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CAPÍTULO 2 ¿Qué debían esperar los judíos
conforme a las profecías? |
INTRODUCCIÓN
La
palabra «milenio» se refiere al reino de mil años de Cristo, del que a menudo hablan
los profetas. El capítulo 20 del Apocalipsis nos revela su duración: 1000 años.
Los premilenaristas creen que Cristo
vendrá antes de los 1000 años del reino.
El
reino de mil años será precedido por un período de poco más de siete años. Un
premilenarista que cree que Cristo vendrá por nosotros al final del período de
siete años (el que incluye la Gran Tribulación) se denomina postribulacionista. Un premilenarista
que cree que la venida de Cristo es una sola pero en dos aspectos (es decir,
que primero tendrá lugar un arrebatamiento pretribulacional, y luego una
aparición en gloria después de la Tribulación) por lo general se denomina pretribulacionista [1] y
dispensacionalista.
Hay
también posmilenaristas. Ellos creen
que llegará una edad de oro en la tierra mediante la predicación del Evangelio
y la penetración del cristianismo en todo el mundo hasta que este último sea
más o menos cristianizado. Ellos sostienen que el Milenio no precisa ser de mil
años literales.
Luego
están los amilenaristas, los que
creen que los mil años representan tan sólo un número simbólico que se refiere
al presente período que va desde la cruz hasta que Cristo venga e introduzca el
estado eterno.
Estos
dos últimos grupos particularmente niegan un reino futuro, peculiar y político,
del cual el Israel nacional es el centro y sobre el cual Cristo reinará. Este
sistema precisa negar que Juan el Bautista y nuestro Señor anunciaron el Reino,
tal como, en alguna medida, entienden este anuncio aquellos que sostienen la
verdad dispensacional. Mediante una interpretación «espiritual», transforman
alquímicamente las expresas declaraciones proféticas del Antiguo Testamento que
anuncian el Reino, en profecías que hacen referencia a la Iglesia. Este proceso
impuesto —tanto para los amilenaristas como para los posmilenaristas— da como
resultado que el anuncio del Reino hecho por Juan el Bautista y por nuestro
Señor debió de ser el anuncio de un reino espiritual, y no de un reino literal.
A este reino literal lo llamaremos —como otros lo han hecho— un reino temporal,
aunque, como lo veremos en otra sección, Dios mediante, aquellos que componen
la nación de Israel serán salvos (Romanos 11:26, etc.), y esto comprenderá mucha
bendición espiritual para Israel. De este modo, la nación de Israel, la cual
experimentará una adopción nacional bajo el nuevo pacto, (Romanos 9:3-5),
también gozará de las bendiciones espirituales del nuevo pacto.
UN JUDÍO DEBÍA ESPERAR UN
REINO TEMPORAL
Hablar
de la «posposición» del Reino, implica que el Reino temporal fue anunciado por
Juan y por nuestro Señor de acuerdo con las profecías del Antiguo Testamento
literalmente comprendidas. Este punto de vista del asunto guarda consistencia
con lo que hemos visto de Romanos 16:25-26, Colosenses 1 y Efesios 3. Tanto
Juan el Bautista como nuestro Señor anunciaron el Reino predicho por los
profetas.
Es
evidente que los profetas utilizaron los términos Judá, Israel, Jerusalén,
etc., pero se alega que toda esta terminología significa la Iglesia. ¿Cómo podemos suponer que un judío lector de
los profetas habría de saber eso?
El
conocido amilenarista O. T. Allis, en su disputa contra la verdad
dispensacional, reconoció lo siguiente:
«Si las profecías del Antiguo Testamento se
interpretaran literalmente, no podrían considerarse como ya cumplidas o como
capaces de ser cumplidas en esta época actual» [2]
En
el artículo anterior observamos que V. S. Poythress, tratando de demostrar que
un judío no precisaba tomar los profetas literalmente, juntó citas de pasajes
de lenguaje figurado y declaró que los lectores (o sea, los judíos de antaño),
«no podían saber exactamente hasta qué punto se trataba de una expresión
metafórica de la verdad» [3]
Respecto
de Ezequiel 44-46, escribió:
«¿Estaba el oyente del Antiguo Testamento
obligado a decir que el pasaje debe ser interpretado de la manera más obvia?» [4]
Naturalmente,
pues, que hay una manera obvia de entender Ezequiel 44-46, que es de manera
literal, la cual él mismo admite que es «la manera más obvia».
¿Por
qué los judíos —vamos a decir, del año 25 a. de C.— habrían de haber entendido
los profetas de una manera diferente de la literal? No existe ninguna razón
válida para ello. Éste es un interesante hecho en vista de las vehementes
denuncias en cuanto a la expectación de un reino temporal hechas por opositores
de la verdad dispensacional. El lenguaje es totalmente inmoderado,
especialmente al considerar la obvia verdad en la cita dada arriba, sumado al
hecho de que un judío no podía hacer otra cosa que entender que los profetas
quisieron decir Judá, Israel, Jerusalén, etc. mediante esos términos. Veamos
algunas de estas denuncias de los judíos que entendieron estos términos
literalmente.
El
amilenarista P. Mauro escribió:
«Hay también profecías respecto al “remanente
de Israel” que anuncian que en los postreros días volverían al Señor. Ahora bien, no ha de sorprendernos
que aquellos maestros judíos totalmente degenerados y carnales de la época de
Cristo hayan interpretado esa clase de profecías como si predijesen la
restauración de la nación y su grandeza terrenal; pero, en cuanto a los
maestros cristianos, es seguramente inexcusable cometer semejante error, ya
que, como ha sido demostrado en el segundo capítulo del presente volumen, el
Espíritu Santo, por medio del apóstol Pablo, ha dado a conocer que tales
profecías y promesas tienen su cumplimiento en el pueblo de Dios del nuevo
pacto, en el verdadero “Israel de Dios”.» [5]
Pablo,
naturalmente, no enseñó tal cosa. Pero aun suponiendo que lo haya hecho, esos
«maestros judíos totalmente degenerados y carnales» no tuvieron los escritos de
Pablo cuando el Señor estuvo aquí abajo. No había ninguna razón para que
«espiritualicen» las profecías, cuyo lenguaje habla realmente de un reino
temporal. Mauro, no obstante, parece reprobar los pensamientos degenerados y
carnales de los judíos, por lo que debieron de haber espiritualizado las
profecías. ¿Y por qué? Él no lo dice.
Vamos
a considerar ahora una acusación aún peor, a saber, que la expectación del
reino terrenal condujo a la crucifixión. R. Zorn preguntó:
«¿Acaso debiéramos seguir admitiendo un punto
de vista que se originó con los compromisos exegéticos del judaísmo, cuyos
esfuerzos no sólo resultaron en el violento torcimiento de la Escritura junto
con los erróneos desvíos de nociones carnales y de falsos conceptos
materialistas, sino que condujeron trágicamente al rechazo del mismo Salvador
en el tiempo de su primera venida?»
[6]
Si
estas pretensiones fuesen ciertas, entonces se seguiría que Juan el Bautista y
nuestro Señor no confirmaron la expectación de un reino temporal, y por eso O.
T. Allis aseveró que:
«El Reino anunciado por Juan y por Jesús fue
primaria y esencialmente un reino moral y espiritual.» [7]
Y
de nuevo:
«...desde el principio mismo, Jesús no sólo
desalentó, sino que se opuso de forma plena y categórica a la expectación de
los judíos de que estaría por establecerse un reino de gloria terrenal judío,
tal como aquel que David había establecido siglos atrás» [8]
Como
se verá en el artículo siguiente, el Señor habló a los discípulos acerca del
Reino, incluso durante cuarenta días después de la crucifixión, contrariamente
a la aseveración del autor.
Notemos
que hay una implícita pretensión de espiritualidad si uno niega un reino
venidero y temporal con Israel a la cabeza. La verdad es que la negación es no espiritual y judaizante por dos
razones:
1.
Transmuta
las profecías del Reino en bendiciones «espirituales» para la iglesia,
sustituyendo así algo más en lugar de las verdaderas y distintivas bendiciones
de la iglesia.
2.
Sustituye
en lugar de la verdad, su particular noción de un punto de vista unificado de
la Escritura. En su resultado práctico, el esquema amilenarista/posmilenarista
y la teología del pacto creen que el punto central de la Escritura radica en la
salvación de los elegidos en todas las edades y en la idea del pacto. De esta
manera, las edades son vistas como el desarrollo de la salvación y del pacto de
Dios. Hay verdad por cierto en el pensamiento de que las edades despliegan el
desarrollo de la salvación de Dios; pero es una seria distorsión hacer de esto
el punto central. Ello da como resultado la sustitución de los beneficios
otorgados al hombre, junto con los resultados producidos por el hombre, en
lugar del propósito y del poder de Dios.
La
verdad es que el propósito de la creación y el tema central de la Escritura es la propia revelación de Dios y Su gloria
en Cristo. Esta gloria es manifestada en tres esferas: la celestial, la
terrenal y la infernal.
1.
Tenemos
hoy la gloria de Cristo en la iglesia como un solo cuerpo en los lugares
celestiales como el principal (pero no el único) despliegue de gracia.
2.
La
gloria de Cristo será desplegada en gobierno en la tierra con Israel como centro
en el mismo lugar en que él se humilló aun hasta la muerte de la cruz.
3.
Todo
juicio ha sido encomendado en las manos del Hijo del hombre, y todo lo que sea
inconsecuente con la gloria de Dios será arrojado al lago de fuego.
Consideraremos
ahora las objeciones citadas, y empezaremos por la alegación de que la
expectación de un reino temporal es un «compromiso exegético del judaísmo».
Esto significa que los judíos no debían haber entendido a los profetas
literalmente. Los judíos en realidad no tenían ningún fundamento para hacer
otra cosa que entender a los profetas literalmente. Recordemos una vez más lo
que justamente dice el conocido amilenarista O. T. Allis:
«Si las profecías del Antiguo Testamento se
interpretaran literalmente, no podrían considerarse como ya cumplidas o como
capaces de ser cumplidas en esta época actual»[2]
Es
obvio que las profecías están escritas de tal manera que, de hecho, hablan de
un reino temporal venidero. Sólo si estas profecías se someten a un proceso de
«alquimia espiritual» serán transmutadas en algo que no son. La cuestión es
ésta: ¿Qué derecho tenía un judío de no entender a los profetas literalmente?
La respuesta es: No tenían ningún derecho, ninguna Escritura, ninguna palabra
de Jehová, para no entender a los profetas literalmente. No tenían ningún
fundamento para entender que Judá, Jerusalén y la casa de Israel sean términos
que no se refieran sino solamente a cosas judías, y no a la iglesia. Nuestros
hermanos han castigado duramente la manera literal que tenían los judíos de
entender a los profetas sobre este asunto particular, pero no han dado ninguna
razón bíblica sólida para dicha censura. ¿Podría alguien imaginar por un
momento que hubiese algo en los profetas que diga a los judíos que contemplen
el Reino de la manera que los amilenaristas y posmilenaristas lo contemplan?
¿Podrían nuestros hermanos, incluso por un momento, querer hacernos creer
seriamente que cuando Dios habló a los judíos acerca de un nuevo pacto con Judá
e Israel, ellos debían haber sabido que lo que Él realmente quería decir era la
iglesia? Ellos no tenían el más mínimo conocimiento de la iglesia (Romanos
16:25; Efesios 3; Colosenses 1).
La
siguiente cita debiera hablar a nuestras conciencias acerca de estas cosas:
«...Entre los oyentes había dos judíos. Una
discusión tuvo lugar en el salón, entre ellos y el predicador, sobre el tema de
un salmo que contenía una profecía referente a la restauración del pueblo
judío. El pastor sostenía que éste no podía ser entendido en el sentido de una
restauración nacional. El judío que hablaba le respondió: «¿Cómo pues puede
sorprenderse de que neguemos lo que usted llama la encarnación?» «¡¿Qué?!
—respondió el clérigo, quien tomando una Biblia leyó—: ¿Acaso no está escrito:
“Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre
JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le
dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre,
y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:31-33). El israelita luego pidió al ministro
que trajese consigo de nuevo las diferentes partes de este pasaje, lo cual
hizo, y, tras haber leído los dos o tres primeros párrafos, los judíos fueron
convencidos de que los tales debían ser interpretados literalmente. Pero cuando
llegaron a estas palabras: “y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;
y reinará sobre la casa de Jacob para siempre...”, el pastor dijo: ‘Esto
significa que Él reinará en los corazones de su pueblo.’ ‘Si esto fuese así
—replicó el judío— si Jerusalén no es el lugar donde David tuvo su trono, donde
él reinó, entonces yo niego que María tuvo un hijo. Por mi parte afirmo que lo
que se dice sobre este tema no significa nada más excepto que el Mesías había
de ser puro desde su nacimiento, y que éste es el verdadero significado de
estas palabras: “una virgen concebirá y dará a luz un hijo”. Usted notará que
yo simplemente sigo su método de interpretar el final de este pasaje. Yo lo
aplico al principio y, por este medio, niego la encarnación.’ ‘Pero —replicó el
ministro— nosotros admitimos la
interpretación literal de esta parte del pasaje, por cuanto el evento ha
demostrado que así debía interpretarse.’ Nunca olvidaré con qué aire de desdén
y desprecio dijo entonces el judío: ‘¡Oh, usted cree esto porque ha ocurrido;
en lo que respecta a nosotros, creemos lo que está escrito, simplemente por
cuanto Dios lo ha dicho!’
Debemos, pues, prestar atención a la manera en
que interpretamos las profecías; porque, como lo vemos, si negamos los
privilegios prometidos a la nación judía, sacudimos por ello incluso los
fundamentos de nuestra fe. Aprovecho aquí la ocasión para observar que existe
una gran diferencia entre el lenguaje
figurado y un sistema de
interpretación espiritual, el cual está aún demasiado en boga. Hay hechos
predichos en lenguaje figurado que han sido o que serán cumplidos
literalmente... Profecías que describen la futura gloria del pueblo judío bajo
el símbolo de un monte, exaltado sobre los collados, y al cual correrán todas
las naciones (Isaías 2:2), son citadas en todos los catecismos católicos como
pruebas de la infalibilidad de la Iglesia de Roma, cuya autoridad —dicen ellos—
ha de extenderse sobre todo el mundo. Ellos dicen, además, que la posición
geográfica de Roma, demuestra que estas promesas se aplican realmente a ella. Y
de hecho es cierto que, si Jerusalén en los profetas significa la Iglesia
cristiana, parecería que estas promesas concernirían a la iglesia de Roma, la
cual, sola en la tierra, ha elevado estas pretensiones a la infalibilidad,
universalidad y dominio. A la vez que privan a la nación judía de aquellas
profecías que le pertenecen a ella, al aplicarlas a la Iglesia cristiana, los
controversistas cristianos pueden difícilmente contestar las pretensiones de la
iglesia de Roma. Pero Jerusalén nunca significa la iglesia cristiana:
simplemente significa Jerusalén. Judá significa Judá. Efraín significa Efraín y
no Francia ni Inglaterra. Llamemos a cada cosa por su propio nombre. De esa
manera entenderemos mejor la gran, aunque incompleta, obra de nuestro glorioso
Dios, obra que, en lo que respecta a los judíos, entre otras, aún no se ha
cumplido. Por razones divinas los judíos han sido preservados en medio de las
naciones, como un pueblo separado que aguarda al Rey. Este Rey, el postrer Rey
de Israel, aún está vivo» [9]
Tampoco
es cierto que aunque los judíos hayan entendido a los profetas literalmente,
ellos perdieron el derecho al Reino y
ahora debamos espiritualizar los profetas. “Irrevocables son los dones y el
llamamiento de Dios” (Romanos 11:29). Además, tal noción es contraproducente si
uno considera a la iglesia como el continuador de Israel. El sistema requiere
encontrar profecías de la iglesia en
los profetas (a despecho de Romanos 16:25, etc.), no meramente asignar un
significado totalmente nuevo tomando como base eventos que tuvieron lugar.
Thy Precepts
vol. 4, # 2, 1989
NOTAS
[1]
Existen otras variantes tales como los partidarios del traslado parcial y los
del traslado durante la mitad de la Tribulación (mediotribulacionistas).
[2] Prophecy and the
Church (Phillipsburg, NJ: Presbyterian and Reformed Publishing, [1945]
1947), p. 238.
[3]
«Understanding Dispensationalists»,
Grand Rapids: Zondervan, 1987
[4]
Ibid., pág 105.
[5] The
Hope of Israel, Swengel: Reiner, sin fecha, pág. 84.
[6]
Church and Kingdom, Philadelphia:
Presbyterian and Reformed, 1962, pág. 124.
[7]
Prophecy and the Church, pág 70
[8]
Ibid., pág. 71
[9]
William Kelly, The Prospect 1:29.