EL ESPERADO REINO MILENARIO

 

CAPÍTULO 3

 

¿Qué esperaba el remanente piadoso?

 

 

 

 

La expectación del remanente y de nuestro Señor

 

Por qué nuestro Señor fue rechazado

 

Habiendo visto que no sólo era lo propio, sino también un deber que un judío entendiera a los profetas literalmente, ahora veremos que el remanente piadoso, en los días que el Señor anduvo en la tierra, y el mismo Señor, entendieron a los profetas literalmente. En respuesta a R. Zorn, señalamos que esta expectación del remanente respecto a un reino temporal, este alegado «compromiso exegético del judaísmo» no provocó que el remanente piadoso rechazara a Cristo. Por eso la alegación de que esta expectación condujo a Su rechazo y crucifixión, es falsa y mero polvo que oscurece el discernimiento.

 

La razón para el rechazo del Señor se debió a que el Dios soberano, para quien todas Sus obras son conocidas, ofreció el Reino en la Persona de Aquel que es “manso y humilde”. Era una prueba para poner de manifiesto el estado moral del pueblo. El primer hombre (1 Corintios 15:47) aún estaba siendo probado, y ahora, la mayor prueba final, entretanto el primer hombre no era aún juzgado y puesto de lado en la cruz, estaba siendo llevada a cabo. Así pues, el primer hombre, probado en las personas del favorecido pueblo, fue sometido a la prueba moral final (véase Mateo 23:33-46). Como resultado de esta prueba, el corazón del hombre quedó plena y finalmente puesto al descubierto, de modo que la posición del primer hombre llegó judicialmente a su fin en la muerte de Cristo. Por eso un cristiano puede decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado” (Gálatas 2:20).

 

Se ha preguntado, si Cristo vino a ofrecer un reino mesiánico terrenal, ¿por qué no aceptó el deseo expresado en Juan 6 de que fuese rey? La respuesta se halla en el v. 26: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis.” La base era falsa: su dios era el vientre. El Reino fue presentado en la Persona del Hombre humilde, y ellos en realidad no se interesaron en Él, tal como Sus escrutadoras palabras pronto pusieron en evidencia (véase v. 42, 64-66). Su estado moral salía a luz. No eran aptos para el Reino. Dios, así, soberanamente, valiéndose de ese terrible estado moral, dio lugar a la crucifixión de Cristo. Luego, pudo ser sacado a luz también ese otro aspecto de glorificarse en Cristo en los lugares celestiales: los santos son ahora una compañía celestial, sentada en Cristo en los lugares celestiales. Éste era un secreto, escondido en Dios, respecto del cual se había guardado silencio. Esto dejó vigentes las antiguas promesas y profecías; pero la obra de la cruz puso en vigor la base moral sobre la cual Dios, soberanamente, aún bendecirá a su antiguo pueblo.

 

Mientras tanto, salió a luz otro misterio, algo que estaba escondido de los profetas y de los santos del Antiguo Testamento. Se introdujo un aspecto del reino en misterio. El rechazo del Señor se señala especialmente en el capítulo 12 de Mateo; y luego, en el capítulo siguiente (Mateo 13), Él comenzó a hablar de los misterios del Reino.

 

El reino temporal ha sido, pues, pospuesto, hasta que Dios haya completado Su obra con la iglesia. Cuando los santos hayan sido llevados arriba a la casa del Padre, comenzarán los juicios contra los apóstatas. Y durante ese tiempo, por la soberana gracia naturalmente, será formado un remanente judío dispuesto para el Rey. Ahora dejaremos esta breve reseña para examinar la expectación del remanente judío cuando nuestro Señor estuvo aquí abajo.

 

La expectación

 

Zacarías. “Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo...” (Lucas 1:67). Ahora bien, seguramente no esperaríamos que el Espíritu Santo presente una idea carnal, rabínica, degenerada respecto al Reino. ¿Qué profetizó Zacarías? “Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; para hacer misericordia con nuestros padres, y acordarse de su santo pacto...” (Lucas 1:72-73). Está claro que él se estaba refiriendo a una liberación nacional y al reino temporal.

 

María, la madre de nuestro Señor. A María se le dijo esto: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:32-33). ¿Podríamos suponer que María entendió, o que Dios quiso decir, que ésta era una promesa que hacía referencia a que Su Hijo reinaría en el cielo sobre la iglesia?  Y si los profetas fuesen entendidos literalmente, ¿podríamos imaginar mejores palabras  para confirmar las promesas? Ciertamente nuestro Señor vino a ser ministro de la circuncisión para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8).

 

Simeón. “Este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel” (Lucas 2:25). Es en vano pensar que él aguardaba un reino espiritual. La Escritura nos presenta su actitud como encomiable.

 

Ana. Ella “hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén” (Lucas 28; cf. Lucas 24:21). Apenas hace falta decir que ella no estaba aguardando la obra de la redención en la cruz, sino, como otros, aguardaba que el Mesías liberte a Israel.

 

Los discípulos. ¿Podría alguien suponer que los discípulos pensaban quién sería el mayor en un reino espiritual (Mateo 18:1)?

 

La madre de Santiago y de Juan. Quería que el Señor ordenase que sus hijos se sentasen uno a la derecha y el otro a la izquierda en Su reino. Ella no podía haber tenido en cuenta el presente período (Mateo 20:21). El Señor aprobó la expectación de tal reino.

 

Santiago y Juan. Ellos pidieron al Señor lo mismo que su madre: Sentarse, “en su gloria” el uno a su derecha, y el otro a su izquierda (Marcos 10:37). ¿Podría alguien pensar que ellos se referían al cielo o al estado eterno?

 

Los discípulos otra vez. Poco antes de ir a la cruz, el Señor les refirió una parábola por cuanto ellos pensaban que el reino había de manifestarse inmediatamente (Lucas 19:11-27). Esto tuvo lugar tres años después de haber escuchado al Maestro. Nótese bien que esta expectación poco tiempo antes de ir a la cruz, marca cuál era su carácter respecto a qué es lo que ellos esperaban. Pues bien, el reino no había de ser manifestado de inmediato. El hombre de la parábola se fue lejos para recibir un reino y volver. Él ahora aguarda hasta el tiempo determinado.

 

José de Arimatea. Era otro “que también esperaba el reino de Dios” (Marcos 15:43). La manera en que el Espíritu Santo parece colocar a estos santos en tal expectación debiera preocupar a aquellos que se oponen al Reino temporal.

 

El ladrón en la cruz tampoco espiritualizó el Reino terrenal del Hijo del hombre. Pidió al Señor que se acordara de él cuando viniese en Su Reino. Pero, en cambio, él estaría en el paraíso ese mismo día y no debería esperar la bendición hasta que Cristo apareciese para establecer el Reino con poder y gloria.

 

Pedro tampoco convirtió en espiritual el Reino terrenal del Hijo del hombre. Fue testigo ocular de Su majestad, en el monte (2 Pedro 1:16-18). Y esto explica, simplemente, Mateo 16:28. Los que estuvieron en el monte (Mateo 17:1-9) tuvieron una vista por anticipado del Hijo del hombre viniendo en Su reino. ¿Acaso era ése el llamado «reino espiritual»? ¡En absoluto! Mateo 16:24-28 muestra al Señor dirigiéndose a sus discípulos. Algunos no gustarán la muerte hasta que le hayan visto venir en Su Reino. Está claro que algunos gustaron la muerte sin verle viniendo en Su Reino. El día de Pentecostés, pues, no fue la venida del Hijo del hombre, puesto que todos los apóstoles estuvieron allí, a excepción del hijo de perdición. De todas maneras, Pedro, Santiago y Juan vieron al Hijo del hombre viniendo en Su Reino, en el monte de la transfiguración (en donde, digámoslo de paso, tenemos una mezcla de cosas celestiales y terrenales tan objetables para los oponentes de la verdad dispensacional).

 

Juan el Bautista. Nuestros hermanos que no creen que Juan y nuestro Señor ofrecieron un Reino temporal bien han dicho que los líderes judíos creían en un reino literal venidero. Hemos visto que el remanente judío, durante el tiempo en que nuestro Señor estuvo aquí, compartió este mismo pensamiento. Los magos también esperaron lo mismo (Mateo 2:2), y esto afanó a Herodes (Mateo 2:3). Muchos tuvieron un rol en ese estado de cosas. Había una gran multitud también que clamaba: “Hosanna al Rey de Israel” (unos días antes se habían vuelto contra él). A duras penas habrían querido decir ‘Rey de la Iglesia’. Ellos, además, estaban esperando “el reino de nuestro padre David que viene” (Marcos 11:10). Y bien podían hacerlo, pues las 69 semanas de Daniel (Daniel 9), estaban llegando a su fin. Pero ellos no comprendieron el significado de lo que Daniel 9:26 dice acerca del Mesías: “y no será más suyo el pueblo” (Versión Moderna); (lit.: “y no tendrá nada”). El Mesías en realidad no había de tener ese reino en su primera venida.

 

El hecho, pues, es que los evangelios describen la expectación de un reino venidero temporal, como una expectación general que encontraba eco tanto en los guías de Israel como en los guiados. Si Juan hubiese venido anunciando un reino espiritual, no habría sido considerado profeta, por cuanto ello habría sido opuesto a la creencia general respecto de lo que habían dicho los profetas del Antiguo Testamento. Vino predicando: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2). ¿Acaso no queda claro que se trataba de un anuncio del reino literal predicho por los profetas?

 

El hecho, pues, de que lo sea, explica Mateo 11:3. La dificultad de Juan era que él, el precursor de este Rey, estaba en prisión. ¿Acaso por esto el Señor no sería “Aquel que había de venir”? Sin duda, como muchos otros pertenecientes al fiel remanente, Juan no pudo armonizar correctamente los aspectos de Cordero y de León de las dos venidas de Cristo. ¿Cómo él, el precursor, podía estar en prisión, estando allí el Libertador de Israel (Lucas 1:71-75), especialmente si se considera la inspirada declaración del padre de Juan (Lucas 1:67)? De  modo que es evidente que Juan estaba esperando la restauración del Reino. ¿Tenía también él acaso una «idea carnal, rabínica, degenerada» respecto al Reino? Su predicación respecto al Reino, por tanto, él la entendía como refiriéndose al restaurado reino de Israel

 

Nuestro Señor. Nuestro Señor predicó este mensaje también, diciendo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Sostenemos, pues, que nuestro Señor predicó la venida de un reino literal, amén de introducir luego el reino en forma de misterio, forma en la cual existe ahora. Además,  sostenemos que nuestro Señor nunca corrigió la expectación del reino terrenal; no le dijo a nadie que tal reino jamás habría de existir, ni antes de su muerte ni después de ella. ¿Qué les había enseñado a orar a los discípulos?: “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Resulta claro que esta oración se refiere a la tierra y a un reino en la tierra. ¿Qué razón habría para orar que el reino venga si ya había venido cuando Él vino? Se refiere al reino manifestado, al reino restaurado de Israel a través del que Cristo administrará Su reino, y que, no habiéndose cumplido aún, es aún futuro.

 

El pasaje: “Preguntado por los fariseos, cuándo había de venir el reino de Dios, les respondió y dijo: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17:21-22)[1], no contradice lo que se ha dicho. El reino de Dios estaba en medio de ellos como incorporado dentro de Su persona. La oferta del Reino implicaba la previa aceptación de su Persona y era una prueba moral que Dios había designado para poner de manifiesto el estado moral de la nación de Israel y de sus guías. Ellos lo rechazaron, y rechazaron así la manifestación del reino temporal.

 

Además, el Señor dijo a los apóstoles que se sentarían en doce tronos juzgando a las doce tribus de Israel (Lucas 22:29-30). ¿Acaso esto suena como si Él estuviese «espiritualizando» a los profetas? Esperamos que nadie haya de pensar que los doce apóstoles habrán de juzgar a las doce tribus de Israel durante el estado eterno, o que lo estén haciendo ahora (o que ellos estén juzgando a la iglesia ahora).

 

Nuestro Señor y los dos discípulos.  Al considerar el caso de los dos discípulos a quienes el Señor habló en el camino a Emaús, observaremos algo que se relaciona con la cuestión de por qué los judíos rechazaron al Señor. Como se ha señalado ya, no fue porque ellos esperaban erróneamente un reino temporal. Está claro que estos dos discípulos compartieron esta expectación, la redención de Israel (cf. Lucas 2:38). “Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido” (Lucas 24:21). Su esperanza se había esfumado. Ellos esperaban una liberación nacional, y ahora él había muerto. ¿A qué se debía su desazón? ¿Al hecho de que interpretaban los profetas literalmente? Obviamente que no. Ellos tomaban las Escrituras selectivamente (como lo hacen aquellos que, por un proceso de alquimia espiritual, convierten las bendiciones del Antiguo Testamento en bendiciones para la iglesia, y dejan inalteradas las maldiciones para Israel). El Señor les señaló lo siguiente: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:25-27). Recordemos lo que escribió el amilenarista O. T. Allis: «...desde el principio mismo, Jesús no sólo desalentó, sino que se opuso de forma plena y categórica a la expectación de los judíos de que estaría por establecerse un reino de gloria terrenal judío, tal como aquel que David había establecido siglos atrás» (Prophecy and the Church, pág. 70). Ya hemos señalado que un cambio ocurrió en el ministerio de Cristo respecto a la introducción del tema del aspecto de misterio del Reino, de modo que el Señor, a partir de entonces, ya no habló más del Reino como si estuviese cerca. No obstante, el Señor nunca se opuso al pensamiento de que habría de establecerse un reino temporal. Nótese que él en realidad confirmó esa expectación a esos dos discípulos. Les dijo que eran “tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho”. No les dijo que la parte que habían creído, ellos la habían entendido mal. ¿Qué habían creído?: sólo la parte concerniente al reino temporal. ¿Dónde radicaba el problema?: En no creer lo que estaba escrito acerca de los sufrimientos de Cristo.

 

Por todo lo expuesto, podemos concluir que nuestro Señor aquí confirmó realmente el entendimiento que ellos tenían en cuanto a que habría de establecerse un reino temporal.

 

En vista de la expectación de un reino nacional por parte del remanente, y de que el Señor confirmó la validez de esta expectación, considérese la siguiente nota:

 

«...Esa doctrina era la mismísima piedra angular del credo del apóstata judaísmo en su último estadio, y la causa primera de su rechazo y crucifixión de Cristo...»[2]

 

Así pues, esto en realidad equivale a decir que el remanente piadoso se apoyaba en la «piedra angular del credo del apóstata judaísmo».

 

Después de los cuarenta días. Es notable considerar, además, que el Señor habló a los discípulos por cuarenta días después de la resurrección, “hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3). Si no fuese a haber ninguna restauración nacional del Reino, ¿no es extraño que, después de todo eso, ellos todavía pregunten al Señor: “Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6)? ¿¡Qué!? Cuarenta días hablándoles sobre cosas pertenecientes al Reino, ¿y ellos todavía no se habían dado cuenta de que estaban totalmente equivocados, de que no habría de haber ningún reino semejante, de que todas esas profecías no tienen ningún sentido literal; de que esa doctrina era no sólo carnal, sino la «piedra angular del credo del apóstata judaísmo»? Uno bien podría haber pensado que ya era tiempo de purificar sus mentes del error de esa «expectación groseramente carnal»[3] , rabínica, funesta y literalista. Pues bien, y ahora ¿acaso el Señor finalmente les dice que ellos tienen una expectación errónea? No; simplemente les señala que aún no es el tiempo para ello, confirmando así una vez más dicha expectación.

 

Resulta muy claro que los discípulos estaban todavía esperando el Reino con poder. ¿Acaso el Señor les dijo que su expectación era errónea? ¿Alguien podría afirmar tal cosa? Él les dijo que no era de su competencia saber los tiempos y las sazones. Su expectación, pues, era correcta; su tiempo, erróneo.

 

O. T. Allis dice que los discípulos «aparentemente esperaban un reino israelita». ¿Por qué aparentemente? Las palabras son extremadamente claras, la expectación de ellos era absolutamente franca y transparente, y así debemos aceptarla: su expectación era correcta, sólo que el Señor los corrigió en cuanto al tiempo.

 

Es interesante ver que Allis, en su réplica a esto, critica a C. I. Scofield por decir que Jesús dio una sola respuesta a la pregunta de los discípulos, a saber, que «el tiempo era el secreto de Dios». Allis, en cambio, dice que el Señor dio «dos» respuestas, y que la importante en esta discusión es la segunda, la que se encuentra en el v. 8: esto es, que el Reino no era un reino israelita, sino un reino de alcance mundial. Ésta es la respuesta de O. T. Allis respecto del reino temporal[4] ¿Y se olvidó el hermano de la «otra» respuesta? Pues había dicho que había «dos» respuestas; pero si hay «dos», ¿por qué pasó por alto la primera? Esto equivale a dejar que la primera permanezca y tratar de eludirla distrayendo la atención hacia un asunto colateral, haciendo que la segunda respuesta contradiga a la primera.

 

Philip Mauro entendió perfectamente las palabras de los discípulos. Escribió:

 

«No estamos investigando si Jesús de Nazaret fue y es el verdadero Rey de Israel o no; sino, si es que Él, en su primera venida ofreció o propuso “restaurar de nuevo el reino a Israel”»[5].

 

Él citó estas palabras del capítulo 1 de los Hechos, lo que indica que entendió perfectamente la pregunta de los discípulos. Implícito en su declaración está el hecho de que después de tres años y medio de ministerio del Señor, los discípulos estaban aún esperando un reino temporal.

 

 R. Zorn expresó:

 

«Hechos 1:6, donde se menciona la última llama vacilante por parte de los apóstoles, de la esperanza de que el Israel nacional sea una vez más una teocracia política.» [6]

 

Estas observaciones admiten implícitamente lo que ya hemos señalado en detalle antes, a saber, que el remanente esperaba un reino temporal, y que incluso lo siguió haciendo cuarenta días después de la muerte del Señor, días durante los cuales Él, resucitado, les había hablado cosas respecto del reino de Dios. ¿Cómo, pues, podemos dar crédito a tan increíble noción de que nuestro Señor «...desde el mismo principio... no sólo desalentó, sino que se opuso de forma plena y categórica a la expectación» de un reino temporal? Sugerimos que ese tipo de declaraciones ilustran claramente el poder que tiene sobre la mente un sistema teológico no Escriturario.

 

Después de la ascensión del Señor, los discípulos debían esperar la promesa del Padre (Hechos 1:4) y también de Cristo (Hechos 1:8; Juan 15:26), es decir, la venida del Espíritu Santo. El Espíritu los habría de conducir a toda verdad (Juan 16:13), les recordaría todo lo dicho (Juan 14:26), mostrándoles las cosas que habían de venir (Juan 16:13) y comunicando las cosas profundas de Dios (1 Corintios 2:10). Debían esperar en Dios y en Sus tiempos en cuanto a lo que ocurriría, ahora que el Hijo del hombre ascendió adonde estaba antes (Juan 6:62) y antes que vuelva para establecer el Reino. Trataremos esto en el estudio siguiente. Debemos ver brevemente primero que se hizo provisión para la nación como tal en la muerte de Cristo.

 

La muerte de Cristo provee específicamente para el futuro nacional de Israel

 

“Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Así que, desde aquel día acordaron matarle” (Juan 11:47-53).

 

Concluimos con este pasaje. Aquí se expone el corazón, el estado espiritual. Lo que estaba en juego eran los propios intereses, el lugar que ellos ocupaban. El motivo para matar al Señor es claro: El corazón humano es depravado.

 

Nótese bien lo que profetizó Caifás: Pero “esto no lo dijo por sí mismo”. No. Fue el Espíritu de Dios el que hizo que lo que estaba en el corazón saliese de la boca. El propósito de matar al Señor, proferido por el sumo sacerdote, es visto por el Espíritu Santo como una profecía de la muerte del Señor Jesús por la nación. Pero Juan agrega: “y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. Aquí, pues, se ponen de manifiesto dos de los resultados de la muerte de Cristo. Uno es la “congregación en uno de los hijos de Dios que estaban dispersos”. La obra de Cristo en la cruz asentó las bases para esto, lo cual se llevó a cabo el día de Pentecostés.

 

El otro resultado es para la nación de Israel. Nuestro Señor fue ministro de la circuncisión para confirmar las promesas hechas a los padres (Romanos 15:8). Su muerte incluyó morir por esa nación. Su obra puso el justo fundamento para que Dios forme una nación de personas salvas (Romanos 11:26). Cuando el Reino sea establecido por el poder divino, todos los israelitas rebeldes habrán sido barridos, y quedarán los justos para formar la nación. La nación, pues, estará formada por un pueblo espiritual.

 

“Vivo yo, dice Jehová el Señor, que con mano fuerte y brazo extendido, y enojo derramado, he de reinar sobre vosotros; y os sacaré de entre los pueblos, y os reuniré de las tierras en que estáis esparcidos, con mano fuerte y brazo extendido, y enojo derramado; y os traeré al desierto de los pueblos, y allí litigaré con vosotros cara a cara. Como litigué con vuestros padres en el desierto de la tierra de Egipto, así litigaré con vosotros, dice Jehová el Señor. Os haré pasar bajo la vara, y os haré entrar en los vínculos del pacto; y apartaré de entre vosotros a los rebeldes, y a los que se rebelaron contra mí; de la tierra de sus peregrinaciones los sacaré, mas a la tierra de Israel no entrarán; y sabréis que yo soy Jehová” (Ezequiel 20:33-38).

 

Además de aquellos que fueron traídos de las naciones, Dios hará una obra purificadora en Palestina, en donde las dos terceras partes serán cortadas en ella (Zacarías 13:8). Así será como el Libertador “apartará de Jacob la impiedad”.

 

“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis arrogantes en cuanto a vosotros mismos: que ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo, como está escrito: Vendrá de Sion el Libertador, Que apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos, Cuando yo quite sus pecados. Así que en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres. Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:25-29).

 

“...y quitaré el pecado de la tierra en un día” (Zacarías 3:9).

 

“Y tu pueblo, todos ellos serán justos” (Isaías 60:21; véase también 59:20-21; 65:9; 66:7-9; 4:4; Zacarías 3:9; 12:10 y el Salmo 110:3).

 

“Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder” (Salmo 110:3).

 

Vemos a Dios actuando soberanamente a fin de llevar a cabo aquello que fue proferido en el poder del Espíritu por boca de los profetas del Antiguo Testamento. Mientras tanto, por la obra de la cruz se estableció la base justa sobre la cual podía tratarse con la nación. En aquel día venidero, ellos estarán bajo un nuevo pacto.

 

“He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:31-34).

 

“Y os haré entrar en los vínculos del pacto” (Ezequiel 20:37).

 

“Que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas; de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén” (Romanos 9:4-5).

 

En el capítulo 3 de Romanos, Pablo dice que estos israelitas son “mis hermanos, los que son mis parientes según la carne”. Y ¿a quiénes dice que pertenecen los pactos? A ellos, en efecto. Pero en aquel día, cuando Cristo reine sobre Su propio trono, ellos no sólo serán “parientes según la carne”; todos ellos serán justos. Todos serán israelitas, por cierto. Todos serán, “el Israel de Dios” en aquel día. Experimentarán la bendición del pacto con Abraham y con David, y del Nuevo Pacto. Cristo murió por esa nación, y, sobre la base de esa obra, Dios puede con justicia hacer todas esas cosas y hacer efectivas las antiguas promesas. Tales son Sus caminos morales.

 

Para concluir, echemos un vistazo a Apocalipsis 3:21, el cual indica que el Señor aún no está sentado en Su trono (el trono de David), sino en el trono del Padre (cf. Mateo 25:31). El reino de Cristo predicho por los profetas del Antiguo Testamento aún no ha comenzado. ¡Que el Señor dirija nuestros corazones y nuestro entendimiento para que conozcamos más acerca del misterio de Cristo y de la Iglesia, y que nos conceda caminar de acuerdo con nuestra vocación!

 

Thy Precepts vol. 4, # 3, 1989

 


Literatura afín recomendada: «El Reino del Rey Ausente (MATEO XIII) por F. W. Grant


NOTAS

 

[1]  Sobre este pasaje de Lucas 17, William Kelly escribió:

 

«El reino de Dios era la esperanza nacional de Israel. Estaba presente en los pensamientos de todos aquellos que esperaban la bendición de Dios. Estaba inseparablemente ligado a la presencia del Mesías. Tal es la manera en que el Reino se presenta en el Antiguo Testamento. Esto tampoco el Nuevo Testamento lo hace a un lado en absoluto, sino que, contrariamente, confirma dicha expectación: sólo que él despliega el Reino de otra forma antes de que éste sea introducido con poder cuando el Señor vuelva en gloria.

 

Pero los fariseos no sabían nada de esto. Ellos demandaban de Él cuándo el Reino de Dios había de venir, pensando solamente en aquello que habrá de ser manifiesto cuando los judíos hayan sido traídos de vuelta de todos sus caminos errantes, y restaurados, en su plena nacionalidad, a la tierra de la promesa bajo el reinado del Mesías y el Nuevo Pacto. El Señor, como ocurre en todo el evangelio de Lucas, muestra algo adicional y más profundo, algo que requería fe antes de que el Reino se estableciese con poder. Él, pues, les responde de la siguiente manera: “El reino de Dios no vendrá con advertencia (de manera de llamar la atención)” (v. 20). Esto era lo importante, desde el punto de vista moral, que ellos debían saber ahora. El Reino seguramente vendrá tal como ellos lo esperaban, en su respectivo tiempo, y el Señor nos hace ver claramente esto en los versículos siguientes. Pero lo primero que el Señor hace, muy en conformidad con el pensamiento de Dios, es insistir en un punto que ellos desconocían, y el cual les era de vital importancia saber: “El reino de Dios no vendrá con advertencia” o con una manifestación exterior. “Ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (v. 21). Los fariseos ignoraban esto por completo, y esta ignorancia es fatal: pues implicaba desconocer al rey de Dios, cuando manifestó el verdadero poder del Reino en victoria sobre Satanás, y sobre todos los resultados de la sujeción del hombre a la debilidad en este mundo; cuando Él lo manifestó positivamente en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, el Hombre dependiente y obediente, pero en el infalible poder de Dios que obraba por Él. Los fariseos eran ciegos a todo esto, y no le daban el menor valor, por cuanto ellos no apreciaban a Dios. Como nación, ellos deseaban aquello que los exaltaría y vencería a sus enemigos; no deseaban aquello que exalta a Dios y humilla al hombre.

 

En su respuesta, pues, lo primero que hace el Señor es satisfacer las necesidades morales de los fariseos, y muestra, en el sentido más importante ahora, que, desde el tiempo de Su rechazo hasta Su retorno en gloria, no se trata de “Helo aquí, o helo allí”, sino de fe para reconocer la gloria de Su persona, y para reconocer que el poder que obraba es de Dios. “El reino de Dios está entre vosotros.” Estaba en medio de ellos, pero ellos no lo veían, porque no lo veían a Él. Ellos pensaban poco en Jesús. Esto significa la ruina para toda alma que oye pero rechaza el testimonio (cf. Mateo 12:28)» (An Exposition of the Gospel of Luke, pág. 286-288).

 

[2] Philip Mauro, The Gospel of the Kingdom, pág. 34.

 

[3] Ibid., pág. 77, 79.

 

[4] O. T. Allis, Prophecy and the Church, pág. 312, nota 1.

 

[5] «More Than a Prophet», pág. 33.

 

[6] Church and Kingdom, pág 49.

 


 

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