OFENSAS PERSONALES

 

 

 

 

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:5).

 

En este pasaje el Señor nos da instrucciones en cuanto a la actitud correcta que debe asumirse cuando un hermano ofende a otro. Muestra también la disciplina que ha de ejercerse con tal persona si todos los esfuerzos para ganarla y restaurarla han fracasado. Pero antes de abordar las instrucciones de Mateo 18, debemos notar brevemente lo que dijo el Señor a los discípulos en los versículos anteriores a esta porción.

 

El espíritu y los caracteres morales que convienen

 

El Señor muestra aquí cuáles son las cualidades morales y el espíritu que han de caracterizar a los ciudadanos del reino de los cielos. Primeramente, Jesús puso un niño en medio de ellos como ejemplo. Por medio de ese niño les enseñó mansedumbre, humildad y pequeñez a sus propios ojos. Los instruyó en el sentido de que la verdadera grandeza consiste en humillarse como un pequeño niño. Les mostró cuánto aprecio tenía por uno de esos pequeños que creían en él, y qué serio era a sus ojos que hicieran tropezar a uno de esos niños. Les enseñó luego la obligación de guardarse de todo aquello que fuera un tropiezo para sí mismos o para los demás. Les expuso la importancia de juzgar todo aquello que en nosotros mismos fuese motivo de ofensa para los demás.

 

Seguidamente les mostró en qué consiste el espíritu de la gracia salvadora cuando comparó Su misión con la de un pastor que va en busca de la oveja descarriada. Les hizo saber cuánto aprecio tiene el Padre para cada niño y les mostró que no es el deseo de Dios que ninguno de Sus pequeños se pierda. Se esforzó en inspirarles con un espíritu de humildad y dependencia. Les habló del espíritu de amor tierno y de la gracia que busca a las almas necesitadas; de tal amor y de tal gracia que se ven a través del Padre y de Él mismo. El Señor luego aplica todo esto al comportamiento práctico que los discípulos han de tener unos con otros. Es como si les dijese: «Quiero que ahora seáis los canales de mi amor y de mi gracia, que van en busca de las almas necesitadas; de la gracia que hará que me interese en los extraviados y descarriados para volverlos a la senda recta.»

 

Sus discípulos tenían que ser severos con cualquier tipo de pecado en sí mismos, pero hacia los demás debían mostrarse amorosos, clementes y considerados. Éste es el contexto de los versículos sobre las ofensas personales, el que nos prepara para examinar las instrucciones del Señor sobre este tema.

 

Lo primero que hay que hacer

 

Una vez que verificamos la existencia de la ofensa (cuando estoy seguro de que mi hermano ha pecado contra mí, y no se trata de una mera sospecha o comentario que se ha hecho por terceros), entonces el primer paso es “ve y repréndele estando tú y él solos”. Ésta es la primera medida que el Señor dijo que tenía que tomar el ofendido. Citamos aquí las oportunas palabras de William Kelly al respecto:

 

«Supongamos que tu hermano te hace daño; puede tratarse tal vez de una mala palabra o de una acción poco amable hacia ti; en fin, algo que sientes profundamente como un verdadero pecado personal contra ti. Naturalmente que se trata de un pecado. Es probable que nadie más lo sepa, excepto tú y él. ¿Qué se debe hacer? Inmediatamente se aplica este gran principio: Cuando tú estabas arruinado y lejos de Dios, ¿acaso Él esperó que tú mismo quitaras tu propio pecado para así tratar tu caso? Al contrario, Dios envió a su propio Hijo a buscarte y a salvarte. “El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” Éste es el principio sobre el cual debes actuar.

 

Tú perteneces a Dios: eres un hijo de Dios. Tu hermano ¿te ha hecho mal? Pues ve a él y procura que rectifique sus pasos. Ésta es la actividad de amor que el Señor espera de sus discípulos. Hemos de buscar, en el poder del amor divino, la liberación de aquellos que se han descarriado de Dios. La carne siente el agravio y queda resentida ante el mal causado contra ella. Pero la gracia no se oculta tras su propia dignidad, aguardando que el ofensor venga, se humille y reconozca su mal. El Hijo del Hombre vino a buscar a los perdidos. «Quiero —dice el Señor—, que andes según el mismo principio, que seas canal del mismo amor; que estés caracterizado por la gracia, por esa gracia que va en busca de aquel que ha pecado contra Dios.»

 

Hacer esto implica una gran dificultad, a menos que el alma esté en su primer amor hacia Dios, gozándose en lo que Dios ha hecho por ella. ¿Qué sentirá Dios respecto de un hijo que ha hecho mal? Su deseo amoroso es que su hijo goce de un estado de rectitud, y cuando su hijo está lo suficientemente cerca del Padre para conocer su corazón, puede salir para hacer Su voluntad. Puede ser que un mal se haya hecho contra él, pero no piensa en ello ni le da importancia. Aquí lo que importa es que su hermano es quien cayó en el mal, y el deseo de su corazón es que su hermano, quien se extravió, rectifique su error, no para que el ofendido se sienta vindicado o desagraviado, sino únicamente para que el alma del ofensor pueda ser restaurada para el Señor.

 

No puede permitir que otro lo sepa, ya que no es el caso de un pecado conocido por muchos, sino de una ofensa personal conocida solamente por las dos personas implicadas. Ve, pues, a él y dile su falta estando tú y él solos. “Si te oyere, has ganado a tu hermano”. El amor se empeña en ganar a su hermano. Tal es la actitud de aquel que entiende y siente tal como Cristo. No es el ofensor el que constituye el pensamiento ante el corazón, sino “tu hermano”, y el objetivo es ganarlo. Esto de ir “a él y decirle su falta estando tú y él solos”, será algo, sin duda, muy contrario a la carne, la que siempre exige que el transgresor sea quien venga primero y se humille. En efecto, así obra la carne, y a veces puede hasta hacer que uno no se moleste en cuanto al que nos ha ofendido, respecto a llamarle la atención. Por el contrario, lo dejamos que vaya de mal en peor mientras echamos mano de un arma muy carnal: la indiferencia. El amor busca el bien del otro, incluso el de una persona que nos ha hecho mal» (W. Kelly, Lectures on the Gospel of Matthew).

 

El curso natural —el de nuestra carne— es evitar al ofensor y no decirle nada de su falta. Sin embargo, sí estamos siempre dispuestos a descubrir esas faltas cometidas contra nosotros a los demás. Puede darse el caso también de que uno resuelva soportar la injuria con longanimidad, procurando olvidar el asunto o haciendo la vista gorda de él. Este proceder, a primera vista, puede parecer loable, y hasta un acto de gracia. Sin embargo, el error de esta acción consiste en que se pierde de vista la condición espiritual del ofensor. Por lo tanto, ésta tampoco puede ser una manera de actuar aprobada por el Señor. Agreguemos también que el hecho de mantenernos a distancia de la persona que nos ha ofendido, dejará sembrado un resentimiento en el corazón. El amor no está en reposo mientras sabe que la conciencia del hermano extraviado está manchada. Levítico 19:17-18 reza: “Razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

 

 

¿Es suficiente arreglar las cosas mediante una carta?

 

El Señor no dice: «Ve y escríbele una nota.» No; sino que dice: “Ve y repréndele”. El hecho de escribir y mandar una carta que hasta quizás uno crea que sea buena y fiel, puede que evite herir los sentimientos del otro y satisfaga el orgullo, pero no obrará la bendición de una restauración como es el caso cuando hablamos cara a cara con amor. Mucho daño se ha causado en el pueblo de Dios con tales cartas, las cuales han llegado a desplazar el contacto personal cuando éste hubiera sido preferible y aun posible. Tales cartas no figuran en las instrucciones que el Señor ha dado para estos casos.

 

Ningún comentario a terceros, sino “estando tú y él solos

 

La palabra original vertida “repréndele”, en griego es elencho, y quiere decir «exponer (cf. el v. 13, donde aparece la misma palabra), poner en evidencia a fin de convencerle de forma certera de su falta». El Señor manda a ir al hermano y demostrarle cómo erró y pecó. Esto tiene que hacerse “estando tú y el solos”. Sin embargo, ¡qué lástima que lo más común sea tratar estas ofensas personales en público en vez de discutirlas en privado! A menudo el caso va de boca en boca y llega hasta tergiversarse o exagerarse antes de llegar a oídos del ofensor. El triste resultado de esto no puede ser otro que el resentimiento, el cual provocará que el ofensor se aleje aún más, cuando en realidad debíamos haberlo ganado, reconciliado y restaurado. Movidos por nuestro amor propio, nos parece mejor contar a otros cómo nos han agraviado, buscando especialmente la simpatía de aquellos que nos escuchan. Hablamos de qué tan mal se nos trató y otras cosas parecidas dando por sentado que nos darán la razón, en vez de ir privadamente a ganar a aquel que nos causó una injusticia. Éste no es el espíritu de Cristo ni manifiesta obediencia a la Palabra de Dios. Se trata más bien de otra forma de la misma carne que obró en el hermano que nos ofendió.

 

El objetivo es “ganar” al hermano

 

“Si te oyere, has ganado a tu hermano.” El amor siempre procura ganar al hermano, y evita el exculparse o reivindicarse a sí mismo. El pensamiento del corazón debe ser «ganar a mi hermano» y nunca «a un ofensor». El Señor les había hablado a los discípulos del gozo que sintió el pastor cuando halló la oveja descarriada (v. 13), lo que muestra que el deleite del corazón de Cristo consistía en la recuperación de los descarriados. Tal debería ser nuestro propósito y deleite también. Pero, como otro bien observó:

 

«Esto de ir para “ganarle” seguramente hará ejercitar mi alma profundamente. Si, con verdadero amor hacia él, he resuelto firmemente su restauración de una manera justa, ¡qué piadosa vigilancia y qué cuidado obrarán en mí! ¡Con qué seriedad y con qué ferviente deseo rogaré a Dios por él! Cuando un pájaro ha escapado de su jaula, cualquier  mano ruda o cualquier voz discordante puede alejarlo aún más, pero ¡qué gran cuidado y precaución ha de tener uno que realmente desea traerlo de nuevo al lugar donde está su comida y su abrigo! Si la misión para con mi hermano fuera solamente causarle dolor, mi objetivo podría fácilmente cumplirse sin ningún ejercicio de corazón; pero si, en cambio, mi propósito es ganarlo, la gracia entonces tiene que obrar tanto en él como en mí» (George Cutting, Brotherly Care and Personal Trespass, Matthew 18).

 

Es bueno notar que nada se dice aquí de resarcir, compensar o reparar el daño causado a uno. El Señor no dice: «Si te oyere, todo el daño que te causó será rectificado», sino: “Has ganado a tu hermano.” No hay duda de que si la gracia realmente obra en su corazón y si de verdad es ganado, uno de los frutos más inmediatos será un verdadero deseo de enmendar el mal o la injuria de la cual ha sido culpable. Pero conseguir que el otro se rectifique no ha de ser el motivo que nos impulse a ir a él. Dejemos, pues, nuestras heridas con el Señor y busquemos la bendición para nuestro hermano.

 

R. K. Campbell (The Church of the Living God)

 

(Continuará)

 


 

 

El cuidado fraternal y las ofensas personales

 

Mateo 18

 

George Cutting

 

 

 

La pregunta hecha por los discípulos en el primer versículo de este capítulo llevó al Señor a hablar del estado moral que conviene a ese reino. Como modelo apropiado del espíritu que Dios buscaba en aquellos que pertenecían a este reino, el Señor colocó en medio de ellos a un pequeño niño, y, en respuesta a su pregunta, dijo: “Cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos” (v. 4). Mansedumbre y humildad, pequeñez a nuestros propios ojos, cualquiera sea nuestra insignificancia a los ojos de los hombres, equivalía a lo que verdaderamente era grande a los ojos de Dios. “Tu benignidad” —dijo David— me ha engrandecido” (Salmo 18:35). Los versículos 10 a 14 nos dan los pensamientos del Señor en cuanto a estos pequeños, y sus palabras consumen a aquellos que los hagan tropezar. De hecho, el “ay” que él pronuncia contra aquel que lo había de entregar es expresado casi en el mismo lenguaje que el que pronunció sobre aquellos que “ofenderían” a sus pequeños. Del uno dice: “¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado!”; y de los otros: “ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!” (Mateo 26:24; 18:7). ¡Qué continuos cuidados, pues, debemos tener nosotros mismos, para no hacer nada, incluso involuntariamente, que pudiese hacer tropezar, o aun desalentar, al más débil de los Suyos!                                                                                                                                             

Algo digno de notar es que las ofensas personales entre un hermano y otro es el primer elemento perturbador mencionado en la Escritura en relación con la reunión de los santos al nombre del Señor Jesús, quien aquí procede a establecer de la manera más simple y explícita cuál debe ser nuestra línea de conducta bajo tales circunstancias. Consideremos con cuidado estas importantes comunicaciones. Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele (lit.: convéncele, redargúyele) estando tú y él solos” (Mateo 18:15). Nótese bien que, en primer lugar, no se debe pasar por alto la falta ni tomársela a la ligera; por eso dice: “ve y repréndele” (lit.: convéncele, redargúyele). En el evangelio de Lucas, el lenguaje, si vemos el griego, es aún más fuerte: “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale” (Lucas 17:3). La inclinación natural es tratar de eludir al hermano, y no decirle nada acerca de su ofensa; otro curso que tendemos a seguir es tomar la determinación en nuestras propias mentes de soportar el daño ocasionado con longanimidad hacia el ofensor, y, como se expresa a veces, «tratar de vivir así hasta que se borre o se olvide con el tiempo». Tal actitud podría parecer a primera vista muy plausible y loable, y tiene evidentemente una apariencia de gracia de mi parte; pero tiene el defecto de omitir un punto de consideración sumamente importante, a saber: la condición espiritual de mi hermano que me ofende; y quienquiera que obre así, debe saber que ésa no es ciertamente la manera que el Señor quiere que tratemos el asunto. Además, mantenerme alejado de mi hermano puede dejar sembrada una herida sangrante de resentimiento en mi propio corazón; y aunque no lo hiciera, ¿sería capaz de estar tranquilo sabiendo que mi hermano descarriado se halla con esta mancha?

 

Levítico 19:17-18 establece “No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado. No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo.” Debo ir a mi hermano, y exponer claramente ante él su falta; porque si verdaderamente ha de ser recuperado, debe serlo con el ejercicio de conciencia, y con el juicio de este estado delante de Dios. “Ve y hazle ver su falta o redargúyelo” son palabras que no pueden prestarse al equívoco. No pueden significar: «Ve y escríbele una nota.» No; sino que dice: “Ve y redargúyele”. ¡Ay, quién podría medir el daño que se ha causado dentro del pueblo de Dios por este tipo de acciones, ya por desconocimiento del pensamiento del Señor sobre tales asuntos, ya por la debilidad de no poder actuar sobre la base de Sus palabras cuando éstas se conocen perfectamente!. Enviar lo que a mi juicio puede parecer una carta muy fiel, puede tanto mitigar mi resentimiento como satisfacer mi orgullo; pero aquel que nos conoce profundamente, mucho más que nosotros mismos, dice simplemente: “Ve y dile su falta.”

                                                                                                                                                  

¡De nuevo vemos qué gracia y sabiduría contienen las breves palabras siguientes: “estando tú y él solos”! Sin embargo, ¿no es acaso algo demasiado común discutir ofensas personales más en público que en privado? Quizás haya algún hermano de quien sabemos que no se halla en los términos más amistosos con aquel que nos ha ofendido. No cabe casi ninguna duda de que este hermano (es decir, el hermano a quien nos acabamos de referir) tendrá un oído dispuesto a escuchar nuestra versión de los daños que nos causaron; y el peligro estriba en el hecho de que, por nuestro egoísmo, acudimos a él, cuando en realidad, si considerásemos el bienestar de su alma, él sería la persona menos indicada en la asamblea para contarle una cosa de esa naturaleza. Pero a nosotros nos satisface más compartir la historia de nuestro agravio con quienes más simpatizamos y están más dispuestos a compadecerse de nosotros y a decirnos qué tan injusta y vergonzosamente nos han tratado, y cosas similares, que ir e intentar “ganar” a aquel que ha obrado injustamente con nosotros. ¿Cómo es posible esto? Mucho es de temer que no estemos profundamente dolidos de poder infligir un castigo a nuestro hermano rebajándolo ante la estima de los demás. Pero ¿es obediencia a la Palabra de Dios actuar de este modo? ¿Es éste el espíritu de Cristo? ¿No es esto más bien tan sólo otra forma —aunque más sutil— de manifestación de la misma carne que actuó en nuestro hermano cuando cometió la falta?

                                                                                                                                                  

A continuación viene una expresión de la mayor importancia para nosotros: “si te oyere, has ganado a tu hermano”. ¿No nos permite esto adentrarnos en el secreto de por qué debo decirle a mi hermano su falta, y por qué ello debe tener lugar únicamente entre él y yo solos? Es para “ganar” a mi hermano. Momentos antes (v. 12), el Señor acababa de hablar de su propia búsqueda de la oveja perdida entre los montes, y de su gozo cuando la oveja descarriada fue vuelta a su lugar; y ello, sin duda, a fin de que veamos el valor que él puso sobre uno de los suyos, y para que aprendamos a actuar hacia ellos de acuerdo con esa manera. Nótese que nada se dice aquí de resarcir o compensar al otro por mis males. El Señor no dice: «si te oyere, todos los daños causados fuesen enmendados», sino que dice: “si te oyere, has ganado a tu hermano”. No caben dudas de que si la gracia realmente obra en él, si realmente es “ganado”, uno de los primeros frutos de ello será un ardiente deseo por reparar el daño ocasionado; pero el hecho de asegurarme tal cosa no debe ser el motivo que me incite a ir a él. Dejemos nuestros males con el Señor, y busquemos la bendición del hermano.

 

Pero esto de ir para “ganarle” seguramente hará ejercitar mi alma profundamente. Si, con verdadero amor hacia él, he resuelto firmemente su restauración de una manera justa, ¡qué piadosa vigilancia y qué cuidado obrarán en mí! ¡Con qué seriedad y con qué ferviente deseo rogaré a Dios por él! Cuando un pájaro ha escapado de su jaula, cualquier  mano ruda o cualquier voz discordante puede alejarlo aún más, pero ¡qué gran cuidado y precaución ha de tener uno que realmente desea traerlo de nuevo al lugar donde está su comida y su abrigo! Si la misión para con mi hermano fuera solamente causarle dolor, mi objetivo podría fácilmente cumplirse sin ningún ejercicio de corazón; pero si, en cambio, mi propósito es ganarlo, la gracia entonces tiene que obrar tanto en él como en mí.

George Cutting (Brotherly Care and Personal Trespass, Matthew 18)

(Continuará)


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