UN CORAZÓN AMPLIO

EN UN CAMINO ESTRECHO

 

Christian Briem

 

 

 

 

PREFACIO

 

     El camino de la fe, en el cual los hijos de Dios deben andar según la voluntad de su Señor, está trazado en la Palabra de Dios. Es el mismo camino para todos ellos, pues no es la voluntad del Señor que los suyos, quienes en el cielo estarán unidos con él —“donde yo estoy”, como él lo dijo—, en la tierra sigan caminos diferentes.

 

     Lamentablemente, sabemos que en la realidad no es así. Opiniones personales, diferencias de interpretación de la Palabra, tradiciones humanas y muchas cuestiones de detalle han llevado a los cristianos a dividirse en una multitud de grupos. Y lo más trágico es que esos grupos son cada vez más numerosos. Si bien nuestros padres experimentaban aún la realidad de lo que cantaban («El sendero que debo seguir está distintamente trazado, es claramente visible, pues Jesús lo recorrió antes que yo»), hoy son muchos los que se preguntan angustiados dónde hallar esa claridad. Las posibilidades de adherirse a un grupo cualquiera son demasiado numerosas; muchas corrientes difieren muy poco entre ellas y están muy cerca de lo que la Palabra de Dios nos enseña. También nosotros entonamos aquel mismo cántico porque sabemos que lo que el poeta escribió es siempre cierto para nuestra fe. Pero ¿cómo podemos, con feliz comunión, seguir el mismo camino, ese camino en el cual se tiene la aprobación del Señor? La cuestión sigue planteada y, sin duda, atañe a uno de los asuntos más delicados para los hijos de Dios.

 

     Por tal motivo, el estudio que hemos podido hacer al respecto, tal como lo publicamos en esta obra, no podría ser «elemental». La situación se presenta de tal modo que no lo permite. Sin embargo, pedimos al lector deseoso de enseñanzas sencillas que siga los pensamientos expuestos consultando los versículos que se indican. Dios no dejará sin respuesta al corazón que desea ser esclarecido por su Palabra. De tal modo las líneas se definen y los contornos se despejan: todo es —y debe seguir siendo— la obra de Dios.

 

     Las discusiones sobre aspectos de doctrina a menudo desembocan en la defensa de puntos de vista particulares, cuando correspondería procurar ante todo la gloria del Señor. El autor es consciente de ese peligro; dudaron mucho tiempo antes de publicar estas páginas. No obstante, siente que hacerlo es su deber para con todos aquellos que buscan esclarecimientos y que se formulan preguntas en cuanto a temas que preocupan a hermanos y hermanas. Ayudarles es la finalidad de esta publicación, la que no debe ser considerada como una contribución a estériles discusiones.

 

     ¡Ojalá que el Señor nos guarde a todos de realizar un simple intercambio de argumentos y nos dé un corazón más sensible por lo que toca a su gloria! ¡Que él permita que esta exposición incite al lector a examinar cuidadosamente los principios de la Palabra de Dios relativos a cuestiones tan importantes, a fin de realizarlos con corazón fiel!

 

 

1. GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

    

     Deseamos tratar un tema de capital importancia en el tiempo en que vivimos, a saber: ¿Cómo, en una época caracterizada por tantas divisiones entre los hijos de Dios, pese a todo se puede proseguir con dichosa comunión un mismo camino, en el cual se tenga la aprobación de Dios? Esta pregunta se relaciona con uno de los temas más delicados entre los cristianos. En efecto, más que toda otra, ella progresivamente ha dado lugar a interpretaciones de la verdad cristiana que están en flagrante contradicción con los pensamientos de Dios. Todo hijo de Dios coincide, con mayor o menor certeza, en que los rescatados por el Señor deberían seguir el mismo camino. En todo caso, en el cielo todos serán perfectamente uno, ya que no habrá más divisiones. Pero basta echar una mirada a la cristiandad para comprobar con dolor que la unidad de los creyentes, tal como Dios la hizo en un principio, está completamente destruida a los ojos del mundo.

 

     ¿Qué conviene hacer frente a tal evolución? ¿Dios nos deja sin respuesta, sin socorro? ¡Por cierto que no! La Palabra de Dios nos proporciona respuesta para todas nuestras preguntas, comprendida la que nos ocupa. En aquélla se nos muestra un camino en el cual podemos andar, incluso en tiempos de la más grande ruina.

 

     La epístola a los Efesios no considera la ruina de la cristiandad. Más bien expone el consejo de Dios respecto de Cristo y la Asamblea, y todo ello es perfecto e impecable. Pero las exhortaciones prácticas que Dios da son valederas y aplicables en todas las épocas. Es cierto que las circunstancias han cambiado, pero los pensamientos de Dios siguen siendo los mismos.

 

     Plenamente conscientes de lo que precede, examinemos cómo Pablo introduce las exhortaciones que dirige a los efesios; ellas nos conducen directamente a nuestro tema: “Yo, pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:1-3).

 

1.1. ¿Cuál es nuestra vocación?

    

     Si debemos andar de una manera digna de la vocación con que fuimos llamados, primeramente necesitamos conocer esa vocación. Tal es el tema del segundo capítulo, al que sólo me referiré superficialmente. Pero vale la pena estudiarlo más detenidamente. Los versículos 11 a 22 nos muestran que una de las benditas consecuencias de la cruz de Cristo consiste en que “la pared intermedia de separación”, la que hasta ese momento separaba a los judíos de los gentiles, fue destruida. El señalado propósito de Dios era el de reunir a los creyentes judíos y gentiles en un solo hombre nuevo que fuera un templo santo en el Señor, una morada de Dios en el Espíritu. Ésos son los dos gloriosos lados del llamado que Dios dirigió a todos sus verdaderos hijos: ser miembros de un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo, y constituir la morada de Dios, morar allí donde él mismo mora.

 

     ¡No se puede medir lo extenso de esta bendición! Y si pensamos de dónde extrajo Dios a los objetos de tal llamado, su propósito nos resulta aun más maravilloso. Estábamos muertos para Dios, muertos en nuestros delitos y pecados, éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás (v. 1 a 3). Sólo la pura gracia podía llevar tan cerca (v. 13) a aquellos que estaban sin Cristo, sin esperanza, sin Dios en el mundo.

 

1.2. Andar de manera digna

    

     Si pensamos en esta gracia sin precedente, en ese don de Dios, ¿cuál debe ser entonces nuestro comportamiento práctico? ¡Andar con humildad, con mansedumbre, soportándonos los unos a los otros en amor! Antes de exhortarnos a guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, el Espíritu Santo nos alienta a practicar aquellas virtudes. ¡Qué poco manifestamos tales caracteres cuando justamente se trataba de hallar el verdadero camino cristiano y de andar en él! Ello sólo puede humillarnos profundamente. Sin embargo, pienso que nos sería relativamente fácil manifestar humildad, mansedumbre, longanimidad y amor si supiéramos apreciar más la gracia de Dios que no solamente nos trajo de tan lejos sino que, incluso hoy, se interesa por nosotros y nos vuelve a traer si nos extraviamos.

 

     No obstante, no puede haber ni humildad ni mansedumbre si se duda de las declaraciones de la Palabra de Dios o si no se quiere aceptar una posición conferida por Dios. Tampoco puede haber ni longanimidad ni amor si sencillamente se quiere ignorar lo que es falso o lo que está mal en un hermano. El verdadero amor cristiano siempre da a Cristo el primer lugar. Pero, si se concede a la comunión de los creyentes más alto valor que a la honra debida al Señor y a sus derechos, ella ya ha perdido su carácter propio para dar lugar, en el mejor de los casos, a un afecto natural. Y estemos atentos: la actividad de la voluntad propia del hombre nunca hace tantos estragos como en la Asamblea de Dios.

 

     Como miembros del cuerpo de Cristo, hemos sido llamados, por la gracia de Dios, a ser uno con Cristo, el jefe (la cabeza), así como con los diferentes miembros. Si deseamos andar de una manera digna de esta vocación, también es preciso que satisfagamos la siguiente exhortación práctica: ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.

    

1.3. ¿Qué significa “la unidad del Espíritu”?

    

     Por cierto que esta expresión no significa la unidad de nuestros espíritus. No son acuerdos logrados sobre la base de opiniones, de pareceres o de profesiones de fe generales los que nos abren el camino de Dios. Antes bien lo hace esta preciosa unidad producida por el Espíritu Santo, la cual, en su principio, engloba a todos los miembros del cuerpo de Cristo. La Palabra de Dios no conoce y no reconoce otra unidad. ¿Qué valor tiene cualquier otra unidad? Jamás superará lo que vale su origen humano.

 

     Guardar la unidad del Espíritu no significa hacerla, sino mantenerla. Es la realización práctica de la verdad en cuanto a que hay “un cuerpo, y un Espíritu” y, en nuestro andar de cada día, no reconocer ningún otro vínculo eclesiástico que el formado por el Espíritu de Dios; eso es guardar la unidad del Espíritu.

 

     “La unidad del Espíritu” es, pues, ese poder y ese principio fundamental que a los verdaderos creyentes les hacen capaces de seguir un camino colectivo conforme a la unidad del cuerpo de Cristo. Guardar la unidad es la realización moral de ésta; en otras palabras, es el mantenimiento de nuestras relaciones con todos los santos según el Espíritu de Dios.

 

1.4. No es la “unidad del cuerpo”

    

     Es un hecho significativo que no seamos exhortados a guardar la unidad del cuerpo. Eso equivaldría a decir que debemos andar con todo miembro del cuerpo de Cristo, independientemente de su posición eclesiástica o de su andar práctico. Incluso si nuestro hermano hiciera lo peor, no podríamos separarnos de él. Veremos que la Escritura no habla así; en realidad, guardar la unidad del Espíritu indica necesariamente la comunión con una persona divina. Si la Asamblea de Dios se hallara aún en buen estado según Sus pensamientos, prácticamente no habría diferencia alguna entre las dos expresiones: “unidad del Espíritu” y “unidad del cuerpo”.

 

     En lo tocante a ese mantenimiento de la unidad, no podemos guardar ni romper la unidad del cuerpo, pues ella es mantenida por el propio Espíritu Santo que mora en la Asamblea y une a todos los miembros del cuerpo de Cristo entre ellos y con la cabeza glorificada en el cielo. A despecho de las dolorosas faltas del hombre, esta unidad permanece porque el Espíritu Santo permanece.

 

1.5. ¿Cristo está dividido?

 

     Si el Espíritu Santo quiere producir una unidad práctica entre los creyentes, resulta sumamente claro que las actuales separaciones en el seno de la cristiandad no son según los pensamientos de Dios. Incluso están en completa contradicción con su voluntad. No es raro oír decir que en Efesios 4 se trata de una unidad invisible en Cristo, completamente compatible con la diversidad de grupos, pero que es preciso, incluso si los creyentes están separados exteriormente, guardar el espíritu de paz. Esta interpretación es doblemente falsa. Por una parte, se pone todo el acento sobre la paz, como si fuésemos exhortados a esforzarnos para guardar el vínculo de la paz. El Espíritu Santo no nos invita a guardar la paz en medio de las divisiones, sino a mantener prácticamente la unidad en la paz. Por otra parte, no podemos ni debemos guardar la unidad «invisible», la unidad absoluta. Ya hemos considerado este punto.

 

     Dos pasajes del Nuevo Testamento nos muestran claramente que Dios piensa en realidad en una unidad visible. El Señor Jesús, en su oración de Juan 17, pasando de los apóstoles a aquellos que creerían en él por medio de las palabras apostólicas, primeramente pide al Padre que ellos sean uno... “para que el mundo crea que tú me enviaste” (v. 21). Un testimonio invisible nunca podría llevar al mundo a creer. Si la unidad de los creyentes no es representada de manera que el mundo pueda observarla, entonces el testimonio del cual habla el Señor no puede ser dado.

 

     En el primer capítulo de la primera epístola a los Corintios, las divisiones entre los creyentes son muy severamente condenadas.

 

     “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo. ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (v. 10-13).

 

     ¿Qué vemos aquí? Justamente lo que caracteriza a la cristiandad: las divisiones. Es cierto que los creyentes de Corinto se reunían aún en un mismo lugar, todavía partían el pan juntos porque aún no había ruptura exterior. Consideraré más ampliamente sus divergencias en el capítulo tercero.

 

     Pero, incluso en el principio, todos esos diversos agrupamientos que vemos hoy en la cristiandad ya existían. Los creyentes se reunían alrededor de diferentes maestros, constituían ciertas «escuelas» que sostenían sus respectivas doctrinas. Los que tomaban a Cristo como jefe formaban ciertamente el grupo más peligroso, pues ponían al Señor y su doctrina en oposición con los apóstoles y su doctrina, haciéndole jefe de un partido cristiano.

 

     ¿Qué actitud adopta el apóstol ante esta evolución entre los creyentes? ¿Les dice: «Ahora os exhorto, a vosotros que habláis diferentemente, a hacerlo con amabilidad»? No, sino que les dice: “Os ruego, pues, hermanos,... que no haya entre vosotros divisiones”. Y agrega, casi con indignación: “¿Acaso está dividido Cristo?”. Estas palabras sólo pueden tener una interpretación: la separación de los cristianos en diversas escuelas o diferentes partidos, incluso con el aspecto benigno que entonces tenía, es absolutamente incompatible con la unidad de la Iglesia como cuerpo de Cristo. Reunirse alrededor de Pablo habría implicado que Pablo había sido crucificado, como propiciación por ellos, en lugar de Cristo. ¡Qué pensamiento absurdo e insoportable! Tan insoportables son también las divisiones entre hijos de Dios. No, esas divisiones nunca pudieron ni podrán ser justificadas. Y ¿quién puede, sin violentar su propia conciencia, afirmar que el estado de Corinto, desaprobado por Pablo, era falso en esa época y pretender que lo que hoy vemos a nuestro alrededor es justo? Pablo, inspirado por el Espíritu de Dios, ¿podría decir otra cosa en nuestros días? “Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales?” (3:3-4).

    

1.6. Siete caracteres de la unidad

    

     No se puede negar que Dios tiene en vista la visible presentación de la unidad y que, por consecuencia, condena las divisiones y los partidos que se forman en el seno de su pueblo. Si volvemos a la exhortación que nos ocupa: “Guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, comprobamos que nuestros esfuerzos deben apoyarse en siete unidades a las cuales, por la gracia de Dios, hemos sido llevados. Ellas forman tres esferas que es importante captar (Efesios 4:4-6), a saber:

 

1) “Un cuerpo, y un Espíritu, ... una misma esperanza”

 

     Ésta es la esfera de la verdadera comunión divina. Hay un solo cuerpo que, como ya lo hemos visto, es formado por el Espíritu Santo. Cada hijo de Dios que viva actualmente en la tierra pertenece a este cuerpo considerado bajo su estado temporal. Es también el Espíritu Santo el que mantiene “una misma esperanza de” la vocación en el corazón de los creyentes, tal como ello es desarrollado en el primer capítulo de la epístola.

 

2) “Un Señor, una fe, un bautismo”

 

     Ésta es la esfera de la confesión pública, de la profesión de fe en el cristianismo. En tanto que la primera esfera está caracterizada por la verdadera comunión en el poder del Espíritu Santo, la segunda esfera abarca toda la profesión cristiana por entero. Es la esfera del dominio de Cristo sobre la tierra; por eso está dicho: “un Señor”. Es cierto que esta esfera comprende —lo que no es el objeto de la epístola a los Efesios— a todos aquellos que, de una u otra manera, aunque más no fuera exterior, reconocen a Cristo como Señor. Puede ser por una mera profesión de fe cristiana (pues también hay profesantes que no poseen la vida). La expresión “una fe”, en contraste con el judaísmo y el paganismo, dirige la atención sobre la única fe cristiana a la que se vinculan todos aquellos que llevan la marca exterior (“un bautismo”, es decir, el bautismo de agua cristiano).

 

3) “Un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todo”

 

     Ésta es la esfera que se extiende a todo el universo. Tiene un carácter aun más general que la segunda y abarca no sólo a los cristianos, sino a todas las criaturas de un solo Dios y Padre. Dios es el “Padre”, es decir, el origen de “todos”, pues él los creó a todos. Es Aquel que “da a todos vida y aliento y todas las cosas”, “porque linaje suyo somos” (Hechos 17:25 y 28). Aquí tenemos, pues, la esfera de la creación.

 

     Pero, entonces, ¿por qué esos siete caracteres de la unidad? Manifiestamente para apuntalar la exhortación a mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. “Hay un cuerpo”: ¿ello no condena fundamentalmente toda división? “Un Espíritu”: ¿por qué, entonces, tantos pareceres diferentes en cuanto al orden, la doctrina, el buen comportamiento en la Asamblea de Dios? Hay “una misma esperanza de nuestra vocación”: pero, entonces, ¿por qué los contradictorios caminos e intenciones de aquellos que persiguen la misma meta celestial? Hay “un Señor”: entonces resulta asombroso comprobar que hay hombres que, por medio de sus propias ordenanzas, ¡hacen caso omiso de la autoridad del Señor! Hay “una fe”: ¿cómo puede ser compatible con las más variadas profesiones de fe que desgarran a la cristiandad? Hay “un bautismo”: por ello ¡cuán humillante es que aquellos que reconocieron haber sido sepultados con Cristo sean tan carnales que se dividan en grupos y partidos! Finalmente, hay “un Dios y Padre de todos”, quien, como origen de todo lo creado, es aquel que reúne todas las cosas. Quienes le conocen personalmente como su Padre en Jesucristo ¿no deberían reflejar el orden y la unidad que Dios ha instituido y no ofrecer un espectáculo de confusión y división como el que vemos en la cristiandad?

 

1.7. ¿En qué camino debemos andar?

    

     Ya que los partidos o las sectas son la formal denegación de los pensamientos de Dios en cuanto a la Asamblea, ¿qué camino le queda al creyente? ¿Tener relaciones cordiales sin ninguna reserva entre unos y otros? Por cierto que es justo alimentar sentimientos cordiales hacia otros hijos de Dios, pero eso no es todo lo que Dios nos pide. Dios no sólo condena las erróneas opiniones que se encuentran en las sectas, sino que condena también a las propias sectas. A tal convicción debemos llegar si queremos estar en comunión con Dios. Verdaderamente no podemos ni debemos ignorar los sistemas establecidos por hombres. El hecho de que existan muestra demasiado claramente que no hemos velado. Esto debe humillarnos profundamente. Como la manifestación de la unidad ha sido destruida por nuestra infidelidad, ¿somos llamados a restablecer el estado inicial? ¡De ninguna manera! El Espíritu Santo nos muestra otro camino: volver a los principios divinos sobre los cuales fue fundada la Asamblea al comienzo y sobre los cuales siempre descansa.

 

     Los motivos que causaron las divisiones al comienzo nos proporcionan la doble llave que nos permite volver a lo que era desde el comienzo. Y no hay otra.

 

     El primer paso es reconocer como único centro de nuestra reunión la persona del Señor Jesucristo. Todo otro centro de congregación debe ser puesto de lado. Hemos visto que los creyentes de Corinto se agrupaban cada vez más alrededor de ciertos hombres cuyo nombre tomaban como centro. Incluso utilizaban el nombre de Cristo como un nombre de partido. Precisamente por esa causa se originaron las divisiones en medio de ellos. Nosotros, por el contrario, debemos reunirnos únicamente en el (o al) Nombre del Señor Jesús. Él promete su presencia personal a aquellos que así se reúnen (Mateo 18:20).

 

     El segundo punto es someternos a la Palabra de Dios como único criterio para ordenar todo lo concerniente al andar colectivo y personal. Los corintios concedían gran importancia a la sabiduría humana, a la filosofía y a la elocuencia. Justamente a causa de esas tendencias se dejaron arrastrar por los disputadores de este siglo (1.ª Corintios 1:20) y consideraban completamente normal escindirse en varias «escuelas». Sin embargo, el apóstol debía mostrarles que Dios hizo de la sabiduría del mundo una locura. Lo que surge claramente de 1.ª Corintios es esto: por medio de la sabiduría del mundo no podemos comprender las cosas de Dios. El propio mundo lamentablemente proveyó la prueba de ello: crucificó al Señor Jesús, quien, sin embargo, era la sabiduría de Dios en persona. Y, cuando estaba en la tierra, los “príncipes de este siglo” no fueron capaces de reconocerla. Pero ¿qué opone nuestro Dios a la sabiduría del hombre? La “locura de la predicación”, la “palabra de la cruz”; en otros términos: su santa Palabra. La opinión y el parecer del hombre son puestos de lado para hacer lugar a la infalible Palabra de Dios.

 

     Éstos son los dos remedios por los cuales, aun hoy, podemos escapar del mal del sectarismo. Únicamente el nombre del Señor Jesucristo (el «nombre» revela a la persona que lo lleva) puede ser el centro en torno al cual nos reunimos, y sólo la Palabra de Dios debe ser el conductor que nos dirige por el poder del Espíritu Santo.

 

     No sin motivo el Señor Jesús, al mencionar precisamente esos dos puntos, da su aprobación al remanente creyente de Filadelfia: “has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (Apocalipsis 3:8).

 

     “Guardar su Palabra” no significa guardar algunos pasajes, sino supeditarse a toda la revelación de la voluntad de Dios. Todos los errores de la cristiandad provienen del hecho de haber agregado algo a la Palabra de Dios o haber quitado algo de ella. Creo que las palabras “Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas” aluden a ese peligro. Dios había confiado a cada uno de sus siervos un muy definido aspecto de la verdad. En lugar de captar que todas las cosas son de los creyentes, “sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas” (1.ª Corintios 3:22 y 23), los corintios querían, en su estrechez de espíritu y su locura, aceptar al uno y excluir al otro. Al obrar así, no rechazaban simplemente lo que Dios había confiado a los demás, sino que a sí mismos se ponían en contradicción con ellos. Ésta es la raíz de casi todos los errores doctrinales.

 

     Cuando privilegiamos una verdad de la Palabra en detrimento de otras, hasta lo que es justo en sí mismo se vuelve falso. La doctrina de las Escrituras presenta múltiples aspectos, pero resulta claro que sus diferentes enseñanzas armonizan perfectamente entre sí. Solamente en la medida en que nos sometemos a toda la Palabra de Dios, él nos guardará de deslizarnos en partidos o sectas.

 

1.8. ¿Otra secta?

    

     La exhortación a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” es completamente aplicable hoy en día; de hecho, ella nos incluye a todos. De modo especial no pensemos que es imposible, en nuestros días de ruina, adoptar un punto de vista que no sea sectario. Admitir eso significaría que Dios nos hace seguir un camino que él mismo condena como no bueno, o que nos compromete a seguirlo sabiendo de antemano que llegará un momento en el que ya no será posible andar en él. Concepciones semejantes sólo podrían deshonrarle profundamente. No, amados, el camino de la obediencia a la Palabra de Dios siempre es accesible. Este camino es el que he intentado presentar. Si no reconocemos otro centro de reunión que no sea el nombre de Cristo y nos sometemos a toda la Palabra, no cabe duda de que ello, si bien no nos llevará nuevamente al estado de la Iglesia del comienzo —cuando ella era una en la doctrina y en el andar—, volveremos a encontrar los principios divinos sobre los cuales ha sido fundada la Iglesia. De tal manera podemos guardar hoy la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Ya hemos mencionado que, para realizar eso, es necesario que nos separemos de todo lo que es contrario a los pensamientos de Dios. “Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo, y yo os recibiré” (2.ª Corintios 6:17).

 

     A menudo se les reprocha, a aquellos que desean seguir este camino, que establezcan una nueva secta al separarse de otros creyentes. Tal reproche es injusto, pues ellos no se separan de otros miembros del cuerpo de Cristo, sino que encuentran a éstos ya separados y dicen: «Estas separaciones son falsas y no podemos convalidarlas uniéndonos a uno de esos grupos». No se separan, pues, de otros creyentes, sino que rechazan los sistemas que les separan prácticamente de ellos. Sólo desean reunirse según el principio de la unidad del cuerpo de Cristo. Otros creyentes, de hecho, permanecen cautivos de diferentes sectas. Y esas divisiones no son suscitadas por quienes rechazan a los grupos sectarios sino por quienes permanecen en ellos.

 

     Cuando dos o tres se reúnen solamente conforme a la Escritura, se fundan en los principios de la Asamblea de Dios y no en las reglas de una secta. Esos principios son bastante vastos para recibir a todo miembro del cuerpo de Cristo y bastante estrechos para apartar todo lo que deshonra al Señor.

 

     Los dos o tres no son la Asamblea. Jamás pretenderían serlo. Tampoco reivindicarían el derecho a ser “el remanente”; pero, en lo tocante a su culto, a sus reuniones de edificación y de oración, se dejan conducir por los principios que Dios dio para ordenar la vida de la Asamblea cuando las cosas aún estaban en buen estado, pues los principios de Dios no podrían ser puestos de lado en un tiempo de ruina, por grande que ésta sea. Quienes se reúnen así saben eso y actúan en consecuencia; el resultado de esta actitud es que poseen todos los privilegios de la Asamblea de Dios, en particular la presencia personal del Señor Jesús. Al estar él en medio de los suyos, ellos son juzgados dignos, por gracia, de representar a su Asamblea en la tierra.

 

     ¡Ojalá que el Señor nos ayude a seguir ese camino con un estado de espíritu impregnado de paz! ¡Qué dicha que Dios nos haya trazado tal camino! Al seguirlo, estamos seguros de su presencia y de su aprobación, por sombríos y sufridos que puedan ser los días que atravesamos.

 

 

2. MAL USO DE LA LIBERTAD

    

     “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres”. Ésta es, de hecho, una posición y una vocación benditas, las que pertenecen a todos los verdaderos creyentes. No obstante, era preciso que los gálatas fueran advertidos del peligro de usar la libertad como ocasión para la carne (Gálatas 5:1 y 13). El ejemplo de los creyentes de Corinto nos enseña cuán fácilmente esta libertad cristiana puede ser mal utilizada.

    

2.1. Consideraciones para con un hermano más débil

    

     Los corintios sabían que “un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios” (1.ª Corintios 8:4). Ese punto les resultaba claro. Sin embargo, se imaginaban que este conocimiento les daba la libertad de comer de las cosas sacrificadas a los ídolos. Ya que un ídolo no es nada, ¿por qué no podían comer de la carne de los animales ofrecidos a este ídolo? ¿No se trataba de carne común como todas las demás? Incluso llegaban mucho más lejos, ya que se sentaban a la mesa en un templo de ídolos para comer de las cosas que allí se sacrificaban. ¿No tenían libertad para hacerlo, aunque no ignoraban toda la perfidia de la idolatría?

 

     Este estado de cosas ¿era verdaderamente tan sencillo? Pablo muestra que no es así. Los corintios, gracias a su conocimiento, poseían por cierto la libertad cristiana, pero hacían de ella un mal uso. En primer lugar, el apóstol les señala claramente que ellos debían tener consideración para con sus hermanos más débiles, cuyo conocimiento no había alcanzado el mismo nivel: “Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles. Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos? Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió” (1.ª Corintios 8:9-11).

 

     Este principio ¿no es hoy muy importante? ¿A veces no pensamos también nosotros que tenemos la libertad de hacer tal o cual cosa, de ir aquí o allá? Pero ¿hemos considerado atentamente que nuestro derecho puede escandalizar al débil, que nuestro uso de la libertad puede “perder” a aquel que es débil? Cristo ama a ese débil, y murió por él. ¿Lo amamos nosotros también? ¿Actuamos con amor hacia el hermano débil? ¿Hemos reflexionado al respecto? Muchas cuestiones, muchas dificultades serían resueltas si tuviéramos en cuenta aquellas exhortaciones.

 

2.2. La Mesa del Señor

    

     En 1.ª Corintios 10, el apóstol Pablo va aun más lejos y les hace recapacitar acerca de esta grave realidad, a saber, que detrás de los ídolos se ocultan los demonios. Sus palabras de advertencia son las siguientes: “Por tanto, amados míos, huid de la idolatría. Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan. Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copia del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios. ¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él?” (v. 14-22).

 

     El apóstol pone en guardia a los creyentes de Corinto contra la idolatría de la que habían participado nuevamente al hacer un mal uso de su conocimiento. Si bien hoy en día no tenemos, hablando con propiedad, nada que ver con los ídolos, las enseñanzas y los principios dados por el Espíritu Santo en ese capítulo son, pese a todo, de importancia capital tanto en nuestras relaciones con los creyentes como con el mundo religioso. En efecto; en nuestros días, verdaderos hijos de Dios podrían considerar como expresión de la libertad cristiana el hecho de correr de un lado a otro (me refiero no tanto a lugares mundanos como a sitios religiosos), para seguidamente volver a tomar su lugar a la Mesa del Señor.

 

     Pues bien, los corintios compartían por completo este parecer. Pero el apóstol rectifica esos pensamientos y enseguida se refiere a la Mesa del Señor como un principio según el cual debe ser tomada la cena del Señor. Se aparta del orden cronológico y comienza por la copa. “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?”. ¿Por qué el apóstol invierte el orden normal y nombra la copa antes que el pan, es decir, la sangre de Cristo antes que su cuerpo?

 

     Aquellos a quienes se dirigía habían sido idólatras, se habían manchado mediante la práctica del culto a los ídolos. Pero habían sido liberados de esa condición. ¿Por qué medio? Por la preciosa sangre de Cristo. Si, al beber de la copa, recordaban qué sangre les había lavado de sus pecados, si pensaban en el gran precio pagado por su salvación, ¿cómo podrían retornar a las cosas de las que habían sido liberados?

 

     Me parece que el apóstol menciona la copa en primer término para insistir en este pensamiento. Además, esta inversión de la copa y el pan nos enseña que aquí no se trata, como en el capítulo 11, de rectificar un falso comportamiento al partir el pan, sino de exponer lo que es la comunión, es decir, con qué Persona los creyentes tienen tal comunión, cuyo fundamento es la sangre de Cristo.

 

     De modo que beber de la copa no era sólo una cuestión de forma, sino la más fuerte expresión de su comunión y de su identificación con la sangre de Cristo, vale decir, con la muerte que él padeció por ellos. Si bebían al mismo tiempo “la copa de los demonios”, ¿no rebajaban la copa del Señor al nivel de un culto pagano? “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios” (v. 21). ¿Qué podía darles la copa de los demonios? ¡Nada más que el mal! Por el contrario, la copa del Señor es una copa de bendición, y hablaba de una sobreabundante medida de bendición conseguida al precio de la sangre de nuestro Redentor. ¡El Señor y los demonios! Eran totalmente opuestos; no podía haber ninguna comunión entre ellos.

 

     Además, el apóstol recuerda a los corintios que, al partir el pan, expresaban la comunión del cuerpo de Cristo, es decir, que los muchos formaban un solo cuerpo (v. 17) y así se diferenciaban, como asamblea, tanto de los judíos como de los gentiles (v. 32). ¿Cómo, pues, podían, al mismo tiempo, identificarse con los paganos y los sacrificios ofrecidos a los ídolos? Era imposible participar de la Mesa del Señor —allí donde él tiene toda autoridad— y al mismo tiempo de la mesa de los demonios, en la cual éstos decidían lo que se hacía.

 

2.3. Detrás de los ídolos: los demonios

    

     El argumento del apóstol —si podemos expresarnos así— pone en evidencia dos principios extremadamente importantes, cuya gravedad no podríamos subrayar lo suficiente. Su marginación por parte de la cristiandad ha tenido consecuencias particularmente humillantes. El primero de esos principios es el siguiente:

     Detrás de las cosas visibles se ocultan cosas invisibles: ideologías, principios, sistemas, poderes.

     Detengámonos un instante en esos diferentes puntos y, para hacerlo, volvamos al tan instructivo ejemplo de los corintios. El apóstol Pablo, naturalmente, sabía, tan bien como ellos, que los ídolos, como marionetas sin vida, no eran nada: “¿Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos?” (v. 19). Pero les esclarece acerca de los «instigadores»: detrás de los ídolos se ocultan los enemigos de Dios y de los hombres. “Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios” (v. 20). Este principio nos es confirmado por el Antiguo Testamento: “Sacrificaron a los demonios, y no a Dios; a dioses que no habían conocido, a nuevos dioses venidos de cerca, que no habían temido vuestros padres” (Deuteronomio 32:17). La adoración que correspondía únicamente a Dios, era reivindicada por los demonios. No cabe duda de que los creyentes corintios no tenían intención de rendir culto a Satanás y a sus malos espíritus caídos, así como tampoco un incrédulo piensa en servir a Satanás y, sin embargo, ¡es precisamente lo que hace!

 

     Es importante, por consiguiente, discernir, detrás de las cosas visibles, los sistemas y los poderes invisibles que los llevan y los sostienen. Incluso es indispensable en el mundo, si no se quiere ser víctima de gruesos engaños. Por ejemplo, la desobediencia civil, las demostraciones en favor de la paz, los movimientos huelguísticos y otras cosas semejantes, vistas desde fuera, pueden tener cierta apariencia de justicia, pero en realidad sólo manifiestan un espíritu de rebeldía contra la autoridad instituida por Dios. ¡Y qué decir de la educación permisiva! ¿Nos cuesta discernir detrás de ella al mismo instigador: Satanás? Los atentados y los actos de violencia que hoy sacuden a Occidente, ¿son cometidos por insensatos? No, detrás de ellos, salvo algunas excepciones, se disimulan sistemas filosóficos que tienen por objeto destruir en la tierra los gobiernos que Dios ha dado para el bien de los hombres. Menciono simplemente estos puntos para mostrar que las cosas visibles ocultan poderes invisibles.

 

     No es distinto en la esfera religiosa. Es cierto que hoy ya no tenemos mesas de demonios, pero sí enseñanzas de demonios (1.ª Timoteo 4:1). Forman parte de ellas las enseñanzas concernientes al culto de los «santos», o la misa presentada como un sacrificio, al igual que todas las doctrinas que atentan contra la verdadera divinidad, contra la verdadera humanidad del Señor Jesús o contra la obra de la redención (por ejemplo, la doctrina que niega las penas eternas). También forman parte de esas enseñanzas las revelaciones extrañas a la Biblia, la crítica de la Biblia, pero también las doctrinas que exaltan al espíritu, como es el caso del movimiento carismático. Deseamos que cada verdadero creyente esté en claro a este respecto: detrás de cada falsa doctrina y de cada falso culto se esconde Satanás y sus ángeles; su interés es atentar contra el honor del Señor y causar daño al cuerpo y al alma de los hombres. El diablo sabe a menudo mucho mejor que nosotros que la sana doctrina tiene una importancia fundamental. Por eso intenta, por todos los medios, destruirla y reemplazarla por sus propias doctrinas: las enseñanzas de demonios. Muchas cosas que en la cristiandad tienen una hermosa apariencia exterior no son de Dios, no son de Cristo. ¿De quién son, pues?

 

2.4. Participación de hecho significa comunión

    

     El segundo principio está estrechamente ligado al que acabamos de considerar:

 

     La participación de hecho (exterior) significa para Dios: comunión de corazón (interior), identificación, acuerdo.

 

     Los corintios no habían prestado atención ni habían tenido en cuenta el hecho de que detrás de los sacrificios a los ídolos se ocultaban los demonios. Cuando iban al templo y allí comían de los sacrificios, entraban directamente en contacto con los demonios; más aun, tenían comunión con los demonios, sabiéndolo o no, queriéndolo o no. El apóstol debe decir entonces, de manera perentoria: “Y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios” (v. 20).

 

     Mediante nuestra participación de hecho, expresamos (en todo caso así es cómo Dios ve la cosa) nuestra comunión con el sistema existente: se está en comunión con “el altar”.

 

     Participar de la Mesa del Señor implica también la comunión, como lo acabamos de ver. El apóstol se refiere, además, al ejemplo de los israelitas y los gentiles. “Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar?” (v. 18). Los israelitas, cuando comían de los sacrificios ofrecidos en el altar, daban testimonio de su comunión con la ordenanza israelita del culto, el culto de Jehová. Los gentiles, cuando comían de los sacrificios ofrecidos en los altares paganos, daban testimonio de su comunión con el sistema pagano del culto, es decir, el culto de los demonios.

 

     De igual forma, el cristiano expresa a la Mesa del Señor, por su participación en el solo pan, su comunión con el Señor y con los miembros del cuerpo de Cristo. Ése es, en realidad, el centro del verdadero culto cristiano, a tal punto que, cuando los creyentes no están reunidos alrededor de esta Mesa como miembros del cuerpo de Cristo, tampoco hay representación de la Asamblea de Dios en ese lugar.

 

     No obstante, hacemos notar en este contexto que el Espíritu Santo se vale de dos términos para traducir «participar» y «tener comunión». El primero (metécho = ser participante) siempre significa participar de una cosa que está fuera de mí mismo, pero en la cual entro y de la cual participo. De tal manera todos participamos de un solo y mismo pan (v. 17), de igual modo que los paganos participaban de la mesa de los demonios (v. 21).

 

     El segundo término (koinonéo) significa tomar parte juntos, tener una comunión de corazón (interior). Fuera de las expresiones “la comunión de la sangre de Cristo” y “la comunión del cuerpo de Cristo” en el versículo 16, esta importante palabra se halla, por ejemplo, en la primera epístola de Juan, capítulo1, versículo 3: “nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”.

 

     Esta expresión nos permite comprender mejor ese principio general según el cual nuestra participación de hecho en una cosa expresa identificación, comunión. Sea o no nuestra intención, Dios lo quiere así. Nos es preciso simplemente aprender a aceptar el punto de vista de Dios, si no veremos las cosas como él las ve, y las consecuencias de ello serán funestas. Nuestra participación de hecho —así sea de la Mesa del Señor o de otra mesa levantada tal vez sobre un principio de cisma o de independencia, o incluso de mala doctrina— a los ojos de Dios equivale a una identificación, a una comunión con el principio, con el sistema existente, sea bueno o sea malo. Podemos, pues —y éste es un tema muy grave y digno de la más profunda reflexión—, por nuestra participación de hecho en una cosa, ¡hallarnos en comunión con un mal que no cometemos nosotros mismos! ¿Ya hemos reflexionado al respecto?

 

     ¡Ah, que el Señor nos guarde de poner su Persona y su Mesa en relación con malos principios! Es inútil buscar excusas pretendiendo que el corazón no toma parte obligatoriamente en lo que no es más que una apariencia exterior. Nuestro Dios tiene otros pensamientos y es necesario que aprendamos a considerar las cosas como él las ve.

 

     El apóstol Juan, anciano, escribe a la señora elegida —en su segunda epístola— que, si alguno no trae la doctrina de Cristo, no lo reciba en su casa ni le salude. “Porque quien le saluda participa en sus malas obras” (v. 11 - V.M.). ¿No es notable que en ese mismo caso la palabra empleada para decir «participar» sea koinonéo? Un simple saludo (el que se usa aquí es el mismo que se emplea en Hechos 23:26, por ejemplo), pero fuera de lugar, puede conducirnos a tener comunión con malas obras.

 

     ¡Qué solemne es la voz que Juan oyó desde lo alto del cielo acerca de “Babilonia”: “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas”! (Apocalipsis 18:4). También en este versículo la palabra «participar» es la traducción del griego koinonéo. Esto nos muestra una vez más que la participación de hecho en el mal significa comunión con el mal. Por eso Dios exige que uno se limpie de lo que le es contrario. Si no queremos, a los ojos de Dios, identificarnos con el mal, es preciso separarnos de él. Eso parece duro y poco caritativo; sin embargo, el verdadero amor hacia nuestro Señor —quien nos ha unido tan estrechamente consigo mismo y los unos con los otros— y la verdadera sabiduría en el presente siglo malo nos llevarán a cuidarnos incluso de parecer que tenemos comunión con el mal.

 

     Lo que acabamos de expresar está en todo caso en absoluto contraste con los múltiples esfuerzos desplegados en la cristiandad, la que querría asociar y unir lo que es tan diferente como el fuego y el agua, o el bien y el mal. Por mi parte, yo no podría, por ejemplo, participar de una reunión de evangelización que se sostuviera sobre el principio de convenciones contrarias al Espíritu de Dios. ¿Por qué no tengo la libertad de participar de ellas? Porque no podemos tener por justo lo que es falso y aceptar como bien lo que está mal, mezclando esos diferentes elementos (Hageo 2:12 y 13). Tampoco podría asociarme al trabajo del Evangelio con aquellos que defienden esos principios, porque ellos no siguen enteramente los pensamientos de Dios. Dios no sólo tiene en vista la salvación de los pecadores, sino que también desea que su pueblo constituya en la tierra un testimonio viviente de Cristo y del solo cuerpo que es su Asamblea.

 

     Ojalá que el Señor nos ayude a mirar detrás de la fachada exterior, a reconocer los sistemas, los poderes y los principios que se disimulan detrás de las formas de manifestaciones y actividades; que él nos ayude también a separarnos de todo lo que no tenga origen en él, cumpliendo así la exhortación de Apocalipsis 18:4: ¡”para que no seáis partícipes de sus pecados”!

 

 

3. ¿LIBERTAD O INDEPENDENCIA?

    

     En lo que concierne al testimonio de la Asamblea de Dios en este mundo, vivimos, como ya lo hicimos notar, días solemnes. Dios, en su gracia y por medio de su Palabra, nos ha preparado para tales días (2.ª Timoteo 3:1); el apóstol Pablo, en su discurso de despedida en Mileto, también había puesto en guardia contra los peligros de dentro (Hechos 20:30). Pues bien; hoy nos encontramos expuestos a los mismos peligros y me parece absolutamente necesario que meditemos de nuevo acerca de esos principios de la Palabra de Dios.

 

3.1. ¿Somos un lugar cerrado?

    

     Se ha cuestionado, en estos últimos tiempos, aspectos que se refieren directamente al principio de reunión de los creyentes. ¿Es cierto que hasta aquí hemos ido demasiado lejos en nuestra separación al no partir el pan con quienes «están en comunión con nosotros a la Mesa del Señor» y, cuando se trata de visitantes ocasionales, al examinar con sumo cuidado si se cumplen las condiciones bíblicas? ¿O estaría más de acuerdo con los pensamientos de Dios que nos separáramos únicamente de los grupos en cuyo seno se tolera notoriamente el mal doctrinal o moral, mientras que, para una persona sola o para asambleas enteras habría libertad de partir el pan recíprocamente, nosotros con ellos y ellos con nosotros, puesto que el Señor está tanto en medio de ellos como en medio de nosotros? ¿Es justo que se nos haga el reproche de formar un círculo de comunión cerrado sin querer recibir a quien no responda en todo a nuestras ideas?

 

     Comencemos por este último punto. El peligro entre los hijos de Dios es, según las tendencias y el temperamento personales, ser demasiado severos, demasiado estrechos, o bien de mostrarse demasiado abiertos, demasiado tolerantes. Y, según la influencia que se ejerza, un grupo de creyentes o una asamblea local pueden ser impulsados en una u otra dirección. Por eso nos hace falta estar verdaderamente alertas contra uno u otro extremo. Ni el uno ni el otro son de Dios. Somos llamados a “guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3). Ya he intentado mostrar lo que ello significa en el andar práctico, y ahora voy a desarrollar otros aspectos. Pero una cosa es segura: si tal exhortación ocupa nuestros corazones, seremos guardados de crear «círculos». Nuestro corazón puede abarcar a todos los hijos de Dios, a toda la Asamblea de Dios (Efesios 1:15). No queremos ni podemos contentarnos con menos.

 

     La cristiandad de hoy día está caracterizada por la fragmentación en diversos agrupamientos. Incluso entre verdaderos hijos de Dios se han producido afligentes separaciones. Además de ello, nuevos grupos, en parte separados de errores groseros y que permanecen más o menos replegados sobre sí mismos, continúan formándose. En tal estado de cosas, no puede dejar de producirse que, en la práctica, un limitado número de congregaciones esté en real comunión con nosotros. No puede ser de otra manera en medio de tal confusión y de tales divisiones. Querría recordar estas cosas a todos aquellos que condenan con vehemencia el pensamiento de un medio cerrado[1]. En efecto, incluso aquellos que apoyan una más grande libertad de movimiento y están en favor de la independencia, los que de hecho rechazan el pensamiento de un medio cerrado, tarde o temprano deberán poner límites. Ellos tampoco quedarán exentos de hacerlo. Les es imposible querer y poder englobar a todos los diferentes grupos y congregaciones en la práctica de su vida colectiva. La cuestión es, por supuesto, saber dónde se colocan los límites según la Palabra de Dios. Eso es lo que vamos a considerar ahora.

 

3.2. Guardar la unidad del Espíritu

    

     “Absteneos de toda especie de mal” (1.ª Tesalonicenses 5:22) y “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19) son muy claras directivas de la Palabra, límites de suma importancia para el andar, tanto personal como colectivo. En cuanto al mal y a la iniquidad, debemos aprender a no juzgar acerca de ellos según nuestros propios sentimientos, sino según las declaraciones de la Palabra de Dios. Una de nuestras más grandes dificultades reside justamente en esta apreciación. Con el transcurso de los años nos hemos habituado a tantas cosas falsas y malas en la cristiandad que a menudo tenemos mucha dificultad para verlas como Dios las ve y a llamar mal lo que es malo a sus ojos.

 

     Consideremos, por ejemplo, las numerosas comunidades cristianas que, según el parecer de muchos, difieren muy poco de nosotros mismos[2]. Si lo miramos de más cerca, comprobaremos con bastante rapidez que, por regla general, no es tan así. No lo digo con satisfacción, sino con dolor. Tales grupos son habitualmente el fruto del trabajo de evangelistas llenos de devoción, y nos sentimos colmados de gratitud por esa obra de Dios. Sí, rogamos que él la continúe y la bendiga. Es sin duda humillante que Dios no pueda utilizarnos para ese servicio. Pero supongamos por un instante que un grupo bien definido esté en muy buen estado. Se trata de verdaderos hijos de Dios que se han separado de todas las denominaciones cristianas; están liberados de errores perniciosos que tienen curso en la cristiandad y desean reunirse con toda sencillez al nombre del Señor Jesús. ¿No podemos deducir de ello que el Señor les concede su presencia según Mateo 18:20?

 

     Es muy posible que ellos no comprendan que la base fundamental de la reunión según Dios es reconocer doctrinal y prácticamente la unidad del cuerpo; es muy posible que nunca se hayan preguntado qué es la unidad del Espíritu. Sin embargo, es el Espíritu de Dios quien les condujo a separarse. Así han respondido al pensamiento del Espíritu Santo, pues es él quien glorifica a Cristo (Juan 16:14). Pero, ya que su objetivo es glorificar a Cristo, resulta necesario que él aparte a los creyentes de todo lo que es contrario a Cristo, de todo lo que le deshonra. Ése es el primer principio que debemos tener absolutamente en cuenta.

 

     Sin embargo, hay algo esencial que cabe añadir a nuestro ejemplo. El Espíritu Santo no sólo les separa de lo que es contrario a Cristo, sino que también les une a lo que está de acuerdo con él. Al separarse de lo que el Espíritu les ha permitido reconocer como falso, esos creyentes han sido colocados en el mismo terreno de responsabilidad que aquellos a quienes el Espíritu ya ha esclarecido y que siguen ese camino porque han discernido el fundamento de la reunión según los pensamientos de Dios. No lo habían comprendido hasta ahora y el Señor estaba con ellos. Pero el Espíritu Santo quiere conducirlos al conocimiento práctico de la verdad del solo cuerpo; él, pues, tarde o temprano los pondrá en relación con aquellos que ya ocupan este lugar, sea en su ciudad o en su país.

 

     El punto decisivo, no obstante, es éste: ¿Ellos van a establecer la comunión con estos últimos reconociendo, por ejemplo, sus medidas de disciplina, o bien adoptarán el principio de reunirse entre ellos, es decir, permaneciendo independientes? Si se deciden por este camino, resultarán graves consecuencias y tal actitud será absolutamente contraria a la intención del Espíritu de Dios. Es cierto que continuarán reuniéndose, pero no lo harán según los principios divinos. En efecto, es imposible admitir que, después de haber sido esclarecido su entendimiento, según los pensamientos de Dios, se reúnan sin tener en cuenta para nada lo que el propio Espíritu produjo en otros antes que en ellos. La Palabra de Dios no reconoce ni tolera semejante independencia. Si esos cristianos, reunidos al comienzo —por el poder del Espíritu de Dios— al nombre del Señor, con toda sencillez, mantuvieran una actitud de independencia, se colocarían fuera de la unidad del Espíritu. ¡Cuán afligente es que lo que comenzó por el Espíritu termine por la carne, es decir, dé lugar a una nueva secta!

 

     A la inversa, todos aquellos que profesan estar reunidos en el terreno del solo cuerpo están obligados a reconocer con gozo que el Señor ha obrado y obra en otros creyentes. Si no lo hacen, contradicen prácticamente lo que confiesan. Este peligro existe verdaderamente. ¡Con qué facilidad nos sentimos satisfechos de nosotros mismos y de nuestra posición y miramos a los demás creyentes desde lo alto, sin inquietarnos por saber si podemos andar con ellos! ¡Dios nos guarde de tal espíritu sectario!

 

3.3. ¿Qué es una secta? [3]

    

     Muchos opinan que una secta (griego hairesis) está caracterizada principalmente por una falsa doctrina, refiriéndose al sentido de la palabra española herejía. Pero no es ése el sentido original que se halla en la Escritura, como nos lo muestra 1.ª Corintios 11. En el versículo 18 el apóstol habla de divisiones (griego schisma) entre los creyentes de Corinto; señala grupos que se han constituido entre los santos, como lo vemos en los capítulos 1 y 3. Pero, en el versículo 19, el apóstol se vale de otra palabra y dice: “Porque es preciso, sí, que bandos (o partidos de opinión) [3] haya entre vosotros, para que también los aprobados se hagan manifiestos entre vosotros” (Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español, de F. Lacueva). Secta significa en griego un grupo (o escuela) de creyentes que se han separado de otros en mayor o menor grado. Una secta está caracterizada por una escisión visible en el seno de aquellos que hasta entonces seguían el mismo camino; ella es siempre el resultado de la terquedad, y muy a menudo incluso de la terquedad de una sola persona.

 

     Es interesante, al respecto, conocer la primera acepción de la palabra griega hairesis: elección, inclinación, intención, manera de ver. Sería difícil hallar cuatro palabras más justas para describir el origen de las sectas. Uno se inclina por un pensamiento determinado (incluso puede tratarse de una importante doctrina de la sagrada Escritura); pero, al insistir excesivamente al respecto, hace de ese pensamiento, por así decirlo, su elección particular con la firme intención de defenderlo enérgicamente; al final, él influye a tal punto con su manera de ver que ya no da lugar a otras verdades igualmente importantes. Otras personas siguen la misma inclinación y entonces se agrupan en torno a un conductor. Así se produce una división interna que, si el mal no es juzgado, conduce fatalmente a una secta. A menudo se ha comprobado, desdichadamente, que por lo general malas y falsas doctrinas se manifiestan más tarde, aun si no las ha habido antes (véase 2.ª Pedro 2:1). Pero esto nada tiene que ver con el significado del término secta. De todas maneras, las sectas forman parte de las obras de la carne (Gálatas 5:20) y debemos apartarnos de ellas. Donde la carne está en actividad, ellas se multiplican rápidamente.

 

3.4. La separación

    

     Si hermanos o hermanas enseñados por Dios se separan del grupo al cual pertenecían a causa de haber reconocido los errores que reinan en él, de ninguna manera puede acusárseles de crear divisiones. Eso sería tergiversar las cosas. Ellos sólo obedecen al Señor (2.ª Timoteo 2:19), quien espera que andemos a su luz y que nos separemos de toda forma de mal y de todo principio de independencia. Si permanecieran ligados a relaciones indignas de Dios, ¿podrían ser utensilios o vasos de honra para su Amo?

 

     Es un razonamiento engañoso querer permanecer allí donde se está con el fin de ganar a otros miembros del mismo grupo, si ello fuese posible. Es claro que no se separará antes de haber dado testimonio, a los hermanos y hermanas con los cuales se ha estado reuniendo hasta entonces, de los nuevos conocimientos adquiridos, para ejercitar las conciencias de ellos. Por cierto que tal separación no tiene lugar sin grandes sufrimientos. Pero pretextar que se espera que uno u otro se decida a dar ese paso, no sólo es inútil sino antibíblico. La Palabra dice: “Tú, pues” (2.ª Timoteo 2:1). Eso basta. Dejemos que Dios disponga lo necesario para que otros tomen esa decisión. Muchos que durante años esperan decidir a otros, permanecen así donde no deberían estar.

 

     Todo ello no tiene nada que ver con una falta de amor. No olvidemos que el verdadero amor fraternal está estrechamente ligado a la obediencia. “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos” (1.ª Juan 5:2).

 

3.5. ¿Cuál es el pensamiento de Dios acerca de la independencia?

    

     Ser independiente, como muchos lo desean, y guardar la unidad del Espíritu son dos cosas absolutamente incompatibles. Dios no reconoce a asambleas independientes unas de otras. La asamblea de Dios en un lugar determinado representa a la Asamblea por entero y actúa como tal en relación con el conjunto. Las expresiones “los que están fuera” y “los que están dentro” (1.ª Corintios 5) no se relacionan solamente con la asamblea local en cuanto a la disciplina ejercida, sino con toda la Asamblea. Es inconcebible la idea de que un malvado puesto fuera de comunión en Corinto habría podido ser recibido en Éfeso.

 

     Es sorprendente, y hasta inquietante, que esas verdades elementales no sean mejor comprendidas en la práctica. Las preguntas formuladas precedentemente lo prueban. ¿Cómo podemos partir el pan con uno u otro grupo de creyentes que perseveran desde hace años en el camino de la independencia? ¿No es algo fundamentalmente malo? Desde luego que no por eso dejan de ser muy queridos hijos de Dios. Lo son y les amamos como tales con todo el corazón, pero a este respecto no guardan la unidad que el Espíritu Santo produce. Si yo partiera el pan con ellos abandonaría el principio divino de la unidad del cuerpo, me encontraría con ellos en el terreno de la independencia, y eso sería pecar. Incluso ¿estoy seguro de que el Señor está en medio de ellos? ¿Puede él legitimar con su presencia lo que es profundamente contrario a sus pensamientos?

 

     La independencia significa en la práctica que no se reconocen las decisiones de un testimonio local. Una persona sola o también grupos enteros no se sienten comprendidos por esas decisiones y reivindican para sí la libertad de tener otros pensamientos y de obrar en consecuencia. Ése es un gran error. La gestión de la asamblea de Jerusalén relatada en Hechos 15 es prueba evidente de que la Asamblea —tal como nos la muestra la Escritura— nunca tuvo un pensamiento de independencia en sus decisiones y sus actos. La coexistencia de asambleas independientes, más o menos relajadas (sueltas en libertad), es algo absolutamente extraño a la Palabra. Nosotros no deberíamos dar un solo paso en esa dirección.

 

     Suele oírse a menudo: «Pero una asamblea puede equivocarse». Es cierto, pero obrar con independencia, ignorar o incluso rechazar las decisiones de la asamblea no es el remedio. Más bien es necesario ocuparse en ejercitar la conciencia de los hermanos y hermanas de ese lugar. Y tales cuidados pastorales —digámoslo claramente— deberían ser aceptados por la asamblea involucrada como provenientes de Dios mismo. Si no, es preciso esperar que el Señor intervenga disciplinariamente para confusión de toda la Asamblea. ¿Hemos reflexionado en que si decimos: «No acepto esta decisión», ello no es más que impugnar que esta asamblea sea una expresión de la Asamblea de Dios y que el Señor esté en medio de ella? La única legitimación de sus actos reside en la autoridad del Señor que mora en medio de ella. ¡Qué deshonra sería para el Señor si dos asambleas, por ejemplo, tomaran respecto de un mismo asunto decisiones opuestas y las asociaran al Nombre del Señor!

 

     Supongamos el muy grave caso de una asamblea que obra falsamente y hace oídos sordos a todas las advertencias. Las asambleas vecinas estarán obligadas a quitarle su aprobación. Pero eso no puede ser de injerencia de una sola persona o de un grupo de fuera. Por regla general, no le corresponde a una asamblea juzgar las decisiones de otra. Eso sería entonces negar la unidad del Espíritu y constituiría independencia. Lo que a menudo nos falta es saber lo que verdaderamente es una asamblea de Dios en un lugar: ella es una expresión local de la Asamblea de Dios por entero, caracterizada por la presencia del Señor Jesús en medio de ella y por el Espíritu Santo que mora en ella con plena libertad de acción. La Asamblea de Dios no es de ningún modo un sistema de asambleas independientes entre sí, ni un sistema de agrupamientos asociados. Tampoco es un sistema provisto de una dirección central humana.

 

     Los grupos independientes de cristianos, tarde o temprano adoptan tendencias «tolerantes» (relajadas, sueltas en libertad); es casi una «ley natural». No puede ser de otra manera si no se acepta el terreno bíblico de la unidad del cuerpo. De ello resulta que ya no se tiene en cuenta la doctrina bíblica en lo referente al ejercicio de la comunión, que uno se contamine a sí mismo estando en relación con un mal, colaborando con él e incluso partiendo el pan con aquellos que han sido puestos fuera de comunión. Tal comportamiento sólo puede afligirnos, porque amamos a esos hermanos y hermanas en el Señor y no deseamos más que su bien. Lamentablemente no podemos seguir el mismo camino.

 

     Es preciso que seamos extremadamente vigilantes acerca de lo que oímos hoy en día, a saber, que hermanos que hasta el presente han seguido el mismo camino que nosotros, lo consideran ahora como demasiado estrecho y reclaman y practican más liberalidad en los contactos con los grupos descriptos precedentemente. Por cierto que no tenemos razón alguna para elevarnos, de la manera que sea, por encima de otros hijos de Dios; todo lo contrario, tal como ya lo señalé. Pero lo que se propaga como libertad cristiana y amor, no es, en realidad, otra cosa que independencia.

 

     Sin ninguna duda debemos guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, y deseamos consagrarnos a ello; pero, si los principios fundamentales de la Palabra de Dios fueran hechos a un lado, nos sería necesario tomar posición clara y resueltamente. Si renunciáramos a la separación tal como nos es enseñada por la Palabra, vendríamos a ser un grupo de cristianos entre muchos otros. Entonces yo no sabría verdaderamente dónde hallar el testimonio del solo cuerpo. Considerémoslo cuidadosamente: si aceptáramos el principio de la independencia de las asambleas, perderíamos nuestro testimonio de la unidad del cuerpo de Cristo.

 

     Nadie nos reproche que somos orgullosos o presumidos. De ninguna manera se trata de nosotros, ni de nuestra honra, ni de nuestra posición, ni de nuestro saber, ni de nuestra opinión o de cualquier otra cosa, sino únicamente de la gloria del Señor. Él es la Cabeza del cuerpo, de la Asamblea, y nosotros debemos asirnos firmemente de ella (Colosenses 2:19). Pero, si Dios nos ha confiado el testimonio de Cristo y de su Asamblea, ¿deberíamos abandonarlo, bajo la actual influencia de aquellos que predican la libertad? ¡Jamás! Al contrario, deseamos seguir el camino de la unidad del Espíritu con los que de corazón limpio (o puro) invocan al Señor (2.ª Timoteo 2:22). Es un camino dichoso, en el cual tenemos la aprobación de Aquel que murió para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (Juan 11:52). Ese camino es —repitámoslo— suficientemente estrecho en sus principios para rechazar todo mal y suficientemente amplio para abarcar a todos los hijos de Dios. El Señor no reconoce ningún otro camino, y ésa es la razón por la cual queremos seguirlo hasta que él venga. ¡Quiera Dios ayudarnos!

 

Christian Briem

 

 

(Derechos reservados, Ediciones Bíblicas, la obra impresa puede solicitarse a Ediciones bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza) 

 


NOTAS

 

[1] N. del A.— La Asamblea de Dios en un lugar está compuesta por todos los hijos de Dios de tal localidad, pero el Señor reconoce, como expresión de su Asamblea, a los dos o tres que se congregan en Su nombre. El hecho de que el Señor no sólo reconozca a los dos o tres de ese lugar, sino también a los de los lugares más diversos de la tierra, les coloca en un terreno de responsabilidad común y de privilegios comunes, en el cual las decisiones de asambleas —tales como admisión y disciplina— son recíprocamente reconocidas y en cuyo terreno nada impide el libre ejercicio de la comunión cristiana. Tal esfera de comunión no tiene nada de sectario. Por el contrario, negarla bajo pretexto de evitar las tendencias sectarias conduce infaliblemente a la independencia notoria.

 

[2] N. del A.—  El lector sabrá excusar las expresiones «nosotros» y «de nosotros» que empleo para mayor simplicidad. Ellas sirven para describir a quienes desean guardar la unidad del Espíritu y reunirse según el principio de la unidad del solo cuerpo.

 

[3] N. del T.— Otras versiones consignan “facciones” y “sectas”. Se utilizará esta última palabra para ser consecuente con el pensamiento del autor. Para un tratamiento detallado de la expresión “secta”, véase el estudio de J. N. Darby: QUÉ ES UNA SECTA, en contraste con el Cuerpo de Cristo  J. N. Darby      

 


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