal o cual casa, parecería como si los cristianos pensaran que no existe la menor relación entre la conducta de su casa y su testimonio. Es muy humillante encontrarse con aquellos que, en su aspecto personal, parecen excelentes cristianos, pero que fallan por completo en el gobierno de sus casas. Ellos hablan de la separación respecto del mundo, pero sus casas presentan la más penosa mundanalidad. Dicen que el mundo es crucificado para ellos y que ellos son crucificados respecto del mundo, y, sin embargo, el sello del mundo puede advertirse en su misma casa por doquier. Cada objeto de ella parece destinado a servir a “los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida” (1.ª Juan 2:16). Altos e imponentes espejos de pared que reflejan la carne misma; suntuosas alfombras y espléndidos muebles y sofás destinados a la comodidad de la carne; aparatosas y brillantes luces que ponen al descubierto el orgullo y la vanidad de la carne. Se nos dirá que al descender a estos detalles pueriles, asumimos un terreno muy bajo. A ello contesto que las hijas de Sion habrían podido decir exactamente lo mismo acerca de estas palabras que el Señor les dirige en Isaías 3:18-23: “Aquel día quitará el Señor el atavío del calzado, las redecillas, las lunetas, los collares, los pendientes y los brazaletes, las cofias, los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos de olor y los zarcillos, los anillos, y los joyeles de las narices, las ropas de gala, los mantoncillos, los velos, las bolsas, los espejos, el lino fino, las gasas y los tocados.” ¿No era eso descender a detalles nimios? ¿No podría decirse lo mismo de este pasaje de Amós 6:1-6: “¡Ay de los reposados en Sion...! que duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David”? El Espíritu de Dios puede descender a los detalles, cuando la ocasión así lo requiere.

 

     Pero algunos todavía pueden decir: «Nuestras casas debieran estar en armonía con el rango que ocupamos en la sociedad, y amuebladas en consecuencia.» Tal objeción no hace más que revelar muy abiertamente el verdadero estado de alma de aquel que la esgrime: un estado mundano, sin duda. «¡Nuestro rango en la sociedad!» Este terreno, sin duda, es el mundo. ¿Qué quiere decir realmente esta expresión, cuando se aplica a aquellos que profesan estar muertos al mundo? Hablar de nuestro rango en la sociedad, de nuestra «posición social», es negar los mismos fundamentos del cristianismo. Si tenemos un rango según el mundo, entonces se sigue que debemos vivir como hombres en la carne, o como hombres naturales, y entonces la ley tiene todo su imperio contra nosotros, pues “la ley se enseñorea del hombre entretanto que este vive” (Romanos 7:1). Este rango en la vida, esta posición social, viene a ser, pues, un asunto muy serio.

 

     Permitidme preguntaros: ¿Cómo se obtuvo ese rango social? o ¿en qué vida se lo encuentra? Si es en esta vida, seríamos, pues, mentirosos cuando decimos que  hemos sido “crucificados con Cristo” (Gálatas 2:20), “muertos con Cristo” (Colosenses 2:20), “sepultados con Cristo” (Romanos 6:4), “resucitados con Cristo” (Colosenses 3:1), que hemos “salido fuera del campamento hacia Cristo” (Hebreos 13:13), que no estamos “en la carne”, que no somos “del mundo que pasa” (1.ª Juan 2:17). Todas estas palabras, pues, son algunas de las tantas brillantes mentiras en la boca de aquellos que poseen —o pretenden poseer— un rango en esta vida. Ésta es la verdad del asunto; y debemos dejar que la verdad alcance nuestras conciencias y actúe en ellas, a fin de que ejerza su influencia sobre nuestra vida práctica.

 

    ¿Cuál es, pues, la única vida en que tenemos un rango?: La vida de resurrección de Cristo. Ésta es la vida en la cual el amor redentor nos ha dado un rango. Y seguramente, sabemos muy bien que los mobiliarios mundanos, las vestimentas costosas, la ostentación y el lujo, no tienen nada que ver con el rango en esta vida. ¡Oh, no! Lo que está en armonía con la vida celestial que Jesús ha ganado para nosotros y nos ha comunicado, es la santidad de carácter, la pureza de vida, el poder espiritual, una profunda humildad, la caridad, la separación de todo lo que sabe directamente al mundo y a la carne; no hay duda de que adornar nuestras personas y nuestras casas con esas cosas, sería ciertamente adornarlas «conforme al rango que ocupamos en la sociedad». Pero esta objeción pone, de hecho, al descubierto el verdadero principio que yace en el fondo del corazón. Ya ha sido observado que la casa revela la condición moral del hombre, y esta objeción confirma tal declaración. Aquellos que hablan, o piensan, acerca de su rango en esta vida, “en sus corazones, se volvieron a Egipto” (Hechos 7:39). Y ¿cuál será el fin de los tales de acuerdo con lo que Dios dice? “Os transportaré, pues, más allá de Babilonia” (Hechos 7:43). Es de temerse sobremanera que la “gran piedra de molino” de Apocalipsis 18 nos presente un cuadro demasiado fidedigno del fin de muchos de los elementos enfermizos, espurios y huecos del cristianismo de nuestros días.

 

     Sin embargo, alguien puede alegar todavía que el cristianismo no aprueba el desorden y la suciedad de las casas, a lo que diría que eso es perfectamente cierto. Conozco pocas cosas que sean más penosas y deshonrosas que ver la casa de un cristiano caracterizada por la suciedad y el desorden. Tales cosas jamás deberían existir en relación con una mente verdaderamente espiritual o incluso bien ordenada. Donde tales cosas existen, podemos estar seguros de que ellas son la consecuencia de algún mal moral. Aquí todavía la casa de Dios se nos presenta de forma especial como un bendito modelo. Sobre la puerta de esta casa puede verse inscripta esta preciosa divisa: “Hágase todo decentemente y con orden” (1.ª Corintios 14:40). En consecuencia, todos aquellos que aman a Dios y a Su casa, desearán ver este principio aplicado en sus propios hogares.

 

El gobierno de los hijos                                                        

 

     Aparte de la casa propiamente dicha, el otro punto que veo incluido en la expresión “Tú y tu casa” es el gobierno de los hijos. ¡Ah, éste es un punto doloroso y profundamente humillante para muchos de nosotros, puesto que revela un cúmulo de tristes fracasos! El estado de los hijos tiende a manifestar, más que toda otra cosa, el estado moral de los padres. La medida real de mi renunciamiento a mí mismo y al mundo, se mostrará constantemente en los pensamientos que tengo acerca de mis hijos y en la manera en que trato con ellos y los dirijo. Yo hago profesión de haber renunciado al mundo en cuanto a mí personalmente; pero, ¿he renunciado también al mundo para mis hijos? Algunos exclamarán: «Pero ¿cómo podría hacerlo? Mis hijos no son convertidos y, por consiguiente, son del mundo.» Aquí de nuevo se revela el verdadero estado moral del corazón de aquel que habla así. Él mismo realmente no ha renunciado al mundo, y sus hijos le sirven de pretexto para echar mano nuevamente de las cosas a las que otrora profesó renunciar, pero que en realidad guardaba en el corazón. Mis hijos ¿son o no parte de mí? Seguramente que sí. Pues bien, si yo profeso haber dejado el mundo para mí mismo (Gálatas 6:14), y aun así lo busco para ellos, ¿qué es eso sino la extraña anomalía de un hombre que está mitad en Egipto y mitad en Canaán? Bien sabemos dónde está realmente este hombre en su totalidad: el tal está, de hecho y de corazón, enteramente en Egipto.

 

     Hermanos, es aquí donde debemos juzgarnos a nosotros mismos. La dirección de nuestros hijos testifica contra nosotros. Supongamos que les damos a nuestros hijos maestros de música y danza: éstos no son seguramente los agentes que el Espíritu Santo elegiría para llevarlos a Cristo, ni tampoco ello guarda ninguna armonía con el elevado y santo nazareato al que somos llamados. Si yo los educo para el mundo antes que para el testimonio de Cristo, ello demuestra que Cristo no es la porción que mi alma ha elegido como plenamente suficiente para mí y como la más apreciada. Pues en fin, lo que estimaría suficiente para mí, yo lo estimaría suficiente para mis hijos, los cuales son parte de mí; y ¿sería tan insensato como para educarlos para este mundo y para Satanás, que es su príncipe? ¿Alimentaría en ellos y consentiría aquellas cosas respecto de las cuales hice profesión de haber dado muerte en relación conmigo? ¡Ello es un grave error! Y tarde o temprano veremos las tristes consecuencias. Si dejo a mis hijos en Egipto, ello implica que yo mismo estoy allí todavía. Si los dejo gozar de Babilonia, ello indica que yo mismo amo todavía sus falsos deleites. Si mis hijos pertenecen de hecho a un sistema religioso corrupto y mundano, es porque, en principio, yo mismo pertenezco a él. “Tú y tu casa” son uno; Dios los ha hecho uno, y “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mateo 19:6).

 

     Ésta es una verdad solemne y escudriñadora, a la luz de la cual podemos ver claramente el mal que significa hacer o dejar que nuestros hijos sigan una senda respecto de la cual hemos profesado haber vuelto la espalda para siempre, por creer firmemente que ella desemboca en el infierno. Profesamos estimar como “estiércol” y “escoria” (Filipenses 3:8), la literatura, los honores, las riquezas, las distinciones y los placeres del mundo; pues bien, las mismas cosas que hemos declarado ser sólo obstáculos para nuestra carrera cristiana, y que hemos profesado haber desechado para nosotros mismos, ¿las recomendaríamos diligentemente a nuestros hijos como esenciales para su progreso? Actuar así sería olvidar completamente que las cosas que son obstáculos para nosotros, no pueden absolutamente ser una ayuda para nuestros hijos, si queremos que ellos logren el mismo objetivo que nosotros[6]. Sería infinitamente mejor y más sincero quitar la máscara de nuestra propia mundanalidad y declarar francamente que no hemos abandonado el mundo absolutamente; y nada podría poner mejor esto de manifiesto que nuestros hijos.

 

     Yo creo que, por el estado de nuestras familias, el justo juicio del Señor muestra cuál es el estado real del testimonio entre nosotros. En un gran número de casos, los hijos de los cristianos son conocidos como los más salvajes e impíos del vecindario. ¿Debiera ser así? ¿Tendría Dios por aceptable el testimonio de padres de tales hijos? ¿Estos hijos serían así, si los padres marcharan fielmente delante de Dios en cuanto a sus casas? A todas estas preguntas uno debería necesariamente responder: no. Si los padres cristianos tan sólo hubiesen mantenido firmemente en su conciencia este principio: “Tú y tu casa”, y el mismo hubiese penetrado inteligentemente en su mente, habrían comprendido que podían contar con Dios y clamar a él, tanto para el testimonio de su casa como para el suyo propio, los cuales, en realidad, no pueden ser separados, por más que se lo intente de la manera que fuere, pero en vano.

 

     ¡Cuán a menudo uno se sintió acongojado al oír palabras como éstas: «El tal es un muy querido hermano, piadoso y devoto; pero es una lástima que tenga los hijos más descarados y salvajes del vecindario, y que su casa presente tan triste mezcla de indisciplina y confusión»! Pregunto qué valor tiene el testimonio de tal hombre delante de Dios. ¡Ay, muy poco por cierto! Él puede ser salvo, pero la salvación ¿será todo lo que hemos de desear? ¿Acaso no hemos de dar ningún testimonio? Y si lo hubiere, ¿cuál es? y ¿dónde debiera ser rendido? ¿Habrá de estar limitado a los bancos de un salón de reunión, o ha de ser visto también en nuestras casas? ¡Que el corazón responda!

 

     Uno podrá decir: «Nuestros niños desearán y tendrán necesidad de algunos goces del mundo, y no podemos rehusárselos: no podemos poner viejas cabezas sobre jóvenes hombros.» A ello respondo: Nuestros corazones también con frecuencia anhelan gozar de varias cosas del mundo; ¿satisfaríamos todos sus deseos? No —espero—, pero sí los juzgaríamos. Entonces hagamos exactamente lo mismo con los deseos de nuestros niños. Si veo que mis hijos suspiran tras el mundo, debo inmediatamente juzgarme y disciplinarme a mí mismo delante de Dios, clamándole a él que me dé la capacidad necesaria para reprimir estos pensamientos mundanos, de modo que el testimonio no sufra. No puedo sino creer que si el corazón de los padres está, del centro a la circunferencia, purificado del mundo, de sus principios y de sus deseos, ello ejercerá una poderosa influencia sobre toda su casa.

 

     Esto es lo que hace esta cuestión de tan vasta magnitud y de tanta importancia práctica. ¿Es mi casa un criterio exacto por el que puedo juzgar mi real estado moral? Yo creo que toda la enseñanza de la Escritura está a favor de una respuesta afirmativa; y esto es lo que hace nuestro tema particularmente solemne. ¿Cómo marcho como jefe de familia? Mi carácter y mi conducta ¿son lo suficientemente inequívocos de modo de resultar a todos evidente que mi supremo y único objeto es Cristo, y que yo no estoy más dispuesto a educar a mis hijos para el mundo ni a desear el mundo para ellos, que a abrir ante ellos, si pudiera, las puertas del infierno y dejar que entren? Siento que esto calará hondo en nosotros y nos sobrecogerá de temor; no obstante, pienso que es nuestro deber proseguir con esta interrogante hasta sus últimos límites.

 

     ¿De dónde proviene, en muchos de los casos, esta terrible profanación, esa disposición a burlarse de las cosas sagradas, esa absoluta aversión por las Escrituras y por las reuniones en donde se abren esas Escrituras, y ese espíritu escéptico e incrédulo, tan deplorablemente manifiesto en los hijos de cristianos profesantes? ¿Osará alguno decir que esto no es una falta de los padres? ¿No se debe esto, en gran parte, a la triste incongruencia que existe entre los principios profesados y la conducta seguida por los padres? Yo creo que sí.

 

     Los niños son perspicaces observadores, y muy pronto descubren lo que son realmente sus padres. Ellos sacan sus conclusiones, no tanto de las oraciones y las palabras de sus padres, sino, de una manera mucho más expeditiva y exacta, de los actos de aquéllos, de donde disciernen en seguida los principios y los motivos. Y aunque los padres les enseñen que el mundo y los caminos del mundo son malos, y aunque oren para que todos los miembros de su familia conozcan y sirvan al Señor, no obstante, si se los educa para el mundo, si se procura muy industriosamente que progresen en él, que se agarren fuertemente de él y que logren tener éxito en él mediante toda oportunidad que se presente, festejando su éxito cuando ellos mismos han logrado que sus hijos se establecieran en el mundo, todas las demás enseñanzas y todas las oraciones se tornarán ineficaces. Los hijos comenzarán a decir en sus corazones: «¡Ah, el mundo es un buen lugar después de todo, pues nuestros padres dan gracias a Dios por habernos dado un destino, un lugar, en este mundo, que consideran como un significativo favor de la Providencia divina. Todo lo que ellos dicen, pues, acerca de estar muertos al mundo y resucitados con Cristo, cuando declaran que el mundo está bajo juicio y que nosotros somos extranjeros y peregrinos en él, todos esos dichos peculiares de ellos deben ser considerados como cosas sin sentido o, de lo contrario, los cristianos —así llamados— deben ser considerados como unos embusteros!» ¿Quién podría dudar de que tales razonamientos como éstos nunca se le han cruzado por la mente a muchos hijos de padres profesantes? No tengo la menor duda de ello. La gracia de Dios, sin duda, es soberana, y puede triunfar sobre todos nuestros errores y fracasos; pero ¡oh, pensemos en el testimonio, y velemos por que nuestras casas sean realmente administradas para Dios y no para Satanás[7]!

 

    Pero puede que se diga: «¿Cómo se las arreglarán nuestros hijos para salir adelante y satisfacer sus necesidades? ¿No es necesario que progresen en la vida? ¿No es necesario que estén en condiciones de ganarse su pan?». Sin duda que sí. Dios nos ha hecho para trabajar. El hecho mismo de que él nos haya dado dos manos prueba que no debemos ser ociosos. Pero yo no veo la necesidad de conducir con fuerza a mis hijos dentro de un mundo que yo mismo he abandonado, con el objeto de darles un medio de trabajo. El Dios Altísimo, el Poseedor de los cielos y de la tierra, tuvo un Hijo, su único Hijo, el heredero de todas las cosas, por quien asimismo hizo el universo; y cuando envió a su Hijo al mundo, no le aseguró ninguna profesión erudita, sino que fue conocido como “el carpintero” (Marcos 6:3). Eso ¿no nos dice nada? ¿No nos enseña nada?

 

     Ahora, Cristo ha ascendido a lo alto y se sentó a la diestra de Dios. Así resucitado, es nuestra Cabeza, nuestro Representante y nuestro Modelo; pero nos ha dejado un ejemplo, para que sigamos sus pisadas (1.ª Pedro 2:21). ¿Seguimos Sus pisadas al procurar hacer que nuestros hijos progresen y se destaquen en este mismo mundo que le crucificó? Seguramente que no; más bien hacemos lo contrario, y el resultado de ese curso de acción no tardará en manifestarse, pues está escrito: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7). Si con respecto a nuestros hijos sembramos para la carne y para el mundo, podemos saber lo que cosecharemos. Pero no quisiera que de ninguna manera se me malinterprete: no estoy diciendo que un padre cristiano debiera colocar a sus hijos por debajo del nivel en que el Señor le ha puesto a él mismo. No creo que estuviera justificado para hacer esto. Si mi llamamiento fuese uno piadoso, ello será lo apropiado para mis hijos, así como lo es para mí. Todos no pueden ser carpinteros, es cierto; sin embargo, uno siente que, en un tiempo de progreso como el presente, donde la gran divisa pareciera ser: «Adelante y arriba en el mundo», el corazón encuentra una profunda gloria moral en el hecho de que el Hijo de Dios —el Creador y Sustentador del universo— haya sido conocido entre los hombres únicamente como “el carpintero”. Esto seguramente nos enseña que los cristianos no debiéramos estar procurando «grandes cosas» para nuestros hijos.

 

     No solamente con respecto al objeto de la educación de nuestros hijos hemos faltado y arruinado el testimonio, sino que hemos pecado también al no haberlos mantenido, en general, en sujeción a la autoridad paterna. A este respecto, ha habido una gran falta de parte de los padres cristianos. El espíritu del presente siglo es un espíritu de independencia y de insubordinación. “Desobedientes a los padres”, constituye uno de los rasgos de la apostasía de los últimos días (2.ª Timoteo 3:2), y nosotros hemos personalmente contribuido a su desarrollo mediante una aplicación completamente falsa del principio de la gracia, como también por no ver que la relación de padre y de madre comprende un principio de autoridad ejercido en justicia, sin el cual nuestras casas presentarían un triste espectáculo de anarquía y confusión. No proviene de la gracia el hecho de mimar y consentir una voluntad no santificada. Nos afligimos por no tener una voluntad quebrantada y sumisa, y, al mismo tiempo, nos esmeramos en fortalecer la voluntad propia de nuestros hijos. ¡Qué incongruencia!

 

     A mi juicio, siempre es una prueba de debilidad en el ejercicio de la autoridad paterna, así como de ignorancia respecto a la manera en que el siervo de Dios debe gobernar su casa, el hecho de que un padre o una madre le diga a su hijo: «¿Quieres esto o aquello? ¿Quieres hacer tal cosa o tal otra?». Esta pregunta, por simple que parezca, tiende directamente a crear o alimentar eso mismo que debiéramos reprimir y someter por todos los medios a nuestro alcance, es decir, el ejercicio de la voluntad propia en el niño. Por eso, en vez de decirle al niño: «¿Quieres hacer tal cosa?», digámosle primeramente lo que él debe hacer, y jamás permitamos que se le cruce por la cabeza la idea de poner en duda nuestra autoridad. La voluntad de un padre debe ser considerada como suprema por su hijo, pues el padre está para él en el lugar de Dios. Todo poder pertenece a Dios, y Él ha investido de poder a Su siervo, ya sea como padre o como madre. Si, pues, el hijo o el siervo resisten a este poder, resisten a Dios[8].

 

     En cuanto a los siervos, se dice: “Todos los que están bajo el yugo de esclavitud, tengan a sus amos por dignos de todo honor, para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina” (1.ª Timoteo 6:1). Notad que se dice: “Dios y la doctrina.” ¿Por qué? Porque se trata de una cuestión de poder. El nombre de Cristo y la doctrina ponen al amo y al siervo en un mismo nivel, como miembros del mismo cuerpo (en Cristo Jesús no hay diferencia, Gálatas 3:28); pero cuando salgo de allí y me adentro en las relaciones de aquí abajo, me encuentro con el gobierno moral de Dios que hace a uno amo y a otro siervo; y toda infracción cometida contra el orden establecido por este gobierno atraerá un juicio infalible.

 

El gobierno moral de Dios

 

     Es de inmensa importancia tener un claro entendimiento de la doctrina del gobierno moral de Dios. Ello resolvería muchas dificultades y zanjaría un sinnúmero de cuestiones. Este gobierno se ejerce con una decisión y una justicia particularmente solemnes. Si buscamos en la Escritura todo lo relativo a este tema, hallaremos que, en cada caso en que ha tenido lugar un error o un pecado, este mal ha producido indefectiblemente sus frutos. Adán tomó del fruto prohibido y, al instante, fue expulsado del jardín a un mundo gimiente bajo el peso de la maldición causada por su pecado. Jamás fue reemplazado en el paraíso. La gracia, es verdad, intervino, y le hizo la promesa de un Libertador (Génesis 3:15); además, ella cubrió su desnudez (Génesis 3:21). Sin embargo, su pecado produjo su resultado. Adán tropezó, y jamás recobró lo que había perdido por ello.

 

     Moisés, en las aguas de Meriba, abrió su boca con ligereza y, de inmediato, el Dios justo le prohibió la entrada en Canaán. En este caso también la gracia intervino, y aportó algo mejor que lo que había sido perdido: pues era mucho mejor contemplar, desde la cumbre del Nebo, las llanuras de Palestina en compañía de Jehová, que habitarlas con Israel (Deuteronomio 34:1-5).

 

     En el caso de David, hallamos también el mal seguido de su consecuencia. David cometió adulterio, y esta sentencia solemne fue inmediatamente pronunciada: “No se apartará jamás de tu casa la espada” (2.ª Samuel 12:10). Aquí también la gracia abundó, y David se gozó de ello, con un sentimiento más profundo, cuando ascendía la cuesta de los Olivos con los pies descalzos y la cabeza cubierta, como jamás lo había disfrutado en medio de los esplendores del trono (2.ª Samuel 15:30). Sin embargo, su pecado produjo sus resultados. David cometió una falta, y jamás recobró lo que perdió.

 

     De ninguna manera este principio —del pecado que lleva su fruto— se limita meramente a los tiempos del Antiguo Testamento. También tenemos varios ejemplos en el Nuevo Testamento. Vemos a Bernabé, por ejemplo, expresar su deseo —aparentemente muy conveniente— de conservar la sociedad de su sobrino Marcos (Hechos 15:37). Desde ese momento, Bernabé pierde el honorable lugar que tenía en los registros del Espíritu Santo, quien no hace ninguna mención más de él. Su lugar fue luego ocupado por un corazón más enteramente devoto, más libre de los afectos puramente naturales, que el de Bernabé[9].

 

     El gobierno moral de Dios es una verdad de la mayor importancia; es tal, que aquel que obra mal, cosechará indefectiblemente el fruto de su mal, independientemente de que sea creyente o incrédulo, santo o pecador. La gracia de Dios puede perdonar el pecado, y lo hará, seguramente, todas las veces que el pecado fuere juzgado y confesado; pero como el pecado asesta un golpe a los principios del gobierno moral de Dios, es menester que el ofensor sea llevado a sentir su falta. Él cometió un error, y necesariamente deberá sufrir las consecuencias. Ésta es una verdad muy solemne, pero particularmente saludable, cuya acción ha sido miserablemente entorpecida por falsas nociones acerca de la gracia. Dios nunca permite que su gracia estorbe su gobierno moral. No podría hacerlo, porque ello causaría confusión, y “Dios no es Dios de confusión” (1.ª Corintios 14:33).

 

El gobierno de la casa y las consecuencias de su ejercicio

 

     Con respecto a esto ha habido muchos fracasos en el gobierno de nuestras casas. Hemos olvidado el principio del justo gobierno que Dios ha puesto ante nosotros, y que Él nos ha dado un ejemplo al ejercerlo[10].

 

     Mi lector no debe confundir el principio del gobierno de Dios con Su carácter. Estas dos cosas son distintas. El primero es justicia, el segundo es gracia; pero lo que  quiero hacer resaltar ahora, es el hecho de que la relación de padre y de madre implica un principio de justicia, y que si este principio no recibe su debido lugar en el gobierno de la familia, deberá haber confusión. Si veo a un niño, extraño para mí, haciendo mal, no tengo ninguna autoridad de parte de Dios para ejercer una justa disciplina respecto de él; pero no bien veo a mi propio hijo haciendo mal, deberé disciplinarlo; simplemente porque soy su padre.

 

     Mas puede que uno diga que la relación de padre a hijo es una relación de amor. Es verdad; está fundada en el amor, como está escrito: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seáis llamados hijos de Dios” (1.ª Juan 3:1). Mas aunque esta relación esté fundada en el amor, ella es ejercida en justicia, pues está escrito también: “Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios” (1.ª Pedro 4:17). Así también Hebreos 12 nos enseña que el hecho mismo de ser hijos legítimos nos coloca bajo la justa disciplina de la mano del Padre. Y en Juan 17, la Iglesia es encomendada a los cuidados del Padre santo para que la guarde en su nombre.

 

     Ahora bien, todas las veces que los padres cristianos pierden de vista esta gran verdad, sus casas han caído en el desorden. No supieron gobernar a sus hijos y, como consecuencia de ello, sus hijos, con el tiempo, los han gobernado a ellos, pues es menester que el gobierno esté en alguna parte; y si aquellos en cuyas manos Dios puso las riendas, no las tienen como debieran, ellas caerán pronto en malas manos. ¿Podrá haber algo más triste y vergonzoso que ver a los padres gobernados por sus hijos? No dudo de que, a los ojos de Dios, ello presenta una terrible mancha moral, que seguramente atraerá tarde o temprano Su juicio. Un padre que deja deslizar de sus manos las riendas del gobierno, o que no las retiene tenazmente, falta gravemente a su santa y elevada responsabilidad de ser, para su familia, el representante de Dios y el depositario de Su poder. Yo no creo que tal hombre pueda jamás recuperar completamente su posición ni ser, en su tiempo y generación, un fiel testigo de Dios. Puede ser un objeto de la gracia; pero un objeto de la gracia y un testigo para Dios son dos cosas completamente diferentes. Esto puede explicar el lamentable estado de muchos hermanos. Ellos han faltado totalmente a su deber de gobernar sus casas según el Señor, y por eso han perdido su verdadera posición y su influencia moral; de ahí que su energía se viera paralizada, sus bocas cerradas, su testimonio anulado; y si alguno de ellos quisiera alzar su voz débilmente, el dedo del escarnio señalará de inmediato a su familia, trayendo rubor a sus mejillas y remordimientos a su conciencia.

 

     No todos tienen siempre un parecer correcto sobre este tema, y buscan las causas del fracaso en sus fuentes legítimas. Muchos se apresuran demasiado a considerar  como algo natural e inevitable el hecho de que sus hijos hayan de crecer en la desobediencia y la mundanalidad. Sostienen que «mientras los niños son chicos, es natural y está bien que así sea; pero esperemos que vengan más grandes, y veremos que nos veremos obligados a dejarlos irse al mundo.» Ahora bien, me pregunto: ¿Es según el pensamiento de Dios que los hijos de Sus siervos hayan de crecer necesariamente en la mundanalidad y la insubordinación? Jamás podría creer tal cosa. Pues bien, si no es el pensamiento de Dios que los niños crezcan así; si Dios, en su misericordia, ha abierto a los niños de Sus santos los mismos senderos que a estos últimos; si Él autoriza a los padres cristianos a elegir para su familia la misma parte que, por Su gracia, han elegido para sí mismos; si, después de todo esto, los hijos crecen en la mundanalidad y haciendo su propia voluntad, ¿qué conclusión puede sacarse, sino que los padres han faltado y pecado gravemente en el ejercicio de su relación y de su responsabilidad, para perjuicio de los hijos y para la deshonra del Señor? Pero ¿deben ellos hacer un principio general de lo que no es sino el resultado de su infidelidad, y pronunciar que todos los hijos de cristianos deben crecer como los de ellos? ¿Harán bien en desalentar a los padres jóvenes a que elijan el terreno de Dios relativo a sus hijos proponiéndoles sus abominables fracasos, en vez de alentarlos a poner ante ellos la infalible fidelidad de Dios hacia todos aquellos que le buscan en el camino de Sus mandamientos? Actuar así sería imitar al viejo profeta de Betel que, por hallarse él mismo en el mal, procuró arrastrar también a su hermano en él, contribuyendo a que fuese muerto por un león a causa de su desobediencia a la Palabra del Señor (1.º Reyes 13).

 

     Para resumir, la propia voluntad de mis hijos revela la propia voluntad de mi propio corazón, y un Dios justo se sirve de ellos para castigarme a mí, por cuanto yo no me he castigado a mí mismo, no supe juzgarme a mí mismo. Ver el asunto desde este ángulo es particularmente solemne, y demanda un profundo escudriñamiento del corazón. Para ahorrar disgustos, hemos dejado que el mal siga su curso en nuestra familia, y ahora mis hijos han crecido alrededor de mí y son como espinas en mi costado, porque no los he educado para Dios. Tal es la historia de miles de familias. Jamás deberíamos perder de vista el hecho de que nuestros hijos, así como nosotros también, deberían servir para “la defensa y confirmación del evangelio” (Filipenses 1:7).

 

     Estoy convencido de que, si sólo fuésemos llevados a considerar nuestras casas como un testimonio para Dios, ello produciría una profunda reforma en nuestra manera de gobernarlas. Buscaríamos entonces establecer un orden moral más elevado, no con el objeto de evitarnos disgustos o enfados, sino más bien para que el testimonio no sufra a causa del desorden de nuestras casas.

 

     Mas no olvidemos que, para poder subyugar la naturaleza en nuestros niños, es menester primeramente subyugarla en nosotros mismos. Jamás podremos vencer a la carne mediante la carne. Sólo cuando la hayamos quebrantado en nosotros mismos, estaremos en condiciones de avasallarla en nuestros hijos.

 

La unidad de los esposos en el gobierno del hogar     

 

     Para ello, además, hace falta una perfecta inteligencia y una plena armonía entre el padre y la madre. La voz de ambos, su voluntad, su influencia, deben ser una en el más estricto sentido del término. Al ser ambos “ya no más dos, sino una sola carne”, deberían siempre aparecer ante sus hijos en la belleza y el poder de esta unidad.

 

     Para lograr este objetivo, los padres deberían siempre esperar en Dios juntos, mantenerse mucho en Su presencia, abrirle todo su corazón y presentarle todas sus necesidades. Los maridos y las mujeres faltan a menudo en sus deberes mutuos a este respecto. Ocurre a veces que uno de los dos desea realmente renunciar al mundo y subyugar la carne a un grado al que el otro no ha llegado o para el cual no está preparado, y esto produce tristes resultados. Esto conducirá a menudo a actuar o hablar en secreto, a obrar de forma mañosa o evasiva, al manejo y al mando militar, a un positivo antagonismo en los criterios y principios del marido y la mujer, de modo que no puede decirse de ellos que estén unidos en el Señor. El efecto de todo esto sobre los niños que crecen, es indeciblemente pernicioso, y su funesta influencia sobre toda la casa es incalculable. Lo que el padre manda, la madre lo discute; lo que uno prohíbe, el otro lo permite; lo que el padre edifica, la madre lo destruye. El padre es representado como rígido, severo, arbitrario y exigente. La influencia materna actúa independientemente de la del padre y fuera de su ámbito; a veces hasta llega a ponerla de lado completamente, de manera que la posición del padre viene a ser penosa en extremo, y toda la familia presenta un aspecto muy impío y desordenado[11]]. Esto es algo terrible. Los hijos jamás podrían ser bien educados en tales circunstancias; y el solo pensamiento de ello, con relación al testimonio para Cristo, es aterrador. Allí donde prevalece semejante estado de cosas, debería haber la más profunda contrición de corazón delante del Señor con motivo de este tema. Su misericordia es inagotable y sus tiernas compasiones no faltan nunca; y si hay verdadera contrición y una sincera confesión, podemos esperar con total seguridad que Dios intervendrá en gracia para sanar y restaurar.

 

     Una cosa es cierta: no deberíamos estar contentos de seguir nuestra marcha en medio de semejante desorden; por lo tanto, todos aquellos que sienten aflicción en su corazón, deben clamar con fuerza al Señor día y noche, clamar a Él, fundados en su verdad y en su Nombre, los que son blasfemados por tales pecados; y pueden estar seguros de que Dios oirá y responderá. Pero que toda esta cuestión sea encarada a la luz del testimonio para el Hijo de Dios. Para este testimonio somos dejados aquí abajo. En efecto, no somos seguramente dejados aquí sólo para educar a nuestras familias, sino más bien para educarlas para Dios, con Dios, por Dios y delante de Él.

 

     Para alcanzar este elevado objetivo, es menester estar mucho en la presencia del Señor. Un padre cristiano debe tener mucho cuidado de no castigar ni lastimar a sus hijos meramente para satisfacer sus caprichos y su mal humor del momento, como lo hacen los hombres del mundo. El cristiano debe representar a Dios en medio de su familia. Una vez que esto se haya comprendido adecuadamente, todo quedará en orden. Él es el administrador de Dios; por lo que, para desempeñar correcta e inteligentemente sus funciones administrativas, deberá tener frecuentes relaciones —o más bien relaciones ininterrumpidas— con su Amo. Deberá acudir continuamente a los pies de este Amo, a fin de saber lo que debe hacer y cómo lo debe hacer. De esta manera, todo en su administración se volverá simple y fácil.

 

Algunas consideraciones finales

 

     A menudo el corazón quisiera tener una regla general para cada uno de los diversos detalles de la administración doméstica. Alguien puede demandar, por ejemplo, qué tipo de castigos, qué tipo de recompensas y qué tipo de entretenimientos debiera adoptar un padre cristiano. En cuanto a los castigos, creo que serán raramente necesarios, si los divinos principios del gobierno y la educación de los niños son puestos en práctica desde la más tierna infancia. En cuanto a las recompensas, me parece que deberían esencialmente consistir en expresiones de amor y de aprobación. Un niño debe ser obediente —irrestricta y resueltamente obediente—, no para obtener una recompensa, la cual es apta para nutrir y desarrollar la emulación que es un fruto de la carne, sino porque Dios lo quiere así. Luego, pues, me parece naturalmente conveniente que los padres manifiesten su aprobación mediante algún pequeño presente.

 

     En cuanto a los entretenimientos o pasatiempos que deseamos procurar a nuestros niños, que tengan siempre, en lo posible, el carácter de alguna ocupación útil. Esto es muy saludable para el espíritu. No es nada bueno alimentar en un niño la idea de que los juguetes de colores y las chucherías doradas le brindarán placer. He visto a menudo niños muy pequeños que han hallado un placer mucho más real, y ciertamente mucho más simple, con un papel, un lápiz o con alguna otra cosa hecha por sí mismos, que con los juguetes más caros. En fin, para todas las cosas, castigos, recompensas o juegos, fijemos los ojos en Jesús y busquemos vehementemente subyugar la carne bajo cualquier apariencia o forma en que se presente. Entonces nuestras casas serán un testimonio para Dios, y todos los que entren en ellas se verán constreñidos a decir: ¡Dios está aquí! (1.ª Corintios 14:25).

 

     En lo que respecta al gobierno del personal doméstico de una casa cristiana, el principio es igualmente simple. El patrón, en su calidad de cabeza de la casa, es la expresión del poder de Dios y, como tal, debe insistir en la sujeción y la obediencia. Aquí no se tiene en cuenta el cristianismo de los domésticos o criados, sino simplemente el orden que siempre ha de ser mantenido en un hogar cristiano. Aquí también debemos guardarnos de dar rienda suelta a nuestro propio carácter arbitrario. Debemos recordar que tenemos un Amo en los cielos que nos ha enseñado a hacer “lo que es justo y equitativo con nuestros siervos” (Colosenses 4:1). Si sólo tuviésemos al Señor delante de nosotros cada día, y buscáramos manifestarle a Él en todos nuestros tratos con nuestros criados, seríamos guardados de error en todo respecto.

 

     Debo ahora concluir. No escribí, Dios lo sabe, con la intención de herir a nadie. Siento con fuerza la importancia, la verdad y la profunda solemnidad del tema que he tratado, y, al mismo tiempo, mi incapacidad para presentarlo con la suficiente claridad y eficacia. Sin embargo, acudo a Dios para que él haga valer los puntos aquí tratados; y, cuando él actúa, el más débil instrumento puede responder a Su objetivo. A Él encomiendo ahora estas páginas que, en ello confío, fueron iniciadas, continuadas y terminadas en Su santa presencia. Un pensamiento me ha confortado sobremanera: en el momento mismo en que sentí en mi conciencia la necesidad de escribir este artículo, cierto número de amados hermanos estaban congregados en una reunión de humillación, de confesión y de oración con motivo del testimonio rendido al Hijo de Dios en estos últimos días. No dudo de que uno de los principales puntos de la confesión se haya referido al fracaso en el gobierno de la familia; y si estas páginas fuesen utilizadas por el Espíritu de Dios para producir, aunque sea en una sola conciencia, un sentimiento más profundo de esta caída, y en un solo corazón, un más sincero deseo de reparar esta brecha según los pensamientos de Dios, me regocijaré al ver que no he escrito en vano.

 

     ¡Quiera el Dios todopoderoso, según las riquezas de su gracia, producir, por su Santo Espíritu, en el corazón de todos sus amados, un más ardiente deseo de rendir, en esta última hora, un más completo, resplandeciente, vigoroso y decidido testimonio para Cristo, a fin de que, cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios resuenen, se halle aquí abajo un pueblo preparado para salir con gozo al encuentro del Novio celestial!

 

 


 

NOTAS

 

[1] N. del A.— El lector, espero, no se imaginará que con esto pretendo negar o debilitar la necesidad de la obra del Espíritu Santo para la regeneración de los niños de padres cristianos. ¡Dios no lo permita! “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”  (Juan 3:3). Ésta es una verdad que se aplica tanto a un niño de un cristiano como a cualquier otra persona. La gracia no es hereditaria. El resumen de lo que quiero decir a los padres cristianos es que la Escritura une inseparablemente a un hombre con su casa, y que el padre cristiano puede tener la seguridad de contar con Dios para sus hijos y que es responsable de educarlos para Dios. ¿Cómo podría negarse esta verdad a la luz de Efesios 6:4?

 

[2] N. del A.— Se dirá que no puede haber ninguna analogía entre el traslado real de personas de un país a otro y la educación de nuestros hijos. A ello respondo que la analogía sólo se aplica en principio. Es perfectamente evidente que no podemos llevar a nuestros hijos en el sentido en que los israelitas llevaron a los suyos a Canaán. Dios solamente puede hacer aptos para el cielo a nuestros hijos, implantando en ellos la vida de su propio Hijo; y Él solamente puede llevarlos al cielo en su debido tiempo. Pero entonces, si bien no podemos hacer a nuestros hijos aptos para el cielo ni tampoco llevarlos allí, sí podemos, por la fe, prepararlos para el cielo; y ello no es sólo nuestro deber (una expresión poco afortunada, fría e indigna), sino nuestro elevado y santo privilegio. En consecuencia, si los principios sobre los cuales educamos a nuestros hijos, así como el objeto con el cual los educamos, son manifiestamente mundanos, virtualmente, y tanto como dependa de nosotros, los dejamos en el mundo. Y por otro lado, si nuestros principios y objeto son inequívocamente celestiales, entonces, en lo que de nosotros dependa, los educamos para el cielo. Esto, querido lector, es todo lo que se quiere decir en el presente artículo en cuanto a dejar a nuestros hijos en Egipto o llevarlos a Canaán. Somos responsables de educar a nuestros hijos, aunque no podamos convertirlos, y Dios seguramente habrá de bendecir la fiel educación de aquellos a quienes Él nos ha dado en su gracia.

 

[3] N. del T— A lo largo de la presente obra, el lector observará que a menudo aparece la palabra educación o educar con relación a los hijos de los creyentes. Este término proviene de la palabra inglesa training, y su significado adquiere muchos matices en español que no son abarcados por el simple vocablo educación, y cuyo repaso nos ayudará a ampliar el concepto. Training, en su acepción más genérica, significa aprendizaje, sobre todo al aprendizaje de artes u oficios, en un sentido más bien práctico que teórico. También significa adiestramiento y entrenamiento, como cuando uno es adiestrado para la guerra o entrenado para la práctica de un deporte. También se puede traducir formación, haciendo referencia, por ejemplo, a una formación vocacional o profesional, aplicándose al aprendizaje de un arte u oficio, es decir, las enseñanzas que incluyen práctica y teoría. Training también puede verterse preparación, como cuando uno se prepara mediante ejercicios para una prueba o fin determinado; y, por último, training comprende los conceptos de educación, instrucción y enseñanza (como cuando hablamos, por ejemplo, de «instrucción militar»), y puede referirse a una instrucción formal (adquirida en una institución docente), como también a la educación recibida por los niños en el hogar de parte de sus padres. En este último sentido recae el énfasis del autor: al niño se lo educa o se lo forma mediante «disciplina e instrucción, y se le enseña a fin de hacerlo apto, idóneo o proficiente» (Webster). Pues bien, hay una «preparación» que los padres del mundo no pueden dar a sus hijos, y que sí lo pudo hacer, por ejemplo, la madre de Timoteo. El apóstol Pablo dice de Timoteo, “desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2.ª Timoteo 3:15-6; véase también 1:5).

 

[4] N. del A.— Debo decir que es un grave error el hecho de que un padre cristiano encomiende la educación de sus hijos a personas inconversas o incluso a aquellos cuyos corazones no son uno con él en cuanto a la separación del mundo. Es natural que un niño procure seguir el ejemplo de aquel que tiene a su cargo su educación y cuidado. Pero ¿qué puede un instructor hacer de un niño sino lo que él mismo es? ¿Adónde lo puede conducir sino al lugar donde él mismo está? ¿Qué principios puede inculcar, salvo aquellos que gobiernan su propia mente y constituyen la base de su propio carácter? Ahora bien, si veo a un hombre gobernado por principios mundanos; si veo con claridad, por su conducta y carácter, que el tal es una persona inconversa, ¿le encomendaría la educación y la instrucción de mis niños o la formación de su carácter? Ello sería el colmo de la insensatez y la inconsecuencia. Un hombre que deseara hacer una bala de forma ovalada, no podría verter el metal fundido dentro de un molde circular.

     El mismo principio se aplica a la lectura de libros. Un libro es decididamente un silencioso instructor que ejerce una influencia formativa en la mente y el carácter; y si soy llamado a observar bien el carácter y los principios del instructor viviente, soy igualmente llamado a hacerlo respecto a los del instructor silencioso. Estoy plenamente convencido de que en lo que respecta tanto a los libros como a los instructores, necesitamos tener nuestras conciencias despiertas e instruidas.

 

[5] N. del T.— Muchos se consuelan de lo que son sus niños por la seguridad de que tarde o temprano se habrán de convertir. Pero ello no es asumir el terreno de Dios respecto de ellos ahora. Si estamos seguros de que nuestros hijos están encuadrados dentro del ámbito del propósito de Dios, ¿por qué no actuamos conforme a esa seguridad? Si esperamos ver ciertas pruebas de conversión en ellos antes de actuar tal como la Escritura ordena, resulta claro entonces que estamos mirando fuera de la promesa de Dios. Esto no es fe. El padre cristiano tiene el privilegio de considerar a sus niños ahora como aquellos que han de ser educados para el Señor. Tiene el deber de asumir, por la fe, este terreno y de educar a sus hijos en consecuencia, esperando en Dios, con la más absoluta seguridad, por el resultado. Si antes de actuar así, espero ver frutos, ello no es fe. Además, surge la pregunta: ¿Qué son mis niños ahora? Puede que en este tiempo estén vagabundeando por ahí, por decirlo así, lejos de los caminos del Señor, deshonrando tristemente el nombre y la verdad de Cristo. ¿Me bastará con decirme a mí mismo: «sé que más tarde se van a convertir»? No; esto nunca tendría que ocurrir. Mis niños deberían ser ahora un testimonio para Dios; y ello no será posible a menos que elija para ellos, ahora, el terreno de Dios y que marche con Él en lo que a ellos se refiere.

 

[6] N. del A.— Un padre cristiano puede preguntar: «¿Qué debo enseñarle a mi hijo?» La respuesta es muy sencilla: Hay que enseñarle aquellas cosas que resulten útiles para el servicio de Cristo. No le enseñemos nada que sepamos que vaya a ser una positiva fuente de contaminación o de debilidad para él. Son raras las veces que no sabemos qué tipo de alimentos hemos de darles a nuestros niños. Por lo general sabemos perfectamente lo que será bueno y nutritivo para ellos y las cosas que no les caerán bien. Ahora bien, si los instintos de la nueva naturaleza en nosotros fuesen tan enérgicos y reales como los de la vieja naturaleza, no vacilaríamos más —de ello estoy persuadido— para decidir respecto a las cosas que debemos enseñar a nuestros niños. Con referencia a esto, así como a todas las demás cosas, puede decirse que “si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (Mateo 6:22; V.M.). Si tuviésemos un sentimiento profundo de la gloria de Cristo, y un sincero deseo de promoverla, no seríamos dejados en perplejidad; pero si nuestro cuerpo no estuviere “lleno de luz”, estemos seguros de que nuestro “ojo” no es “sencillo”.

 

[7] N. del A.— Quisiera, no obstante, recordar a los hijos de padres cristianos que ellos mismos tienen la solemne responsabilidad de prestar oídos a la santa Palabra de Dios, independientemente de la conducta de sus padres. La verdad de Dios no se ve afectada por los actos de los hombres; y dondequiera que uno haya oído el testimonio del amor de Dios, en la muerte y resurrección de Cristo, es responsable de creer en él, aun cuando no haya visto su poder y sagrada influencia manifestados en la vida de sus padres. Quisiera llamar seriamente la atención de todos los hijos de padres cristianos respecto de estos  hechos.

 

[8] N. del A.— La exhortación dirigida a los padres subsiste sin embargo: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). Hay un gran peligro en provocar a ira a nuestros niños por un excesivo rigor y por tratos arbitrarios. Podemos estar siempre tratando de formar y moldear a nuestros niños conforme a nuestros propios gustos y particularidades, más bien que educándolos “en disciplina y amonestación del Señor”, es decir, según la manera en que el Señor corrige y enseña a sus hijos. Eso es un grave error, que seguramente terminará en confusión y fracaso. No ganaremos nada, en relación con el testimonio para Cristo, amoldando y adaptando la naturaleza bajo las formas más exquisitas. Además, la cultura y la instrucción de la naturaleza no requieren fe; pero sí se necesita la fe para educar a los niños en disciplina y amonestación del Señor.

     Puede que alguno diga que el apóstol, en este pasaje, se refiere a niños convertidos. A ello respondo que nada se dice aquí acerca de la conversión. No está escrito: «Criad a vuestros hijos convertidos...», etc., lo cual, de ser así, resolvería la cuestión. Pero se dice simplemente “vuestros hijos”, lo que seguramente quiere decir todos vuestros hijos. Ahora bien, si yo debo educar a todos mis hijos en la disciplina y amonestación del Señor, ¿cuándo debo comenzar a hacerlo? ¿Debo esperar a que crezcan y a que casi sean hombres o mujeres, o debo comenzar, como toda gente razonable comienza su obra, desde el principio? ¿Permitiría que quedaran librados a su locura y desatinos naturales durante el período más importante de su carrera, sin jamás intentar poner su conciencia en presencia de Dios, en cuanto a sus solemnes responsabilidades? ¿Les dejaría derrochar, en una total insensatez, ese período de la vida en el que se producen los elementos de su futuro carácter? Eso sería el colmo de la crueldad. ¿Qué diríamos de un jardinero que permitiera que las ramas de sus árboles frutales tomaran todo tipo de formas torcidas y extravagantes, antes de tener la idea de comenzar a emplear métodos propios para enderezarlos? Lo tildaríamos seguramente de loco e insensato. Sin embargo, sería sabio en comparación con padres que aplazarían la disciplina y amonestación del Señor hasta el tiempo en que sus hijos hayan hecho manifiestos progresos en la disciplina y admonición del enemigo. 

     Mas puede que se diga todavía que debemos esperar pruebas de conversión. A esto respondo que la fe nunca espera pruebas, sino que ella actúa conforme a la Palabra de Dios, y que las pruebas seguirán indefectiblemente. Es siempre una manifiesta prueba de incredulidad el esperar señales cuando Dios ha dado un mandamiento. Si los hijos de Israel hubiesen esperado una señal cuando Dios dijo: “Que marchen”, ello hubiera sido una clara desobediencia. Si el hombre de la mano seca hubiese esperado que alguna fuerza se manifestara en él cuando Jesús le mandó extender la mano, habría llevado su mano seca hasta la tumba con él. Lo mismo puede decirse de los padres. Si ellos esperan señales y pruebas antes de obedecer la Palabra de Dios en Efesios 6:4, es cierto que no andan por fe, sino por vista. Además, si hemos de comenzar desde el principio a educar a nuestros hijos, resulta evidente que debemos comenzar antes de que ellos sean capaces de ofrecer alguna prueba de conversión.

     En esto, como en todas las cosas, nuestra ocupación es obedecer, y dejar en manos de Dios los resultados. El estado moral del alma puede ser puesto a prueba por el mandamiento; mas cuando estamos dispuestos a obedecer, el poder para hacerlo acompañará seguramente al mandamiento, y los frutos de la obediencia seguirán “a su tiempo... si no desmayamos”.

 

[9] N. del A.— Era la naturaleza, en Bernabé, lo que lo llevaba a desear la compañía de aquel “que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra” (Hechos 15:38). Era una naturaleza amable, pero era la naturaleza después de todo, y ella triunfa en Bernabé, pues él tomó a Marcos consigo y navegó a Chipre, la tierra natal de Bernabé, donde, en el tiempo del primer amor, había vendido su propiedad a fin de poder seguir más libremente a Aquel que no tuvo ningún lugar donde reposar su cabeza (véase Hechos 4:36-37). Éste no es un caso nada raro. Muchos manifiestan haber renunciado a las cosas de la tierra y la naturaleza y a todos sus respectivos reclamos. Las flores del árbol de la profesión cristiana, en primavera se ven bellas y abundantes, y exhalan un grato perfume; pero ¡ay, cuán poco, a menudo, se ven los frutos abundantes y sabrosos en otoño! La influencia de los lazos naturales y terrenales  se hace sentir con fuerza en el alma y cortan sus hermosas flores, y todo termina, no en esos frutos esperados, sino en esterilidad y frustración. Esto es algo muy triste y del peor efecto moral sobre el testimonio. No se trata aquí en absoluto de dejar de ser una persona salva. Bernabé era salvo, sin duda. La influencia que ejercían sobre él tanto Marcos como Chipre —su patria natal—, no podía borrar su nombre del libro de la vida del Cordero, pero sí borraron su nombre del registro del testimonio y del servicio aquí abajo. Y ¿no era esto algo que lamentar? ¿Acaso lo único que debiéramos deplorar es la pérdida de la salvación personal? ¿No tenemos nada que temer excepto ello? Despreciable en extremo es el egoísmo que pueda pensar así. ¿Con qué propósito el Dios bendito sufre tantas penas y aflicciones para conservar a su Iglesia aquí abajo? ¿Para que los creyentes sean salvos y preparados para la gloria? De ninguna manera. Ellos ya son salvos por la perfecta redención de Cristo y, por consiguiente, preparados para la gloria. No hay ningún paso intermedio entre la justificación y la gloria, pues “a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). ¿Por qué, pues, Dios nos deja aquí abajo? Para que seamos un testimonio para Cristo. Si ése no fuera el fin, podríamos también simplemente ser elevados al cielo inmediatamente después de nuestra conversión. ¡Ojalá que nos sea dada la gracia para comprender esta verdad en toda su plenitud y fuerza práctica!

 

[10] N. del A.— Las epístolas de Pedro desarrollan la doctrina del gobierno moral de Dios. Es allí donde hallamos esta pregunta: “¿Quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?” (1.ª Pedro 3:13). Algunos encuentran difícil conciliar esta pregunta con la declaración de Pablo: “Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2.ª Timoteo 3:12). Huelga decir  que las dos ideas están en una hermosa y perfecta armonía. El Señor Jesús mismo, quien fue el único perfecto y constante seguidor del bien, Aquel que, desde el principio hasta el fin de su carrera aquí abajo, “anduvo haciendo bienes”, halló finalmente la cruz, la lanza y el sepulcro. El apóstol Pablo, quien, más que ningún otro hombre, siguió muy de cerca a ese gran Modelo que estaba continuamente delante de él, fue llamado a beber una copa desusadamente copiosa de privaciones y persecuciones. Y en estos días, cuanto más un santo se asemeje a Cristo y más devoto sea a Él, tanto más habrá de soportar privaciones y persecuciones. Si alguno, impulsado por una verdadera devoción a Cristo y por amor a las almas, se estableciera públicamente en un territorio católico romano, y predicara allí a Cristo, su vida se vería expuesta a un inminente peligro. ¿Acaso todos estos hechos están en oposición con la pregunta de Pedro? De ninguna manera. La tendencia directa del gobierno moral de Dios es proteger de males a todos aquellos que “siguen el bien”, e infringir castigos a todos aquellos que hacen lo contrario; pero jamás está en conflicto con la senda más elevada del discipulado ardiente, ni tampoco priva a nadie del privilegio y el honor de ser tan semejante a Cristo como se desee, “porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él [uper autou], teniendo el mismo conflicto que habéis visto en mí, y ahora oís que hay en mí” (Filipenses 1:29-30). Aquí se nos enseña que es un verdadero don que nos es conferido, el ser llamados a padecer por Cristo, y eso en medio de una escena en la cual, sobre la base del gobierno moral de Dios, puede decirse: “¿Quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?”. Reconocer el gobierno de Dios y someternos a él, es una cosa; ser seguidores o imitadores de un Cristo rechazado y crucificado, es otra totalmente distinta. Aun en esta epístola de Pedro que, como lo hemos hecho notar, tiene por tema especial la doctrina del gobierno de Dios, leemos: “Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (cap. 2:20-21). Y también: “Si alguno padece como cristiano [es decir, por ser moralmente semejante a Cristo], no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello” (cap. 4:16).

 

[11] N. del A.— Nada es más doloroso que oír a una madre decir a su hijo: «Tu padre no debe saber tal o cual cosa.» Allí donde rigen estas prácticas de actuar en secreto, o disimulación, y con doblez, debe de haber algo radicalmente malo, y es moralmente imposible lograr que prevalezca algo que se asemeje al orden piadoso o al ejercicio de una recta disciplina. O bien el padre, por una severidad desordenada o un excesivo rigor, debe de “provocar a ira a sus hijos”, o bien la madre debe de consentir la voluntad propia de su hijo a costa del carácter y de la autoridad del padre. En cualquiera de los casos, hay una positiva barrera al testimonio, que termina provocando graves daños a los hijos. Los padres cristianos deberían, pues, velar con cuidado para aparecer siempre, delante de sus hijos y de sus domésticos, en el poder de esa unidad que surge como resultado de su perfecta unión en el Señor. Y si, por desgracia, surgiese algún matiz de diferencia con respecto a tal o cual punto del gobierno doméstico, que lo conversen en privado, con oración y juicio propio, en la presencia de Dios; pero nunca sus divergencias de opinión deben quedar expuestas a la vista de aquellos que son objetos del gobierno, pues ello manifestaría una debilidad moral tal que haría que estos últimos menosprecien su gobierno.

 

 


Inicio | E-mail