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¿Pagó Cristo la culpa por nuestros pecados antes de la cruz?
La cruz es el único lugar donde se llevaron los
pecados PRIMERA PARTE |
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero… y por cuya herida
fuisteis sanados”
(1.ª Pedro 2:24)
La cruz es el único lugar donde se llevaron los pecados
Introducción
Es
una creencia tradicional ―como lo enseña, por ejemplo, la «teología
reformada»― que la muerte del Señor en la cruz no fue el único lugar donde se pagó la culpa
por el pecado, sino que esa culpa, además de la cruz, también se pagó con los
sufrimientos de Cristo anteriores a
su crucifixión y muerte. Se señala por lo general el huerto de Getsemaní como
el lugar donde el Señor sufrió como Sustituto por los pecados del hombre.
Aunque en este
estudio no desarrollaremos el otro aspecto de este mismo error de atribuir carácter vicario al hecho de que Cristo
guardó la ley (el cual está estrechamente relacionado con Sus sufrimientos
supuestamente vicarios anteriores a la cruz)[1],
recordemos que para la «teología reformada», los actos de justicia de Cristo durante su vida —y no sólo su muerte en
la cruz― fueron también sustitutos; es decir, se alega que la justicia de
Cristo por guardar la ley fue imputada al creyente, que la obediencia de Cristo
a la ley de Dios durante su vida fue vicaria. En 1860, J. N. Darby escribió un
artículo titulado 1 Peter 2:24 (puede
leérselo en sus Collected Writings
7:291-301; véase también 7:210, 214; 19:214; Letters 3:461), el cual constituye una devastadora refutación a las
nociones de que la vida de Cristo fue
vicaria y de que «Sus sufrimientos durante Su servicio activo fueron penales»[2].
A la luz de esta creencia, pues, la idea de los sufrimientos vicarios de Cristo
antes de la cruz no ha de sorprendernos; pues si la obediencia de Cristo a la ley durante su vida se dice que fue
imputada como justicia al creyente, siguiendo esta línea de razonamiento se
seguiría que los sufrimientos del
Señor anteriores a la cruz también debieran de ser sustitucionarios y
expiatorios. Y esto es precisamente lo que enseña la teología reformada: que
los sufrimientos de Cristo durante su vida fueron expiatorios, pero la Biblia no enseña tal cosa, sino
que son meros razonamientos humanos.
El
concepto de la «escuela reformada» sobre Getsemaní, lo podemos ver, por
ejemplo, representado en la cita siguiente, en la cual, hablando de los
sufrimientos de Cristo en el huerto de Getsemaní, dice:
«Él estaba ahora [en Getsemaní] llevando las iniquidades
que el Padre puso sobre Él, y, por su dolor y aturdimiento, se acomodó para
emprenderlos. Los sufrimientos que comenzaba a emprender, eran por nuestros
pecados, y él sabía que debían verse sobre él.» Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible, Matthew to John,
Peabody, MA: Hendrickson, 1991, p. 320.
L.
Berkhof dice:
«El Catecismo de Heidelberg dice correctamente que “durante
el tiempo que vivió en la tierra, pero especialmente en el final de su vida,
llevó en su alma la ira de Dios en contra del pecado de toda la raza humana.”
Estos sufrimientos fueron seguidos por su muerte en la cruz» (Teología Sistemática, pág. 403). [3]
Getesemaní
En
Getsemaní, el Señor miró la terrible copa, la copa de “ser hecho pecado”, de “llevar
nuestros pecados”, de ser “abandonado de Dios”. Y se estremeció del horror. Y
lo propio era que se estremeciese, puesto que él era “el Santo”. Orar de esa
forma, era parte de la perfección del Santo, de Aquel que vino en dependencia
como hombre. Pero él tomó la copa. En los primeros tres evangelios, donde el
Señor Jesús es presentado en cierta condición humana, tenemos esta escena en
Getsemaní; mientras que en el evangelio de Juan, donde es presentado como el
Hijo Eterno que vino aquí para glorificar a Dios y ascendió al cielo donde
estaba antes, leemos:
“La copa que el Padre
me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11).
Hay al menos dos razones claves de por qué sabemos que nuestro Señor no llevaba
nuestros pecados en su cuerpo en el huerto de Getsemaní:
(1)
En sus oraciones en el huerto, el Señor siempre se
dirigió a Dios como “Padre” (Mateo 26:39, 42, 44, etc.). Es impensable que el
Señor Jesús se hubiese dirigido a Dios como “Padre” en un momento en que Dios
actuaba como Juez santo, derramando su terrible ira sobre el Sustituto de los
pecadores. En tal ocasión no habría podido haber ningún gozo de la relación
paterno-filial entre el Hijo y su Padre (compárese Mateo 27:46). Si Cristo
hubiese sido abandonado por Dios en el huerto de Getsemaní, ¿cómo entonces se
dirigió a Dios como “Padre”?
(2)
Inmediatamente después
de Getsemaní, el Señor Jesús dijo: “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?” (Juan 18:11).
Nótese bien que el hecho de beber la copa de la ira de Dios era un evento que
todavía lo consideraba futuro. El Señor todavía no había bebido esa copa. Él bebería esa
copa “sobre el madero” (1.ª Pedro 2:24).
La
agonía del Señor en el huerto de Getsemaní era anticipatoria de la cruz del Calvario. No incluía Sus sufrimientos
por nuestros pecados, sino que anticipaba este evento aterrador.
C.
H. Mackintosh lo expuso de la siguiente manera:
«Sufrimientos
por anticipación.— Consideremos, finalmente, los padecimientos de Cristo por anticipación. Vemos la cruz que
proyecta su sombra fúnebre sobre toda su carrera y produce un género de
vivísimos sufrimientos que, sin embargo, deben distinguirse tanto de sus sufrimientos expiatorios como de sus
sufrimientos por causa de la justicia, o de sus sufrimientos por simpatía.
Citemos un pasaje en apoyo de este aserto: “Y saliendo, se fue, como solía, al
monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a
aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y él se apartó de
ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró,
diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad,
sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando
en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre
que caían hasta la tierra” (Lucas 22:39-44). Otra vez leemos: “Y tomando a
Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en
gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte;
quedaos aquí, y velad conmigo… Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo:
Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu
voluntad” (Mateo 26:37-42).»
«Es evidente, según estos pasajes, que el Señor tenía
entonces en perspectiva algo que no había encontrado antes. Había para él una
“copa” completamente llena, de la que no había bebido aún. Si durante toda su
vida hubiera estado cargado con nuestros pecados ¿de dónde podría provenir esta
horrible “agonía”, producida por el pensamiento de estar en contacto con el
pecado y de tener que sufrir la ira de Dios a causa del mismo? ¿Qué diferencia
habría entre Cristo, en Getsemaní, y Cristo en el Calvario, si durante toda su
vida hubiera llevado el pecado? Había, ciertamente, entre estas dos posiciones una diferencia esencial que justamente
provenía del hecho de que Cristo no llevó pecado durante su vida entera. Esta
diferencia, hela aquí: en Getsemaní, anticipaba
la cruz; en el Calvario, sufría realmente
la cruz. En Getsemaní “le apareció un ángel del cielo para fortalecerle”; en el
Calvario fue abandonado por todos. Allí no había ningún ministerio de ángeles.
En Getsemaní se dirigió a Dios como a su “Padre”, gozando así plenamente de la comunión
de esta relación inefable, pero en el Calvario clamó diciendo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Aquí, Aquel que llevaba
nuestros pecados mira a lo alto y ve el trono de la Justicia eterna envuelto en
profundas tinieblas, y la faz de la Santidad eterna vuelta de él, porque era
“hecho pecado por nosotros”» (C.H.M.,
Estudios
sobre el libro del Levítico, capítulo 2; EDICIONES BÍBLICAS).
Respecto de la
antiescrituraria teoría y totalmente falsa doctrina de que Cristo llevó
nuestros pecados durante su vida en la tierra, William Kelly señaló:
«La
hipótesis es incompatible, no solamente con la palabra usada por el Espíritu
Santo en este y en todos los demás lugares, sino con los hechos más amplios y
solemnes que el más simple e iletrado de los creyentes, enseñado por Dios,
recibe con reverente y adoradora gratitud. ¿Qué significaron esas
sobrenaturales tinieblas que en horas de pleno día envolvieron la cruz desde un
cierto punto? ¿Qué significado tiene el clamor de Aquel que, en el más pleno
gozo del amor, había siempre dicho: ‘Padre’, pero ahora decía: ‘Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado?’ ¿No había recibido, al momento de su bautismo
cuando podría haberse suscitado alguna cuestión, el testimonio de que el Padre
hallaba en Cristo la absoluta complacencia como su “Hijo amado”? ¡Qué extraño
llevar nuestros pecados en su cuerpo al madero! Cristo indudablemente nunca
glorificó tan profundamente a Dios como en aquella ocasión final; pero, su
magulladura, sus heridas, el ser hecho pecado y maldición, ¿estaban acaso todos
éstos presentes mientras gozaba del amor de Su Padre durante su vida? ¡No!
¡Mientras sufría en la cruz por nuestras culpas, el rostro de Dios resplandecía
al mismo tiempo! Si él hubiese estado toda su vida llevando nuestros pecados,
habría sido toda su vida abandonado por Dios, quien no hubiese tolerado en lo
más mínimo contemplar el pecado. Pero no; Isaías 53:6 da testimonio de que
Jehová cargó todas nuestras iniquidades sobre su Ungido cuando colgaba de la cruz; esto es algo propio de la expiación,
pero totalmente opuesto a la comunión que gozó perfectamente durante su vida» (Exposition of the Epistles of Peter).
«En la
primera Epístola de Pedro ―sin tocar la Epístola a los Hebreos en esta
ocasión― tenemos una clara referencia a Cristo llevando a cabo el Día de
la Expiación de Levítico 16. “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo,
para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su
boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no
amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente” (1.ª Pedro
2:21-23). Es lamentablemente claro que, en el fondo de todos estos esfuerzos
por confundir y mezclar las cosas, hay una falta de fe en la verdadera
inspiración de la Palabra de Dios, así como en la eficacia única de la obra de
Cristo; pero quiero mostrar ahora cuán infundada es la idea de que nuestro
Señor llevó los pecados durante toda su
vida: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el
madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la
justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (v. 24). La palabra “llevó”
excluye la idea que se pretende comunicar. “Llevó” (ανήνεγκεν) no comunica
continuidad, sino un acto que pasó. El aoristo es la expresión definida de tal
acto. Expresa, pues, lo que tuvo lugar en la cruz, y no, ciertamente, lo que se
hallaba en proceso antes de ella, como tampoco después. El hecho de que Cristo
llevó nuestros pecados en su cuerpo, fue completado en la cruz, y sólo
entonces. La forma de la palabra excluye cualquier cosa que comience antes de
ese solemne momento, e implica algo que tuvo lugar de forma completa en la
cruz, donde comenzó. Por ende, la noción de que “llevó él mismo nuestros
pecados en su cuerpo hasta el madero”,
es falsa, no sólo en la forma de la palabra misma, sino en su uso contextual en
los sacrificios[4].
Podemos agregar otro detalle. Cuando
nuestro Señor llevó los pecados en la cruz, fue rodeado de tinieblas
sobrenaturales. Es notorio que, por razones científicas, no podía haber un
eclipse en ese tiempo. Se trataba de tinieblas sobrenaturales. Hubo otras
señales sobrenaturales que acompañaron la ocasión, tales como el velo del
templo que se rasgó, las tumbas que fueron abiertas. El sol se oscureció, y las
tinieblas, como vimos, fueron de una naturaleza muy notable. De esta manera y
entonces Cristo fue hecho pecado por nosotros. Si Cristo hubiese llevado los
pecados durante toda su vida, tendrían que haberse hecho presentes todas estas
misteriosas señales durante su vida. Si Cristo hubiese sido hecho pecado antes
de la cruz, él tendría que haber sido como tal abandonado por Dios. Pero es muy
claro que Dios lo abandonó en la cruz y solamente entonces. Las tinieblas
sobrenaturales, el abandono de Dios, y todas las demás señales maravillosas,
marcaron la presencia de una crisis sin parangón e insondable, que es
totalmente independiente de lo que sucedió antes y después. ¿Acaso es ir
demasiado lejos, tomando la Escritura como nuestra base, decir que durante toda
la eternidad jamás podrá volver a haber una crisis como ésa? ¡Qué bendición
poder saber que todo señala a Cristo hecho pecado por nosotros! Sin duda, era
la obra de Dios para su propia gloria, cualquiera sea la maldad de la criatura
en su parte respecto de ello. Nuestros corazones deben crecer en la verdad de
que lo que Cristo sufrió en la cruz constituye el hecho más importante que
jamás ha tenido lugar o puede tenerlo.
El
hecho de enviar lejos los pecados del pueblo, sobre la base de la ofrenda por
el pecado del día de la expiación, constituye el significado de “azazel” o el
macho cabrío que se va (la víctima que carga con la culpa ajena). Tras la
partida de los apóstoles, comenzó, desde los primeros días de la cristiandad, el
apartamiento de la verdad apostólica, que perdura hasta hoy, y muchos eruditos,
incluso los llamados Padres de la Iglesia, han especulado atribuyendo aun al
diablo esta figura, y modernos teólogos no están mucho mejor. La figura de
Levítico 16 fue la figura que Dios en su gracia proveyó como el complemento del
macho cabrío sacrificado para quitar todos los pecados de las almas cargadas de
Su pueblo. Dios fue quien, tras hallar Su reposo en cuanto al pecado en la
sangre derramada de Cristo en la cruz, quiso también representar, mediante
azazel, que desterró todo terror de juicio de todos los que verdaderamente se
confesaban culpables y que miraban a Aquel que confesaba y llevaba sus pecados
sobre el madero.» (W. Kelly, LECTURES ON THE DAY OF ATONEMENT; Levítico 16).
En su Exposition of the Gospel of
Luke, comentando sobre Lucas 22:43-44, William Kelly dice respecto de
Getsemaní:
«La
verdadera humanidad y el santo sufrimiento del Señor Jesús se ponen aquí en
evidencia de la manera más plena. De nuevo aquí, sin embargo, obsérvese que el
sufrimiento difiere esencialmente de la expiación. Porque no sólo habla clara y
abiertamente de la plena conciencia de su relación con el Padre, sino que tiene
también la ayuda angelical, la cual habría estado enteramente fuera de lugar
cuando era abandonado por Dios por llevar los pecados en la cruz» (pág.
343-344).
Pasajes
que señalan la cruz como el único lugar donde el Señor llevó los pecados
Los pasajes citados a
continuación, entre otros, señalan la cruz donde el Señor murió como el único
lugar en que nuestro Señor cumplió la obra expiatoria al llevar nuestros
pecados en su propio cuerpo. Las Escrituras citadas, puede notarse que no
sugieren la idea de que Cristo llevó los pecados durante toda su vida ni
incluyen los muchos sufrimientos que experimentó en su vida antes de la cruz,
tales como Getsemaní.
“Quien llevó él mismo
nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero… y por cuya
herida[5] fuisteis sanados” (1.ª Pedro 2:24)
“Y la
misma sangre hará expiación de la persona” (Levítico 17:11).
“…que no tiene necesidad cada día,
como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios
pecados, y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre,
ofreciéndose a sí mismo” (Hebreos 7:27)
“Así también Cristo fue
ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos” (Hebreos
9:28).
“Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has desamparado?” (Mateo 27:46).
“Hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13).
“Haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”
(Colosenses 1:20).
“Cristo murió por nuestros pecados” (1.ª Corintios 15:3).
“Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por
su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros… Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre
el madero… y por cuya herida fuisteis
sanados” (Isaías 53:6; 1.ª Pedro 2:24)
Nótese que el tipo de los animales sacrificados tuvo lugar en el altar. Asimismo, el sacrificio del Señor tuvo lugar en el altar de la cruz del Calvario (el antitipo).
Lo que se deriva claramente de Mateo 27:45-46 es que las tres horas de tinieblas fueron las horas cuando Jesús fue abandonado de Dios por cuanto fue entonces cuando nuestros pecados fueron puestos sobre él.
Como dice el himno «Cristo de Dios»:
La horrenda
cruz, Jesús, por nos sufriste,
Desamparado
por tu Dios allí;
La muerte
y sus terrores Tú venciste,
Al recibir
su golpe sobre Ti.
Con grande
amor ¡oh Cristo! te entregaste,
En cruz
colgado, de Dios maldición;
Tu propia
sangre, el precio que donaste,
Fue nuestra
paz y eterna salvación.
“El cual fue entregado por nuestras
transgresiones” (Romanos 4:25; cf. 8:32).
“Fuimos
reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”
(Romanos 5:10; cf. v. 9: “por su sangre”).
“Al que no conoció pecado,
[Dios] por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia
de Dios en él” (1.ª Corintios 5:21).
Pablo comienza así su
epístola a los Gálatas: “El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados”
(Gálatas 1:4). Y concluye la epístola con esta declaración: “Pero lejos esté de
mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (6:14).
Cristo vino a ser
maldición por nosotros cuando Dios derramó su ira sobre nuestro Sustituto.
¿Cuándo vino a ser maldición por nosotros?: “En un madero”
(Gálatas 3:13).
Por causa de Aquel que
llevó nuestros pecados, fuimos hechos cercanos, y hemos sido reconciliados con
Dios. ¿Cómo y dónde tuvo esto lugar?: “Por la sangre de Cristo… mediante
la cruz” (Efesios 2:13, 16).
Fuimos rescatados “con la sangre preciosa de Cristo”
(1.ª Pedro 1:18-19).
“Porque también
Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los
injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne,
pero vivificado por el Espíritu;” (1.ª Pedro 3:18). En este pasaje observamos,
en primer lugar, que la expresión “padeció una sola vez por los pecados”
claramente limita el hecho de que él llevó los pecados a un tiempo específico.
Fue un acto de amor redentor hecho una sola vez. La expresión no es para nada
consistente con un sufrimiento por nuestros pecados experimentado durante la
vida de Cristo; y, en segundo lugar, vemos que el hecho de padecer una sola vez
por nuestros pecados se equipara con el hecho de “ser muerto”. En consecuencia,
lo que cuenta son sus sufrimientos de muerte, y no sus sufrimientos a lo largo
de su vida.
“Al que nos amó, y nos
lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis
1:5).
El apóstol Pablo no se
glorió en Getsemaní, sino en la cruz de Cristo (Gálatas 6:14). No predicó el
huerto de Getsemaní, sino la cruz (1.ª Corintios 1:18; 2:2). El apóstol Pedro
no enseñó que Cristo llevó nuestros pecados en su propio cuerpo «en el huerto
de Getsemaní», sino “sobre el madero” (1.ª Pedro 2:24).
Conclusión
A menudo se piensa que Isaías
53:5 se refiere a los azotes que Jesús recibió a manos de los romanos. Dice:
“…Por su llaga fuimos nosotros curados.” Sin embargo, esto se refiere al
terrible castigo que Cristo recibió a manos de Dios cuando llevó nuestros
pecados en su cuerpo sobre el madero de la cruz del Calvario.
El énfasis de Isaías 53
radica, no en lo que los romanos le infligieron a Jesús, sino en lo que Dios le
hizo. El v. 4 dice: “y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”, aun
cuando sabemos que en el proceso los romanos sirvieron de instrumento. A pesar
de esto, Isaías 53 hace hincapié en el hecho de que fue quebrantado (lit.:
“magullado”) por Jehová (v. 10). El énfasis de Isaías 53, pues, estriba en lo
que Dios le hizo (véase el v. 6: “Jehová cargó en él el pecado de todos
nosotros”). El v. 5 dice que él fue “herido
fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”.
La clara enseñanza de
la Biblia es que Cristo pagó la culpa por nuestros pecados cuando murió en la
cruz, y no antes de la cruz. Está formalmente establecido en el pasaje de 1.ª
Pedro 2:24: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre
el madero” (1.ª Pedro 2:24). Éste es el mismo contexto de la última
parte de Isaías 53:5 donde dice que “por su llaga (lit.: ‘magulladuras’)
en referencia al castigo infligido sobre él por Dios cuando fue castigado como
nuestro Sustituto. Y al final del versículo de 1.ª
Pedro 2:24 se confirma también lo mismo cuando Pedro cita la frase de Isaías:
“y por cuya herida fuisteis sanados”. Y
este mismo versículo es más que claro al declarar formalmente que Cristo llevó
nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero (la cruz). Concluimos, pues, que
la magulladura (las “heridas”) mencionada en Isaías 53:5 fue el golpe recibido
de parte de Dios cuando murió por nuestros pecados y no los golpes o azotina
recibidos a manos de los soldados romanos antes de la cruz.
William Kelly lo
expresó de la siguiente manera:
«Cuando
se dice: “por cuya herida fuisteis sanados”, ¿es creíble que
un santo pueda creer que esas heridas se refieran al hecho de ser flagelado por
los soldados romanos? Estas figuras que tantas veces se hallan repetidas en
Isaías 53 expresan no meramente lo que el hombre le hizo a Jesús, sino lo que
Él sufrió de parte de Jehová cuando éste puso la iniquidad de los suyos sobre
el rechazado Mesías; figuras tomadas de lo que es común entre los hombres, pero
sobre todo para expresar aquello que Él mismo infligió. “Jehová quiso quebrantarlo (magullarlo), sujetándole a
padecimiento… y por la rebelión de su pueblo fue herido… habiendo él llevado el
pecado de muchos” (v. 10, 8, 12)» (William Kelly The Day of Atonement, Leviticus 16).
Ed.
APÉNDICE
“Eloi, Eloi, ¿lama
sabactani?”
Marcos 15:34
G. V. Wigram
Por mi parte —hablo como hombre— nunca encontré
la paz delante de Dios, ni tomé conciencia del reposo con Él, hasta que aprendí
la fuerza y el significado de ese clamor de Jesús de Nazaret: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?” (Marcos 15:34). Sólo una vez que comprendí
que él, quien no conoció pecado, fue (entonces y en ese lugar, o sea en la
cruz) hecho pecado por nosotros “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2.ª Corintios
5:21), pude descansar como pecador en la presencia de un Dios santo. Y creo que
la causa de por qué tantos cristianos carecen de una paz estable y
absolutamente duradera, se debe precisamente a que no han comprendido este rasgo peculiar de lo que vengo diciendo, a
saber, el sufrimiento de Cristo bajo la ira de Dios.
Para ellos, las cuestiones del pecado y de la culpa nunca han tenido
una solución definitiva en sus conciencias. La encarnación fue un evento
maravilloso y bello: que el eterno Hijo de Dios, el unigénito Hijo del Padre,
haya tenido que ser hecho bebé, y haya sido puesto en un pesebre de un mesón. ¡Qué
contraste entre la gloria de la que salió, y el lugar que el hombre le asignó!
Dios y el cielo pudieron expresar sus delicias en Él entonces y allí, en ese
humilde lugar, y también sentirlo (Lucas 2:8-14). Pero el hecho de llevar
nuestros pecados en su propio cuerpo, no
tuvo lugar en la cuna, sino en la cruz, y
en la cruz solamente.
La huida a Egipto, el regreso y el establecimiento del Niño en
Nazaret, su juventud en el templo y al volver de Jerusalén, el tiempo de retiro
oculto de su edad temprana como hombre, en fin, cada etapa de su vida es bella
en su lugar; pero ninguna de ellas nos lo presenta como en el acto de llevar
nuestros pecados. Asimismo, cuando le vemos, por ejemplo, en su bautismo
(ocasión en la que voluntariamente se identificó con aquellos que reconocían su
necesidad de arrepentimiento confesando sus pecados), en su servicio y
ministerios, todo, y cada parte del todo, es bello y perfecto. Pero, si el
cielo pudo aprobarlo en cada paso que dio, el mismo cielo también pudo darle
sus reconocimientos de aprobación a Él. Sin embargo, él no estuvo como Aquel
que llevó los pecados bajo el juicio en ninguno de estos períodos de su vida.
De nuevo, ¡qué contraste (¿y quién jamás sintió esto como Él lo
sintió?) entre él como la simiente de la mujer y la raza humana a quien él
había venido! ¡Qué contraste entre él personal e individualmente, y la casa de
Israel, “los suyos”, a quienes había venido! No sólo era “Dios manifestado en
carne”, sino “el Santo Ser” nacido de la virgen: “santo, inocente, sin mancha,
apartado de los pecadores”, “aparte del pecado”; y, sin embargo,
voluntariamente entre hombres pecadores y en medio del Israel culpable: la
inmaculada simiente de la mujer, el Rey de Israel en su santidad. Esto trajo
aparejado sufrimientos. Así, una vez que emprendió el servicio, sufrió
constante persecución por causa de la justicia y tomó conciencia de que no
había nadie que fuera capaz de simpatizar con él, y de que el hombre caído no
daba la bienvenida a la gracia de la que él era mensajero. Tuvo que soportar
padecimientos a manos del mundo y del hombre. Pero aun todo eso, sin embargo,
no era el abandono de Dios. En ninguna de estas experiencias —ni al verse
constreñido cuando su alma se volvió hacia su venidero «bautismo», ni cuando,
en el huerto de Getsemaní, su alma penetró en las escenas que luego fueron
puestas inmediatamente ante él— estuvo presente aquello que tuvo lugar en el
momento que exclamó: “Eloi, Eloi, ¿lama
sabactani?”. En esta ocasión singular, Cristo, como siempre, fue asimismo perfecto;
aun cuando fue abandonado por Dios, él no abandonaría ni abandonó a Dios. Nunca
Dios ni el cielo vieron resplandecer de él la perfección como allí y entonces,
cuando su obediencia alcanzó la cúspide, “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte
de cruz” (Filipenses 2:8). Pero aun cuando el cielo —en Su sumisión bajo el abandono, por causa de los demás—
halló sus delicias en Él (porque era la revelación de Dios como el
Dios-Salvador), no hubo, ni podía haber
(sólo porque se trataba de abandono por
el pecado, por nuestro pecado, que él tuvo que soportar) ninguna expresión
de aprobación, NADA SINO ABANDONO.
“¿Por qué
me has desamparado?”
No veo cómo un pecador
puede hallar descanso hasta no haber aprendido algo de aquello que es
distintivamente peculiar del Calvario; hasta no haber aprendido que, entonces y
allí, en la cruz, hubo una copa que el Señor bebió, en obediente sumisión a
Dios; una copa de ira debida solamente a nosotros, sobrellevada por Cristo en
el Calvario. El único lugar al cual me vuelvo cuando se suscita en mi
conciencia la cuestión acerca del pecado o de la culpa, o de los pecados, (de
la familia humana, de mí mismo como fin individual, etc.), es al Calvario, y al
Señor allí, clamando: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?”
Él llevó mi juicio en mi lugar entonces y allí, en su
propio cuerpo sobre el madero, en la
presencia de Dios, y recibió el pesar de la ira y del abandono a manos de Dios.
Y allí está mi descargo, claro, pleno y completo, pero allí solamente.
La experiencia de su
alma cuando exclamó: “¿Por qué me has desamparado?”, fue totalmente peculiar y distinta de
aquellas experiencias de la naturaleza que fuere, que tuvo que soportar y
experimentar en cualquier otro momento previo. En ese particular
padecimiento suyo en la cruz, cuando Dios le abandonó, tengo la medida y el
juicio de mi pecado contra Dios.
G. V. Wigram, Occasional Helps 1:272-274
NOTAS
[1]
Véase la segunda parte del tema: ¿Guardó
Cristo la ley de Dios por nosotros durante su vida? Las bases bíblicas de la
justificación por la fe Ed.
[2] El
lector es referido a este artículo tanto para los detalles de este asunto como
para lo que respecta a la tentativa de alterar la traducción de 1.ª Pedro 2:24
con el objeto de hacerla compatible con tales enseñanzas. Puede descargar el artículo
en inglés de aquí: DESCARGAR 1 Pedro 2:24 J. N.
DARBY
[3] N.
del T.— En muchos autores conocidos puede verse este mismo error. John R. W. Stott, explica que los padecimientos
de Cristo en el huerto de Getsemaní son de tal magnitud que ellos equivalen al
infierno: «Hasta podemos atrevernos a decir que nuestros pecados enviaron a
Cristo al ‘infierno’, no al ‘infierno’ (hades, la morada de los muertos) al
cual el Credo dice que ‘descendió’ tras la muerte, sino al ‘infierno’ (gehena,
el lugar del castigo) al cual nuestros pecados lo condenaron antes que su
cuerpo muriese… Dios en Cristo lo soportó en nuestro lugar» (The Cross of Christ, pág. 79, 161).
C. H. Spurgeon afirmó:
«No sé si lo que supone Adam Clarke sea correcto, que en el huerto de Getsemaní
Cristo pagó un mayor precio (por nuestros pecados) que lo que pagó aun en la
cruz; pero estoy plenamente convencido de que son muy necios aquellos que se
vuelven tan refinados que hasta piensan que la expiación fue hecha en la cruz y
en ninguna otra parte más» (A Treasury of Spurgeon on the Life and Work of
our Lord, Grand Rapids, MI: Baker, 1979, pág. 119).
«Siento que lo único adecuado para mí es ser
arrojado al más bajo infierno; pero voy a Getsemaní, y me asomo bajo esos
enmarañados árboles de olivo, y logro ver a mi Salvador. En efecto, le veo
revolcándose de angustia en el suelo, y oigo que salen de Él unos gemidos tales
que jamás antes otra alma humana profirió. Dirijo mis ojos al suelo, y lo veo
rojo con Su sangre, mientras su rostro se ve manchado con sudor ensangrentado,
y entonces digo a mis adentros: ‘¡Mi Dios, mi Salvador!, ¿Qué te está
sucediendo?’ Y le oigo que me responde: ‘Estoy sufriendo por tu pecado’» (A Treasury of Spurgeon on the
Life and Work of our Lord, Grand Rapids, MI: Baker, 1979,
pág. 131).
[4]
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1.ª Pedro
2:24). «No dice «hasta el madero» ni «al madero», como algunos lo traducen;
pero esto evidencia que se ignora y pasa por alto completamente el lenguaje de
los sacrificios del Antiguo Testamento. Hay dos formas empleadas en la LXX, y
siempre de forma distinta. Cuando es cuestión de «hasta» o de «a», se emplea
otra preposición completamente diferente. Siempre que se expresa la que se
encuentra aquí, invariablemente significa «sobre» y no «a». Se concede que en
otros contextos no siempre puede sostenerse esto; pero en el lenguaje de los
sacrificios la distinción es cierta y consistente. Ahora bien, está claro que
aquí el apóstol Pedro se refiere al lenguaje de los sacrificios del Antiguo
Testamento. Toda la primera Epístola de Pedro abunda en alusiones de similar
naturaleza. Si el mundo nos dice que Pedro era un hombre sin letras (Hechos
4:13), que los creyentes no olviden que el Espíritu Santo fue quien lo inspiró.
Puede que no haya una muestra de razonamiento humano o de elocuencia, ni ningún
esfuerzo por agregar lustre a las verdades doradas que le habían sido reveladas
para que las anunciase; pero el lenguaje para todo ello es divinamente exacto.
Cualquier erudito debiera entenderlo incluso sobre la superficie del pasaje» (William
Kelly The Day of Atonement,
Leviticus 16).
[5] N.
del T.— “Herida”, del griego μωλωψ
(molops). Darby traduce este término en su versión francesa como «magulladura»
(compárese Vine). En inglés, Darby traduce el vocablo como «stripes» (franjas,
de azotes). En una nota al pie de la página, dice: «O ‘magulladura’. Aunque la
palabra está en singular, literalmente significa las marcas dejadas por azote.
‘Franja’ no transmite esto.»
LECTURA AFÍN:
“CUMPLIDO ESTÁ” Pensamientos sobre el
Salmo 22