¿Guardó Cristo la ley de Dios por nosotros durante su vida?

 

 

La vida de perfecta obediencia de Cristo a la ley no es imputada al creyente

 

 

 

La cruz es el único lugar donde se llevaron los

pecados

 

SEGUNDA PARTE

 

 

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero… y por cuya herida fuisteis sanados”

 

(1.ª Pedro 2:24)

 

 

La obediencia de Cristo durante su vida, ¿sirve de base para nuestra justificación?

 

 

En la primera parte de este estudio (¿Pagó Cristo la culpa por nuestros pecados antes de la cruz?), vimos el error de la «escuela teológica reformada» de atribuir a los sufrimientos de Cristo anteriores a su muerte en la cruz, virtud sustitucionaria; y demostramos también que, hasta donde sepamos, no existen pasajes bíblicos que den apoyo a esta hipótesis. Pero también se enseña que Cristo nos redimió con su vida de perfecta obediencia a la ley de Dios. Se alega que Cristo no sólo murió por nosotros como nuestro Sustituto, sino que también vivió por nosotros y guardó perfectamente la ley de Dios por nosotros como nuestro Sustituto, antes de la cruz y a lo largo de su vida. Es decir, que no sólo su muerte satisfizo las demandas de la justicia divina —como amplia y claramente lo establece la Escritura—, sino también su vida, su vida de obediencia. Esta creencia vino a conocerse como «la obediencia activa de Cristo», la que supuestamente le era imputada al creyente para su justificación junto con Su «obediencia pasiva» de muerte en la cruz. Cristo, según esta teoría, proveyó así un doble fundamento para la justificación del pecador: su obediencia junto con sus sufrimientos desde su nacimiento hasta la cruz (o sea, su «obediencia activa»), y sus sufrimientos y muerte en la cruz (los cuales constituyeron, se dice, su «obediencia pasiva»), insistiendo en que su obediencia y sufrimientos anteriores a la cruz son esenciales para nuestra justificación (contrariamente a la enseñanza bíblica que declara que sólo la muerte de Cristo en la cruz constituye el fundamento para nuestra justificación, y esto lo vamos a ir viendo a lo largo de este escrito).

 

L. Berkhof lo expresa de la siguiente manera:

 

«La base para el perdón de los pecados la encontramos en la obediencia pasiva de Cristo que se hizo maldición por causa nuestra (Gálatas 3:13); y en su obediencia activa mediante la cual ganó para nosotros todos los dones de gracia, incluyendo la vida eterna…» (Teología Sistemática, pág. 627; itálicas nuestras).

 

El conocido teólogo reformado Archibald A. Hodge apunta:

 

«Las Escrituras nos enseñan claramente que la obediencia de Cristo fue tan ciertamente sustitucionaria como sus sufrimientos, y que él nos reconcilió con el Padre tanto por lo uno como por lo otro» (A. A. Hodge, The Atonement, Grand Rapids, MI: Eerdmans Publishing, 1953, pág. 248-249).

 

La Reformation Study Bible dice en una nota sobre Romanos 3:24:

 

«La justificación está basada no sólo en la muerte de Cristo en la cruz donde él llevó la culpa del juicio de Dios contra nosotros, sino que también se basa en la vida de obediencia de Cristo a lo largo de la cual él cumplió los preceptos de la ley de Dios por nosotros.»

 

Así, para esta escuela de doctrina, la denominada «obediencia activa» de Cristo, sumada a su «obediencia pasiva», suple la parte positiva de la justificación del pecador, sin limitar la “obediencia” a la obra de la cruz, creyendo que la obediencia de Cristo a la ley de Dios durante toda su vida agrega algo a la justificación del creyente.

 

Esta doctrina, llamada «la imputación de la obediencia activa de Cristo», tuvo sus orígenes en el período de la Reforma, y fue plasmada primeramente en los escritos de los reformadores Juan Calvino y Martín Lutero, y es seguida por muchos «evangélicos» de hoy[1].

 

En el presente escrito repasaremos las bases bíblicas de la justicia de Dios y de la justificación del pecador: sólo la muerte de Cristo, según la Palabra, es plenamente suficiente y eficaz para justificar y limpiar de pecados al que cree, y Su vida de perfecta obediencia no es para justificación, sino sólo su sacrificio. ¿Cómo Dios manifiesta su justicia? ¡En la cruz!, saldando allí la cuestión del pecado en las tres horas de tinieblas cuando Jesús fue abandonado por Dios mientras era “hecho pecado” por nosotros. Pero la razón y la teología humanas hicieron sus agregados a este simple fundamento de la justificación, e introdujeron la ley y la obediencia a ella, la vida perfecta del Señor, etc., atribuyéndoles virtudes sustitucionarias, restando así valor y eficacia al sacrificio único y suficiente de la cruz. Romanos 5:19 es a menudo citado como base de esa hipótesis, y es presentado erróneamente como en referencia a «la obediencia durante toda la vida de Cristo a la ley de Dios», mientras que “la obediencia” de que aquí se habla, claramente se refiere a la obediencia de Cristo a la voluntad de Dios de ir a la cruz —para lo cual estaba destinado desde antes de la fundación del mundo (1.ª Pedro 1:18-19)—, a fin de cumplir la expiación allí y sólo allí —ni antes, ni durante su vida, ni después, pues algunos alegan que la cumplió luego en el cielo—, como bien lo expresa Filipenses 2:8 : “Haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (para un examen de otros pasajes usados para sustentar la idea de una obediencia activa de Cristo a la ley que nos es imputada, véase la nota [4]). Prosigamos con el desarrollo del tema.

 

La vida de Cristo fue sin pecado

 

Ningún creyente puede dudar de que Cristo vivió una vida santa, sin pecado, de perfecta obediencia a los mandamientos y a la voluntad de Dios. Él mismo dijo en cuanto a su Padre: “Yo hago siempre lo que le agrada.” “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre” (Juan 8:29; 15:10). Cristo “no conoció pecado”; fue “un cordero sin mancha y sin contaminación”, “no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (2.ª Corintios 5:21; 1.ª Pedro 1:19; 2:22). El apóstol Juan afirma que “no hay pecado en él” (1.ª Juan 3:5) y el apóstol en la epístola a los Hebreos declara también que “fue tentado en todo según nuestra semejanza, sin pecado” (Hebreos 4:15) [2].

 

Pero afirmar que «la vida santa y sin pecado del Señor le es imputada por justicia al creyente cuando éste cree» es pura especulación, y la Biblia no conoce nada de eso. La vida de Cristo sin pecado, su humanidad santa, no tiene nada que ver con nuestra justificación, sino que, además de ser algo propio de su naturaleza santa, fue también una ofrenda perfecta para Dios, simbolizada en la ofrenda de presente, en la torta de flor de harina cocida, con aceite e incienso (Levítico 2). Dios halló siempre “plena complacencia” en la vida perfecta de Jesús, y, durante toda su vida de perfecta obediencia, los cielos siempre estuvieron abiertos para él, excepto en las tres horas de tinieblas en la cruz, cuando fue “hecho maldición” (Mateo 3:16-17; 17:5).

 

Para nosotros, contemplar las glorias morales del Hombre Cristo Jesús en su paso por esta tierra antes de la cruz —y no solamente su entrega como Cordero sin mancha a Dios en la cruz— simplemente nos pone de rodillas y despierta en nuestras almas la más profunda adoración. Su gloria moral era algo inherente a su propia naturaleza santa, que lo hacía apto para venir a ser el Cordero del sacrificio (Éxodo 12:15; 1.ª Pedro 1.19); pero esto no equivale a decir que la vida perfecta de Cristo contribuya directamente a nuestra redención. Su vida en santidad, pues, era algo esencial de su persona, pero de ninguna manera es de naturaleza sustitucionaria. El Evangelio no consiste en el hecho de que Cristo vivió una vida de perfecta obediencia a favor de nosotros —como comúnmente se enseña—, sino en “que Cristo murió por nuestros pecados… y que fue sepultado, y que resucitó” (1.ª Corintios 15:3-4).

 

La simple enseñanza de la Biblia, pues, no es que somos justificados en virtud de la vida sin mancha y de perfecta obediencia de Jesús a Dios, sino que somos contados como justos delante de Dios mediante la fe en Cristo, y ése es el simple significado de que Dios imputa justicia. En la muerte de Cristo, Dios manifestó su justicia (Romanos 3:21); y no en la vida de Cristo. Consideraremos a continuación esta gran verdad del único fundamento sobre el cual Dios justifica al pecador.

 

El fundamento de nuestra justificación lo constituye sólo la muerte de Cristo, no su vida

 

Repasemos brevemente la importante doctrina paulina de cómo un hombre es considerado justo delante de Dios (justificado) y cómo le es imputada justicia. Recordemos que «imputar» significa simplemente «tener por» o «contar por» justo (siendo el imputado esencialmente injusto). “La fe contada por justicia” aparece en Romanos 4:11. Sólo el derramamiento de la sangre del Salvador hizo posible que Dios, con justicia, justificara al que cree. Jesús cumplió perfectamente la ley de Dios durante su vida en la tierra, y mucho más que la ley de Dios; pero sólo en su muerte sustitucionaria y sacrificial, Dios hizo a Aquel que no conoció pecado, el ser hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiésemos ser justicia de Dios en Él resucitado y glorificado (2.ª Corintios 5:21). Nótese que Romanos 4:25 no dice: «el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y obedeció la ley para nuestra justificación». La «teología reformada» tiene a Cristo en el lado erróneo de la cruz. No encontramos nuestra justicia en la ley ni mucho menos en el hecho de que Cristo guardó la ley durante su vida, sino únicamente en Él, en el Cristo resucitado (2.ª Corintios 5:21). Nuestra posición justa en Cristo se debe al hecho de que hemos sido unidos al Cristo resucitado, y él ha venido a ser nuestra justicia (1.ª Corintios 1:30).

 

Justicia imputada: ¿Qué significa que Dios imputa justicia al que cree?

 

Hagamos una digresión sobre un importante punto de la Epístola a los Romanos. En  la «teología reformada» se ha escrito mucho acerca de «justicia imputada» (esto es, «atribuida» a otro), pero de una manera errónea. La expresión la emplean para designar una supuesta transferencia al creyente de la justicia de perfecta obediencia de Cristo a la ley, y ésa se supone que es la justicia del cristiano. Si bien la expresión «justicia imputada» no se encuentra en la Escritura, en la epístola a los Romanos hallamos que Dios imputa justicia al creyente. Lo que no significa, es una transferencia de una cantidad de justicia fuera del creyente que es transferida, o acreditada, al creyente.

 

El significado de que Dios imputa justicia (que no es lo mismo que imputar la justicia de Dios[3]), consiste simplemente en que Dios cuenta a un hombre como justo delante de Él, cuando en realidad no lo es. Éste es el tema de la epístola a los Romanos, desde el capítulo 1 hasta el capítulo 5:11.

 

Una analogía de lo que significa que Dios imputa justicia al creyente contándole así como justo, fue dada por J. N. Darby en el caso de la circuncisión:

 

«Un pasaje análogo (Romanos 2:26) da el mismo sentido: la incircuncisión es contada por circuncisión; es decir, que el hombre es contado como circunciso cuando no lo es. Así, cuando una persona es contada como estando en una condición en la cual de hecho no lo está, una cantidad de justicia disponible fuera de él, contada a su favor, no es el significado de ‘justicia imputada’. Ésta significa el estado de la persona a los ojos de Dios contada así justa. La justicia imputada a un hombre es lo mismo que el hombre sea tenido por justo» (Collected Writings 7:277).

 

La enseñanza de Romanos es acerca de cómo un hombre es justo delante de Dios, y de que la justicia es imputada a una persona, de modo que ella es tenida por justa delante de Dios. J. N. Darby observó:

 

«Imputar justicia, o justicia que es imputada, ¿significa una determinada cantidad de justicia transferida a favor de un hombre, o más bien tener a un hombre por justo, contarle o considerarle como tal? En la Escritura siempre significa esto último. En Romanos 4:11 es abstracto: “para que les sea a ellos también imputada la justicia” (véase Lacueva NTI), es decir, para que ellos sean tenidos o contados por justos, aunque no de la circuncisión. No se trata para nada de una cantidad de justicia subsistente y luego puesta a su cuenta; sino que la justicia misma les ha de ser imputada» (Collected Writings 10:58)

 

«El ser justo para un hombre es su posición delante de Dios, y no una cantidad de justicia transferida a su crédito» (Collected Writings 23:254).

 

Ninguna justicia por guardar la ley es imputada ni transferida de Cristo al creyente

 

No hay justificación por las obras de la ley, dice Romanos 3:20. Y luego, en el versículo siguiente, se nos habla de la manifestación de la justicia de Dios:

 

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21).

 

El pasaje sigue diciendo cómo la justicia de Dios fue manifestada: su manifestación se basó en lo que Dios hizo por y mediante la cruz. Este pasaje, como toda la epístola a los Romanos, tiene que ver con los actos de justicia de Dios y con el hecho de que Él cuenta a las personas como justas por medio de la fe.

 

La expresa enseñanza de la epístola a los Romanos es que la justicia de Dios no fue manifestada por la ley —como enseña la teología—, sino que lo fue aparte de la ley, como lo leemos en el pasaje citado de Romanos 3:21. La ley no manifestó la justicia de Dios (Romanos 3:21 se conecta con Romanos 1:17, y el intervalo que va de 1:18 a 3:20 constituye un paréntesis). Ahora bien, la ley tiene que ver con la justicia del hombre, y ésta fracasó por completo. Se dice que fue manifestada, no en Israel, no bajo la ley, no antes de la cruz, sino ahora (“Pero ahora”). Tiene que ver con la cruz y con la revelación de lo que Dios es, y es ahora manifestada. Cristo ciertamente vivió una vida justa; pero su vida personal justa y de perfecta obediencia a la ley no es lo que se quiere significar mediante “la justicia de Dios”. Ella requería, en efecto, que el Santo, quien no conoció pecado, fuese la propiciación y el Sustituto, y la cruz no podría ser lo que es sin el Santo Ser dándose a sí mismo; pero “la justicia de Dios”, la cual el creyente es hecho (2.ª Corintios 5:21) no es la justicia de Cristo ni Su justa obediencia a la ley que sería imputada o transferida a nosotros. Esta noción viola la directa declaración de esta Escritura.

 

La justicia de Dios, dice el pasaje leído, ha sido manifestada sin la ley. La idea de una justicia perfecta de Cristo por guardar la ley puesta a nuestra cuenta, en realidad introduce la ley mediante esa vía. “Sin la ley” significa “aparte” de la ley. La justicia de Dios se manifestó aparte de la ley:

 

“…pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21).

 

“…porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gálatas 3:21).

 

No hay tal cosa como una justicia por guardar la ley, imputada o transferida desde Cristo al creyente, como enseña la teología. La enseñanza de la Escritura respecto a Cristo es de sufrimientos sustitucionarios en la cruz, y no de una obediencia sustitucionaria durante su vida entera. Lo que la Escritura nos presenta en relación con la justicia de Dios es la gracia de Dios (Romanos 3:24), la redención (v. 24), el propiciatorio (v. 25) y la sangre (v. 25).

 

Respecto de un pasaje erróneamente utilizado para hacer que la ley se relacione con la justificación del cristiano, J. N. Darby escribió:

 

«Se cita a menudo el pasaje de Romanos 5:19:Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.” Pero lejos de haber aquí alguna palabra con referencia a la ley o a la obediencia a la ley, se halla en expreso contraste con la ley. “Pero la ley se introdujo” (Romanos 5:20), pareiselthe, no era parte de este gran esquema en los dos Adán, sólo se introdujo luego para que la ofensa abundase. Nótese bien que no se dice ni una sola palabra respecto de guardarla. La ley tenía un solo objeto: convencer de culpa —introducir ofensa— , hacer el pecado pecaminoso. Así Lutero pássim (en varios lados). La obediencia de Cristo se halla en contraste con la ley. Es una monstruosa idea hacer de la obediencia de Cristo algo meramente legal. Él seguramente guardó la ley; nació bajo la ley, si bien como Hijo del Hombre estuvo por encima de ella en título. Pero su obediencia fue absoluta. ¿Qué justicia de la ley exigía que Él diese su vida por los pecadores? Mas eso lo hizo como obediencia. ¿Llevar la maldición de la ley por otros? Toda su vida fue obediencia, pero mucho más allá de la ley; él puso así su vida, no conforme a la ley. Y aquí en Romanos 5:19 se trata de obediencia como principio en contraste con desobediencia , y no hay ningún pensamiento sobre la ley. Hubo un hombre desobediente, y otro obediente: Adán y Cristo. La ley luego fue introducida. Cristo aprendió la obediencia por las cosas que padeció (Hebreos 5:8). ¿Acaso la ley hizo que un hombre justo padeciese? La obediencia de Cristo fue perfecta y absoluta. Reducirla al simple cumplimiento de la ley es algo horrible, aun cuando él cumplió las más elevadas demandas de la ley. La ley era adecuada para el primer hombre; la obediencia de Cristo lo era para la gloria de Dios, en la cual entró en virtud de haber acabado la obra que su Padre le dio que hiciese (Juan 17:4). Por eso en Filipenses 2, él fue obediente hasta la muerte (mechri thanatou). Tal es el carácter y el límite extremo posible de un principio de obediencia: fue obediente aun hasta la muerte. Supongamos que dijera: «él cumplió los preceptos de la ley ¡aun hasta la muerte!» ¿Qué precepto mandaba a una persona a morir? ¡Ninguno! La obediencia de Cristo fue el principio de perfecta sumisión a la voluntad de su Padre, cualquiera haya podido ser el costo» (Collected Writings 7:314-315).

 

Así, a la luz de Romanos 3:21, la idea de una justicia basada en guardar la ley, incluso sustitucionaria, es totalmente extraña a la Escritura, y la errónea inferencia a partir de esa conjetura, es que Cristo mismo derivó su justicia por su obediencia a la ley. Mientras que, por el contrario, como lo vimos, la Escritura testifica que Cristo no obtuvo justicia mediante una vida de obediencia a la ley, sino que ¡él mismo es esencialmente la justicia de Dios! [4].

 

Bases bíblicas de la justificación por la muerte de Cristo solamente

 

Muchos «evangélicos», siguiendo la noción de una vida supuestamente sustitucionaria de Cristo, predican un evangelio que presenta a «un Cristo que vino a este mundo a vivir la vida que nosotros no podíamos vivir», sugiriendo así que nuestra salvación estaría basada no sólo en la muerte de Cristo, sino también en la vida justa que Él vivió en obediencia a la ley antes de su muerte expiatoria en la cruz.  Pero insistimos en el hecho de que para las Escrituras, la base de la justificación de un pecador no se halla nunca en la vida de Cristo, sino únicamente en su muerte, y esa justificación no tuvo lugar a través de numerosos eventos en la vida de Cristo (como sus actos de justicia, su obediencia perfecta, sus sufrimientos en Getsemaní, etc.) antes de la cruz, sino en un solo evento: la muerte de Cristo. En otro estudio vimos varios pasajes que señalan la muerte de Cristo como la base de nuestra justificación y pueden revisarse en: ¿Pagó Cristo la culpa por nuestros pecados antes de la cruz?. Aquí sólo repasaremos algunos pasajes claves:

 

“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero… y por cuya herida fuisteis sanados” (1.ª Pedro 2:24)

 

“Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne…” (1.ª Pedro 3:18).

 

“Y la misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11).

 

“Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Hebreos 9:28).

 

“Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).

 

“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados” (1.ª Corintios 15:3).

 

“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora” (Juan 12:27).

 

“Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:23-24). 

 

Así pues, el peso de la evidencia bíblica está claramente a favor del hecho de que la cruz de Cristo fue el único lugar donde el Dios santo derramó su ira y ejecutó su justo juicio contra el pecado y donde Cristo sufrió por nuestros pecados como nuestro Sustituto.

 

El lugar central de la cruz en la justificación “aparte de la ley”

 

Una seria consecuencia de la doctrina de justificación a base de guardar la ley, es que torna la salvación por la sola gracia de Dios en una salvación obtenida a esfuerzos de guardar la ley, dando lugar así a una ¡doctrina de «justificación legal»! Para la teología reformada, nosotros somos contados como justos porque la ley se ha guardado perfectamente: no que nosotros la hayamos guardado —alegan; y citan, por ejemplo, Gálatas 3:11; 2:16, etc.—, sino que Cristo la guardó «representativamente» por nosotros durante su vida, de modo que Sus méritos por guardar la ley nos son así imputados. Y esto se conoce como «la imputación de la justicia de Cristo», un tema que ya consideramos en alguna medida anteriormente.

 

El error de esta teoría radica en que introduce la ley sin el aval de la Palabra de Dios con el objeto de suplementar el verdadero y único medio de la justificación: la muerte y resurrección de Cristo; y esta falsa introducción de la ley pone como consecuencia al cristiano, y al Señor también, bajo el poder de ley. La verdad bíblica no puede ser menos enfática al decir que hemos sido “justificados en [el poder de] su sangre” (Romanos 5:9), y en ninguna otra cosa —como, por ejemplo, según se pretende, en una «justicia activa»— sino sólo en virtud, en el poder intrínseco, de la sangre de Cristo derramada en la cruz, el cual “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). El razonamiento de que Cristo vino a cumplir la ley de Dios por nosotros porque nosotros habíamos no sólo quebrantado la ley, sino que tampoco podíamos por nuestras propias fuerzas cumplirla, es totalmente carente de base bíblica. La ley ni siquiera fue dada a los gentiles (los cuales eran “sin ley” o “ánomos”, Romanos 2:12-14), sino exclusivamente a la nación de Israel en un tiempo determinado (Romanos 9:4), ¿cómo, pues, podía Cristo venir a cumplir la ley en lugar de los gentiles, quienes no estaban bajo la ley? Y además, en cuanto al judío, tampoco es cierto que Cristo vino a cumplir la ley en su lugar, si sólo vemos que el apóstol Pablo en Romanos 7:1-6 expone: “habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro… Ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos”. Pero la Escritura no enseña en ninguna parte que Cristo haya venido a vivir la ley en lugar del judío, sino que, contrariamente, vino para que, a través, y en virtud, de su muerte, el creyente judío quedase libre de esa ley que lo condenaba (cf. 2.ª Corintios 3:9). De modo que, la teoría de una «obediencia sustitucionaria a la ley», no desempeña ningún rol en la justificación de los gentiles ni de los judíos, y más cuanto que la Escritura declara que “los reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, mediante la cruz” (Efesios 2:16). Ni Adán, ni Noé ni Abraham, para dar unos ejemplos, estuvieron bajo la ley (aunque obedecieron ciertos códigos divinos específicos, pero no “la” ley), sino que la ley “fue introducida” más tarde (Romanos 5:20) con un propósito específico: “para que el pecado abundase”, para que por medio de ella viniese el conocimiento del pecado (Romanos 3:20, 28), y jamás fue dada como medio de salvación o para comunicar vida —sino todo lo contrario—, ni por los esfuerzos personales del hombre, ni sustitucionariamente a través de la obediencia de Cristo. En este punto la Escritura no deja lugar a dudas:

 

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21).

 

“Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios… si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 3:19-21).

 

William Kelly escribió:

 

«Hacer de la muerte de Cristo un cumplimiento de la ley por nosotros —Su obediencia legal— es una perversión de la Escritura, y muy ofensiva a todo sentimiento justo. Cristo “por la gracia de Dios gustó la muerte por todos” (Hebreos 2:9), sólo por la gracia de Dios. Él vino a hacer la voluntad de Dios, quitando lo primero —o sea, lo que la ley requería— para poder establecer lo segundo, por la cual voluntad hemos sido “santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:9-10). Por eso, en vez de hacer inefectiva la ley mediante la fe, establecemos la ley (Romanos 3:31); pues nunca se respondió a las demandas de la ley como cuando el Señor Jesús murió como víctima bajo su maldición y como la respuesta a todos sus tipos sacrificiales» (William Kelly, Teulon's Plymouth Brethren,Justification, Bible Treasury 14:267).

 

Y en otro lado:

 

«El lenguaje de Romanos 3:21 y de Gálatas 2:21 es muy claro… No es verdad que el apóstol excluya ‘simplemente’ nuestra propia obediencia legal de la obra de justificación, sino que, en el sentido más elevado, él se gloría en la justicia de Dios aparte de la ley, y lo expresa en términos enteramente irrestrictos en Romanos 3… En Gálatas 2 el apóstol declara que si la justicia viniese mediante la ley, entonces Cristo murió en vano; él lo pone en los términos más absolutos y ningún intérprete puede tomarse la libertad de hacerlo relativo. Nótese qué extraño y cojo es el plan que postula: ‘primero es nuestra justicia o justificación mediante la obediencia de Cristo a la ley por nosotros; y luego Su muerte, para librarnos de la ira, a causa de nuestros pecados’. Ahora bien, este imaginario esquema sencillamente pervierte el orden divino, y se halla en contraste con la belleza de la verdad bíblica. Porque si bien Cristo glorificó a su Padre en perfección durante su vida en la tierra, y fue verdaderamente el grano de trigo que permanecía solo por sí mismo (Juan 12:24), hasta que no hubiere muerto no habría llevado mucho fruto. En consecuencia, sufrió en la cruz por nuestros pecados, y tras resucitar de entre los muertos, nos dio un lugar en Él, para vivir eternamente de Su vida en resurrección, haciéndonos libres de toda condenación (Romanos 8:1-4). De este modo, no sólo fuimos “justificados en el poder de su sangre” (Romanos 5:9), sino que tenemos “justificación de vida” (Romanos 5:18): una verdad que no se oye desde los púlpitos, y que es desconocida para las escuelas de teología[5]. Éstas tratan de llevar la mente hacia atrás, a los días anteriores a la redención, cuando Dios aún no había condenado el pecado en la carne en su propio Hijo (Romanos 8:3), pues no es sólo cuestión de un hombre en la semejanza de carne de pecado, sino de un sacrificio por el pecado, de una ofrenda por el pecado. Mientras que la Escritura da prominencia primero a Su muerte, y luego a Su resurrección, a fin de que el creyente pueda saber que es hecho libre de la ley del pecado y de la muerte por una ley totalmente diferente: la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús (Romanos 8:2). Porque ciertamente morimos con Cristo y fuimos resucitados juntamente con él. No se trata solamente de que Él murió por nosotros, sino de que nosotros morimos con Él, como atestigua de ello nuestro bautismo (Romanos 6). Yerran gravemente, pues, aquellos que, como los puritanos, nos quieren retrotraer al estado legal antes de la cruz, en vez de ir hacia adelante, conforme a la incuestionable doctrina de Pablo, al estado de vida del Cristo resucitado, y a la libertad del Espíritu que es característico del cristianismo» (William Kelly, Teulon's Plymouth Brethren, Bible Treasury 14:267).

 

Creer solamente que Cristo murió por nuestros pecados, pero desconocer el estado totalmente perdido del hombre delante de Dios, trae consecuencias desastrosas; pues Cristo no sólo tuvo que derramar su sangre para expiar nuestros pecados, sino que nosotros, además, tuvimos que morir juntamente con Él, y esta verdad bíblica es desconocida para la teología ordinaria. Antes de ser salvos, estábamos “en” el primer Adán, en un estado de irremediable ruina y perdición, y nuestro viejo hombre, nuestra naturaleza adámica totalmente arruinada y perdida, debía morir, debía ser clavada en la cruz, y en esa cruz, donde fuimos juntamente crucificados con Cristo, el viejo hombre murió una vez por todas, y ya no tiene más poder sobre nosotros.

 

Ahora bien, la consecuencia fatal de este error es que deja a la ley como demandante sobre aquellos que están en Cristo: “la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive” (Romanos 7:1). Y a menos que el creyente tenga la certeza de que ha muerto con Cristo, de que el viejo hombre fue crucificado con Él, y fue sepultado, y que pasó del viejo estado en el primer Adán, al nuevo estado en el Segundo, en un Cristo resucitado, habiendo dejado la carne definitivamente en la cruz, nunca podrá escapar de las demandas de la ley sobre su conciencia[6].

 

La ley, repetimos, fue dada únicamente al pueblo de Israel, y no antes, ni a la Iglesia (Deuteronomio 4:5-8; 33:1-5; Salmo 147:19-20). Ella no le había sido dada a Adán cuando fue puesto en Edén, pues no necesitaba obtener vida mediante la ley ya que él poseía vida desde su creación. Pero con Moisés se introdujo la ley, a fin de poner en evidencia el estado perdido y pecaminoso del hombre y su total incapacidad para cumplirla. Pero la ley no comunica vida, sino sólo muerte. Tampoco la ley fue dada al Segundo Adán, aunque fue perfecto en todos sus caminos, pues él no necesitaba ser probado, ni obtener vida mediante su cumplimiento (aunque la cumplió en perfección). Por eso leemos: “el postrer Adán fue hecho espíritu vivificante” (1.ª Corintios 14:45), esto es, Cristo resucitado de entre los muertos, a la diestra de Dios, es quien comunica vida espiritual. No hay, pues, tal cosa como que Cristo está bajo la ley o bajo la obligación de cumplirla para sí mismo y para los demás, tal es la herejía gálata del legalismo: que Cristo guardó la ley en lugar de nosotros.

 

El Cristo resucitado, entonces, es nuestra justicia, y no su vida en la tierra cumpliendo la ley por nosotros, como enseña la teología. Nuestra relación no es con un Cristo en la tierra y bajo la ley, sino que estamos unidos a un Cristo celestial que resucitó de entre los muertos y se sentó a la diestra de Dios. La justicia del creyente, entonces, comienza con la muerte y resurrección de Cristo. Nuestros lazos con la ley, como cristianos nacidos de nuevo unidos a un Cristo en la gloria, han sido rotos para siempre, pues nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Cristo y ya no tiene más dominio sobre nosotros (Romanos 7:1; véase v. 1-6). Si hemos muerto y  resucitado con Cristo, ya la ley no tiene más poder sobre nosotros. Y entonces el apóstol concluye: “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” (Romanos 10:4). La ley, pues, no tiene poder para justificar al pecador, sino que sólo pone en evidencia su impotencia y su estado pecaminoso. La base, pues, de la justificación —como ya lo vimos—  se halla única y exclusivamente en la muerte de Cristo, y no en su vida en la tierra de perfecta obediencia. Dios nos declara así justos mediante la fe en virtud del valor de la muerte de Cristo por nosotros en la cruz, aparte de la ley y sólo por gracia (Romanos 3:21 y sig.).

 

William Kelly señaló respecto de esto:

 

«Hay una idea muy extendida (pero desconocida en la Biblia), según la cual Cristo cumplió nuestra justicia durante su vida en la tierra. Ahora bien, no pongo en duda que la vida de Cristo era necesaria para responder a lo que demandaba Dios mismo y Su santa ley, así como para manifestarlo a Él mismo y a Su amor; pero la justicia que somos hechos en Cristo (2.ª Corintios 5:21) es un pensamiento totalmente diferente: no la ley cumplida por él, sino la justicia justificadora de Dios, basada en la muerte de Cristo, manifestada en Su resurrección y coronada por Su gloria en el cielo. No es simplemente Cristo cumpliendo nuestro deber por nosotros, sino Dios perdonando mis faltas, juzgando mi pecado, y encontrando incluso tal satisfacción en la sangre de Cristo, que ahora no podría hacer demasiado por nosotros; eso se convierte, si puedo expresarme así, en una deuda positiva hacia Cristo, debido a lo que Cristo sufrió. No se logra discernir que la ley es poder del pecado (1.ª Corintios 15:56), y no de la justicia. Si Cristo no hubiese hecho más que guardar la ley, ni vuestra alma ni la mía habrían podido ser salvas, y menos aún bendecidas, como lo somos. Cualquiera que fuese el que habría guardado la ley, ello no habría sido más que la justicia de la ley, y no la justicia de Dios, la cual no tiene la más mínima relación con la obediencia dada a la ley. No se habla nunca así en la Palabra de Dios. Porque Cristo obedeció hasta la muerte, Dios introdujo una nueva clase de justicia, no la nuestra, sino la Suya, en favor de nosotros. Cristo fue hecho maldición por nosotros sobre el madero (Gálatas 3:13); Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2.ª Corintios 5:21). Si la doctrina corriente y tradicional sobre este tema fuese verdadera, podríamos esperar que se dijera: «Cristo obedeció la ley por nosotros, a fin de que la justicia legal nos fuese imputada o transferida.» Ahora bien, la verdad está en contraste en todo respecto con tales ideas. Seguramente que la obediencia de Cristo a la ley no era lo mismo que Dios hiciese a Cristo pecado. Lo mismo ocurre con el pasaje tan a menudo esgrimido por la «teología»: “Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). ¿Cómo Su obediencia se vincula aquí con la ley? El apóstol, es cierto, introduce la ley en el versículo siguiente, pero como una cosa nueva y adicional, introducida incidentalmente. Además, Adán no conocía el sentido de la expresión “la ley”, aunque sin duda alguna estuvo bajo una ley que infringió. ¿Qué es lo que, por ejemplo, las palabras “no codiciarás” habrían podido significar para Adán en la inocencia? Dentro de su experiencia no existía ningún sentimiento de este tipo. Vemos, pues, que sólo después de la caída del hombre la ley fue dada, a su debido tiempo, con el expreso propósito de condenar la manifestación del pecado. Pero Cristo murió por el pecado y bajo el pecado  —nuestro pecado—. ¿Y cuál es la consecuencia? Que hoy todos los creyentes, judíos o gentiles, en Cristo Jesús, son introducidos en una posición enteramente nueva» (William Kelly, Lectures on the Epistle to the Ephesians, Addison, IL: Bible Truth Publishers, 1983, pág. 104-105).

 

J. N. Darby señala la importante relación que existe entre la resurrección de Cristo y nuestra nueva posición en él:

 

«Lo que niego es la doctrina que dice que si bien la muerte de Cristo nos limpia de pecado, su obediencia a la ley constituye nuestra positiva justicia, y que su obediencia a la ley durante su vida nos es imputada a nosotros como si nosotros mismos estuviésemos bajo ella; que el hecho de guardar la ley constituya positiva justicia. Ahora bien, es cierto que Cristo glorificó perfectamente a Dios por su obediencia aun para muerte, y que ello es para nuestro provecho, en el hecho de que, si bien su muerte borró todos nuestros pecados, somos aceptos conforme a Su presente aceptación a los ojos de Dios… y somos tenidos como estando resucitados con él, y nuestra posición delante de Dios no es una justicia legal, ni algo medido por el hecho de que Cristo guardó la ley, sino Su presente aceptación, como resucitado… y nosotros somos contados justos conforme al valor de la resurrección de Cristo» (J.N.Darby, Collected Writings, 14:250).

 

 

Conclusión

 

La importancia central, pues, de la cruz de Cristo no puede ser minimizada, relativizada ni debilitada, sin sufrir graves perjuicios, pues si la obediencia de Cristo a la ley durante su vida fuese sustitucionaria (es decir, hubiese sido hecha por nosotros) y pudiese justificarnos, entonces ¿por qué murió Cristo? Si, como sostiene el razonamiento de la «escuela reformada», nuestra justificación viene por guardar la ley (lo que nosotros no podíamos hacer, sino que éramos transgresores), y puesto que Cristo guardó perfectamente la ley, y sus méritos de su vida justa fuesen tan redentores como lo fue su muerte, entonces surge la pregunta: ¿Por qué murió Cristo? ¿Por qué los tipos y figuras del Antiguo Testamento hablan de la necesidad de la muerte del Mesías? Las pieles de los animales sacrificados para cubrir a nuestros primeros padres, las víctimas que eran sacrificadas y aceptadas a favor de los que las ofrecían (Abel, Noé, Abraham, Job, etc.), el simbolismo del Tabernáculo y del sacerdocio levítico, lo anunciado por los profetas, como por ejemplo Isaías 53 y el Salmo 22, todo señalaba, en figura, el mismo sacrificio aceptable a Dios, el singular sacrificio del Hijo de Dios, que tendría lugar a su debido tiempo, de ese “Cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros” (1.ª Pedro 1:18-19). Los postulantes de esa teoría no ven la diferencia entre la justicia por medio de la ley en el Antiguo Testamento y la justicia por medio de la muerte de Cristo sola en el Nuevo Testamento. Tampoco ven las diferencias entre el pueblo terrenal de Israel bajo la ley, y la iglesia de carácter celestial. En consecuencia, la teología reformada propone una doctrina de justicia mediante la mezcla de la ley y la gracia, lo cual no sólo no sirve de nada, sino que destruye el verdadero carácter y el alcance de ambas. Dios hizo a un lado la justicia que es por la ley (“aparte de la ley”), y ha introducido algo enteramente nuevo. “La ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17). De nuevo: la cruz de Cristo solamente, ocupa el lugar central de todo el tema de la justicia, y por eso Su muerte era necesaria. Pero debemos rechazar la falsa enseñanza de que somos justificados no sólo por la muerte de Cristo en la cruz sino también por el hecho de que Cristo guardó la ley por nosotros durante su vida: Ninguna de las perfecciones y glorias del Señor Jesús durante su vida —el grano de trigo que, a pesar de sus perfecciones, si no caía a tierra y moría quedaba solo— son capaces de justificar al hombre de pecado, pues esto sólo puede ser hecho en virtud de la incomparable e infinita obra de nuestro Señor en la cruz del Calvario: su sangre derramada es lo único que nos puede redimir.

 

W. E. Vine escribió:

 

«Ni la encarnación del Hijo de Dios, ni su perfecta obediencia a la ley en los días de su carne, valieron, en todo o en parte, para la redención de los hombres… Su obra redentora comenzó y terminó propiamente en la cruz… Por eso, en ninguna parte el Nuevo Testamento dice que Cristo guardó la ley por nosotros. Sólo su muerte es sustitucionaria. No se dice en ninguna parte que haya llevado pecado durante alguna parte de su vida; sólo en la cruz el Señor fue el que llevó el pecado» (C. F. Hogg , W. E. Vine , The Epistle of the Galatians, London; GB: Pickering and Inglis, LTD., 1959, pág. 186).

 

Y recordemos que los santos en el cielo reconocen que su redención dependió únicamente de la sangre del Cordero:

 

“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre… a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apocalipsis 1:5-6).

 

La adoración inteligente de los ancianos, y lo que haremos en la eternidad, se centra en el hecho puntual y singular del Cordero que fue inmolado y que nos redimió con su sangre:

 

“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).

 

Ed.


 

Justificación en el Cristo resucitado

 

Extracto de Charles Stanley de Rotherham

 

¿Sobre qué otro principio puede justificar Dios al culpable? Para el pecador que es despertado y avivado, ésta es una pregunta de tremenda importancia: ¿Cómo puedo ser justificado y tener paz con Dios? Debe ser evidente que si un hombre no puede justificar aquello que no es positivamente justo, Dios seguramente no puede entonces justificar nada que no sea justicia. Pero en el hombre no hay justicia. Todos son culpables. “Así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).

 

¿Cómo, pues, la Escritura trata esta admirable cuestión: la justificación del pecador, y la justicia de Dios al justificarle? A lo que respondemos: Por medio de Jesús, por medio de la resurrección de entre los muertos —o sea, Jesús y la resurrección—; el Jesús que llevó “él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1.ª Pedro 2:24); el Justo que muere por los injustos (1.ª Pedro 3:18). En efecto, Jesús crucificado y Jesús resucitado fue lo que el Espíritu Santo presentó a los pecadores perdidos: Su muerte para expiación, y Su resurrección para justicia o justificación. “El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación” (Romanos 4:25).

 

Así, mientras que Su preciosa sangre limpia de todo pecado, Su resurrección me introduce en un estado de absoluta justicia en Él resucitado, y, por consecuencia, de plena justificación. Y precisamente en cuanto a esta positiva justicia para justificación, hallamos amplias y profundas diferencias en las enseñanzas tanto de antiguo como de tiempos modernos. Muchos enseñadores modernos han abandonado el terreno cristiano de una nueva vida en resurrección, y han regresado nuevamente al terreno del legalismo y de la esclavitud, hallándose, como creen, bajo la ley; alegan que «la ley debe ser perfectamente guardada, y sin esta no hay justificación». Ellos así se vuelven a la ley para justicia. Pero, entonces, hallando que en la práctica el creyente puesto así bajo la ley no hace más que quebrantarla, ¿qué debe, pues, hacerse?

 

«¡Oh —alegan ellos— tú estás bajo la ley, y la quebrantas; pero Cristo guardó la ley por ti durante su vida, y esto te es imputado para justicia!»

 

Quiero decir, en respuesta a las muchas preguntas que se suscitan sobre este solemne tema, que yo no puedo encontrar esta doctrina en las Escrituras. No puede ser la doctrina original de la Iglesia de Dios. Las bases son erróneas: la justificación no se fundamenta sobre el principio de la ley en absoluto. “La justicia de Dios”[7], se ha manifestado ahora aparte de la ley” (Romanos 3:21). Por lo tanto “por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (léase Romanos 3:19-26).
 

Ahora bien, toda doctrina de la Palabra de Dios, está claramente establecida, no en un versículo solamente, sino en varios. Tomemos la expiación: “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Hebreos 9:28). “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1.ª Pedro 2:24). “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos” (1.ª Pedro 3:18), y cientos de otros pasajes. Pero ¿acaso la Escritura dice en algún lado que Cristo guardó la ley por nosotros, para una justicia que justifica? No estoy enterado de que exista un solo versículo que diga esto. Y sin embargo, si fuera ello cierto, existen muchos lugares en la Palabra donde debería especificarse tal idea. Tomemos Romanos 8:33: “Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará?”. ¿Dice acaso que fue Cristo el que guardó la ley? No; sino: “Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” Ahora bien, ¿no es ésta la plena declaración de la Escritura en cuanto a la justificación de los escogidos de Dios? Y sin embargo, claramente no hay ningún pensamiento en ella acerca de que Cristo guardó la ley por los justificados. Y la más cuidadosa examinación de cada pasaje que trate del tema se verá que guarda perfecta armonía con esta declaración. Tomemos el libro de los Hechos. En ninguna parte vemos que el apóstol predicara que «Cristo guardó la ley por nosotros», sino más bien que “Cristo murió por nuestros pecados”, etc. 2.ª Corintios 5 constituye una notable prueba de esto. El apóstol no dice: «Pensando esto: que todos los hombres están bajo la ley, y que Cristo la guardó por ellos»; no, sino que dice: “Pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron” (v. 14). No existe el más mínimo pensamiento acerca de guardar la ley por ellos, sino sólo que “murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así” (v. 15-16). ¿No prueba esto que el apóstol no volvió atrás, a Cristo bajo la ley para justicia, sino que fue hacia adelante, a la resurrección? “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es [esto es, nueva creación]; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios…” (v. 17-18). Así, las viejas cosas de la ley, su justicia y su condenación, pasaron. Yo no soy llevado atrás a Cristo bajo la ley para justicia, sino que soy llevado hacia adelante a Cristo en resurrección; y allí soy hecho la positiva “justicia de Dios en Él”, tan ciertamente como él fue hecho pecado por mí. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado [de seguro ello ocurrió en la cruz], para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (v. 21). ¡Qué paz sólida y profunda da esto! Resucitados en él, siendo uno con él, somos hechos “justicia de Dios en él”.

 

Así como nuestra caída en el primer Adán no sólo trajo condenación, sino el actual estado de muerte del pecado, mucho más la resurrección en Cristo no sólo trae absolución de condenación, sino un estado eterno de vida y de efectiva justicia, absolutamente perfecto e impecable, la justicia de Dios EN CRISTO. Así pues, para el creyente, Cristo, por Su obediencia para muerte, vino a ser el fin de la ley para justicia. El fin de la ley era la maldición, y nuestro adorable Jesús vino a ser maldición. En Él —nuestro Sustituto al morir— la vida que perdimos por nuestra falta, fue entregada; la condenación debida a nosotros fue plenamente ejecutada. Y cuando Dios le resucitó de entre los muertos, le levantó como nuestro Fiador justificado. Así aplica el Espíritu Santo Isaías 50:6-9 en Romanos 8:34…

 

Para el apóstol, si no hubiere un evangelio de resurrección, no habría entonces absolutamente ningún evangelio; pues “si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1.ª Corintios 15:17). Pero Cristo ha resucitado, y el creyente ha resucitado juntamente con Él y, por consecuencia, no lo fue en sus pecados, sino cual justo en el Cristo resucitado, el comienzo de la nueva creación. No tengo dudas de que la ignorancia de la nueva creación en el Cristo resucitado, es la causa de por qué los hombres defienden una justicia legal. No ha de asombrarnos que para uno que ignora el pleno significado de la resurrección, el evangelio de la justicia de Dios al justificar al creyente mediante la muerte y resurrección de Cristo, sea un nuevo evangelio. Jesús y la resurrección es una doctrina tan nueva como lo fue para los atenienses 1800 años atrás. Una de las cosas que ciertamente nos asombran con tristeza en estos últimos días, es que la antigua doctrina de “por Jesús la resurrección” (Hechos 4:2) haya sido tan perdida de vista. La doctrina moderna es: «por Jesús, la justificación del viejo hombre bajo la ley». La doctrina original era la muerte y sepultura para el viejo hombre (véase Romanos 6), y la perfecta justificación, no del viejo hombre, sino del nuevo hombre, en el Cristo Jesús resucitado.

 

¡Oh, querido lector! Si tú has muerto con Cristo, ¿no estás acaso justificado de todo pecado? Si has resucitado con Cristo, ¿no eres justo en Él? Él es nuestra justicia: no que lo fue, sino que lo es (1.ª Corintios 1:36). Nosotros somos “justicia de Dios en él” (2.ª Corintios 5:21). Estando revestidos así, en el Cristo resucitado, ¿no es ésta la justicia que es de Dios por la fe? (véase Filipenses 3:9-10). De esta manera, pues, querido compañero en la fe, tu necesidad es satisfecha, tan satisfecha que no hay ahora ninguna condenación. Muertos con Cristo, resucitados con Cristo, “ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).

 

Charles Stanley, Justification in the Risen Christ, pág. 3-8 (edición Morrish).

 


NOTAS

 

[1] N. del T.— Muchos «evangélicos» también adhieren al error «reformado» de que, además de la muerte de Cristo, también su vida fue sustitucionaria y expiatoria y absolutamente indispensable para nuestra justificación delante de Dios, imputándonos Dios, cuando creemos, también la justicia de Cristo en obediencia a la ley de Dios durante toda su vida. Esto puede observarse, por ejemplo, en el documento de 1999 The Gospel of Jesus Christ: An Evangelical Celebration firmado por varios representantes «evangélicos» tales como Hybels, Hayford, MacArthur, Robertson, McCartney, Swindoll, Lucado, Stott, Ankerberg, Neff, Stowell, Stanley, etc., que dice:

 

«La justificación de Dios de aquellos que confían en él, según el Evangelio, consiste en una decisiva transición, aquí y ahora, que va de un estado de condenación e ira a causa de sus pecados, a otro estado de aceptación y de favor en virtud de la intachable obediencia de Jesús, que culmina en su voluntaria muerte que llevó los pecados… Afirmamos que la obra salvadora de Cristo incluyó tanto su vida como su muerte por nosotros (Gálatas 3:13). Declaramos que la fe en la perfecta obediencia de Cristo por la cual él cumplió todas las demandas de la Ley de Dios por nosotros es esencial para el Evangelio. Negamos que nuestra salvación haya sido alcanzada mera o exclusivamente por la muerte de Cristo sin referencia a su vida de perfecta justicia.»

 

Claramente esta declaración perpetúa la errónea noción de que nuestra justificación está basada en la obediencia de Cristo durante su vida, y no sólo en su muerte y resurrección: una tesis que carece completamente de base bíblica, que no pasa de ser mera especulación infructuosa.

 

Otro conocido autor, R. C. Sproul, también sostiene la errónea posición reformada acerca de la justificación:

 

«La cruz sola, sin embargo, no nos justifica… Somos justificados, no solamente por la muerte de Cristo, sino también por la vida de Cristo. La misión redentora de Cristo no se limitó a la cruz. Para salvarnos, él tuvo que vivir una vida de perfecta justicia. Su obediencia activa y perfecta fue necesaria para nuestra salvación… Somos constituidos como justos por la obediencia de Cristo que nos es imputada por la fe»  (R. C. Sproul, Faith Alone, pág. 104, Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1995).

 

[2] N. del T.— Respecto de la falsa doctrina de que «Cristo pudo haber pecado, pero no pecó», véase La impecabilidad de Cristo: Doctrina fundamental de la fe (serie de cartas) Ed.

 

[3] N. del T.— La justicia que le es imputada al creyente no significa que se le imputa la justicia de Dios (Romanos 3:21). Una vez establecido el hecho de que el creyente es tenido por justo delante de Dios, y no que tiene una cantidad de justicia que le es transferida o imputada, hay que aclarar que esto no equivale a hablar de imputar la justicia de Dios, o sea que la justicia de Dios, o cualquier justicia, es puesta sobre él  como se pone un sombrero sobre la cabeza de alguien. En Romanos, justicia imputada, se refiere simplemente a ser tenidos por justos de parte de Dios, como en el caso de Abraham, en virtud de la fe (Romanos 4:3).

 

¿Qué es “la justicia de Dios”: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas” (Romanos 3:21)? Es simplemente la consistencia de Dios con lo que él es en su naturaleza como luz y amor —un atributo propio de Dios, que no se imputa a nadie—. El pecado es medido por la gloria y la justicia de Dios, por lo que Él es, y también por lo que la cruz significa. La justicia de Dios, en el Antiguo Testamento, fue “testificada por la ley y los profetas”, es decir, no había sido aún manifestada, hecho que recién tendría lugar cuando Cristo derramase su preciosa sangre en propiciación por nuestros pecados, glorificando así a Dios en ese acto singular (Romanos 3:25). La cruz —donde se puso en evidencia lo que Dios es como luz y amor— constituye, pues, el fundamento de la manifestación de la justicia de Dios. La gloria de Dios, la gloria de Cristo, que cuenta al creyente como justo delante de Dios, y la justificación del creyente se hallan así comprometidas con la justicia de Dios y los actos de ella en su manifestación. La “justicia de Dios”, entonces, significa ni más ni menos que eso: su propia justicia. No es el justo cumplimiento de la ley de parte de Cristo, ni la justicia de Cristo. Para un tratamiento detallado del tema, pueden descargarse en inglés dos muy completos artículos de William Kelly: «La justicia de Dios, ¿Qué es?».

 

Puede leerse también en español: ACERCA DE LA JUSTICIA DE DIOS, Prod'hom F. (En Esto Pensad, año 2004, N.º 3)

 

[4] Algunos pasajes examinados

 

Romanos 5:18

 

Además de Romanos 5:19 —que ya consideramos anteriormente—, los «teólogos reformados» citan Romanos 5:18 a fin de intentar sostener su punto: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (versión Reina-Valera 1960). Y alegan que la expresión “por la justicia de uno”, se refiere a los actos justos, a la obediencia de Cristo a la ley durante su vida anterior a la cruz, y también que esta justicia nos viene a ser imputada por la fe. Ahora bien, la expresión “la justicia de uno” no se refiere a la vida de Cristo, sino a su muerte, una vez y para siempre, en la cruz por nosotros.

 

La traducción correcta de Romanos 5:18 es esencial para comprender su significado. La Biblia de las Américas vierte: “Por un acto de justicia”; y la Versión Moderna reza “un solo acto de justicia” (cf. Lacueva, Nuevo Testamento interlineal). Kelly traduce: “por una sola justicia cumplida”; y Darby, tanto en su versión francesa como en su versión inglesa vierte: “por una sola justicia”, y agrega una nota al pie de página que consta: «aquí se trata de la justicia subsistente cumplida, que responde a la ‘sola ofensa’ (al solo hecho del pecado de Adán)». Kelly anota: «No puede haber ninguna duda de que la verdadera traducción es “una sola justicia”… la teología puede hacer de esto ‘la justicia de uno’, pero no así el griego»  (Bible Treasury 2:241).

 

La justicia mencionada en Romanos 5:18 (griego: “dikaioma”) debe traducirse, pues, como “un acto único de justicia cumplido”, y se refiere a lo que fue cumplido por única vez en Su muerte, no a la vida justa de Jesús como hombre ni a su perfecta obediencia a la ley durante su vida (lo que la Escritura nunca enseña que nos fuese imputado, lo cual es pura conjetura), sino únicamente a la muerte sustitucionaria en la cruz (cf. v. 8 a 10 de este mismo capítulo). Además, la Palabra nunca enseña que seamos justificados por la vida justa de Cristo, sino únicamente por el acto justo y singular de Cristo en la cruz en contraste con la “sola ofensa” de Adán al caer en desobediencia.

 

«Romanos 3:31

 

“¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos [o establecemos] la ley”. Notemos que el establecimiento de la ley en Romanos 3:31 no tiene la menor relación con que Cristo la haya obedecido —como alegan los puritanos— para darnos ‘justicia activa’. Pues el contexto entero es determinante al hablar únicamente de Cristo presentado como propiciatorio, mediante la fe en su sangre, manifestando así, aparte de la ley, la justicia de Dios, tanto en respuesta a su pasada paciencia, como en el tiempo presente, de modo que Él sea justo y pueda justificar al que tiene fe en Jesús (v. 21-26). Ésta es una ley de fe que excluye la jactancia judía o la teología puritana; porque el solo establecimiento de la ley —que es aquí presentado para nuestra fe— es la muerte de Cristo, sin la menor referencia al hecho de que él lograse justicia para nosotros mediante la obediencia a la ley durante su vida. Nunca la ley fue tan solemne y gloriosamente establecida, como cuando el divino Salvador llevó su maldición sobre la cruz; la autoridad de la ley fue mantenida por aquello que liberó de su pena.

 

Romanos 5:20

 

“Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase.” El uso que hace el apóstol Pablo de la ley en Romanos 5:20 es para señalar que ella fue introducida como algo adicional o incidental; para que la ofensa, o transgresión, bajo la ley, abunde. Es algo que fue añadido con un propósito subordinado, enteramente distinto de la enseñanza directa precedente, o del acto singular de justicia, o de obediencia de Aquel que solamente podía constituir a alguien justo; y, de hecho, lo hace por los muchos. Esta alusión incidental a la ley aquí, sin embargo, no avala en absoluto el dogma moderno de «la justicia activa» de Cristo, sino que más bien omite puntualmente toda idea semejante (como si Dios la hubiese pensado), sacándonos en seguida fuera del objeto especial y secundario —o sea de la ley—, para detenerse en el gran triunfo general de la gracia que abunda sobre el pecado, “para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro” (v. 21). 

 

Romanos 8:4 se refiere, no a que Cristo obedeció la ley por nosotros, sino a la justa exigencia de la ley cumplida en nosotros [“Para que la justa exigencia de la ley se cumpliese en nosotros” — versión Darby en francés e inglés; una nota de Darby dice: ‘cf. Romanos 1:32: lo que demanda la justa voluntad de Dios, o un acto justo que responde a lo que él exige’, N. del T.], “que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Se trata de una justicia práctica en aquellos que viven de la vida de Cristo, para producir el fruto de justicia que es por Él para gloria y alabanza de Dios, amando a Dios y al prójimo. Pero ésta es verdad paulina, no Puritanismo. Aquellos que están bajo la gracia (no bajo la ley), son llevados a dar frutos del Espíritu: contra tales no hay ley. Nosotros que hemos muerto al pecado,  “¿cómo viviremos aún en él?”, “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (Romanos 6:2, 14). ¿Es posible concebir una contradicción más directa al Catecismo en la Confesión de Westminster? (William Kelly, Teulon's Plymouth Brethren, Bible Treasury 14:267).

 

[5] N. del T.— “Justificación de vida”: “…de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18). La vida de la que aquí se habla, es la vida del Cristo resucitado. “Él es nuestra vida” (Colosenses 3:4). No puede haber ningún cargo contra esa vida. Esto va más lejos que el perdón de los pecados. Cuando pensamos en el perdón, pensamos en pecados que fueron perdonados. Cuando pensamos en justificación, pensamos en que no puede haber ningún cargo en contra de nosotros. Tenemos la vida del Cristo resucitado por el hecho de tenerle a él como nuestra vida. ¿Puede haber algún cargo contra Cristo? No puede haber ningún cargo posible contra tal vida. (Véase Letters of J. N. Darby 3:167).

 

[6] N. del T.— W. Kelly dijo acertadamente: «Tanto calvinistas como arminianos creen que la carne no es tan mala como para que Dios no pueda actuar sobre ella mediante el uso de la ley de Dios por Cristo y dándole poder a través del Espíritu.»

 

[7] N. del A.— La “justicia de Dios” significa exactamente eso: justicia de Dios. No es la justicia de Cristo por guardar la ley, ni la justicia de Cristo. Si Dios quiso hablar de la justicia de Dios, ¿cómo lo habría de expresar de modo que creamos que Él quiere decir exactamente eso, si “la justicia de Dios” no significa justicia divina?


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