|
EL
ESPERADO REINO MILENARIO CAPÍTULO 4 El Reino pospuesto |
Introducción
En el artículo
anterior, vimos la expectación del Reino por parte de Juan el Bautista,
nuestro Señor y el remanente, y hallamos que todos ellos creían en un reino
literal. Vimos también que la muerte de Cristo provee para el futuro nacional
de Israel. El Reino literal no fue, naturalmente, inaugurado, y, por decirlo
así, fue pospuesto. En esta ocasión
consideraremos especialmente esta posposición. En primer lugar consideraremos
por qué el ofrecimiento del Reino fue rechazado por Israel, y luego veremos
cómo Dios se vale de la obstinación de Israel. Para concluir esta serie de
estudios sobre el Reino esperado, daremos respuesta a la acusación de que el
ofrecimiento del Reino hace a Dios culpable de hacer un ofrecimiento inmoral.
Cuando hablamos de «posposición» del
Reino literal, no queremos decir ni implicar que haya sido el propósito de Dios
inaugurar ese Reino cuando nuestro Señor estuvo aquí abajo, aunque haya algunos
que piensen eso. Ello tampoco implica que la cruz haya sido algo imprevisto o
accidental ―una noción ciertamente insensata―. Simplemente
significa que el Reino será inaugurado después
que Dios haya concluido la presente obra de formar aquella compañía de
redimidos que será manifestada en gloria celestial cuando Cristo, nuestra vida,
sea manifestado (Colosenses 3:4). Dios lo ha ordenado todo. En el ínterin, se
ha inaugurado una forma del Reino en misterio, forma desconocida para los
profetas del Antiguo Testamento. También mientras tanto, Cristo está sentado
“con su Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21). Él aún no se ha sentado en Su
propio trono; pero al que venciere hoy, se le promete que se sentará con Cristo
cuando Él se siente en Su trono (Apocalipsis 3:21). No se trata ahora del reino
y del poder, sino del “reino y de la paciencia” (Apocalipsis 1:9).
¿Por qué se rechazó el ofrecimiento del Reino?
Aquellos que niegan un futuro milenio,
suponen que, puesto que los judíos no esperaban un reino literal (aunque en
realidad, como lo vimos, basados en los profetas del Antiguo Testamento, lo
hicieron), lo hubiesen aceptado si les hubiese sido ofrecido. Dado que no fue
inaugurado un reino literal, ellos concluyen que la predicación de Juan el
Bautista y de nuestro Señor nunca pudo referirse a un reino literal, sino que
se refería a un reino espiritual. Ya vimos que Juan y el Señor predicaron
acerca de un reino temporal. Los que objetan el reino temporal dejan de ver el
propósito de Dios, de hacer frente a la ruina del primer hombre y de ver que
Dios presentó el Reino de una forma moral tal que prueba y revela el estado del
primer hombre precisamente en la favorecida nación, prueba que recibió su más
plena expresión en el rechazo del Jehová-Jesús.
Tanto Juan como el Señor Jesús
predicaron: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo
3:2; 4:17). El Señor anduvo “predicando el evangelio del reino” (Mateo 4:23), o
sea, las buenas nuevas de que el Reino venía. La expresión “reino de los
cielos” parece proceder de Daniel 4:26. Según el uso que le dan el Señor y Juan
en esta predicación, se refiere al reino de los cielos, tal como se ha de
manifestar en la tierra bajo el gobierno del Mesías delante de sus ancianos en
gloria (Isaías 24:23).
La palabra clave en relación con la
predicación del Señor y de Juan respecto de que el reino de los cielos se ha
acercado, es “arrepentíos”. De modo
que, si bien el Reino fue prometido a Israel, había, no obstante, ciertas
condiciones morales convenientes para su inauguración. El hecho es que la
oferta del Reino vino en la Persona de Aquel humilde que llamaba al arrepentimiento.
La oferta, pues, fue una prueba del estado moral de Israel como pueblo. Era
necesario que los judíos se arrepintiesen y se sometieran al Señor Jesús. Sólo
una compañía muy pequeña recibió al Señor Jesús[1]. En el estudio anterior
se señaló que incluso después de los 40 días transcurridos después de la
resurrección del Señor, los discípulos preguntaron: “Señor, ¿restaurarás el
reino a Israel en este tiempo?” (Hechos 1:6). Esta expectación era correcta,
pero el tiempo aún no. Ahora bien, si a estas alturas los discípulos estaban
esperando una restauración del Reino a Israel, ¿qué podemos pensar acerca de lo
que predicaban cuando el Señor envió a los doce y les dijo: “Y al ir caminando,
proclamad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10:7)?
¿Podemos pensar que el Señor les estaba mandando a predicar un reino tal como
aquel en el cual estamos ahora? ¿Podemos pensar, cuando los doce predicaban, es
eso acaso lo que quisieron decir mediante sus palabras? Cuando vemos que la
predicación de Juan y la predicación del principio del Señor y de los doce se
referían al prometido reino del Hijo de David sobre Israel.
El hecho, pues, es que el reino literal
fue predicado, pero la nación no se volvió a Dios. El “manso y humilde” no fue
de su agrado. Ellos querían tener el
Reino, pero no bajo las condiciones de Dios, a saber: arrepentimiento y
aceptación del Señor Jesús[2]
.
Fue así como se puso de relieve el
estado del primer hombre. En lugar de aceptar a Cristo, lo crucificaron; pero
de esta manera se cumplieron muchas profecías del Antiguo Testamento. Y esa
misma obra cumplida en la cruz hizo provisión para la bendición nacional de la
nación como tal, como lo declara Juan 11:52-53. Ningún hombre, en el presente,
el pasado ni el futuro, puede ser salvo
aparte de la obra de la cruz; e incluso la bendición nacional de Israel se
halla fundada en esa obra.
No se sigue, pues, que «lo que sigue en
orden» en lo que respecta al ‘programa de Dios’, sea la restauración nacional
de Israel. El desarrollo de los caminos de Dios fue:
1.
El
ofrecimiento del Reino en la persona de Cristo sobre la base del
arrepentimiento y la aceptación de Él por parte de la nación.
2.
El
rechazo de Cristo y su crucifixión.
3.
La
suspensión del evangelio del reino y la posposición del Reino.
4.
La
revelación del secreto, el misterio, oculto de las edades y las generaciones[3] , oculto en Dios; misterio respecto del cual se guardó
silencio.
Dios se vale de la obstinación de Israel
Así como Dios usó a Faraón, a Balaam o
a Judas en el caso de nuestro Señor, así como le plugo en su soberana
disposición, así también se valió del rechazo del Reino en la persona de
Cristo. A la verdad, Dios se propone bendecir a Israel nacionalmente (Romanos
11:25-29), y así lo hará. Pero había un secreto no revelado a los profetas, que
Dios quiso revelar después que el gran fundamento para toda bendición fue establecido
en la obra de la cruz, donde se
manifestó la naturaleza de Dios, donde Él fue glorificado y reivindicado
en lo que respecta al pecado.
Citamos a William Trotter acerca de
cómo Dios se valió de la obstinación de Israel:
«Una viña arrendada a
labradores, es la figura que el Señor emplea para declarar los privilegios y
responsabilidades de Israel, y para describir su culpa (Mateo 21:33,
etc.). Aquí no se trata de la fertilidad
de la viña ―como en el capítulo 5 de Isaías―, sino de la honestidad
de los labradores, y de la consecuente productividad para su señor, de las
tierras confiadas a sus cuidados. “Y cuando se acercó el tiempo de los frutos,
envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos” (v. 34).
Así habían sido los profetas enviados a Israel; y ¿con qué resultado? “Mas los
labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro
apedrearon” (v. 35). Así trató Israel a los profetas que le habían sido
enviados. Pero la longanimidad de Dios es grande. El dueño de la viña tuvo
paciencia con los labradores y “envió de nuevo otros siervos, más que los
primeros; e hicieron con ellos de la misma manera” (v. 36). Ahora bien, ¿no
quedaba ninguna esperanza? ¿No se podía probar con otros medios? Sí:
“Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo” (v. 37).
Éste es, pues, uno de los aspectos en que tiene que considerarse la misión de
Jesús. Sin duda Él vino a revelar al Padre y a cumplir la redención por el
sacrificio de sí mismo; pero él también vino buscando fruto para Dios de
aquellos que eran responsables de darlo. Antes de que Cristo viniese a ser el
sacrificio por el pecado del hombre en la cruz, fue presentado como la prueba
final de la condición del hombre delante de Dios. Israel fue el escenario en el
cual tuvo lugar la prueba: pero fue la misma naturaleza humana ―el hombre
como tal― lo que fue puesto bajo prueba. Con Dios a la distancia, o,
detrás del velo, el hombre, con todo tipo de ventajas, aunque inferiores, de
leyes, mensajeros, profecías, advertencias, promesas, no emprendió ningún
retorno a Dios por los cuidados y esfuerzos empleados a su favor; ¿será él,
ahora que Dios fue revelado en la Persona de su Hijo, más obediente y sumiso a
Dios? ¡Ay, leamos el relato!: “Mas los labradores, cuando vieron al hijo,
dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su
heredad. Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron” (v. 38-39). La
sorprendente prueba final del paciente amor de Dios, de la paciencia que nada todavía
había bastado para agotarla, tuvo como respuesta del hombre ―de
Israel― la expresión de un intenso y completo aborrecimiento. ¡Ellos le
echaron fuera de la viña y le mataron!
El Señor dejó la
aplicación de esta parábola a los mismos judíos. Les pregunta qué se esperaba
que hiciera el señor de la viña a esos labradores, y ellos se vieron obligados
a responder: “A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a
otros labradores” (v. 41). Él entonces les recuerda de la Piedra que desecharon
los edificadores, y de su elevado destino de ser Cabeza del ángulo, y añade:
“Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado
a gente que produzca los frutos de él” (v. 43).
Pero los judíos
rechazaron a su Mesías no solamente como el representante de los derechos de Dios ―como Aquel que
busca frutos―, sino también como Aquel que revela y expresa la perfecta
gracia de Dios.
Un rey hizo fiesta de
bodas a su hijo, y envía a sus siervos a llamar a quienes fueron convidados a
las bodas; “mas éstos no quisieron venir” (Mateo 22:1-14). En una fiesta de
bodas, nada se reclama a los
convidados, sino que todo es provisto,
y ellos participan libremente de la dadivosidad de quien los convidó. Pero la
gracia que provee así todo para el hombre, y que le hace bienvenido a todo, es
tan mal acogida en su corazón como aquellas justas demandas de la santa ley de
Dios que él rehúsa obedecer. “Mas éstos no quisieron venir” (v. 3). Pero ¿qué
es lo que la gracia no puede hacer? ¡La muerte de Cristo constituye en sí misma
el fundamento de nuevas invitaciones! “Volvió a enviar otros siervos, diciendo:
Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales
engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas” (v. 4).
¿Qué otra cosa puede representar esto sino el ministerio de los apóstoles a
Israel después de la muerte y resurrección del Señor? ¡Lamentablemente, los
resultados fueron los mismos! A no ser
que la gracia soberana comunique nueva vida ―venciendo así la oposición
de la voluntad del hombre―, estas últimas invitaciones no fueron un ápice
mejor recibidas que la primera. “Mas ellos, sin hacer caso, se fueron...; y
otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron” (v. 5-6).
Precisamente a causa de este rechazo del Evangelio de un Cristo ascendido,
proclamado por el Espíritu Santo que descendió del cielo, se ejecutó juicio
contra Jerusalén y los judíos. “Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus
ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad” (v. 7). La
proclamación de la gracia celestial sólo tuvo alcance universal una vez que los
judíos la rechazaron, después de que les fuera ofrecida de toda forma posible,
y de que se les instara, por todos los medios, a aceptarla: todo el mundo,
ahora, indiscriminadamente, es invitado a la fiesta. “Id, pues, a las salidas
de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis” (v. 9).
Si nos volvemos ahora
a los primeros capítulos de Los Hechos, hallaremos que, lo que presentan, es precisamente
esta prolongación de la gracia divina sobre Israel antes de que el Evangelio
fuese predicado a los gentiles. Ellos ciertamente cometieron un homicidio sin
precedentes en la crucifixión del Señor Jesús y, en cierto sentido, colmaron la
medida de su propia iniquidad. Pero el viñador había intercedido por la higuera
infructuosa (Lucas 13:8); en la cruz, Jesús exclamó: “Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Y esta ignorancia del pueblo, por la cual
el Redentor suplicó en la cruz, es lo que precisamente el Espíritu Santo admite
por boca de Pedro, cuando dice: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo
habéis hecho, como también vuestros gobernantes” (Hechos 3:17). A tal punto
fueron ellos condicionalmente perdonados en respuesta a la intercesión de
Jesús, que en lugar de juicio instantáneamente ejecutado en su contra, les fue
proclamado el pleno, libre y absoluto perdón, a condición de su
arrepentimiento. Nótese también que el apóstol trata acerca de arrepentimiento
nacional, y de la restauración de sus bendiciones nacionales perdidas, que
incluían también el retorno de Jesús mismo. “Así que, arrepentíos y convertíos,
para que sean borrados vuestros pecados; para
que (véase el vocablo griego)[4] vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y
él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es
necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las
cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde
tiempo antiguo” (v. 19-21). El perdón de pecados y los tiempos de refrigerio o
de restitución, de los cuales todos los profetas habían dado testimonio, así
como el retorno del Señor a quien habían rechazado, son aquí propuestos a los
judíos a condición de su arrepentimiento. Ésta fue la única condición por la
cual las profecías del Antiguo Testamento suspendieron la llegada de estos
brillantes y felices días para Israel; “Conocidas son para Dios todas sus
obras, desde el principio del siglo” (Hechos 15:18 TR). Bien sabía él que
aquellos que habían rechazado y crucificado a un humilde Mesías en la tierra,
rechazarían todavía este testimonio del Espíritu Santo a un Cristo ascendido
que vuelve otra vez. Y todo lo que habría de sobrevenir, ya estaba ordenado por
Dios consiguientemente. Pero si Jesús mismo, al contemplar a Jerusalén y llorar
por ella, pudo decir: “¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu
día, lo que es para tu paz!” (Lucas 19:42), no precisamos ―en los
inmutables propósitos de Dios― hallar ninguna dificultad en cuanto a los
grandes y maravillosos resultados dependientes del arrepentimiento de Israel,
tal como se enseña en el capítulo tres de Los Hechos, aun cuando Dios
seguramente conocía de antemano el hecho de que ellos persistirían en su pecado
y que vendría sobre ellos la ira hasta el extremo. Bien podemos entender que lo
que buen tiempo atrás el apóstol Pablo había dicho a los judíos de cierta
localidad, era cierto de la nación entera: “A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero
la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la
vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles” (Hechos 13:46). El martirio
de Esteban terminó con todas las esperanzas de arrepentimiento de Jerusalén
para el presente tiempo, o al hecho de que Israel reciba al Señor, a quien
ellos crucificaron; y puesto que todas las predicciones del Antiguo Testamento
acerca del Reino, o del Milenio, trataban de su establecimiento a condición de
la conversión de Israel, ello también fue pospuesto de forma indefinida. De
esta manera, se preparó el camino para la revelación del misterio, hasta
entonces necesariamente oculto, a fin de que el período comprendido entre el
rechazo de Cristo por Israel y la tierra, fuese ocupado por el llamado y la
formación de “la Iglesia” ―el cuerpo elegido o la esposa de Cristo―
mediante el Espíritu Santo, para ser el vaso de Sus simpatías y copartícipe de
Su rechazo entretanto él permanezca sentado en el trono del Padre en lo alto; y
también para ser copartícipe de Su gloria cuando Él “tome su gran poder y
reine” sobre la tierra»[5]
Podemos concluir,
siguiendo a W. Trotter, que Dios se valió de la obstinación de Israel:
1. Como ocasión de dar el
reino a “una nación que produzca los frutos de él”.
2.
Como
ocasión de volverse a los gentiles,
3.
Como
ocasión para enviar el evangelio de la gloria (2 Corintios 4:4; 1 Timoteo 1:11)
a todo el mundo.
4.
Como
ocasión para la revelación del misterio de Cristo y de la Iglesia.
La enseñanza del «reino ofrecido y pospuesto», ¿hace a
Dios mentiroso?
La
acusación
Los oponentes dicen que el ofrecimiento
de un reino literal no hubiera podido ser genuino puesto que, conforme a las
profecías, el Señor tenía que sufrir. Dicho ofrecimiento ―alegan―
contradiría 1 Pedro 1:11 y, en consecuencia, no habría sido un ofrecimiento de
buena fe. Esta táctica argumentativa tiene por objeto hacer que aquellos que
sostienen la verdad dispensacional parezcan hacer a Dios culpable de una oferta
fraudulenta y, de esta manera, pretenden hacer creer que el concepto del reino
pospuesto es ridículo. En otras palabras, lo que esta objeción persigue, en
realidad, es hacer parecer a Dios deshonesto al ofrecer el reino a Israel si
tenía el propósito de que no fuese aceptado. ¿Cómo podía Él hacer una oferta
legítima y sincera ―se alega― si no tenía la intención de
cumplirla? De modo que, como se puede apreciar, a ellos les parece que el
«dispensacionalismo» hace a Dios mentiroso.
La
respuesta
La acusación está centrada en el
hombre. Considera que es malo que un hombre haga una oferta fraudulenta, y
razona en cuanto a qué el Dios omnisciente, omnipotente y soberano puede y no
puede hacer. La oferta que Dios hizo del Reino fue condicional, no fraudulenta. El propósito de que no fuese aceptada
se hallaba en el corazón de Israel, pues ellos no lo quisieron en la persona
del “manso y humilde”. La carne no lo quiso tener. “Por cuanto los designios de
la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni
tampoco pueden” (Romanos 8:7). El rechazo del Señor era inevitable, puesto que
la carne es lo que es. Y así también, el rechazo del Reino, en relación con el
hecho de la aceptación del corazón al Rey, era inevitable. Tal vez los caminos
de Dios en el ofrecimiento del Reino a Israel se entenderían más fácilmente si
recordamos otras cosas que Dios hizo cuando el resultado era inevitable.
El orfebre no aplica ácido nítrico al
oro puro para probar que el oro se
disolverá, sino para demostrar que no lo hará. Tomemos la tentación del Señor en
el desierto. Muchos enseñan la blasfemia de que el Señor «pudo» haber pecado. ¿Cómo
justificar las tentaciones ―alegan― si Él no hubiese podido pecar? Mediante
este razonamiento ellos atentan directamente contra el carácter moral de Dios
(y muestran
con ello que no entienden lo que es el “pecado”, no los “pecados”)[6] .
Adán era inocente, mientras que Cristo era santo (Lucas 1:35). El ácido probó
que el oro no podía ser disuelto. Sobre este punto, un calvinista que cree en
la impecabilidad de Cristo, puede estar de acuerdo, mientras que un arminiano
no. Un arminiano aseverará que Dios no mandará hacer a una persona lo que ésta
no es capaz de realizar.
Otro escribió:
«Dios sabía que los
hombres quebrantarían la ley; sin embargo, la dio igual, a fin de que lo que
había en el corazón del hombre fuese manifestado. Dios sabía que Israel, debido
a sus pecados, perdería la tierra de Canaán y que habrían de ser dispersados,
como lo están actualmente. Él les dijo que lo sabía antes de introducirlos en
la tierra (véase Deuteronomio 31:16-21). A pesar de eso, los introdujo igual en
el país de la promesa. Dios sabía que ellos habrían de rechazarían a los
profetas y mensajeros por quienes les hablaba, y les ofreció perdón y
misericordia si tan sólo se arrepentían (véase Ezequiel 3:7-9). Sin embargo, Él
les envió sus mensajeros persistentemente (2 Crónicas 36:15). ¿Se vio afectada
en algún grado su responsabilidad por el hecho de que Dios conocía de antemano
la manera en que el pueblo trataría a los mensajeros de Su misericordia? Seguramente
que no. Y cuando, finalmente, envió a su Hijo ―como Aquel que nació para
ser Rey de los judíos― Él sabía todo lo que ellos le harían. Desde la
matanza de los inocentes por mano de Herodes, hasta el último vituperio contra
Aquel santo que sufrió en la cruz, todo Dios lo sabía de antemano.
¿Por qué esto habría
de impedir que Dios presente el Reino a Israel, y les ofrezca sus bendiciones y
glorias a condición de su arrepentimiento? ¿Acaso el hecho de que Dios viera de
antemano el fracaso del pueblo bajo cualquier prueba previa, podría haber
impedido que Él aplicase las pruebas? Dios quiso hacer manifiesto lo que es el
hombre, lo que es Israel, y por eso les hizo un llamado de la manera más
conmovedora, por medio de las esperanzas a las que, por tantas generaciones, ellos
quedaron librados como nación: esperanzas basadas en las profecías... Y ellos
entendieron que Jesús demandaba ser
Aquel cuya venida era el objeto y centro de sus esperanzas naturales. El
sobrescrito que Pilato puso sobre la cruz en latín, griego y hebreo, habla
suficientemente claro de que Él fue rechazado por la nación como el Rey de los
judíos. Gracias a Dios, él sabía de antemano lo que ellos harían según el odio
de su corazón. El pecado de ellos estaba así previsto para nuestra salvación:
su caída llegó a ser nuestra riqueza. A su debido tiempo, cuando la Iglesia
haya sido formada y perfeccionada, y haya sido arrebatada para encontrar a su
Cabeza en el aire, cuando todos los “misterios del reino” hayan tenido su
cumplimiento, Israel, como hemos visto, humillado y con el corazón quebrantado,
dirá: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”; y el Reino será
establecido de forma manifiesta y con poder. “¡Oh profundidad de las riquezas
de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” (Romanos 11:33)»[7]
El punto de vista no milenario ¿hace a Dios mentiroso?
Consideremos varias declaraciones
hechas por el amilenarista O. T. Allis:
«Si las profecías del
Antiguo Testamento se interpretaran literalmente, no podrían considerarse como
ya cumplidas o como capaces de ser cumplidas en esta época actual»[8]
«Lo que aquí nos
interesa es la expresión ‘tu pueblo’. Desde el punto de vista del Antiguo
Testamento, este pasaje, como el de Jeremías (Jeremías 30:7) podría
considerarse refiriéndose exclusivamente a Israel. Pero hemos visto que el
Nuevo Testamento confiere un significado y un alcance más amplios a las profecías
del Antiguo Testamento que parecen estar restringidas a Israel...» [9]
De manera que, las profecías del
Antiguo Testamento bien podrían, de hecho, ser “interpretadas literalmente”,
(los judíos piadosos entonces, no tenían otra opción). El Nuevo Testamento es
el que ―se alega― confiere un significado y alcance más amplios. Las
profecías del Antiguo Testamento “parecen estar restringidas a Israel”. Pero ¿cómo
iban los judíos piadosos a saber que tan sólo parece ser de esa forma y que iba a haber un Nuevo Testamento que conferiría «un significado y un
alcance más amplios a las profecías»? Si el significado y alcance fuesen
ampliados, ¿cuál era el significado y alcance en el Antiguo Testamento antes de
que fuese ampliado en el Nuevo? ¿Qué iba Daniel a entender por ‘tu pueblo’ (Daniel
12:1) antes de que ―como se alega― este término se ampliase? Esto
suscita la pregunta: ¿Estaba Dios engañando a Daniel y a los judíos? Después de
todo, Dios dijo a los judíos del Antiguo Testamento que habría un reino
literal, y la expectación de él era correcta. Hemos visto, en los artículos
anteriores, que el Señor y el remanente piadoso creían en ese reino. Ellos tenían
las profecías del Antiguo Testamento que hablaban de él. Recordemos la
predicación de los doce respecto del reino (Mateo 10:7) que fue discutida en la
primera parte de este artículo. ¿No sería deshonesto que los doce predicasen
acerca de un reino literal cuando el Señor sabía que se trataba de un reino
espiritual? Si desde entonces, como hemos visto, ellos esperaban un reino
literal, se sigue que predicaban un reino literal. Si, pues, estuviese
comprometida la parte moral de Dios en esto, el problema no es con los no
milenaristas. La verdad dispensacional está exenta de todo compromiso de ese
tipo.
¿Qué hubiese sucedido si Israel no hubiese aceptado?
Es mejor evitar preguntas
con «¿y qué si...?» formuladas con el objeto de figurar
lo que habría podido suceder. ¿Por qué derrochar el tiempo en inquirir «si Adán
no hubiese pecado...» o «¿qué hubiese sucedido si él no hubiese comido del árbol
de la vida», o «qué hubiese pasado si Satanás no hubiese caído?», o «¿qué
hubiese ocurrido si Abraham no hubiese dejado Ur?», o «¿qué hubiese sucedido si
Israel hubiese guardado la ley?», o «¿qué hubiese pasado si el Señor ni hubiese
sido crucificado?», etc., etc. Dios se sirve de un Faraón, de un Balaam o de un
Judas. Él es soberano y obra como le place. Envía también una ceguera judicial
(Isaías 6:9-12); Romanos 11:25). , siempre de acuerdo con Su propio orden moral,
en conformidad con lo que Él es en Su naturaleza. El Juez de toda la tierra,
¿no ha de hacer lo que es justo?, y conocidas son para Dios desde el principio
todas sus obras.
Thy Precepts vol. 4, # 4, 1989
NOTAS
[1] Cuando
Cristo venga otra vez, habrá un remanente de Israel que conformará la nación,
el que seguirá a la destrucción de todos los rebeldes (cf. Ezequiel 20, por
ejemplo; Zacarías 3:9; Isaías 60:21; Romanos 11:25-29, etc.). Así Dios
bendecirá a Israel de acuerdo con Su santidad y Sus caminos morales.
[2]
Con respecto a Juan 6:15, G. Murray observa: «Lo cierto es que en vez de
ofrecer a los judíos un reino terrenal, los judíos ofrecieron el reino a Jesús»
(Millennial Studies, pág. 69). La falla
de este autor, obsérvese, radica en no ver la simple y gran verdad. El pueblo
quería a Jesús como Rey en los propios
términos de ellos. Ellos lo rechazaron en Sus términos. Los términos de ellos no incluían arrepentimiento, ni
juicio moral sobre sus caminos ni obediencia a la voluntad de Dios tal como
Aquel “manso y humilde” la había expresado. Los términos de ellos era «el
estómago lleno». Su “dios es el
vientre” (Filipenses 3:2). Había requerimientos espirituales respecto a los
cuales no estaban preparados para hacerlos realidad en sus vidas. Siempre que
el hombre es probado, pone en evidencia que el corazón es engañoso e incurable.
De modo que, en vez de ver este notable contraste, los que niegan el milenio
tropiezan con ello.
[3]
Tanto del tiempo como de las personas.
[4] N. del
A.― La palabra griega οπως aparece más de cincuenta
veces en el Nuevo Testamento, y sólo aquí la Versión Autorizada inglesa la
vierte como «cuando». Su traducción ordinaria, y su obvio y simple significado,
es la que se muestra en el versículo.
[5] Essays on Prophetic Interpretation,
William Trotter (Publishers: Allan, Morrish, Tunley). También publicado en The Bible Treasury 1:40-41.
[6] N. del T.― Para este tema véase: La impecabilidad de Cristo: Doctrina
fundamental de la fe (serie de cartas) Ed.
[7] The
Bible Treasury, New Series 3:24
[8] Prophecy
and the Church
(Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing, [1945]
1947), p. 238.
[9] Prophecy and the Church (Phillipsburg, NJ:
Presbyterian and Reformed Publishing, [1945]
1947), p. 209.