Saúl y la adivina de Endor

1 Samuel 28

 

Parte I: Algunas citas expositivas

 

Parte II: ¿Fue Samuel el que apareció, o fue un espíritu maligno que fingió ser él?

 

 

“Aconteció en aquellos días, que los filisteos reunieron sus fuerzas para pelear contra Israel. Y dijo Aquis a David: Ten entendido que has de salir conmigo a campaña, tú y tus hombres. Y David respondió a Aquis: Muy bien, tú sabrás lo que hará tu siervo. Y Aquis dijo a David: Por tanto, yo te constituiré guarda de mi persona durante toda mi vida. Ya Samuel había muerto, y todo Israel lo había lamentado, y le habían sepultado en Ramá, su ciudad. Y Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores y adivinos. Se juntaron, pues, los filisteos, y vinieron y acamparon en Sunem; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gilboa. Y cuando vio Saúl el campamento de los filisteos, tuvo miedo, y se turbó su corazón en gran manera. Y consultó Saúl a Jehová; pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas. Entonces Saúl dijo a sus criados: Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte. Y sus criados le respondieron: He aquí hay una mujer en Endor que tiene espíritu de adivinación. Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos, y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere. Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir? Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto. La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel. Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl. Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra. El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia. Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer. Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí, si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo? Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David. Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalec, por eso Jehová te ha hecho esto hoy. Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. Entonces Saúl cayó en tierra cuan grande era, y tuvo gran temor por las palabras de Samuel; y estaba sin fuerzas, porque en todo aquel día y aquella noche no había comido pan. Entonces la mujer vino a Saúl, y viéndolo turbado en gran manera, le dijo: He aquí que tu sierva ha obedecido a tu voz, y he arriesgado mi vida, y he oído las palabras que tú me has dicho. Te ruego, pues, que tú también oigas la voz de tu sierva; pondré yo delante de ti un bocado de pan para que comas, a fin de que cobres fuerzas, y sigas tu camino. Y él rehusó diciendo: No comeré. Pero porfiaron con él sus siervos juntamente con la mujer, y él les obedeció. Se levantó, pues, del suelo, y se sentó sobre una cama. Y aquella mujer tenía en su casa un ternero engordado, el cual mató luego; y tomó harina y la amasó, y coció de ella panes sin levadura. Y lo trajo delante de Saúl y de sus siervos; y después de haber comido, se levantaron, y se fueron aquella noche” (1 Samuel 28).

 


 

Parte I: Algunas citas expositivas

 

 “Ya Samuel había muerto”, se nos dice en el v. 3, “y Saúl había arrojado de la tierra a los encantadores (o evocadores de espíritus) y adivinos”. Cuando vio el campamento de los filisteos, su corazón se estremeció. ¿Dónde estaba el campeón de Israel? y ¿por qué? ¿No tenía acaso nada que ver con el hecho de que el reino se hallase debilitado? Incapaz de aprender de Jehová, Saúl dice a sus siervos: “Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación (o que evoque los espíritus), para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte”. Y sus criados le hablaron de una mujer en Endor que tenía espíritu de adivinación. “Y se disfrazó Saúl, y se puso otros vestidos”. La menor traza de honestidad y de verdad manifiestamente quedó excluida. “Y se fue con dos hombres, y vinieron a aquella mujer de noche; y él dijo: Yo te ruego que me adivines por el espíritu de adivinación, y me hagas subir a quien yo te dijere. Y la mujer le dijo: He aquí tú sabes lo que Saúl ha hecho, cómo ha cortado de la tierra a los evocadores y a los adivinos. ¿Por qué, pues, pones tropiezo a mi vida, para hacerme morir?” Ella temía que él fuese a informar al rey acerca de ella. Entonces Saúl le juró por Jehová, diciendo: Vive Jehová, que ningún mal te vendrá por esto. “La mujer entonces dijo: ¿A quién te haré venir? Y él respondió: Hazme venir a Samuel. Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz, y habló aquella mujer a Saúl, diciendo: ¿Por qué me has engañado? pues tú eres Saúl.” ¿Cómo relacionamos esto? ¿Por qué, a partir de la visión de Samuel, ella habría de predecir que él debía ser Saúl? No hay razón para creer que Samuel haya dicho que se trataba de Saúl, pero ella, sin el menor titubeo, infirió que debía ser Saúl. Pero ¿por qué? Porque no apareció el espíritu familiar que ella esperaba, sino Samuel, a quien Dios solamente podía enviar. Ella sólo esperaba al espíritu a quien habitualmente buscaba, al demonio ―en el lenguaje del Nuevo Testamento― que personificaba a quienquiera que fuese invocado. Cuando ella vio que el que vino era el verdadero Samuel, no pudo sino sentir la realidad de la situación, y, de esto dedujo, supongo, que en esa ocasión se trataba de algo que estaba totalmente fuera de su propia línea de actividad satánica con la cual engañaba a los hombres. Fue Dios mismo quien tomó el control de todo. Ése es el motivo por el cual Saúl, en su desesperación, queriendo consultar a una adivina y a su espíritu familiar, cayó en su propia trampa y oyó su sentencia final directamente del mismo profeta que había muerto.

 

Por eso casi no tengo la menor duda de que se trató de la aguda inferencia de una mujer que estaba acostumbrada, de hecho, al poder de Satanás, pero que, ante el fracaso de ese poder, percibió de inmediato en su camino, como similarmente Balaam otrora en el suyo, la verdad de las cosas delante de Dios. Ahora bien, ¿sería justo suponer que no existe tal realidad del poder del mal operando de maneras invisibles y mediante demonios con el hombre y en el hombre? ¡Qué error! Sólo que no hay razón para que un creyente que anda con Dios, y que está lejos de todo entrometimiento o curiosidad en estas cosas, se vea alarmado en lo más mínimo por un suceso de esa naturaleza.

 

El hecho de que no fue un mero espíritu maligno el que apareció, sino el verdadero espíritu de Samuel, ella lo reconoce simplemente porque las circunstancias eran totalmente inusuales. Y esto es justamente lo que provocó en su alma la mayor sorpresa posible. No está en el poder del diablo hacer subir los espíritus de los perdidos ni de los justos. Sólo Dios puede hacerlo. Y Él, y apenas preciso decirlo, jamás lo hace, excepto bajo circunstancias que Él considera adecuadas para obrar de una manera enteramente distinta a la habitual. Tal era la ocasión presente. Pero no debemos imaginar a la ligera una serie de eventos de esa naturaleza. ¿Qué, pues, diremos? ¿Acaso no puede tener lugar algo así como la aparición  de esta o aquella persona después de la muerte? No tan infrecuentemente como comúnmente se cree. Sólo que sería bueno agregar qué son a mi juicio. ¿Se trata acaso de los verdaderos espíritus de los difuntos justos o injustos? Ni lo uno ni lo otro, sino que son demonios o espíritus malignos que pretenden ser lo uno o lo otro, si Dios lo permite, lo cual sirve al propósito del enemigo para engañar a la gente. Para mí esto es un asunto de simple fe en lo que Dios ha escrito para que aprendamos. Sostengo que está claramente revelado que espíritus malignos operen de esta forma, si place a Dios permitirlo, y que engañen a muchos. No puedo dudar de que esto jamás estuvo ausente de la tierra, de que todos los alegados oráculos de la antigüedad estaban vinculados con el poder de espíritus malignos y hallaban su fuente en ellos, de que esto mismo, disimulado con otros nombres, ha operado más particularmente en tierras oscuras, y de que incluso hoy día está en actividad de tanto en cuando, naturalmente que de forma encubierta de modo de engañar mejor incluso en el mismo centro de la luz.

 

Pero existe la mayor diferencia posible entre esto y lo que hemos leído aquí. Aquí, reitero, no se trató de un espíritu maligno, sino que era el espíritu de Samuel; y sólo Dios tiene el pleno dominio de los muertos. Sabemos que los perdidos están guardados en prisiones de seguridad. No se les permite salir. Son los denominados “espíritus encarcelados” de los que habla Pedro en el capítulo tres de su primera epístola. Esto nos muestra la condición en que se hallan los perdidos. Allí se hallan guardados en espera del día del juicio. Ningún poder de Satanás puede sacarlos ahora de esa prisión. Ellos están bajo el poder de Dios. Menos aún Satanás puede dirigir los movimientos de los justos en el estado de bendición. Nunca se dice que éstos se hallen encarcelados ni nada parecido. No existe el menor motivo para suponer que los justos estén o puedan estar encarcelados bajo ningún concepto teniendo en cuenta su justificación por la gracia de Dios. Parte de su bendición aun en este mundo gobernado por Satanás consiste en ser librados de toda suerte de esclavitud; y aquellos que están con Cristo, ciertamente están en el Paraíso, el que de ninguna manera es una prisión o un lugar de reclusión de cuidado y vigilancia. Si Satanás no tiene potestad sobre los muertos impíos, si no tiene poder más allá de esta vida, si la muerte lo cierra todo, menos todavía puede él tocar a los santos, ni hacer que aparezcan según su voluntad ni comunicar semejante poder al hombre. Me he permitido hacer estas observaciones generales con el objeto de sugerir la simple verdad en cuanto a este asunto, y a fin de impedir que más particularmente los jóvenes, y otros también que pueden no haber considerado en profundidad el asunto, caigan presa de los pensamientos de los hombres. La sabiduría aquí, como en todas las demás cosas, consiste en ser “sabios para el bien, e ingenuos para el mal” (Romanos 16:19); consiste en creer, no en imaginar.

 

En este caso, pues, Dios interviene de forma contraria a los pensamientos de la adivina. Ella sólo tenía que ver con un maligno personaje llamado “un espíritu familiar”, el que se hallaba asociado a su inicua vida como adivina. Ella esperaba que este espíritu maligno fingiese ser Samuel, pero cuando se dio cuenta de que no era su espíritu familiar, sino la verdadera persona, el espíritu de aquel que había partido, en seguida juzgó ―y muy acertadamente― que debía ser Dios quien desbarató el plan del rey. De ahí su grito de alarma y su convicción de que aquel quien la consultaba no podía ser otro que Saúl. Bien sabía ella que, para bien o para mal, el rey era la gran persona en Israel. Desde entonces, como dijimos, el rey, y no el sacerdote, era el nuevo y principal vínculo con Dios. Anteriormente lo había sido en gracia, típicamente al menos mientras la ley subsistía; ahora lo era en gobierno. Y Aquel que tomó al “profeta necio” por sorpresa, y lo obligó a predecir buenas y gloriosas cosas acerca de Israel, ahora sorprendió tanto al rey como a la adivina al enviar a Samuel a anunciar el inminente y deshonroso final del rey elegido por los hombres. No ha de asombrarnos uno más que el otro; y menos aún ha de sorprendernos el hecho de que Dios envíe ahora a Samuel ante Saúl en su excepcional posición y relación, y bajo circunstancias tan críticas tanto para el pueblo como para el rey de Israel.

 

“Y el rey le dijo: No temas. ¿Qué has visto? Y la mujer respondió a Saúl: He visto dioses que suben de la tierra. El le dijo: ¿Cuál es su forma? Y ella respondió: Un hombre anciano viene, cubierto de un manto. Saúl entonces entendió que era Samuel, y humillando el rostro a tierra, hizo gran reverencia” (v. 13-14).

 

Samuel, ahora reconocido, habla a Saúl. “Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños.” ¡Terrible pero auténtica confesión! “Por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.” No sabía qué hacer ni qué decir. Se hallaba impotente ante el hombre, y abandonado por Jehová. ¡Qué fin el del primer y favorecido rey de Israel! “Entonces Samuel dijo: ¿Y para qué me preguntas a mí, si Jehová se ha apartado de ti y es tu enemigo? Jehová te ha hecho como dijo por medio de mí; pues Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David. Como tú no obedeciste a la voz de Jehová, ni cumpliste el ardor de su ira contra Amalec, por eso Jehová te ha hecho esto hoy. Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos” (v. 16-19).

Esto último quiere decir que ellos habrán partido de esta vida. “y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos. “Entonces Saúl cayó en tierra cuan grande era, y tuvo gran temor por las palabras de Samuel; y estaba sin fuerzas” (v. 19-20). La misma adivina tiene que consolarlo de la mejor manera posible...

 

El último capítulo (1 Samuel 31) revela las lamentables señales de la victoria de los filisteos sobre Saúl y sus hijos, quienes cayeron muertos en el monte de Gilboa: “Los filisteos, pues, pelearon contra Israel, y los de Israel huyeron delante de los filisteos, y cayeron muertos en el monte de Gilboa. Y siguiendo los filisteos a Saúl y a sus hijos, mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl. Y arreció la batalla contra Saúl, y le alcanzaron los flecheros, y tuvo gran temor de ellos. Entonces dijo Saúl a su escudero: Saca tu espada, y traspásame con ella, para que no vengan estos incircuncisos y me traspasen, y me escarnezcan. Mas su escudero no quería, porque tenía gran temor. Entonces tomó Saúl su propia espada y se echó sobre ella. Y viendo su escudero a Saúl muerto, él también se echó sobre su espada, y murió con él. Así murió Saúl en aquel día, juntamente con sus tres hijos, y su escudero, y todos sus varones.” Vemos cuán cierto fue lo que el profeta había anunciado, y con cuánta precisión cada palabra proferida halló su cumplimiento. Así cayó Saúl y su casa.

 

William Kelly, Lectures Introductory to the Study of the Earlier Historical Books of the Old Testament, 1 Samuel

 


 

 

«Saúl pide a la adivina que traiga a Samuel, pero cuando ella vio que Samuel subía, se asombró sobremanera y gritó. ¿Por qué? Ella no esperaba al verdadero Samuel, sino al espíritu maligno al que estaba acostumbrada. Inmediatamente supo que era el rey Saúl quien vino a consultarla. El hecho es que Dios intervino en este caso excepcional, y permitió realmente que viniese Samuel. La mujer le pregunta a Saúl por qué la había engañado (v. 12). Pero Saúl no fue a su encuentro para atraparla. Él le dice que no tema, y le pregunta qué es lo que ha visto. Ella responde que vio un dios ascendiendo de la tierra (v. 13). Saúl le pregunta por la forma de la aparición que ella ve (v. 14). Ella le dice que era un anciano cubierto con una manta. Saúl percibió que se trataba de Samuel, y se humilló e inclinó ante él, una simple muestra de servilismo.

 

Samuel pregunta por qué Saúl lo había inquietado haciéndolo venir (v. 15). Este caso era extraordinario, pero la pregunta de Samuel muestra que cualquier esfuerzo por contactar personas fallecidas, es un esfuerzo por inquietarlas. En este caso excepcional Dios permitió que Samuel fuese inquietado. Saúl le manifiesta su gran angustia a causa de que los filisteos peleaban contra él y de que no podía hallar ninguna ayuda más de parte de Dios. Aparentemente piensa que Samuel podía ser más indulgente que Dios, y le pide consejo, pero Samuel no responde a Saúl y su problema como lo hubiera hecho un espíritu maligno. Todo espíritu maligno que habla a través de un médium, siempre da mensajes agradables y melindrosos con el objeto de hacer que la persona se sienta bien. Pero Samuel le manifiesta a Saúl franca y honestamente su inconsistencia al procurar su consejo cuando el Señor se había apartado de él (v. 16). Samuel era el siervo del Señor, y se hallará en pleno acuerdo con lo que el Señor dijo e hizo. Por consiguiente, le recuerda a Saúl cómo el Señor había hablado antes por medio de él, diciendo que quitaría el reino de Saúl y lo entregaría a otro hombre. Esta vez le dice que ese hombre era David. Saúl sabía esto sin que se lo dijesen; sin embargo, estaba aplazando el día tanto como le fuera posible.

 

Pero la hora de Saúl había llegado. Samuel reitera lo que le había dicho a Saúl antes, a saber, que porque había desobedecido el expreso mandamiento de Dios respecto de Amalec, podía esperar perder el reino. De hecho, Samuel le dice: “Por eso Jehová te ha hecho esto hoy” (v. 18). Samuel no le dio a Saúl ningún consejo sobre qué hacer, sino que lo dejó librado a su propia confusión sin esperanza.

 

Además, le dice que el Señor entregaría a Israel junto con él en manos de los filisteos, y que al día siguiente Saúl y sus hijos estarían con él (v. 19). Saúl sabía muy bien que con esto Samuel quiso decir que él moriría. No menciona en absoluto la cuestión de si él y sus hijos estarían en el cielo o en el tormento. Saúl no había dado ninguna señal clara de ser un creyente, y ningún incrédulo estará en el cielo. Su hijo Jonatán era, evidentemente, un verdadero creyente. Así como Saúl y sus hijos serán muertos en combate, así también Dios hará que todo el ejército de Israel sea derrotado por los filisteos.

 

¡Qué golpe para Saúl! No hay el menor rayo de esperanza que alumbre sus tinieblas. Por consultar a la médium, él sólo siente lo peor. Alto y fuerte como era, cayó en tierra aterrorizado (v. 20). Había rechazado la Palabra de Dios, y ahora tenía que enfrentar las consecuencias de su propia insensatez, y no estaba preparado. ¡Qué cuadro para aquellos que osan poner a Dios fuera de sus vidas, y que cundo llega el fin, no tienen nada en que apoyarse!»

 

L. M. Grant Comments On The First Book Of Samuel (tomado de FAMILY HOUR

 

 


 

 

«Saúl, así como Israel, se hallaba en una posición aún más triste, no teniendo socorro de Dios ni del enemigo. Saúl es abandonado por Dios. Samuel está muerto; de modo que Israel no está más en relación con Dios por su intermedio.

 

David, quien, al menos, hacía frente a los filisteos, estaba, por los mismos hechos de Saúl, en medio de ellos. El celo exterior del rey había exterminado a todos los evocadores de espíritus. Busca la dirección de Dios, pero no obtiene respuesta. Él ahora no tiene fe ni conciencia; las circunstancias eran apremiantes, y se entrega ahora, no al servicio exterior de Dios, como lo había hecho antes (tenía la triste y solemne convicción de que eso ya no le pertenecía) sino a las cosas que él mismo había condenado y cortado del país como males, cuando podía mantener su reputación religiosa; cosas que él aún entonces sabía que eran malas. Pero los filisteos estaban allí, y el corazón de Saúl tiembla sobremanera. Busca una mujer que evoca los espíritus. Pero Dios le sale al encuentro aquí. Samuel asciende, pero de una manera tal que aterroriza a la mujer. Ella reconoce la presencia de un poder superior a sus encantamientos. Samuel, sin reservas y sin ninguna simpatía (pues esto ya no era posible) anuncia a Saúl el solemne juicio de Dios.»

 

J. N. Darby, Études sur la Parole de Dieu, I Samuel

 

 


 

 

«“Buscadme una mujer que tenga espíritu de adivinación, para que yo vaya a ella y por medio de ella pregunte” (v. 7). No es diferente de lo que sucede en la cristiandad de hoy, próxima a ser “vomitada de la boca” del Señor. Ella evoca los espíritus y se entrega a ilusiones satánicas, pues en estas prácticas hay a la vez una espantosa realidad y una vergonzosa ilusión. La realidad es que un demonio se pone a disposición de la pitonisa; la ilusión, es que ella es capaz de invocar a los muertos. El demonio tan sólo reviste de ellos una vana apariencia, pues Jesús solo es quien tiene las llaves de la muerte y del hades, y ningún otro poder, excepto el suyo, es capaz de abrir sus puertas. El mismo Satanás no puede evocar a los muertos. Los que no creyeron y murieron, son “los espíritus encarcelados” y así permanecen. Dios solamente, haciendo una excepción, puede permitir que Samuel salga del lugar invisible y aparezca.

 

 “Y viendo la mujer a Samuel, clamó en alta voz” (v. 12). No era esto lo que esperaba por medio de sus sortilegios. El espíritu que conocía no estaba allí para revestirse de una forma ilusoria como las que presenciaban sus seguidores. Incluso antes que pudiese hacer su evocación, de repente surge ante ella un personaje que la asusta en extremo. Ya no se trata de una aparición, sino de una realidad divina, “un dios que sube de la tierra” (v. 13, versión JND francesa), un personaje sobre el cual sus encantamientos no tienen ninguna influencia. Es el mismo Samuel, reconocido por el rey ante quien anduvo tanto tiempo. La mujer, por su parte, reconoce no a Samuel, sino a Saúl. Él solamente, el jefe de Israel, podía tener la suficiente importancia como para recibir tan extraordinaria visión. En cuanto a Saúl, no puede tener ninguna duda de quién es la persona, y menos aún de las palabras de Samuel. Dios, que no respondía ya por los profetas, responde por última vez desde ultratumba por medio de Samuel, pero sólo para ratificar el juicio ya pronunciado.

 

Saúl manifiesta su aflicción, su abandono, su aislamiento, la angustia de su alma (v. 15). Es demasiado tarde; la medida está colmada; Dios no olvidó nada; ahora había venido a ser el enemigo de Saúl (v. 16), quien ahora tiene contra sí a Dios y a los filisteos. Y ¿por qué? Porque Saúl “no obedeció a la voz de Jehová, ni cumplió el ardor de su ira contra Amalec” (v. 18). Y no sólo eso, sino que además de que “no guardó… la palabra de Jehová”, “consultó a una adivina, y no consultó a Jehová” (1 Crónicas 10:13-14). La desobediencia y la independencia caracterizan al hombre sin Dios, y, a pesar de todas las apariencias, Saúl era de éstos. A causa de estas cosas, la muerte de Saúl y de sus hijos estaba decretada, así como la derrota de Israel (v. 19).

 

Pero se anuncia otra decisión a Saúl, y eso por tercera vez: “Jehová ha quitado el reino de tu mano, y lo ha dado a tu compañero, David” (v. 17). Ya lo había oído dos veces de la boca de Samuel (13:14; 15:28), pero sin que se haya pronunciado el nombre de David. Hoy oye de la boca de Dios, lo que su odio había sospechado desde hace mucho tiempo (24:21): que “su compañero” era este David despreciado, odiado, rechazado, a quien él había perseguido, y que este David es el elegido, el ungido, el amado que tendrá el lugar de honor y al cual pertenece el reino. Todo lo que Saúl había temido se levanta ahora contra él. No más piedad ya, no más perdón. David, el rey de gracia, que tantas veces había perdonado a Saúl, que tantas veces lo había aliviado, que le había devuelto, sin cansarse, bien por mal, no podía ya en adelante mostrarse ante él sino como juez.

                                                                                                                                                  

Saúl “cayó en tierra cuan grande era, y tuvo gran temor por las palabras de Samuel” (v. 20). Sólo cuando el hombre se encuentra ante su suerte inevitable aprecia realmente todo su alcance. Hasta entonces siempre hay lugar para alguna ilusión que nos oculta el horror de nuestro porvenir. El rey no tiene fuerza alguna; se muere de hambre pero no quiere comer; recibe por fin alguna ayuda material de la mano de una reprobada como él (v. 20-25). ¡Qué cuadro solemne del fin del hombre y del rey según la carne! Todos los principios de su actividad son traídos a su memoria y, sopesados en la balanza del santuario, se encuentra que no son más que desobediencia, independencia, enemistad contra Dios y contra su ungido. Nada, absolutamente nada de lo que dirigió Saúl subsiste delante de Dios. Todos sus motivos, todos sus caminos no llegan a ser sino otros tantos objetos de juicio.»

 

Henri  Rossier, Méditations sur le Premier Livre de Samuel

 

 

           


                                                                                                                                      

 

Parte II: ¿Fue Samuel el que apareció, o fue un espíritu maligno que fingió ser él?

 

Pregunta:

 

Nuestro hermano V., de Atenas nos escribió sustancialmente lo siguiente: «Los creyentes en nuestro país están preocupados por lo que ciertos autores enseñan con referencia a los espíritus. Ellos adelantan, por ejemplo, que en 1 Samuel 28 la aparición de Samuel a Saúl se trataba de un espíritu satánico que fingía ser Samuel; sus argumentos, entre otros[1], se basan en el hecho de que las predicciones habrían resultado falsas porque:

 

1.º No pudo haber sido al día siguiente que Saúl y sus hijos hayan muerto, sino varios días más tarde.

 

2.º Saúl no podía haberse encontrado con Samuel, en el reposo.»

 

Respuesta:

 

El tema propuesto es más importante de lo que parece a simple vista, en lo que toca a actividades que sólo tienen demasiados adeptos y contra las cuales los cristianos no podrían ponerse demasiado en guardia.

 

1. Está fuera de toda duda que fue el mismo Samuel quien apareció, y que Dios permitió que subiese del lugar invisible para pronunciar contra Saúl una sentencia irrevocable, porque si el desdichado está en la angustia, está sin arrepentimiento. El gran grito que dio la mujer, fue un grito de sorpresa y de terror; apenas comenzó sus prácticas habituales de evocación, ve a Samuel, y comprende que Dios intervino, barriendo de la escena los demonios, de los que ella es el agente, y sus mentiras. En lugar de un espíritu que se presenta falsamente como un muerto, he aquí “un dios que sube de la tierra”, sin sudario, con la vestimenta característica de un profeta (Zacarías 13:4; 1 Reyes 19:18; 2 Reyes 2:8 y 13), a quien Dios hace venir un instante. Una aparición ilusoria, debida a un espíritu impostor, no habría hablado de su reposo perturbado. Samuel habla directamente a Saúl: la mujer, intermediaria entre los espíritus y los hombres que vienen a consultarla, no cumple ningún rol. Por último, y esto es fundamental, “está escrito” positivamente:

 

“Saúl entonces entendió que era Samuel” (v. 14).

 

“Samuel dijo...” (v. 15)

“Samuel dijo...” (v. 16)

“Entonces Saúl... tuvo gran temor por las palabras de Samuel” (v. 20)

Según la aserción de la Palabra, se trata de Samuel mismo, y no de un falso Samuel: es el profeta con un mensaje de Dios[2].

 

Recordemos aquí, con la mayor fuerza, que Dios solamente tiene autoridad sobre los espíritus de los muertos. A él vuelve el espíritu del hombre cuando el cuerpo vuelve al polvo, a Él solo, quien lo dio (Eclesiastés 12:7). Cristo, y nadie más que él, tiene “las llaves de la muerte y del Hades”. El hecho de que Saúl haya ido a consultar a una evocadora de espíritus fue puesto a su cargo como un crimen supremo en 1 Crónicas 10:13, lo que prueba claramente la realidad de tales tratos con los espíritus y su culpabilidad. El espiritismo de hoy no es diferente; pretende hacer hablar a las almas de los difuntos, pero, cuando no es pura superchería, no consiste sino en acciones satánicas. Son manifestaciones reales, pero falsas, ya que Satanás puede proporcionar apariciones pero no actuar sobre el alma de un muerto. El creyente debe guardarse absolutamente —tanto en pensamientos como en palabras y hechos— de todo lo que se relacione con el espiritismo. Nada puede ser más funesto para el alma. Léase Levítico 19:31; 20:6, 27; Deuteronomio 18:11; Isaías 8:19; 1 Timoteo 4:1.

 

2. En cuanto a la veracidad de la profecía de Samuel, ella es cierta, y se cumplió al pie de la letra. Es extraño que se tome el v. 19 como pretendida prueba en contra. Es precisamente al día siguiente de “aquella noche” en que Saúl vino a Endor y regresó de allí (v. 25) cuando tuvo lugar la batalla de Gilboa, referida en el capítulo 31. Los dos ejércitos estaban ya presentes cuando Saúl se dirige a Endor (28:4 y siguientes) y pudo reencontrarse con los suyos sin dificultad “aquella noche” (v. 25). Endor, como Jezreel y Sunem, está a apenas una decena de kilómetros del monte de Gilboa. Está claro que los capítulos 29 y 30 interrumpen el hilo de los eventos para relatar lo concerniente a David, desde su salida junto a Aquis, en Afec, mucho más al sur, antes de que los filisteos subiesen a Jezreel (29:1, 11) (por consiguiente, antes de la noche de Endor) hasta después de la muerte de Saúl (cf. 2 Samuel 1:1). 

 

3. Cuando Samuel dijo: “Mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos” (v. 19), significa simplemente «estaréis muertos». Como es habitual en el Antiguo Testamento, las almas son vistas indistintamente en el sheol, el estado común de las almas separadas del cuerpo, tanto en lo que respecta a las que están en reposo como a las que están en tormentos.

 

En lo que concierne a la condición eterna de Saúl, no vemos ninguna declaración positiva, ni tenemos que ir más allá, por poderosas que fueren las razones para pensar que él no esté entre los salvos.

 

Abstengámonos de prejuzgar acerca del destino de los hombres que la Palabra no designa expresamente como perdidos, como sí lo hace con Judas, el “hijo de perdición”, y “la bestia y el falso profeta” de Apocalipsis 19. Debe bastarnos el hecho de que “conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19). Él es el Dios salvador, y no precisa mucho tiempo para salvar a un gran pecador sobre su lecho de muerte, o incluso a uno que se echa sobre su espada como Saúl. Este pensamiento ha animado a creyentes apenados por alguno de los suyos.

     

Le Messager Évangélique, 1967, págs. 134-137

 


NOTAS

 

[1] N. del E.— Se han procurado a toda costa más objeciones, pero de poca solidez. Se arguye, por ejemplo, que la aparición se equivoca al anunciar que al día siguiente morirían Saúl y sus hijos, porque Is-boset (el cuarto hijo de Saúl) muere recién a los 2 años. A esto responde la Escritura misma, si comparamos Escritura con Escritura:

 

“Y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos” (v. 19).

 

“Y siguiendo los filisteos a Saúl y a sus hijos, mataron a Jonatán, a Abinadab y a Malquisúa, hijos de Saúl.”

 

“Saúl y sus hijos habían sido muertos” (1 Samuel 31:2, 7).

 

Vemos la exactitud con que se cumplen las palabras del profeta. “Tus hijos”, se refiere, como la misma Escritura lo especifica más adelante, a sus tres hijos: “Así murió Saúl en aquel día, juntamente con sus tres hijos” (v. 6).

 

 

[2] F. W. Grant, en su monumental obra contra la teoría del sueño del alma de los santos y la aniquilación de los impíos, escribió:

 

«Es cierto que el espíritu que partió de un santo no estaba a merced de una adivina para que evoque su presencia. Y la aparición del profeta espantó a la misma mujer. Pero ésa fue la manera en que Dios permitió que Saúl conociese su sentencia de muerte. El lenguaje del historiador habrá de ser claro para todo aquel que cree en la plena inspiración de las Escrituras, en el hecho de que la mujer vio a Samuel y que Samuel habló a Saúl. Robert Roberts podrá suscitar cuestiones que nuestra incapacidad de responder no demuestran su validez como argumentos contra la palabra inspirada. Pero si fuese cierta su sugerencia acerca de la naturaleza de la aparición, a saber, “que se trató de una ‘imagen espectral’ de Samuel en el cerebro de la mujer reflejada a partir de la que tenía Saúl”, ¿cómo, entonces, esta “imagen espectral” habló a Saúl? Roberts argüirá, evidentemente, que lo hizo “a través de la mujer”, pero no lo dice así la Escritura. Es la propia invención del hombre, lo mismo que “la imagen espectral”. Además, a su dificultad en cuanto a que Samuel apareció con sus vestimentas, como otros plantean que es visto como un anciano, respondemos que sabemos muy poco de apariciones espirituales incluso como para catalogarlas de dificultades. Tampoco significa una dificultad el hecho de que Saúl mismo no haya visto el espíritu de Samuel, pues tampoco el criado de Eliseo vio la gente de a caballo y los carros de fuego alrededor de Dotán (2 Reyes 6:17). ¡Cuántas cuestiones similares podría el señor Roberts suscitar acerca de éstos, y encontrar o proporcionar una pobre o ninguna respuesta!... La expresión “Mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos” (v. 19), significa simplemente “en el estado de muerte”, o en el sheol, tal como un hebreo lo habría expresado. Me detengo en esto sólo para mostrar que no todo eran tinieblas en cuanto a la inmortalidad. La gente puede hablar, como algunos lo hacen, de resurrección, pero no hay nada de eso, y el pensamiento de ello sólo complicaría las dificultades del caso.»

 

«Facts and Theories as to a Future State», Capítulo XIII, Objeciones tomadas del Antiguo Testamento 

 


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