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ALGUNOS PRINCIPIOS BÁSICOS SOBRE LA ASAMBLEA F.
B. Hole |
CONTENIDO
1.
INTRODUCCIÓN
2. ¿EN QUÉ TERRENO DEBEMOS CONGREGARNOS?
3. BREVES NOTAS SOBRE CUESTIONES RELATIVAS A UN «CÍRCULO
DE REUNIONES»
4. ¿ELITISMO O EL TERRENO
APROBADO POR DIOS?
5. OBSERVACIONES FINALES
1. INTRODUCCIÓN
La verdad de la Iglesia tal como la
Escritura la presenta, se perdió de vista poco después de la muerte de los
apóstoles. Por la gracia de Dios, fue recuperada a principios del siglo XIX a través
del ministerio de creyentes fieles. Sin embargo, debemos ser conscientes del
hecho de que Satanás hará siempre todos los esfuerzos posibles para impedirlo.
Por lo tanto, cada nueva generación de creyentes deberá esforzarse por adquirir
la verdad de la Iglesia por cuenta propia.
«Algunos principios básicos sobre la
Asamblea» de F. B. Hole es una ayuda valiosa para que
particularmente los creyentes jóvenes entiendan este importante tema del Nuevo
Testamento. Es un enfoque simple, conciso y claro de la verdad de la Asamblea y
de la verdadera Iglesia de Dios compuesta de todos los creyentes de esta época
o dispensación. Aclara también expresiones tales como «el círculo de
reuniones» (o «el círculo de comunión»), que raramente se explican de manera
tan sencilla y detallada a la luz de la verdad de la Asamblea.
Frank Binford Hole nació en Inglaterra
en 1874. Durante muchos años antes de su muerte, ocurrida en 1964, fue un muy
conocido, querido y respetado maestro de la Biblia entre las asambleas
inglesas. Durante su vida, escribió cierto número de escritos de entre los
cuales «Una salvación tan grande» probablemente sea el más conocido.
«Algunos principios básicos sobre la
Asamblea» de F. B. Hole vio la luz por primera vez
alrededor del año 1920, en un tiempo de fuertes tendencias sectarias entre
ciertas asambleas. Esto explica por qué el autor escribió particularmente
acerca de este peligro al final de la obra. Pero también era consciente del
peligro de la independencia eclesiástica, el cual parece amenazar al querido
pueblo de Dios, particularmente en nuestros días. De acuerdo con la exhortación
de Deuteronomio 5:32, etc. de “no apartarse a diestra ni a siniestra”, este
escrito muestra los peligros de ambos lados y nos ayuda a seguir el camino
según la Escritura.
Cada uno debería leer este escrito con
la Biblia abierta, y siguiendo las referencias bíblicas indicadas. Los
pensamientos aquí vertidos ―cada cual lo puede corroborar― no son
meras ideas u opiniones personales de F. B. Hole ni
nuestras acerca de la Biblia, sino la clara exposición de la verdad de las
Escrituras, la que sólo puede obtenerse asegurándose de que todo lo que leemos
esté sólidamente fundado en la Palabra del Dios.
Los términos «iglesia» y «asamblea»
son equivalentes. Por esta razón, se emplearán de manera indistinta. El de
«asamblea» tiene la ventaja de recordar directamente su significado, a menudo
perdido de vista con la palabra «iglesia». Por otro lado, este último término
puede prestarse al equívoco, por cuanto es reivindicado por denominaciones
religiosas particulares.
Quiera el Señor, en su gracia,
utilizar esta edición en español de «Algunos principios básicos sobre la
Asamblea» de F. B. Hole para la edificación y el
fortalecimiento de su pueblo en estos tiempos difíciles, en los que tanta
confusión se produjo a través de publicaciones que oscurecen la verdad de la
Iglesia, revelada en el Nuevo Testamento. Ponemos en manos del lector hispano
esta pequeña obra, rogando en nuestros corazones que el Espíritu Santo la
utilice para glorificar al Señor Jesús, quien se dio a sí mismo por su Iglesia.
Marzo de 2007 La redacción
Esta pregunta fue muy importante para muchos
cristianos del siglo XIX. Al mismo tiempo, las porciones de la Palabra de Dios
que nos revelan Sus pensamientos y propósitos acerca de la Iglesia les
resultaron notablemente claras, y ellos simplemente obedecieron las verdades que descubrieron. Pero como resultado del
fracaso que caracteriza todo aquello que es encomendado a la responsabilidad
del hombre, muchos fueron perdiendo de vista un gran número de estas verdades
del principio. En consecuencia, hoy día se plantea la misma pregunta con
redoblada urgencia. En las líneas que siguen, intentaremos, pues, dar respuesta
nuevamente a esta cuestión.
Nuestra respuesta debe ser todavía la misma que
la que se dio al principio: Debemos reunirnos sobre el terreno de toda la
verdad revelada en cuanto a la Iglesia de Dios, ya sea que la consideremos en
su aspecto universal o en su aspecto local. Éstas son palabras fáciles de leer,
pero no tan fáciles de poner en práctica. Por eso, nos proponemos investigar el
asunto paso a paso, dividiendo los diversos puntos a tratar en secciones
claramente diferenciadas.
CAPÍTULO 1
Dios nos revela verdades a fin de que las obedezcamos.
Dios no nos revela verdades para satisfacer
nuestra curiosidad, ni para darnos temas de discusión ni tan siquiera para
iluminar nuestras mentes, sino para que, una vez que hayamos sido iluminados, obedezcamos lo que hemos aprendido. Si
el Evangelio es predicado, lo es “para la obediencia
a la fe” (Romanos 1:5). Si el misterio de la Iglesia es revelado, lo es “para
que obedezcan a la fe” (Romanos 16:26). Si los creyentes, tras haber comenzado
la carrera de la gracia, se vuelven
a la ley, la pregunta es: “¿Quién os estorbó para no obedecer a la verdad?”
(Gálatas 5:7).
Este hecho merece que lo tratemos de manera
solemne. Podemos entender así porqué nuestro Señor dijo: “Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene,
se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará”
(Lucas 8:18). La mayoría de nosotros experimenta gran gozo cuando la verdad de
las Escrituras se va abriendo ante nuestras mentes y nuestro conocimiento
aumenta; pero ese regocijo tan desbordante se torna en un ejercicio sereno y
profundo cuando nos enfrentamos con la responsabilidad de una marcha que
expresa la verdad en la práctica. La verdad puede traer un sabor dulce como la
miel a nuestra boca, pero una vez que la hemos digerido, sentimos el poder e
incluso la amargura de ella (Apocalipsis 10:9-10).
CAPÍTULO 2
Una parte considerable de la verdad de Dios trata sobre la Iglesia
de Dios, y nosotros debemos obedecer esta parte de la misma manera que
obedecemos todas las demás partes de la Biblia.
Muchas verdades bíblicas tratan de nosotros como
individuos, y en muchas relaciones nos hallamos en esa posición individual,
pero no solos. Por ejemplo, cada uno de nosotros es un hijo de Dios, pero
también somos parte de la familia de Dios. Llegó el tiempo en los caminos de
Dios cuando todos sus hijos fueron traídos a una nueva unidad. Es lo que Caifás, sin saberlo, proféticamente anunció. Él “profetizó
que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino
también para congregar en uno a los
hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:51-52). Esta congregación tuvo
lugar mediante la venida del Espíritu Santo poco después de la ascensión de
Jesús (Hechos 1 y 2).
Entonces se formó así la Iglesia de Dios. Todos
nosotros, los verdaderos creyentes, fuimos introducidos en ella por la
recepción del Espíritu Santo de Dios, y fuimos hechos miembros del cuerpo de
Cristo, ya sea que lo comprendamos o no. Las epístolas del Nuevo Testamento nos
revelan el llamamiento, los privilegios, el orden y nuestras responsabilidades
en relación con ella. Ese llamamiento, aquellos principios, su orden y sus
responsabilidades deben hallar una respuesta de parte de cada creyente de una
manera práctica. Ninguna epístola es
simplemente una exposición teórica de verdad. Cada epístola aplica la verdad que expone y la hace
ver claramente de una manera práctica. En algunos casos, es mucho más lo que se
dice por vía de instrucción práctica a la luz de la verdad que mediante la
presentación de la verdad misma.
Todos nosotros somos parte de este maravilloso
conjunto: la Iglesia de Dios. En consecuencia, debemos procurar diligentemente
aprender acerca de aquello a lo cual pertenecemos, y luego obedecer la verdad
referente a ello.
CAPÍTULO 3
No precisamos acudir a ninguna otra fuente que se halle fuera de
la Biblia en busca de ningún detalle de la verdad que demanda nuestra
obediencia. Toda la verdad se encuentra solamente en las Escrituras
Al margen de lo que puedan decir algunas
«iglesias», la Biblia dice que “toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil
para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin
de que el hombre de Dios sea perfecto,
enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). La Biblia
es plenamente suficiente para perfeccionar (equipar por completo) incluso a
creyentes que son tan avanzados espiritualmente que son llamados “hombres de
Dios”. Si el versículo se hubiera detenido en el perfeccionamiento del hombre
de Dios, los hombres habrían podido argüir que las Escrituras perfeccionan sólo
en las doctrinas generales pero no en los detalles de la conducta práctica.
Pero no es así. La Escritura equipa completamente al hombre de Dios en todo
detalle “para toda buena obra”.
Incluye toda obra que Dios califica como “buena”.
Esto es muy importante porque algunos quisieran
establecer normas para la Iglesia de Dios que van más allá de lo que está
escrito en la Palabra de Dios. Pero incluso un amor que implique amar más que el amor que se ordena en la
Escritura, o una santidad más santa
que la santidad que se manda en la Escritura, no es ni verdadero amor ni
verdadera santidad.
CAPÍTULO 4
La verdad bíblica en cuanto a la Iglesia de Dios está constituida
principalmente por dos encabezamientos: El Cuerpo de Cristo y la Casa de Dios.
El primero de estos dos encabezamientos es una
idea que pertenece exclusivamente al Nuevo Testamento. El segundo tiene un
lugar en el Antiguo Testamento. La primera mención de la casa de Dios se
encuentra en Génesis 28:17, si bien esa casa no fue establecida siquiera en
forma típica (esto es, como una figura) entre los hombres en la tierra hasta
que la redención fuera cumplida en forma de tipo (Éxodo 15:13; 25:8).
Desde el momento que los hijos de Israel fueron
redimidos como nación, la casa de Dios se erigió en medio de ellos, y cuando la
casa dejó de estar en medio de ellos, su existencia nacional cesó. Más tarde
—poco antes que los ejércitos romanos destruyesen la casa de Dios (el templo)
en lo alto del monte Moriah en Jerusalén en el año 70
d. C.— Dios formó su casa de una manera completamente
diferente. Los creyentes en Cristo que recibieron el Espíritu Santo, vinieron a
ser piedras vivas, “edificados como casa
espiritual” (1 Pedro 2:5). Todos ellos —tanto judíos como gentiles— fueron
“juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:22).
La casa de Dios en el presente entraña una
cercanía a Dios y una intimidad con Él que no eran posibles en los tiempos del
Antiguo Testamento. “Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos
de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19). Aquellos que
pertenecen a la casa, pertenecen también a la familia de Dios, y por su
Espíritu, Dios ahora habita en su casa de una manera más íntima y vital como
nunca antes fue posible.
En los tiempos del Antiguo Testamento, no hubo
ningún pensamiento acerca del cuerpo de Cristo por cuanto Cristo no había sido
aún revelado. Sin embargo, Cristo ahora ha venido y, habiendo muerto y
resucitado, el Espíritu Santo descendió y bautizó a los creyentes judíos y
gentiles en un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13).
Previamente, el Señor Jesús pudo decir: “Me preparaste cuerpo” (Hebreos 10:5),
y Él padeció en ese sagrado cuerpo. Leemos de “la ofrenda del cuerpo de
Jesucristo hecha una vez para siempre” (Hebreos 10:10). Ahora bien, Él está
sentado en el cielo con un cuerpo espiritual, y el único cuerpo que él reconoce
aquí en la tierra es el “un cuerpo” formado por el bautismo del “un solo
Espíritu”, que provino de Él mismo quien es la Cabeza glorificada de ese solo
cuerpo. En ese cuerpo que se halla sobre la tierra, Cristo ha de ser
manifestado en Sus caracteres morales en este mundo.
CAPÍTULO 5
Tanto el Cuerpo de Cristo como la Casa de Dios expresan lo que es
la Iglesia como un hecho práctico y real sobre la tierra, y no como una idea
mística y teórica para el cielo.
Es muy común oír o leer expresiones como
«el cuerpo místico de Cristo» y «la Iglesia
invisible».
Aquellos que emplean estas frases pueden querer decir lo que es correcto, pero
las frases son engañosas y conducen a conclusiones erróneas puesto que
oscurecen o directamente niegan la verdad de que el solo cuerpo de Cristo es un
hecho real. Este cuerpo existe hoy en
la tierra de la misma manera que existía en la época apostólica, aunque su
manifestación se ha echado a perder debido a la intrusión de la voluntad y los
caminos del hombre. Es cierto que el cuerpo de Cristo no puede ser visualizado
concretamente como lo podía ser en el tiempo de los apóstoles (cuando era
también uno solo en la práctica), y por tal motivo hoy
sólo debemos pensar en él de forma abstracta. Pero estos pensamientos deben ser
formados por lo que encontramos en las Escrituras, puesto que la verdad que sólo puede ser percibida de una
manera abstracta, es tan cierta y real como la verdad que puede apreciarse en
forma concreta. En consecuencia, la verdad de la Iglesia tiene el propósito de regular nuestras relaciones con el
Señor Jesús, con Dios y con nuestros compañeros en la fe aquí en el mundo.
CAPÍTULO 6
La verdad en cuanto al cuerpo de Cristo pone
particularmente de relieve la supremacía de Cristo como Cabeza, y destaca
también la energía del Espíritu Santo como poder, lo cual, en la práctica, da
como resultado la unidad, el amor y el crecimiento espiritual del cuerpo.
Los pasajes en los cuales se
habla de la Asamblea como el cuerpo de Cristo lo muestran claramente. El primer
pasaje que menciona la verdad del cuerpo es el capítulo 12 de la epístola a los
Romanos. Pero aquí no se desarrolla, sino que solamente se hace una breve
alusión a ella con el objeto de subrayar la variedad de dones espirituales
existentes entre sus miembros.
Recién en el capítulo 12 de la
primera epístola a los Corintios, la verdad del cuerpo se trata en detalle. Por
vía de ilustración y analogía con el cuerpo humano, la Asamblea se presenta
como una unidad orgánica compuesta de
diversos miembros. Ella fue constituida mediante el bautismo del Espíritu Santo
(v. 13). Los que fueron introducidos en ese cuerpo, dejaron atrás todas las
diferencias de nacimiento, raciales, sociales, etc. y, en consecuencia, son
hechos uno en la energía del solo Espíritu. Naturalmente
que aquellos que han sido así constituidos en una unidad, no pierden por ello
su individualidad. Por eso, recibir el don del Espíritu Santo también significa
que se nos “dio a beber” a cada uno en particular del mismo Espíritu, de modo
que cada miembro está poseído y dirigido por el mismo Espíritu que anima el
cuerpo entero. En este capítulo, pues, vemos la manifestación del Espíritu
Santo en el cuerpo; y los diferentes dones son manifestaciones del Espíritu (v. 7).
Pero el Espíritu que opera todo
esto, es el Espíritu de Cristo glorificado, enviado por él desde lo alto. El cuerpo, pues, es el cuerpo de Cristo (v. 12, 27), y
es él quien lo gobierna. En el siglo venidero (o sea, en el milenio), Su
administración como Señor se extenderá sobre toda la tierra. Pero actualmente,
en lo que a la tierra se refiere, la Asamblea es la esfera en la cual gobierna.
La voluntad de Dios, en lo que respecta a la
administración del Señor, debe hallarse en la Asamblea en la tierra (v. 5).
La aplicación práctica del gobierno
de Cristo en la Asamblea puede verse en los cuidados, la
consideración y la simpatía entre unos y otros, lo que hallamos al final del
capítulo, en el amor del capítulo 13 y en las
directivas del capítulo 14 que regulan el uso de los dones en la Asamblea. El capítulo 12 nos presenta el poder del Señor y del Espíritu Santo que reside en la Asamblea; el capítulo
13, el amor, que dirige el cuerpo, y el capítulo 14, el dominio propio como hilo conductor allí dentro (véase 2 Timoteo
1:7). Vemos en todo esto el funcionamiento del cuerpo de Cristo aquí en la
tierra según Dios.
En la epístola a los Efesios,
el cuerpo de Cristo es presentado en el plano más elevado de sus privilegios
según el eterno propósito de Dios. La cruz constituye la base de su formación
(2:16). Su función es ser “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”
(Efesios 1:23), es decir, ser su complemento o la parte que le corresponde,
aquello en lo cual él halla plena expresión. La altura de sus privilegios será
públicamente alcanzada cuando Cristo sea manifestado como “cabeza sobre todas las cosas a la iglesia” (1:22). Vemos en Adán una figura de esto
cuando fue establecido como cabeza sobre toda la
creación animal, y cuando fue hecho cabeza de Eva, la
cual fue tomada de su costado, y hecha partícipe de su dominio.
El capítulo cuatro de esta
epístola nos proporciona la aplicación práctica de estas verdades: “Con toda
humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en
amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”,
creciendo siempre “en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo”,
recibiendo así el cuerpo “su crecimiento para ir edificándose en amor” (v. 2-3;
15-16).
Por último, en la epístola a
los Colosenses se habla del cuerpo, pero sin mayores detalles dado que el gran
tema de la epístola es la gloria de la Cabeza. Sin embargo, se insiste en la
responsabilidad que tiene cada miembro de “asirse de la cabeza” (2:19). También
vemos que el apóstol Pablo, miembro del cuerpo, se goza en los padecimientos
por amor del cuerpo (1:24), y hallamos, culminando en el amor y la paz, los
rasgos maravillosos y llenos de gracia de Cristo reproducidos en los creyentes.
Así pues, la verdad respecto
del cuerpo de Cristo incluye, en la práctica, a todos los creyentes. Hay
absoluta unidad en unión con Cristo y en sujeción a él, de modo que, como
Cabeza, se expresa en su cuerpo.
CAPÍTULO 7
Esto lo podemos comprobar fácilmente al leer los pasajes
de la Escritura que nos presentan este aspecto de la Asamblea. Se emplean dos
expresiones: casa y templo. Existe un matiz de diferencia entre
ambos términos, pero no nos detendremos en esto, porque los dos transmiten la
misma idea general y, en consecuencia, la aplicación práctica es similar.
En el capítulo 3 de la primera epístola a los Corintios,
los creyentes son “el templo de Dios” porque el Espíritu de Dios mora en ellos colectivamente,
y, en consecuencia, la santidad es imperativa (v. 16-17). Este principio de la
santidad se desarrolla ampliamente en 2 Corintios 6:14 a 7:1. Excluye el yugo
desigual, y demanda una definitiva separación respecto del mundo corrupto, sin
siquiera tocar las cosas impuras, lo cual requiere el rechazo de toda
contaminación de carne y de espíritu.
Esta verdad se encuentra en los últimos versículos del
capítulo 2 de la epístola a los Efesios, donde el templo es calificado mediante
un solo adjetivo: “santo”.
En la primera epístola a Timoteo, la Iglesia es llamada “la
casa de Dios... columna y baluarte de la verdad” (3:15), y toda la epístola
está llena de instrucciones respecto al orden y a la piedad que convienen a los
que forman parte de ella. El carácter de Dios debe ser visto en aquellos que
componen su casa.
Por último, en 1 Pedro 2:5, la casa es llamada “casa
espiritual”, compuesta por aquellos que, habiéndose acercado a la
“Piedra viva”, son ellos mismos “piedras vivas”. Cada individuo es una “piedra”,
edificada sobre la “roca” (Cristo mismo).
La verdad de la casa de Dios excluye, pues, todo mal que
pudiera difamar el carácter o comprometer la santidad de Aquel de quien es la
casa. Esta exclusión puede incluso comprender personas en pecado, como
lo muestra el capítulo 5 de la primera epístola a los Corintios, pasaje que
sigue a la verdad relativa al “templo de Dios” enunciada en el capítulo
3. Otro ejemplo de acción práctica que sigue a la declaración de una verdad, lo
vemos en 2 Timoteo 2:15-22. La verdad de la casa de Dios había sido presentada
en la primera epístola y, en la segunda epístola, sigue la aplicación práctica
de esta verdad; sólo que aquí se trata de purificarse uno mismo de malas
asociaciones, y no de excluir al malhechor, como es el caso en 1 Corintios
5.
CAPÍTULO 8
Cuando
discernimos la verdad de la Iglesia tal como la Escritura la presenta, y nos
proponemos ponerla en práctica, nos damos cuenta de que la condición actual de
la cristiandad profesante en su conjunto constituye una negación absoluta de
estas verdades.
Ciertas cosas son tan evidentemente contrarias a la
Escritura que ni hace falta mencionarlas, como por ejemplo, las múltiples
denominaciones que niegan la unidad de la Iglesia, la aceptación deliberada de
la unión entre el mundo y la Iglesia, manifestada en los sistemas religiosos
oficiales, el completo dominio ejercido por el hombre que pone así de lado al Señor, cierra la Biblia, y,
usurpando Su autoridad, pretende crear santos mediante la canonización y hacer
salir almas del purgatorio, etc., como lo vemos en la religión católica romana,
una falta prácticamente total de disciplina que hace que todo tipo de mal, ya
sea doctrinal o moral, subsista bajo el nombre de cristianismo.
Pero hay otras cosas que no son tan evidentes. El pecado
característico de la dispensación actual es la ignorancia práctica —y, por
consecuencia, el abandono— de la presencia y las operaciones del Espíritu Santo
en la Iglesia. Las reuniones cristianas se desarrollan de una manera
tal que muestran una completa incredulidad respecto de Su presencia en la Iglesia
(aunque tal vez se admita que esté presente en los individuos). Un hombre es designado como aquel que solamente
tiene el derecho de tomar la palabra en la congregación; los capítulos 12 y 14
de la primera epístola a los Corintios se convierten, pues, en letras muertas.
Nuestra libertad para acercarnos a Dios, como resultado de la redención (Hebreos 10:19-22), es negada
mediante la construcción de «lugares santos» en la tierra, con altares y
sacerdotes que sirven a los laicos o
gente «común», a quienes se mantiene así lejos de Dios y, a menudo, en una
ignorancia superior a la que tenía un judío común antes de la venida de Cristo.
Las reglas y el orden humanos han reemplazado la simplicidad del orden divino
que había sido establecido al principio por los apóstoles y consignado en las
Escrituras. Esta organización humana puede parecer muy metódica para el
pensamiento del hombre y necesaria para prevenir los desórdenes que podrían
resultar de un intento por seguir lo que los apóstoles establecieron; pero todo
«orden» que no sea el orden divino,
es un desorden.
La mayoría de las denominaciones e «iglesias» se hallan
constituidas sobre la base de ciertas verdades o de interpretaciones de
verdades, o por la identificación con algún hombre piadoso de tiempos pasados.
En consecuencia, a estas «iglesias» les falta la apertura o inclusión
según Dios, pues ellos buscan únicamente creyentes que compartan sus propias
opiniones o que se vuelvan seguidores de sus líderes. A estas «iglesias»
también les falta la correcta medida de exclusión
según Dios, porque su celo se concentra tanto en la construcción y defensa de
su sistema, que las falsas enseñanzas y la infidelidad a Cristo y a su verdad,
son a menudo tratadas con tolerancia.
CAPÍTULO 9
En esta
situación, ¿tenemos todavía la obligación de poner en práctica la verdad de la
Iglesia? ¿No sería mejor sostener tan sólo teóricamente
la verdad, y evitar cualquier otra complicación simplemente permaneciendo allí
donde nos hallamos en cuanto a nuestras relaciones eclesiásticas?
La respuesta bíblica a estas preguntas es sí a la primera y no a la segunda. Las últimas epístolas, tanto las de Pablo como las
de Pedro y Juan, que hablan de tiempos difíciles, no contemplan ni por un
momento la posibilidad de que la verdad llegue a ser un asunto de mera teoría,
disociado de toda aplicación práctica.
Por ejemplo, en el capítulo tres de la segunda epístola a
Timoteo, Pablo dice que la Escritura es útil no solamente en el plano
doctrinal, sino también “para corregir, para instruir en justicia” (v. 16). A
aquellos que creen que tanto “corregir” como “instruir” se aplican únicamente a
la mente, les señalamos el versículo
siguiente, donde claramente se declara el objeto: “a fin de que el hombre de
Dios sea… enteramente preparado para toda
buena obra” (v. 17). Esto es eminentemente práctico, e implica nuestras
acciones.
En su segunda y tercera epístolas, Juan tiene mucho que
decir respecto de la marcha de los creyentes. Los exhorta a “andar en la verdad” y “según sus mandamientos”.
“Andar” en una cosa es poner eso en práctica. Dios hace hincapié en este
punto en el momento que los maestros anticristianos se multiplicaban, y cuando Diótrefes se afirmaba en su poder y sembraba la confusión
en la Iglesia.
El hecho es que cuanto
más se acentúan la confusión y el abandono de la verdad, tanto más importante
es andar en la verdad —poner toda la verdad en práctica— aun cuando tan sólo
unos pocos lo hagan.
CAPÍTULO 10
¿Es todavía posible poner en práctica la verdad
de la Iglesia en las condiciones actuales? De serlo, ¿cómo sería posible
lograrlo en la situación presente?
Es claro que sería imposible
asociarse a la vez a un edificio cualquiera donde se llevan a cabo servicios
religiosos conforme a una liturgia (un orden formal de culto preestablecido) o
a cargo de un pastor ordenado o nombrado, y reunirse según los principios
establecidos por el Espíritu Santo en los capítulos 12 y 14 de la primera
epístola a los Corintios. A cualquiera que intentara andar así en semejante
desorden, se lo consideraría un querelloso o un alborotador. La única forma de
poner en práctica la verdad en cuanto a la Iglesia, consiste en dejar de
practicar lo que no es según la verdad. Esto sólo puede llevarse a cabo
separándonos de todo lo que no cuenta con la aprobación de la Escritura. Y una
vez que somos así librados de la desobediencia, estamos en condiciones de
practicar la obediencia. El primer paso que debemos dar es, pues, “dejar
de hacer lo malo” y, luego, “aprender a hacer el bien” (Isaías
1:16-17). Cualquier intento por proseguir con ambas cosas a la vez causaría un
gran daño a la causa de la verdad. Ello equivaldría, en efecto, a decir que no
existe ninguna diferencia esencial entre lo que es puramente humano y lo que es
divino, y que, en consecuencia, podemos seguir nuestro camino con lo uno o con
lo otro, o con ambas cosas.
Algunos arguyen que la
separación del mal sólo termina haciendo a uno más sectario. Pero no hay nada
de sectario en el hecho de reunirse sobre la base de la obediencia a la verdad.
CAPÍTULO 11
¿Tenemos autoridad bíblica para separarnos de
las organizaciones eclesiásticas establecidas, cuando no enseñan ni toleran
falsas doctrinas fundamentales?
Voy a responder con otra
pregunta: Una organización o un sistema humano introducido en el orden establecido
por Dios para su Iglesia, ¿es lo suficientemente malo como para que debamos
separarnos de él aun cuando nos cueste mucho hacerlo?
Muchos de los sistemas
religiosos de hoy han sido invadidos por una muy atrevida forma de infidelidad
que comúnmente se denomina modernismo, el cual pretende basarse en un
alto nivel de erudición.
Pero hay también un gran número
de organizaciones eclesiásticas más pequeñas, y más o menos independientes, que
se hallan sobre una base bíblica sana (correcta) en cuanto a las verdades
fundamentales del Evangelio, pero ignoran el orden de la Iglesia de Dios tal
como lo presenta la Escritura; además, sus miembros son por lo general
cristianos serios y piadosos. Ahora bien, ¿debemos mantenernos aparte de estas
organizaciones?
En primer lugar, afirmamos que imponer una
organización o sistema humanos al orden divino —lo cual eventualmente resulta
en la desaparición del orden de Dios— constituye un muy grave pecado. No se
trata de un pecado que pueda ser atribuido a un determinado individuo, puesto
que ha logrado infiltrarse lenta y progresivamente en el curso de los siglos;
sin embargo, se trata de un grave mal1.
Es un hecho sorprendente que al
final de un largo pasaje sobre el orden divino para la reunión de los creyentes
en el tiempo actual, en el capítulo 14 de la primera epístola a los Corintios,
el apóstol Pablo haga la solemne advertencia: “Si alguno se cree profeta, o
espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor”
(14:37). De esta forma el Espíritu Santo, con la presciencia que siempre le
caracteriza, previene así no solamente las tendencias que existían entre los
corintios en su estado carnal, sino estas mismas tendencias que habrían de
surgir inevitablemente dondequiera que prevaleciese la carnalidad (las
manifestaciones del viejo hombre y los caminos mundanos) a lo largo de los
siglos del cristianismo, y que tan predominantes son hoy día.
Cuando el poder espiritual
declina y los principios del mundo prevalecen en la Iglesia, hay una
inclinación a considerar el orden divino como algo tedioso, por cuanto exige
cierto esfuerzo de una condición espiritual que no existe. Asimismo saca a luz
la debilidad mundana y carnal allí presente. De modo que, la tentación de
tratar con descuido e indiferencia las instrucciones de la Escritura es muy
fuerte: ellas son consideradas muy útiles, sin duda, en muchas ocasiones, interesantes e
instructivas, pero opcionales, es decir, son consideradas como cosas que pueden
ser obedecidas, pero no que deben ser obedecidas. Las palabras del
apóstol, no obstante, barren todas estas objeciones: estas instrucciones son
los “mandamientos del Señor”. No tenemos, pues, la libertad de acomodarlas a
nuestro gusto.
Pensemos, por analogía, en lo
que fue instituido en relación con el sistema de la ley, que solamente era
“figura y sombra de las cosas celestiales” (Hebreos 8:5). Cuando Moisés iba a
erigir el tabernáculo, Dios le dijo: “Mira, haz todas las cosas conforme al
modelo que se te ha mostrado en el monte” (Hebreos 8:5). Moisés siguió
estrictamente el modelo de Dios. Más tarde, cuando llegó el momento de edificar
la casa permanente en Jerusalén, “David dio a Salomón su hijo el plano del
pórtico del templo y sus casas… asimismo el plano de todas las cosas… todas
estas cosas, dijo David, me fueron trazadas por la mano de Jehová, que me hizo
entender todas las obras del diseño” (1 Crónicas 28:11-19). Aquí de nuevo vemos
que cada detalle había sido divinamente ordenado, y por escrito. El Nuevo
Testamento nos da por escrito las instrucciones divinas relativas al orden de
la casa espiritual de Dios. ¿Acaso tenemos más derecho de tomarnos
libertades respecto de estas instrucciones que el que tenían los antiguos en
cuanto a la casa material? ¡Ciertamente que no!
Tiempo después, los judíos se
creyeron autorizados a cambiar las ordenanzas divinas en cuanto a la casa,
haciendo añadiduras. ¿Cuál fue el resultado? Cuando el Señor Jesús entró
en el templo, dijo: “Escrito está: Mi casa es casa de oración; mas vosotros la
habéis hecho cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Ellos se tomaban igualmente
libertades con la palabra divina en general, de modo que el Señor los tuvo que
acusar: vosotros invalidáis “la palabra de Dios con vuestra tradición que
habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas” (Marcos 7:13). El
fuerte lenguaje que el Señor emplea en estas ocasiones nos hace ver la gravedad
que tenían para él estos pecados.
En segundo lugar, dirijamos nuestra atención
hacia las claras instrucciones de la Palabra en cuanto a la posición del
creyente en relación con un sistema de religión exterior.
La epístola a los Hebreos fue
escrita poco antes de que toda la economía religiosa judaica desapareciera a raíz
de la destrucción de Jerusalén y del templo. En esta epístola, el Espíritu
Santo anima a los creyentes judíos al mostrarles que el sistema anterior de
símbolos religiosos visibles (el judaísmo), instituido en relación con la ley,
era tan sólo un sistema de sombras, y que aquellos que se habían vuelto
a Cristo poseían las realidades por la fe. El Espíritu Santo termina con
un llamado a romper con los últimos lazos que los ligaban al antiguo sistema
caduco de religión terrenal, y luego pone ante ellos al Cristo que “padeció
fuera de la puerta”. Su exhortación es: “Salgamos, pues, a él (a Cristo), fuera
del campamento, llevando su vituperio” (Hebreos 13:12-13).
Somos llamados a salir a
Cristo, notémoslo bien, no fuera de la ciudad, sino fuera del campamento.
En la epístola a los Hebreos no se trata del orden de
cosas (ciudad y templo, etc.) vinculado al establecimiento permanente en el
país, sino del orden relativo al peregrinaje en el desierto: el tabernáculo y
el campamento. La epístola contempla a los cristianos como una compañía con
asociaciones celestiales en marcha hacia un reposo celestial, pero estando aún
de hecho en la tierra, en las condiciones del desierto. Las circunstancias por
las que Israel atraviesa en el desierto, constituyen un tipo o figura de
nuestro peregrinaje actual. Además, en el tabernáculo en el desierto, Dios
declaró su propósito de morar en medio de un pueblo redimido y de reunir a este
pueblo alrededor de él. El campamento, pues, era Israel rodeando la
morada de Dios en un orden establecido considerado no desde un punto de vista
gubernamental, sino religioso.
Cuando se escribió la epístola
a los Hebreos, la Shekiná —la nube que había sido la gloria del campamento de
Israel— había desparecido desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, el campamento
—el judaísmo, el sistema religioso de Israel— todavía permanecía en pie. Pero
había sellado su destino al crucificar a Jesús fuera de la puerta. Había, pues,
llegado la hora para que todo verdadero creyente de entre los judíos rompiese
los últimos lazos con ese sistema de religión terrenal, aun cuando, en sus comienzos, fuera
instituido por Dios. Todo lo que quedaba ahora de él, no eran más
que “débiles y pobres rudimentos” (Gálatas 4:9).
De este hecho, no tenemos la menor duda en responder de
la manera siguiente a la pregunta que encabeza este capítulo: Si en el curso del primer siglo del
cristianismo, la voluntad divina era que los creyentes que habían sido
asociados a un sistema religioso terrenal, instituido por Dios en sus
comienzos, tuvieron que romper sus últimos lazos con este sistema y salir de él
hacia Cristo, la voluntad de Dios hoy día no puede ser que los creyentes
permanezcan dentro de los sistemas religiosos terrenales que tienen un origen
puramente humano y que jamás, en ningún momento, fueron instituidos por Dios.
Es evidente que un sistema
religioso de origen humano existe, y que Cristo, pues, está fuera de
estos sistemas; aunque esto no impide evidentemente que numerosos y queridos
creyentes que permanecen prisioneros dentro de esos sistemas amen
individualmente mucho a Cristo y se mantengan muy cerca de él. Tenemos, pues,
la autoridad divina para separarnos de todas las organizaciones religiosas de
origen humano para poder andar según el orden divino tal como es presentado en
las Escrituras.
CAPÍTULO 12
La separación del mal y de hombres perversos
es, en todos los tiempos, el deber imperativo de aquellos que temen al Señor y
que invocan su nombre.
En 2 Timoteo 2.4 a 3:5, esta
orden se expresa de la manera más enérgica, con todo el peso de la autoridad
apostólica. En este pasaje, la separación se presenta no menos de seis veces
bajo diferentes aspectos, tal como sigue:
·
Evita profanas y vanas palabrerías (2:16).
·
Apártese de iniquidad (2:19).
·
Se limpia de estas cosas (2:21).
·
Huye también de las pasiones juveniles (2:22).
·
Desecha las cuestiones necias e insensatas (2:23)
·
A éstos evita (3:5)
Cuando alguien o algo se nos presenta,
y lo evitamos, nos apartamos, nos limpiamos, huimos, lo desechamos, evitamos
estas cosas o estas personas, adoptamos de hecho una actitud de separación
intransigente.
Abramos nuestras biblias en el capítulo dos de la segunda epístola a
Timoteo, y consideremos el pasaje en detalle:
Versículos 14 y 15
Pablo le dice a Timoteo que
debe recordar la verdad a los creyentes ordenándoles que no contiendan sobre
palabras, lo cual para nada aprovecha, y cuyo único efecto es el de perturbar
la mente de los oyentes. En cuanto a Timoteo mismo, se lo insta a procurar ser
un buen obrero en el servicio de Dios, y a manejar la palabra de Dios con
discernimiento y precisión.
Versículos 16 a 18
Timoteo debía también evitar un
mal aún peor: profanas (es decir, no santas) y vanas charlas que conducen a
mayor impiedad y se extienden como gangrena o cáncer. Este tipo de charlas
perversas, si no se les pone freno, aumentan en intensidad y extensión. Para
que su pensamiento no se preste a confusión, Pablo menciona a dos hombres que
eran seguidos por muchos en estas “profanas palabrerías”: Himeneo y Fileto.
Ellos afirmaban que “la resurrección ya se efectuó”, y el apóstol denuncia la
gravedad de este error y muestra sus perniciosos efectos sobre aquellos que lo
recibían: su fe era trastornada. Era un error fundamental, el cual socavaba la
fe de aquellos que lo aceptaban.
Versículo 19
En contraste con las falsas
enseñanzas humanas, “el fundamento de Dios” permanecía “firme”. Todo lo que es
realmente fundado por Dios es inconmovible. Este fundamento tiene un sello con
dos caras: la primera se relaciona con la soberanía de Dios y con su
omnisciencia, lo que garantiza la eterna seguridad de los suyos; la otra cara
tiene que ver con la responsabilidad del hombre, lo que impone a todos aquellos
que profesan la sujeción a Cristo como Señor la obligación de apartarse de
iniquidad.
Los términos empleados en este
pasaje son de carácter muy general, pero puede haber una alusión a la rebelión
de Coré, Datán y Abiram, relatada en el capítulo 16 de los Números. Estos
hombres se rebelaron contra la palabra de Dios, representada por Moisés y
Aarón, y arrastraron a algunos a la insumisión. El mensaje del Señor, en
aquella ocasión, también fue doble: Primeramente: “Mañana mostrará Jehová quién
es suyo” (v. 5), y luego: “Apartaos ahora de las tiendas de estos hombres
impíos” (v. 26).
Este pasaje del Antiguo
Testamento, pues, arroja luz sobre el pasaje que estamos considerando. Pero el
versículo 19 simplemente declara principios generales. El creyente,
pues, siempre y en todos los casos, debe apartarse de la iniquidad. La
iniquidad adopta diferentes formas, por lo que nuestra obligación de
“apartarnos” puede ser cumplida de diversas maneras según las diferentes formas
de iniquidad. Pero el creyente, en ningún caso debe entrar o permanecer en
complicidad con ninguna “especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22): él debe
separarse del mal en todas sus formas.
Versículo 20
Una vez que el apóstol sienta
claramente los principios generales que deben dirigir al creyente en cuanto a
su actitud frente a “toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22), pasa luego a
la ilustración del tema. En una “casa grande” hay muchos utensilios o vasos
hechos de diferentes materiales y empleados para diversos fines. Algunos están
hechos de oro y de plata; otros, de madera y de barro. Unos son para usos
honrosos, y otros para usos deshonrosos o viles. Éste es un cuadro que
representa a la Iglesia profesante, la que se ha vuelto como una “casa grande”
en cuyo interior ha incluido a hombres de carácter dudoso tales como Himeneo y
Fileto, que eran como vasos puestos para usos viles.
Versículo 21
El apóstol aplica ahora el
principio general del versículo 19 al caso particular de Himeneo y Fileto
presentado en los versículos 17 y 18; y esta aplicación es hecha a la luz de la
ilustración de la “casa grande” del versículo anterior. Consideremos el
versículo 21 en detalle.
“Si alguno”. Estas
palabras muestran que lo que Pablo tiene particularmente ante sí aquí, es la aplicación
de la ilustración respecto a las penosas y malas condiciones que entonces se manifestaban
en la Iglesia. Se emplea la expresión “si alguno” porque si bien la directiva
se aplica a todos los creyentes, la responsabilidad de obedecer a Dios
recae sobre cada uno individualmente. Es un mandamiento personal.
“Se purificare de” (V.M.)
La palabra griega traducida “purificar” comunica la idea de expurgar o
limpiarse de. Aparece una vez más en el Nuevo Testamento en 1 Corintios 5:7,
donde se la traduce “limpiarse de”. En este pasaje se trata de la operación
normal de expurgar o limpiar el mal de la Iglesia. En nuestro versículo de
2 Timoteo, vemos la acción anormal de un hombre que se limpia o se
separa de una asociación en la que se ha impuesto el mal.
“De éstos” (V.M.).
Nosotros creemos que “éstos” se refiere a Himeneo y Fileto, y a aquellos que
estaban asociados a ellos. Pero si alguno cree que “éstos” se refiere a los
vasos para deshonra del versículo anterior, el significado permanece
invariable, ya que los vasos para deshonra constituyen simplemente una
ilustración de estos hombres extraviados.
El resto del versículo adopta claramente el lenguaje de
la ilustración. El creyente que se separa fielmente de toda comunión y
complicidad con maestros de falsas doctrinas fundamentales, se convierte así en
un vaso para honra, “santificado y útil al Señor, y dispuesto para toda buena
obra”.
Versículo 22
“Huye también de las pasiones juveniles” constituye
también otra aplicación del mismo principio general: “Apártese de iniquidad”.
Pero esta exhortación demanda santidad personal, sin la cual la separación del
mal sería pura hipocresía. La expresión “pasiones juveniles” se utiliza porque
Timoteo era joven aún. Naturalmente que debemos huir de todas las pasiones pecaminosas, y seguir luego “la justicia, la fe,
el amor y la paz”. El mundo está lleno de pecado, de ceguera espiritual, de
odio y de contiendas; y el creyente fiel, en medio de todo esto, es llamado a
revestir el carácter de Cristo, tal como está descrito mediante estos cuatro
términos. Además, estos caracteres deben ser estrictamente seguidos de forma
práctica “con los que de corazón
limpio invocan al Señor”.
“Con” implica compañerismo,
no aislamiento. “Invocar al Señor” significa profesar sujeción a Cristo y fe en
su nombre. Invocarlo “de corazón limpio” (puro o purificado, esencialmente la
misma palabra que en el v. 21 aparece como verbo) es hacerlo no solamente con
sinceridad, sino con todo el hombre interior purificado del mal, por la
obediencia a las exhortaciones a la santidad personal —como consta al principio del versículo— y a
la santidad en cuanto a las asociaciones, conforme al versículo 21.
Notemos que no se
nos dice que sigamos con “todos los
que de corazón limpio invocan al Señor”. Eso sería imposible en las condiciones
actuales. Muchos cristianos piadosos que responden a esta descripción, podrían,
por ejemplo, rehusar la compañía de otros creyentes que responden igualmente a
ella, a causa de prejuicios o de información errónea o incompleta. Sin embargo,
podemos seguir “con los que de
corazón limpio invocan al Señor”, con cuantos nos sea posible; y por cierto que
cuanto mayor sea su número, mayor será nuestro gozo.
Versículos 23-26
Estos versículos muestran que el creyente que obedece las
instrucciones dadas, debe desechar las cuestiones necias e insensatas, sabiendo
que engendran contiendas. Al mismo tiempo, debe esperar oposición, a la que deberá responder en el humilde espíritu de
Cristo, pudiendo así ser un instrumento útil para la bendición y la
restauración de los opositores.
El Espíritu Santo se sirvió de la ocasión suscitada por
la falsa enseñanza de Himeneo y Fileto para darnos estas instrucciones. Pero no
parece que en ese momento el mal haya alcanzado un grado tal que Timoteo y
otros testigos fieles hubiesen tenido que separarse de la masa de creyentes
profesantes. Más bien parece que el mal fue refrenado por la energía del
Espíritu, y que algunos pudieron recuperarse “de la trampa del diablo” (2:26),
mientras que los falsos maestros, viendo sus esfuerzos frustrados, “salieron de
(ellos)” (1 Juan 2:19).
Sin embargo, las instrucciones divinas permanecen, y el
momento ha llegado, después de tanto tiempo, en el cual el paso indicado, en
todo su alcance, se ha vuelto necesario. Alguien dijo con todo acierto que «procurar la unión a expensas de la verdad,
es traicionar al Señor», por cuanto ninguna unión llevada a cabo en complicidad
con el mal, es de Dios. La unidad según Dios no puede hallarse sino en la
separación del mal.
Recordemos que la separación que aquí se ordena, es un
asunto de responsabilidad individual
—“si alguno” (v. 21)—, aunque el individuo que obedece
fielmente a Dios en ello, según el versículo 22, es conducido a hallar
compañeros en la posición que ha tomado.
CAPÍTULO 13
Los creyentes que salieron hacia Cristo
“fuera del campamento” y que se purificaron de los falsos maestros y de sus
enseñanzas, deben ahora congregarse conforme a toda la verdad de la Iglesia,
sin olvidar nunca que ellos son tan sólo unos pocos de todos aquellos que
constituyen la Iglesia
Los creyentes que se separaron
del mal, lo hicieron como resultado de un ejercicio y de una acción individual,
pero ellos no son llamados a seguir su camino individualmente, como si todo
aquello que reviste una naturaleza corporativa hubiese dejado de existir. El
cuerpo de Cristo, la casa de Dios, son aún realidades, y los creyentes de hoy
son miembros de ese cuerpo, y piedras vivas de esa casa, de la misma manera que
los creyentes de entonces. En consecuencia, los privilegios y las
responsabilidades que se vinculan a esas dos realidades, les incumben tanto hoy
como entonces.
Cuando los creyentes que se han
separado y purificado se congregan, deben hacerlo exactamente según lo que
ellos son, y actuar conforme a las directivas de la Palabra de Dios. Son
llamados a hacerlo aun cuando fueren tan sólo dos o tres, y todos los demás
cristianos de su localidad permanezcan en “el campamento” o en complicidad con
el mal. Cristo todavía sigue siendo su Cabeza celestial y pueden contar
plenamente con él para ser dirigidos. El Espíritu Santo está todavía presente
aquí abajo, y pueden contar plenamente con su poder. La Palabra de Dios también
sigue estando presente, y pueden apoyarse en ella para su instrucción.
En consecuencia, los creyentes
que se han separado pueden todavía gozar de cierta medida de comunión según el
modelo apostólico. Pueden gozarse al considerar a otros creyentes que no siguen
la senda de la separación, simplemente como miembros del cuerpo de Cristo, y al
recibir según la Palabra a todos aquellos que desean ser recibidos,
siempre que no estén descalificados por mala conducta, por falsas doctrinas o
por asociación con el mal. Recibir a los creyentes que estén formalmente
preparados para «unirse a nosotros», es lo que hacen todas las sectas o
denominaciones; pero recibir a los creyentes por el hecho de ser miembros de
Cristo, y que no estén descalificados por las Escrituras, es hacerlo conforme a
la verdad.
Sin embargo, hay una parte del
modelo apostólico que ya no está más en vigor hoy día, a saber: la designación
oficial de ancianos y diáconos en relación con la dirección y el servicio
en la asamblea. En la actualidad nos falta la autoridad apostólica para
nombrarlos (Hechos 14:23; Tito 1:5). Pero la presencia de ancianos oficialmente
establecidos, no es indispensable para la subsistencia de una asamblea. Es
evidente que no había ancianos nombrados en Tesalónica cuando Pablo escribió su
segunda epístola a estos creyentes. Les dice: “Os rogamos, hermanos, que reconozcáis
a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor…” (1
Tesalonicenses 5:12-13). Está claro que esta directiva sólo se justificaría si
hubiese habido hombres que revistiesen el carácter de «ancianos», pero sin
haber sido oficialmente nombrados. Nada impide hoy que estos ancianos sean
“conocidos” o “reconocidos” dondequiera que existan. Notemos también que en la
primera epístola a los Corintios —la epístola que presenta el orden de la
asamblea— los obispos o ancianos no son ni siquiera mencionados, y que al
corregir el desorden que imperaba en Corinto, el apóstol no sugiere siquiera
una vez que se debiese nombrar ancianos.
CAPÍTULO 14
Durante varios años los creyentes se han
esforzado por congregarse según los principios indicados. Pero la experiencia
les mostró que ciertos peligros continuamente los amenazan para desviarlos de
la verdad. Enumeraremos algunos de ellos:
1. Sectarismo
Nada es más fácil que
deslizarse hacia el sectarismo (la adherencia a una serie de opiniones y de
calificaciones particulares para ser miembro). Los creyentes que han buscado la
gracia de congregarse según los principios de la Palabra, se han hallado
forzosamente fuera de las organizaciones religiosas de su tiempo y, en
consecuencia, separados exteriormente de la gran masa de otros creyentes
asociados a tales organizaciones. ¡Nada es más fácil, pues, que estar enteramente
separados de ellos en nuestros corazones y afectos! ¡Qué fácil es
convertirse en una comunidad selecta, homogénea y autosuficiente, sin ningún
interés por lo que se halla fuera de los límites de ella!
El peligro del sectarismo se ha
acentuado por la gran medida de luz sobre la Escritura que Dios ha dado a
aquellos que se congregan en obediencia práctica a su Palabra. En consecuencia,
la tendencia natural ha sido servirse de este gran conocimiento de la misma
manera que los primeros creyentes de Corinto usaban sus dones —o más bien se abusaban de ellos—.
Ellos utilizaban sus dones para su propio provecho y gloria personal en
vez de hacerlo para el bien de todo el cuerpo. El mucho conocimiento bíblico
puede ser utilizado exactamente de la misma forma: para dar crédito y
distinción a la comunidad que lo posee en vez de utilizarlo para el bien
de todos los santos. Este conocimiento, pues, se convierte así en la señal
distintiva de una secta, la comunidad se vuelve sectaria y la luz se
transforma en tinieblas. Entonces la luz (o lo que se considera «la
luz» en un determinado momento) pasa a ser la gran «prueba para la
comunión», y la disposición para ser recibido como miembro de la comunidad, el
elemento primordial. La posibilidad de recibir a los creyentes —que no estén
descalificados por mala conducta, por una falsa doctrina o por asociación o
complicidad con el mal en cualquiera de estas formas— simplemente como miembros
de Cristo, es así descartada. Nos volvemos a hallar entonces sobre el antiguo
terreno del sectarismo, estando solamente mucho más cerca de la verdad en
cuanto a nuestro modo de reunión y nuestro conocimiento de la Escritura, ¡pero
por esta misma razón somos tanto más condenables en la posición que hemos
adoptado!
Los creyentes que se congregan
en obediencia a la verdad, son a menudo acusados de ser una simple secta,
y además una secta insignificante. Por ser nada más que una muy pequeña parte
de la Iglesia, y no la Iglesia, ellos se verán seguramente en la imposibilidad
de rechazar la acusación. Pero, independientemente de las acusaciones de los
demás, es menester huir del sectarismo, tanto en su espíritu como en los
principios de reunión.
2. Laxitud en los principios y en la
práctica
Este peligro es el opuesto al
que hemos considerado recién. El sectarismo es la trampa que acecha
particularmente a aquellos que son rígidos, estrechos e intelectuales, mientras
que la laxitud constituye una amenaza para los cristianos con ideales
vastos y universales y con corazones bondadosos y generosos. Los primeros tienden
a preservar la verdad y a mantener la santidad excluyendo a todos aquellos que
no forman parte de una minoría selecta; mientras que los otros tienden a
dar prioridad al amor, a la amistad y a la unión mediante una complaciente
tolerancia. Pero esta última línea de conducta también es fatal para el
mantenimiento del verdadero terreno de la asamblea. En primer lugar, la toma de
posición con Cristo “fuera del campamento” se ve seriamente debilitada,
si no destruida, por cuanto se establecen compromisos y se mantienen lazos con
el campamento a fin de garantizar la apertura hacia el mayor número de gente.
Se tiende hacia un simple interdenominacionalismo. En
segundo lugar, la laxitud debilita, o directamente suprime, el rechazo claro y
sin compromiso de doctrinas fundamentalmente falsas, y la separación de
aquellos que las propagan (2 Timoteo 2:15-26; 2 Juan 7-11). La laxitud abre la
puerta a una tolerancia indebida y, si bien finalmente toma medidas ante un mal
evidente, no impide que el mal esté presente bajo una apariencia modificada o
encubierta.
Esta tendencia prepara el
camino para el abandono de una marcha según la verdad, no por un gran paso
decisivo, sino por lentas etapas y casi imperceptibles. La historia nos ofrece
numerosos ejemplos de cómo obra el espíritu relajado o tolerante. Parece que
cada vez que la Iglesia fue confrontada con algún mal fundamental, los primeros
en reaccionar se opusieron con determinación y sin compromiso; pero enseguida
se manifestaron otros que abogaron por la tolerancia y desearon compromisos
bajo un pretexto u otro, y cuando sus argumentos fueron oídos, muchos se
desviaron de la verdad.
3. Pretensión eclesiástica
La pretensión eclesiástica no
es más que uno de los resultados del sectarismo. Olvidando el estado de ruina
de la Iglesia profesante, los cristianos se arrogan una autoridad que, aunque puede
honestamente ser considerada necesaria para mantener a la comunidad en la forma
que les propia, no goza de ninguna garantía divina. Decisiones y acciones de
carácter eclesiástico, aunque concebidas y ejecutadas apresuradamente bajo la
presión de una persona o de un grupo, pueden ser revestidas de una inmensa
santidad y convertidas en el objeto de reivindicaciones extravagantes. La
autoridad puede establecerse en ciertas localidades o en ciertos grupos de
personas, e ir instalándose así gradualmente un sistema de autoridad
centralizada o de control burocrático (o como quiera que se llame). ¡Pobre de
aquel creyente que se atreva a poner en tela de juicio lo que se haya decidido
o arreglado en tales condiciones!
4. Independencia eclesiástica
Pero el péndulo puede también
oscilar hacia el extremo opuesto de estas elevadas pretensiones. Para evitar
los males asociados a estas pretensiones, se puede recurrir al sistema de la
independencia. La independencia implica que cada congregación sea
considerada como una unidad en sí misma, que reposa sobre sus propias bases,
independiente de toda otra asamblea. La Iglesia como el cuerpo de Cristo, la
casa de Dios, una unidad compuesta por todos los creyentes de todo lugar,
independientemente de toda cuestión de localidad, es enteramente pasada por
alto o a lo sumo es tratada como un mero ideal sin ninguna consecuencia
práctica. Adoptar un orden de cosas que conduce a cierto número de asambleas
locales independientes, más o menos estrechamente afiliadas, de modo que el individuo
goza de la mayor medida posible de libertad personal, es practicar lo opuesto a
lo que enseña la Escritura.
5. Disciplina extravagante que no cuenta
con el aval de la Escritura
Una disciplina extravagante es
el resultado natural del sectarismo y de la pretensión eclesiástica. Una
posición sectaria casi siempre requiere un celo fanático para su defensa. Nada
es más feroz que el espíritu de partido, y, bajo su influencia, se adoptan las
medidas más extremas. Aun en los tiempos apostólicos, la Iglesia sufrió la
amenaza de todo tipo de males en su interior. En consecuencia, Dios dio
instrucciones claras y detalladas por medio de sus apóstoles. Ahora bien,
ejecutar hoy una disciplina más severa que la requerida por la Escritura, puede
tener la apariencia de una gran santidad y de un celo mayúsculo. Pero en
realidad, esto no es otra cosa que pura pretensión y obstinación, como si
fuésemos más sabios que Dios. Sustituir el cuidado pastoral y el fiel trato con
las almas en amor —los cuales ejercitan verdaderamente nuestras facultades
espirituales—, por una acción disciplinaria drástica, ha sido la causa más
frecuente de graves fracasos.
6. Disciplina relajada
Una
disciplina relajada, floja, es el resultado natural de los peligros enunciados
en los subtítulos 2) y 4). Cuando la noción de universalidad se torna
primordial, una gran tolerancia es el resultado inevitable. Si se considera a
la asamblea local como una entidad autónoma, entonces toda disciplina que se
ejerza se verá limitada a esa comunidad local, y toda tentativa de disciplina
puede fácilmente verse privada de su poder por la acción contraria de otra
asamblea autónoma situada en las proximidades de la primera. Cuando Pablo
escribió a los corintios urgiéndoles a ejercer la disciplina más severa posible
(1 Corintios 5), se dirigió “a la iglesia de Dios que está en Corinto… con
todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo,
Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2). Es cierto que la
responsabilidad de la disciplina le correspondía ante todo a la asamblea local
de Corinto; pero toda la Iglesia estaba implicada. En consecuencia, si
los creyentes que procuran reunirse hoy sobre el terreno de la asamblea y andar
a la luz de la verdad, por poco numerosos que sean, son llamados a ejercer la
disciplina, y deben actuar sobre la base de este principio.
Si, en
el tiempo presente, los creyentes se hallan fuera de las organizaciones
religiosas humanas, y caminan en separación del mal, poniendo en práctica la
verdad y marchando conforme a la verdad de la Iglesia tal como se halla
revelada en las Escrituras, ellos tendrán —de ello estamos convencidos— la
aprobación de Dios en cuanto a la posición que han tomado por cuanto se
congregan sobre un terreno divino. Sin embargo, nunca debemos olvidar que, en
todo ese camino, nuestro estado moral y espiritual, en el plano personal,
es lo más importante. Una posición eclesiástica correcta sin el estado
espiritual correspondiente constituye el espectáculo más triste que se pueda
imaginar. Si el creyente no se halla en un buen estado espiritual y
moral, la posición eclesiástica no tardará en perderse.
Busquemos,
pues, sobre todas las cosas, la piedad práctica, la separación del mundo, la
comunión con Dios y la consagración a Cristo y a sus intereses. Sólo de esta
manera una posición correcta y conforme a la Escritura será un testimonio a la
verdad y para la gloria de Cristo.
3. BREVES NOTAS SOBRE CUESTIONES
RELATIVAS A UN «CÍRCULO DE REUNIONES»
CAPÍTULO 15
Debemos confesar, además, que en el
transcurso de los años se produjeron grandes fracasos entre aquellos que
procuraron congregarse sobre un terreno conforme a las Escrituras. De ello
resultaron tristes divisiones que oscurecieron gravemente la expresión exterior
de la verdad de la Iglesia, suscitándose numerosas cuestiones relativas a un
«círculo de reuniones». ¿Cómo debemos afrontar estas cuestiones?
Para responder a ello debemos
tener en cuenta primeramente cómo eran las cosas al principio de la Iglesia. En
la Palabra hallamos tan sólo tres entidades que revisten una condición o
estatus definido:
1.
El creyente individual
2.
Las diversas asambleas locales de Jerusalén,
Antioquia, Corinto, etc. Cada una de estas asambleas locales llevaba el
carácter de cuerpo de Cristo. Cuando el apóstol escribió a los corintios, se
refirió a ellos en estos términos: “Vosotros, pues, sois [el] cuerpo de Cristo”
(1 Corintios 12:27); y no «el» cuerpo de Cristo2.
Sólo la Iglesia entera es denominada como el cuerpo de Cristo, y cada
asamblea local simplemente reviste el carácter de “cuerpo” en la localidad
donde se halle, pero no es “el” cuerpo. Cada asamblea local tiene igualmente
una condición y una responsabilidad delante del Señor que le son propias, y que
Él mismo puede sondear en forma separada del resto, como lo vemos en los
capítulos dos y tres del Apocalipsis. En resumidas cuentas, cada asamblea
local tiene su propio estatus.
3.
Toda la Iglesia tal como existe sobre la tierra en
un momento determinado, la cual es el solo cuerpo de Cristo y es animada
por el solo Espíritu (véase Efesios 4:4).
Por comodidad de lenguaje,
llamaremos a estas tres entidades «el creyente individual», «la asamblea local»
y «la Iglesia». Veamos a continuación una serie de puntos que nos ayudarán a
responder la cuestión planteada en el epígrafe.
I.
Al principio de la Iglesia,
cuando las cosas eran todavía según el pensamiento divino, no existía ninguna
entidad con estatus propio que se interpusiese entre el creyente individual y
la asamblea local. La tentativa de crear en Corinto círculos más restringidos
que la asamblea local (“yo soy de Pablo”, etc.), fue seriamente censurada (1
Corintios 1:11-13; 3:1-8). Había asambleas en las casas de diferentes creyentes
(Romanos 16:5; Colosenses 4:15, etc.). No podemos saber
con precisión si se trataba de asambleas locales de las localidades donde
vivían los creyentes o de cierto número de creyentes de una parte de una gran
ciudad que se reunían allí por comodidad. Puede que aquellos que estaban
reunidos orando “en casa de María la madre de Juan” (Hechos 12:12) formaran una
de estas asambleas; pero, de ser así, ella no tenía otro estatus que el de ser
una parte de “la iglesia que estaba en Jerusalén” (Hechos 11:22).
Lo reiteramos: no existía nada
que llevara un estatus propio entre la asamblea local y la Iglesia. Se habla de
“las iglesias de Galacia” (Gálatas 1:2) y de “la iglesia… por toda la Judea y
la Galilea y la Samaria…” (Hechos 12:31, V. M.), es decir, la iglesia o las
iglesias dentro de ciertos límites geográficos. Pero no hay tal cosa como “la
iglesia de Galacia”, que podría servir de precedente para organizaciones
estatales tales como “la Iglesia de Inglaterra”, etc.
II.
Si, de lo que era desde el
principio, pasamos a lo que existe hoy día, no es demasiado difícil encontrar
creyentes individuales. Pero tanto la asamblea local como la Iglesia han
quedado relegadas (exteriormente) al dominio de la verdad abstracta. Ni una ni
otra pueden hallarse bajo una forma concreta, visible y a la cual uno puede
referirse.
A principios del siglo XIX,
muchos cristianos alrededor de todo el mundo se separaron de numerosas y
diversas asociaciones religiosas no escriturarias, para congregarse como
miembros del cuerpo de Cristo, sobre el simple terreno de la Iglesia de Dios y
según sus principios originales. Como resultado de ello, pueden verse, en
diversos lugares, reuniones de creyentes congregados y constituidos según el
modelo y los principios bíblicos de la asamblea local. Pero estos creyentes no
constituyen de ninguna manera la asamblea local en tal o cual localidad,
puesto que en esas localidades hay muchos creyentes que no se reúnen con ellos.
A medida que estas
congregaciones locales crecieron en número, establecieron relaciones entre sí y
buscaron gozar de la comunión práctica los unos con los otros, según el modelo
de la Iglesia apostólica, recomendándose por medio de cartas, etc. Y así como
había creyentes que se reunían localmente y que actuaban según los principios
de la asamblea local ―sin ser la asamblea local―, también a
lo largo de todo el mundo se hallaban creyentes que tenían comunión los unos
con los otros según los principios de la Iglesia, sin ser la
Iglesia.
La situación se desarrolló de esta
manera durante algún tiempo. Pero Satanás hizo su trabajo, y se produjeron
divisiones, con la respectiva dispersión resultante, tanto en lo que se refiere
a las reuniones locales que andaban según la verdad de la asamblea local, como
al extenso número de creyentes que andaban según la verdad de la Iglesia.
La confusión y la angustia
producidas por estas divisiones, dieron luego como resultado que algunos
cristianos condenaran la idea de que los creyentes pudiesen buscar un camino en
común a la luz de la verdad de la Iglesia. Ellos consideraban que tal cosa no
era sino una tentativa de mantener «un círculo de reuniones». Al mismo tiempo,
aprobaban y sostenían la «asamblea local» ―o, más bien, su
asamblea local― aun cuando esa reunión, lejos de ser la asamblea
local, es tan sólo una entre varias otras reuniones existentes en la misma
localidad, que tienen poca o ninguna comunión práctica entre sí, debido a las
divisiones que sobrevinieron. Entonces, puesto que no existe ninguna entidad
aprobada por la Escritura entre la asamblea local y toda la Iglesia, ellos
pretendían que el remedio para nuestras dificultades consiste en abandonar toda
idea de un «círculo» más extenso que el
pequeño círculo de una reunión local. En cuanto a algo que exceda los límites del
círculo local, cada reunión y cada creyente en una reunión deben tener la
libertad de formar su propia «comunión» o «círculo» según lo estimen justo
delante del Señor.
Si
por «asamblea local» se entiende, no una pequeña reunión, sino la
asamblea local —la cual, lamentablemente, no existe concretamente hoy día3—, es totalmente cierto que no existe nada
que cuente con el respaldo de la Escritura entre la asamblea local y la
Iglesia. Es igualmente cierto que no existe ninguna entidad reconocida por la
Escritura entre el creyente individual y la asamblea local, aunque los
defensores de la idea que estamos considerando, nunca ponen el acento en este
punto. ¿Por qué no ser consecuentes y llevar este pensamiento hasta su
conclusión lógica? El razonamiento que impide a los creyentes establecer una
comunión claramente reconocida en el plano general con otros cristianos
a lo largo del mundo a fin de poder marchar juntos a la luz de la verdad en
cuanto a la Iglesia, se aplica igualmente a aquellos creyentes que buscan
reunirse y gozar de una comunión claramente establecida en el plano local,
para marchar a la luz de la asamblea local. En otros términos, este
razonamiento nos llevaría a la conclusión de que todo el movimiento del siglo
XIX fue un error y que no contaba con la aprobación de la Escritura.
Si,
deseando obedecer las enseñanzas de la Palabra y ponerlas en práctica, no
tenemos ninguna autoridad para andar a la luz de lo que es general, según la
verdad de la Iglesia, ¿qué autoridad tenemos para reunirnos a la luz de
lo que es particular, según la verdad de la asamblea local? Tengamos
presente que la asamblea local hoy, por así decirlo, es accidental y no esencial:
es algo provisional que se ha dado en vista de la condición actual de la
Iglesia. Cuando el Señor venga, todas las asambleas locales dejaran de existir
en un abrir y cerrar de ojos, y sólo la Iglesia subsistirá, la cual comprende a
todos los creyentes desde el día de Pentecostés hasta ese momento. La
Iglesia en su conjunto es lo que perdura y se relaciona con el propósito eterno
de Dios.
III.
Puede
que algunos pregunten: ¿Acaso Mateo 18:20 no ofrece una garantía escrituraria
para una reunión local que no incluya a todos los creyentes de la localidad?
Estamos agradecidos de que sea así. Aunque este pasaje no sea propiamente una
profecía de los últimos días, no obstante creemos que el señor se expresó de
manera que sus palabras confieren autoridad aun tan sólo a dos o tres para
congregarse en Su nombre en los días de ruina que han sobrevenido durante Su
ausencia. Pero estamos igualmente convencidos ―y también
agradecidos― de que el pasaje de 2 Timoteo 2:22 constituye una garantía
escrituraria para que el creyente que se ha purificado pueda marchar con
los creyentes de un mismo sentir, de manera general. Este pasaje no se
halla en un contexto local. La epístola no fue escrita a ninguna asamblea local
particular, sino a un siervo de Cristo dotado. Timoteo vivía sin duda en una
localidad (en Éfeso o en alguna otra parte), pero no
estaba investido de un cargo local (como el de anciano). Tenía un don (1:6), y
un don es universal y no local. La “casa grande” de 2 Timoteo 2:20 es una
ilustración del carácter que rápidamente estaba adquiriendo, no una reunión
local simplemente, sino la iglesia profesante o cristiandad. Así, todo el
pasaje ―el versículo 22 y su contexto― debe ser leído en un sentido
universal, y no en sentido local restricto. Nótese, sin embargo, que tanto en
el capítulo dieciocho de Mateo como en el capítulo dos de la segunda epístola a
Timoteo, se establece una condición. En el primer caso, la condición es
“en mi nombre”; en el segundo, “de corazón limpio (o purificado)”. Estas
expresiones tienen el propósito de ejercitar nuestros corazones y nuestras
conciencias.
IV.
También
se nos puede preguntar si pretendemos que todos los creyentes con los que
andamos en comunión poseen ese “corazón puro” y si es que éste les falta a
todos los demás. Asimismo se nos puede preguntar si pretendemos que sólo
aquellos que se reúnen localmente con nosotros se hallan “congregados al nombre
del Señor”. A ello respondemos que no tenemos tales pretensiones, sino que
más bien nos esforzamos en cumplir estas dos condiciones mientras
aguardamos la llegada del día de las recompensas, cuando el Señor determine en
qué medida hemos alcanzado nuestro objetivo. Ninguna de estas cuestiones
debería apartarnos del objetivo que nos hemos propuesto de andar conforme a la
verdad de la asamblea local y de la Iglesia entera.
V.
Se
nos puede requerir aún que declaremos claramente si creemos o no en un «círculo
de reuniones». Nuestra respuesta es: «No, por cuanto creemos en algo mucho más amplio que un círculo de
reuniones, a saber, en la verdadera Iglesia de Dios».
Las
labores de Pablo en el primer siglo dieron como resultado lo que, para el
observador común, presentaba la apariencia de un simple «círculo de
asambleas cristianas». Sin embargo, no era eso porque se trataba de algo más
que eso: Pablo era empleado para poner en evidencia el cuerpo de Cristo.
Las
labores de hombres piadosos e iluminados del siglo XIX, también dieron como
resultado lo que, para el observador común, presentaba la apariencia de
un simple «pequeño círculo de reuniones»; pero no se trataba de eso, por cuanto
creemos firmemente que Dios se servía de ellos para hacer volver a algunos
creyentes a la obediencia práctica a la verdad de la Iglesia bajo sus dos
aspectos: local y general. Desde entonces, ha sobrevenido mucha confusión y han
surgido muchas divisiones, pero el objetivo que nos hemos propuesto hoy, no es
ni diferente ni menos elevado. Nuestro deseo es andar según la verdad, y no
formar ni mantener un simple círculo de reuniones.
VI.
Si
nos volvemos ahora a aquellos que, según sus propias declaraciones, han
abandonado la idea de un círculo de reuniones (en favor de la independencia,
etc.), ¿qué es lo que vemos? Vemos que, en la práctica, les resulta
imposible escapar de algún tipo de «círculo». Las reuniones son tan
numerosas, y su variedad es tal, que por más abierto que sea el creyente, no
podrá jamás abrazar a todas y deberá contentarse con un determinado «círculo».
Lo que estos cristianos han abandonado en realidad, es el principio de resolver
cuestiones de comunión colectivamente y, en cambio, han determinado
resolverlas individualmente. Ellos juzgan que corresponde a cada
individuo decidir por sí mismo —sin tener en cuenta los conflictos que puedan
ocasionar las decisiones así tomadas— si los creyentes que se reúnen en éste o
aquel lugar deben ser reconocidos como reuniones congregadas según la verdad, y
si pueden tener comunión con ellos. Según ellos, ésta no es una decisión que
deba ser tomada en comunión con otros que andan ya en la verdad. Al romper con
lo que ellos piensan que es un círculo de reuniones, renuncian a toda tentativa
de obedecer y practicar la verdad referente a toda la Asamblea de Dios4.
VII.
Somos
muy conscientes del hecho de que existen considerables razones para que alguno
señale que nos hemos apartado tanto de la comprensión y de la práctica de la
verdad, que todos nosotros hemos quedado reducidos en mayor o menor
medida a meros círculos de reuniones, a meras facciones enemigas, defendiendo
cada cual su propio punto de vista de la verdad o sus propias acciones y
decisiones eclesiásticas. Si eso fuera cierto, el camino a seguir por un hombre
de fe estaría muy claro: debería mantenerse fuera de todos estos partidos.
En
la primera epístola a los Corintios, donde los partidos y escuelas de opinión
se hallaban todos en el seno de la asamblea, los creyentes “aprobados” (11:19),
serían aquellos que, a la vez que excluían a los que participaban en el mal
(como en el capítulo 5), marchaban libremente entre todos los creyentes,
enteramente por encima y por fuera de todos los partidos. Pero hoy la situación
se ha tornado mucho más seria por cuanto los cismas originados dentro de
Corinto se han convertido en abiertas y declaradas divisiones que, si
bien no cuentan con la aprobación del Señor, constituyen no obstante un serio
pecado. Por ese motivo, si hoy nos moviésemos entre todas estas
divisiones, aprobaríamos con ello todo el pecado que representan.
Si
bien estamos conscientes del peligro, no creemos que todos hayan caído
tan bajo como para no haber quedado más que facciones enemigas. El profundo
ejercicio presente en numerosos corazones testifica lo contrario. Y si aun
nosotros pensáramos eso, no podríamos adoptar el remedio de un «intercirculismo» (como el interdenominacionalismo
de hoy). Si, efectivamente, algunos de entre nosotros se ha dejado enredar en
lo que no es más que un círculo de reuniones, abandonemos ese círculo en
un espíritu de arrepentimiento (pues el arrepentimiento siempre abre una
«puerta de esperanza» (Apocalipsis 2:5, 16, 21; 3:3, 19), pero no renunciemos
al objetivo de marchar según la verdad de la Iglesia, lo cual daría como
resultado, en cuestiones de comunión, que cada uno hiciese lo que bien le
pareciese.
VIII.
Por
último, reconocemos que, a causa de tantos tristes acontecimientos de los
últimos tiempos, un gran descrédito cayó sobre la verdad de la Iglesia y sobre
toda tentativa de ponerla en práctica. En consecuencia, existe una creciente
tendencia entre los creyentes a reunirse, fuera de las denominaciones
religiosas organizadas, en pequeñas «misiones» o grupos de diverso tipo, que
son a menudo el fruto del trabajo de algún evangelista piadoso. Estas reuniones
tienen vínculos con todos los grupos de cristianos con los cuales este
evangelista está en contacto; pero estas relaciones son a menudo de una
naturaleza muy débil al principio de la historia del grupo. Con el tiempo,
ellas se confirman y se refuerzan. Creemos que, si la ocasión se presenta, una
atención especial puede brindarse a tales creyentes y rendírseles un servicio
particular. Pero todo siervo de
Dios que aprecie la comunión será sin duda prudente a este respecto, como en
todas las cosas, a fin de actuar, en la medida de lo posible, de común acuerdo
con aquellos con quienes anda. Y si visitare a tales creyentes, no lo hará para
confirmarlos en su posición anómala e imperfecta, sino para instruirlos de modo
que estén “perfectos y completos en todo lo que Dios quiere” (Colosenses
4:12).
4. ¿ELITISMO O EL TERRENO
APROBADO POR DIOS?
CAPÍTULO 16
Debemos considerar un último punto debido al
surgimiento del elitismo. En efecto, usaremos este término para describir la
voluntad de seleccionar y reunir a las personas más excelentes con el objeto de
constituir una compañía selecta, una élite. Ahora
bien, ¿es conforme a la Escritura reunir un grupo selecto de personas más
interesantes y espirituales, con la consiguiente exclusión de las masas menos
interesantes y espirituales?
Estamos persuadidos de que
ninguna persona bien informada acerca del movimiento que tuvo sus orígenes a
principios del siglo XIX pondrá en duda que por su intermedio se redescubrió y
se expuso con claridad la verdad concerniente a la naturaleza, carácter,
privilegio, responsabilidad y destino futuro de la Iglesia de Dios, a la vez
que condujo a los creyentes a salir de los numerosos sistemas no escriturarios
para reunirse en sumisión y obediencia prácticas a la verdad así restituida.
Quienes pretenden argüir lo contrario y afirmar que el objeto perseguido por
estos hermanos era el de reunir en un cuerpo a las personas más selectas y
espirituales que pudiese haber en la cristiandad, deberían inclinarse en
presencia de los abundantes escritos que datan de ese período5 y que contradicen tal acusación.
Pero, “¿qué dice la Escritura?”
Estamos persuadidos de que el único camino aprobado por Dios para los últimos
días de una dispensación, es volver tanto como sea posible a los principios
y prácticas originales que caracterizaban la dispensación en sus comienzos.
La historia de las pasadas dispensaciones, como veremos, ilustra este
principio. Lo que Dios instituye es siempre según su pensamiento; en
consecuencia, toda desviación o modificación de sus principios implica su
corrupción. Las invenciones del hombre, en cambio, llevan la marca de lo
grosero y de lo imperfecto, y las modificaciones que se les introduzcan a
través del tiempo, son generalmente para mejor.
Dios hizo conocer su pensamiento
por medio de Moisés y todo era perfecto en su medida. Pero la historia de
Israel estuvo caracterizada por una continua desobediencia. Dios les envía
profetas, uno tras otro, a fin de recordarles lo que él había establecido al
principio. Jeremías, por ejemplo, que profetizó en los últimos días del reino,
dijo: “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y
preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y
hallaréis descanso para vuestra alma” (Jeremías 6:16). Pero los hijos de Israel
hicieron caso omiso a las palabras del profeta y, en consecuencia, fueron
llevados cautivos a Babilonia.
Más tarde, bajo Zorobabel, Esdras
y Nehemías, muchos judíos volvieron de la cautividad.
Ciro rey de Persia abrió de par en par las puertas para que todos los judíos
retornen a su tierra; y dijo: “Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios
con él, y suba a Jerusalén” (Esdras 1:3). Ahora bien, estamos convencidos de
que esta proclamación tuvo un efecto selectivo. Aquellos “cuyo espíritu
despertó Dios” (1:5) son los que respondieron y subieron; y, sin duda, eran los
más piadosos de entre el pueblo. Sin embargo, el movimiento no era deliberadamente
elitista; era simplemente un retorno a la tierra y al conocimiento y práctica
de la ley tal como había sido dada por Moisés (véase Nehemías
8:1-13; 9:3; 10:29).
Pero, al poco tiempo, sobrevino
una decadencia espiritual más sutil sobre el remanente que volvió de la
cautividad. Los hijos de Israel no volvieron a caer en la idolatría, ni tampoco
tuvieron en menos la “letra” de la ley. Pero, si bien veneraban la letra de la
ley, eludían su espíritu; y, en vez de sentirse humillados por ella,
hallaban plena satisfacción en el orgullo de poseerla. Esta deplorable
condición fue denunciada por el profeta Malaquías.
Sin embargo, en medio de tales circunstancias, había unos pocos que “temían a
Jehová” (Malaquías 3:16). Ellos formaban una especie
de remanente dentro del remanente. Pero la exhortación que recibieron fue ésta:
“Acordaos de la ley de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y leyes para todo Israel” (Malaquías 4:4). A este «remanente del remanente» se les
remite a todas las palabras de Dios, dadas originalmente por Moisés, y
se les recuerda que la Palabra de Dios entera es para todo el pueblo, y
no solamente para ellos. Éstas fueron las últimas palabras de Dios en la
antigua dispensación, y el silencio no se rompe hasta que la voz de Juan el
Bautista se hace oír en el desierto de Judea. Es, pues, un hecho absolutamente
claro que la senda de la voluntad de Dios al final de una dispensación implica
un retorno a los principios que la caracterizaban a su comienzo, aun si sólo
unos pocos toman este camino.
Hallamos lo mismo en el Nuevo
Testamento, para nuestra instrucción, especialmente en las últimas epístolas de
Pablo, Pedro y Juan. En sus palabras de despedida a Timoteo, Pablo dijo:
“Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros” (2 Timoteo
1:14); y en la misma epístola menciona “toda la Escritura” como nuestra
salvaguardia (2 Timoteo 3:16-17). Pedro escribe: “Despierto
con exhortación vuestro limpio entendimiento, para que tengáis memoria de las
palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento
del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles” (2 Pedro 3:1-2). Juan nos
habla de “lo
que era desde el principio”, y dice: “Lo que habéis oído desde el principio,
permanezca en vosotros. Si lo que habéis oído desde el principio permanece en
vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre” (1 Juan
2:24). También nos advierte: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la
doctrina de Cristo, no tiene a Dios” (2 Juan 9).
En general, serán los
santos de Dios más iluminados y más piadosos los que discernirán la voluntad y
el propósito original de Dios respecto de Su Iglesia, y los que responderán.
Aquellos que discernirán y podrán en práctica las instrucciones dadas en 2
Timoteo 2:16-26 estarán, sin duda, entre los creyentes más espirituales; pero
éste es un detalle secundario, no es de ninguna manera el rasgo esencial del
movimiento del que hablamos. La esencia de este movimiento es la
separación para justicia, fe, amor y paz, en asociación con aquellos que
invocan al Señor de puro corazón. La justicia consiste en comenzar a dar
a Dios y a su Palabra el correspondiente lugar de supremacía y autoridad. La fe
comprende toda la voluntad y el consejo de Dios revelados. El movimiento
no es, pues, en su esencia, un intento por concentrar un conglomerado selecto
de creyentes que responden a una elevada norma de espiritualidad e inteligencia
(si bien tal situación puede ocurrir en la práctica). Es un movimiento acorde
con la santidad de Dios, a fin de que haya algo concreto que sea visible y a lo
cual uno pueda referirse. Su meta es la obediencia a toda la Palabra
revelada de Dios, pues tal obediencia es la justicia práctica.
En vista de todo lo
anteriormente expuesto, planteamos entonces expresamente la siguiente pregunta:
Al reunirnos al nombre del Señor con otros pocos creyentes, ¿debemos
considerarnos como una compañía elitista, unida por la fidelidad a ciertas
decisiones y procedimientos eclesiásticos, o a un testimonio que creemos que
nos ha sido confiado, o por una condición intelectual superior que creemos que
nos caracteriza y que nos ha hecho más espirituales que los demás? ¿O debemos
reunirnos como unos pocos creyentes que amamos el nombre del Señor, que
deseamos reconocer su autoridad y andar en obediencia práctica a toda la
verdad, emplazándonos así en el verdadero terreno de la Asamblea entretanto
aguardamos Su retorno?
Ésta no es una pregunta de
interés puramente teológico o académico. De ella se desprenden resultados
prácticos muy importantes. Nuestra manera de comportarnos y de actuar como
asamblea se verá enormemente afectado por la respuesta que le demos. Conceptos
erróneos a este respecto han sido la causa de numerosos y tristes errores del
pasado.
Tomemos, por ejemplo, el asunto
de la disciplina, que ilustra de manera notable la diferencia entre las
dos posiciones que hemos considerado. En las epístolas hallamos un número
considerable de instrucciones sobre este tema. Se ordena la disciplina en
diversos grados de severidad, teniendo que llegarse en algunos casos, como
último recurso, a la excomunión (lo que en realidad es el reconocimiento
de que toda disciplina en el sentido propio ha sido inútil para detener el
mal).
La Iglesia, desde el principio
de su historia, se caracterizó por la debilidad; y las epístolas establecen
claramente que las iglesias fundadas por Pablo no eran modelos de todo lo que
una asamblea debe ser, sino que contenían en su seno gran número de «niños
espirituales», de creyentes «carnales», de cristianos con las manos caídas y
las rodillas paralizadas, cuyos pies estaban a punto de “salirse del camino”
(véase Hebreos 12:12-13). También había en medio de ellos habladores de
cuestiones “vanas y sin provecho” (Tito 3:9), así como hombres que predicaban a
Cristo “por envidia y contienda” (Filipenses 1:15), e incluso maestros
judaizantes que trataban de poner de nuevo a los creyentes bajo la esclavitud
de la ley y del judaísmo. Por todo lo expuesto, no ha de sorprendernos que hoy,
todas las veces que los cristianos estén congregados sobre el terreno de la
Asamblea, un estado de cosas similar no tarde en manifestarse en medio de
ellos. ¿Qué es, pues, lo que se debe hacer en tal caso?
La respuesta a esta pregunta no
presenta ninguna dificultad para aquellos que andan sobre un terreno elitista:
cualquiera que no esté de acuerdo con su asociación elitista es, de hecho,
indeseable y, en lo posible, debe ser eliminado. Veamos unos ejemplos. Un
hermano no puede aprobar una acción o decisión eclesiástica y, por motivos de
conciencia, protesta contra ella. Como resultado de ello, no se le permitirá
seguir en comunión, aun cuando, después de descargar su conciencia mediante su
protesta, esté dispuesto a someterse. Otro hermano no puede aceptar cierta
línea de enseñanza muy apreciada, como una exposición sana y equilibrada de la
verdad bíblica. Y puesto que la asociación elitista sigue esta línea de
enseñanza, ella no descansará hasta que esta persona haya sido quitada de
“dentro” para ser puesta “fuera”. Y así, en un sistema elitista, la excomunión
—poco importa si es el resultado de un método directo o de diversas maniobras
solapadas y torcidas— constituye el remedio para todos los males. Si
uno no adhiere enteramente a su sistema, su lugar está fuera. Todo esto
tiene el mérito de ser muy simple, y reviste en general la forma exterior y la
apariencia de una gran santidad. No requiere ningún ejercicio del corazón. La
paciencia de la persona no es ejercitada. No se produce ninguna expresión de la
gracia de Cristo. El sentido de la propia importancia de cada uno es adulado, y
la voluntad de todos aquellos que forman parte del sistema elitista tiene libre
curso. No ha de sorprendernos, pues, que el elitismo se haya implantado
sólidamente en la mente de numerosos creyentes y que algunos parezcan haber
perdido la capacidad de apreciar otra cosa.
Pero para aquellos que se reúnen
sobre el terreno de la Asamblea, la cuestión no es tan simple. La esencia misma
de su posición es la sumisión a los principios de la Asamblea. Ahora bien, la
Asamblea es el lugar donde el Señor administra y el Espíritu Santo
opera (1 Corintios 12:4-11). Es el lugar donde la inspirada Palabra de Dios
gobierna y dirige (véase Hechos 15:13-29: “Simón ha contado… con esto concuerdan las palabras
de los profetas, como está escrito… Por lo cual yo juzgo… nos ha parecido bien,
habiendo llegado a un acuerdo”). Es el lugar donde la voluntad del hombre no
tiene ningún lugar y, en cambio, la voluntad de Dios, tal como está expresada
en su Palabra, es lo único que cuenta. Por eso, ejercer una disciplina más
rigurosa que la establecida por la Escritura, no es en ningún caso admisible.
La pregunta no es: «¿Qué es lo que conviene a nuestra
compañía?», sino: «¿Qué es lo que conviene a la casa de Dios de la cual
formamos parte y según los principios de esa casa sobre cuya base deseamos
andar?» La respuesta no puede ser hallada sino a la luz de la Palabra de Dios.
Para andar en esta senda, se
requerirán profundos ejercicios a fin de que la Escritura sea correctamente
aplicada. Nuestra paciencia a menudo se verá ejercitada, porque se presentarán
casos particulares sobre cuestiones para las cuales no tenemos instrucciones
claras y precisas del Señor que nos indiquen cómo actuar. El camino más sabio a
seguir será siempre el de esperar en el Señor con oración, a fin de que, de una
u otra manera, manifieste su voluntad, antes que tomar la ley en nuestras
propias manos y actuar sin Él. La gracia será siempre necesaria. Cada uno será
llevado a sentir que no es nada, y todo lo que no es sino voluntad propia será
reprimido. Pues, en definitiva, ¿de dónde viene la autoridad para ejercer la
disciplina en la casa de Dios?: De Dios solamente. Al estar congregados al
nombre del Señor, tenemos autoridad (Mateo 18:18-20). Pero sólo podemos actuar
en su Nombre cuando somos dirigidos por su Palabra.
El elitismo a menudo ha actuado
con precipitación en casos en que los creyentes que tiemblan a la Palabra de
Dios jamás habrían osado llegar tan lejos por no contar con la autoridad para
hacerlo. La compañía, o la causa, elitista debían ser reivindicadas, y, por
consecuencia, una acción drástica se imponía, según ellos. Y si no existía
ninguna autorización del Señor para actuar, ellos buscaban e imponían un pasaje
que no se aplicaba al caso más que de una manera remota o incluso oscura. Y
así, en innumerables casos, lo que ha sido llamado la disciplina de la casa de
Dios, sólo ha servido para apoyar fines puramente personales o de partido, ¡lo
que constituye un grave pecado! Por este tipo de acciones, el elitismo
muestra que en el fondo no es otra cosa que mero sectarismo, sólo que oculto
bajo un disfraz muy pretencioso.
5. OBSERVACIONES FINALES
Cuando los creyentes, por pocos
o débiles que sean, se congregan verdaderamente sobre el terreno de la Asamblea
de Dios, ellos andan según la santidad de la casa de Dios y según las
instrucciones reveladas en su Palabra. Sin embargo, en sus corazones y afectos,
ellos no se separan jamás de la Iglesia de Dios en su conjunto. Reconocen a
Cristo como Cabeza en lo alto y al Espíritu Santo como poder aquí abajo. Saben
que para guardar lo que es de Dios, no necesitan en ningún caso ir más allá de
las instrucciones de la Palabra de Dios (véase 2 Timoteo 3:16-17). Su
preocupación principal no es, de hecho, «salvar» una causa o «el testimonio»,
porque ellos saben que, desde el principio, el Señor ha sabido mantener
su propia causa y preservar su testimonio en el curso de los siglos, y que así
será hasta el fin de los días. Su interés se concentra en obedecer toda
la Palabra de Dios; pues tal obediencia constituye las arras de la salvación
tanto para sí mismos como para aquellos que los oyen (véase 1 Timoteo 4:15-16).
¡Qué bien haríamos en decir,
como el salmista: “Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni
anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí” (Salmo 131:1)! Efectivamente
hay cosas demasiado grandes o elevadas, que escapan a nuestro alcance, y que el
Señor tiene en sus manos y no nos las ha delegado. Él lleva adelante su propia
obra; dirige su testimonio y lo salva cuando es necesario, y es quien establece
y guía a sus siervos. Pero cuando los hombres, por más bien intencionados que
sean, tratan de cumplir estas tareas, que nunca se les pidió que hicieran,
ellos invariablemente terminan fracasando en sus intentos por llevarlas a cabo.
La obra a la cual somos llamados
es menos pretenciosa pero más práctica: andar en obediencia al pensamiento
revelado de Dios. Hemos sido dejados aquí para obedecer a la verdad, lo
cual es algo suficientemente grande y maravilloso para nosotros. Toda la verdad
ha sido manifestada en Cristo, y él es la verdad. Todo nos ha sido revelado en
la Escritura, de modo que la Palabra es la verdad. El Espíritu que nos fue dado
para que conozcamos la verdad y la obedezcamos, es el Espíritu de verdad.
¡Quiera Dios darnos la gracia suficiente para encauzar nuestra energía
espiritual en esta dirección!
F. B. Hole
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Versión
original en inglés: Assembly Principles, F. B. Hole.
Las «notas
del editor» —N. del E.— pertenecen a Roger P. Daniel quien revisó y editó la obra en
inglés en 1977 a través de la editorial Believers Bookshelf, Inc.
Publicado
en español por ©CRECED, (http://www.creced.ch/), marzo de 2007.
Derechos reservados.
NOTAS
1N. del T.— El «mal eclesiástico» es una “especie de mal”
(1 Tesalonicenses 5:22) como cualquier otra— ya de doctrina fundamental o moral
(2 Juan 7; 1 Corintios 5)— que demanda con igual fuerza nuestra separación (2
Timoteo 2:19). William Kelly, por ejemplo, recalcó la
diferencia entre el «mal eclesiástico» y el «mal fundamental», pero hizo notar
la necesidad de separación respecto de ambos: «Los “hermanos” han dado
bastantes pruebas sólidas de que ellos nunca han tratado la iniquidad
eclesiástica como algo de poca importancia, al separarse de todas las
asociaciones que suponen un apartamiento de la
Palabra de Dios. Pero ellos rehúsan poner estas cuestiones en un mismo plano de
igualdad con todo lo que tenga que ver con doctrinas fundamentales destructoras
que nieguen a Cristo. La Palabra de Dios —y no ninguna teoría o regla propia—
es la autoridad y el motivo para los dos casos» (The Brethren and Their Traducers, London: Morrish, pág. 21-22). Un «mal eclesiástico» o «iniquidad
eclesiástica» se refiere a todos aquellos principios
y prácticas que contradicen la verdad revelada en la Palabra de Dios.
Podemos mencionar como ejemplos de males eclesiásticos comunes la ordenación de
ministros en todas sus formas (incluso la ordenación de mujeres, tan en boga
hoy en día), la formación de iglesias sobre la base de un punto de vista
doctrinal particular en el cual se hace hincapié (por ejemplo, el bautismo), la
condición de «miembros» de «una» iglesia específica, instituciones humanas
eclesiásticas tales como sistema de clérigos y laicos, estructuras
eclesiásticas, como el sistema congregacional,
episcopal, presbiteriano, etc., liturgias preestablecidas, etc., y también la
independencia eclesiástica.
2N. del T.— Cabe señalar
que si bien la versión Reina-Valera añade el artículo definido «el» antes de
“cuerpo de Cristo”, en el original griego el artículo no existe. La ausencia
del artículo hace recaer el énfasis en el carácter de la expresión “cuerpo de
Cristo”, pero no define una asamblea local como “el” cuerpo de Cristo, noción
que carece de base escrituraria.
3N. del T.— La Biblia no
enseña que haya «iglesias» o «asambleas» en una localidad, sino que ella habla
de «la iglesia o asamblea» en un lugar o ciudad, con todas sus acciones hechas
en plena comunión, aunque hubiere muchos lugares de reunión en esa ciudad. «Sí
leemos de “iglesias” en un país o en una provincia (como Galacia), pero se
habla de “la iglesia” en Jerusalén (Hechos 8:1, 3; 11:22), en Antioquía (Hechos 11:26; 13:1), etc.» (William Kelly, «The Church» in a Place, City, or Town).
4N. del E.— El lector
puede verse confundido por la aparente contradicción entre los puntos cinco y
seis. El punto cinco considera un círculo desde el punto de vista abstracto,
teórico, doctrinal. No hallamos ningún círculo en la Escritura; en ella
solamente vemos la asamblea local y la Iglesia, y, por tal motivo, nuestros pensamientos
y objetivos no deben estar restringidos a ningún círculo. Pero, como vemos
en el punto seis, puesto que no todos los creyentes desean seguir en la senda
aprobada por la Palabra o no están de acuerdo con nosotros en algún punto, hay
quienes andan en comunión con nosotros y hay quienes no. Por eso, si bien no
debe ser nuestro objetivo, en la práctica es imposible librarnos del
hecho de un círculo de reuniones.
5N. del E.— Este piadoso
movimiento que comenzó a extenderse por el mundo casi a mediados del siglo XIX
llegó a conocerse como «el movimiento de los hermanos» el cual experimentó un
rápido crecimiento. Los escritos de hombres piadosos, dotados por Dios, tales
como J. N. Darby, William Kelly,
C. H. Mackintosh, F. W. Grant,
etc. todavía siguen circulando y siendo leídos ampliamente incluso dentro de
ámbitos denominacionales. Si bien a menudo se los
conoce como los «Hermanos de Plymouth», estos
hermanos (con «h» minúscula) rechazan todo título o nombre que no
incluya a todos los verdaderos creyentes. Ellos se consideran simplemente
hermanos en Cristo, no congregados hacia ningún otro nombre que no sea el del
Señor Jesucristo (Mateo 18:20), y buscan obedecer la verdad de la Iglesia y las
verdades contenidas en toda la Palabra de Dios.