|
EL HADES Y EL CASTIGO ETERNO A. J. Pollock |
Prefacio
Todo el mundo admite el carácter
extraordinario de los tiempos en que vivimos. Cosas nunca puestas en tela de juicio
algunos años antes, son ahora abiertamente escarnecidas. Verdades que una vez
fueron reverenciadas son livianamente rechazadas por muchos.
Se habla mucho en estos días de pensadores,
pero en realidad hay muy poca profundidad de pensamiento en la mayoría de las
personas. La gente generalmente cree lo que les agrada, rechazando aquello que
les es desagradable. La incredulidad está de moda. Ha llegado al púlpito y ha
invadido la congregación; se ha introducido en la cátedra teológica, y aún en la pedagogía. Esta
siembra de duda e incredulidad está produciendo una terrible cosecha de
descreimiento, licencia y maldad.
Vivimos en un día en que todas las
cosas tienen que comprobarse. O somos barridos por la avalancha de la
incredulidad religiosa o prevalecemos contra ella. Nuestra creencia debe estar
basada en la Palabra de Dios y no depender de lo que el Papa o el Cardenal, el
obispo o el sacerdote, el ministro o pastor, este maestro cristiano o aquel
hermano destacado pueda decir, aunque debemos esperar ayuda por medio de los
dones dados por el Señor glorificado a su Iglesia. Todo esto, si resistimos la
prueba, robustece nuestra convicción, nuestra fibra moral y nuestro vigor
espiritual.
La masa inconsciente corre
velozmente a los brazos de la abierta apostasía. Gracias a Dios por aquellos
que, viendo la plaga creciente de la Alta Crítica y el Modernismo, afincan más
las raíces de su fe en la Palabra de Dios y encuentran en ella la estabilidad y
el consuelo que necesitan.
Escribimos esta líneas con el fin
ayudar a los investigadores honrados, a los jóvenes, y aquellos que no están
bien afincados, quienes sienten intensamente la crisis de los tiempos: los
claudicantes quienes descubren la
deficiencia de su conocimiento sobre estas materias. Debemos remitirnos a las
Escrituras en todo. Acudiremos a ella sin perjuicio, y por la gracia de Dios
nos sujetaremos a su enseñanza.
En todas las solemnes cuestiones
que se susciten, sólo podemos leal y reverentemente reproducir las palabras de Abraham,
“El juez de toda la tierra, ¿no ha
de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).
No nos sorprende el estado de cosas
que nos rodea. Las Escrituras nos dicen de “el misterio de iniquidad” el cual
estaba ya obrando hace cerca de dos mil años. La Palabra de Dios se está
cumpliendo al pie de la letra ante nuestra vista. Las señales de la inminencia
de la venida del Señor son tan abundantes que podemos decir con toda seguridad
que estamos en los postreros días.
Que las páginas que siguen sean de
gran bendición para muchos lectores es la ferviente oración del autor.
El
HADES Y EL CASTIGO ETERNO
¿Cómo sabemos que hay un cielo?
Nuestra única fuente de información es la Biblia. No podemos lógicamente recibir
la revelación de que existe el cielo sin recibir todo lo que la Biblia enseña,
y la Biblia de igual manera y muy claramente nos dice que hay un infierno.
Nuestra
creencia en el uno se afinca precisamente en el mismo terreno de nuestra
creencia en el otro.
No podemos ser consistentes en
creer que hay un cielo y rehusar creer que hay un infierno. Tenemos que creer
en ambos o rechazar a ambos. “A la ley y a los profetas,” entonces. Dejad que
las Escrituras hablen por sí mismas.
Para despejar el terreno será
necesario examinar cuidadosamente punto por punto las Escrituras referentes a
esta materia. Al empezar podemos decir que las referencias al hebreo y al
griego [1] con frecuencia denuncian
una crasa ignorancia de, y un ataque malicioso a la Palabra de Dios. Por
ejemplo oímos al finado “Pastor” Russell [2] (el fundador de los
llamados «Testigos de Jehová») decirle a una audiencia de cerca de mil personas
que sheol quiere decir sepulcro. Pero no significa tal cosa, y
con todo eso cientos de personas insensatas creyeron su aseveración por ser
agradable al paladar de ellas. Uno de los oyentes, un hombre completamente
mundano, exclamó con deleite, que el liberalmente contribuiría al sostenimiento
financiero de la causa, porque daba una sensación de comodidad el pensar que no
existe el infierno.
El finado W. E. Gladstone, al
comentar la negación del castigo eterno, dijo: «¿Qué es esto sino mutilar todas
las sanciones de la religión y dar a la maldad de suyo desenfrenada una nueva
amplitud de licencia?»
El mejor comienzo que podríamos dar
a nuestro examen sería la consideración del significado de la palabra sheol.
Hay dos palabras traducidas muchas veces con el significado de “sepulcro” en el
Antiguo Testamento.
1.
Qeber ― sepulcro, sepultura, a saber, un sitio.
2.
Sheol ― el estado de las almas desincorporadas, a
saber, una condición.
Qeber es siempre justamente
traducida sepulcro, o lugar de enterramiento.
Sheol nunca se traduce justamente sepulcro.
Qeber
Qeber es traducido sepulcro 51 veces y
sepultura 15 veces; en efecto, siempre es traducido por la palabra sepulcro o
sus equivalentes. Viendo que el hombre desde el principio había estado
familiarizado con el sepulcro, las referencias a éste no presentarían ninguna
dificultad al traductor. Qeber significa el sepulcro y nada más que el
sepulcro. Esto es indisputable.
Sheol
Sheol es traducido infierno 11 veces; el
profundo 4 veces; abismo 3 veces; fosa 2 veces; huesa 2 veces; sepulcro 31
veces; y sepultura 12 veces. En el caso de qeber los traductores siempre
nos dan la misma palabra o sus
equivalentes. ¿Por qué no hacen lo mismo con sheol? Lo traducen infierno
11 veces y sepulcro o sepultura 43 veces. A la faz de esto no puede traducirse
por dos palabras tan disímiles en su significado. Si el sepulcro
significa el sitio de enterramiento
de los cuerpos despojados de sus almas, y el sheol la condición de las almas sin sus cuerpos;
no son más indistintas que si la misma palabra fuese traducida Londres y
locura. Londres es un sitio. Locura
es una condición.
Al citar las Escrituras sobre este
importante punto, hallaremos en cada caso que con la palabra queber está asociada la idea de localidad y nunca la idea de condición, y con la palabra sheol
siempre va asociada la idea de condición
y nunca la de localidad.
Qeber se encuentra en plural
27 veces.
Sheol nunca se encuentra en
plural.
El enterramiento de quinientos
cuerpos en un cementerio significa muchos
sepulcros.
La entrada de quinientas almas
desincorporadas en la eternidad significa una
sola condición.
Qeber se refiere al qeber
o sepulcro exclusivo de un
individuo.
Nunca se habla de sheol como
el sheol exclusivo de ningún individuo. Es claro entonces que una condición, a saber, la de ser
desincorporado, es común a todos los que han muerto. Para ilustrar esto
aducimos los siguientes pasajes de las Escrituras.
Qeber es referida como “mi
sepulcro” (Génesis
50:5), “sepulcro de Abner”
(2 Sam. 3:32); “su sepulcro”
(1.º Reyes 13:30); “tus sepulcros”
(2.º Crónicas 34:28); “sus sepulcros” (Jeremías 8:1) etc., etc.
Sheol es traducido
erróneamente por sepulcro o sepultura 43 veces, pero en cada caso
sin excepción es traducido “el sepulcro”.
Nunca es traducido “mi sepulcro”, “su sepulcro”, etc., etc. Ahora bien, si sheol
hubiese significado sepulcro, hubiese poseído al igual que qeber estas
distintas variaciones, pero no lo significa. Sheol NO significa sepulcro
pero se traduce así erróneamente.
Qeber lleva asignada posición
geográfica. “Heredad de sepultura de
Perón el Hetheo, delante de Mamre.” (Génesis 50:13); “¿No había sepulcros en Egipto?”
(Ex. 14:11); “En Sela en el
sepulcro de Cis” (2.ª Samuel 21:14); “la ciudad de los sepulcros de mis padres” (Neh.
2:5); “Yo daré a Gog lugar para
sepultura allí en Israel” (Ezequiel 39:11)
Sheol no tiene asignada a él
posición geográfica alguna. Una condición no tiene geografía.
Se habla de qeber en
relación con la entrada del cuerpo en
él. “Y puso su cuerpo en el
sepulcro” (1.º Reyes 13:30); “arrojaron
al hombre (esto es, su cuerpo muerto) en el sepulcro de Eliseo” (2 Reyes 13:21); “los matados que yacen en el sepulcro” (Salmos
88:5); “echó su cuerpo en los
sepulcros del vulgo” (Jeremías 26:23)
No se habla del sheol
nunca en relación con el cuerpo. La razón es obvia. No tiene relación con éste.
Sólo tiene que ver con el alma.
Qeber tiene relación con una
posesión en esta tierra, exactamente igual que podemos poseer una casa o una
finca. “Heredad de sepultura”
(Génesis 23:4); “posesión de
sepultura” (Génesis 23:9, 20).
Nunca se habla de sheol en
esta relación. No podemos poseer una condición.
No podemos tener título de propiedad para una condición.
Qeber puede ser cavado o
hecho. “En mi sepulcro que yo cavé para
mí” (Génesis 50:5); “Haréla tu sepultura.” (Nahúm 1:14).
Nunca se dice que sheol
sea cavado o hecho.
Una aparente
excepción
a lo arriba expresado sirve para enfatizar
la verdad de los que se ha demostrado. En relación con la rebelión de Coré,
Dathan y Abiram leemos:
“Mas si Jehová
hiciere una nueva cosa, y la tierra abriera su boca, y los tragare con todas
sus cosas, y descendieren vivos al
abismo (sheol), entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová.”
(Números 16:30)
La cosa nueva a que se hace referencia es muy obvia. Los cuerpos de los
rebeldes hallaron enterramiento abriendo su boca la tierra y tragándolos. Pero
podría argüirse que ellos descendieron
vivos al abismo, lenguaje que parece
aplicarse al “sepulcro”.
Un poco más adelante nos referimos
a la palabra “descender” en relación con esto, y en cuanto a la palabra “a”
podríamos hablar de un individuo yendo a
la muerte aunque nunca descienda al sepulcro. En el momento en que uno muere
está en la condición de muerte, aunque el cuerpo ha tenido generalmente que
esperar varias horas o días antes de ser colocado en el sepulcro. Entonces “en”
o “a” pueden aplicarse a una condición igualmente que a una
localidad.
Hasta ahora hemos estado
considerando a sheol en una relación que no tiene, esto es, que
no se refiere al sepulcro. En otras palabras hemos estado considerándolo desde
el punto de vista negativo, de lo que no es. Ahora vamos a examinar las
Escrituras en cuanto al punto de vista positivo en que se encuentra la palabra sheol.
Sheol para el impío está
conectado con dolor y pena. “Porque
fuego se encenderá en mi furor, y arderá hasta el profundo (Sheol)” (Deut. 32:22); “Me rodearon los dolores del infierno (sheol)” (2.º Samuel 22:6); “Me encontraron las angustias del sepulcro (sheol)”
(Salmos 116:3).
Qeber nunca está conectado
con juicio o pena. El cuerpo en el sepulcro está inconsciente y no puede sentir
dolor o experimentar pena. Una entidad consciente, como el alma en la condición
de sheol, puede experimentar
estas cosas.
Sheol siempre está conectado
con el alma, nunca con el cuerpo. “Porque
no dejarás mi alma en el sepulcro (sheol)” (Salmos 16:10). “Has librado mí alma del hoyo profundo
(sheol)” (Salmos 86:13)
Qeber nunca se relaciona con
el alma, sino siempre con el cuerpo, como ya hemos visto.
Sheol está conectado con la
angustia tal como se evidencia por el clamor en voz alta: “Del vientre del
sepulcro (sheol) clamé, y mi voz oíste” (Jonás 2:3)
Qeber no se relaciona en
manera alguna con clamor angustioso. Un
cuerpo muerto no puede clamar o experimentar angustia.
Sheol se asocia con el
pensamiento de descender. “Yo tengo de
descender a mi hijo enlutado hasta la sepultura (sheol) (Génesis
37:35). Este mismo pensamiento está expresado en otros varios pasajes.
Evidentemente el pensamiento de descender es un
reconocimiento del juicio de Dios en la muerte. Estas cosas fueron obscuramente
conocidas en los tiempos del Antiguo Testamento. Pero que no puede significar
aquí el sepulcro se evidencia del hecho de que pasaje que acaba de citarse,
Jacob creyendo que su hijo José estaba muerto, y engañado por la apariencia de
la ropa de colores de su hijo empapada en sangre, exclamó: “José ha sido
despedazado.” Por tanto él no tenía la más mínima esperanza de que su propio
cuerpo (el de Jacob) fuese puesto en el sepulcro de su hijo cuando él no creía
que este existiera en absoluto.
El mismo pensamiento está envuelto
cuando Samuel dijo a Saúl: “Mañana
seréis conmigo tú y tus hijos” (1 Sam. 28:19). Eso no podía significar el
sepulcro, porque Samuel sabía que los guerreros matados sobre el campo de
batalla generalmente no son enterrados el mismo día, si es que son enterrados.
En cuanto al cuerpo de Saúl, los filisteos no lo hallaron hasta el día después
de su muerte, o sea dos días después de su entrevista con Samuel. Cercenaron su
cabeza y la enviaron por la tierra de ellos en exhibición colgando su cuerpo en
el muro de Beth-san. Debe haber transcurrido algún tiempo antes que los
moradores de Jabes de Galaad tuvieron noticias de esto. Viajaron toda la noche,
obtuvieron los cuerpos de Saúl y el de sus hijos, regresaron con ellos a Jabes
y quemároslos allí.
Más aún, Samuel fue enterrado en
Rama, y los restos de Saúl y sus hijos fueron enterrados en Jabes de Galaad.
Por los tanto está claro que Samuel no quiso decir “el sepulcro” cuando dijo, “Mañana seréis conmigo, tú y tus hijos.”
¡Cuán claro está que Samuel
reconoció que el alma sobrevive después de la muerte y conocía el verdadero
significado de sheol! El lo sabía por su propia experiencia, sabía que
lo sería también en la experiencia de Saúl, como en la de todos los que mueren.
Qeber nunca se asocia en las
Escrituras con el pensamiento de descender.
Desde luego, como cuestión de hecho, los cuerpos muertos descienden al
sepulcro. De aquí que sea más significativo el que las Escrituras nunca usan la
expresión con respecto a qeber, sino que la usa en relación con sheol,
implicando muy seguramente una idea moral
respecto a una condición.
Sheol está asociado con el
pensamiento de deseo, etc. “Ensanchó
como el infierno (sheol) su alma.” (Hab. 2:5).
Qeber no conlleva tal idea,
mas podría argüirse, ¿no dice, “en el
sepulcro (sheol) a donde tú vas, no hay obra, ni industria ni ciencia,
ni sabiduría?” (Eclesiastés 9:10) Sí, pero esto no es revelación, sino los anales inspirados del resumen que hizo
Salomón de su conocimiento de las
cosas debajo del sol. Salomón contempla las cosas según ellas
afecta su obra y conocimiento y sabiduría en conexión con los asuntos de esta
vida, y tales cosas no van más allá de esta vida en la experiencia de personas
vivas en la tierra.
En el Nuevo Testamento
Vayamos ahora al Nuevo Testamento y
sigamos los equivalentes de qeber
y sheol allí y encontramos
que las mismas reglas se aplican exactamente a ellos.
MNEMEION (griego) = QEBER
(hebreo), sepulcro sepultura, una localidad.
HADES (griego) = SHEOL (hebreo), el estado de las almas
Desincorporadas, a saber, una condición.
En el Nuevo Testamento como en el
Antiguo no existe dificultad alguna en cuanto a la palabra sepulcro. Veamos primero el equivalente griego en la Septuaginta
para la palabra hebrea sheol.
La Septuaginta es el nombre de la
traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego ejecutada por los judíos
en Alejandría y así llamada porque se dice ser
la obra de setenta traductores, empleados por Tolomeo Filadelfo, Rey de
Egipto, alrededor del año 280 A.C.
De las sesenta y cinco veces en las
cuales la palabra sheol ocurre en hebreo, la Septuaginta la traduce hades en todas con
excepción de cuatro ocasiones. Dos veces es traducida THANATOS, que es la palabra griega para
muerte; y dos veces está sin equivalentes.
Ni una sola vez la traducen sepulcro.
¿No prueba esto que ellos tenían una idea mucho más clara del significado de la
palabra sheol que nuestros traductores, quienes erróneamente la tradujeron
sepulcro o sepultura 43 veces y que a pesar de no tener plural o localidad y el
hecho de que la habían traducido once veces por otra palabra totalmente diferente, o sea, infierno?
Pero esta es cuestión de traducción
de más o menos peso. Vengamos al Nuevo Testamento. Las Escrituras mismas
deciden la cuestión con toda autoridad
para nosotros. Compárese el siguiente pasaje del Antiguo Testamento con la cita
del Nuevo:
“Porque no dejarás
mi alma en el sepulcro (SHEOL); ni permitirás que tu Santo vea corrupción”
(Salmo 16:10).
“Que no dejarás mi
alma en el infierno (HADES), ni darás a tu Santo que vea corrupción.” (Hechos
2:27)
Esto pone la cuestión fuera de
disputa. Las Escrituras mismas dirimen el punto para nosotros. Antes de seguir adelante,
debemos hacer aclaraciones a fin de que el lector no espere ayuda de otra
fuente.
No hay revelación del estado
invisible en el Antiguo Testamento según de halla en el Nuevo. “La vida y la
inmortalidad (literalmente, la incorrupción) son traídas a la luz por el Evangelio” (2.ª Timoteo 1:10). Llego el tiempo
para Dios hacer una revelación mayor sobre esta solemne cuestión, como
resultado de la muerte de su bendito Hijo, la cual cumplió todas sus justas
demandas, y colocó al hombre bajo una más profunda responsabilidad que
antes.
No es que el Antiguo Testamento no
sea plenamente inspirado por Dios como el Nuevo. El Antiguo es de IGUAL
INSPIRACIÓN Y AUTORIDAD que el
Nuevo pero Dios le plugo hacer una mayor revelación de estas cuestiones en
el Nuevo. Decididamente no es una cuestión de evolución sino de revelación.
El lector debe ser advertido de que
debe de tratar con sospecha aquellos autores quienes, mientras presentan un
gran cúmulo de textos del Antiguo Testamento sacados principalmente de Job y
Eclesiastés, dejan de aducir igual prueba sacada del Nuevo. El hallará que
tales autores tratan la revelación parcial que Dios en su infinita sabiduría ha
dado en el Antiguo Testamento, como la
última palabra sobre este asunto. De igual manera confunden el relato inspirado con la revelación, mientras ignoran la más
plena revelación del Nuevo Testamento.
El libro de Eclesiastés es muy
citado por escritores de dudosa autoridad. Por ejemplo, cuán frecuentemente se
cita el siguiente pasaje para probar que el alma duerme inconsciente:
“Porque los que
viven saben que han de morir; mas los muertos nada saben, no tienen más paga;
porque su memoria es puesta en olvido” (Eclesiastés 9:5).
Pero el siguiente versículo el cual
explica el punto de vista del autor así como de todo el libro generalmente no
es citado:
“También su amor,
y su odio y su envidia, feneció ya; ni tiene más parte en el siglo, en todo lo
que hace DEBAJO DEL SOL” (Eclesiastés 9:6).
El autor habla aquí de lo que está “debajo
del sol”. Hasta donde él sabe, los muertos no saben nada de lo que los
hubiese interesado en esta vida.
El libro de Eclesiastés es
profundamente interesante y útil pero no debemos acercarnos a él esperando recibir revelación divina sino como relato inspirado del resumen
hecho por la sabiduría humana de los problemas de la vida y de la muerte,
mientras aquí y allá Salomón demuestra poseer un vislumbre del más allá, dádole
por Dios, desde luego.
A un mismo tiempo él fue el más
sabio y el más rico de los hombres. Tuvo las mayores oportunidades de
satisfacerse a sí mismo, guiado por un máximo de sabiduría humana. Con todo eso
hizo de su vida una desgracia, y se destaca como una prueba de que el hombre
debe ser controlado por el Espíritu de Dios para que sea recto en su espíritu
en relación con Dios y la eternidad.
Su libro es el lamento
maravillosamente precoz de in hombre decepcionado, pues empieza diciendo:
“Vanidad de
Vanidades, dijo el Predicador: vanidad de vanidades, todo vanidad” (Eclesiastés
1:2).
Repetimos que el libro de
Eclesiastés no constituye una revelación
divina sino que es el relato divinamente inspirado de las dudas y
desalientos humanos. Es evidente que Salomón mismo contradice la
interpretación dada de Eclesiastés 9:5 de que el alma duerme, pues él dice:
“Y el polvo se
torne a la tierra, como era, y el espíritu se vuelve a Dios que lo dio”
(Eclesiastés 12:7).
¿Es demasiado decir que Salomón
hace diferencia entre el cuerpo inconsciente en el sepulcro y el espíritu
consciente en el sheol o el hades? No lo creemos.
Examine cualquiera
desapasionadamente las teorías de sistemas anticristianos como los Testigos de
Jehová, el Adventismo del Séptimo Día, la Ciencia Cristiana y otros por el
estilo, y hallará que siempre se remiten en apoyo de sus especulaciones
principalmente al Antiguo Testamento, siendo los libros de Eclesiastés y Job
ampliamente citados al propósito, y muy mal interpretados por ellos.
El siguiente comentario del finado
F. W. Grant en su obra monumental titulada «Facts and Theories as
to the Future State» (Hechos y Teorías en
cuanto al Estado Futuro) ilustra muy bien esta tendencia. Dice
él, comentado a cierto autor, en las páginas 124 y 125 de la ameritada obra:
«De más de
cincuenta pasajes citados, nueve pertenecen al Nuevo testamento y cuarenta y
siete al Antiguo mientras que de los pasajes que él cree que podían aducirse en
contra de sus puntos de vista (aunque escasos en número) nueve de cada diez son
del Nuevo Testamento. No parece esto realmente una disputa entre el antiguo
Testamento y el Nuevo Testamento. No es eso, pero aun así hay algo que estas
citas nos cuentan, la moraleja de lo cual se hallará en 2.ª Timoteo 1:10, donde
el apóstol nos dice que Cristo ‘quitó
la muerte, y sacó a la luz la vida y la incorrupción (no la
inmortalidad) por el Evangelio.
Esto demuestra que
estos autores están buscando luz a tientas en medio de las sombras de una
dispensación que en lo que a esta cuestión se refiere todavía nos deja
comparativamente en tinieblas. Ellos miran
a la muerte según ésta existía antes de que Cristo anulara su poder sobre el
creyente.
Miran a la vida
como si esta no hubiese sido traída a la luz aún. No es extraño que tropiecen
en los obstáculos que ellos mismos se han puesto.»
Y yo me temo que en tales casos
ellos no desean recibir luz sino imponer a sus lectores sus propias oscuras
teorías.
Apartándonos de esta digresión
necesaria. Hemos visto que sheol (hebreo) y hades (griego) son
términos sinónimos. Consideremos ahora el testimonio de las Escrituras en
cuanto al hades.
En el Nuevo Testamento hades es
traducido infierno diez veces y sepulcro una vez. El pasaje donde es traducido
sepulcro es:
“¿Dónde está, oh
muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1.ª Corintios 15:55).
¿Por qué los traductores la
traducen diez veces infierno y hacen una sola excepción? no se explica.
Probablemente fueron influenciados en esto por un motivo de elegancia en el
lenguaje.
Hallaremos ahora que la misma
comparación que existe entre qeber
(hebreo sepulcro) y sheol (hebreo, condición del alma desincorporada) existe entre mnemeion, (griego, sepulcro) y hades
(griego, condición del alma
desincorporada).
Mnemeion se encuentra en plural
diez veces.
Hades nunca se encuentra en
plural.
Mnemeion es mencionado como la
posesión exclusiva de un individuo.
Hades nunca es mencionado en
este sentido.
Mnemeion es mencionado como el “sepulcro nuevo” (propiedad de José
de Arimatea) Mateo 27:60). “Lo
pusieron en un sepulcro” (Marcos 6:29). “Los sepulcros de los profetas” (Lucas 11:47).
Nunca se usa tal lenguaje en
relación con hades. El hades
es invocado, como hemos visto: “¿Dónde, oh sepulcro (hades), tu victoria?” Pero
nunca es traducido como un sepulcro,
su sepulcro, etc.
Mnemeion tiene una posición
geográfica. “Y salidos de los
sepulcros, después de su resurrección, vinieron a la santa ciudad.”
(Mateo 27:35), demostrando que los sepulcros estaban en las inmediaciones de
Jerusalén. “En la huerta un sepulcro
nuevo.” (Juan 19:41)
Hades no tiene una posición
geográfica.
Mnemeion es mencionado en
relación con la entrada del cuerpo en él. “Vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.” (Lucas
23:55)
Hades nunca se menciona en
relación con el cuerpo, por la razón obvia de que no tiene relación con éste.
Una aparente excepción
de esto parece serlo el hecho de
que se dice que el rico estaba en el
hades alzó sus ojos. Pero el
lenguaje es simbólico y va dirigido a expresar la idea de que el alma está
consciente después de la muerte, y puede apercibirse de lo que le rodea. La
Biblia abunda en estos simbolismos. Por ejemplo, Dios es un Espíritu y por lo
tanto incorpóreo. Con todo eso, leemos acerca de “sus espaldas,” su rostro, sus
ojos, sus narices, sus pies, sus manos, etc., etc., todo esto dirigido a
expresar pensamientos definidos en lenguaje simbólico. Por ejemplo: “Los ojos de Jehová están sobre los
justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos.” (Salmo 34:14)
Mnemeion es mencionado como una
posesión en esta tierra, del mismo modo que podemos poseer una casa o una
finca. “Y lo puso en su sepulcro
nuevo” (Mateo 27:60). Hades nunca es mencionado en este sentido.
Mnemeion puede ser cavado o
hecho. “Y lo puso en su sepulcro nuevo,
que había labrado en la peña.” (Mateo 27: 60).
Hades nunca es mencionado en
este sentido.
Desde luego podríamos aportar más
textos probatorios de las distinciones entre sepulcro y sheol en el
Antiguo Testamento, y entre sepulcro y hades en el Nuevo, pero ya se ha
citado lo bastante para probar de un modo preponderante que sheol o hades
no significa el sepulcro.
Más aún, cuando se trata de
sepulcro tenemos que esperar obtener necesariamente, más en el Antiguo
Testamento que en el Nuevo, por la razón de que el Antiguo Testamento abarca la
historia del hombre por un período de 4,000 años, mientras el Nuevo Testamento
no alcanza a cubrir un período de 70 años. El primer escritor del Antiguo
Testamento precede el último por más de 1,000
años, mientras que media sólo un período de menos de 100 años entre el
primero y el último de los libros del Nuevo.
Considerando entonces, que sheol
y hades son términos sinónimos y que no hay conflicto en cuanto a la
palabra usada para denominar el sepulcro, la evidencia sobre este punto es
concluyente.
Si cualquier lector después de
haber verificado esta evidencia aun sostuviera que sheol o hades
significa sepulcro entonces yo le
acusaría de engaño deliberado. Puede haber estado engañado hasta aquí; pero de
aquí en adelante la tal persona sería un engañador. No nos sorprendería
encontrarnos con tales personas desprovistas de todo sentido de decoro, pues
leemos:
“Los hombres malos
y engañadores, irán de mal en peor, engañando
y siendo engañados” (2.ª Timoteo
2:13).
Tenemos a la mano un ejemplo.
¿Puede el lector extrañarse de que dudemos de la honradez de un hombre como el
finado “pastor” Russell, fundador del movimiento denominado “Asociación
Internacional de Estudiantes de la Biblia” o “Los Testigos de Jehová”? Un órgano
de este movimiento fue dejado en nuestro apartado de correo, después de
nosotros haber escrito lo anterior. Imaginad nuestra sorpresa y disgusto cuando
leímos la afirmación hecha con todo
desparpajo, la cual con toda seguridad él debe haber sabido que es enteramente
falsa:
«Todo ministro
instruido sabe que la palabra hebrea sheol traducida ‘infierno’ en las
Escrituras del Antiguo Testamento significa el sepulcro’ ―el estado de
muerte― el único infierno que fue conocido por 4,000 años.»
Más aún, sheol o hades afecta
necesariamente tanto al creyente como al pecador, y como el cuerpo yaciendo en muerte (una condición) debe de un modo
general estar en el sepulcro (una
localidad), así el alma, que está en el hades (una condición), debe estar
en algún sitio (una localidad). Las
Escrituras nos dicen claramente dónde están las almas de los creyentes después
de la muerte de sus cuerpos. Leemos:
“Viéndolo antes,
(David) habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el infierno
(hades) ni su carne vio corrupción” (Hechos 2:31).
El espíritu del Señor estuvo en el hades
entre el tiempo de su muerte y su resurrección. El mismo declaró dónde estaría
su espíritu y al hacerlo así demostró dónde estaría el espíritu del creyente,
pues Él dijo al ladrón agonizante:
“De cierto te
digo, que hoy estarás conmigo en el
paraíso” (Lucas 23:43) [3]
Y Pablo escribió:
“Quisiéramos
partir del cuerpo y estar presente al Señor” (2.ª Corintios 5:8).
El alma del cristiano está
entonces, con Cristo en bendición. Pero el Señor de igual manera arroja luz
sobre el estado de las almas que están en el hades. Él contrasta muy
vívidamente el estado de los bienaventurados con el de los perdidos.
“Y aconteció que
murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham” (Lucas
16:22).
“Y murió el rico,
y fue sepultado. Y en el infierno (hades) alzó sus ojos, estando en los
tormentos, y vio a Abraham de lejos y a Lázaro en su seno” [4]
“Entonces él,
dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro que
moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua, porque soy atormentado
en esta llama” (Lucas 16:22-24)
El Señor enmarcó su discurso dentro
de un fondo judaico, adaptado a sus oyentes, de aquí el simbolismo, “seno de Abraham.” Pero la compañía de Abraham y la bienaventuranza
de su condición no eran simbólicas. Y tan claramente como las Escrituras nos dicen que el hades
es para el creyente una condición de bienaventuranza, así el Señor nos dice
que el hades es para el inconverso una condición de tormento. ¿Podemos creer una declaración y
rehusar la otra? ¡Seguramente que no! ¡Cuán infinitamente solemnes, para que
sus oyentes escaparan de tal condenación, fueron las advertencias que el Señor
hizo cuando estuvo aquí en la tierra!
El oponente puede decir que si los
ojos y la lengua son simbólicos, los tormentos y la llama deben ser asimismo
simbólicos. No dogmatizamos sobre este punto, pero nos gustaría señalar que la
objeción no aminora la gravedad de la situación planteada. Porque si los
tormentos físicos son simbólicos,
vehementemente preguntamos, ¿de qué son simbólicos? No hay sino una respuesta. Los tormentos
físicos si son simbólicos, deben ser simbólicos de los tormentos espirituales. Los tormentos que afectan
el cuerpo, si son simbólicos lo debe
ser de los tormentos que afectan el alma.
Sea como fuera, no dogmatizamos; la contestación de que el lenguaje es
simbólico, no debilita en lo más mínimo ni afecta en el menor grado la seriedad
de la advertencia. Porque si el lenguaje es simbólico, el simbolismo es usado
nada menos que por el Hijo de Dios, y su intención era dar por él una impresión
adecuada.
¿Es terrible el simbolismo? La
verdad que se propone señalar es terrible. ¿Es terrible el simbolismo? La
advertencia también es terrible. Te imploro, lector, que no permitas que la
razón humana o el sentimentalismo te priven del sentido escueto de la verdad.
Se infiere claramente de las Escrituras
a dónde va el alma del creyente después de la muerte, pero no se nos dice a
dónde va el alma del perdido. Podemos imaginarnos a un padre llevando a su hijo
a un nuevo hogar explicándole su localización y cuán placentero será el cambio.
Pero uno no esperaría de las autoridades policíacas que arrestan a un individuo
cuyo deber es conducirle a la cárcel asegurándole hasta el proceso, tomarse el
trabajo de informar al preso donde está situada la celda en que ha de ser
encarcelado.
Mucho se ha dicho ya para demostrar
que el hades es la condición de las almas tanto del creyente como del
pecador después de la muerte, que el primero está con Cristo en felicidad; el
último en un lugar de tormento.
La Verdad en cuanto al “GEHENA”
Debemos caminar un paso más
adelante. Una nueva palabra introducida en el Nuevo Testamento la cual no se
halla en el Antiguo. Es introducida por el Señor mismo y es una palabra de
terrible implicación. Es la palabra gehena.
Gehena es traducida infierno seis veces,
infierno de fuego dos veces y gehena cuatro veces. Es justamente traducido
infierno según nuestro entendimiento de lo que el término implica. Nunca se
traduce sepulcro.
Ambos, el hades y el gehena
son traducidos infierno. El contrastar el uso de los dos términos ayudará al
lector a entender el significado de ambos.
Hades es una condición. Esto ya lo hemos visto por
tanto no hay que repetir la evidencia.
Gehena es un sitio. “Todo tu cuerpo... ECHADO al infierno (gehena)” (Mateo
5:29). “Dos ojos... ECHADO EN el infierno
de fuego (gehena) (Mateo 18:9). Nunca se dice que el cuerpo es echado en el hades.
El hades es temporal: “El
infierno (hades) y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego” (Apocalipsis
20:14). Esto se explicará con más amplitud más adelante.
El gehena es eterno. “Dos
manos ir a la Gehena, al fuego que no
puede ser apagado... y el fuego nunca se apaga.” (Marcos 9:43, 44). El hades
sólo afecta el alma como hemos visto. El gehena afecta tanto el
cuerpo como el alma. “Y no temáis a
los que matan el cuerpo, mas al alma no pueden matar, temed antes a aquel que
puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (gehena).
(Mateo 10:28)
El hades es igual a la
condición del preso que espera su proceso. El gehena es semejante a la
prisión a la cual es arrojado después de haber pasado el juicio.
El gehena es semejante a la prisión
Así como sepulcro es la localidad para el cuerpo muerto, el gehena es la localidad para el cuerpo y
el alma de los perdidos.
Gehena era el valle de Hinnom,
literalmente “el valle de los gemidos de los niños.” Era un barranco estrecho y
profundo al oriente de Jerusalén. Leemos del rey Achaz que:
“Quemó también
perfume en el valle de los hijos de Hinnom, y quemó sus hijos por fuego,
conforme a las abominaciones de las gentes” (2.º Crónicas 28:3).
Está escrito de Manasés que:
“Pasó sus hijos
por fuego en el valle de los hijos de Hinnom” (2.º Crónicas 33:6)
Pero el nieto piadoso de Manases,
el rey Josías:
“Profanó a Topheth
que está en el valle del hijo de Hinnom, porque ninguno pasase su hijo o su
hija por fuego a Moloch” (2.º Reyes 23:10)
Cierto escritor dice: «No fue hasta
dentro de menos de treinta años de la destrucción de Jerusalén por los Caldeos,
que el ídolo, la horrible figura humana con cabeza de buey, Moloch, y sus
pertenencias fueron barridos del valle por
el buen Josías y el lugar fue de tal modo profanado que nunca jamás
volvió a ser usado por tan horrible culto. Pero los horrores del pasado se
habían grabado tan profundamente en la mente popular que de allí en adelante el
lugar llevó el nombre de Topheth (la abominación) el sitio que debía ser
execrado, y en tiempos posteriores las mismas palabras Gehinnom, (el valle de
Hinnom), cambiadas en gehena, vinieron a ser el nombre común para infierno»
Después que el rey Josías hubo
profanado el lugar, vino a ser el basurero de la ciudad. Se mantenía fuego
continuamente para consumir la suciedad e impureza del sitio; los gusanos se
alimentaban de la basura que estaba fuera del alcance del fuego. Los buitres se
cernían con avidez sobre la horrible escena. Un humo maloliente subía
continuamente del valle.
Razón tuvo nuestro Señor para
usarlo como emblema del infierno, y consagrar el uso de la palabra con el sello
de su autoridad. Pero nótese que el Señor, al hablar del gehena, nunca se
refirió a este sitio en las afueras de Jerusalén, sino que lo uso para designar
el lugar de tormento eterno. El cual está aparejado para el diablo y sus ángeles
y al cual serán consignados los pecadores impenitentes.
No es de poca monta el hecho de que
todas las veces que se hace
referencia al gehena con excepción de
una (véase Santiago 3:6) es de los labios del mismo Hijo de Dios que procede. Si
hubiese sido de otro modo los críticos hubiesen exclamado: «Pablo habló de gehena, Pedro también habló, pero nunca
Cristo.»
Sea como fuere, lo que Pablo y
Pedro y Juan escribieron es de igual autoridad que lo que el Señor dijo siendo
la fuente la misma —la inspiración
divina ―. No es cuestión de grado sino de método. No hay diferencia salvo
en el método entre lo que una persona habla y lo que esa misma persona escribe.
No hay entonces diferencia en lo
que se refiere a autoridad entre lo que Cristo habló y lo que Él escribió por medio de Pablo o de Pedro o de Juan. Pero tan pobre argucia es
refutada por el hecho de que el infierno (gehena) es siempre mencionado, con
excepción de una vez, por el Señor mismo.
No existe duda en cuanto a la
existencia del infierno para aquel que se somete a las Escrituras. Rehusar
creer en su existencia equivale a rehusar creer en la palabra de Cristo, de
hecho, no creer en Cristo mismo. Nadie puede reclamar ser un cristiano y ser
incrédulo en cuanto a la existencia del infierno. ¿Puede alguien ser un
cristiano y rehusar creer las más solemnes y repetidas aseveraciones relativas
al infierno que procedieron en compasiva amonestación de sus benditos labios?
Deshagámonos de toda mojigatería. Creemos o no creemos en el infierno. Creemos
o no creemos la palabra de Cristo.
Mientras más convencidos estemos de
la existencia del infierno más profundo será nuestro sentido de pecado, mayor
nuestra apreciación del valor de la expiación de Cristo, y más intenso nuestro
deseo de esparcir el Evangelio de la gracia de Dios. El debilitamiento de estas
verdades en nuestras almas alivianará nuestro concepto de Dios y neutralizará
nuestra actividad a favor de la bendición de otros.
Aun los paganos, digamos aquí,
sentían aversión del infierno. El apóstol Pedro hace uso de esto cuando dice en
2.ª Pedro 2:4: “Dios no perdonó a los
ángeles que habían pecado, sino habiéndolos despeñado en el infierno
(tártaro).” Tártaro era el
concepto pagano del infierno que tenían los
romanos. De acuerdo con la mitología pagana, tártaro era una laguna oscura, sus
puertas de roca eran guardadas las furias, cada cabello de las cuales era una
serpiente. Roberto Browning escribió:
«Puede haber un cielo; debe haber un infierno.»
Todos sabemos de cielos e infiernos
en esta tierra. Nos hemos encontrado con hombres en quienes el fuego del
remordimiento y el gusano de su conciencia acusadora han convertido su corazón
culpable en un verdadero infierno. Viólese las leyes naturales y el sufrimiento
será el resultado inevitable. Algunas veces una horrible vida de su sufrimiento
es resultado de un momento de placer pecaminoso en esta vida. Lágrimas de
sangre no han conseguido detener el gobierno de Dios.
¿Y el castigo del pecado se
circunscribirá sólo a esta vida? ¿No se cosechará más allá de la muerte el
fruto de una vida de pecado de desprecio a la misericordia de Dios y rebelión
contra Él? Dios en misericordia y bondad nos amonesta en terrible lenguaje que
habrá tal cosecha. El dice:
“Temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno
(gehena)”. (Mateo 10:28)
Cierto bien conocido ministro
tontamente escribe: «Lo que zanja la cuestión finalmente para cada uno de
nosotros es nuestra propensión temperamental.» Respondemos que tal imbecilidad
sería inconcebible ante cualquier tribunal de justicia. ¿Decidirá la «propensión temperamental» del ladrón
y el asesino el castigo que debe recibir o esperarán las personas sensatas que
el juez imparta la debida justicia? Lo
que zanjará la cuestión al fin para cada uno de nosotros no es nuestra
«propensión temperamental» sino la Palabra de Dios, gústenos o no.
El lago de fuego
Todavía hay otra expresión la cual
se usa con referencia al infierno, [5] “el lago de fuego” la cual debemos
considerar. Ocurre cinco veces en la última parte del libro de Apocalipsis.
Evidentemente es el mismo lugar, el gehena. La prueba de esto yace en el hecho
de que mientras el Señor habla de ser arrojado al gehena, y expresa con toda
claridad que tal condenación afectará tanto el alma como el cuerpo, el apóstol Juan en visión presenta el lago de
fuego como el confinamiento de las almas y los cuerpos de los incrédulos en su
condenación final. Es imposible que sean dos sitios distintos. Leemos en
Apocalipsis 20:14: “Y el infierno y la
muerte fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda.” Viendo
que todos los muertos “bienaventurados”
habrán experimentado la “resurrección de vida” antes del milenio en la
segunda venida del Señor, (véase cap. 20:5, 6), “los muertos grandes y
pequeños” que “están delante de Dios” deben ser los impíos quienes experimentarán “la resurrección de condenación” (juicio) Juan 5:29. de modo que
en obsequio a la sencillez podríamos explicar el versículo como sigue: Y la
muerte (la condición de los cuerpos en su estado de separación de sus respectivas almas), y el hades (la
condición de las almas en el estado de separación de sus respectivos cuerpos),
fueron arrojados en las personas de los muertos impíos resucitados al lago de
fuego. Esto es como si dijéramos, los muertos cuyos cuerpos habían llenado los
sepulcros [6] etc., fueron resucitados
y sus almas que habían estado en la condición de hades fueron reunidas a sus
cuerpos como parte del proceso. Como individuos resucitados, cuerpos y almas
reunidos, ellos representaban lo que había sido la muerte y el hades y como tales, pecadores que habían muerto sin
arrepentimiento fueron arrojados al lago de fuego, el cual responde claramente
al gehena. Cuando esto ocurre, no
solamente no habrá cuerpos en la condición de muerte ni almas en la condición
de hades – sino que “la muerte y
el hades” habrán sido “arrojados
en el lago de fuego”. De aquí que las condiciones mismas que han venido
por causa del pecado sean terminadas por un acto que expresa el juicio de Dios
sobre ellas. Y nótese que este acontecimiento tendrá lugar después que la tierra y el cielo habrán huido, después que el tiempo, como tal, no sea más. La escena se verifica en la eternidad a la vista de los nuevos
cielos y la nueva tierra. Algunos versículos más adelante leemos:
“Mas a los
temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros,
y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiente
con fuego y azufre.” (Apocalipsis 21:8)
Aquí otra vez, este pasaje se halla
tan afín con Apocalipsis 20:11-15, significando el pensamiento de que esta
perspectiva no es ahora en el tiempo sino en
la eternidad y por la eternidad. ¿Se atreverán las almas a jugar con la
solemne declaración de las Escrituras? ¿No alarmará al pecador la posibilidad
de una condenación de un ¡ay! inenarrable?
A un costo infinito Dios mismo ha provisto un modo de escapar por medio
de la muerte del Señor Jesucristo quien sufrió la ira de Dios contra el
pecador, habiendo hecho una plena expiación por él.
La invitación de venir a Cristo es
universal, enfática e insistente. Si todos presentaran atención a ella ahora, porque:
No hay perdones en
la tumba,
Y breve es el día
de misericordia.
No hay, entonces, ni una sombra de
duda de que la Biblia enseña la existencia de un infierno literal. Se nos dice
que está “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). Triste es que
el hombreen su locura, rehusando la misericordia de Dios deba afrontar el
tribunal de Aquel que desea que todos los hombres sean salvos. Así sellará su
propia condenación en la compañía del diablo y los ángeles caídos.
Dirigimos ahora esta seria
pregunta: ¿Es ETERNO el castigo del
infierno?
Cierto bien conocido y reciente
escritor dice con todo desparpajo:
«Si la Biblia
enseña el castigo eterno, peor para ella, pues no podemos creerlo: se puede
citar textos y apoyar estos en la mejor erudición para justificar ciertas
interpretaciones, pero de nada vale, no somos ya los esclavos de un libro, ni
devotos esclavos de un credo, sino que creemos en el amor y en la evolución.»
Otro escribe:
«Nunca hubo, ni
hay, ni habrá derecho de en el nombre del Evangelio de Cristo hablar de
tormento eterno.»
Por mi parte preferiría enfrentarme
a estas negaciones abiertas que a las insinuaciones hechas por lo bajo de
muchos. Es mejor pelear contra un
enemigo declarado que vérselas con el puñal y la daga envenenada.
Si yo creyera que la Palabra de
Dios no enseña la condenación eterna procuraría gracia para proclamarlo así
desde los tejados. ¿Por qué avergonzarse o temer de la verdad? Hay miles de
ministros hoy, pagados por congregaciones para propagar el Evangelio que son
verdaderos agentes del diablo para minar la fe de sus oyentes en la autoridad e
inspiración de las Sagradas Escrituras. Los tales son traidores en el
campamento. Uno de los puntos vitales de ataque es la doctrina del castigo eterno.
Existen dos escuelas de pensamiento
que enseñan que no hay castigo eterno.
Los adherentes a estas escuelas se llaman respectivamente
(I) Universalistas, y
(II) Nihilistas
(Aniquilacionistas).
El Universalista cree que los que
mueren sin haber sido salvos pasarán por un período de sufrimiento de más o
menos duración el cual los purificará y al fin serán salvos. Dios, dicen ellos,
triunfará sobre el mal. Cierto es, pero no del modo que ellos dicen. El fin
legítimo de sus argumentos, aunque no lo presentan tan desnudamente, es que el
diablo y los ángeles caídos serán finalmente salvos. Viendo que Cristo no murió
por el diablo y sus ángeles, esto lleva al Universalista a la blasfema doctrina
de la salvación aparte de la expiación.
Examinemos brevemente la teoría del
Universalista. «Dios es Todopoderoso», dicen ellos. «Él aborrece el pecado y
debe triunfar; por tanto Él vaciará el infierno en alguna ocasión abriendo de par en par la puerta de la misericordia
a toda la humanidad; de otro modo su
carácter de amor y bondad sería destruido.» El Universalista admite que
Dios tiene un carácter de amor y de bondad. El basa su apelación en esto. Si
esto es así, el Universalista debe admitir que un Dios de amor como en efecto
lo es, ha permitido que el pecado entrara en este mundo y que haya continuado
con todo su inefable dolor, exterminio y muerte por seis mil años.
Y si Dios ha permitido la presencia
del pecado por tanto tiempo, ¿por qué no
puede Él permitir que su castigo sea para siempre? No hay lógica que dé
respuesta satisfactoria a esta pregunta. No podemos sino recurrir a la
revelación en cuanto a esto y la respuesta es clara e inequívoca.
Pero podría argüirse que existen
buenas razones para que haya pecado ahora.
Entonces, ¿cómo puede saberse por nosotros que no hay buenas y poderosas
razones para que su castigo sea por
siempre? ¿Qué derecho tenemos para especular en cuestiones como ésta? “¿Qué
dice la Escritura?” es nuestra única tabla segura.
Pero dirá el oponente, ¿Cómo puede
una ofensa realizada en un momento merecer perpetuo castigo? Replicamos otra
vez que aquí estamos fuera de la región de la especulación. Sólo la revelación
nos puede servir de ayuda.
Cuando el hombre castiga el pecado
lo considera de acuerdo con el grado en que éste afecte a sí mismo, de acuerdo
con sus efectos sobre la sociedad según se relaciona con el tiempo. Y aún en
este caso un crimen que tomara menos tiempo en realizarse que el que tomara el
lector en hojear este folleto es con frecuencia seguido de muchos años de
prisión o puede culminar en la pena capital.
Pero cuando pecamos contra un Ser
infinito no podemos usar medida alguna que no sea aquella que nos es dada por
ese Ser infinito. El problema está fuera de nuestra solución. El pecado, que no
mereció menos que un sacrificio infinito no puede ser medido por el sentido de
justicia de los tribunales humanos. Estamos sujetos a lo que Dios Dice en Su
Palabra, y nuestra sabiduría consiste en rechazar nuestra propia razón en este
asunto.
Se arguye que una segunda oportunidad de salvación después de la muerte vaciará
el infierno, y se sostiene que el carácter de Dios, como un Dios de amor,
demanda esto.
Pero ¿hay garantía alguna de que
los pecadores que rechazan el Evangelio en esta vida lo aceptarán en la otra?
Preguntaríamos atónitos ¿por qué la gente rechaza la primera oferta? ¿La naturaleza que la rechaza con escarnio en
esta vida la abrazará en la otra? ¿Las espinas en esta vida producirán uvas en
la otra, o los abrojos de esta edad producirán higos en la otra?
Además de esto, la Biblia no
sustenta tal esperanza de una segunda oportunidad. Se tuercen uno o dos pasajes
de las Escrituras para apoyar esta teoría. Se recurre al siguiente pasaje
(véase «LA
PREDICACIÓN A LOS ESPÍRITUS ENCARCELADOS», W. Kelly):
“Porque también
Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos
a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en
el cual también fue y predicó a los espíritus
encarcelados; los cuales en otro
tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en
los días de Noé, cuando se aparejaba el arca; en la cual pocas, es a saber,
ocho personas fueron salvas por agua” (1.ª Pedro 3:18-20)
El significado de esto es claro.
Noé predicó al mundo ante-diluviano mientas construía el arca. Fue el Espíritu
de Cristo en él la fuente y poder de su
testimonio. Que el “Espíritu de Cristo” fue el motivo y poder del testimonio
del Antiguo Testamento está confirmado por 1.ª Pedro 1:11. Él se cuida muy bien
de decirnos que ocho personas fueron salvas en el arca. Se sigue que el resto rechazaron el testimonio de Noé que
constituía la predicación misma del Espíritu de Cristo en él. El diluvio los
sobrecogió y perecieron. Cuando Pedro escribió, ya había sido espíritus
encarcelados por 2,500 años. Esto no presenta dificultad alguna. Nosotros
sabemos que Noé fue un “pregonero de justicia”
(2.ª Pedro 2:5) Esto esta en armonía con todo el tenor de la Palabra.
Por el contrario, la explicación
del Universalista que el Señor descendió literalmente al hades y predicó una segunda
oportunidad está asediada por dificultades insuperables.
El pasaje en cuestión se limita a aquellos que vivieron mientras
Noé preparaba el arca lo cual parece haber abarcado alrededor de 100 años.
Antes del diluvio transcurrieron algunos 15 siglos: después de él hasta que
Pedro escribió las palabras que estamos examinando habían pasado algunos 25
siglos. En total unos 4,000 años habían transcurrido desde la creación del
hombre. ¿No parece absurdo explicar un versículo de tal manera que se haga necesario
decir que la gente que vivió en aquel período particular de justamente cien
años debieran haber tenido una segunda oportunidad? ¿Qué de los que vivieron
durante los otros treinta y nueve siglos?
Este pasaje no es una prueba
suficiente para el Universalista. Para él el pasaje habla de unos pocos que
vivieron durante unos pocos años antes
del diluvio obteniendo una segunda oportunidad. No pueden afirmar que ni uno de
los millones de los postdiluvianos la tuviera, para no mencionar las multitudes
que vivieron antes del diluvio. Es sencillamente absurdo pensar que de todos
los millones que estaban en el hades cuando el Señor murió, que
comparativamente un mero puñado fuera señalado para recibir la oferta de una
segunda oportunidad, la cual no fue dada al resto. Realmente el recurrir a una
base tan grotesca para fundar una teoría sólo prueba la pobreza de su caso.
Pero negamos enteramente que aquellos
que vivieron inmediatamente antes del diluvio obtuvieran una segunda
oportunidad. No hay indicio de tal cosa en las Escrituras.
Nótese entonces, que no dice lo que
Cristo predicara a estos espíritus, ni
el efecto producido. Si la explicación del Universalista hubiese sido correcta
tendríamos estos detalles y se haría la afirmación de ellos en relación con
toda la humanidad, y no con relación
a unos pocos que vivían en un período particular de la historia.
¿Por qué, entonces, introduce Pedro
tal período especial? No es por mera casualidad. La Palabra es divinamente
inspirada. La respuesta es obvia. Él recurrió a la narración del diluvio y el
arca para usarla como una ilustración del
bautismo para hacer patente el significado de la muerte de Cristo
aplicado de un modo práctico al creyente.
Del mismo modo los Universalistas
usan otro pasaje:
“Porque por esto también ha sido predicado el Evangelio a los muertos;
para que juzgados en carne según los hombres, y vivan en espíritu según Dios” (1
Pedro 4:6).
Pero la explicación de este pasaje
es obviamente la misma del otro: “El
Evangelio fue predicado a los [que ahora están] muertos”
parafrasea muy bien el pensamiento del escritor. Nótese que él no dice: “Por esto también es predicado el Evangelio a los muertos,” sino “Por esto ha sido
predicado el Evangelio.” Si tan
importante doctrina como la de una segunda oportunidad después de la muerte
fuese cierta encontraríamos la afirmación por toda la Palabra, pero es todo lo
contrario. El apóstol Pablo escribe:
“He aquí AHORA el
tiempo aceptable; he aquí AHORA el día de salvación” (2.ª Corintios 6:2)
Mientras las propias palabras de
nuestro Señor son claras:
“Y además de todo
esto, UNA GRANDE SIMA está CONSTITUIDA entre nosotros y vosotros, que los que
quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá para acá” (Lucas 16:26)
La palabra guarda silencio en
cuanto a cualquier cambio remedial efectuado por el castigo después de esta
vida. Dios no tiene otro Evangelio que el que las Escrituras proclaman. El
corazón del hombre no será alterado por cambio alguno de circunstancias. Los
que ahora aborrecen el Evangelio lo aborrecerán entonces. Si durante su vida
aquí los hombres no quieren tener nada que ver con el Evangelio, ¿tenemos
seguridad de que la eternidad bastará para hacerles cambiar su mente? No hay
evidencia de ello en las Escrituras. Porque, ¿qué hallamos? ¿Ganó el castigo el
corazón de Caín para Dios? ¿Los fuertes juicios ablandaron la voluntad de
Faraón y le hicieron buscar misericordia? ¿Fue Achab conmovido por lo que le
sobrevino? ¿Fueron los israelitas guardados fieles a Dios por el azote que cayó
sobre ellos, o se entregaron una y otra vez a la idolatría?
Los demonios hablaron con Cristo y
le rogaron que no los atormentara antes de tiempo, pero ¿se escapó jamás de sus
labios un clamor de misericordia? Leemos de espíritus que habían estado
encarcelados por 25 siglos. No hay indicio de cambio alguno en sus mentes. Los habitantes de Sodomía Gomorra han
estado sufriendo la venganza del fuego eterno desde los días en que las
ciudades impías de la llanura fueron arrasadas, pero el escritor inspirado,
Judas, nos deja bajo la plena impresión de que el castigo no había efectuado
cambio de corazón, y sus inspiradas palabras no exhiben esperanza de que el
castigo tenga fin.
Un pasaje de las Escrituras me ha estado
iluminando desde hace algún tiempo sobre este respecto:
“Y se mordían sus
lenguas de dolor; y blasfemaron al Dios del cielo por sus dolores, y por sus
plagas, y no se arrepintieron de sus obras” (Apocalipsis 16:10,11)
El dolor no conduce al arrepentimiento
en este pasaje. “La benignidad de
Dios… guía a arrepentimiento” (Romanos 2:4) es el testimonio de las
Escrituras. Despreciada ésta, sólo queda “atesorada
de ira para el día de la ira” (véase Romanos 2:5)
Un solo versículo de la Palabra
destruye las teorías tanto del Universalista como del Nihilista.
“El que es
incrédulo al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está (permanece) sobre él” (Juan 3:36)
“No verá
la vida”,
destruye la teoría del Universalista, pues éste dice que todos verán la vida
más Dios dice que el inconverso no verá la vida.
“La ira
de Dios permanece sobre él” destruye la teoría del Nihilista. El inconverso debe
existir para que la ira de Dios pueda permanecer sobre él.
Los que sustentan la teoría del
nihilismo (aniquilamiento) están divididos entre sí en dos escuelas:
(a) Una clase cree que el pecador es aniquilado al ocurrir
la muerte y que nunca será resucitado.
(b) La otra asevera que los muertos
impíos serán resucitados, juzgados ante el Gran Trono Blanco, arrojados al lago
de fuego y allí quemados, consumidos o aniquilados. Los primeros niegan la
resurrección de los impíos a pesar del lenguaje claro de las Escrituras.
La inmortalidad condicional es
enseñada por las dos escuelas Nihilistas, esto es, ellos niegan la continua
existencia del alma, enseñando que la vida después de la tumba está
condicionada a aceptar a Cristo en esta vida y de este modo obtener vida de Él.
Ellos declaran que no hay vida después de la muerte excepto en Cristo. Nadie, dicen ellos, tendrá
existencia continua sino los creyentes en el Señor Jesús. La doctrina de esta
última clase conduce a sus adeptos a absurdos obvios. Si no hay vida más allá
del sepulcro sino en Cristo, entonces se sigue que los muertos impíos cuando
sean resucitados deban tener vida en Cristo. ¿Cómo podrían ser juzgados si
estuvieran delante del Gran Trono Blanco vivos en Cristo? ¿Cómo podría esa vida
ser aniquilada en el lago de fuego? ¡Imposible!
Más aún, ellos dicen que vida en
Cristo es inmortalidad. ¿Cómo podrían, entonces, los muertos impíos ser
resucitados en vida en Cristo, en otras palabras, en inmortalidad, y aún ser
aniquilados? Seguramente que las palabras no significan nada si la inmortalidad
puede ser destruida de este modo.
Una equivocación común de todos los
que enseñan la inmortalidad condicional es de confundir la vida eterna con la
inmortalidad. Ellos enseñan que estos términos son sinónimos. Las Escrituras
dicen: « la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor Nuestro»
(Romanos 6:23)
Un destacado escritor adscrito a la
inmortalidad condicional dice:
«La inmortalidad es la dádiva de Dios en
Cristo nuestro Señor, pero ésta no es la posesión universal del hombre.»
Pero el creyente en Cristo tiene vida eterna ahora. Si vida
eterna e inmortalidad son sinónimos como muchos de los que enseñan la
inmortalidad condicional dicen, se sigue entonces que los creyentes en Cristo
quienes tienen vida eterna ahora tienen inmortalidad ahora y por
tanto no pueden morir. Pero sí mueren. Porque ha de observarse que inmortalidad
(athanasia) sólo se menciona tres
veces en el Nuevo Testamento. Un pasaje que se usa constante y triunfantemente
por aquellos que niegan la inmortalidad como pertenencia del hombre es aquel en
que, hablando de Dios, se dice:
“Quien sólo tiene
inmortalidad” (1.ª Timoteo 6:16) [7]
Pero esta evidencia es contraproducente a su caso. Ellos
aducen que sólo Dios tiene inmortalidad.
Pero los ángeles la tienen en el sentido
de existencia sin fin. Porque mortal, más que “capaz de morir”, significa
“muriendo”. Esto es, un ser mortal es uno en quien el proceso de muerte se está
efectuando. Puede ser lenta e imperceptiblemente pero no por esto menos seguro,
hasta que culmina en el mismo hecho de la muerte. Las semillas de la muerte
están en operación hasta que se efectúa el fin. Lucas 20:36 es claro en cuanto
a la existencia sin fin de los ángeles.
El Señor, hablando de aquellos que
serán tenidos por dignos de la resurrección de entre los muertos, esto es, los
verdaderos creyentes, dice:
“Porque no pueden
ya más morir: porque son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, cuando son
hijos de la resurrección” (Lucas 20:36).
Esto es, los ángeles no pueden
morir.
Lo que es más serio aún, al usar este versículo del modo
que lo usan los Nihilistas, lo que hacen es destruir el terreno en que pueden
asentar sus propios pies. Porque si sólo Dios tiene inmortalidad, entonces se
sigue que no solo nadie más la tiene ahora, como por ejemplo los ángeles, sino
tampoco, para ser lógicos nadie puede tenerla en el futuro. Las
Escrituras nos dicen claramente que los creyentes serán vestidos de
inmortalidad en la venida de Cristo, de suerte que la Palabra de Dios
contradice tal uso del versículo.
Pero ella nos dice claramente que Dios sólo tiene
inmortalidad. ¿Cuál es la verdad en esto? La respuesta es clara y concluyente.
Dios solo la tiene inherente. Solo Él la tiene en Sí mismo. Todos los demás
quienes la tienen, la tienen conferida y sustentada por Él.
Los otros dos lugares donde inmortalidad (athanasia)
es mencionada son como sigue:
“Porque es menester que esto corruptible
sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y
cuando esto corruptible fuere vestido de incorrupción, y esto mortal fuere
vestido de inmortalidad, entonces se efectuará la palabra que está escrita:
Sorbida es la muerte con victoria” (1.ª Corintios 15:53-54).
Aquí el sentido es claro. Corrupción, inmortalidad – ambas
se refieren al cuerpo y no al alma. Corrupción se aplica al CUERPO
muerto- mortalidad al cuerpo muriendo.
No hay discusión en cuanto a que corrupción en este pasaje
se refiere al cuerpo muerto de un creyente, e incorrupción al cuerpo del
creyente en la resurrección. No hay necesidad de discutir el punto.
Que el término mortal se refiere a un cuerpo muriendo,
se infiere claramente de los siguientes pasajes:
“No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal” (Romanos 6:12);
“Vivificará también vuestros cuerpos
mortales” (Romanos 8:11); “Para que también la vida de Jesús sea manifestada en vuestra carne mortal” (2
Co. 4:11); “Porque asimismo los que
estamos en este tabernáculo (cuerpo) gemimos agravados; porque no quisiéramos
ser desnudados, sino sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2 Corintios 5:4)
Aquí tenemos todos los pasajes del Nuevo Testamento en que
se usan las palabras mortal y mortalidad. Es claro que los términos se
usan en conexión con el cuerpo muriendo.
Por otra parte el término mortal, nunca se usa en conexión con el alma. ¿Por qué? Porque ésta no está
sujeta a la muerte. El alma es inmortal no inherentemente, como lo es Dios, sino con una inmortalidad
conferida y sustentada por Él. Leemos en cuanto al hombre:
“Formó pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó
en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente” (Génesis 2:7)
El finado Sr. F. W. Grant en su libro «Facts and
Theories as to the Future State », (Hechos y Teorías en cuanto a la
condición después de la muerte) escribe con referencia al pasaje arriba citado:
«El hombre y la bestia, ambos poseen alma
viviente. No disfrazamos la verdad acerca de esto, antes, abogamos por ella»
(p.56).
«De la más ligera ojeada, se desprende que
hay algo más que tomó lugar en la creación del hombre que en la creación del
animal. Es claro que dios alentó en la nariz del hombre el soplo de vida mas no lo hizo esto con el animal… Porque
aunque lo que fue impartido no sea aún plenamente demostrado —por ser ésta una
revelación rudimentaria― no obstante es claro que el hombre tiene un vínculo aquí con Dios mismo, que el
animal no tiene… Es de este modo que el
hombre recibe la vida» (pág 57, 58).
Pero el lector puede argüir; «Si la palabra mortal
nunca se aplica por las Escrituras al alma, tampoco la palabra inmortal.
¿Puede entonces decirse que el alma es inmortal?» Replicamos que es
perfectamente cierto que el término inmortal
nunca se usa en las Escrituras en conexión con el alma, pero no obstante la
verdad de la existencia perpetua del alma está tejida en la urdimbre de las
Escrituras. De no ser inmortal el alma, sino mortal, esto sería afirmado inequívocamente
por las Escrituras. No existe ni una sola
línea que diga que el alma es mortal.
Dios alentó en la nariz del hombre soplo de vida, viniendo
a ser de este modo especial en
contraste con los animales, un alma viviente.
Por toda la Palabra es un hecho admitido que el alma es
eterna en su existencia. Pero considerando que “la vida y la incorrupción
son traídas a la luz por el Evangelio”,
es obvio que debemos esperar del
Nuevo Testamento la luz máxima sobre esta materia.
Aun en el Antiguo Testamento hallamos abundante
indicaciones de lo que estamos buscando. No tenemos que repetir los pasajes ya
citados referentes al sheol,
demostrando que el alma, al ocurrir la muerte va a una condición de existencia
consciente en el otro mundo, en otras palabras, que el alma está dotada de
existencia continua… La evidencia sobre este extremo es preponderante, y cuando
venimos al Nuevo Testamento el testimonio de este en cuando al hades que es el equivalente de sheol confirma de una manera plena este
aserto.
Una prueba muy
fuerte de lo que hemos aseverado en las primeras páginas de este folleto en
cuanto a sheol y hades surge cuando los saduceos quienes, no creyendo en la
resurrección, adujeron el caso hipotético de la mujer que tuvo siete maridos y recibieron
la respuesta del Señor:
“Y de la resurrección de los muertos: ¿no
habéis leído lo que os es dicho por Dios, que dice: Yo soy el Dios de Abraham,
y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?
Dios no es Dios de muertos sino de vivos” (Mateo 22:31, 32).
Y como si quisiera enfatizar la gran importancia de este
incidente, tanto Marcos como Lucas lo registran. Ellos se refieren
particularmente, como lo hace Esteban también en su discurso dirigido al
Sanedrín, a la ocasión cuando Dios habló a Moisés de entre la zarza ardiente
(véase Éxodo 3:6). Los patriarcas mencionados habían muerto hacía ya muchos
años. Si sus almas hubiesen dejado de existir, Dios no podría haberse
presentado a Sí mismo, como el Dios de ellos.
Pues dice clara y enfáticamente: “Dios
no es Dios de muertos, sino de vivos”. Y más aún El dijo: “Yo soy el Dios de Abraham”,
etc… Los cuerpos de ellos, está claro, yacían en sus tumbas. Sus almas, es
obvio, vivían en la condición de hades,
como ya hemos visto.
Aun más, Judas,
hablando de los moradores de las ciudades impías de la llanura, nos dice que están sufriendo la venganza del fuego
eterno. No hay indicio de que el alma duerma o de la no existencia del alma,
(véase Judas 7), aunque, cuando Judas escribió, habían transcurrido dos mil
años desde que el juicio les había sobrevenido.
Pedro igualmente se refiere a los «espíritus encarcelados»,
aquellos que habían sido desobedientes en los días de Noé. Tampoco él nos deja
ver indicio alguno del sueño del alma o de su no existencia a pesar de estos
espíritus haber estado encarcelados desde los días antediluvianos.
Otra vez, Moisés y
Elías aparecieron en gloria sobre el monte de la transfiguración
demostrando que tenían existencia consciente, aunque el cuerpo de Moisés había
estado en el sepulcro por cientos de años.
Enoc y Elías fueron trasladados al cielo sin pasar por la
muerte en absoluto, no dándosenos indicio alguno de que el alma duerme o de su
no-existencia. El ladrón agonizante oyó las palabras: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Sé que se ha hecho un
esfuerzo para demostrar que « hoy » se refiere al tiempo en que el Señor
profirió las palabras, «te digo hoy, este día te digo…», pero la
estructura de la oración no permite tal traducción. Evidentemente fue una
respuesta de gracia la que recibió el ladrón por su petición, “Señor, acuérdate de mí cuando vinieres a tu
reino” (un tiempo futuro) ¡Cuán enfática es la respuesta del Señor! “Te digo, hoy estarás conmigo en el
paraíso.”
El apóstol Pablo dijo: “De ambas cosas estoy puesto en
estrecho, teniendo deseo de ser desatado, y estar con Cristo lo cual es mucho
mejor” (Filipenses 1:23). El no dijo que tenía deseo de ser desatado y entrar en el sueño o la inconsciencia del
alma. Seguramente eso no hubiera sido “mucho mejor”
que gozar del amor del Señor aquí en la tierra y ser usado en su servicio. Él
dice claramente, “Ser desatado y
estar CON CRISTO”.
Y como hacerlo más claro aún, leemos: “Más confiamos, y más quisiéramos partir del
cuerpo y estar presentes al Señor” (2.ª Corintios 5:8). Aquí se trata de
la separación del alma del cuerpo, y su presencia
CON el Señor. No hay indicio de sueño
del alma sino que claramente describe un estado intermedio de felicidad.
El rico y Lázaro
Tenemos aún las propias palabras del Señor:
“Y aconteció que murió el mendigo, y fue
llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico y fue
sepultado. Y en el infierno (hades) alzó sus ojos, estando en tormentos” (Lucas
16:22, 23).
El Señor presenta la verdad aquí en lenguaje inequívoco. El
cuerpo del mendigo yacía en el sepulcro mientras su espíritu pasó a un estado
de felicidad. El seno de Abraham es simbólico de la porción feliz de los santos
de Dios que habían muerto en el Antiguo Testamento.
El cuerpo del rico estaba en el sepulcro. “Alzando sus ojos” es, como ya hemos
visto, simplemente lenguaje simbólico que describe el estado consciente de su
alma. El lenguaje simple y gráfico atrae más la atención de las personas no
importa cual sea su grado de cultura, que una descripción del estado consciente
del alma después de la muerte hecha en términos científicos la cual hubiese
sido inadecuado para los oyentes del Señor. El hecho es que no hay la mínima
dificultad en la narración tomada en su justo sentido. A diario al hablar,
estamos usando constantemente lenguaje figurado que todos entienden. Nueve
décimas de la crítica antibíblica no es honrada, y tiene la clara intención de
desacreditar la Biblia. Pero aún ésta existe tan vital y vigorosa como siempre.
En los pocos incidentes y pasajes ya referidos tenemos tanto al creyente como
al inconverso en un estado consciente en cuanto a sus almas, después de la
muerte.
Más aún, en lo que se refiere a los creyentes, la vida
eterna les pertenece y vivirán para siempre; en cuanto a los inconversos, “la ira de Dios permanece sobre ellos”,
probando en ambos casos su existencia eterna, aunque en distintas condiciones.
Con esta evidencia ante nosotros, la cual podría multiplicarse de permitirlo el
espacio, tenemos prueba clara y preponderante de la existencia eterna del alma.
(Para una exposición de “El rico y Lázaro” véase el artículo: «Conciencia y castigo eterno del alma
después de la muerte» (El Rico y Lázaro).
No confundamos la vida eterna con la inmortalidad. La vida
es la porción presente y eterna de cada creyente en Cristo. La inmortalidad, según es presentada en las
Escrituras en relación con el creyente es aquello que él recibirá en cuanto a
su cuerpo en la segunda venida del
Señor.
Ni bastará decir que la expresión “muerte segunda” significa aniquilamiento a la faz de la
expresión “la ira de Dios permanece
sobre él”; habiendo personas
vivas sobre quienes permanece la ira. Además, la expresión: “el humo del tormento de ellos sube para
siempre jamás”, debe indicar que haya personas vivas, capaces de sufrir
tormento. Aún más, la expresión, “el
gusano de ellos no muere”, etc. Una cosa aniquilada no puede
poseer nada, pero dice aquí, “el
gusano de ellos no muere”, indicando posesión.
La palabra muerte
se usa en tres relaciones. Ella expresa:
(1) Separación moral de Dios por causa del pecado
(2) Separación del cuerpo, respecto del alma y del
espíritu.
(3) Separación eterna de Dios.
En ninguno de estos casos significa aniquilación.
En cuanto a la primera (1), leemos de aquellos que se
hallan “muertos
en delitos y pecados” cuando tanto el cuerpo como el alma están juntos
vivos en esta tierra.
Muerte en el sentido en que se emplea el término en el
segundo caso (2), no necesita comentario salvo decir que no significa «dejar de
existir», como ya lo hemos demostrado con gran abundancia de pruebas. El
sentido en que se usa el término en el tercer caso (3) es claro: “Y el infierno (hades) y la muerte fueron lanzados en el lago de
fuego. Esta es la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14). La
segunda muerte es una existencia de miseria permanente y eterna. Con frecuencia
usamos la expresión, “vivir muriendo” y lo
que queremos decir se entiende con toda claridad. Aquí el significado es
igualmente claro: “muerte segunda” lo cual significa existencia eterna y
consciente bajo la ira de Dios, separación eterna de Dios, lo cual debe
significar miseria y tormento, porque
toda verdadera bendición y todo gozo consisten en nuestra justa relación con
Dios.
El castigo es
eterno
Abordemos más directamente la pregunta: ¿Es eterno el castigo de los perdidos? Si la ira de Dios permanece sobre el incrédulo, como dicen las Escrituras, éste tiene
que existir para que la ira de Dios pueda permanecer sobre él. No podemos
eludir el significado claro de estas palabras. Si el incrédulo es aniquilado,
la ira de Dios no puede permanecer sobre lo que no existe. Recuerdo que hace
muchos años dos Adventistas en Jamaica me informaron que ellos creían en el
castigo eterno. Si el pecador fuera aniquilado, argüían ellos, seria eterno,
pues es irrevocable. Y añadían con aire de triunfo: «Castigo eterno no
quiere decir castigar eternamente». Yo les repliqué: «¿Significa tres
meses de castigo, castigar por tres meses?». Ellos
admitieron que sí. Entonces, repliqué yo, «castigo eterno
significa castigar eternamente».
Pero, dice el que sostiene la teoría del aniquilamiento, ¿no dice la Biblia que
debemos temer a aquel que puede destruir
el alma y el cuerpo? ¿Destruir no
significa aniquilar? De ninguna
manera.
Destruir significa inutilizar una persona o cosa en
relación con el propósito para el cual fue hecha. Dejamos caer una taza, se rompe en fragmentos. Decimos, con
mucha razón: “esta destruida”. Que ése es el significado de la palabra es
sumamente claro. La palabra para destruir que se usa en el griego es apollumi.
Por ejemplo leemos:
“Los príncipes de los sacerdotes y
los ancianos persuadieron al pueblo que pidiese a Barrabás, y a Jesús matase
(griego, apollumi)” (Mateo
27:20).
¿Podían los judíos aniquilar al
Señor? Seguramente que no. Pero ellos podían (permitiéndolo Dios) llevarlo a
muerte. Y eso es lo que quiere decir aquí.
Leemos otra vez:
“Ni nadie echa
vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y se
derrama el vino, y los odres se pierden
(griego apollumi)” (Marcos 2:22).
Evidentemente, destruir aquí quiere
decir los odres inservibles, pero no aniquilados.
Volvemos a leer:
“Gozaos conmigo, porque he
encontrado mi oveja que se había perdido (griego apollumi)” (Lucas 15:6)
¿Podía el Buen Pastor haber hallado
algo que estaba aniquilado, algo que no era algo? No, era una oveja perdida o
destruida la que Él halló; y la salvó de su estado de perdición, y la rescató
de destrucción.
Otra vez leemos:
“Si nuestro
Evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden (griego apollumi)
está encubierto” (2.ª Corintios 4:3)
Muy evidentemente los perdidos o
destruidos aquí son pecadores de este mundo. Sería innecesario hablar de
un Evangelio encubierto de personas que
no existieran.
Podrían citarse muchos pasajes al
efecto, pero con estos basta para demostrar que la palabra destruir no
significa aniquilar.
Y aún así, un orador en una
conferencia sobre la inmortalidad condicional tuvo la audacia de decir:
«El significado natural y escritural
de ‘destruir’ es completamente claro. El significado que da el diccionario es: ‘arruinar
o aniquilar por demolición o fuego,
derribar, deshacer, asolar, matar y extirpar’, etc. Los significados
contrarios e inconsistentes son metros refugios de teólogos que procuran
alterar el significado propio y verdadero para acomodarlo a alguna
interpretación errónea de las Escrituras… Gehena es un lugar de destrucción.»
Cabe preguntar, El término
traducido del original en griego por destruir
¿está bien traducido? El uso claro del término no puede significar
aniquilamiento, y el orador arriba citado podría con la misma exactitud
consultar un diccionario en lo que se refiere a los significados de los
términos “perder”, “mutilar” para obtener entonces el significado de “destruir”.
Tales tácticas denuncian o una ignorancia de la cual un niño de escuela se
avergonzaría o una incalificable falta de honradez.
«Pero» —arguyen ellos—, «‘aionios’
la palabra griega traducida eterno y eternal, significa duradero por una edad. Y si significa
duradero por una edad, no puede significar eterno.
Recordemos que el lenguaje vino a
la existencia traído por el hombre para
expresar sus ideas. La palabra se acuña para llenar una necesidad, y por lo
tanto la necesidad es seguida por la palabra. Teniendo en cuenta que el hombre
está limitado por el tiempo y el sentido y todo lo demás fuera de esto está
lejos de su genio, y que él depende de la revelación divina para todo verdadero
conocimiento de lo que sigue después de la muerte, uno no esperaría hallar en
el lenguaje humano palabras que pudieran expresar ideas divinas y eternas.
Los misioneros que se han dado a la
tarea de traducir la Biblia a idiomas bárbaros, todos dan testimonio de la
dificultad que encuentran para expresar pensamientos divinos en lenguaje
acuñado para llenar las necesidades del hombre, limitado éste por su
experiencia y medio ambiente.
Pero a medida que las ideas divinas
son reveladas, la palabra recibe un significado más amplio, esto tendremos
ocasión de verlo con más claridad y podemos probar a todos los lectores
honrados que éste es el caso en lo que se refiérela término griego aionios.
Antes de dar el uso escritural de
la palabra, desearía citar una bien conocida autoridad sobre la materia. Dice
el finado J. N. Darby:
«La etimología
dada en la época lejana de Aristóteles y por Aristóteles mismo es aien on
que significa, existente para siempre. El uso primitivo de la palabra es en el
sentido de la vida de un hombre. Así es usada por Homero respecto de la muerte
de sus héroes y en otras relaciones. Mucho más tarde adquirió el significado de
un periodo dispensacional o estados de cosa: pero cuando fue usada en su
significado intrínseco tenía claramente el sentido de eternidad. Así es usada
por Filo en un pasaje que no deja lugar a dudas: ‘en la eternidad en aioni,
nada es pasado o por venir sino que solamente subsiste’» (J. N. Darby)
La definición de Filo no deja nada
que desear en cuanto a claridad. No hay pasado, no hay futuro, sino un continuo
presente. ¿Podría haber algo más notable en cuanto a definir la eternidad? Más
aún, Filo goza de gran veracidad. Él era un judío helenístico y contemporáneo
de Aristóteles. Cuando se trata del énfasis de las palabras griegas usadas en
el Nuevo Testamento, no podríamos aducir autoridad de mayor peso.
Mosheim, cuyo saber nadie disputa,
dice que aion propiamente significa duración indefinida o eterna en
oposición a lo que es temporal y finito.
Arrián, el filósofo griego, dice: «Yo no soy un aion, sino un hombre,
una parte del todo, como lo es una hora de un día. Debo subsistir como una hora
y fenecer como una hora.». Arrián contrasta aquí la existencia
efímera de sí mismo como un hombre con la existencia eterna, y por esto emplea
la palabra aion.
Tales autores claramente dan el
pensamiento de eternidad como
significado del término.
Volvamos ahora a lo que es
infinitamente más importante, o sea, el modo en que se usa el término en las
Escrituras. Aionios se usa setenta y una veces en el Nuevo Testamento.
En tres pasajes solamente se aplica a períodos pasados:
“La cual Dios
predestinó antes de los siglos (aionon)” (1.ª Corintios 2:7)
“En quienes los
fines de los siglos (aionon) han
parado”. (1.ª Corintios 10:11)
“Una vez en la consumación
de los siglos (aionon)” (Hebreos 9:26)
Aionon significa, por la fuerza del
contexto en estos pasajes, edades que fueron limitadas por el tiempo.
En todos los otros casos la palabra
claramente significa eterno. Se usa una vez en relación con Dios; una
vez en relación con el poder de Dios; dos veces en relación con el Señor; una
vez en relación con el Espíritu Santo; cuarenta y dos veces en relación con la
vida eterna y siete veces para expresar la duración del castigo eterno.
Ninguno de nosotros que profesemos
en el menor grado ser cristianos pone en duda la existencia eterna de Dios, del
Señor Jesucristo, o del Espíritu Santo. Todos debemos conceder que aionios
significa eterno en esta relación
ya dicha.
Un pasaje, el cual es muy claro,
del cual se infiere la idea de eternidad se halla en 2.ª Corintios 4:18:
“Las cosas que se ven son
temporales, mas las que no se ven son eternas (aionios)”
Seguramente que aquello que es
literalmente duradero por una edad es temporal. Lo eterno está contrastado aquí
con lo temporal o duradero por una edad. Aun apartándonos del griego la fuerza
de este importante pasaje es muy claro.
Véase entonces la larga lista de
cuarenta y dos textos afirmando que el creyente tiene la vida eterna; la larga
lista de catorce textos afirmando la duración eterna de las bendiciones del
creyente que hacen un total de cincuenta y seis textos. Ahora bien, no hallamos
libros escritos fieramente contenciosos para sostener que aionios en
esta relación quiere decir duradero por una edad. Por el
contrario, encontramos escritores
que enseñan la no-eternidad del
castigo, afirmando con lenidad que la vida eterna es eternal. Ciertamente las
piernas del cojo no son iguales. ¡Qué lamentable espectáculo! Hombres que reciben
la Palabra de Dios cuando ésta de acomoda a sus gustos y la rehúsan cuando no
se aviene a sus caprichos.
Pero de los cincuenta y seis
pasajes que se refieren a la vida eterna y sus bendiciones y los siete pasajes
que se refieren al castigo eterno,
fijémonos en uno que conlleva ambos pensamientos. Seguramente no es
casual que el texto se lea de este modo:
“E irán éstos al tormento eterno
(aionios), y los justos a la vida eterna (aionios)” (Mateo 25:46).
Si el castigo no es eterno tampoco
lo es la vida. Tanto los Universalistas como los Aniquilacionistas se ensartan
en los cuernos de un dilema. La MISMA
palabra se usa para caracterizar la duración del castigo de una clase y la vida
de la otra. No se puede eludir este argumento.
El profesor Salmond dice en su libro «La Doctrina Cristiana de la
Inmortalidad»:
«Decir que el
adjetivo aionios tiene un sentido en la primera mitad del versículo y
otro distinto en la segunda es la admisión táctica de la derrota.»
Tenemos que dar frente a esto,
porque nadie puede con honradez sugerir que Dios emplea la misma palabra en un
corto versículo con dos significados distintos.
Notando que la palabra se usa para
caracterizar la duración de la existencia de Dios, del Señor Jesucristo y del Espíritu
Santo, no podemos tener duda alguna en cuanto al significado de ella. Dios ha
grabado el significado de eternidad sobre esta palabra. Tómese otro pasaje
donde el pensamiento del castigo eterno
se halla expresado de dos maneras:
“Cualquiera que blasfemare contra el
Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, mas está expuesto a eterno (aionios)
juicio” (Marcos 3:29).
Tómese luego la solemne declaración
tres veces repetida por el Señor mismo:
“Donde su gusano no muere, y el
fuego nunca se apaga” (Marcos 9:44, 46, 48)
¿No está esto en contraste con el
gehena fuera de Jerusalén, donde millones de gusanos perecían y miles de llamas
eran apagadas? Aquí “su” gusano
nunca muere y el fuego nunca se apaga. Y como si quisiera hacer el significado
doblemente claro, una expresión aun más fuerte se usa en relación con el ser de
Dios, y con el castigo eterno.
“El Dios que vive para siempre jamás
(literalmente, por los siglos de los siglos)” (Apocalipsis 15:7).
“Y el humo del tormento de ellos
sube para siempre jamás (literalmente, por
los siglos de los siglos) Y los que adoran a la bestia y a su imagen, no
tienen reposo día y noche” (Apocalipsis 14:11).
¡Cuán enfático es esto! El mismo
escritor dentro del espacio de unos pocos
versículos afirma que Dios existe para siempre jamás, y que el tormento de los
perdidos continúa para siempre jamás, esto es, que mientras Él exista, el
tormento de los perdidos continúa.
Tormento significa una condición la
cual requiere un ente vivo. Usted no puede atormentar lo que está aniquilado
pues lo que no existe no puede ser tratado de ese modo. Por lo tanto, si el
tormento de esas almas perdidas continúa para siempre –por los siglos de los
siglos– es necesario que estas almas perdidas estén, no aniquiladas, sino en consciente existencia.
Pero con frecuencia se arguye que
Dios es muy benigno para torturar a nadie. Esto es cierto. Dios no tortura a
ninguno. La Biblia nunca afirma esto. “El
juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”.
¿Acusa alguien al gobierno de
torturar a sus ciudadanos porque éstos por sus delitos estén en el presidio? Id
a las cárceles. Ved la mente atormentada, la conciencia acusadora; el amargo
remordimiento que con frecuencia tortura las mentes, y las conciencias de los
reclusos. ¿Se atrevería persona alguna, a menos que estuviera loca, de acusar
al gobierno de deliberadamente torturar a sus presos? ¡Seguramente que no! Es
el recuerdo de su propio delito y la consecuencia presente para ellos que les atormenta.
Ellos se atormentan a sí mismos, pues la Escritura dice:
“En la obra de sus manos fue
enlazado el malo” (Salmo 9:16)
Id un paso más lejos. Si es
necesario que el juez, para castigar a un joven malvado ordene que sea azotado,
y si el juez condena al criminal a trabajo forzado, ¿acusa ciudadano sensato
alguno al juez de torturar a aquellos que así son condenados por sus crímenes?
En relación con los asuntos de este mundo uno no oye la expresión de tal sentimentalismo enfermo, pero si es un
argumento común, si es que cabe llamarlo argumento, con frecuencia aducido en
conexión con este solemne asunto. Rebota sobre las cabezas de aquellos que lo
esgriman.
Hay un pasaje muy claro el cual
establece de modo terminante que ser arrojado al lago de fuego no significa
aniquilamiento, y éste es Apocalipsis 19:20:
“Estos dos (la bestia y el falso
profeta) fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego ardiendo en azufre.”
Entonces en el capítulo 20, leemos
que el diablo está en el abismo por mil años, por todo el milenio, y al fin de
ese tiempo es suelto y después de una breve rebelión leemos:
“Y el diablo que los engañaba, fue
lanzado en el lago de fuego y azufre, donde está la bestia y el falso profeta;
y serán atormentados día y noche para siempre jamás” (Apocalipsis 20:10).
Aquí aprendemos dos cosas. Por más
de mil años dos individuos, la bestia y el falso profeta, habrán estado en el
lago de fuego, cuando Satanás vendrá a unírseles, y la porción de ellos será “Ser atormentados día y noche para siempre
jamás (literalmente, por los
siglos de los siglos)”. ¿Se dirá a la faz de esto que el castigo no es eterno? Se ha
intentado restar solemnidad a la verdad de este pasaje agarrándose a la
expresión “día y noche”. Pero
esta es una oposición ociosa sino algo peor, a esta verdad. Más aún, si pudiera
pasar el argumento aún tendríamos que hacer frente a la expresión “para siempre jamás”. El hecho
es que la expresión “día y noche”
sólo enfatiza el carácter continuo e
irremisible del castigo.
Pero, dice el opositor, «¿Cómo
puede un individuo estar en un lago de fuego, y no ser consumido al instante?»
Creemos que se ha hecho incontable daño por predicadores que se han extendido
en una descripción gráfica y vívida y al mismo tiempo antiescritural del
lenguaje empleado por las Escrituras concerniente al “gehena”, “lago de fuego”, “su gusano”, y “las tinieblas de
afuera”. Creemos que el predicador debiera usar el lenguaje mismo de las Escrituras, y si no lo hace, falta a la
fidelidad que debe a sus oyentes. Advierta a sus oyentes del peligro del fuego
del infierno y del castigo eterno, pero hágase esto estrictamente en el
lenguaje que el Espíritu Santo enseña.
Una cosa es perfectamente clara. Si
se arguyera que estos términos son simbólicos, esto en manera alguna debilita
las horribles verdades que venimos considerando. Nunca olvidemos esto.
El Señor Jesús, en infinita
sabiduría e ilimitada compasión por los perdidos ha creído propio usar lenguaje
claro y admonitivo, y nosotros hacemos bien en adherirnos a ese lenguaje, no
quitándole ni tampoco añadiéndole. El
finado Sir Roberto Anderson escribió:
«Tan horrible es
la enseñanza del Señor Jesús respecto a la condenación del impenitente que cada
declaración sobre el asunto debe adherirse estrictamente a los términos
precisos de las Escrituras.»
Estamos enteramente de acuerdo con
esta observación, pero usemos el mismo lenguaje de las Escrituras. Hallaremos
que ellas son la espada del Espíritu.
Existen, sin embargo, dos incidentes notables dados en las
Escrituras los cuales podrían muy bien silenciar a cualquier opositor.
Cuando Moisés estaba cuidando el
rebaño de Jetro su suegro en Horeb él contempló una escena maravillosa.
“Y se le apareció el Ángel de Jehová
en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza
ardía en fuego, y la zarza no se consumía” (Éxodo 3:2) [8]
El especulador puede decir: «¿Cómo es
que la zarza puede arder y no ser consumida?» Aquí tenemos las declaraciones
categóricas de que fue así.
Más aún, recordaréis como los tres
mancebos hebreos fueron arrojados dentro de un horno ardiente calentado siete veces más de lo común al extremo que las fieras llamas mataron a los hombres
más poderosos del ejercito de Nabucodonosor, quienes fueron encargados de
arrojarlos, y a pesar de esto los tres mancebos hebreos no se quemaron ni su
cabello fue chamuscado ni sus ropas se mudaron ni olor de fuego había pasado
por ellos.
Solamente las cuerdas con que
fueron atados fueron consumidas. ¿Podéis explicar
esto? Antes sometámonos sin reserva a la Palabra de Dios, y creamos
exactamente lo que ellas dicen.
Debemos tener en mente que no
podemos aplicar las condiciones que privan
en esta vida en conexión con los cuerpos mortales, a los cuerpos de los
incrédulos que serán resucitados para el juicio. Hacer tal cosa solo denuncia
nuestra ignorancia.
Hay un pasaje muy expresivo el cual
se presta a gran reflexión. Se halla al final de las palabras en que el Hijo de
Dios hace una solemne advertencia en cuanto al gehena.
“Porque todos serán salados con
fuego y todo sacrificio será salado con Salmos Buena es la sal: mas si la sal
fuere desabrida, ¿con qué la adobaréis? Tened en vosotros mismos sal: y tened
paz los unos con los otros” (Marcos 9:49-50).
Todos conocemos la propiedad
preservativa de la Salmos La putrefacción es indefinidamente detenida en la
carne cuando es salada. Este es un mundo en el cual se ha desarrollado la
putrefacción moral y el Señor desea que Su pueblo sea conservado por la sal
preservativa de su gracia. El sacrificio salado por sal es emblemático del
hecho de que Dios desea preservar Su pueblo para Sí de la impureza y corrupción
de lo que nos rodea. Como dice un buen conocido autor:
«Sal… es aquella
energía de Dios dentro de nosotros que une todo lo que hay en nosotros con Dios
y dedica el corazón a Él, atándolo a Él en el sentido de obligación y de deseo, rechazando todo lo que hay en uno
mismo que sea contrario a Él» (J. N. Darby).
Si esto falta cuan terrible es el
lenguaje, «salado con fuego». El
fuego en vez de consumir y destruir, hace todo lo contrario. Es preservativo
por sí mismo, de aquí que sea “fuego
que nunca se apaga”.
Keble dice con mucha verdad:
«Salado por fuego
parece mostrar, cómo el espíritu perdido en un ¡ay! sin fin, puede vivir sin
corromperse…»
He encontrado invariablemente en
conversación personal con aquellos que afirman la no-eternidad del castigo que
se remiten muy pocas o ninguna vez a las Escrituras, sino que recurren al
sentimiento y a la razón carnal. Nos dicen que Dios no puede hacer esto y que
hará aquello. La Palabra de Dios puede enseñar todo lo opuesto a eso. Esto, en
mi experiencia, generalmente importa muy poco para ellos. Ellos se yerguen en
jueces y afirman lo que Dios hará o no hará.
Rogamos al lector no preste
atención al sentimiento o a la razón carnal en esta materia porque las
Escrituras claramente nos dicen:
“El hombre animal (natural) no percibe las cosas que son del Espíritu de
Dios, porque le son locura…” (1.ª Corintios 2:14)
Y otra vez nos dice:
“Por cuanto la intención de la carne
es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios ni tampoco
puede” (Romanos 8:7).
Digamos
siempre y en todas las ocasiones: “¿Qué dice la
Escritura?” Allí solamente estamos sobre terreno firme. Sólo allí
estamos seguros.
En relación con este asunto leímos un
libro afirmando el Universalismo. EL autor niega desembarazadamente el
pensamiento de eternidad en sentido alguno a la palabra aionios. El debe
conocer el modo en que aun escritores paganos han usado la palabra en ese
sentido, como hemos señalado, pero él no hace alusión alguna a ellos. Él se
arroga el derecho de enseñarnos sobre la materia, por tanto nosotros tendríamos el derecho de esperar que él esté
bien familiarizado con ella.
Más aún, él niega con igual
desembarazo el castigo eterno, diciendo que es duradero por una edad y para ser
consistente afirma que la vida es solamente duradera por una edad. ¡Ah, la
sofistería de su alegación! Es en un extremo descabellada. Sesenta y cinco
veces es la vida eterna mencionada en el Nuevo Testamento. Este autor tiene la
osadía de decirnos que sesenta y cinco veces Dios nos dice en su Palabra que la
vida divina que Él da es solamente por una edad, pero con todo eso afirma
inmediatamente que la vida no es duradera por una edad en absoluto sino para
siempre jamás, recurriendo a otros pasajes para probar esta afirmación.
¿Se presta la Palabra de Dios a
tales juegos malabares? ¿Puede afirmarse una y otra vez que la vida es duradera
por una edad y al mismo tiempo decir que es eterna y nada más? Tales argumentos son indignos de un hombre
de responsabilidad intelectual, por no decir de Dios mismo.
Pero este ministro probablemente
cree conveniente olvidar que aionios se usa una vez con respecto a Dios
Mismo. ¿Dura Dios sólo por una edad? Se usa una vez también en relación con Su
poder. ¿Dura el poder de Dios sólo por una edad? Se usa dos veces en relación
con el Señor Jesús, en quien están fundadas todas las esperanzas del pecador
creyente. ¿Es el Señor un Salvador que sólo dura por una edad? También se usa dos veces en
relación con el Espíritu Santo. ¿Dura la eternidad sólo por una edad? Al hacer
estas preguntas las dejamos contestadas.
¿Por qué este ministro no menciona
uno de estos pasajes en los cuales se emplea el término aionios del modo
ya indicado? Él los conocía, de eso no hay la menor duda. ¿Por qué no se
refirió él a estos textos? El hecho es que él no podía encararse con ellos y por esto optó por
ignorarlos. ¿Hay consistencia en esto? ¿Se puede defender una causa adoptando
una conducta tal?
Él no está solo en la condenación
que las Escrituras influyen a aquellos que manejan la Palabra de Dios
engañosamente. Todas las religiones apostatas y anticristianas como los
Testigos de Jehová, La Ciencia Cristiana, el Adventismo del Séptimo Día y el
Mormonismo se unen para negar abiertamente el castigo eterno y lo hacen
barajando de una manera engañosa la Palabra de Dios. Junto a estos se
encuentran las blasfemas doctrinas respecto a la deidad del Señor Jesús y Su
obra expiatoria.
Oímos a uno de estos engañadores
decir dirigiéndose a un auditorio de cerca de mil personas que Dios dictó la
sentencia de muerte sobre el pecador desobediente y que cuando Adán pecó el
juicio fue:
“El día que de él
comieres, morirás” (Génesis 2:17).
Es decir, el hombre vino a ser mortal y a su debido tiempo
murió, el alma murió, y murió el espíritu,
y ése fue El juicio. Que después de la muerte no había conocimiento. Él
siguió sosteniendo que la muerte era el entero juicio, que Dios lo dijo y que
nosotros debemos creerlo. Tan engañoso manejo de las Escrituras levantó nuestra
justa indignación, por eso dijimos allá, clara y solemnemente de tal modo que
todos pudieron oír: “Las Escrituras
dicen:
“Está establecido a los hombres que mueran una vez,
y después (de la muerte) el juicio” (Hebreos 9:27).
Si
después de la muerte es el juicio, ¿cómo puede ser la muerte el juicio?»
El orador pareció titubear por un
momento al verse contradicho y nosotros estamos seguros que estábamos
respaldados por el poder de la Palabra de Dios y el espíritu Santo.
Reponiéndose un tanto este engañador dijo más o menos así: No puedo explicar
cada versículo de la Biblia en este instante. En estos momentos sólo ocupa mi
atención Génesis 2:17. La evasiva era el único camino abierto para él. No era
el camino del valor ni de la hombread, pero este incidente nos da una muestra
del modo en que multitudes son engañados.
¿Es la teoría de la no-eternidad
del castigo sustentada por cristianos espirituales, por aquellos que tienen un
profundo conocimiento de las Escrituras, cuyas vidas están caracterizadas por
la santidad y por el fervor y por el éxito en alcanzar inconversos? Nuestra
experiencia es que no. Esta teoría fue promulgada por primera vez en nuestra
juventud por tales críticos descreídos y mordaces como Carlos Bradlaugh y
Roberto Ingersoll y propaganda más tarde aquí y allá entre los cristianos
nominales por elementos audaces del tipo de Canon Farrar y Archdeacon
Wilberforce, filtrada sutilmente en novelas, tentativamente sugeridas en
poesía, y ha tomado tal incremento que ha venido a ser la creencia general de
la cristiandad. Mostradme un mero cristiano nominal, mundano, un hombre con un
bajo concepto de las Escrituras, de Dios, del pecado, y de la expiación, y esta
teoría hallará pronta acogida en su mente.
Por el contrario la verdad del
castigo eterno se halla entre aquellos a quienes uno puede mirar con respeto
por ser vivos exponentes del cristianismo, quienes son reconocidos como
verdaderos estudiantes de las Escrituras y usados prominentemente por Dios en
el ministerio a los creyentes y en la evangelización entre los inconversos.
Todo esto, aunque no aducido en
forma de argumento, ya hemos establecido claramente la verdad desde el punto de
vista escritural, redunda en apoyo de nuestra contención.
Estamos
seguros que la Palabra de Dios presenta la verdad en términos claros y precisos, de suerte que ésta sea
recibida en su justa y verdadera intención. Preferiríamos escuchar la
exposición de un discípulo “ignorante y sin letras” como los antiguos apóstoles,
pero hombre espiritual y de piedad, antes que a uno que solo se apoya en su
erudición y en el poder de su intelecto. Un conocimiento del hebreo y del
griego es cosa de gran utilidad, pero hay otras cosas mucho más necesarias; las
cuales son, ser un verdadero creyente en el Señor Jesús y depender del Espíritu Santo tanto para la
enseñanza como para la recepción de la verdad.
La erudición en manos de un hombre
del calibre que dejamos dicho es de gran valor y yo sería el último en restarle
importancia.
Es consolador acercarse a las
Escrituras sintiendo que ellas fueron escritas no sólo para beneficio e
instrucción de los letrados y eruditos sino que también para los sencillos
creyentes en Cristo, y si los sabios y eruditos se cuentan entre éstos se puede
considerar a sí mismos hombres felices.
Cualquier sencillo creyente que lea
las Escrituras por primera vez desembarazado de la incredulidad religiosa del
siglo veinte, se levantaría de su tarea plenamente convencido de que Dios ha
amonestado al pecador incrédulo acerca de los horribles riesgos que corre, a
saber, el castigo eterno, esto es, la existencia consciente por toda la
eternidad bajo la ira de Dios.
Y cuando se hace necesario
investigar cuidadosamente esta cuestión, no tomando nada a prima facie, mas siguiendo paso a paso la enseñanza de las
Escrituras sobre la materia, no podemos sino levantarnos de nuestra
investigación sin una sombra de duda en cuanto a la enseñanza de la Palabra de
Dios al respecto.
La
enseñanza solemne de las Escrituras es que el castigo del incrédulo es eterno, que es un tormento consciente y sin
fin en el lago de fuego. Nos sometemos a su enseñanza y nuestra
oración es que tanto el autor de este
folleto como los lectores despierten a un celo más diligente y más abnegado en
la predicación del Evangelio, “porque es potencia de Dios para salvación a
todo aquel que cree” Romanos 1:16.
Si este tratado llegara a las manos
de un inconverso, le rogamos que se vuelva sin un momento de dilación al Señor
y confíe en Él como Salvador que murió en la cruz ignominiosa para que el
camino de la vida y la salvación fuese justamente revelado a “todo aquel que cree”. ¡Qué glorioso
Evangelio!
Pero recordad que fue el mismo Salvador quien amonestó solemnemente
a sus oyentes acerca del infierno.
¿Queréis recibirle como vuestro
misericordioso Salvador ahora o como vuestro Juez delante del Gran Trono
Blanco? ¿Cuál queréis que sea vuestra porción, la vida eterna o el castigo
eterno? Os ruego que contestéis estas preguntas ante la santa presencia de
Dios. Podéis ser salvos y serlo ahora
mismo.
“Jesucristo… se dio a Sí Mismo en
precio de rescate por TODOS” (1 Timoteo 2:6).
“Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que
dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Romanos 10:9).
“He aquí AHORA el tiempo aceptable; he aquí AHORA el día de
salud” (2 Corintios 6:2)
A. J. Pollock
(Derechos reservados, Ediciones Bíblicas, el
libro completo puede solicitarse a Ediciones
bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza)
NOTAS
[1] N. del A.― Será
necesario, en el curso de este tratado, referirnos a palabras hebreas y griegas.
El lector que entienda inglés podrá verificar estas citas no empece su
ignorancia de aquellos idiomas, con la ayuda de «Young´s Analytical
Concordance», y quienes sepan español podrán buscar en los manuales de
referencia en ese idioma. Haremos bien en desconfiar de las referencias al
hebreo y al griego a menos que tengamos a la mano los medios de comprobarlas.
[2] N. del A.― El fundador de
los llamados «Testigos de Jehová».
[3] N. del A.― Algunos
autores aseguran que hades es una localidad situada en el centro de la
tierra. Siendo uno de sus departamentos el paraíso y otro la morada de los
perdidos. Pero 2.ª Corintios 12:1-4 es claro al respecto. “El tercer cielo,”
esto, es la inmediata presencia de Dios, es idéntico al “paraíso,” zanjando el
punto en cuanto a dónde está el paraíso. El primer cielo es el firmamento o la
expansión de Génesis1, la atmósfera que rodea la tierra, el sitio de las nubes;
el segundo cielo es el vasto espacio que contiene nuestro sol y sistema
planetario el cual se extiende aún más allá de los vastos espacios que contiene
las estrellas; mientras que el tercer cielo se usa para designar la morada de
Dios.
[4] N. del A.― El siguiente
extracto de un bien conocido escritor merece consideración: «El rico y Lázaro
no me siento libre para considerarlos como una parábola aunque no tengo
controversia con aquellos que así lo consideran. No solamente no es llamada una
parábola sino que también se introduce nombres, una cosa sin precedentes en las
parábolas de nuestro Señor. Prefiero considerar al rico y a Lázaro como
personajes reales cuya historia en este mundo y en el más allá es solamente
trazada por el Señor para el provecho moral de los hombres en todos los
lugares.» El hecho de que nuestro Señor describe la condición del rico después
de la muerte en lenguaje simbólico, a lo menos en parte, no prueba en modo
alguno que no fuera un individuo real. Obsérvese que todo lo que se dice de él
y Lázaro en vida está en completa armonía con las peripecias de la vida real.
[5] N. del A.― Sería bueno de paso decir algo en cuanto a la
expresión “el abismo” (griego = abussos) la cual se usa siete veces en el libro
de Apocalipsis. Evidentemente no es lo mismo que el lago de fuego, porque en Apocalipsis 20:3 Satanás es
arrojado al pozo del abismo antes del milenio, y al fin de este es suelto de su
prisión y después de un corto período de
rebelión contra Dios es arrojado al lago de fuego y azufre (véase cap. 20:10) –
su condenación final. El abismo es evidentemente un lugar de confinamiento para
los espíritus malos y desde donde éstos pueden por permisión de Dios venir a la
tierra y ser usados como azote contra el mundo impío. Hay sólo otros dos
lugares donde la palabra “abussos” es usada. En Lucas 8:31, donde el Señor
arroja la legión de demonios fuera del endemoniado, ellos “le rogaron que no
les mandase ir al abismo” (griego, abussos),
esto es, a volver a su lugar de confinamiento. En Apocalipsis 9, el abismo es
abierto por un ángel, e inmediatamente enjambres de demonios bajo el símbolo de
langostas ascienden sobre la tierra; evidentemente el espiritismo de un modo
espantoso y militante afligirá la tierra una vez que sea quitada la presente
restricción de la presencia del Espíritu Santo. En Romanos 10:7, el uso de la
palabra “abussos” tiene el sentido de la entrada del cuerpo del Señor en el
sepulcro y el consecuente milagro de la resurrección. “¿Quién descenderá al
abismo (abussos)? Esto es, para
volver a traer a Cristo de los muertos.” El pasaje mismo explica el significado
de la palabra, según ésta se usa en este particular.
[6] N. del A.― La guerra
moderna con su multitud de barcos torpedeados y hundidos ha dado un significado
vívido a las palabras “y el mar dio sus muertos que estaban en él” (Apocalipsis
20:13).
[7] N. del A.― Se sabe
muy bien que la palabra «inmortal» usada en 1 Timoteo
1:17 y aplicada a Dios debe traducirse «incorruptible».
[8] N. del A.― Hay dos
pasajes. «La misma naturaleza, ¿no os
enseña?» (1.ª Corintios 11:4) y, “Habla
a la tierra, que ella te enseñará” (Job 12:8) los cuales nos instruyen en cuanto a cómo usar ilustraciones de las
cosas que nos rodean. En el caso de la zarza ardiente lo ocurrido fue contrario
a la naturaleza. Pero en la naturaleza tenemos un notable mineral, asbesto,
de fina textura fibrosa semejante al lino, que es incombustible, cuyo nombre se
deriva del griego. La misma palabra se usa en los siguientes pasajes:
«Quemará la paja
en el fuego que nunca se apagará
(griego asbestos)» (Mateo3:12).
«Fuego que no puede ser apagado (griego asbestos)» (Marcos 9:43).
«Fuego que no
puede ser apagado (griego asbestos)»
(Marcos 9:45).
«La paja quemará
en fuego que nunca se apagará (griego
asbestos) (Lucas 3:17).
¿Existen límites
para el poder de Dios? Hacemos bien en
no especular en cuanto en cuanto a las condiciones de las cuales no tenemos
conocimiento salvo el revelado en las Escrituras.