La Iglesia o Asamblea

 

EL PARTIMIENTO DEL PAN Y LA ADORACIÓN

 

R. K. Campbell

 

 

(Número 3 de la serie “La Iglesia del Dios viviente”)

 

 

REUNIONES DE LA ASAMBLEA

 

En las meditaciones de los libritos 1 y 2 hemos considerado algunos de los principios sobresalientes que deben gobernar y constituir una asamblea de Dios conforme a las Escrituras. Tal iglesia tiene que reunirse sobre el terreno de un solo Cuerpo compuesto por todos los creyentes. Éstos tienen que reconocerse y recibirse unos a otros como miembros de ese espiritual Cuerpo de Cristo. Por lo tanto, no han de reconocer ningún otro cuerpo.

En segundo término, la asamblea tiene que reunirse al solo nombre(*) del Señor Jesucristo como su centro, esto es, mantener tan sólo aquel nombre precioso con exclusión de todos los demás.

 

En tercer término, se debe dar al Señor su legítimo lugar, es decir, en el centro como Jefe divino. Asimismo, es preciso reconocer la presencia del Espíritu Santo y depender de Él para guiar y repartir uno o varios dones a cada hombre como Él quiere.

En cuarto término, el ministerio, con sus varios dones, no debe ser asumido por un solo hombre, un ministro oficialmente nombrado. Debe ser llevado a cabo por cualesquiera de los hombres que son constituidos dones de Cristo a la Iglesia, así como por miembros del Cuerpo, edificándose unos a otros, todos bajo la dirección del Espíritu Santo y con su poder y energía.

 

(*) Véase nota libro 2 de esta serie, bajo el título «Autoridad divina».

 

En quinto término, la obra de supervisión en las reuniones ha de ser hecha por los que están capacitados moral y espiritualmente como ancianos, preparados y dirigidos por el Espíritu Santo para desempeñar este ministerio tan necesario. La obra de diáconos ha de ser hecha por aquellos a quienes haya escogido la asamblea para esa obra.

 

En sexto término, el Señor está en medio de la asamblea como exclusiva autoridad para determinar sus acciones, conforme a la Palabra de Dios.

 

De este modo expuestos los principios básicos que proporcionan, por así decirlo, la estructura y el mecanismo de origen divino de la expresión local de la Iglesia del Dios viviente, estamos en condiciones de considerar las varias reuniones de la asamblea. Pero, antes de iniciar tal consideración, sería ventajoso observar de modo general la primera iglesia local. Nos referimos a la iglesia establecida el día de Pentecostés por el Señor y el Espíritu Santo.

 

 

La iglesia de Jerusalén

 

En Hechos 1 encontramos un grupo de unos 120 creyentes reunidos en un aposento alto después que el del Señor hubo ascendido al cielo (1:15). Allí perseveraban unánimes en oración y ruego, esperando el prometido descenso del Espíritu Santo. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió según la promesa, y por un solo Espíritu fueron todos bautizados en un Cuerpo (1.ª Corintios 12:13). También fueron llenos del Espíritu Santo.

 

Allí la Iglesia de Dios inició su existencia. Vemos cómo fue formada por el Espíritu Santo la primera asamblea cristiana en una localidad. Si bien en el principio la Iglesia local estaba compuesta enteramente por judíos y las distintas verdades referentes a las esperanzas y el llamamiento de la Iglesia no eran conocidas aún, en muchos aspectos podemos considerar a esta asamblea de Jerusalén como ejemplo o prototipo. Era el principio de la Iglesia y es siempre instructivo volver al origen de las cosas. El Espíritu Santo obró allí tal como se proponía que las cosas en general continuaran en el futuro. Por lo tanto, hay que volver a observar aquel período para aprender la verdad.

 

En la relación inspirada de Hechos 2 vemos de inmediato que el Espíritu Santo era el Jefe de la asamblea. Los de ese grupo comenzaron a hablar las maravillas de Dios, según el Espíritu les daba que hablasen. Luego Pedro, estimulado y dirigido por el Espíritu, predicó a la multitud sobre la crucifixión, resurrección y glorificación de Jesús en el cielo, ese mismo Jesús a quien ellos habían rechazado y matado. El Espíritu de Dios usó sus palabras para traer convicción al corazón de los oyentes y produjo el arrepentimiento para la salvación de sus almas. Luego, los que recibieron su palabra fueron bautizados con agua en el nombre de Jesús. Unos tres mil fueron añadidos a la iglesia original de creyentes convertidos.

Este grupo en su totalidad perseveró “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”. “Tenían en común todas las cosas”. Perseveraban “unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hechos 2:42-47).

 

 

Características principales

 

Nos enteramos así de las actividades y reuniones de esta asamblea de Jerusalén, ordenada divinamente. Nos conviene notar algunas de las cosas que caracterizaron su actividad como testigos de Cristo. Estas características fueron enumeradas por el Señor en Hechos 1-8.

 

1. Estaban juntos y perseveraban unánimes en oración y ruego.

2. Fueron bautizados por el Espíritu en un Cuerpo, llenados, dirigidos y capacitados por el Espíritu, tras lo cual testificaban acerca de Cristo Jesús.

3. Al dar testimonio presentaban a Jesucristo, exhortaban a los hombres a que se arrepintieran y proclamaban la remisión de pecados en Su nombre. Eran, pues, de esta forma, activos para predicar el Evangelio de la salvación por Cristo.

4. Los que recibían esta palabra de salvación eran bautizados(**) y de esta forma comenzaron a llevar a cabo la comisión del Señor resucitado (hacer discípulos a todas las naciones y bautizarlos en el nombre del Dios trino).

5. Luego perseveraban en la doctrina de los apóstoles, es decir, la enseñanza que el Señor había dado a los apóstoles, o sea su Palabra. Lo hacían en comunión feliz unos con otros.

6. Partían el pan en las casas y de esta manera se acordaban del Señor en su muerte, tal cómo Él lo pidió (Lucas 22:19-20).

7. También estaban unidos en las actividades ordinarias de la vida. Se repartían sus posesiones y comían juntos con alegría y sencillez de corazón.

8. Perseveraban unánimes en la oración colectiva y tenían favor con todo el pueblo.

Más detalles acerca de esta asamblea de Jerusalén son proporcionados en los siguientes capítulos de los Hechos, pero aquí no podemos ampliar más el tema.

 

(**) Es el bautismo del Espíritu Santo el que lo introduce a uno en la Iglesia, el Cuerpo de Cristo. No obstante, la norma divina en los Hechos muestra que los que fueron salvados fueron bautizados con agua y luego recibidos en el grupo local de creyentes. El bautismo es una señal y un testimonio ante los hombres, por medio de lo cual se da a entender que uno cree en Cristo y que pertenece a Él. A nadie se le puede considerar públicamente identificado como cristiano si no ha sido bautizado con agua en el nombre del Dios trino. En consecuencia, ninguna persona no bautizada debe ser recibida en comunión en una asamblea. La razón es que el bautismo viene antes de la ordenanza de la Cena.

 

 

Tales fueron las actividades de la primitiva Iglesia. Ojalá que el Señor nos ayude a volver a “lo que era desde el principio” (1.ª Juan 1:1). De igual forma, quiera ayudarnos a guardar la unidad, tanto en los principios como en la práctica. Se puede decir que estas actividades eran la actitud natural de la nueva naturaleza que moraba en estas almas recién nacidas, como resultado de la presencia del Espíritu Santo en ellas. Esta nueva naturaleza tiene hambre y sed de la Palabra de Dios. Anhela la comunión entre unos y otros para gozar de las cosas preciosas de Dios. Desea vivamente expresarse con oración y alabanza a Dios para adorarle y para renovar fuerzas. Desea obedecer a la Palabra de Dios y es movida a compartir con otros lo que posee. Al Espíritu, quien vive en el creyente, le complace guiar a las almas en estas actividades.

 

Así, estos instintos recién nacidos, desarrollados y reforzados por el Espíritu Santo, crean en las almas el deseo de reunirse unos con otros alrededor del Señor. Así es como comienzan las reuniones para enseñanza, comunión, adoración, oración, proclamación del Evangelio. Hebreos 10:24, 25 nos habla de la importancia de reunirse de esta forma y nos exhorta: “Considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”.

 

En el principio, la Iglesia se reunió todos los días, pero esto no continuó. Ahora, al ver acercarse el día de la apostasía y la maldad, hay aun más necesidad de que nos reunamos a menudo con nuestros compañeros de fe.

 

Después de este vistazo sobre las actividades de la primera asamblea de Jerusalén, seguiremos con una consideración detallada de las diferentes reuniones de la asamblea.

 

 

Reuniones para el partimiento del pan y la adoración

 

Hemos visto que la asamblea original formada en Jerusalén perseveraba “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Aparte de la comunión, la cual se aplica a todas las reuniones y a la vida entera de los creyentes, tenemos aquí tres características especiales que distinguieron la vida de la asamblea de estos santos: la enseñanza, el partimiento del pan y la oración. Al principio, es probable que estos tres elementos hayan aparecido en cada reunión. Más tarde, a medida que la Iglesia iba separándose del judaísmo, encontramos reuniones regulares para propósitos especiales.

 

En Hechos 20:6, 7 vemos que una reunión regular se celebraba el primer día de la semana con el propósito de partir el pan. Leemos que Pablo y sus compañeros llegaron a Troas y permanecieron allí por siete días. “El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo les enseñaba”. Aquí, en un tiempo fijo (el primer día de la semana, el día del Señor), en un lugar determinado, los discípulos se reunieron con un propósito definido: para partir el pan. La forma de expresión usada aquí da a entender que ésta era su costumbre semanal y regular.

 

No se reunieron para encontrarse con el apóstol ni para oírle predicar, sino para partir el pan el primer día de la semana, el día de la resurrección, el día que habla del poder de una vida nueva. Ésta era su costumbre, y tanto Pablo como su grupo esperaron siete días para gozar del privilegio de partir el pan con los discípulos de Troas.

 

Estando los discípulos reunidos con este propósito, Pablo aprovechó la oportunidad para dirigir un discurso a los santos, porque iba a partir al día siguiente. Pero el primer propósito de la reunión fue el de recordar al Señor en su muerte. Éste era el punto central de su adoración y volvía a realizarse cada día del Señor, o sea, el primer día de la semana.

Así que,  a través de Hechos 2 y 20, sabemos que una de las reuniones principales de las iglesias apostólicas era la realizada para partir el pan. Esta reunión se celebraba como respuesta a la recomendación hecha por el Señor la noche que fue entregado. Además de esto, sabemos que al principio se congregaron en Jerusalén todos los días para partir el pan. Más tarde, parece que en asambleas establecidas en otras partes se hizo costumbre reunirse cada primer día de la semana para celebrar la Cena del Señor. El Señor había dicho a través de la pluma de Pablo: “todas las veces que comiereis este pan y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:26). Estos primitivos cristianos, que se hallaban en la frescura de su primer amor, tenían la constante costumbre de partir el pan en afectuosa memoria de su Señor. Estaban tan llenos del Espíritu Santo que Cristo se hallaba siempre presente en sus corazones. Se gozaban de celebrar esa fiesta preciosa que era, según su Palabra expresa, un conmovedor memorial de Él mismo en su muerte.

 

Obsérvese que no se congregaban el primer día del Señor de cada mes, ni el primer domingo del trimestre o del año, sino el primer día de la semana, con obediencia a la petición de su Señor y Salvador. No partían el pan alguna que otra vez, como es la costumbre de muchos cristianos hoy día. Lo partían con regularidad cada día del Señor. Así deberíamos hacerlo también, si queremos actuar de acuerdo al ejemplo de las Escrituras.

Los primitivos cristianos amaban tanto a su Señor que no desatendieron el precioso memorial de su amor que Él instituyó la noche que fue entregado. Observándolos, podemos decir que exactamente en la proporción en que los santos aman a Cristo y a su Palabra y son llenos del Espíritu Santo, en igual proporción les deleita recordarle en su Mesa, anunciando así la muerte del Señor hasta que Él venga. Él mismo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15).

 

 

Propósito de la Cena

 

Hemos visto que la primitiva iglesia se reunía regularmente el primer día de la semana para partir el pan, y que ésta era la principal reunión de la iglesia, la única reunión claramente especificada. Por tales razones consideraremos el significado y propósito de la Cena. Vemos la institución de este recordatorio en los evangelios, su celebración en los Hechos y su explicación en 1.ª Corintios.

 

En el evangelio según Lucas leemos: “Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!”. Luego Él comió la pascua con ellos. Y tomó el pan, dio gracias, lo partió  y les dio de él, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama” (cap. 22:19-20).

 

El Señor estaba con sus discípulos por última vez antes de ir a la cruz, en la cual iba a darse a sí mismo como sacrificio por el pecado. Allí su cuerpo sería clavado. Allí llevaría “él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”, como más tarde Pedro lo expresó. Allí bebería la copa de la ira de Dios contra el pecado y derramaría su sangre para reconciliación de los pecadores. Sobre el terreno de una redención consumada, haría un nuevo pacto en su sangre, la cual fue derramada por todos los creyentes. Luego iría a su Padre y los creyentes no lo verían más físicamente.

 

De acuerdo con lo dicho, después de la cena pascual Él instituyó la nueva fiesta conmemorativa: la Cena del Señor. Ésta tenía el propósito de recordarles a los creyentes de entonces, y a los creyentes a través de los siglos, lo que Él había hecho por ellos en la cruz del Calvario. El pan fue emblema del cuerpo en el cual sufrió y completó la obra de la reconciliación. La copa nos recordaría su sangre, la que derramó en la cruz por nuestros pecados.

 

El Señor no quería decir, como algunos lo piensan y lo enseñan erróneamente, que el pan de la Cena se convertiría en su cuerpo ni que el contenido de la copa llegaría a ser su sangre, de manera que comeríamos Su cuerpo y beberíamos Su sangre como algo que nos diera perdón de pecados y nos preparara para el cielo.

 

El Señor todavía estaba presente en su cuerpo cuando instituyó la Cena. Seguramente no quiso darles a entender que, aunque presente, les estaba dando de comer su cuerpo y su sangre. No, Él estaba pensando en el tiempo en que ya no estaría presente con ellos. Por eso les dio a los creyentes dos emblemas que hicieran volver sus mentes, de manera vívida, hacia su persona y su muerte en la cruz.

 

Cuando el Señor dijo: “Esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre” usó una forma de expresión gráfica, como lo hacía frecuentemente. De igual manera lo hacemos nosotros cuando mostramos una fotografía de una persona querida y decimos: «Ésta es mi madre», etc. Queremos decir que el cuadro es una imagen fiel de la persona a la que amamos, su representación. Pero el retrato no es literalmente nuestra madre. En cuanto a la expresión de nuestro Señor, muchos han excedido el significado de tales palabras. Insisten en que los emblemas de la Cena —el pan y el vino— llegan a ser literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo bajo el influjo de las palabras de un sacerdote o ministro.

 

¿Cuál es, entonces, el propósito de la Cena del Señor? “Haced esto en memoria de mí” son sus propias y benditas palabras. Conocía bien la tendencia de nuestro corazón a apartarse de Él y del resto de los cristianos. Por ello nos dio esta fiesta como memorial de sí mismo en su muerte por nosotros, para que recordáramos su gran amor y la redención maravillosa que efectuó a nuestro favor. Él no quiere que le levantemos aquí, en este mundo que lo rechazó, monumentos conmemorativos de mármol o costosa arquitectura. Lo que desea es un sencillo acto que nos permita guardarle en nuestra memoria. “Haced esto” (1.ª Corintios 11:25). Él reclama este acto de obediencia de nuestra parte. Amado lector cristiano, ¿lo está usted haciendo?

 

A los que responden a su solicitud amorosa del modo que Él dispuso les fue dada esta certeza: “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:26). Esto es lo que significa el sencillo acto de recordarle al comer el pan y beber la copa. Es proclamar su muerte preciosa como el único terreno de salvación. De modo que todas las veces que los creyentes se reúnen para recordar al Señor en el partimiento del pan, están anunciando el hecho glorioso de su muerte por los pecadores y la salvación por su sangre derramada. ¡Qué maravilloso!

Tan importante es la institución de la Cena, que el Señor, desde la gloria, dio a Pablo una revelación especial sobre ella. Esta revelación se encuentra en 1.ª Corintios 11:23-29. Aquí se presenta con claridad el propósito de la Cena y la manera en que debería ser observada.

 

 

Cómo se debe celebrar la Cena

 

Por esta epístola a los Corintios nos enteramos de que existía, en la asamblea local, un mal estado de cosas. Había mucho desorden entre ellos tocante a muchas cosas, entre ellas la Cena. En este capítulo 11 vemos que se reunían de manera descuidada y no comían la Cena del Señor en su verdadero sentido. El apóstol Pablo tuvo que escribirles: “Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga” (v. 20, 21).

 

Parece que estaban mezclando el ágape con la Cena. (El ágape era una comida ordinaria de la que los primitivos cristianos participaban juntos). Por lo tanto, comían la Cena de una manera indigna e irreverente, lo que les hacía perder de vista el verdadero carácter de la Cena del Señor. Hasta habían corrompido el carácter del ágape, conservando diferencias de clase. Así los ricos comían en abundancia mientras los pobres pasaban hambre a causa de la poca comida que podían llevar.

 

Por consecuencia de todo esto, el Espíritu de Dios dirigió a Pablo para que escribiera esta epístola (1.ª Corintios), a fin de corregir estos desórdenes. En el capítulo 11 tenemos instrucciones especiales en cuanto al propósito de la Cena y a la manera santa y reverente de observarla. Como Dios destinó esta epístola a los Corintios a ser parte de las sagradas Escrituras, en su sabiduría permitió que aquellos desórdenes aparecieran en la primitiva Iglesia a fin de que tuviéramos instrucciones divinas y permanentes para enfrentar tales condiciones. Así nos es posible conocer más a fondo sus pensamientos y su orden. Vemos que Dios quiso beneficiar no sólo a los corintios, sino también a toda la Iglesia a través de toda la época de la gracia. ¡Qué agradecidos deberíamos estar!

 

Vemos en el versículo 23 que el Señor dio al apóstol Pablo una revelación especial sobre la Cena. “Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado”. Pablo no fue uno de los doce apóstoles que estaban con el Señor la noche en que Él instituyó esta fiesta conmemorativa. Por lo tanto, comunicó personalmente estas instrucciones a Pablo. Ya no fue meramente el humilde Jesús de la cena pascual. Fue el Señor en el trono de gloria quien dio a Pablo los detalles acerca de los pensamientos de Dios en cuanto al partimiento del pan.

Este hecho ciertamente debería mostrarnos la gran importancia de la Cena como institución cristiana. Todo lo concerniente a ella —su institución la noche que el Señor fue entregado, su propósito divino como memorial, su manera de ser observada o llevada a cabo— es de gran importancia por haber sido el objeto de una especial revelación del Señor.

 

El olvido de los corintios

 

Debemos destacar la múltiple repetición del título de Señor que recibe el Maestro en este capítulo de la Cena. Se habla de la Cena del Señor, del Señor Jesús, de la muerte del Señor, de la copa del Señor, del cuerpo y de la sangre del Señor y del castigo del Señor. Es fácil ver la razón. Los corintios parecían haber olvidado que Él era el Señor; de otra forma no habrían caído en tan terrible desorden tocante a la Cena.

 

Aquel de quien habla la Cena ha sido hecho Señor de todos. Él tiene el completo derecho de control y mando sobre todo lo que tenemos y todo lo que somos. Ante Él tenemos responsabilidad por lo que hacemos, lo que decimos y lo que pensamos, especialmente cuando lo recordamos en su muerte. Los de Corinto se habían olvidado de Él a ese respecto y habían hecho de la Cena del Señor su propia cena. Se ocupaban en sus propias cosas y perdían de vista las cosas del Señor. Se habían olvidado de su presencia, y de esa forma olvidaban el verdadero valor de la Cena del Señor. Esto se repite inevitablemente cuando no tomamos en cuenta su presencia. Los corintios habían caído tan bajo que degradaron la Cena al nivel de una comida ordinaria. Fue necesario que volvieran a tomar en cuenta el señorío de Cristo y el carácter sagrado de su cena. En consecuencia, Pablo fue movido a escribirles urgente y solemnemente para volver a ganar sus corazones a fin de que pudieran recordar al Señor, en el partimiento del pan, de una manera digna.

 

Tal fue la condición y el error en los cuales los corintios habían caído en la participación de la Cena del Señor. Conviene que nos demos cuenta de que estamos constantemente en peligro de caer en un parecido estado de descuido y desorden en cuanto a nuestra manera de participar. Es de suma importancia que percibamos la presencia del Señor Jesús y que centremos nuestros pensamientos y nuestros afectos en Él cuando estamos congregados para recordarle en su muerte. Satanás siempre se esfuerza por apartar nuestros pensamientos de la persona y la obra del Señor Jesucristo. No sólo procura distraer, sino también llenar nuestra mente con asuntos no convenientes a la Cena y a la Mesa del Señor.

Por lo tanto, se necesita esfuerzo, vigilancia y oración continuos para que nuestros corazones estén centrados en nuestro Señor y Salvador mientras le recordamos y le adoramos. Al fijar nuestra atención en su Persona adorable y maravillosa y en su gran obra de redención, nuestros pensamientos errantes serán controlados y nuestros espíritus inquietos subyugados. Luego, conscientes de su presencia, la Cena será celebrada de una manera que le resultará agradable.

 

En los versículos 23, 24 y 25 de 1.ª Corintios 11, el apóstol cita de nuevo las palabras que el Señor Jesús dijo al instituir la Cena. En el versículo 26 agrega que todas las veces que los suyos participan del pan y de la copa, anuncian la muerte del Señor “hasta que él venga”. Hemos de seguir recordándole en la Cena cada día del Señor, el cual también es llamado primer día de la semana. Tenemos que perseverar hasta que Él venga en el aire para arrebatar a su Iglesia. Así, el partimiento del pan nos lleva en pensamiento hacia atrás, hasta la muerte de nuestro Salvador; nos transporta hacia arriba, donde Él está ahora; y nos señala, en el futuro, el momento de su venida para buscarnos.

 

Podríamos agregar aquí que el hecho de su nacimiento en este mundo como hombre también puede hacérsenos presente en conexión con los emblemas de la Cena. Fue entonces cuando tomó forma de hombre, un cuerpo de carne y sangre. Por eso su nacimiento, muerte, resurrección, glorificación y segunda venida necesariamente acuden a nuestra mente cada vez que comemos el pan y bebemos la copa debidamente. De ahí que no necesitemos un día especial en el año para conmemorar su nacimiento, otro para su muerte ni otro para su resurrección. Nada se dice de celebrar tales días en las Escrituras. En cambio, el Señor quiere que nos acordemos de Él en su nacimiento, muerte, resurrección, glorificación y retorno cada primer día de la semana.

 

Pruébese cada uno a sí mismo

 

Veamos ahora las palabras solemnes del apóstol en cuanto a comer y beber la Cena indignamente. “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí” (1.ª Corintios 11:27-29).

 

Si tenemos en cuenta lo que ya hemos considerado sobre el desorden entre los corintios en cuanto a la Cena del Señor, veremos que el significado de comer y beber indignamente no se refiere a la dignidad o indignidad de las personas como tales, sino a la manera indigna de comer la Cena. Si el hecho de comer la Cena dependiera de la dignidad personal, nadie sobre la faz de la tierra podría participar de ella. Nadie en sí mismo es digno de participar de la Cena. Hemos sido hechos dignos sólo porque Cristo nos ha recibido a pesar de nuestra condición perdida, nos ha limpiado con su sangre, y así nos ha hecho aptos para su presencia. De esta forma nos ha dado el derecho de tomar parte en la Cena. Este derecho es el resultado de lo que Él hizo por nosotros; no es por causa de ningún mérito ni dignidad personal.

 

El apóstol no está hablando de dignidad personal en lo más mínimo. Habla de la manera en que los santos se comportaban cuando estaban reunidos. Se descuidaban mucho al no hacer caso del significado del pan y de la copa. Se olvidaban de las solemnes realidades expresadas por los emblemas (el pan y la copa) y los consumían como si fueran cosas ordinarias, cosas sin sentido. No discernían en el pan el cuerpo del Señor y comían y bebían de una manera indigna, trayendo sobre sí un juicio inminente, pero de ninguna manera eternal.

 

El mismo peligro existe hoy en día. Podemos participar de la Cena con despreocupación, no pensando ni en su cuerpo ni en su sangre mientras comemos el pan y bebemos de la copa. Nuestros pensamientos pueden estar en otras cosas y no en el Señor a quien profesamos recordar. Si no discernimos por fe su cuerpo, comemos indignamente y somos culpables del cuerpo y de la sangre del Señor, por cuanto tratamos sus recuerdos con indiferencia. Éste es un pensamiento solemne.

 

No es, como lo hemos dicho antes, que el pan se transforme en Su cuerpo ni que el contenido de la copa se vuelva Su sangre, sino que estas señales hablan a la fe del traspasado cuerpo de Cristo y de su sangre derramada. La pregunta es: ¿Discernimos de verdad y por fe el cuerpo del Señor en el partimiento del pan? ¿Tomamos a veces la Cena como si fuese cualquier comida o una cosa ordinaria, actuando así sin reflexión o juicio personal?

 

¿Tal vez dejamos de sentir Su presencia o de percibir que en el pan y la copa el Espíritu desea darnos una visión de Su cuerpo que ha sido dado por nosotros y Su sangre derramada por nosotros? Si tal es el caso, comemos y bebemos de una manera culpable; comemos y bebemos juicio en contra de nosotros y recibiremos el castigo de parte del Señor.

 

“Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados, mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor para que no seamos condenados con el mundo (1.ª Corintios 11:30-32). Tales son las serias consecuencias del hecho de tomar la Cena indignamente.

¿Qué haremos, siendo que la participación de la Cena es un asunto solemne y que existe la posibilidad de comer y beber de una manera indigna con consecuencias tan serias? Es posible que uno temblara y se retrajera de obedecer a la última recomendación del Señor: “Haced esto en memoria de mí”. Privarse sería caer en otro error y desobedecer el mandamiento del Señor, dado por amor. A este respecto, los versículos 28 y 31 son un mensaje de estímulo que no debemos pasar por alto. “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa”. “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados”.

 

Mientras la santidad y la reverencia son acentuadas por una parte, la gracia nos anima y fortalece por la otra para que nos acerquemos y comamos de la Cena con juicio propio, cuidado y moderación. Primero, el Señor pide con insistencia que nos probemos, examinando y poniendo a prueba nuestra conducta, así como que practiquemos el juicio propio continuamente. Segundo, invita a todos los suyos a que coman del pan y beban de la copa, pero no con espíritu descuidado o ligero. Notemos que el versículo no dice: «Pruébese cada uno a sí mismo, y apártese», sino: “Pruébese cada uno a sí mismo, y coma”. Habiéndonos probado y juzgado, nos invita a que comamos y bebamos de la Cena. Así, la gracia fortalece al que se examina con rectitud de corazón y se juzga. Esto le anima a tomar la Cena con buena conciencia. En cambio, cuando existe liviandad y carencia del juicio propio, el Señor tendrá que manifestarse para juzgar y castigar. A veces el resultado puede ser la enfermedad o, en casos extremos, aun la muerte ( v. 30).

 

De esta forma podemos ver que lo que nos preserva de una participación indigna en la Cena y nos guarda de comer y beber castigo, es el juicio propio como costumbre profunda, seria y habitual. Esto es muy necesario e importante para una vida cristiana feliz. El juicio propio es un ejercicio indispensable y de incalculable valor. Si se practicara con más fidelidad y más regularmente, nuestro andar diario sería muy diferente. Si el propio yo fuera juzgado continuamente en la presencia de Dios, no se nos obligaría a juzgar nuestra conducta, nuestras palabras y nuestros actos. La carne sería amortiguada, la raíz juzgada y el fruto malo no se manifestaría. De esta forma, tampoco sería necesario que el Señor nos juzgara.

 

Participación en la Cena y conducta personal

 

Como lo hemos hecho resaltar, comer y beber indignamente se refiere primariamente a nuestra conducta y a la manera de tomar parte en la Mesa del Señor. Ahora nos es preciso agregar dos palabras acerca de nuestra conducta y nuestro andar durante la semana. Nadie suponga que, habiendo dicho tanto sobre nuestra actitud en la Mesa del Señor, todo se limita a eso y nada más importa.

 

Lo que somos durante la semana es lo que seremos cuando estemos sentados a la Mesa del Señor. Lo que ocupe nuestro corazón durante los seis días pasados, lo ocupará también el primer día de la semana, mientras estamos a su Mesa. Si estamos despreocupados e indiferentes para con el Señor durante la semana, no podremos menos que estarlo a su Mesa. Verdaderamente no lograremos discernir su cuerpo ni su sangre en los emblemas de la Cena. Así comeremos y beberemos juicio para nosotros. Es imposible tener el corazón inmerso en la atmósfera del mundo toda la semana y estar enteramente desprendidos de ella al procurar recordarle en el día del Señor.

 

Si un cristiano vive durante la semana en extravagancias, vanidad, placer y mundanería; si su vida y su tiempo se dedican al cine, a las procesiones, a los conciertos, al baile, a los deportes, etc., ¿puede haber discernimiento del cuerpo del Señor en el partimiento del pan el primer día de la semana? Seguramente que no. ¿Cómo podría existir comunión espiritual con el cuerpo y la sangre del Salvador existiendo conexión con tal mundanería y con tal falta de sujeción al Señor? Quienes así actúan, tal vez puedan llevar a cabo la apariencia de “partir el pan”; pero abrigamos el temor de que los tales casi nada sepan del poder interior y la maravillosa realidad, por la fe, de comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo (véase Juan 6:55, 56). Si ésa es su situación, son culpables de no discernir el cuerpo del Señor; por lo tanto, comen y beben juicio para sí mismos cuando participan de la Cena.

 

Que el Espíritu de Dios nos dé la capacidad de escudriñar nuestro corazón y forme en nosotros un espíritu de habitual y verdadero juicio propio. Así podremos recordar al Señor con toda sinceridad y de una manera digna.

 

Expresión de comunión

 

Hemos considerado la Cena en su aspecto primario como una fiesta conmemorativa, con el objetivo de poner delante de nosotros, en forma simbólica, el cuerpo y la sangre de Cristo, tal como se nos presenta en 1.ª Corintios 11. La Cena del Señor, sin embargo, presenta otro aspecto de la verdad, aparte de la característica central de conmemoración. Este aspecto, ignorado por muchos, se ve en 1.ª Corintios 10:16, 17: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan”.

 

Aquí se presenta el acto colectivo de partir el pan: “La copa de bendición que bendecimos” nosotros y “el pan que (nosotros) partimos”. En el capítulo 11 cada individuo come del pan y bebe de la copa para el Señor y es responsable de hacerlo de una manera digna. Por lo tanto, las expresiones  son: “vosotros comeréis... y vosotros beberéis”, y “pruébese cada uno a sí mismo”. Pero, en las palabras de 1.ª Corintios 10, el énfasis está puesto sobre el aspecto colectivo de participar de la Cena del Señor. Cuando todos juntos recordamos al Señor, participando del mismo pan y de la misma copa, expresamos comunión unos con otros y con la mesa de la cual participamos. El pensamiento de comunión y confraternidad en el partimiento del pan debe, pues, estar en nuestra mente. Ésta es la idea conductora en los versículos que tenemos delante.

 

Por consiguiente, la razón por la cual la copa se nombra primero, reside en que la redención por la sangre que Cristo derramó es la base de nuestra comunión con Dios y con los creyentes. “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?”. Al dar gracias por la copa y al participar juntos de ella, expresamos nuestra comunión con la sangre de Cristo. Cuanto más apreciamos esta verdad, tanto más entramos en Sus pensamientos respecto a ella y disfrutamos de lo que Él ha adquirido para nosotros con su sangre preciosa.

 

El apóstol prosigue diciendo: “El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan” (1.ª Corintios 10:16, 17). Aquí el pan tiene otro significado, además del de ser el cuerpo del Señor entregado por nosotros. Vemos que el pan del que participamos en la Cena es también figura de su cuerpo espiritual, ahora en la tierra: “la iglesia, la cual es su cuerpo” (Efesios 1:22, 23).

 

Nos habla de la unidad invisible del cuerpo místico (*) de Cristo, “un solo pan... un cuerpo”. Como miembros de ese espiritual cuerpo de creyentes participamos juntos de la Cena del Señor en la Asamblea. De esta forma estamos expresando nuestra comunión el uno con el otro. Esto es la “comunión del cuerpo de Cristo” y la manifestación práctica de la verdad según la cual “nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo... todos participamos de aquel mismo pan” (10:17). En el acto de partir el pan damos una muestra de nuestra unidad como “miembros los unos de los otros” en Cristo (Romanos 12:5).

 

(*) El cuerpo aludido aquí se describe en 1.ª Corintios 12:12, 13, 27.

 

Así vemos que en los emblemas de la Cena no se expresa ninguna división entre los creyentes. Ni siquiera hay lugar para tal idea. Por el contrario, se despliega la unidad indestructible e inquebrantable del Cuerpo de Cristo que sigue existiendo, a pesar de las muchas divisiones que hay en la Iglesia profesante. Existe entre algunos la costumbre de cortar previamente el pan en pedazos o de usar galletas y copas individuales. Pero estas costumbres no están en armonía con el emblema del solo pan y la sola copa (1.ª Corintios 10:16, 17). Tampoco están de acuerdo con la verdad de que hay un solo cuerpo de creyentes. Por lo tanto, tales costumbres no pueden ser conformes a las Escrituras. El terreno bíblico sobre el cual reunirse es el constituido por el reconocimiento de un solo cuerpo de creyentes. Por eso, nada sino el solo pan concuerda con esto. Y se dice: “La copa de bendición que bendecimos” y no las copas, aunque más de una copa pudiera ser necesaria para la distribución en grandes asambleas.

 

¿Quién puede participar?

 

Puesto que el pan de la Cena habla también del solo cuerpo de todos los creyentes y puesto que la conjunta participación del pan es una expresión de nuestra unidad y comunión los unos con los otros, debería ser fácil contestar a la pregunta: «¿Quién puede con rectitud participar de la Cena del Señor?». Solamente los que son miembros conocidos y probados de ese cuerpo. Sólo aquellos que reconocen al Señor como su Salvador y con verdad creen en su muerte expiatoria para su salvación, tienen derecho a su Cena y a su Mesa. La Cena es solamente para la familia de los redimidos. Si alguno afirma ser un hijo de Dios, tiene que dar pruebas de ello por su andar; de otra manera su confesión es aparente, vana y mentirosa. Todos los que son conocidos como creyentes verdaderos que andan separados del mal y que no están excluidos por disciplina bíblica, tienen el privilegio de participar de la Cena en la Asamblea de Dios. “Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios” (Romanos 15:7).

 

Si los verdaderos creyentes permiten que los inconversos o los de profesión dudosa participen con ellos en la Cena, ¿habrá expresión de unidad verdadera y comunión en el partimiento del pan? Seguro que no. Si participamos en la Cena con personas inconversas, no podemos decir con Pablo: “Nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan”. No podemos decir que somos un cuerpo si algunos de los reunidos para tomar la Cena no pertenecen a ese cuerpo.

 

Cuando hablamos con cristianos sobre este punto, muchas veces nos contestan: «Tomo la Cena del Señor por mí mismo; otros no me incumben. Si algunos comparten sin tener el derecho de hacerlo, comen juicio para sí mismos. Eso no es mi responsabilidad». Tal actitud muestra que aquellas personas no conocen o no entienden las verdades presentadas en 1.ª Corintios 10:16, 17. El Señor no nos convida para que cada uno coma y beba para sí. No, Él invita a cada hijo suyo a que participe en comunión con otros creyentes. De esta forma hay un disfrute colectivo y una responsabilidad colectiva.

 

No es una comunión abierta

 

No podemos dejar abierta la Cena del Señor a cualquier persona que desee participar, pues la cuestión de participar o no nunca debe ser decidida sólo por el individuo. En 1.ª Corintios 5 el apóstol Pablo urge a la iglesia de Corinto a que reconozca su responsabilidad de limpiarse de la levadura que había entrado en medio de ella. Les hace ver a los corintios su responsabilidad de juzgar a los que estuviesen dentro, es decir, a aquellos presentes en la Mesa del Señor. Les manda: Quiten “a ese perverso de entre vosotros” (1.ª Corintios 5:13). Aquí vemos que la asamblea tiene la responsabilidad de mantener la santidad de la Mesa del Señor y de su Cena. Si les fue obligatorio quitar lo malo de entre ellos, también es seguro que fueron responsables de vigilar y no permitir que nada malo entrara ni a la asamblea ni a la Mesa del Señor.

 

En 1.ª Corintios 5:12, 13 vemos que hay quienes están “dentro” y quienes están “fuera” del círculo de comunión en la Cena del Señor. Todo esto no puede significar otra cosa que la necesidad de que haya cuidado de supervisión en cuanto a los que participan de la Cena y una comprensión respecto a quiénes son los de dentro y quiénes los de fuera. Es necesario un examen de los individuos para comprobar su confesión y su andar, a fin de que se mantenga la santidad de la Mesa del Señor, así como dar una verdadera expresión de unidad y comunión en el partimiento del pan.

 

En Israel hubo porteros que vigilaban las entradas de la ciudad y las puertas de la casa de Dios (véanse 1 Crónicas 9:17-27 y Nehemías 7:1-3). Su oficio era el de dejar pasar a los que tenían derecho de entrar y negar la entrada a los que debían ser excluidos. De modo que hoy en día son muy necesarios aquellos hermanos que hacen la obra de porteros para guardar de la contaminación a la asamblea. No que deba ser un oficio formal de porteros en la asamblea, sino que se necesitan aquellos que ejercen un cuidado piadoso para no admitir en el seno de la asamblea y a la Cena del Señor a los inconversos y a los inmundos.

¿No sería apropiado y según la Palabra decir que la comunión de creyentes en la Mesa del Señor no ha de ser ni una comunión abierta, ni una comunión cerrada, sino más bien una comunión vigilada? No debe ser sencillamente abierta a cualquier persona. Tampoco será cerrada a los que no pertenecen a “nosotros”, es decir, no es una comunión sectaria. Es para todos aquellos conocidos como creyentes que andan en la verdad y la santidad.

El único terreno bíblico para reunirse es, pues, el reconocimiento práctico del único cuerpo formado por todos los creyentes. Por lo tanto, es nuestra obligación recibir a la Mesa del Señor a todo miembro que ha demostrado pertenecer a ese cuerpo y que no está excluido por una disciplina bíblica. Como lo vimos anteriormente, el pan de la Cena simboliza el cuerpo único formado por todos los creyentes. Si perdemos de vista esta unidad, obramos en forma inconsecuente en cuanto al terreno que profesamos ocupar y llegamos a convertirnos en una secta. Vivimos en una época de profundas divisiones y de males multiplicados por toda la Iglesia profesante. Por esto resulta cada vez más difícil llevar a la práctica el principio de un cuerpo y a la vez andar separados de las asociaciones no-bíblicas. No obstante, el principio permanece como fundamento de nuestras acciones.

 

Creemos que las siguientes líneas escritas por C. H. Mackintosh sobre este asunto son dignas de consideración: «La celebración de la ordenanza de la Cena del Señor debería ser la expresión clara de la unidad de todos los creyentes. No debería ser meramente la de la unidad de cierto número reunidos sobre ciertos principios que los distingan de otros. No hay otra base propuesta; de otra manera, la Mesa llegaría a ser la mesa de una secta y no podría ejercer ningún derecho sobre el corazón de los fieles».

 

Así es que, al recibir a una persona a la Mesa del Señor, debemos evitar la negligencia y el descuido, por una parte, y el sectarismo por la otra. Hay, por supuesto, otros aspectos y otras verdades que tratan el asunto; los consideraremos brevemente en conexión con la Mesa del Señor. Hechos 9:26-29 nos enseña que no deberíamos recibir a personas basándonos solamente en su propio testimonio. En este pasaje encontramos al recién convertido Saulo tratando de unirse con los discípulos de Jerusalén. Pero éstos tuvieron miedo de él y no creyeron que era un discípulo. Entonces Bernabé se lo llevó a los apóstoles y testificó acerca de su conversión y de cómo había predicado en el nombre de Jesús. Merced a este testimonio de la autenticidad de la conversión de Saulo la asamblea de Jerusalén lo recibió. Una vez recibido, entraba y salía entre ellos. “Por boca de dos o de tres testigos se decidirá todo asunto” (2.ª Corintios 13:1). Éste es siempre un principio importante para nuestras acciones.

 

En Romanos 16:1-2 y 2.ª Corintios 3:1 leemos sobre el asunto de las cartas de recomendación para los creyentes que visitan a otra asamblea en la cual no sean conocidos. Éste es un orden bíblico y también muestra el cuidado requerido cuando se recibe a una persona para el partimiento del pan a la Mesa del Señor.

 

La Mesa del Señor

 

Hemos visto que en 1.ª Corintios 10:16, 17 se habla de una faceta del partimiento del pan, expresada por la comunión de los miembros del Cuerpo de Cristo. En este aspecto, el pan es presentado como una figura del cuerpo espiritual. En este mismo capítulo se encuentra el único caso del Nuevo Testamento en el que se emplea la expresión “la Mesa del Señor”, frase que hemos usado varias veces. Proponemos ahora que consideremos esta frase e inquiramos qué implica y qué es lo que está asociado con ella.

 

El pan en la mesa es, ante todo, un símbolo del cuerpo del Señor. Pero, como el cuerpo literal es también una figura del cuerpo espiritual, el pan se toma asimismo como una figura del único Cuerpo de Cristo, compuesto por todos los creyentes: “Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo” o, conforme a otra traducción: “Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo” (versión francesa de J. N. Darby). Así vemos en este pasaje que el Espíritu Santo asocia la expresión “la Mesa del Señor” con el Cuerpo único y con nuestra comunión, reunidos como miembros de aquel Cuerpo. En cierto sentido podemos decir que la Cena del Señor y la Mesa del Señor son muy parecidas. Pero, en otro sentido, presentan distintos aspectos de la verdad. La Cena se asocia con el recuerdo individual de la muerte del Señor, mientras que la Mesa del Señor se asocia más con una expresión pública de unidad del Cuerpo de Cristo y de nuestra comunión colectiva. La Mesa habla de la expresión visible de la comunión del solo Cuerpo. El terreno de comunión que Dios tiene para nosotros es el de un solo cuerpo de creyentes; y todo esto se funda sobre la redención por la sangre de Cristo.

 

En un sentido, todos los creyentes están a la Mesa del Señor porque están en la comunión del Cuerpo de Cristo. Al partir el pan juntos, manifestamos una expresión práctica de esta comunión.

 

La expresión “la Mesa del Señor” es simbólica y no debe entenderse en un sentido literal. No alude al mueble sobre el cual están el pan y la copa. Habla del principio o terreno sobre el que se celebra la Cena. El terreno o la base que se tome en el partimiento del pan determina el carácter que la Mesa expresa. La Mesa del Señor expresa la comunión con Él y con los miembros de su Cuerpo. Allí su autoridad y sus derechos deben ser reconocidos, y la santidad de su nombre debe ser mantenida.

 

Si la Mesa del Señor se establece sobre un terreno diferente al del reconocimiento práctico de la unidad del Cuerpo de Cristo, es imposible que tenga, por lo tanto, el verdadero carácter de su Mesa. De modo que las mesas mantenidas de acuerdo con ideas independientes no pueden tener por base la unidad del Cuerpo de Cristo ni pueden corresponder a las características de la Mesa del Señor señaladas en 1.ª Corintios 10. Dondequiera que los principios de la unidad del Cuerpo de Cristo no sean reconocidos en la práctica y se adopte una base de comunión hecha por el hombre, allí no hay evidencia de la verdad acerca de la Mesa del Señor. En tales circunstancias, aquellas mesas no pueden ser reconocidas como “la Mesa del Señor”. Son, en realidad, mesas de grupos, levantadas sobre bases de comunión ideadas por el hombre. Puede ser que la Cena del Señor sea celebrada allí con reverencia y amor por parte de creyentes agradecidos y sinceros, pero que desconocen las verdades ya mencionadas. En tal caso, por no manifestarse la unidad del Cuerpo de Cristo, la consecuencia no puede ser otra que la no apreciación ni la realización de la verdad acerca de la Mesa del Señor.

 

Criterios de una verdadera Mesa

 

Otra característica importante que debe manifestarse, si una mesa ha de ser reconocida como la Mesa del Señor, es la santidad y la verdad. Éste es el verdadero carácter que da su nombre a la Mesa. (“El que es santo, el que es veraz”, Apocalipsis 3:7 — V. M. “Sed santos porque yo soy santo”, 1.ª Pedro 1:16). Si, por ejemplo, en una congregación son admitidas enseñanzas perversas o no conformes a las Escrituras en lo concerniente a la persona de Cristo, o si los que sostienen y enseñan tales errores doctrinales son recibidos en comunión, el Señor es personalmente atacado y la santidad y la verdad violadas. ¿Cómo, pues, tal mesa puede ser reconocida como su Mesa? De igual forma, si el mal moral es tolerado en la comunión alrededor de la Mesa, ésta no puede ser reconocida como la Mesa del Santo y Verdadero.

 

Vemos en tales consideraciones que estas dos cosas han de ser mantenidas: la santidad de la Mesa del Señor y la unidad del Cuerpo de Cristo. La pureza de las verdades divinas nunca han de ser sacrificadas en vista de mantener la unidad en su Mesa. La más estricta observancia de la verdad y santidad no van a impedir una verdadera unidad. Sin embargo, todo esto tiene que hacerse con un espíritu de gracia, mansedumbre y humildad. De otra manera, el carácter del Señor sería falseado.

 

Miremos los versículos 18 a 21 de 1.ª Corintios 10, en los que el principio de comunión se aplica al hecho de comer del altar. (Ya hemos visto que la idea de comunión es la verdad prominente relacionada con la Mesa del Señor). Después de hablar de participar de la Cena del Señor en los versículos 16 y 17, el apóstol dice en el versículo siguiente: “Mirad a Israel según la carne; los que comen de los sacrificios, ¿no son partícipes del altar?”. Aquí hay un principio importante para nosotros. Comer de un altar o una mesa es expresar comunión y confraternidad con aquel altar o aquella mesa, así como también con los que participan de ese mismo altar. Sentarse a una mesa y comer indica identificación con esa mesa y con lo allí representado.

 

Separarse de manifestaciones idólatras

 

El apóstol habla luego de los altares de los idólatras y dice: “Lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios”. Detrás del ídolo pagano estaba un demonio, y los paganos, sin darse cuenta de ello, traían sus ofrendas a estos demonios. Por consiguiente, era una mesa de demonios. Para un cristiano, el solo hecho de sentarse en la casa de un ídolo y participar de una comida pagana asociada con sus ofrendas, sería aliarse con la mesa de los demonios y estar en comunión con ellos. Algunos de los corintios, sin embargo, creían tener libertad para hacerlo. Por esta razón el versículo 21 dice: “No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios”. Es imposible beber la copa del Señor, sometiéndose a todo lo que representa, y luego beber también de la copa de los demonios. Hacer semejante cosa sería asociar la Mesa del Señor con la mesa de los demonios y negar la comunión del Señor. Así el apóstol les mostró a los corintios qué grave sería cualquier asociación con los altares paganos.

 

Esto era un peligro al que estaban expuestos los corintios en los tiempos en que Pablo les escribió. Hablando en forma general, el peligro de asociar la Mesa con los demonios no existe para nosotros hoy en día. No obstante, el principio que Pablo aplicó en aquel asunto todavía se aplica en las condiciones presentes. El principio es que el hecho de comer en una mesa expresa la identificación y la comunión con aquella mesa, con lo que la mesa representa y con los que también participan en ella. No estamos rodeados de mesas de demonios como lo estaban los corintios, pero estamos rodeados de  muchas mesas de grupos religiosos y sectas; por lo tanto, hay peligro de asociar la Mesa del Señor con principios que contradicen la comunión de su Mesa,  principios que pasan por alto o hasta niegan la autoridad del Señor sobre su Mesa.

 

En resumen, deberíamos darnos cuenta de que en cualquier lugar en el que participamos de la Cena, al hacerlo expresamos la comunión con la Mesa de ese sitio. Así nos identificamos con la base y los principios que sustentan los allí reunidos. Si uno parte el pan con los que se reúnen sobre el terreno de la unidad del Cuerpo de Cristo buscando dar prácticamente expresión a la verdad de la Mesa del Señor y más tarde visita a otra congregación que se reúne sobre una base denominacional o independiente, parte el pan con ellos y luego vuelve a la comunión a la Mesa del Señor, actúa de manera inconsecuente. Asocia la Mesa del Señor con principios contrarios. El que esto hace, está en el error, aunque lo haga por ignorancia; por eso la necesidad de instrucción en la verdad se hace más que necesaria.

Por lo que hemos visto, el partimiento del pan tiene un alcance más amplio del que los cristianos en general suponen. Sería bueno, por lo tanto, que cada persona considerara las siguientes preguntas: ¿A quién recuerdo en la Cena? ¿Le recuerdo a Él de una manera digna? ¿Con quiénes le recuerdo a Él? ¿Sobre qué base y qué principios le recuerdo a Él?

Al finalizar nuestras meditaciones sobre la Mesa del Señor, deseamos decir que, en vista de la ruina, el fracaso y las divisiones universales de la Iglesia, no conviene que ningún grupo de cristianos pretenda tener la exclusiva posesión de la Mesa del Señor. Por el contrario, nuestros esfuerzos y nuestra preocupación deberían tender a dar expresión práctica a las verdades simbolizadas por la Mesa del Señor. Asimismo, es preciso que seamos fieles a la comunión de su Mesa. Del Señor es la Mesa y Él cuidará de ella. No la ha dado a ningún determinado grupo de cristianos, pero da a todos los creyentes el privilegio de estar en Su Mesa, con la responsabilidad de portarse en la debida forma. Si se nos preguntase: «¿Dónde está la Mesa del Señor?» bien podríamos responder con las palabras de otro autor, las que nos parecen muy apropiadas:

«La Mesa del Señor está:

—donde se reúnen, aun dos o tres, únicamente con el Señor Jesús como su centro;

—donde no se une el Nombre santo con ninguna iniquidad;

—donde se mantiene la disciplina que conviene a la Casa de Dios;

—donde se está alerta contra todo principio de independencia (el que quitaría al Señor su autoridad);

—donde se someten unos a otros con temor de Dios, sin espíritu partidario ni controversias;

—donde, a la vez, todos los redimidos son recibidos como quienes forman parte de un cuerpo en el Espíritu.

—donde todos se esfuerzan por guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.

—donde reciben con gozo a todos los que ya han sido engendrados por Dios, con la única condición de que sean sanos, tanto en el andar como en la doctrina.

Allí, donde hay tales cristianos, está la Mesa del Señor en medio de ellos, a pesar de la ruina común y las imperfecciones que lastimosamente hayan adherido a su testimonio. Allí, congregados alrededor del Señor Jesús para celebrar juntos la Cena del Señor, se dan cuenta de que son un solo pan y un solo cuerpo con todos los amados del Señor en todo el mundo».

(Traducido del alemán)

 

Adoración

 

Al hablar de las reuniones de la asamblea hemos asociado el partimiento del pan y la adoración como una sola reunión de asamblea específica, porque de veras el recuerdo del Señor en su muerte produce en nosotros acciones de gracias y la adoración. La Cena del Señor es indiscutiblemente una fiesta de acción de gracias. El Señor mismo, cuando la estableció, le dio su carácter distinto, pues “tomó el pan y dio gracias”. La alabanza, la acción de gracias y la adoración son apropiadas al culto alrededor de la Mesa del Señor; en cambio, no es el momento adecuado para acudir con peticiones personales, colectivas o de otra clase. Es un momento, repetimos, que debe ser dedicado a la glorificación del Señor en vez de pedir beneficios de Él.

 

Pablo habla también de la copa de la Cena como “la copa de bendición que bendecimos” (1.ª Corintios 10:16). Es una copa de acción de gracias y una fiesta de gozo y alegría. Nos conduce a ofrecer siempre a Dios “sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” (Hebreos 13:15). De esta manera, la Cena del Señor y la adoración están ciertamente vinculados. La Cena es el testimonio de su amor —amor que lo llevó hasta la muerte—  y de su obra consumada para nosotros. La virtud de esta obra es la que permite que pecadores como nosotros podamos acercarnos para adorar.

Si seguimos el ejemplo de la primitiva Iglesia, reuniéndonos cada primer día de la semana para el partimiento del pan, seguramente la Cena en memoria de Él será el centro de la reunión de adoración. Tal reunión ofrece a la Iglesia la gran oportunidad para adorar. La alabanza siempre debería subir de nuestro corazón al Señor, pero la ocasión especial para adorar y alabar es cuando nos reunimos ante los emblemas del amor de nuestro Salvador. El Espíritu de Dios entonces produce en nosotros ferviente alabanza y adoración.

 

¿Qué es la adoración?

 

Es necesario que entendamos esto claramente, porque «la adoración pública» para muchos incluye la oración, la alabanza y la predicación para la edificación de los santos o para la conversión de pecadores. Si uno lo piensa bien, verá que esto es incorrecto. Aun la oración —es decir, cuando pedimos a Dios lo que necesitamos— no es adoración. Predicar el Evangelio a los inconversos tampoco es adoración, aunque puede ser un medio para producirla en el corazón del oyente. Una predicación para la edificación de los creyentes tampoco es adoración, pero puede inclinar nuestro corazón a adorar.

Alguien ha dicho con acierto que «la adoración verdadera no es más que la respuesta a Dios de un corazón agradecido y gozoso, lleno del profundo sentido de las bendiciones que nos han sido comunicadas desde lo alto... Es el honor y la adoración dados a Dios por lo que Él es en sí mismo, así como por lo que Él es para los adoradores. La adoración es la actividad de los que están en el cielo, y es un privilegio bendito y precioso para nosotros los que estamos en la tierra... La adoración es un homenaje rendido en común, sea por los ángeles o por los hombres... Las alabanzas y las acciones de gracias, al igual que el hacer mención de los atributos de Dios y de sus obras constituyen lo que es, propiamente dicho, la adoración. Cuando adoramos, nos acercamos a Dios y nos dirigimos a Él» (J. N. Darby).

He aquí lo que de veras es la adoración. El significado de la voz griega «proskun», la cual se usa en la mayor parte del Nuevo Testamento, es «hacer reverencia u homenaje mediante postración», es decir, inclinarse uno mismo en adoración.

 

¿Cuál es la base de la adoración cristiana?

 

Esto lo encontraremos en Juan 4, donde tenemos la conversación del Señor con la mujer samaritana. En este capítulo tenemos lo que tal vez sea el mensaje más importante del Nuevo Testamento sobre la adoración durante esta época de la gracia. Allí habló el Señor de los verdaderos adoradores que adoran al Padre en espíritu y en verdad. Pero primeramente Él le dijo: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (v. 10).

 

En este versículo maravilloso, el Señor declara la necesaria base de la adoración cristiana. Las tres personas de la Trinidad están concernidas de una manera u otra. Dios revelado en gracia es el gran dador, la fuente de todo. Luego tenemos la persona del Hijo, presente en humillación entre los hombres en la tierra. Y en tercer lugar, el Hijo da a las almas sedientas el agua viva, el Espíritu Santo.

 

Todo esto es necesario para el verdadero carácter y el objetivo de la adoración cristiana. Dios tiene que ser conocido como el que se manifestó en la cruz en santidad y gracia. Es necesario conocer al Hijo como el que bajó hacia el hombre, con gracia y amor, para morir por los pecadores. También implica que el corazón haya sido despertado en sus verdaderos deseos y que, habiéndolos expuesto delante del Señor, haya recibido de Él el agua viva, el Espíritu Santo, como una fuente refrescante para su interior. Esto quiere decir que uno tiene que haber recibido a Cristo como su Salvador y, por lo tanto, ser nacido de Dios. El Espíritu Santo debe morar en su interior para que pueda adorar como un verdadero cristiano. El hombre natural, no regenerado, es incapaz de adorar a Dios. No tiene la capacidad para adorarlo porque es necesario que adore “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24). Sólo los que son lavados en la sangre de Cristo y han recibido al Espíritu Santo pueden acercarse y entrar en la presencia de Dios para adorarle. Nadie puede presentarse delante de Dios si no tiene la certidumbre de la remisión de sus pecados.

 

El Espíritu Santo es quien da al creyente la plena certidumbre de la eficacia de la obra de Cristo a nuestro favor. También nos muestra que somos aceptados delante de Dios en Cristo. Por el Espíritu Santo el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. Por el mismo Espíritu podemos llamar Padre nuestro a Dios y acercarnos a su presencia en el Lugar Santísimo como sus hijos redimidos y adorar al Padre sin temor ni temblor (Efesios 1:3-7; Romanos 5:5; Gálatas 4:6; Hebreos 10:19-22). El Espíritu Santo es el que origina en nosotros todos los pensamientos, afectos y sentimientos de amor y alabanza que proceden de nuestro corazón en respuesta al amor del Padre y del Hijo. Es el poder para la adoración cristiana. Por esta razón, nadie puede rendirla a Dios si el Espíritu Santo no mora en él.

 

Carácter de la adoración

 

Como hemos considerado la base de la adoración cristiana, podemos hablar ahora del carácter de la adoración. Si volvemos a Juan 4, leemos las palabras del Señor a la mujer samaritana: “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos” (v. 22). Qué verdadero es esto hoy para muchos que pretenden adorar a Dios: “Vosotros adoráis lo que no sabéis”. Para que haya adoración verdadera se precisa la inteligencia en cuanto a Dios y su salvación, como está revelada en Cristo Jesús. “Nosotros adoramos lo que sabemos”. Ésta es una de las primeras características de la adoración cristiana; hay inteligencia y conocimiento definido respecto a Aquel que es adorado.

 

El Señor continuó su explicación a la mujer samaritana: “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23, 24).

 

Éste es el carácter pleno y distintivo de la adoración cristiana. Dios es revelado como un Padre que busca hijos y que les hace aptos para que le adoren. Es un carácter de adoración enteramente nuevo en contraste directo con la antigua adoración del judaísmo, el que dejaba al adorador lejos de Dios con temor y temblor. En el cristianismo, el Padre sale con amor en busca de adoradores. Se presenta a ellos bajo el tierno nombre de Padre y los pone en una posición de proximidad y libertad delante de Él como hijos de su amor. Esto lo lleva a cabo por el Hijo y mediante la energía del Espíritu Santo.

 

En este período de la gracia, Dios es conocido por sus hijos bajo el carácter tierno y amante de un Padre, y como tal es adorado. Ésta es la posición del creyente más débil, y todo hijo de Dios es perfectamente competente para adorarle en espíritu y en verdad. El unigénito Hijo, el cual mora en el seno del Padre, es quien nos revela al Padre como Él mismo lo ha conocido. El Espíritu Santo derrama el amor de Dios en nuestros corazones. Por consiguiente, adoramos a nuestro Padre como el Hijo lo ha revelado y según el poder y afectos inspirados dentro de nosotros por el Espíritu Santo.

 

Encontramos otra característica en cuanto a la adoración cristiana. Es necesario que adoremos a Dios “en espíritu y en verdad” porque Él es Espíritu. «Adorar en espíritu es adorar según la verdadera naturaleza de Dios y por el poder de aquella comunión, el cual nos es dado por el Espíritu de Dios. La adoración espiritual está, por lo tanto, en contraste con las formas y ceremonias y toda la religiosidad de que la carne es capaz. Adorar “en verdad” es adorarle según la revelación que Él ha dado de sí mismo» (J. N. Darby).

Siendo que Dios es Espíritu, lo único que Él acepta es una adoración espiritual. Es necesario que sus adoradores le adoren en espíritu y en verdad (Juan 4:24). Es una necesidad moral que brota de su naturaleza. Él nos ha provisto abundantemente de esta capacidad, puesto que la vida nueva de la que gozamos es por el Espíritu; por lo tanto, es una vida espiritual y no de la carne. Vivimos por el Espíritu, andamos por el Espíritu y “adoramos a Dios en espíritu, y nos gloriamos en Cristo Jesús, y no ponemos confianza alguna en la carne” (Filipenses 3:3 — V. M.). Así la adoración cristiana es la expresión de la nueva vida interior, la que encuentra su energía y poder en el Espíritu Santo. Esto desecha todas las fórmulas humanas establecidas, así como las ceremonias espectaculares y los ritos. Adorar en espíritu y en verdad excluye todo esto. La carne y la voluntad humana son las que originan tales cosas, pero la energía de la carne no tiene ningún lugar en la adoración dispensada a Dios.

 

El lugar de la adoración

 

Ahora consideremos el lugar de adoración del creyente. Está indicado claramente en la epístola a los Hebreos. En el capítulo 10:19-22 leemos: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos...”. Aquí vemos que por la sangre de Jesús, estando el velo rasgado y teniendo el gran Sacerdote sobre la casa de Dios, tenemos la libertad y confianza para entrar en el Lugar Santísimo a fin de rendir nuestra adoración. Nuestro lugar de adoración, por lo tanto, está en la presencia inmediata de Dios. Allí Él está sentado en su trono. Nos ha dado el derecho de entrar a su presencia en todo tiempo, gracias a la preciosa sangre de Cristo. Éste es nuestro santuario, al cual nos acercamos juntamente con otros, cuando nos reunimos alrededor del Señor para adorar y alabar.

 

Debemos añadir que el Hijo, nuestro Señor Jesucristo, es, al igual que el Padre, el objeto de adoración, porque todos los hombres tendrían que honrar al Hijo “como honran al Padre. El que no honra al hijo, no honra al Padre que le envió” (Juan 5:23).

 

Las siguientes palabras nos dan una buena imagen de la adoración cristiana: «En una palabra, podemos decir que la adoración cristiana tiene seis características notables:

 

1. Su fuente: una redención consumada.

2. Su objeto: Dios el Padre y Dios el Hijo.

3. Su lugar: la presencia de Dios.

4. Su poder: el Espíritu Santo.

5. Su material: las verdades plenamente reveladas en la Palabra de Dios.

6. Su duración: la eternidad».

(S. Ridout, adaptado)

 

Puede ser necesario que aquí reafirmemos lo antes mencionado, es decir, que todos los creyentes son sacerdotes y tienen privilegios iguales e igual acceso a Dios “para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1.ª Pedro 2:5, 9). Para la adoración verdadera, entonces, debemos reunirnos sencillamente como creyentes, sabiendo que todos somos sacerdotes competentes para ofrecer adoración. Debemos dar libertad al Espíritu de Dios para que Él use a quien desee a fin de elevar las alabanzas de la asamblea reunida. Puede ser que use uno o seis o doce para expresar alabanzas de conformidad con sus pensamientos.

 

En 1.ª Corintios 14:15-19, 24 tenemos una expresión completa de lo que Dios desea para la adoración y para las reuniones de Asamblea. Este pasaje nos exhorta a orar con el espíritu y con el entendimiento; a cantar con el espíritu y con el entendimiento; a bendecir con el espíritu; a dar las gracias, profetizar y hablar en la Iglesia. Tales eran las actividades en las cuales el Espíritu Santo dirigía a los primeros cristianos cuando se reunían. De igual forma nos dirigirá hoy en día. Hará que alabemos el nombre de Dios “con cántico” y que lo exaltemos “con alabanza” (Salmo 69:30).

 

Nótese que ni aquí, en esta descripción inspirada de una congregación cristiana (1.ª Corintios 14), ni en los Hechos, ni en las epístolas, leemos algo sobre el hecho de tocar un instrumento como parte del servicio de adoración. La música instrumental está fuera de lugar en tal reunión y es contraria al espíritu y al carácter de la asamblea así reunida. Nuestro propósito durante esos momentos no es satisfacer nuestros sentidos o alentar nuestra naturaleza caída; ni es complacer a los de fuera con sonidos amenos, sino presentar a Dios lo que a Él le agrada, lo que fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Éstos son aceptables y agradables a Dios: los salmos, los himnos y los cánticos espirituales. “Cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Efesios 5:19). Y, como se expresa en Colosenses 3:16, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor... «Al fin y al cabo, ningún instrumento puede igualar en efecto a la voz humana»; así dijo Haydn, un célebre compositor. En Israel, pueblo terrenal, el uso de la música instrumental tuvo su lugar apropiado. En cambio, en la Iglesia, Cuerpo celestial, todo ha de ser acorde con la voluntad del Espíritu Santo.

 

La reverencia y la adoración

 

Es evidente que la reverencia debe acompañar a un verdadero espíritu de adoración. Como entramos en el Lugar Santísimo, nuestra alma debería estar llena de reverencia y santo temor, como corresponde a la presencia de Dios. Si consideramos en las Escrituras los ejemplos de adoradores, encontramos que los santos de todas las edades tuvieron el cuidado de expresarse con reverencia delante de Dios, aun en su postura, cuando adoraban y oraban. Abraham se postró sobre su rostro delante del Señor (Génesis 17:3). Moisés bajó la cabeza hacia el suelo y adoró (Éxodo 34:8). Los levitas llamaron al pueblo: “Levantaos, bendecid a Jehová vuestro Dios” (Nehemías 9:5). Los magos se postraron y adoraron al niño Jesús, y el leproso, a quien el Señor había sanado, “se postró rostro en tierra a sus pies” (Lucas 17:16). Tomar una postura de descanso corporal e indiferencia durante la alabanza o la oración (a menos que una limitación física impida tomar una postura correcta) ciertamente no expresa reverencia delante del Señor.

 

Deseamos llamar la atención sobre el hecho de que el sacrificio de la ofrenda se relaciona con el sacrificio de alabanza en Hebreos 13:15, 16. “De tales sacrificios se agrada Dios”. Así también en Deuteronomio 26:1, 2, 10 vemos que la ofrenda del diezmo se menciona en conexión con la canasta de primicias que se llevaba al Señor como adoración. En 1.ª Corintios 16:1, 2 el apóstol nos dice, tocante a la ofrenda para los santos, que “cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado”. A la luz de este versículo parece conveniente que en la reunión de adoración traigamos nuestras ofrendas materiales para la obra del Señor. Esta ocasión es la más adecuada para hacer la colecta destinada a la obra del Señor, las necesidades de los pobres, etc. Así es que en su Mesa tenemos el privilegio de rendirle sacrificios de alabanza y sacrificios de nuestros bienes materiales, todo con espíritu de adoración.

 

Ojalá que sea afinado nuestro corazón para cantar Sus alabanzas y para ofrecer una verdadera adoración cristiana en espíritu y en verdad. Ojalá que andemos con el Señor durante la semana, de tal manera que nuestra canasta esté llena de alabanzas al reunirnos el primer día de la semana; que nuestro corazón rebose con adoración en Su presencia; que podamos decir, como la novia en el Cantar de los Cantares: “A nuestras puertas hay toda suerte de dulces frutas, nuevas y añejas, que para ti, oh amado mío, he guardado” (Cantares 7:13).

 

R. K. Campbell

 

(Derechos reservados, Ediciones Bíblicas, el libro completo puede solicitarse a Ediciones bíblicas: Le Chêne, 1166 Perroy (Suiza) 

 


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