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¿LIBRE ALBEDRÍO O ESCLAVITUD DEL
ALBEDRÍO? |
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¿Libre albedrío o “no depende del que quiere”? |
La pregunta que
planteo es muy importante para definir qué creemos del pecado, de la gracia
soberana de Dios y de la responsabilidad del hombre. ¿Enseña la Biblia que el
hombre tiene un «libre albedrío»? ¿O más bien enseña que está muerto en delitos y
pecados, necesitando que la gracia soberana le de vida?
¿Qué es el «libre albedrío»? Muchos, aparte de la Filosofía, enseñan la
doctrina del «libre albedrío», esto es, una supuesta capacidad del hombre natural de no estar enteramente perdido, sino de poder
(y querer, por cierto) arrepentirse y
creer a Dios. Se dice que el hombre cuenta con la capacidad moral de tomar
decisiones agradables a Dios y de hacer la elección de dirigir su alma a Dios
en obediencia a Él, y que estas decisiones son realizadas libremente por la voluntad del hombre natural.
Pregunta clave para ver qué cree Ud. sobre este
tema
A la luz de las Escrituras, preguntamos: ¿Puede,
es capaz, un pecador nacido de Adán, que no ha nacido de nuevo, desear el don de la salvación? ¿quiere, un inconverso, ser salvo? Si Ud.
responde afirmativamente, entonces tiene la noción «arminiana» de estas
doctrinas de la gracia; mientras que si responde negativamente, ello significa
que es de percepción «calvinista». Pero dejemos para más adelante estos
términos pertenecientes a escuelas teológicas, y centrémonos en la enseñanza
bíblica del asunto.
Veamos una serie
de notas sobre este importante tema de la gracia, que seguramente ayudarán a
entenderlo más ampliamente.
Introducción
La mente natural es incapaz de reconciliar la verdad bíblica de que el hombre
natural no tenga un libre albedrío, y sea a su vez tenido como responsable por
Dios de obedecerle. Entiéndase por libre albedrío la libertad del albedrío o
voluntad para elegir el bien.
Pero para que la
criatura sea capaz de tomar la voluntaria decisión de arrepentirse, creer a
Dios y obedecerle, es menester que primero desee
hacerlo, que quiera creer. Nadie puede tomar una decisión de creer a Dios sin
primero quererlo. La cuestión es si
el hombre natural, está dotado de
esta facultad (1.ª Corintios 2:14). El hombre nacido de nuevo, que ha recibido
la vida de Dios en él, y que es una nueva criatura, evidentemente sí tiene la nueva facultad de elegir el bien, el buen deseo de creer y obedecer a Dios,
pero veamos qué pasa con el hombre aún no regenerado. Leamos Romanos 8:7
“Los designios (griego: phronema =
mente) de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de
Dios, ni tampoco pueden”
La carne no puede querer a Dios en
ningún sentido. Además, es incapaz de ello: “no puede”. Esta Escritura no sólo
señala esta verdad, sino también que es la
mente de la carne la que predispone y controla al hombre natural en sus
acciones.
DOS ERRORES COMUNES
Hay dos grupos de citas bíblicas que se presentan en pro y en contra, pues se
han formado históricamente dos
escuelas de pensamiento sobre este tema.
Una escuela
teológica (comúnmente llamada hoy “arminianismo”) enseña que el hombre es un
ser responsable, y que será castigado
eternamente por desobedecer el Evangelio. Las citas son numerosas. Por ejemplo:
“Dios... manda a todos los hombres en
todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30)
“...para dar retribución a los que no conocieron a Dios ni obedecen al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2
Tesalonicenses 1:9).
El Evangelio es predicado y Dios manda a toda criatura a creer en él. Hasta aquí está todo bien, y podemos decir ¡amén! a
esta gran verdad bíblica y a todas las citas que enseñan esto. Pero la inferencia del sistema es que estos
textos señalarían que el hombre es capaz
de obedecer, de arrepentirse y creer, lo cual aplastaría el otro grupo de
textos bíblicos que señalan que no es
así. Por lo tanto, creemos en la
verdad señalada por esta escuela teológica, pero no en su inferencia.
La otra escuela opuesta, por otro lado (comúnmente denominada «calvinista»)
cita otro grupo de textos que indican que el hombre es incapaz, impotente de querer ir a Dios en obediencia a la fe. Que
si del hombre dependiera, éste jamás podría ir a Dios, por más que fuese
expuesto a la luz de las Escrituras que le muestran su miseria, ruina y
tenebroso estado totalmente perdido bajo el pecado, y que sólo la gracia
soberana de Dios puede salvarlo por el poder del Espíritu Santo.
Hasta aquí, todo
es correcto, la Biblia lo demuestra claramente. Pero la inferencia de que el hombre no
es responsable debido a su incapacidad de dirigir su alma a Dios con fe, es
escrituralmente errónea. La enseñanza es correcta, la inferencia, incorrecta.
EQUILIBRIO DE LA VERDAD
La fe, que viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17)
cree ambos grupos de textos bíblicos.
Tanto calvinistas como arminianos denuncian que esto es lógicamente
inconsistente, pues aceptar ambos sería, según ellos, una contradicción. Por tal motivo, cada una de las dos escuelas
resuelve la alegada contradicción a su propia manera racional: con las inferencias lógicas que deducen de ambos grupos
de pasajes.
Lo cierto es que
la Palabra de Dios enseña tanto que el hombre no es un ser libre en su albedrío para decidir el bien, sino sólo
el mal (es decir, que el hombre es impotente
y esclavo de su albedrío), como que es totalmente responsable de obedecer la Palabra de Dios. Quiero aclarar en qué
sentido digo que el hombre no tiene «libre albedrío», tal como lo define la
Filosofía natural: quiero significar que el pecador sin haber nacido de nuevo
carece de la capacidad moral de tomar decisiones o hacer una elección de manera
que dirija su alma a Dios en obediencia a él. Decisiones que son el libre
producto de su voluntad. Estas decisiones y capacidad para obedecer a Dios, la tiene perfectamente el hombre renacido, pues ha sido dotado de una nueva voluntad, de la naturaleza divina
que “no practica el pecado”. Pero no puede decirse lo mismo del viejo hombre, que sólo inclina su
albedrío hacia la desobediencia y el rechazo de Dios en incredulidad.
Os invito, pues, a leer una serie de estudios sobre este tema, donde veremos
las bases bíblicas que sustentan lo dicho. Dios mediante, dividiremos los
estudios así:
1.
El hombre está moral y espiritualmente muerto
(Efesios 2)
2.
El hombre es responsable: aunque responsabilidad no
implica capacidad
3.
Dios da vida en forma soberana (Efesios 2:5; Juan
5:21; 6:63; Santiago 1:18, etc.).
4.
¿Por qué predicar el Evangelio si no hay libre
albedrío? (2.ª Timoteo 2:10)
5.
Endurecimiento (caso de Faraón)
6.
Un poco de historia sobre
la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»
EL HOMBRE ESTÁ
MORAL Y ESPIRITUALMENTE MUERTO
“1 Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y
pecados, 2 en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de
este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora
opera en los hijos de desobediencia, 3 entre los cuales también todos nosotros
vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de
la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo
que los demás. 4 Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con
que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente
con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y
asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para
mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8 Porque por gracia sois salvos por
medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9 no por obras,
para que nadie se gloríe. 10 Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús
para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en
ellas” (Efesios 2:1-10).
La «seguridad eterna» del creyente es una verdad íntimamente relacionada con el
tema que tratamos, y es enseñada también en la Escritura (p. ej., Juan
10:27-29). Pero esta doctrina también resulta del hecho de que el hombre no
tiene «libre» albedrío. Pues la Escritura establece con meridiana claridad que
el hombre no renacido “está muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1), y que
es Dios quien salva soberanamente y da vida (Efesios 2:1,5) y fe (Efesios 2:8),
y, además, es quien guarda con seguridad
(1.ª Pedro 1:5 y Judas 24).
Ahora bien, estamos de acuerdo con aquellos de arminiana persuasión en el hecho
de que la doctrina de la «seguridad eterna del creyente» es incompatible con
«el libre albedrío» tal como aquellos lo entienden (como “poder propio de
decisión”). Es simple, si de la decisión del hombre depende el hecho de
salvarse, una vez “salvos” por voluntad propia, bien se puede “dejar de ser
salvos” por voluntad propia también. Lógicamente perfecto.
Pero la Escritura, lo repetimos, declara nuestro estado anterior al nuevo
nacimiento como de “muertos en delitos y pecados”. ¿Creeremos esto tal cual
está? Pero pregunto: ¿Cómo puede un hombre “muerto” creer? La respuesta simple,
a la luz de esta explícita Escritura, es que un hombre muerto es incapaz de
creer por su propia voluntad. Pues
este hombre natural, está “muerto en
delitos y pecados”; ¿cómo, pues, podrá creer la Palabra de Dios, y querrá
obedecerla? Muerto, significa eso
mismo: muerto. Por eso en ese mismo versículo 1 de Efesios 2 encontramos una
aclaración: aquellos que estaban muertos, fueron
hechos vivos por Dios. Es evidente que nada puede ser vuelto vivo, si no estuviese muerto primero. El
hecho es que el pecador perdido está moral y espiritualmente muerto delante de
Dios.
LA ANALOGÍA CON LA MUERTE DE LÁZARO
La analogía de esto con Lázaro es sorprendente. En Juan 11:43, el Señor clamó a
gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!”. Fue una voz alta, pero no para que Lázaro
oyese mejor, pues estaba muerto; sino que lo fue en beneficio de la multitud
que estaba alrededor (v. 42). ¿Cómo oyó Lázaro, si estaba muerto? ¿Cómo pudo
obedecer la Palabra del Señor? ¿Acaso la orden del Señor implicó capacidad de
respuesta/obediencia en el muerto Lázaro? ¿Acaso la voluntad de Lázaro cooperó
en alguna medida con nuestro Señor para su reavivamiento? Obviamente que no.
Cristo pronunció la palabra de poder, y Lázaro recibió la vida. Jesús dijo: “Yo
soy la resurrección y la vida” (v. 25). Y así como el Señor manda al muerto
físicamente, así también manda a los muertos espirituales (2.ª Corintios 4:6; Efesios 2:1-8).
Doy gracias a Dios porque estando yo muerto en delitos y pecados, Él puso vida
y fe en mí por medio de su Palabra, pues de lo contrario yo habría perecido
eternamente.
OTRO ASPECTO DE MUERTE EN ROMANOS
Romanos tiene una perspectiva diferente de Efesios. Ve al hombre como vivo en pecado, pero esclavo del pecado (la carne), el cual opera en él; como sujeto a
la ley del pecado y de la muerte (Romanos 6 y 7).
Esto muestra a la voluntad como completamente hostil hacia Dios. Romanos muestra que la voluntad se aleja de Dios
y se dirige hacia el pecado invariablemente. Que el hombre no es libre en su
albedrío, y que tiene por fin la muerte.
Efesios, en cambio, ve al hombre como muerto
en pecados, y por ende con la necesidad de reavivamiento
por parte de Dios. Esto muestra que el albedrío o voluntad está muerto de todo
movimiento en dirección a Dios.
Ambos puntos de vista del estado del hombre perdido bajo el pecado (Romanos y
Efesios) son simultáneamente ciertos, y muestran la irremediable ruina del
hombre, a menos que Dios intervenga soberanamente dando vida y luz, allí donde
hay muerte y tinieblas.
La enseñanza bíblica, pues, a la luz de estos textos, es que el hombre natural
está moralmente muerto para con Dios y es incapaz de obedecerle con fe.
RESPONSABILIDAD
ANTE DIOS DE TODO HOMBRE:
EL HOMBRE ES
RESPONSABLE DE SUS ACTOS
Para tratar de debilitar el hecho de que el hombre perdido está “muerto en
delitos y pecados”, los arminianos citan pasajes bíblicos que suponen que el
hombre es un ser determinado libremente por su albedrío. Se suelen multiplicar
los textos como prueba de esto, los que, en realidad no prueban la libertad del albedrío del hombre perdido. Además, nadie antes de la cruz siguió viviendo,
lo que demuestra que el alegado libre albedrío no ha podido producir un
resultado positivo. (Un autor arminiano cita, por ejemplo: Isaías 55:1; Mateo
11:28; Deuteronomio 30:19; Ezequiel 18:30; Mateo 11:21; Juan 3:18,19; Romanos
1:26, 28; Romanos 14:12; Romanos 2:6; Mateo 23:37; 1.ª Timoteo 2:4; Juan 5:40;
Juan 8:24; Juan 1:12). Pero hay muchos textos bíblicos que demuestran que el
hombre en realidad no tiene libertad
de albedrío.
LAS ESCRITURAS DEMUESTRAN RESPONSABILIDAD, PERO NUNCA CAPACIDAD
¿Cómo debemos entender el grupo de pasajes que citan los arminianos? En primer
lugar debemos observar que esos pasajes no nos dicen que el albedrío del hombre
sea libre de decidir el bien.
Hay que tener
en cuenta que los arminianos están en lo correcto en afirmar que el hombre es responsable. Pero su error estriba en la
inferencia de que este hecho implica capacidad de determinación.
Es de suprema importancia advertir este punto. Pues se citan numerosos pasajes
que demuestran que el hombre perdido es responsable ante Dios de obedecerle,
pero se pretende, a partir de esto, haber demostrado con las Escrituras que el
hombre tiene libertad de albedrío. Pero en realidad lo único que se ha
demostrado con estas citas es que el hombre es responsable. Pero la inferencia lógica que deduce de ello
(“capacidad de determinarse a sí mismo”), es simplemente contraria a otras numerosas Escrituras que prueban explícitamente
que no hay tal capacidad.
No es preciso comentar cada uno de los textos citados por los arminianos, pues
todos tienen el mismo denominador común: enfocan la responsabilidad del hombre
perdido. Pero sí me voy a detener en el versículo tal vez más citado en apoyo
de su posición: Deuteronomio 30:19 (comparen este versículo con: Ezequiel 3:21;
18:9, 21...; 20:11,21; 33:11; 2.º Crónicas 6:36; Salmo 130:3; proverbios 20:9).
¿PRUEBA DEUTERONOMIO 30:19 QUE EL HOMBRE ES CAPAZ DE ELEGIR LA VIDA ETERNA?
“... Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición;
escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando a Jehová tu
Dios, y siguiéndole a él...” (Deuteronomio 30:19,20).
Quienes citan esta escritura, ¿creen que “escoger la vida”, significa la vida eterna? Por empezar, el hombre en este
contexto se hallaba, no bajo la gracia, sino bajo la ley. Lo que quiere decir
esto en realidad es que si uno guardaba
la ley, su vida natural habría de
continuar: no moriría, no pagaría la paga del pecado que es la muerte (Romanos 6:23). Guardando la ley perfectamente, uno escogía la vida. Pero
esto no podía dar vida divina ni
producir el nuevo nacimiento en una
alma. Así está escrito:
“¿Luego la ley de Dios es contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera;
porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por
la ley” (Gálatas 3:21).
“Vivificar” en este versículo es la misma palabra griega (aunque en otra forma
verbal) que aparece en Efesios 2:5, y se trata de dar vida a quienes están muertos en delitos y pecados. La Escritura
afirma, pues, que la ley no da vida.
De modo que cuando Dios dijo “escoged la vida”, estaba hablando de la
continuidad de la vida natural.
DIOS DIO LA LEY, PERO ¿IMPLICA ESO QUE EL HOMBRE FUERA CAPAZ DE CUMPLIRLA?
La posición que sostienen los arminianos es que el hombre tiene libre albedrío
y es, pues, capaz de cumplir lo que
Dios dice. Pero examinemos esto a la luz de la ley.
Dios dio la ley
a Israel para que la cumpliese. Ahora bien, siguiendo el razonamiento del
sistema arminiano, podríamos argüir:
¿Qué clase de Dios es éste que manda a los hombres a hacer lo que ellos no son
capaces de hacer?
La respuesta que se ofrece es que Dios no manda nunca al hombre a que éste haga
lo que no puede hacer, es decir, que
Dios, según los arminianos, siempre “respeta” el supuesto «libre albedrío» del
hombre pecador, que Dios nunca haría algo que violase la libertad del albedrío
humano. Pero la ley es la prueba de
que esta inferencia es incorrecta.
Sigamos un poco más con Deuteronomio.
El hecho
patente es que ningún pecador jamás
escogió la vida. Ningún pecador guardó la ley nunca. ¿Pruebas de ello?: todos han muerto físicamente. La
dificultad no se halla en la ley (Romanos 7:10-12). La verdad es que el pecador
perdido no puede escoger nunca la
vida. Es más, no se trata sólo de que la muerte universal da testimonio del
hecho de que el hombre no puede
guardar la ley, sino de que la incapacidad del pecador perdido se halla
expresamente establecida en la Escritura:
“Por cuanto los designios (lit. “la mente”) de la carne son enemistad contra
Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden” (Romanos 8:7).
“Ni tampoco pueden” son palabras que claramente expresan incapacidad. Dios, pues, dio la ley a Israel y le mandó que la
guardase, pero sabía perfectamente que ello era imposible (hasta que llegara
Cristo, el Hombre Perfecto, el único que guardó la ley sin tacha). Y ahí
tenemos la prueba de que Dios manda a
hacer cosas al hombre que éste no puede cumplir, que demuestran su incapacidad.
Y ello prueba también que el hombre no puede obedecer, pero que, sin embargo,
es responsable de obedecer.
Los judíos eran responsables de guardar la ley por cuanto Dios les ordenó que
lo hicieran. Ellos ni lo hicieron ni lo pudieron hacer. Responsabilidad moral
no necesariamente implica capacidad de cumplimiento. Ahora bien, la noción de que responsabilidad implica
habilidad, constituye un elemento esencial del sistema arminiano, y sin este
punto, todo el sistema construido sobre la base del supuesto libre albedrío
humano colapsa.
Yo creo, pues, que es un hecho demostrado que Dios demanda del hombre lo que el
hombre no puede cumplir. El hombre fue probado
desde Adán hasta la cruz, demostrando su total fracaso, su incapacidad de
obedecer a Dios y de escoger la vida. En la cruz, con el rechazo definitivo de
Cristo, la prueba termina. En Cristo,
ahora, la cosa cambia.
Pero siempre
recalco el hecho de que a pesar de que el hombre no pueda cumplir, es, no obstante, tenido igualmente por
responsable ante Dios.
INCAPACIDAD PARA PAGAR NO NOS LIBERA DE NUESTRA RESPONSABILIDAD
El hombre es responsable de obedecer, y es culpable
de desobedecer, y su voluntad es hostil y perversa con respecto a Dios. Estas
tres cosas son ciertas y es la enseñanza de la Biblia.
El hombre es moralmente depravado,
incluso en su propia voluntad o capacidad de tomar decisiones para con Dios. El
hombre ha fallado, a lo largo de la Historia, bajo toda prueba que Dios lo
colocó: Adán, la era antediluviana, Israel, en fin, el hombre siempre demostró
su incapacidad y fracaso. Tal es la lección del Antiguo Testamento, y muchos
parecen no haberla aprendido. Negar el fracaso y la incapacidad humana, o decir
que Dios no puede violar la voluntad de un pecador, equivale a elevar al hombre
y rebajar a Dios. En nuestro próximo estudio, Dios mediante, examinaremos un
conjunto de pasajes que demuestran que la única salida para el pecador perdido
es que Dios lo fuerce a entrar por el camino de la salvación contra su propia voluntad (Lucas 14:23).
LA BIBLIA
ENSEÑA LAS DOS VERDADES: EL HOMBRE ES ESCLAVO DE SU ALBEDRÍO Y A SU VEZ
RESPONSABLE
La mente se cuestiona cómo puede un hombre ser tenido por responsable de sus
pecados si no cuenta con libertad de albedrío. El hecho simple es que Dios lo
tiene por responsable. Si la Biblia enseña esto, nuestro deber es creer ambas
cosas, sin forzar la lógica ni inventar dificultades contra la revelación
escrita. Reconozco que nuestra mente carnal se revela contra ambos hechos. Pero
cada uno constituye una de las caras de la misma moneda: equilibrio de la
verdad.
Pongamos un ejemplo de la vida práctica para ilustrar este principio:
«Los arminianos sostienen que nuestra responsabilidad depende de nuestro poder.
Si yo le presté 100.000 dólares a alguien, y esa persona se los mal gastó en su
totalidad, es obvio que no puede
pagar, pero ¿acaso su incapacidad lo exime de su responsabilidad? ¡No! La
responsabilidad depende del derecho de
la persona que le ha prestado el dinero, no
de la capacidad que ha malgastado injustamente el dinero» (J.N.Darby).
Veamos otro ejemplo ilustrativo del principio:
«Un hombre robó una oveja, y no tiene el menor deseo, ninguna “buena voluntad” de devolverla. Su firme decisión es
quedarse con la oveja y comérsela. Mata a la oveja, y se come la mitad. Y
piensa seguir comiéndose y disfrutar de la otra mitad. Tal es su albedrío, su
propia decisión y voluntad. De repente, un policía abre la puerta y lo sorprende
comiendo una pierna de la oveja, y con media oveja guardada en la heladera. El
representante de la ley se dispone a arrestar al ladrón, cuando éste le
argumenta: “Oh, no, mi estimado; confieso que robé la oveja. ¿No se da cuenta
que ya la maté, que me comí la mitad, y que la otra mitad la tengo guardada en
la heladera? ¿No ve que no tengo el más mínimo deseo de devolver ni siquiera lo
que queda?” Ahora bien, ¿Podría mencionarme algún policía que dijera: “Oh, veo
que puesto que Ud. no tiene el menor deseo ni la voluntad de devolver la oveja,
ya no hay más responsabilidad”?» (C.H.M.).
EL LLAMADO DEL EVANGELIO OBLIGA A LA RESPONSABILIDAD
Para terminar esta parte, diré que el llamado
del Evangelio también pone al hombre perdido bajo responsabilidad.
“Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que
se pierden: a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor
de vida para vida” (2.ª Corintios 2:15,16).
El Evangelio ha de ser obedecido (2 Tesalonicenses 1:8; Hechos 17:30), y el
pecador que lo oye y lo desobedece es
tanto más culpable. Para ellos es
“olor de muerte para muerte”.
El pecador, pues, está muerto en delitos y pecados, y aunque su inclinación moral sea hacia lo malo delante de Dios y no
puede creer, el llamado del Evangelio se dirige a su responsabilidad y sólo
trae a luz cómo la muerte está operando en él.
DIOS DA VIDA
SOBERANAMENTE
Puesto que el pecador está moralmente muerto, Dios tiene que intervenir
soberanamente y “dar vida” al hombre. Ésta es la doctrina que encontramos en el
capítulo 2 de la epístola a los Efesios (y que podemos comparar con Juan 5:21 y
6:63):
“Estando nosotros muertos en pecados, nos dio
vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)” (Efesios 2:5).
“Dar vida” es vivificar aquello que no
tiene vida en ningún sentido, lo que está muerto. No incluye ninguna forma de
cooperación del albedrío humano con Dios en esta milagrosa y soberana obra. Más
bien es Dios el que inicia y el que obra “de su propia voluntad” (Santiago
1:18).
Dios pone fe en
una persona como don (Efesios 2:8). Acerca de un verdadero creyente, Dios
declara expresamente así:
“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de
voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:13).
De modo que Dios llama a los muertos en pecados a la vida soberanamente, dándoles fe, a través de la Palabra (Romanos 10:17;
Efesios 2:8). Somos hechura suya
(Efesios 2:10). No se dice que la salvación sea la obra de Dios en cooperación con la obra nuestra, sino
suya. Muchos no se dan cuenta de que
tan pronto como introducimos la cooperación humana, aunque sea en el menor
grado, elevamos el yo y, por consecuencia, deshonramos y rebajamos a Dios.
Esto ha sido muy bien ilustrado en el «cántico de los redimidos en el cielo».
Se dice que en la eternidad habrá «dos cánticos»:
El que cree que “la salvación es de Jehová” solamente, cantará:
«¡Digno es el Cordero, que nos salvó!»
Mientras que los que creen que han colaborado
en la obra redentora con su decisión y su fe, cantarán:
«¡Digno es el Cordero, y también
nosotros!»
ESCRITURAS QUE DEMUESTRAN LA TOTAL INCAPACIDAD Y RUINA DEL HOMBRE
Hay escrituras que excluyen expresamente
el albedrío humano, y que establecen que es el albedrío divino el que produce
el nuevo nacimiento. Veamos algunas de ellas:
“Los cuales no son engendrados de sangre, ni de VOLUNTAD DE LA CARNE, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan
1:13).
“NO PUEDE el hombre recibir NADA, si no le fuere dado del cielo” (Juan 3:27).
“NINGUNO PUEDE venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44).
“NINGUNO PUEDE venir a mí, si no le fuere dado del Padre” (Juan 6:65; compárese
con 17:2).
“¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque NO PODÉIS escuchar mi palabra” (Juan
8:43).
“El Espíritu de verdad, al cual el mundo NO PUEDE recibir” (Juan 14:17).
“Por cuanto los designios (lit. mente) de la carne son enemistad contra Dios;
porque no se sujetan a la ley de Dios, NI TAMPOCO PUEDEN” (Romanos 8:7).
“Y los que viven según (lit. “en”) la carne NO PUEDEN agradar a Dios” (Romanos
8:8).
“Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que TODO
designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo SOLAMENTE el
mal” (Génesis 6:5).
“Porque el intento del corazón del hombre es MALO desde su juventud” (Génesis
8:21; compárese Eclesiastés 9:3).
“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y PERVERSO; ¿quién lo
conocerá? (Jeremías 17:9).
“Estabais MUERTOS en vuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).
“El mundo entero está bajo el maligno” (1.ª Juan 5:19).
“No hay justo, NI AUN UNO... no hay quien HAGA LO BUENO, no hay NI SIQUIERA
UNO” (Romanos 3:10-20; compárese con Salmo 14:2-3).
“...Los hombres AMARON MÁS las tinieblas que la luz, porque sus obras eran
MALAS” (Juan 3:19).
“Y TODOS a una comenzaron a excusarse... Vé pronto por las plazas y las calles
de la ciudad, y trae acá... Y FUÉRZALOS A ENTRAR, para que se llene mi casa”
(Lucas 14:18-23).
“Así que NO DEPENDE DEL Q UE QUIERE, ni del que corre, sino de Dios que tiene
misericordia” (Romanos 9:16).
“Él, de SU VOLUNTAD, nos hizo nacer por la palabra de verdad” (Santiago 1:18).
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura
suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de
antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:8-10).
De estos textos bíblicos, resulta claro, pues, que la Escritura niega que el
hombre tenga un “libre” albedrío (esto es, que sea moralmente libre para
escoger el bien por un acto de su propia voluntad), y afirma, en cambio, que un
pecador perdido nace de nuevo POR UN ACTO SOBERANO DE LA VOLUNTAD DE DIOS QUE
IMPLANTA EN ÉL UNA NUEVA NATURALEZA Y FE, DANDO VIDA ALLÍ DONDE SÓLO HAY
MUERTE.
Alguno podrá decir: «Pero ¿no es también cierto que cuando un pecador se
convierte a Dios, él LO QUIERE?». Sí, naturalmente que sí. Él quiere y tiene el
profundo deseo de ser salvo y de obedecer a Dios y de servirle. Pero, si esto
no es fruto de su propio libre albedrío como pecador perdido, ¿qué es? La
Biblia tiene la respuesta precisa:
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su
buena voluntad” (Filipenses 2:13).
He aquí la explicación de cómo aquellos que son salvos en Cristo, han de
ocuparse en su propia salvación: es Dios mismo quien obra en ellos el QUERER.
Él les da un NUEVO ALBEDRÍO, y opera en ellos por la ley del Espíritu de vida
en Cristo Jesús (léase también Romanos 8:2).
Pero la pregunta entonces es: “¿Cómo, pues, se comunica o produce este nuevo
albedrío o voluntad, esta nueva naturaleza?” Y la respuesta de la Escritura es
simple: Es la operación directa del Espíritu de Dios:
“El viento sopla de donde QUIERE, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde
viene, ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).
Ahora bien, ¿no sería absurdo decir que la nueva naturaleza fue generada por
acción del libre albedrío de nuestro “viejo hombre” viciado por el pecado? De
nuevo, ¿qué dicen las Escrituras?: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la
palabra de verdad para que fuésemos primicias de sus criaturas” (Santiago
1:18). ¿Vemos la diferencia? También está escrito: “Bendito el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer”
(1.ª Pedro 1:3). “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de
incorruptible, por la palabra de Dios” (v. 23).
CONCLUSIÓN
Para resumir, un conocido escritor cristiano lo presentó de la siguiente
manera:
“¿Habrá alguno que todavía objete y diga que no es posible reconciliar las dos
cosas: la impotencia del hombre y la responsabilidad del hombre? El tal tenga
en cuenta que no nos incumbe reconciliarlas. Dios lo ha hecho al incluir ambas
verdades una al lado de la otra en su eterna Palabra. Nos corresponde
sujetarnos y creer, no razonar. Si atendemos a las conclusiones y deducciones
de nuestras mentes, o a los dogmas de las antagónicas escuelas de teología,
caeremos en un embrollo y estaremos siempre perplejos y confusos. Pero si
simplemente nos inclinamos ante las Escrituras, conoceremos la verdad. Los
hombres pueden razonar y rebelarse contra Dios; pero la cuestión es si el
hombre ha de juzgar a Dios o Dios ha de juzgar al hombre. ¿Es Dios soberano o
no? Si el hombre ha de colocarse como juez de Dios, entonces Dios no es más
Dios. “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).
Ésta es la cuestión fundamental. ¿Podemos responder a ella? El hecho claro es
que esta “dificultad” referente a la cuestión de poder y responsabilidad es un
completo error que surge de la ignorancia de nuestra verdadera condición y de
nuestra falta de absoluta sumisión a Dios. Toda alma que se halla en una buena
condición moral, reconocerá libremente su responsabilidad, su culpa, su
completa impotencia, su merecimiento del justo juicio de Dios, y que si no
fuera por la soberana gracia de Dios en Cristo, ella sería inevitablemente
condenada. Todos aquellos que no reconocen esto, desde lo profundo de su alma,
se ignoran a sí mismos, y se colocan virtualmente en juicio contra Dios” (C. H.
Mackintosh).
¿POR QUÉ HABRÍAMOS
DE PREDICAR EL EVANGELIO SI NO HAY LIBRE ALBEDRÍO?
Un predicador del Evangelio puede presentar la siguiente objeción:
«Si creyese que el hombre no estuviera facultado con libre albedrío y con poder
para aceptar el Evangelio, nunca podría predicar de nuevo. Pues no podría
decir: ‘el que quiera, tome’ (Apocalipsis 21:6). ¿Qué sentido tiene decir una
cosa así?»
Puesto que ésta es una muy común objeción, analicémosla de cerca. Ya vimos
principalmente en el Evangelio de Juan y en las Epístolas que el Señor y sus
apóstoles sostuvieron que “no depende del que quiere, sino de Dios que muestra
misericordia”, que los que son nacidos de nuevo, lo son “de agua y del
Espíritu”, y en ningún sentido lo son por la voluntad humana. Esta verdad nunca
confundió ni desanimó a ningún predicador: nunca los discípulos plantearon que
puesto que el nuevo nacimiento no es por el libre albedrío del hombre sino del
de Dios, entonces nunca podremos predicar de nuevo. La objeción de “¿qué
sentido tiene predicar?” Se desvanece en seguida si leemos los Hechos de los
Apóstoles y vemos cómo se expandía el Evangelio, y creemos la verdad de esta
Escritura: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la
predicación” (1.ª Corintios 1:21). Y en Romanos 10:14 dice: “¿Cómo creerán en
aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique.”
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues
es don de Dios” (Efesios 2:8). Dios nos concede el enorme privilegio de
proclamar el gratuito perdón de los pecados a través de Jesucristo. Y él da fe
por medio del Espíritu a través del agua de la Palabra de Dios que es predicada
por nosotros. Por la Palabra del que dijo “Sea la luz”, vino la luz y la vida:
el poder de la nueva creación. Lo cierto es que es un gran privilegio ser
instrumentos en las manos de Dios.
George Whitefield, Charles Spurgeon, por ejemplo, fueron grandes predicadores
de multitudes. Consabido es que no creían en el libre albedrío. ¿Podría alguien
objetar su trabajo para el Señor?
El apóstol Pablo
predicó la gracia de Dios, y también dijo:
“Todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la
salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna” (2.ª Timoteo 2:10).
LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA RESPONSABILIDAD DEL HOMBRE EN EL CASO DE FARAÓN:
ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN
Debemos aclarar que no es correcto concluir de nuestra serie de estudios, que
además de que Dios eligiera a ciertas personas, haya un decreto de reprobación
contra otras; es decir, que haya un decreto divino de predestinación de algunas
personas al castigo eterno (tal es la doctrina calvinista, al menos extrema).
Pero la manera en que la Escritura trata con los incrédulos se halla más bien
en contraste con la inferencia deductiva calvinista, al igual que lo que dice
sobre el libre albedrío humano en contraste con la inferencia deductiva
arminiana de la supuesta “capacidad” del hombre natural.
¿Hay algo de parte de Dios que impida la libre elección del hombre para
salvarse? La Palabra de Dios tiene la respuesta precisa:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan
3:16).
“Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21).
“Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado” (Romanos 10:11).
“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13; Véase
también 2.ª Corintios 5:19-21).
¿Qué lugar tiene, pues, la voluntad de Dios en este asunto?
“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y
cree en él, tenga vida eterna” (Juan 6:40).
“Dios quiere que TODOS los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la
verdad” (1.ª Timoteo 2:4).
“El cual se dio a sí mismo en rescate por TODOS” (1.ª Timoteo 2:6).
“Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida”
(Apocalipsis 21:6).
“Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida
gratuitamente” (Apocalipsis 22:17).
Éstas, y muchas otras Escrituras, prueban contundentemente que no hay nada de
parte de Dios que impida o estorbe que TODOS los hombres vengan a Cristo si
quieren. Procuremos no dejar de lado ningún versículo de la Biblia. No hay la
menor necesidad de hacerlo, si nuestro único deseo es buscar la verdad.
¿ENDURECIMIENTO Y REPROBACIÓN? CASO DE FARAÓN
La mente humana razona de la siguiente manera: Si por la elección de Dios desde
la eternidad de algunas personas, sólo cierto número de pecadores serán salvos,
la inferencia lógica es que el número
restante, por algún decreto similar de Dios, será reprobada y eternamente
perdida.
En el
endurecimiento de Faraón, algunos han pretendido basar bíblicamente este
razonamiento deductivo, que, desde ya diremos, no es bíblico, sino todo lo
contrario, como lo acabamos de ver en los textos anteriores.
Este apartado lo
hemos publicado aparte, y para leerlo haga click aquí:
Responsabilidad del hombre y soberanía de Dios:
Endurecimiento de Faraón W.K.
Un poco de
historia sobre la soberanía de Dios en la salvación y el «libre albedrío»
Es natural para la
razón del hombre natural creer que éste está dotado de libre albedrío,
es decir, de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, de donde se sigue
que el hombre tiene la capacidad propia de elegir el bien. Ya los maniqueos
en la época de Agustín sostenían un predeterminismo según el cual existe en el
hombre el principio del bien, que se opondrá al mal. Esto provoca una
reacción en Agustín, quien inicia su controversia contra los maniqueos y
produce escritos sobre el libre albedrío, el pecado original y la naturaleza
del ser humano, quien también, en relación con esto, escribe sobre la gracia de
Dios y la predestinación. Estas últimas obras surgieron como consecuencia de
los pelagianos.
Pelagio
(354-después de 418 A. D.), junto con su amigo y discípulo Celestio, fue un
monje británico cuyo sistema teológico (denominado “pelagianismo”)
enfatizaba la primacía del esfuerzo humano en la salvación del alma. Pelagio
sostenía que el hombre era esencialmente bueno y que Dios lo había hecho libre
y capaz de elegir entre el bien y el mal. Su razonamiento era que Dios no podía
mandar algo imposible de realizar. Con su doctrina, Pelagio negaba el estado
caído y de ruina del hombre. Esto afectaba su doctrina de la predestinación.
Pelagio sostenía que la predestinación se basaba en la presciencia divina, es
decir, él creía que la predestinación era condicional, dependiente de las
acciones humanas las cuales Dios veía de antemano, y no admitía una
predestinación soberana e incondicional de Dios. Estas ideas provocaron la
oposición de su contemporáneo, Agustín, quien, para refutarlo, desarrolló
detallados tratados sobre la gracia y la predestinación.
Para Agustín, el
hombre, tras la caída, se volvió incapaz
de hacer bien alguno y, a partir de entonces, quedó sujeto al mal, y su
libertad fue sólo para pecar. Este pecado original pasó a todos los hombres, y
cada descendiente de Adán pasó a ser miembro de una “masa de perdición”, como
él la llamaba.
Para Agustín, el
hombre en su estado natural de pecado no puede dar ningún paso hacia la
condición de redimido por sí solo: sólo por la gracia de Dios es posible la
salvación, y sin ella el hombre no puede ni quiere acercarse a Dios. Para
Agustín la gracia es irresistible, pues ella actúa en la voluntad y la mueve a
querer el bien. Así, pues, la salvación es exclusivamente obra de la gracia.
Aquí entra en
juego otro tema relacionado con la gracia de Dios: la predestinación.
Para Agustín, la predestinación de algunos para la gloria es una verdad
irrefutable. Si la salvación es gratuita e inmerecida, es decir, que no depende
de mérito alguno de parte del que la recibe, se sigue que ella proviene del
acto libre y soberano de Dios.
Es digno de
destacar, no obstante, que Agustín no enseñó una doble predestinación. Los
elegidos, para él, son arrancados de la “masa de perdición” por un acto
soberano de Dios. Los que son condenados, continúan en esa masa, pero no por
decisión divina, sino por sus propios pecados. Toda la doctrina agustiniana de
la gracia y la predestinación testifica de la primacía de Dios en la salvación.
Las enseñanzas de
Agustín en torno a la gracia y a la predestinación pronto encontraron oposición
dando lugar a largas controversias. Esta oposición vino a llamarse semipelagianismo:
si bien los semipelagianos rechazaban las doctrinas de Pelagio, no aceptaban la
doctrina agustiniana en su totalidad, lo que implicaba reconocer alguna
participación del hombre caído en la salvación, tal como se deja ver en sus
escritos.
Es muy importante
prestar atención a los argumentos de los semipelagianos, pues los mismos han
subsistido hasta nuestros días, constituyendo siempre una amenaza a la fe
bíblica que fue bien defendida por Agustín.
A diferencia de
Pelagio, los semipelagianos creían que el pecado original, como un principio
corruptor en el hombre, es de alcance universal. Pero también creían que la
gracia de Dios era necesaria para vencer este principio corruptor. De aquí
surge el principio del semipelagianismo: Dios y el hombre colaboran o son
copartícipes en la salvación: el hombre, a diferencia del pelagianismo, no
puede salvarse sin la gracia de Dios, pero el primer paso hacia la salvación ¾aceptar la gracia
de Dios¾ no
lo da la gracia, sino el hombre por propia decisión. Para los semipelagianos,
el hombre nace en estado de pecado, pero su corrupción innata no llega tan
lejos de manera de afectar la capacidad natural de su voluntad para tomar la
iniciativa en la aceptación de la salvación.
Es importante, lo
repetimos, entender el argumento semipelagiano, pues es vital en la comprensión
de la soberanía de Dios en la salvación. Juan Casiano ¾un semipelagiano
que se opuso a Agustín¾ llamó a este supuesto principio o poder
innato en el hombre caído (que lo faculta para dar el primer paso hacia la
aceptación de la salvación) initium fidei («el inicio de la fe»). Ese paso,
según los semipelagianos, es exclusivamente nuestro, y no depende en
absoluto de la gracia de Dios, la cual, para ellos, no es así irresistible.
Fausto de Riez ¾otro semipelagiano¾ también llamó a
esta supuesta capacidad innata del hombre caído para desear la salvación credulitatis
affectus («sentimiento de credulidad»), y algunos hoy día también
consideran a la fe como un sentido más de que fue dotado el hombre natural, así
como la vista, el olfato o el tacto, capaz de responder ante el llamado divino.
Fausto de Riez sostenía que el “inicio de la fe” depende de la libertad humana
que nos da la capacidad natural de inclinarnos hacia Dios. El libre albedrío,
para él, tiene poder no sólo para pecar, sino también para elegir el bien.
Para Agustín, por
el contrario, «el inicio de la fe» radica en la gracia de Dios, que es
conferida según la predestinación eterna.
El
semipelagianismo no niega la intervención divina en la salvación, la cual
constituye un elemento esencial
Todavía hay otro
punto: para los semipelagianos, el hombre inconverso, por propia voluntad, es
perfectamente capaz de desear aceptar el Evangelio de la salvación, pero no sin
la intervención o ayuda divina. Éste es otro punto crucial de la
doctrina semipelagiana, pues ellos nunca hablan de una decisión del hombre
caído por Cristo aparte de esa divina intervención, y esto los
diferencia de las doctrinas de Pelagio.
Es difícil definir
exactamente la manera en que el semipelagianismo concibe esta
intervención o ayuda divina, pues la misma cobra distintos matices según los
autores a lo largo de la historia, unas veces como el poder interno del
Espíritu convenciendo al pecador de su perdición eterna, y otras como la simple
predicación exterior del Evangelio o la lectura de las Escrituras, sin ningún
poder interno de parte de Dios en el hombre. De cualquier manera, el
semipelagianismo se basa en el siguiente razonamiento: Dios sería
injusto si no hubiera dotado al hombre caído con la capacidad innata de dar al
menos el primer paso per se hacia la salvación una vez que oye el
Evangelio. También razonan de esta manera: Si la salvación dependiera inicial y
unilateralmente de la libre y soberana elección de Dios, sin la participación
activa de la voluntad humana, los no salvos podrían argumentar que fueron
condenados por el mero hecho de haber nacido. Dios, así, para los
semipelagianos, no sería un Dios justo, por lo que el hombre, para ellos, debe
de tener una participación dinámica en la salvación del alma.
En cuanto a la
predestinación, como cabía esperarse, y en armonía con su doctrina sobre el
libre albedrío, el semipelagianismo reafirmó la doctrina pelagiana de una predestinación
basada en la presciencia y que toma en cuenta las acciones humanas, siendo
así no absoluta sino condicional.
El resultado del
semipelagianismo fue la negación de la acción sobrenatural de la gracia libre,
soberana e inmerecida de Dios sobre la voluntad humana para la salvación.
Agustín, tras su
muerte, tuvo no sólo oponentes, sino también seguidores que defendieron su
posición (tal es el caso, por ejemplo, de Próspero de Aquitania).
Pero recién en el
año 529 el sínodo reunido en Orange condenó formalmente el pelagianismo y
algunas proposiciones del semipelagianismo. A continuación resumimos sus
cánones más relevantes en relación con nuestro tema:
¾ En cuanto a la
naturaleza humana: el pecado de Adán corrompió a todo el género humano, el cual
no recibe la gracia de Dios porque la pide, sino viceversa.
¾ El punto de partida de la fe ¾initium fidei¾ no corresponde a
la naturaleza humana, sino a la gracia de Dios.
¾ La gracia no se
basa en mérito alguno, y sólo por ella el hombre es capaz de hacer el bien,
pues todo lo que tiene aparte de ella es miseria y pecado.
¾ El libre albedrío
ha sido corrompido por el pecado.
¾ No hay tal cosa
como una predestinación de algunos para el mal: Adán abandonó su estado
original por su propia iniquidad; los fieles, en cambio, dejan su estado de
iniquidad por la gracia de Dios.
Aunque no se
mencione la predestinación, en el sínodo se estableció que la decisión soberana
de Dios es la que cuenta, y no una determinada presciencia divina que conoce de
antemano las actitudes y acciones de los hombres, supuestamente buenas.
Entre Agustín y
los reformadores, las tinieblas más profundas habían invadido a la Iglesia, a
pesar de que Dios siempre mantuvo un testimonio de su gracia.
Podemos decir sin
titubeos que Agustín fue el gran “campeón de la gracia” la que solo salva al
pecador sin las obras y la que lo renueva para poder cumplir obras agradables a
Dios. Con sólo leer sus “Confesiones” podemos advertir la impotencia que
experimentó antes de su conversión como prisionero del poder del pecado, y cómo
comprobó que la gracia de Dios sola pudo liberarlo de la ley del pecado y de la
muerte (Romanos 8:2).
Sin duda, Agustín
fue el instrumento maravillosamente escogido y preparado por Dios para combatir
el error fatal de aquellos que se oponían a la fe: error que rebajaba la gracia
de Dios y exaltaba al hombre, y que, lamentablemente subsiste hoy todavía entre
un gran número de personas en el mundo cristiano.
Los escritos de
Agustín sobre este tema, siglos más tarde, fueron de provecho y bendición para
los reformadores, tales como Martín Lutero, a quien Dios escogió para hacer
brillar nuevamente la luz de su Palabra y la gran verdad de la salvación sólo
por gracia, en virtud de la obra de Cristo.
En el período que
sigue hasta la Reforma, muy poco es lo que encontramos acerca de la relación
entre la libertad del hombre y la soberanía de Dios en la salvación, excepto
algunas disputas dispersas, como las que tuvieron lugar durante el renacimiento
carolingio del siglo IX, por lo que no nos detendremos a considerar los
detalles. Cabe destacar que la Iglesia Católica, principalmente en su doctrina
sobre el pecado del hombre, aunque concedió amplia libertad de pensamiento en
este campo, adoptó las nociones semipelagianas; y el semipelagianismo (salvo
excepciones, como Tomás de Aquino, que siguió a Agustín en la doctrina de la
predestinación) constituyó el pensamiento dominante, al menos entre los
dirigentes de la Iglesia, hasta la Reforma, cuando, a través de hombres
escogidos por Dios para sacar a luz las verdades de las Escrituras, vuelve a
cobrar vigor la verdad que Agustín había expuesto y defendido en el siglo V.
La Reforma (siglos
XVI y XVII)
Lutero y su
controversia con Erasmo por el libre albedrío
Erasmo, el
humanista y sacerdote católico, decidió atacar a Lutero a fines del siglo XVI
mediante un tratado De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío), en el
cual defendía el libre albedrío humano y reivindicaba la supuesta capacidad de
que está dotado el hombre natural para aceptar y decidir el bien por sus
propios medios. Era el punto de vista tradicional de los pelagianos y
semipelagianos, que Agustín había combatido tan vigorosa y fielmente.
Lutero, entonces,
como respuesta al tratado de Erasmo, compuso un tratado titulado De servo
arbitrio (La esclavitud del albedrío), en el cual explicó que el pecado
había destruido la libertad humana, y que el hombre ya no es más dueño de su
albedrío, sino que éste es esclavo del pecado, y la voluntad humana ahora no
puede decidir más que hacer el mal.
Los reformadores,
en general, estuvieron de acuerdo con Agustín. Calvino, como se puede apreciar
en su obra Institución de la religión cristiana, sostenía, siguiendo a
Agustín, que el hombre nace en estado de pecado, heredado por todo el género
humano desde Adán. Los reformadores reafirman el concepto agustino de la Total
Depravación del hombre, es decir, que la corrupción se extiende a todas las
facetas del ser humano, y la voluntad no constituye ninguna excepción, pues
también se ha corrompido, y, estando atada al pecado, no hay uno solo de
nosotros que busque a Dios. Para Calvino, Dios elige soberanamente, implicando
con esto que lo hace de forma independiente de Su presciencia, es decir, que la
elección por parte de Dios no depende del conocimiento anterior que Dios tiene
de las acciones humanas futuras. Es Dios quien da a quienes él quiere el oír la
Palabra, y los electos así pueden tener la seguridad de la salvación, al ser
ésta independiente de la voluntad humana.
A diferencia de
Agustín, Calvino enseñó una doble predestinación, es decir, que Dios no sólo
decide el destino de sus elegidos para gloria, sino que también elige a
aquellos que han de sufrir eterna perdición. (Esto es puramente deducción de la
lógica deductiva, la que fue empleada por el calvinismo para sus conclusiones
teológicas).
En el siglo XVII
surge una reacción contra las enseñanzas de Calvino, y una reivindicación de
las nociones del semipelagianismo. A este movimiento teológico se le llamó entonces
arminianismo, y se opuso a la doctrina reformada de la predestinación,
afirmando que la soberanía de Dios y el libre albedrío del hombre son
compatibles.
El movimiento debe
su nombre a Jacobo Arminio (1560-1509), un teólogo reformado holandés que se
involucró públicamente en un debate con Francisco Gomaro respecto a la
interpretación calvinista sobre los decretos divinos referentes a la elección y
a la reprobación.
Pero el movimiento
conocido como arminianismo fue más divergente que Arminio de la teología
reformada. Para tener una noción de las enseñanzas del arminianismo, es útil
repasar la Remonstrancia (1610), un documento firmado por 46 ministros,
y que fuera sometido luego a revisión por el Sínodo de Dort (1618-19), que lo
condenó.
Los cinco puntos
pueden resumirse así:
¾ Sobre la
predestinación, estaba condicionada a la fe del hombre o a su incredulidad. Es
decir, no depende de la iniciativa divina, sino de la presciencia con respecto
a quiénes creerían y quiénes no.
¾ Sobre el alcance
de la expiación, Cristo murió por todos los hombres, pero su sacrificio es
eficaz únicamente para aquellos que creen. No hay tal cosa como una expiación
limitada a los elegidos.
¾ En cuanto a la
depravación total, si bien afirmaban que el hombre en estado de pecado no puede
por sí mismo ni pensar ni desear hacer el bien, ello no significa que la gracia
sea irresistible: sin la ayuda del Espíritu Santo, el hombre es incapaz de
responder a la voluntad de Dios.
¾ En lo que se
refiere a la gracia irresistible, para los remonstrantes la gracia, en cuanto a
su manera de operar, no es irresistible.
¾ Por último, en
cuanto a la perseverancia de los santos (es decir, la seguridad eterna),
afirmaban que los creyentes son capaces de resistir al pecado, pero siempre
subsiste la posibilidad de caer de la gracia (es decir, la salvación puede
perderse).
El sínodo de Dort
dio también sus opiniones sobre cada uno de los cinco puntos, condenando a los
remonstrantes, los cuales, no obstante, fueron tolerados por 1630. De todos modos,
puede advertirse claramente cómo el arminianismo (en este caso “remonstrante”)
constituye un mero resurgimiento del viejo semipelagianismo, con los mismos
argumentos que se presentaron doce siglos antes, reclamando una vez más, según
su lógica, que la supuesta “dignidad del hombre” requiere una plena libertad de
la voluntad o albedrío, lo que equivale a decir que el paso inicial de la
salvación, no es de Dios, sino que proviene de la decisión del hombre natural
“con la participación” de la gracia divina interviniente: el antiguo principio
semipelagiano del “initium fidei”, que ya hemos repasado.
Para terminar este
resumen, observemos que los términos “arminianismo”y “calvinismo” se
refieren a sistemas teológicos. Si bien Calvino se basó en un principio
esencial que inspiró toda su doctrina, a saber, la soberanía absoluta de Dios,
él mismo se dejó llevar por la lógica, alcanzando deducciones opuestas a la
revelación divina, desarrollando una larga y lamentable teoría de doble
predestinación absoluta. De la gran verdad de la elección absoluta de Dios, él dedujo
que Dios había fijado desde la eternidad la suerte de cada criatura. La gracia
de Dios, para Calvino, no sería ofrecida para todos los hombres, sino
únicamente para los elegidos, lo cual le colocó en oposición formal con la
Escritura: Tito 2:11, la que afirma que la salvación se ofrece a todos los
hombres sin excepción. La aplicación de la lógica a la verdad bíblica es lo que
dio lugar posteriormente a un sistema teológico basado en razonamientos deductivos:
el calvinismo.
El calvinismo como
sistema empezó a ser desarrollado por su sucesor Teodoro de Beza
(1519-1605), quien sistematizó las enseñanzas de Calvino aplicando aún más que
aquél los principios de la lógica deductiva hasta llegar a conclusiones
extremas que escapan y hasta contradicen la verdad Escrituraria. Este extremo
es más bien conocido como hipercalvinismo, pues sus conclusiones lógicas
anulan la verdad de la responsabilidad del hombre de responder al Evangelio, lo
que lo terminan convirtiendo en un simple títere.
Pero hasta aquí
este resumen. Este tema se relaciona con la verdad de la eterna seguridad del creyente y con su elección desde la eternidad. Estas verdades —que
hacen depender la salvación únicamente de la gracia soberana y eterna de
Dios y no de la elección de la pobre criatura caída que aborrece la gracia—,
están íntimamente relacionadas entre sí, y se han de entender y aceptar en
conjunto para ser coherentes con la gracia soberana (de lo contrario se cae en
absurdos, por ejemplo, al creer que Dios nos salvó soberanamente, pero que de
nuestra elección depende si seguimos siendo salvos o nos perdemos eternamente).
Continuaremos el tema en otra oportunidad, Dios mediante.
Flavio H. Arrué