La Iglesia vela

 porque Cristo venga

 

 

Respecto de la venida del Señor por los suyos, un autor argumentó lo siguiente:

 

«En ningún lado la Biblia dice que el cristiano ha de velar por la venida de Cristo» (George E. Ladd «The Blessed Hope»).

  

Examinemos esta declaración a la luz de las Escrituras.

 

Hay que tener siempre en cuenta que ciertas objeciones que nos formulan los oponentes de la verdad bíblica (incluida la verdad dispensacional), parecen ser literalmente correctas, pero que en realidad son esencialmente erróneas, ya que no se entiende la unidad de pensamiento del Espíritu en el conjunto de la Palabra de Dios, quien es el único que nos puede enseñar las cosas de Dios.

 

Aclararemos esto con un ejemplo. Un objetor dice:

 

«¿Dónde enseña la Biblia la Trinidad?, ¡Dadme versículos de prueba que afirmen explícitamente esta doctrina que surgió después de los apóstoles. Pablo nunca enseñó la fórmula 'un Dios en tres personas', ni el mismo Señor; son todas inferencias forzadas del pensamiento religioso, pero no Sagarada Escritura»

 

Así, vemos que acusaciones o afirmaciones que parecen literalmente correctas, pueden estar ―y, en este caso, como en tantos otros, de hecho lo están― básicamente equivocadas, y muchas veces esto es fatal. Pues la verdad bíblica no puede derivarse únicamente de textos explícitos, como si todo fuera un código, sino que, leyendo y comparando «Escritura con Escritura», descubrimos también muchas verdades implícitas, que se infieren claramente del estudio de “toda la Escritura”, en su conjunto, pero que tienen el mismo grado de verdad que lo enseñado en forma explícita. Y tal es el caso, por ejemplo, de la verdad bíblica de la Trinidad, aunque la palabra «Trinidad» no aparezca en la Biblia. Pero vamos al tema.

 

Todo cristiano debe (o debería) sentir la necesidad de velar por la venida del Amado. Esto se implica directamente a partir de esas memorables palabras por las que se nos exhorta a recordarle en su muerte:

 

“El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan... Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:23-26).

 

Aquí se nos recuerda acerca de su muerte y de su venida por nosotros. ¿No hemos de velar? ¿No dice el apóstol a los tesalonicenses:

 

“Cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo” (1.ª Tesalonicenses 1:9-10)?

 

¿No fueron encomiados los tesalonicenses por esto?

 

¿Cuál es la apropiada respuesta del corazón a la promesa que el Señor nos hizo?:

 

“Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3)

 

¿No es la actitud correcta, tener los ojos fijos en Él, esperando ardientemente Su venida?

 

Volviendo a la frase del principio, que ponemos bajo la lupa de las Escrituras, vemos también que adolece de esta falla: la Biblia no enseña que velemos por su venida, sino por él mismo. Hay una gran diferencia entre velar por algo acerca de una persona, que velar por la persona misma.

 

Veamos qué dice el Señor a la iglesia de Sardis en Apocalipsis 3:3:

 

“Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti”

 

La misma expresión la encontramos, por ejemplo, en Marcos 13:33-37 (compárese Marcos 14:34-38).

 

“Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo.Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad”

 

Las diez vírgenes, por no haber velado, ¡se durmieron!: (Mateo 25:1-13)

 

“Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron

 

Y el Señor les dice:

 

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir” (v. 13).

 

Tengamos presente también el último capítulo del Apocalipsis (y si la profecía y el futuro no fuesen importantes, como algunos alegan, entonces la Biblia no terminaría con estas palabras):

 

Después que fue predicha toda la profecía del Apocalipsis, el Señor le dice a la Iglesia que ¡está viniendo pronto!:

 

“He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra” (Apoc. 22:12)

 

Y finalmente, esto despierta un corazón anhelante por Él:

 

“Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven” (22:17)

 

Puede que aquí no seamos mandados a velar por Su venida, pero ésta es la única respuesta apropiada de los corazones que han oído los benditos acentos de su prometida e inminente venida. Oponerse a esta realidad, es oponerse al clamor del Espíritu Santo.

 

Volvamos a Apocalipsis 3:3.

 

Debemos notar aquí que la falla de Sardis en velar, la coloca precisamente bajo el mismo juicio que recaerá sobre el mundo en forma sorpresiva. Pues el Señor nunca viene como ladrón por su amada esposa, la Iglesia, sino que viene como ladrón contra el mundo. Esto lo podemos ver con más detalle en 1.ª Tesalonicenses 5:1-8.

 

“Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche; que cuando digan (o sea, el mundo): Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina...y no escaparán”

 

Es evidente que el Señor no viene como ladrón para los suyos: “Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.”

 

Pero si la Iglesia profesante (esto es, la que profesa creer en el Señor o ser cristiana) vive con el mundo y como el mundo, entonces el juicio de Dios la alcanzará (hablamos de los incrédulos por supuesto). Y un ladrón nunca viene para bien.

 

Adviértase también que se trata del “día del Señor”, que es lo que viene, y que, por ende, no se está hablando de la venida del Señor por los suyos, o del día de Cristo, el cual tiene un aspecto celestial. Hay siempre una diferencia entre “el día del Señor” y “el día de Cristo”.

 

Flavio H. Arrué

 


 

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