BREVE INTRODUCCIÓN AL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO

 

Flavio H. Arrué

 

 

 

 

 

Cuando pensamos en el texto original del Nuevo Testamento, esto es, el texto griego escrito por hombres de Dios divinamente inspirados, lo primero que hacemos es preguntarnos cuál es y dónde está, pues consabido es que nuestra versión Reina-Valera ―al igual que todas las versiones hechas en estos dos mil años de cristianismo a prácticamente todas las lenguas, tanto vivas como muertas, a las que ha sido vertido el Nuevo Testamento―, no es más que una traducción hecha a partir de un texto «original» escrito en griego koiné (el griego común de la época apostólica). Y cuando acudimos en búsqueda de ese supuesto texto griego «original», nos encontramos con la sorpresa de que simplemente no existe, pues ha desaparecido por el uso y el desgaste natural de los materiales perecederos empleados, y sólo nos han quedado copias de copias (hoy tenemos alrededor de 5500 copias), pero ni una sola copia directa del original, aunque Dios en su gracia, no obstante, ha preservado su Palabra en estas copias a fin de que llegue hasta nosotros con total fidelidad. Esas copias son los testigos del texto original.

 

El objetivo a partir de las aproximadamente 5500 copias que tenemos a nuestra disposición, es simplemente buscar reconstruir el texto más cercano posible al texto original. Para ello, una vez reunidas todas las evidencias, procedemos a la evaluación de los testigos.

 

¿Por qué evaluarlos? Porque al empezar a leer las diversas y numerosas copias con que contamos para reconstruir el Nuevo Testamento, nos encontramos con otra sorpresa: comparando las copias de un mismo pasaje, por ejemplo, encontramos que no todas son idénticas, y que, en algunas partes, (a veces una palabra, o el orden de las palabras, un versículo, un signo, etc.) hay diferencias entre lo que registra una copia y lo que consta en otra. Y a estas divergencias se las llama variantes de lectura. Esto nos enfrenta a la más difícil tarea de decidir, cuando aparecen las divergencias, qué variante es la que corresponde al escritor original, y qué variante no es original. Aprovecho aquí para hacer una aclaración muy importante. Debemos tener siempre presente que, como otro lo ha dicho, «no existe ninguna cuestión crítica que amenace la sustancia de la Biblia»; ninguna variante afecta la sustancia de ninguna verdad bíblica, ya en las doctrinas fundamentales, ya en toda enseñanza revelada en el Nuevo Testamento. La Biblia está escrita con exactitud y es perfecta, de lo contrario Dios hubiese tenido que depender de la falibilidad humana para comunicar y preservar su pensamiento y voluntad y, de este modo, no habría podido transmitir Sus pensamientos de forma escrita e infalible, y está muy claramente declarado que Dios inspiró las palabras, las cuales comunican sus pensamientos (1.ª Corintios 2:12-13). Si bien la inspiración es un hecho indubitable que sobrepasa la razón humana (pues Dios no ha revelado cómo inspiró a los escritores, sino que simplemente afirma que lo hizo, 2.ª Timoteo 3:16), también debemos siempre sostener que, en lo que hace a la crítica textual, las variantes no son lo suficientemente significativas como para afectar en alguna medida el pensamiento que Dios quiso comunicar mediante la Escritura, el cual es siempre muy claro y preciso. Pero para entender esto último, es menester la fe —la cual debe tener primacía sobre la erudición—, así como la enseñanza del Espíritu Santo en las cosas de Dios. De lo contrario, la crítica es infiel y no sirve a la fe ni honra a Dios.

 

Aclarado este fundamental punto de partida, retomemos el tema de nuestro epígrafe. Con el correr de los siglos, los copistas, que no siempre fueron lo suficientemente cuidadosos cuando se trataba nada menos que de la Palabra de Dios, introdujeron en ocasiones, voluntariamente, por ejemplo, palabras o versículos (y los que copiaron estas copias luego, aunque lo hicieran con fidelidad, copiaron involuntariamente los agregados previos sobre los cuales se basaron). Estos agregados se denominan en general interpolación (o glosa cuando su fin era explicar o aclarar el texto, pero luego quedó como parte del texto, lo que hoy serían las palabras en bastardillas, por ejemplo), y la responsable tarea de quienes reconstruyen el texto del Nuevo Testamento, mediante la juiciosa evaluación de toda la evidencia reunida, es decidir cuándo se trata de una verdadera interpolación que no es original, y cuándo no lo es. Es una tarea, por cierto, muy delicada, pues estamos reconstruyendo nada menos que la Palabra de Dios en su lengua original a partir de miles de copias que presentan algunas diferencias entre sí, nunca sustanciales, en algunas partes del Nuevo Testamento. Los que se encargan de esta evaluación de los diferentes manuscritos griegos que fueron preservados hasta hoy, y de reconstruir el texto completo del Nuevo Testamento, se llaman críticos textuales, y la ciencia encargada de esta labor se llama crítica textual.

 

Ahora bien, ¿qué criterios ha de adoptar el crítico textual para decidir qué variante tomar y qué variante descartar, a fin de llegar al texto completo del Nuevo Testamento que refleje fielmente el original? La crítica textual, precisamente, estudia esto: existen criterios generales, reglas a seguir, en cualquier análisis de crítica de los textos literarios históricos, reglas que no se pueden poner en tela de juicio. Pero en materia de Sagrada Escritura, no se pueden aplicar exactamente los mismos métodos que se aplican para la reconstrucción de cualquier texto literario antiguo. Por ejemplo, el criterio de textos antiguos que afirma que «cuanto más antiguo es el MSS (manuscrito), tanto más fidedigno es debido a que se acerca más en el tiempo al autor original», es válido en principio, pero cuando lo aplicamos al Nuevo Testamento, no siempre es una regla absoluta, fallando muchas veces si se aplicara en forma matemáticamente rigurosa, teniendo en cuenta, por ejemplo, como bien dice el Dr. Scrivener (el tan famoso revisor del «Textus Receptus» de fines del siglo XIX), que «la corrupción de los originales, se hizo sentir con mayor fuerza en los primeros cien años desde que los apóstoles dejaron la tierra», y por eso a veces el «Texto Recibido» es más fidedigno que los textos críticos más modernos, a pesar de que esta edición del Nuevo Testamento fue un trabajo realizado en Europa trece siglos más tarde.

 

No puede tenerse una idea de los complejos e intrincados factores que influyen en la cuidadosa evaluación de toda esta masa de materiales que ha llegado hasta nosotros, a fin de llegar al verdadero texto para luego poder traducirlo correctamente. Pero esta labor no puede ser llevada a cabo meramente por hombres de reconocida erudición en la crítica de textos antiguos (aunque esta erudición sí es evidentemente esencial, y no debería faltar) sino que una condición sine qua non para desarrollarla con eficacia, es el discernimiento y sabiduría espiritual, junto con una profunda piedad, comunión con Dios y una destacada paciencia, virtudes todas que dimanan del bendito Espíritu de Dios. Y desde ya que todo hombre no nacido de nuevo y no instruido en las Escrituras espiritualmente, por más dominio que tenga de las lenguas originales, queda totalmente  descalificado para esta noble tarea. Bien ha escrito J.N.Darby en su prefacio al Nuevo Testamento: «Un hombre espiritual tiene menos probabilidades de equivocarse que un gran erudito».

 

Breve reseña de la historia del texto

 

Repasemos brevemente algunas de las principales fuentes que dieron lugar al texto crítico del Nuevo Testamento, o sea a las ediciones del Nuevo Testamento griego, sobre cuya base se realizan las traducciones a los diversos idiomas.

 

Alrededor del año 200 d. de C., Tertuliano declaró que todos los manuscritos griegos originales del Nuevo Testamento habían sido preservados, pero hoy, como dijimos, no tenemos ninguno de ellos.

 

En lo que respecta a los escritos de los llamados «Padres de la Iglesia», en todas sus obras, cuando citan el Nuevo Testamento en griego, la mayoría de las veces de memoria y no literalmente, se deslizaron errores en diversa medida, por lo que no son de gran utilidad.

 

Versiones

 

Las antiguas traducciones que se hicieron del griego a otros idiomas, se llaman versiones, y ellas constituyen también valiosos testigos del texto original, sobre todo por la antigüedad de algunas de ellas. Sólo en latín se ha dicho que hay unas 8000 versiones de la Biblia.

 

Siglo II

 

La versión Siríaca sinaítica, de la que tenemos sólo algunos fragmentos (unos tres cuartos de los Evangelios), se estima que es una de las más antiguas que tenemos, la que data probablemente del siglo segundo. La versión Peshitta siríaca (la cual significa «simple o común») es altamente venerada por aquellos que hablan esa lengua oriental hasta hoy. Le falta 2.ª Pedro y 2.ª Juan. Es muy valiosa a causa de su antigüedad.

 

384 d. de C.

 

La Vulgata latina (la cual significa «lengua común») fue traducida por Jerónimo, quien primero revisó el viejo Nuevo Testamento en Latín. Desde el año 387 hasta el 405, él y Hereford tradujeron el Antiguo Testamento del hebreo al latín. Fue usado por cerca de 1000 años, pero fue siendo gradualmente corrompido por los copistas. En 1592 la Vulgata sixto-clementina se convirtió en la Biblia oficial de Roma, pero sólo recién en 1943, el papa Pío XII declaró que no debía ser considerada superior a los textos originales.

 

Manuscritos griegos

 

Como mencionamos, existen cerca de 5000 manuscritos griegos y leccionarios (libros que consisten en selecciones de las Escrituras para la lectura pública en los servicios), ya sea completos o fragmentarios; y todos con más o menos variantes. Pero lo importante a tener en cuenta, como ya lo hemos adelantado al principio, es que esas variantes (que no son porcentualmente significativas; y cuya cantidad se ha calculado que no son más que una palabra por cada mil aproximadamente), en el conjunto del mensaje, no afectan en lo más mínimo ninguna doctrina fundamental, ni la claridad, precisión ni sustancia de ninguna enseñanza divina, sino que, en general, dan un amplio testimonio a la certeza del texto griego y a la preservación que Dios hizo de su Palabra.

 

Hay cuatro clases de manuscritos griegos: Los unciales y los minúsculos (códices), los leccionarios y los papiros (fragmentarios).

 

Los códices son manuscritos encuadernados en forma de libro, y su importancia como testimonios radica en que muchos de ellos contienen el Nuevo Testamento de forma completa. Se dividen en cursivos y unciales.

 

Los cursivos o minúsculos son manuscritos escritos en pequeñas letras en estilo corrido («cursivas»), superando los 2500 en número, y que datan desde el siglo IX hasta el siglo XV. Cada uno es conocido por su número. Algunos son de particular valor.

 

Los unciales están formados por mayúsculas griegas sin espacio entre las palabras y sin signos de puntuación. Estas copias van del siglo IV al siglo X, y son en número cerca de 700.

 

Códices más relevantes

 

El códice Vaticano (B). Descubierto en la biblioteca del Vaticano en Roma, data

del siglo IV. Es de mucho más valor que el códice Sinaítico, y constituye uno de los testigos más importantes del texto original. Está escrito hasta Hebreos 9:13, siendo defectuoso en el resto.

 

 

El códice Sinaítico (aleph). Es un manuscrito del siglo IV también, y contiene el Nuevo Testamento en su integridad. Cuarenta y tres hojas del códice fueron descubiertos en 1844 por Constantino Tischendorf en el monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí cuando los monjes estaban a punto de quemar todos los viejos manuscritos que, para ellos, «eran griegos». Quince años más tarde, Tischendorf recuperó 199 hojas más. Se ha dicho que fueron escritos en pieles de 100 antílopes, y fueron comprados a Rusia (cuyo gobierno, bajo el zar, sufragó los gastos de la expedición arqueológica) por el Museo Británico de Londres por más de medio millón de dólares hace un siglo atrás. Aunque es el uncial más antiguo, ha sido, como los demás, corrompido por las manos eclesiásticas, pero estas alteraciones son fácilmente detectadas.

 

El códice Alejandrino (A). Data del siglo V. Contiene casi todo el Nuevo Testamento, pero con algunas lagunas. Concuerda mucho con los Codex Sinaiticus y Vaticanus en las Epístolas, pero es constantinopolitano (bizantino) en los Evangelios, armonizando con la masa de cursivos griegos y con la Peshitta Siríaca.

 

 

 

 

El códice Bezae (D). Data del siglo VI. Códice bilingüe con los textos griego y

 latín de los Evangelios Sinópticos y los Hechos. Teodoro de Beza lo obtuvo a partir del monasterio de San Ireneo en Lyons, y lo presentó a la Universidad de Cambridge en 1581.

 

 

 

 

 

 

 

Otros códices son: Códice Ephraemi Rescriptu (C), del siglo V; el Códice E, del siglo VIII, etc.

 

Valor de la antigüedad de los manuscritos

 

Citamos a William Kelly, quien prefería los manuscritos más antiguos

 

«Espero que baste una vez por todas que se entienda que yo siempre hablo del texto sobre la base de las más antiguas y mejores autoridades. Existen positivas pruebas de la naturaleza más convincente y satisfactoria para las inserciones, omisiones o cambios que puedan ser mencionados de vez en cuando. No vaya a imaginarse que exista algo así como una innovación arbitraria en esto. Los verdaderos innovadores, son aquellos que, ya por desliz, ya por propia voluntad, se apartaron de las mismas palabras del Espíritu. Y la arbitrariedad ahora consistiría en seguir manteniendo aquello que no cuenta con la autoridad suficiente, en contra de aquello que es tan cierto como sea posible. El error, entonces, no estriba en buscar el texto de mejor respaldo, sino en permitir que la tradición nos ate a lecturas relativamente modernas y ciertamente corruptas. Tenemos el deber, en todos los casos, de someternos a las mejores autoridades» (Lect. Intro. to Acts, Cath. Epist. and Rev., p. 407, see also Rev. Exp., p. 35)

 

«¿Acaso el ‘milagro perpetuo para preservar las Escrituras’ no es un error? Un milagro se cumple por el poder divino de forma absoluta. Se admite plenamente que Dios obra providencialmente para alcanzar los fines que tiene en vista. Pero ésta es una declaración muy diferente, la cual deja lugar a la responsabilidad del hombre en el cuidado y en la reverencia que ha de tener para con las Escrituras, el texto o la traducción, con la exposición o el estudio; y, lamentablemente, ¡el hombre falla en estos puntos, así como en todas las cosas!; pero Dios no falla, y es plenamente suficiente para todas las necesidades y obras de Sus hijos. Tampoco se quiere decir que algún libro de las Escrituras hebreas o del Nuevo Testamento griego no sea inspirado, o que ahora se haya perdido algún libro que siempre formó parte de la Escritura, que consista no sólo de comunicaciones inspiradas, sino de las que fueron dadas dentro de un plan específico para ser la norma permanente de la verdad divina. En cuanto a esto precisamente la mayor parte de la cristiandad ha demostrado ser infiel, no por el hecho de rechazar la auténtica Escritura, sino por acreditar como tal los libros griegos Apócrifos del Antiguo Testamento» (Bible Treasury 7: 271).

 

«Debemos guardarnos de no idolatrar los testigos» (Exp. of Heb., p. 129).

 

 

TEXTOS GRIEGOS

 

 

Diversos estudiosos de los manuscritos, llamados «editores», producen y editan textos griegos como resultado de su esforzada labor y loable objetivo por llegar a lo que es el verdadero texto de la Palabra de Dios.

 

En este vasto campo, somos confrontados con el enorme problema de sopesar los méritos de las lecturas de los diversos manuscritos. Las distintas escuelas de opinión muestran una variedad de tendencias. El rumbo tomado por la erudición moderna ha sido con fuerte tendencia hacia el texto editado por Westcott y Hort, el cual se basa de manera demasiado considerable en los tres principales unciales, los codex «Sinaiticus», «Vaticanus» y el «Alexandrinus». Otros eruditos están indebidamente influidos por «la masa» de los manuscritos latinos, los que guardan armonía con los unciales D (Claromontanus) y E (Sangermanensis).

 

Luego tenemos también la escuela oriental «bizantina» ortodoxa con su «masa» de  manuscritos griegos cursivos. Sobre la base de estos manuscritos, se construyó, en la Edad Media, el «Textus Receptus» (sobre el cual diremos algo más detallado luego), hasta llegar a la edición de Stephanus (Robert Estienne), de 1550, sobre cuya base se realizó la famosa Versión Autorizada inglesa o «King James» de 1611.

 

Aparte de estos dos extremos (la edición del «Textus Receptus» y la edición de Westcott y Hort), son pocos los estudiosos que buscan la guía del Señor en medio del laberinto. Estos pocos hombres de Dios, dan un mayor reconocimiento a la «evidencia interna» (examen y juicio de las lecturas variantes para determinar cuál representa el texto original, siguiendo el contexto de la Escritura), conscientes de las infinitas perfecciones y de las eternas verdades interrelacionadas de la Palabra de Dios. La perfección en este campo de estudio no podrá encontrarse. Pero la Palabra de Dios no debe ser manipulada a gusto del hombre. Aquí es donde la paráfrasis se dejó llevar lejos por la corriente. El Espíritu Santo está aquí abajo para mostrarnos las cosas de Cristo (Juan 16:14 y Mateo 11:25).

 

Para tener una breve referencia, daremos una lista en orden cronológico de las ediciones más sobresalientes del texto griego.

 

Ediciones más sobresalientes del texto griego

 

Antes de Erasmo. Por unos cinco siglos, desde la época apostólica, prevaleció un texto griego, hasta que Jerónimo lo tradujo para producir la Biblia en latín, la «Vulgata Latina», que es la que pasó a ocupar el primer lugar en la cristiandad, como Biblia «autorizada», y el texto griego luego fue perdiendo interés, pasando a archivarse en diversos lugares, mientras que la Vulgata se copiaba una y otra vez, siendo la versión de uso común.

 

El texto griego de Erasmo de Rotterdam. El erudito humanista Desiderio Erasmo publicó un Nuevo Testamento en griego por primera vez en 1516 (véase la imagen de la primera edición, tomada de Juan 18), siendo la primera copia impresa del Nuevo Testamento griego. Para su composición, Erasmo utilizó lo poco que

había en Europa entonces: dos manuscritos griegos del siglo XII, y partes de uno del siglo X fueron los más antiguos que encontró en Basilea. Como había partes que faltaban en los manuscritos griegos (como parte de Apocalipsis), Erasmo completó su primera edición traduciendo esas partes del latín. En cuanto a su método, sus propias «Anotaciones», dadas como apéndice, muestran que las citas de los Padres fueron siempre decisivas en la elección de sus variantes de lectura, por más que le hubiere faltado el respaldo de las copias griegas. Por ejemplo, Hechos 8:37 (“Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”) no tiene el apoyo de prácticamente ningún MSS griego, pero Erasmo lo insertó por cuanto estaba en la Vulgata, con algún apoyo de los Padres, y en el margen de una de sus copias.

 

Tras revisar y corregir la primera edición, sacó a luz una segunda edición en 1519 (de la cual los reformadores tradujeron la Biblia a diversos idiomas. Lutero en 1522 utilizó esta segunda edición para traducir la Biblia al alemán; y nuestra Biblia en castellano, tiene ese origen también; y algunos creen que esta edición fue el fundamento del denominado «Textus Receptus»), y luego publicó una tercera edición en 1522. En ésta inserta recién el llamado Comma Johanneum en 1.ª Juan 5:7, no por cuanto creyese que fuese auténtico, sino a fin de escapar de las presiones y de las duras críticas recibidas por haberlo omitido, y justificadamente, en sus primeras dos ediciones. Publica una cuarta edición en 1527, haciendo uso de un mayor número de manuscritos griegos y llevando a cabo muchas correcciones y mejoras en el texto. Su última edición la publicó en 1535, sin mayores alteraciones respecto de la anterior.

 

Texto griego de Stephanus (Robert Estienne). En sus primeras dos ediciones (1546, 1549) siguió el texto griego de Erasmo (tomando su cuarta edición), apartándose ligeramente de éste, para guiarse por la edición Complutense. Su tercera edición (1550) es la más conocida, y en ella adhirió más estrictamente a Erasmo en el texto, agregando, además, las variantes de lectura de la Complutense en el margen, junto con una selección de lecturas de los manuscritos a la que hace referencia más tarde. A diferencia de Erasmo, se valió del códice Beza. Esta colección de variantes de lectura en el margen, distinguieron la tercera edición de Estienne como el primer texto griego con un aparato crítico (aunque en el texto se guió más por Erasmo que por su colección de manuscritos).

 

Creía que este texto griego ―basado en la cuarta edición de Erasmo, como dijimos― era el verdadero «texto recibido» por los apóstoles, y, por ende, inspirado. El nombre de «Texto Recibido» está formalmente impreso en la 2.ª edición de Elzevir de 1633 (1.ª edición, 1624), debido a las palabras que aparecen en latín en el prefacio: «Textum… ab omnibus receptum» (Texto recibido por todos), palabras poco felices que no cuentan con ninguna autoridad que las justifique. Debido a que la edición de Elzevir es la misma que la de Stephanus, ambas son referidas indistintamente como el «Textus Receptus». Un año más tarde (1551), Stephanus enumeró los versículos del Nuevo Testamento al margen del texto (pero no los dividió). (El Cardenal Hugo había ya dividido la Vulgata Latina en capítulos sólo tres siglos antes, 1250).

 

Griesbach «Novum Testamentum Græce» (1774-1796). Griesbach sacó a luz su Nuevo Testamento griego 150 años después de la edición de Elzevir de 1624, período en el que se acumuló una enorme cantidad de pruebas disponibles para evaluar el verdadero texto. Clasificó los manuscritos (MSS) griegos en tres familias textuales: la alejandrina, la occidental y la bizantina (Bengel, años atrás, había distinguido dos familias de textos: la asiática y la africana), y luego trató con cada familia como si fuesen un solo testigo. Incluyó un copioso aparato crítico presentando las variantes de lectura. En los casos difíciles o dudosos, parece haber tenido una preferencia por el «Textus Receptus».

 

Scholz «Novum Testamentum Graece» (2 vols., Leipzig, 1830, 1836).

 

Lachmann «Novum Testamentum Græce» (1831). Quizás el más importante pionero de la crítica textual moderna, quien aplicó al Nuevo Testamento métodos que había aprendido de su estudios de los Clásicos. En 1830 estableció los fundamentos de la moderna crítica textual del Nuevo Testamento al rechazar la «autoridad» del tradicional «Textus Receptus» en favor de los testigos de los MSS más antiguos. Al poner manos a la obra en la construcción de un texto independiente del «Textus Receptus», comenzó con la teoría de las evidencias «únicamente antiguas». Procuró restaurar el texto tal como estaba en el cuarto siglo, para lo cual contaba con sólo cuatro copias griegas para ciertos libros, con dos o tres para otras, mientras que para el Apocalipsis tenía una sola copia. Agregó copias de Latín Antiguo y de citas de los Padres a su escaso surtido de evidencias. Aunque al principio fue criticado, siempre ocupó un lugar entre los principales editores del Nuevo Testamento griego.

 

Tischendorf «Novum Testamentum Graece» (1841-1869). Ya en edición del Nuevo

Testamento (1841), se aparta aún más temerariamente que Lachmann del «Textus Receptus», dando prioridad a los MSS más antiguos. La octava edición del Nuevo Testamento (1869) dice basarse en «los tres manuscritos más célebres». Hizo poco uso de la «evidencia interna», y coleccionó un cuerpo de información mucho mayor que el de Lachmann, produciendo un prodigioso aparato de variantes. Este editor tenía por objeto (no, como Lachmnann, dar el texto de alguna fecha temprana, sino) reconstruir el texto original tanto como pudiese ser posible. Su plan era el siguiente: «El texto ha de ser buscado sólo a partir de las evidencias antiguas, y especialmente de los MSS griegos, pero sin descuidar los testimonios de las Versiones y de los Padres. De este modo, la conformación completa del texto surgirá de las evidencias mismas, y no de lo que se llama edición recibida» (Relato del texto impreso de Tregelles). Publicó ocho ediciones. Tuvo preferencia por dos MSS en particular: Codex Vaticanus y Codex Sinaiticus (que él mismo descubrió). El testimonio unido de estos dos MSS dominó la octava edición de Tischendorf.

 

Tregelles «The Greek New Testament » (1857). En el prefacio a su edición, dice que su propósito es «dar el texto sobre la base de la autoridad de los más antiguos MSS y versiones, y de la ayuda de las citas más antiguas, a fin de presentar, tanto como fuere posible, el texto comúnmente recibido en el cuarto siglo» (el cual creía que era el texto «original»). El texto crítico de Tregelles fue construido con el mismo método que Lachmann, adoptando las lecturas más antiguas. Como Tishendorf, sin embargo, tomó en consideración un cuerpo de información mucho mayor, incluyendo todos los MSS griegos hasta el siglo VII. Excepto unas pocas copias cursivas, confinó su atención a la evidencia antigua. Su texto tuvo buena acogida por los eruditos, principalmente en Inglaterra, y su aparato crítico fue reconocido como el más exacto de todas las ediciones críticas. Dedicó 15 años a su labor crítica del Nuevo Testamento, hasta que un accidente puso fin a sus esfuerzos.

 

Alford «The Greek Testament» (1849). El texto va cambiando de una edición a otra, apartándose cada vez más del «Textus Receptus» hasta asimilarse estrechamente al de Tregelles. En su último Prolegomena dice: «El texto que he adoptado ha sido construido siguiendo, en todos los casos ordinarios, la unida o preponderante evidencia de las más antiguas autoridades, tomando evidencias posteriores cuando las primeras no concuerdan ni son preponderantes…[a la vez que] aplicando aquellos principios de la crítica que parecen proveer sanos criterios acerca de si una lectura es espuria o genuina» (vol. 1, página 81). Decía de Tischendorf y de Tregelles: «Si Tischendorf ha incurrido en una falta por el lado de la hipótesis especulativa en cuanto al origen de las lecturas halladas en aquellos MSS, debe confesarse que Tregelles algunas veces ha errado por el lado (más seguro, ciertamente) de escrupulosa adherencia a la mera evidencia literal de los MSS antiguos.»  

 

Westcott y Hort, 1881. B.F. Westcott and F.J.A. Hort, The New Testament in the Original Greek. New York: Harper & Brothers, 1881. Este texto ha influenciado enormemente a la mayoría de los eruditos desde que vio la luz. Los eruditos de Cambridge osaron con total libertad alterar el texto tradicional arbitrariamente, con una fuerte preferencia por una excesiva e injustificada adherencia a los unciales más antiguos Sinaítico y Vaticano. Si bien varios siglos de las peores corrupciones eclesiásticas habían manchado estos antiguos documentos, W y H tuvieron menos en cuenta muchos otros testigos de valor y más acordes con el pensamiento de Dios. Sentaron así el modelo para la tendencia moderna respecto de los diversos manuscritos. J. N. Darby escribió: «Las ediciones más antiguas no son de ninguna manera las más confiables, puesto que las peores corrupciones… se originaron en el curso de los primeros cien años después que el Nuevo Testamento fue compuesto.» La mente que no se conforma a las Escrituras no tiene la misma capacidad de percibir el texto más puro de algunas copias más tardías hechas de otras más antiguas, por no decir de los pergaminos originales. Esto aturde a la mera erudición. Cada pasaje debe ser pacientemente y muy seriamente examinado en presencia de todo el aparato de testigos dependiendo siempre de la ayuda de Dios.

 

Nestle, 1898. Eberhard Nestle, «Novum Testamentum Graece cum apparatu critico ex editionibus et libris manuscriptis collecto». Stuttgart: Privilegierte Württembergische Bibelanstalt, 1898; 2.ª ed. 1899; 3.ª ed. 1901; 4.ª ed. 1903; 5.ª ed. 1904; 6.ª ed. 1906; 7.ª ed. 1908; 8.ª ed. 1910; 9.ª ed. 1912. Tras la muerte de Eberhard, en 1913, las ediciones posteriores siguieron a cargo de su hijo, Erwin Nestle, desde la edición 10.ª (1914) hasta la 25.ª ed. de 1963. Esta edición está basada en los textos de Tischendorf, Westcott y Hort y Bernard Weiss, y adopta aquello en que concuerdan dos de tres. Una tras otra se sucedieron ediciones que procuraron incluir correcciones sustanciales. Se propone representar la suma de la erudición moderna. Sus editores están en Stuttgart, Alemania. Entre otros, comete el error de relegar Juan 7:53-8:11 a una nota al pie de página; falla en Lucas 6:1 al emplear «un sábado», en vez de «el sábado segundo primero». Omite «que está en el cielo» en Juan 3:13, etc.

 

«Nestle-Aland» Kurt Aland, Matthew Black, Bruce Metzger, Allen Wikren, Carlo Martini, The Greek New Testament. 3.ª edición. Stuttgart: United Bible Societies, 1975. Impreso corregido, 1983. Este texto es editado por las Sociedades Bíblicas Unidas, y es prácticamente la continuación del trabajo de Nestle, influido ahora por Kurt Aland, quien llegó a ser editor ejecutivo de la obra, el que había sido primero empleado por Erwin Nestle como editor del aparato crítico para la edición 21.ª (1952). Cuando Aland sucedió a Nestle como editor ejecutivo, reemplazó el texto de Nestle con el texto de la SBU para el cual colaboró en su creación. K. Aland, parece haber sido el miembro dominante desde su inclusión en el comité. En efecto, el texto de la tercera edición de las SBU se hizo de conformidad con las preferencias de Aland que él quiso adoptar con cambios en la puntuación solamente en el texto para la edición 26.ª de Nestle-Aland. Las diferencias entre la 3.ª edición de las SBU y la edición 26.ª de Nestle-Aland, han de hallarse solamente en sus aparatos críticos y otras cuestiones marginales, siendo el texto prácticamente el mismo. Sorprende el hecho de que a partir de la 2.ª edición, se ha agregado a un erudito católico romano (Carlo Martini) al comité editorial. La cuarta edición (1993) no introdujo ningún cambio en el texto, pero presenta un aparato crítico totalmente revisado. Ésta es la edición del texto griego del Nuevo Testamento más universalmente usada por los estudiosos de la actualidad.

 

La crítica para esta edición, es, pues, la misma que para la anterior por ser prácticamente su fiel sucesora. Comete, además, el error de poner entre corchetes el final que llama «más largo» del Evangelio de Marcos (cap. 16:9-19), y agrega un supuesto «final más breve» que también pone entre corchetes. También se equivoca al poner entre corchetes el episodio de la mujer adúltera en Juan 7:53-8:1, etc.

 


 

APÉNDICE I

 

El Textus Receptus no es las Ipsissima Verba*

 

(William Kelly)

 

 

El 4 de febrero de 1857, en convocación de asamblea, el canónigo Selwyn dio a conocer una moción, requiriendo que un cuerpo de hombres eruditos, bien instruidos en las lenguas originales de las Escrituras, fuesen designados para considerar las enmiendas de la Versión Autorizada inglesa que ya habían sido propuestas, y para recibir sugerencias de todos aquellos que tuviesen el deseo de hacerlas. El Archidiácono Denison hizo conocer la siguiente enmienda a esa moción: «No es conveniente que esta casa dé ningún aliento a la revisión de la Versión Autorizada, ya sea por vía de inserción en el texto, de notas marginales o de cualquier otra manera.» El Dr. C. Wordsworth dio una moción con nuevos detalles, resolviendo tomar una especie de senda intermedia entre la propuesta original y la enmienda, en el sentido de que era indeseable fomentar cualquier tipo de esfuerzo para modificar el texto de la Versión Autorizada, y que las alteraciones que pudiesen ser hechas debían confinarse al margen.

 

El Dr. Cumming publicó un bien intencionado tratado sobre el mismo tema, cuyo punto esencial es «mejor no tocar». Pero ha de lamentarse profundamente que él se aventure a entrar en un campo cuyos límites e incluso la superficie sean desconocidos para él, y en donde ningún vuelo de oratoria popular tapará sus errores. Él así asume la posición de que el común Textus Receptus griego ¡es el texto original! Y que intentar purificar la edición de Elzevir ¡equivale a mejorar el original! Es inconcebible, aunque tal es el hecho, que el Dr. Cumming no entienda que el texto original (o las ipsissima verba* del Espíritu) no existe en ninguna edición o manuscrito actualmente existentes, sino que debe ser buscado en todos los antiguos manuscritos, versiones, etc., que puedan hallarse, cada uno de los cuales contribuye a un exacto reflejo de ese texto. Sin duda que una exposición severa debió haber sido la consecuencia de semejante temeridad, para no decir algo más áspero (Bible Treasury 1:166).

 

(*) N. del T.—Las Ipsissima Verba, esto es, «las mismísimas o auténticas palabras [del Espíritu]», o sea, las palabras originales inspiradas por Dios.

 


 

APÉNDICE II

 

Prefacio de la edición de 1872 del Nuevo Testamento de la versión francesa de J. N. Darby

 

(Para leer el prefacio completo, haga clic aquí)

 

El Textus Receptus

 

Generalidades sobre los manuscritos

J. N. DARBY

 

Hay una cuestión que atañe al texto griego mismo, que consideramos importante señalar al lector. Hasta el final del siglo XV, tiempo en el cual se inventó la imprenta, las Santas Escrituras, al igual que los demás libros, sólo existían bajo la forma de manuscritos. La primera impresión de la Biblia se debe al cardenal Francisco Ximénez de Cisneros, pero se conocen aún poco las fuentes a las cuales consultó. Dos años antes de esta publicación, Erasmo ya había sacado a luz una pequeña edición del texto griego, pero no había podido consultar sino muy pocos manuscritos, y aún para el Apocalipsis había tenido a su disposición un solo manuscrito, muy incorrecto e incompleto, cuyo texto venía acompañado de un comentario en forma intercalada, y Erasmo tuvo que poner lo mejor de él para separar el texto del comentario. Más tarde, hacia mediados del siglo XVI, Robert Estienne (Stephanus) publicó en París una edición del texto griego, basada en una comparación que hizo de 13 manuscritos que había encontrado en la biblioteca real, y de un 14º, examinado por su hijo Henri, y que más tarde, de manos de Teodoro de Beza, pasó a la biblioteca de Cambridge. Teodoro de Beza mismo publicó por el mismo tiempo una edición del Nuevo Testamento con una nueva traducción latina.

 

Todas las traducciones de las Iglesias de la Reforma están basadas en estos textos, y ya habían aparecido cuando los Elzevirios de Holanda, que habían adoptado el texto de Teodoro de Beza como tipo de sus numerosas ediciones, fueron bastante intrépidos para decir en el prólogo de su edición de 1633, que el texto que presentaban, era: «textus ab omnibus receptus», es decir, texto recibido por todos. Este texto, que fue llamado desde entonces «Texto Recibido», ejerció autoridad, en el seno del protestantismo, hasta la llegada de los trabajos críticos modernos, y ha sido generalmente seguido por algunos traductores protestantes modernos. Las traducciones católicas son hechas siguiendo la Vulgata latina.

 

En cualquier caso, todos los textos de que acabamos de hablar sólo se basan en un número muy limitado de manuscritos. La crítica sagrada también estaba muy poco avanzada en la época en que se publicaron. Luego los temores de las personas que deseaban que la fe no fuese trastornada, impidieron que se suscitara la cuestión de la exactitud del texto así presentado. Pero desde entonces, se examinaron e incluso se descubrieron varios centenares de manuscritos, algunos de los cuales eran de mucha antigüedad. Desde la publicación de mi primera edición, se descubrió el Sinaítico, se publicó el del Vaticano, el de Porfirio (que comprende los Hechos, las epístolas de Pablo, la mayoría de las epístolas universales y el Apocalipsis), y otros más todavía en los «Monumenta Sacra Inedita» de Tischendorf quien empleó varios de ellos para sus ediciones 7ª y 8ª de su Nuevo Testamento. Se examinaron y se compararon con cuidado un gran número de estos manuscritos, pudiéndose así corregir las faltas que los copistas habían introducido en los 13 manuscritos de Estienne (Stephanus), o que, de cualquier otra manera, habían pasado al «Texto Recibido». Los eruditos que emplearon así su tiempo y sagacidad para purificar el texto de las faltas que se deslizaron por el descuido o la presunción de los hombres, formaron un texto corregido, clasificando, según diversos sistemas, y juzgando, cada uno desde su punto de vista particular, los numerosos manuscritos actualmente conocidos. Más adelante damos una lista resumida de los más importantes de ellos.

 

                                    


 

La investigación en busca del original del Nuevo Testamento

 

 

Recordaremos aquí a los principales de estos eruditos. El primero que quizá se deba señalar es Mill, que acumuló un número muy grande de variantes, examinando los manuscritos que encontró en las diversas bibliotecas de Europa. A continuación viene Bengel quien propuso el principio, bien aprovechado más tarde, de una clasificación de los manuscritos en diversas familias. Después de él, Wetstein añadió aún muchas variantes, y publicó una edición de gran valor crítico. Luego Griesbach, Scholz, Lachmann y Tischendorf aprovecharon los recursos proporcionados por sus antecesores en este campo de trabajo, haciendo ellos mismos también nuevas investigaciones.

 

Griesbach, crítico perspicaz, de juicio sobrio y fino, se basa principalmente en los antiguos manuscritos de cartas unciales, cuyo mayor número es de la familia alejandrina; pero consideró otras fuentes y sopesó las distintas autoridades. Distingue tres familias o clases de lecciones o de manuscritos: los manuscritos alejandrinos, los manuscritos bizantinos y los manuscritos occidentales. Su edición, publicada después de los trabajos de Mill, Bengel y Wetstein, asentó ciertamente las bases de la crítica moderna. Scholz imprimió su texto con gran negligencia, presentando una edición desfigurada por muchísimos errores de imprenta. Pretendió basarse en las lecciones de los manuscritos bizantinos, que son seguidos por la masa de manuscritos modernos u occidentales, los que, mucho más que los manuscritos alejandrinos, apoyan el «Texto Recibido» Sin embargo, en realidad, a menudo se apartó de aquella familia, de modo que su texto difiere poco del de Griesbach. En una conferencia que dio en Inglaterra, anunció públicamente que abandonó su sistema, y declaró que en una nueva edición adoptaría preferentemente las lecciones alejandrinas que había rechazado. Lachmann adoptó su propio método, estableciendo de antemano como principio que no podían ser hallados los autógrafos originales del texto; buscó no precisamente acercarse lo más posible a él, sino que, teniendo por cierto que los manuscritos de los cuatro primeros siglos deben ser los más exactos, no quiso examinar ninguno que no perteneciera a esos cuatro siglos. Este sistema es demasiado absoluto para ser seguro.

 

Tischendorf, de una capacidad de primer orden e infatigable en sus investigaciones, sigue, como Griesbach, principalmente los manuscritos en letras unciales. En su primera edición es un tanto temerario, pero se volvió mucho más sobrio en las ediciones subsiguientes y restableció muchas lecciones que primero había rechazado. Matthaei, contemporáneo de Griesbach, fundó su edición sobre los manuscritos que se encuentran en posesión del sínodo ruso y que pertenecen a la familia bizantina. Siguió también un sistema absoluto, e incluso mantuvo una guerra encarnizada contra aquellos que se ajustaron preferentemente al texto alejandrino.

 

Se puede añadir a los nombres precedentes, los de Birch, Alford, Meyer, de Wette, Tregelles, que también aportaron de lo suyo a esta obra de la reconstrucción del texto. Otros hombres, sin duda, se han ocupado del mismo trabajo, pero basta con indicar aquí a los principales de entre ellos.

 

Como decíamos, los eruditos hicieron del texto de los diversos manuscritos, conocidos hasta la fecha, el objeto de un estudio meticuloso y profundo: los clasificaron, y parece que con razón, en dos grandes familias o escuelas de lecciones: los manuscritos orientales o bizantinos, y los manuscritos denominados alejandrinos, pudiendo, sin embargo, el mismo manuscrito variar en sus diferentes partes en cuanto a la escuela que sigue. Por eso, según Griesbach, el manuscrito alejandrino (designado por A) es bizantino en los evangelios y alejandrino en las epístolas; por eso también Porfirio, en 6 u 8 capítulos de los Hechos va tan invariablemente junto con el  «Texto Recibido», que apenas lo consultamos después, mientras que en las epístolas pertenece más bien a la escuela alejandrina, aunque no de una manera absoluta.

 

Los manuscritos Sinaítico ( À), Vaticano (B) y Dublín (Z), son los más perfectos ejemplos de la familia alejandrina, siendo de éstos el de Dublín, por lejos, la copia más correcta (no hemos encontrado en él más que una sola falta de este género), pero sólo contiene el Evangelio de Mateo con muchas lagunas. Como copia, el manuscrito del Vaticano es muy superior al de Sinaí, el cual está lejos de ser uno correcto, particularmente en el Apocalipsis donde es todo lo contrario, aun cuando es valioso por contener todos los libros del Nuevo Testamento y por ser probablemente la copia más antigua de todas las que tenemos; pero debemos recordar que no tenemos ningún manuscrito que sea anterior al tiempo en que el imperio se había vuelto cristiano, y que Diocleciano había destruido todos los manuscritos que había podido encontrar. El texto llamado alejandrino es el manuscrito griego más antiguo que tenemos en existencia.

 

El manuscrito «Alejandrino» (llamado A), no es uniformemente alejandrino en su texto; pero, si hemos de confiar en Scrivener, la versión siríaca llamada Peshitta concuerda más bien con él que con B, y esta versión es la más antigua que conocemos, hecha alrededor de dos siglos antes que los más antiguos manuscritos que conocemos, probablemente a fines del primer siglo o al principio del segundo. No es el caso respecto de la antigua versión latina, bajo sus diferentes formas. Esta versión, llamada bastante incorrectamente «Itala», se acerca aún más al texto alejandrino. Pero aquí se presenta entonces un fenómeno singular: uno de los antiguos manuscritos de esta versión, llamado Brixianus, siempre concuerda con el «Textus Receptus», todas las veces que lo hemos consultado (con una sola excepción). ¿De dónde vino esto? La Vulgata lleva el sello de numerosas correcciones según el texto alejandrino, aunque no siempre lo siga.

 

Podemos pues poner los manuscritos alejandrinos en el siguiente orden: À, B, Z y L que sigue a B  continuamente. Luego viene A y una larga serie de manuscritos unciales que lo acompañan, no tan antiguos ni del mismo valor que los demás, de modo que Alford dijo solamente «A, etc.». Hay otra clase de manuscritos que datan de alrededor del siglo VI, al cual se atribuye Z también. C es independiente, así como Porfirio (P), que en las epístolas sigue principalmente los alejandrinos, pero con bastante frecuencia se aproxima al «Texto Recibido» y a A, particularmente en los Hechos, hasta donde lo hemos examinado. D tiene un lugar peculiar, aunque es característicamente alejandrino. Cuando, en los evangelios, A y B van juntos, podemos estar bastante seguros de la lección, teniendo en cuenta, naturalmente, los otros testimonios. Cuando por el contrario se tiene, por una parte  À, B, L ó B, L,  y, por otra A, etc., confesamos que no estamos absolutamente seguros de que B, L sean justos. Los manuscritos bizantinos son de una fecha más reciente que los alejandrinos; son generalmente de los siglos VIII, IX y X, mientras que los primeros se remontan a los siglos IV, V, VI, VII y VII.

 

Las variaciones del texto no arrojan resultados nada inciertos sobre el conjunto de este texto, aunque en algunos casos muy raros, puedan suscitarse cuestiones sobre algunos pasajes aislados. Nadie, que sepamos, hasta ahora, ha podido dar la historia y el secreto de estas variaciones: el fenómeno permanece sin resolver.

 

Sólo proporcionamos aquí ideas totalmente generales sobre estos puntos, remitiendo a aquellos que quieran estudiar el tema a los libros y a los prolegómenos, de donde hemos extraído lo que se encuentra en estas breves observaciones.

 

Como resultado, todos estos eruditos ayudaron al perfeccionamiento del texto del Nuevo Testamento, y demostraron su certeza. La intervención de los eclesiásticos, cosa triste que debe decirse, fue una de las principales causas de los textos dudosos, en parte voluntariamente, en parte inocentemente. Se quiso armonizar los Evangelios; y luego, con menos premeditación, con motivo de la lectura de las distintas partes de las Santas Escrituras en los servicios eclesiásticos, se introdujeron, para mayor claridad, cambios tales como «Jesús» en lugar de «Él o le» cuando se consideró necesario; se quiso hacer concordar el texto de la oración dominical del Señor en Lucas con el de Mateo; se omitió, si creemos a Alford y a la mayoría de los demás editores, “primogénito” (Mateo 1:25), en los manuscritos Sinaítico y Vaticano (y me refiero a ellos porque se trata aquí de los más antiguos manuscritos), porque se temió que se pudiera suponer así que la madre de nuestro Señor tuvo otros hijos; y así para otros errores de distintas clases. Todo eso sin embargo no trajo ninguna gran dificultad: otros manuscritos y versiones (las que son más antiguas que todos los manuscritos), comparados con cuidado, vienen a aclarar los textos. Sin embargo, ningún manuscrito es lo suficientemente antiguo para haber escapado de estas funestas intervenciones; de modo que el sistema que no quiere como autoridades en sí mismas sino los manuscritos más antiguos, sin tener en cuenta ninguna comparación adecuada y sin sopesar la evidencia interna, falla necesariamente en resultado. Las conjeturas no merecen ninguna confianza; pero sopesar la evidencia respecto a los hechos, no es hacer conjeturas.

 


El «Textus Receptus»

Cómo se utilizaron los manuscritos

 

Unas pocas palabras harían comprender al lector porqué, ya en nuestra primera edición, abandonamos un texto reconocidamente inexacto en más de un lugar, aunque nosotros mismos no hayamos querido entonces librarnos a una crítica del texto; así, allí donde las principales ediciones ―como las de Griesbach, Scholz, Lachmann, Tischendorf y otras a menudo menos conocidas― se encontraban de acuerdo, hemos seguido el texto tal como ellas nos lo dan, no teniendo ningún motivo para atarnos a un texto menos puro. Por otra parte, no queriendo hacer la crítica, habíamos pura y simplemente conservado el «texto recibido» allí donde estos principales editores no estaban de acuerdo. Al mismo tiempo, tuvimos cuidado de indicar cada vez, en notas, los pasajes de los cuales nos apartábamos del «texto recibido», del cual dábamos también cada vez la traducción; y si en el Apocalipsis ello fue diferente, ello se debe a que, como ya lo dijimos, el Apocalipsis fue impreso por Erasmo de acuerdo con un solo manuscrito muy inexacto, y al cual le faltaba incluso una parte que este erudito tradujo del latín, mientras que en nuestra primera edición, se habían cotejado con más o menos cuidado 93 manuscritos, incluyendo tres con letras unciales, a los cuales se puede añadir ahora el manuscrito Sinaítico y el de Porfirio. No pensábamos que fuera necesario recordar todas las faltas de un solo manuscrito imperfecto. Erasmo hizo lo que pudo, pero no era necesario reproducir, siquiera en nota, errores que no pudo evitar.

 

En la edición que presentamos, nos remitimos a un estudio detenido del texto; aprovechamos los nuevos e importantes manuscritos que se descubrieron y publicaron (dejando un poco de lado a Scholz, quien dio un paso al costado tras juzgarse a sí mismo), y consultamos a Tischendorf (la 7ª edición), a Alford, a Meyer y a de Wette. Hemos comparado, además, para todos los textos controvertidos, los manuscritos Sinaítico, Vaticano, Dublín, el manuscrito Alejandrino, el de Beza, el manuscrito de Ephraemi, San Gall, Claromontanus, el manuscrito llamado de Laud en los Hechos, Porfirio en gran parte, la antigua versión latina en Sabatier y Bianchini. Para la versión siríaca, debimos informarnos por medio de otros, no conociendo esta lengua nosotros mismos, y no recurriendo, además, a esta fuente más que para constatar la presencia o la ausencia de palabras o de pasajes. Consultamos también el Zacynthius de Lucas, y ocasionalmente a los padres; así como a Estienne, Bezae y Erasmo, y hemos comparado todos los manuscritos que han sido publicados. Sólo aquellos que se ocuparon de similares trabajos saben los cuidados y las penas que demandan. No obstante, nuestro objetivo no es hacer una obra erudita o una edición crítica, sino proporcionar una traducción correcta del texto lo más cierta a la que fue posible llegar; y este trabajo y estos cuidados, los debemos a la Palabra de Dios y a aquellos amados del Señor que se someten a ella.

 

En la traducción misma, nuestra nueva edición sufrió pocos cambios. Algunos pasajes fueron traducidos con mayor claridad; algunos detalles de inexactitud que la debilidad humana había dejado introducirse, fueron corregidos; algunas palabras similares o pasajes correspondientes se los ha vuelto uniformes allí donde lo estaban en el griego. Este trabajo de detalle y de crítica ha sido enorme y no ofreció a nuestra alma el mismo alimento que la traducción en sí, la cual nos lleva más cerca de Dios. Sin embargo, hemos puesto todos nuestros cuidados, esperando que el lector cristiano recoja el fruto en una mayor exactitud de la nueva edición.

 

 

 


 

¿Tres textos en litigio en el Nuevo Testamento?

Las tres cuestiones más graves que se suscitan con respecto al texto son: 1ª Timoteo 3:16, los primeros versículos de Juan 8 y la última parte de Marcos 16. No pronuncio ningún juicio en cuanto a la primera, porque fue objeto de largas disertaciones escritas por un gran número de críticos. Por lo que respecta al principio de Juan 8, no tengo ninguna duda sobre su autenticidad. Agustín nos dice que el pasaje fue omitido en algunos manuscritos poco dignos de confianza, porque se lo consideraba contrario a la moral. Podemos añadir, según nuestro propio examen del texto, que en uno de los mejores manuscritos de la antigua versión latina, se arrancaron dos páginas de este manuscrito que lo contenían, junto con una parte del texto que precede y que sigue. En cuanto al final de Marcos y a su aparente independencia, señalaré que los evangelios nos presentan dos finales distintos de la vida del Señor, a saber: su manifestación a sus discípulos en Galilea, consignada por Mateo, sin ninguna mención de su ascensión, lo que está en perfecto acuerdo con el carácter general de este evangelio; y su manifestación en Betania, donde tuvo lugar su ascensión, que es la parte que Lucas nos relata, lo que corresponde al carácter de su evangelio. Una de las escenas nos muestra al remanente judío reconocido y al evangelio enviado sobre la tierra a las naciones; la otra, al hijo del Hombre elevado al cielo y el mensaje que viene del cielo y que se dirige a todo el mundo comenzando por Jerusalén misma; la una, mesiánica, si podemos decirlo así; la otra, celestial. Ahora bien, Marcos, hasta el final del versículo 8 del capítulo16, nos da la escena final de Mateo; desde el versículo 9, un resumen de Betania y de la ascensión, que forma así una parte distinta, una especie de apéndice.

 


 

La Providencia de Dios veló sobre su Palabra

 

Si hemos entrado en alguno de estos detalles, muy sumarios por otra parte, con respecto a la crítica del texto, lo hicimos para disuadir a las personas no versadas en estas materias de aventurarse a sacar conclusiones, y también con el objeto de tranquilizar perfectamente a aquellos que podrían verse perturbados por las cuestiones del texto suscitadas por los eruditos o por pretendidos eruditos. «Las variantes ―dice un entendido traductor moderno―, son no sólo en su mayor parte carentes de interés, sino que se puede decir que ninguna de entre ellas, si fuese admitida como auténtica, introduciría en el texto del Nuevo Testamento algo, ni haría desaparecer nada, que afectara en lo más mínimo ni las verdades de hecho, ni las verdades de dogma que constituyen la esencia del Evangelio.»

 

Queda así bien establecido que el resultado de todos los trabajos de los eruditos fue más dichoso para todos aquellos que conceden una justa importancia a la integridad de la Palabra. Sin duda, lo repito, la debilidad humana dejó sus rastros aquí también, como en todos los casos en que se confió algo al hombre, pero la providencia de Dios veló sobre su Palabra, de modo que, a pesar de la gran diferencia de los sistemas que los eruditos han seguido para la revisión del texto, ellos, sin embargo, llegaron a resultados casi enteramente idénticos. Aparte de uno o dos pasajes, las diferentes ediciones que se publicaron del texto griego están de acuerdo entre sí casi en todo, por lo que se refiere a las variantes que podrían tener alguna importancia; las variantes que se encuentran, son relativamente poco numerosas, de un carácter secundario y a menudo apenas perceptibles en una traducción, y, como lo dijimos, los trabajos de los eruditos que compararon los numerosos manuscritos actualmente conocidos, tuvieron como feliz efecto descartar las faltas con que las primeras ediciones del texto griego se hallaban contaminadas.

 

 


Literatura recomendada:

 

EL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO Y SU TRADUCCIÓN por J. N. Darby (Prefacio de la edición de 1872 del Nuevo Testamento de la versión francesa de J. N. Darby)

 

En inglés:

 

Introducción a «Two Nineteenth Century Versions of the New Testament»por William Kelly

 

Textual Criticism of the Greek New Testament

 

 

 


 

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