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La Iglesia o
Asamblea SEIS
PRINCIPIOS BÁSICOS R. K.
Campbell |
(Número 2 de la serie “La
Iglesia del Dios viviente”)
ÍNDICE
1. La base bíblica para
reunirse
La iglesia de Dios en un lugar
El fundamento para reunirse
Una entera representación de la Iglesia
La unidad del Espíritu
2. El divino centro de
reunión
“En mi nombre”
Una persona viviente
No negando Su nombre
3. El conductor divino
“Allí estoy yo en medio de ellos”
La presencia del Espíritu Santo
La libertad del Espíritu
Asambleas del Nuevo Testamento
La noción de clérigo
Conclusión
4. El divino orden del
ministerio
Lucas 22:7-13
Cristo provee
Enseñándose y amonestándose unos a otros
No se encuentran todos los dones en una sola persona
Conductores
Distinción entre reuniones
5. Ancianos, supervisores y
diáconos
Nombramiento apostólico
Actualmente no hay tal autoridad
El Espíritu Santo es quien escoge
Instrucciones para nuestros días
Diáconos
6. Autoridad divina
Ninguna autoridad absoluta
Siete cosas divinas en Mateo 18:20
1. LA BASE BÍBLICA PARA
REUNIRSE
La Iglesia de Dios tiene dos aspectos: uno universal y otro local. En el
primero vemos a la Iglesia como un cuerpo extendido por toda la tierra. Los
creyentes son sus miembros y miembros los unos de los otros, unidos por un
Espíritu. Por el mismo Espíritu están unidos con Cristo, su Cabeza, en la
gloria. La Iglesia en su totalidad es también la Esposa de Cristo y la Casa de
Dios, su morada en la tierra mediante el Espíritu. En cuanto a los dones para
el ministerio, el Cristo ascendido los dio a favor de toda la Iglesia “para la
edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12).
Ahora, habiendo considerado el Cuerpo de Cristo o la Iglesia de Dios como
un todo, llegamos a la iglesia en su aspecto local, es decir, la Iglesia en una
determinada localidad. En este aspecto, la unidad de la Iglesia no tiene que
ser invisible. Debe tener las características de un cuerpo viviente “para que
el mundo crea _” (Juan 17:21). Para ser manifiesta en cualquier lugar
particular, es evidente que debe tomar alguna forma definida y visible. Esto es
lo que ahora consideraremos.
En las Escrituras la palabra “Iglesia” se usa de tres maneras diferentes:
1. “La Iglesia” ilimitada, como Cuerpo entero, tal como ya fue considerada
en el primer librito de esta serie («La Iglesia del Dios viviente: lo que es»).
2. “La iglesia” limitada a una localidad, como “la iglesia que está en
Jerusalén” (Hechos 8:1; 11:22), o en Antioquía (Hechos 13:1), o en Éfeso
(Hechos 20:17), etc.
3. Tenemos la forma plural “iglesias”, la que se refiere colectivamente a
las asambleas de cualquier país en particular, como Judea (1.ª Tesalonicenses
2:14; Hechos 9:31), Galacia (1.ª Corintios 16:1; Gálatas 1:2), Asia (1.ª
Corintios 16:19), etc. A veces la palabra “iglesias” se usa en forma aun más
general, ya que incluye a todas las asambleas de Dios, así como en las
expresiones bíblicas “la preocupación por todas las iglesias” (2.ª Corintios
11:28); “las iglesias de Dios” (2.ª Tesalonicenses 1:4).
En estos dos últimos casos el término implica la idea de asambleas locales
o reuniones de creyentes, en contraste con el Cuerpo de Cristo visto como un
todo. Consideraremos ahora lo que compone una asamblea local de la Iglesia de
Dios y la relación entre estas reuniones locales y la Iglesia en su conjunto.
La iglesia de Dios en un
lugar
Una consideración de los primeros versículos de 1.ª Corintios nos dará
mucha enseñanza sobre este punto. “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a
los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en
cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y
nuestro” (1.ª Corintios 1:2). Aquí el apóstol usa el nombre “iglesia de Dios”,
título que corresponde al Cuerpo de Cristo entero, pero lo aplica localmente:
“la iglesia de Dios que está en Corinto”. Luego señala a quiénes abarca el
título: “los santificados en Cristo Jesús, llamados santos”. (Las palabras “a
ser” no aparecen en el original griego). Esto pues, quiere decir que todos los
creyentes en el Señor Jesucristo que se encontraban en Corinto constituían la
Iglesia de Dios, la cual estaba en Corinto.
Entendamos esto claramente. Notemos que, según esta escritura, la Iglesia
de Dios en un lugar específico incluye a todo creyente radicado allí, es decir,
a toda persona que, en dicho lugar, ha nacido de nuevo y que, por lo tanto, es
miembro del Cuerpo de Cristo. En los días del apóstol todos los creyentes de
una localidad crecían juntos como un mismo testimonio y una asamblea visibles.
Eran la clara expresión y representación del Cuerpo integral de Cristo en aquel
lugar. Así es que Pablo podía escribir a la asamblea de Corinto: “vosotros,
pues, sois el Cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (1.ª
Corintios 12:27).
Pero hoy es el día de la ruina del testimonio visible a causa de las
muchísimas divisiones. Los verdaderos cristianos de alguna localidad ya no
están juntos en un testimonio visible ni en una asamblea unida como al
principio. Se hallan esparcidos en muchos grupos diferentes. Por esta razón,
actualmente ningún grupo de creyentes puede pretender ser “la Iglesia de Dios”
de un determinado lugar, pues este título abarca a todo creyente verdadero que
viva en esa localidad.
El fundamento para reunirse
A causa del estado de división imperante hoy en día es imposible congregar
a todos los creyentes de una localidad. Sin embargo, el único fundamento
bíblico para reunirse sigue vigente para nosotros en la actualidad. Él consiste
en confesar de un modo práctico la verdad del único Cuerpo de Cristo. Es el
mismo fundamento que fue confesado por los creyentes primitivos y es el único
sobre el cual pudieron congregarse.
Por grande que sea la ruina a nuestro alrededor, y por muchas divisiones y
cuerpos religiosos resultantes que existan, todavía hay “un cuerpo” de Cristo
(Efesios 4:4). Dios todavía ve a su pueblo esparcido como un solo organismo.
Por lo tanto, para la fe, la verdad referente a la existencia de un solo Cuerpo
de Cristo en la tierra sigue siendo el único fundamento o principio bíblico
para reunirse. Así como ningún grupo de creyentes de hoy tiene el derecho de
considerarse a sí mismo como “la iglesia de Dios” de una localidad, así también
quienes reconocen la verdad acerca de la existencia de un solo Cuerpo de Cristo
y obran de acuerdo con esta verdad, pueden decir con certeza: «Nos reunimos
sobre el principio de la Iglesia de Cristo de esta localidad». Admiten así que
en su pueblo o ciudad hay otros cristianos que, junto con ellos, forman parte
de la Iglesia de Dios en aquel lugar.
La base sobre la cual se reúnen es sencillamente el hecho de ser miembros del Cuerpo de Cristo como un todo, y no
como los que se adhieren a ciertas doctrinas, formas de gobierno religioso,
partidos y sectas. Reconocer a todos los verdaderos miembros del Cuerpo de
Cristo y recibirlos como tales, es el único fundamento bíblico para reunirse como la Iglesia del Dios
viviente. Éste es el principio vital de la Iglesia en su aspecto local y
visible.
Una entera representación
de la Iglesia
Cada iglesia local o asamblea de creyentes es sólo una parte del Cuerpo de Cristo y ha de ser una representación exacta de la Iglesia en su totalidad. Debe expresar
la Iglesia como un todo, al igual que una menuda gota de rocío refleja, en
miniatura, el mismo firmamento que el poderoso océano. Todas las
características de la Iglesia entera deben de ser vistas en cada asamblea
local. No debe existir nada en las asambleas locales que esté en desacuerdo con
los principios reconocidos como verdades en la Iglesia universal. Cada asamblea
local es parte de esa Asamblea ilimitada; la representa y actúa en su nombre en
cada localidad. Por eso, la única base sobre la cual los creyentes pueden
unirse según las Escrituras es la siguiente: sólo como miembros del Cuerpo de Cristo y como una representación local
de la Iglesia en general.
Así se reunían los creyentes en los primeros días de la Iglesia, y de la
misma manera deben reunirse hoy si desean actuar como miembros de la Iglesia
del Dios viviente y si quieren obedecer y agradar a su Señor y Cabeza.
Cualquier otro principio para congregarse es, en la práctica, una negación de
la verdad del único Cuerpo de Cristo. No deberíamos congregarnos porque somos
presbiterianos, luteranos, bautistas, metodistas, católicos, pentecostales,
fundamentalistas, etc. Deberíamos hacerlo porque somos creyentes en Cristo. El
reconocimiento, pues, de otros cuerpos como motivo de reunión no existe en los
planes de Dios.
La unidad del Espíritu
Si hay un cuerpo de creyentes en Cristo que es reconocido por Dios, ¿por
qué no prescindir de todos los demás cuerpos hechos por el hombre y reunirse
simplemente como miembros de aquel solo Cuerpo? Eso no sería hacer otro cuerpo
o unidad, sino reconocer la unidad que el Espíritu de Dios ya ha establecido
entre todos los creyentes verdaderos que han sido bautizados en el Cuerpo de
Cristo por un solo Espíritu. Así Efesios 4:3 nos exhorta a que seamos “solícitos
en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.
El error de la cristiandad ha sido hacer unidades propias y arbitrarias,
mayores o menores que la unidad del Espíritu. Se forma una unidad grande cuando
se admiten personas no regeneradas, es decir, personas que no son miembros del
Cuerpo de Cristo y que no han sido bautizadas en esta unidad por el Espíritu. A
veces la cristiandad forma una unidad más pequeña que la que debería ser, para
lo cual excluye de su comunión, mediante principios y bases sectarios, a
piadosos y verdaderos miembros del Cuerpo de Cristo. No admitir a los
inconversos ni excluir a los salvos, tal ha de ser el principio o la práctica
de la Iglesia de Dios.
2. EL DIVINO CENTRO DE
REUNIÓN
Hemos considerado el principio divino que rige la reunión. Hablaremos ahora
del centro divino alrededor del cual se reúne la Asamblea de Dios. ¿Alrededor
de cuál centro o punto deberían reunirse los creyentes? ¿Cuál centro conviene a
“la Iglesia del Dios viviente” cuya cabeza es el Cristo en la gloria?
Se han erigido muchos centros alrededor de los cuales se reúne la gente.
Casi toda idea nueva llega a convertirse en centro o punto de reunión para
algún nuevo grupo religioso. Por lo tanto, conviene escudriñar las Escrituras
para adquirir convicciones bíblicas sobre cuál es el centro de reunión
establecido por Dios.
“En mi nombre”
Recurramos a Mateo 18, donde el Señor menciona por segunda vez a la
Iglesia. Su formación era todavía futura, pero aquí Él estableció grandes
principios para su Iglesia en cuanto a disciplina y reunión. Prometió ratificar
en el cielo las decisiones de la Iglesia tomadas en Su nombre y concederle
cualquier cosa pedida de común acuerdo, aunque sólo fuese por dos de los suyos.
Luego el Señor dio la gran razón de todo esto en esas palabras sublimes de la
promesa gloriosa del versículo 20: “Porque donde están dos o tres congregados
en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Aquí tenemos lo que se ha llamado la Carta Magna de la Iglesia, que
garantiza sus derechos y privilegios. Así se presenta el único centro divino de
reunión para la Iglesia de Dios. “Congregados en mi nombre”: éste es el punto
de reunión ordenado por Dios a sus hijos. Él quiere que se congreguen en torno
al digno nombre de su Hijo amado, el nombre de nuestro Señor y Salvador, el
nombre que es sobre todo nombre. Ningún otro nombre serviría y no podría haber
otro centro sino Cristo para los que lo aman de veras y desean serle leales. A
los que así se reúnen en torno a Su nombre, sean dos o tres o doscientos o
trescientos, les es concedida Su bendita presencia: “Allí estoy yo en medio de
ellos”. Él está presente en persona y toma su lugar en el centro de la asamblea
así congregada. Éste es el sitio en donde debemos darle el lugar preeminente, el
lugar ejecutivo y el de autoridad, el lugar central.
Génesis 49:10 también nos da una profecía instructiva acerca de Cristo como
el centro de reunión para su pueblo. “No será quitado el cetro de Judá, ni el
legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los
pueblos”. Véase también el Salmo 50:5: “Juntadme mis santos, los que hicieron
conmigo pacto con sacrificio”. Y en Juan 20:19-26, cuando los discípulos
estaban reunidos el primer día de la semana, vemos venir al Salvador resucitado,
tomar su lugar en medio de ellos como su centro y decir: “Paz a vosotros”.
Aquí estuvo el primer cumplimiento de su promesa en cuanto a estar en medio
de los suyos, congregados en Su nombre. A través de los siglos desde aquel día,
multitud de personas han experimentado esa presencia.
Una persona viviente
En años posteriores, Pedro escribió a los creyentes acerca del Señor
Jesucristo y dijo: “Acercándoos a él,
piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y
preciosa” (1.ª Pedro 2:4). Y Pablo escribió a los cristianos hebreos diciendo:
“Salgamos, pues, a él, fuera del
campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:13).
En el primer siglo, el pueblo de Dios se congregaba alrededor de la persona
de un Cristo viviente, y hoy debemos seguir congregándonos alrededor de Él. No
debe ser alrededor de una doctrina, por verdadera que sea; tampoco alrededor de
una ordenanza, por importante que se juzgue, ni alrededor de un predicador, por
piadoso que sea conocido. La Iglesia ha de congregarse alrededor de una persona
viviente y divina.
No dice la Escritura: «Acercándoos a lo cual», sino “Acercándoos a él”. No
nos acercamos a una cosa, a una organización, ni a un conductor humano, sino a
una persona divina: nuestro Señor y Salvador.
El Espíritu Santo nos guía solamente a
Jesús y a su nombre precioso y no a los nombres de hombres, ni a
organizaciones muertas. Y la Palabra es: “El que conmigo no recoge, desparrama”
(Lucas 11:23). El que conduce almas a otro nombre distinto del de Cristo está
desparramando y no recogiendo. Cuando se introducen otros nombres, además de
aquel nombre bendito, las ovejas de Cristo son desparramadas. Congregarse al
solo nombre de Cristo, alrededor de su persona bendita es, pues, otra gran
característica del aspecto local de la Iglesia de Dios. Donde esta característica no es hallada, la Asamblea de Dios no puede
estar.
No negando Su nombre
Resulta, por lo tanto, que si nos congregamos de veras en el nombre y la
persona de Cristo, no alzaremos como estandarte otros nombres bajo los cuales
adherirnos y ser registrados. Tampoco nos llamaremos con nombres tales como las
denominaciones que hay a nuestro alrededor. Los que se congregan al digno
nombre de Cristo renunciarán a todo nombre que deshonre y tome el lugar de
aquel dignísimo nombre. Se llamarán solamente con el nombre de cristianos o con
aquellos nombres tan sólo designados por las Escrituras para referirse a los
que pertenecen a Cristo.
El hecho de llamarnos por los nombres de hombres y denominaciones es negar
Su nombre adorable y entristecer a nuestro Señor y Salvador. A la iglesia de
Filadelfia, Cristo podía decirle: “No has negado mi nombre” (Apocalipsis 3:8).
Esto nos hace notar cómo Él aprecia nuestra lealtad a su nombre. Si mantenemos
otros nombres, además de su admirable nombre o de los nombres que nos ha dado
en su Palabra, y si nos congregamos bajo tales nombres, entonces no nos
congregamos verdaderamente en el bendito nombre del Señor. Santiago 2:7 habla
del “buen nombre que fue invocado sobre nosotros”. ¿Lo reemplazaremos por otro
nombre? ¡No lo permita Dios!
Cinco nombres nos son dados en la Biblia para describir al pueblo de Dios,
los cuales encajan con todo creyente. Además, son nombres que unen en lugar de
dividir: cristianos, creyentes, hermanos,
santos, y discípulos. Son
aplicables a todos los creyentes y no son nombres sectarios como los muchos
adoptados hoy en día por cristianos nominales. Cuando los creyentes adoptan
cualquier nombre que no incluye a todo verdadero creyente en Cristo, llegan a
constituir una secta y se niega la verdad del Cuerpo único.
En verdad el nombre de Jesús es del todo suficiente para la Asamblea de
Dios. Hay en ese nombre todo, no sólo para nuestra salvación y nuestras
necesidades individuales en el camino cristiano, sino también para todas las
variadas necesidades de la Iglesia: provisiones para la adoración, la comunión,
el ministerio, la disciplina... para todo.
Estimado lector, ¿es ese precioso nombre suficiente para usted como centro
en torno al cual reunirse? ¿Se congrega usted hacia su digno nombre y su
Persona adorable? Si no es así, ¿por qué?
3. EL CONDUCTOR DIVINO
Ampliemos ahora tres hechos importantes:
1. El mismo Señor presente en espíritu en medio de aquellos que se
congregan en su nombre.
2. El lugar que debería dársele como conductor de la Asamblea.
3. La presencia del Espíritu Santo en la Asamblea.
“Allí estoy yo en medio de
ellos”
Estas benditas palabras del Señor garantizan, sin duda alguna, su presencia
personal en medio de los congregados en su nombre por el Espíritu. Esto no es
sólo una promesa, sino una realidad viva como la experimentada por miles de
creyentes que actuaron con una fe simple en cuanto a esta promesa y se
congregaron en su único y adorable nombre. Para la fe, esta promesa es
suficiente. Basta la presencia de Jesús en medio de la asamblea reunida porque
Él es del todo suficiente.
De ello se desprende naturalmente que, si Él, el bendito Salvador y la
Cabeza de la Iglesia, está presente en medio de la Asamblea, está allí para
dirigirla y guiarla. Entonces es justo que se le dé su lugar como conductor de
la reunión y que todos los miembros de la asamblea dependan de Él solamente.
Los ojos de todos deben fijarse en Él porque ha venido para ocupar el sitio central,
el sitio que le corresponde. Todo corazón debería ponerse a sus órdenes para
ser guiado por el Espíritu Santo.
No se nos olvide tampoco que quien está en el centro es Señor de todo y el
único que tiene el derecho de ejercer autoridad en la Asamblea. “A este Jesús a
quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” y “sometió
todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la
iglesia” (Hechos 2:36; Efesios 1:22). Cristo es Señor en la Asamblea; debería
ser reconocido como tal y ser recibido como el único conductor legítimo y la
única autoridad en la Iglesia. Dondequiera que sea reconocido como Señor y guía
habrá sujeción a Él y un comportamiento acorde y consecuente con su señorío.
Habrá autoridad y buen orden, conforme a la mente y la voluntad de Dios.
Deseamos citar las alentadoras palabras de C. H. Mackintosh:
«Si Jesús está en medio de nosotros, ¿por qué pensaríamos en establecer un
dirigente humano? ¿Por qué no dejamos unánimemente y de corazón que Él tome el
puesto directivo y nos sometemos humildemente a Él en todo? ¿Por qué instituir
una autoridad humana —bajo una u otra forma— en la casa de Dios? Pero es lo que
se hace, y es conveniente hablar claramente al respecto. El hombre se ha
establecido en lo que se dice que es la Asamblea. Vemos que la autoridad humana
se ejerce en esa esfera en la que sólo la autoridad divina debería ser
reconocida. Poco importa, en cuanto al principio fundamental, que sea un papa,
un pastor, un cura o un dirigente. Es un hombre que se erige en el lugar de
Cristo. Puede ser el papa que designa a un cardenal, legado pontificio u obispo
en su esfera de acción; o puede ser un dirigente que designa a un hombre para exhortar
u orar durante diez minutos. El principio es el mismo. Es la autoridad humana
que actúa en esa esfera en la cual sólo debería ser reconocida la autoridad de
Dios. Si Cristo está en medio de nosotros, podemos contar con él para todo.
Ahora bien; al decir esto prevemos una muy probable objeción por parte de
los defensores de la autoridad humana: ¿Cómo andaría una asamblea sin ningún
tipo de dirección humana? ¿No conduciría esto a todo tipo de confusión y
desorden? ¿No abriría esto la puerta a cualquiera que quisiera entremeterse en
la Asamblea prescindiendo por completo de los dones o capacidades?
Nuestra respuesta es muy sencilla: Jesús es todo lo que nos hace falta.
Podemos confiar en él para mantener el orden en su casa. Nos sentimos mucho más
seguros en su poderosa y benévola mano que en las manos del más hábil dirigente
humano. Tenemos los dones espirituales acumulados en Jesús. Él es la fuente de
toda autoridad y de todo ministerio. “Tiene en su diestra siete estrellas”
(Apocalipsis 1:16). Confiemos sólo en Él, y Él proveerá al orden de nuestra
asamblea tan perfectamente como para la salvación de nuestras almas_ Creemos
que el Nombre de Jesús es realmente suficiente, no sólo para la salvación
personal, sino también para todas las necesidades de la Asamblea: para el
culto, la comunión, el ministerio, la disciplina, el gobierno; en una palabra,
para todo. Teniéndolo a Él, lo tenemos todo, y en abundancia.
Esto constituye la médula y la sustancia de nuestro tema. Nuestro único
propósito es exaltar el Nombre de Jesús, y creemos que él ha sido deshonrado en
lo que se llama su casa. Él ha sido destronado y la autoridad del hombre ha
sido establecida
Aun en la asamblea de Corinto, donde reinaba la confusión y el desorden más
grave, el apóstol inspirado jamás insinúa siquiera cosa tal como un dirigente
humano, bajo un título cualquiera. “Dios
no es Dios de confusión, sino de paz” (1.ª Corintios 14:33). Dios estaba
allí para guardar el orden. Ellos tenían que depender de él y no de un hombre,
cualquiera fuese su título. Establecer a un hombre para que guarde el orden en
la Asamblea de Dios es pura incredulidad y un abierto insulto a la presencia
divina.
Se nos ha pedido con frecuencia que proporcionemos textos de la Escritura
para probar la idea de la dirección divina en la Asamblea. A ello contestamos:
“Allí estoy yo”, y “Dios no es Dios de confusión, sino de paz”. Sobre estos dos
pilares, aunque no tuviéramos más, podemos apuntalar con éxito la gloriosa
verdad de la dirección divina, verdad que debe
salvaguardar —a todos aquellos que la reciben y la tienen como proveniente de
Dios— de todos los sistemas del hombre, llámense como usted quiera. A nuestro
juicio, es imposible reconocer a Cristo como el centro y soberano gobernante en
la Asamblea y continuar aceptando la exaltación del hombre» (La Asamblea de Dios, C. H. M.)
La presencia del Espíritu
Santo
No sólo el Señor Jesucristo está presente en medio de los creyentes
congregados, sino también el Espíritu Santo. Hablamos anteriormente sobre la
presencia y la actividad del Espíritu Santo en la Iglesia. Ahora deseamos
subrayar esta gran verdad en relación con nuestro tema.
Esta presencia personal del Espíritu Santo es nueva y especial. Él está en
la tierra y mora dentro del creyente y dentro de la Iglesia, según 1.ª
Corintios 6:19 y Efesios 2:22. Este acontecimiento es la consecuencia de la
gran obra de la redención y de la glorificación de Cristo en el cielo. Es una
de las verdades fundamentales de esta época y una notable característica del
cristianismo. No obstante, muchos son los que ni piensan, ni reconocen, ni
cuentan con la presencia en la Iglesia de esta Persona divina. La presencia del
Espíritu de Dios en la tierra ha sido ignorada por la cristiandad y a Él no se
le ha dado su propio sitio como guía y director de la Iglesia. En la práctica,
su presencia ha sido negada al habérsele dado a un hombre el lugar de liderazgo
y autoridad. Esto, de hecho, rechaza al Espíritu Santo.
Cuando el Señor formuló a los discípulos la promesa de que vendría a la
tierra el Espíritu Santo, dijo que Éste les enseñaría todas las cosas y los
guiaría a toda la verdad. También habló de Él como el Consolador (en el
original griego “parakletos”), es decir, uno que es llamado a nuestro lado para
ayudarnos y manejar nuestros asuntos (Juan 14:26; 16:13).
En 1.ª Corintios 12 y 14 vemos que el Espíritu de Dios es el autor de las
distintas operaciones, manifestaciones y actividades que se desarrollan en la
Asamblea.
“Todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno
en particular como él quiere” (1.ª Corintios 12:11). Estos versículos
seguramente muestran que el Espíritu está en la Asamblea para guiar, conducir y
enseñar; además, tiene el soberano derecho de utilizar a quien Él quiera para
que actúe como su vocero en lo que se refiere a orar, alabar o ministrar.
La libertad del Espíritu
Consideremos 1.ª Corintios 14 con más detalle. Éste es el capítulo especial
sobre el orden en la Asamblea. En él vemos que se da la libertad más completa
para que cualquier hombre sea usado por el Espíritu en las reuniones de la
asamblea. Se habla de orar con el espíritu, bendecir con el espíritu, cantar
con el espíritu (el propio espíritu del hombre guiado por el Espíritu Santo),
dar acción de gracias, hablar en lengua extraña, profetizar, enseñar, presentar
algo de un salmo o de la doctrina, y esto por medio de varias personas.
Tales expresiones como “si habla alguno”, “podéis profetizar todos” y otras
expresiones semejantes (v. 5, 13, 27, 31) muestran que había libertad para que
cualquier hermano, que no estuviera bajo disciplina, tomase parte en la
asamblea al ser guiado por el Espíritu Santo. De esta manera, los cristianos
primitivos se reunían conforme a la libertad del Espíritu Santo y bajo su
dirección soberana.
Es posible que se abuse de esta libertad. Esto sucedió en la asamblea de
Corinto, tal como nos es narrado en este capítulo 14. ¿Qué ha de hacerse
entonces con una asamblea en tal estado, donde hay abuso de libertad y está
activa la carne? Corregirla con la Palabra de Dios, usando las mismas
instrucciones que el Espíritu ha dado en este capítulo 14. Éste es el remedio
divino y sencillo.
Pero nótese que, a pesar del desorden que entró en la asamblea de Corinto,
no se les mandó que se limitara la libertad del Espíritu. No fueron instruidos
para que nombraran un hombre que, como ministro, tomara un cargo de conductor
de la asamblea. El apóstol inspirado solamente les enseña cómo tomar parte con provecho:
“Hágase todo para edificación”, “podéis profetizar todos uno por uno”, y
“hágase todo decentemente y con orden” (v.
26, 31, 40).
Estas instrucciones no eran exclusivamente para Corinto, sino para cada
asamblea de cualquier lugar. Esto se ve en la salutación de la epístola a los
corintios: “A la iglesia de Dios que está en Corinto con todos los que en
cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (1.ª Corintios
1:2). De modo que estas instrucciones en cuanto a la libertad del Espíritu,
etc., compromete a los creyentes en todo lugar, tanto hoy como entonces. No
obstante, las iglesias de la cristiandad siguen con sus arreglos de origen
humano y sus programas de adoración, etc., arreglos opuestos a lo que
establecen las Escrituras.
¿Está el lector asociado con tales sistemas humanos en los cuales el
Espíritu Santo ha sido colocado en una posición inferior? ¿Está asociado con
aquellos que no le dan a Él su legítimo lugar como conductor y gobernador? Si
esto es así, mire bien lo que dice la Palabra y apártese de iniquidad. Salga,
pues, “a él, fuera del campamento” (2.ª Timoteo 2:19; Hebreos 13:13) y reúnase
solamente en el precioso nombre de Jesús.
Reúnase donde Él está como centro y donde el Espíritu es reconocido como
el conductor divino.
Asambleas del Nuevo
Testamento
En todo el libro de los Hechos —libro que registra la historia de la
Asamblea establecida por Cristo— siempre hallamos al Espíritu Santo como el
conductor de las asambleas cristianas en todo lugar y usando a quien Él ha
escogido como su vocero. Nunca en este libro ni en ninguna de las epístolas hay
la más leve mención, ni tampoco alguna alusión velada sobre una persona elegida
como conductor, pastor, ministro o sacerdote a cargo de una asamblea de
cristianos (creyentes). Hubo autoridad apostólica y personas como Timoteo y
Tito que estaban activamente asociadas al apóstol Pablo en cuanto al
establecimiento de las asambleas. Nótese, sin embargo, que los nombrados no
obraban independientemente, sino que eran delegados del apóstol. Hoy en día ya
no hay apóstoles, ni nadie que detente una autoridad heredada directamente de
los primeros que existieron.
Hubo también dones otorgados a las asambleas en las personas de los
pastores, maestros, evangelistas, etc., pero en ningún lugar de las Escrituras
leemos que haya habido alguien elevado a la posición de ministro o director de
una asamblea. Tal elevación habría sido una usurpación del lugar y de la
autoridad del Espíritu Santo.
La noción de clérigo
Hoy en día este concepto está fuertemente arraigado en el corazón de las
multitudes. En pocas palabras, es la idea de un oficio humanamente conferido,
una clase de hombres que tienen el derecho exclusivo de predicar, de enseñar y
de ministrar la comunión, etc.
Un maestro y hombre piadoso ha acertado al referirse a esta práctica:
«Creo que la noción de un clérigo es el pecado predominante contra el
Espíritu Santo en el tiempo de la Iglesia. No me refiero a individuos que lo
cometan intencionalmente, sino que el acto mismo tiene características que
darían como resultado la destrucción de esta dispensación. La sustitución del
poder y de la presencia del Espíritu Santo por cualquier persona —éste es el
pecado— caracteriza a este tiempo. La condición y la autoridad del hombre
puestas fuera de su lugar toman una posición que sólo el Espíritu tiene el
poder y el derecho de establecer y que Él solo puede mantener para siempre» (J.
N. Darby). Palabras solemnes y verdaderas.
Conclusión
Regocijémonos por la bendita verdad de que el Espíritu Santo, quien también
es Dios, está de veras presente en la Asamblea, aunque esté formada por dos o
tres personas reunidas en el precioso nombre de Cristo. Regocijémonos por saber
que Él, el Espíritu, es el agente y el poder que están activos para obrar en el
hombre y para guiar y conducir la asamblea. Regocijémonos por el hecho de que
el Señor Jesús en persona está en medio de ella. ¿Qué más se necesita? Ojalá
que tengamos la fe sencilla para creerlo, para obrar de acuerdo a ello y para
andar con corazón sumiso al Señor Jesucristo y al Espíritu Santo.
En vista de lo que todos hemos encontrado en las Escrituras, preguntémonos
lo siguiente:
1. Un grupo que, en la práctica, no admite la dirección del Espíritu Santo
¿puede ser reconocido como verdadera asamblea?
2. El grupo que no respeta la libertad que el Espíritu tiene de usar a
cualquier miembro de la asamblea ¿está congregado según las Escrituras?
4. EL DIVINO ORDEN DEL
MINISTERIO
Reconocemos que los mandatos de la verdad divina que acabamos de exponer
son justamente lo opuesto al principio central de las organizaciones
eclesiásticas de hoy en día. Vemos que son muy diferentes de lo que se enseña y
se practica, y aun contrario a lo que se acepta como verdadero en la
cristiandad. Por lo tanto, deseamos hablar más ampliamente sobre el asunto para
ayudar al lector preocupado por este estado de cosas. Nuestro deseo es dar a
conocer con toda claridad, sobre la base de las Escrituras, el modo establecido
por Dios para desarrollar el ministerio en la Asamblea. Así se verá claramente
el modo divino de desplegar un testimonio para Cristo que contrasta con los
métodos del hombre. Tal vez algunos lectores estén preguntándose: «¿Cómo puede
ser esto? ¿Cómo pueden llevarse a cabo reuniones o servicios sin que algún
hombre se haga cargo de ellos?».
Un estudio cuidadoso del Nuevo Testamento dará la contestación a estas
preguntas y a otras que se presenten. Pero, si queremos recibir ayuda y ser
guiados rectamente en este asunto, es necesario que apartemos nuestros ojos y
pensamientos de todo lo que el hombre hace y dice. Es preciso que consideremos
sólo lo que Dios ha escrito en su Palabra para nuestra instrucción. Rogamos a
nuestros lectores que escudriñen las Escrituras tal como lo hicieron los de
Berea para confirmar si estas cosas son así (Hechos 17:11).
Lucas 22:7-13
Dirijámonos a este pasaje y notemos unas pocas cosas aquí simbolizadas para
nosotros. Deseamos señalar en particular un punto relacionado con nuestro presente
tema. Nos detendremos un poco en el pasaje entero porque será de gran ayuda en
lo que se refiere al aspecto local de la Iglesia.
Cuando el Señor dijo a Pedro y a Juan que prepararan la cena pascual, ellos
preguntaron: “¿Dónde quieres que la preparemos?”. De igual forma podemos
preguntar hoy: «¿Dónde iremos a adorar?». El Señor luego les dijo que entraran
en la ciudad y siguieran a un hombre que llevaba un cántaro de agua, al cual
encontrarían. Este hombre puede representar para nosotros al Espíritu Santo, y
el cántaro de agua la Palabra de Dios. Hemos de ir adonde el Espíritu de Dios y
la Palabra nos guíen. Pedro y Juan debían entrar entonces en la casa donde el
hombre entrase y decir al padre de familia: “El maestro te dice: ¿Dónde está el
aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?”. El Señor les dijo,
además, que el hombre les mostraría un
gran aposento alto ya dispuesto y que allí tenían que hacer los
preparativos (v. 12). Fueron y hallaron como Él les había dicho. En este cuarto
comieron luego la pascua con el Señor. Allí fue instituida la Cena del Señor
para su Iglesia, a continuación de la comida de la pascua.
Todo esto está lleno de significación para nosotros. El Señor se encontró
con sus discípulos y celebró la pascua en un aposento alto, separado del resto
de la casa. Así es ahora espiritualmente. El lugar donde el Señor se reúne con
los suyos es un lugar separado, apartado de todo lo que le entristece y le
deshonra entre la cristiandad (véase 2.ª Timoteo 2:21). El aposento alto
también era grande. Asimismo la
Asamblea del Dios viviente, en la cual el Señor es el centro, debería
congregarse en una atmósfera divina, ya que está compuesta por miembros del
Cuerpo de Cristo. Tendría que tener un corazón amplio para dar lugar a todos
los miembros del Cuerpo de Cristo que desean venir como tales, con toda
sinceridad, pureza y verdad.
Cuando los creyentes se reúnen así, con sencilla dependencia alrededor del
Señor, su centro y conductor, Él les provee todo lo que necesitan para mantener
un buen testimonio de Su nombre. El que está en medio es la Cabeza de la
Iglesia y ha dado dones para la obra del ministerio. Es presentado a la iglesia
de Filadelfia como aquel que tiene la llave de David, el que abre y ninguno
cierra (Apocalipsis 3:7). Él tiene también la llave del tesoro y de la reserva
de Dios y puede así proveer ricamente a los que dependen de Él con fe sencilla.
Cristo provee
El Señor proveerá a su pueblo dones ministeriales (Efesios 4:11-16). Donde se
depende del Espíritu y se le da libertad de obrar, Él los pondrá de manifiesto.
Más aun, dará vigor y usará los dones que estén presentes en cada asamblea
local para la edificación y el cuidado de los santos, así como para la
predicación del Evangelio a los inconversos. No hay necesidad de salir y
contratar a un predicador, etc. Dondequiera que los creyentes se reúnan en
torno al Señor, ahí les serán dados talentos y provisión de algunas habilidades
para el ministerio. Aunque el mensaje se proclame con toda sencillez y
flaqueza, éste es del Señor, porque cinco palabras provistas por el Espíritu
valen más que diez mil palabras pronunciadas en lengua desconocida o
procedentes de la elocuencia humana (1.ª Corintios 2:1-4; 14:19).
Los dones del Señor son distintos y cada creyente tiene uno u otro, además
de una función que desempeñar como miembro en particular del Cuerpo de Cristo.
“Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de
Cristo” (Efesios 4:7). Puede ser que estos dones tengan que ser descubiertos,
avivados y desarrollados al usarlos; pero existen y fueron dados para la ayuda
y bendición de todos. Cuando los creyentes se reúnen en el solo nombre del
Señor, reconociendo la libertad del Espíritu en cuanto a usar a quien Él quiera,
cada uno siente su responsabilidad de hacer su parte a fin de mantener un
testimonio para el Señor; así los dones y las capacidades son descubiertos,
puestos en funcionamiento y desarrollados. En cambio, cuando un solo hombre es
nombrado para llevar la responsabilidad entera del ministerio, no hay tal
actividad ni desarrollo de todos los dones que existen en la asamblea. Por
consiguiente, la senda que señala la Palabra para todo el pueblo del Señor, es
la de reunirse alrededor de Él sencillamente como creyentes que dependen del
Espíritu Santo, a fin de que sean empleados los dones que ya tenemos y para que
Él produzca otros.
El Espíritu también puede enviar siervos dotados y escogidos por Dios
cuando Él ve la necesidad de predicar el Evangelio, edificar a los hermanos o
cuando otra necesidad espiritual así lo exija.