LA ETERNA SEGURIDAD

DEL CREYENTE

 

Según Juan 10:27-30

 

El creyente está seguro en las manos del Padre y del Hijo

 

 

 

El Hijo elige

 

Judas “escogido” para el servicio, no para salvación

 

Hay varias referencias en lo que respecta a elegir en el Evangelio de Juan. La primera tiene que ver con Judas:

 

“¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? Hablaba de Judas...” (Juan 6:70).

 

La elección de Judas no fue una elección para salvación, sino para servicio. El Señor Jesús sabía desde el principio quién le entregaría (Juan 6:64), pero aun así escogió a Judas. Siendo lo que era, Judas debía ser usado en los caminos de Dios para dar lugar a la cruz. Los doce habían “estado conmigo desde el principio” (Juan 15:27); de modo que resulta claro el hecho de que el Señor conocía el caso de Judas cuando Judas fue elegido. Pues bien, una de las cosas que revela el evangelio de Juan es la omnisciencia del Señor.

 

Hablando anticipadamente, en vista de entregarse a sí mismo en la cruz, el Señor dijo al Padre:

 

“Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese” (Juan 17:12).

 

Judas se perdió, y está perfectamente claro que no era uno de aquellos que el Padre había dado al Hijo:

 

“De los que me diste, no perdí ninguno” (Juan 18:9).

 

Los once estaban “limpios”, como lo aprendemos en Juan 13, pero no así Judas:

 

“Vosotros limpios estáis, aunque no todos” (Juan 13:10, 11).

 

Hechos 1:17 deja en claro también que Judas fue escogido para el servicio y no para salvación:

 

“Y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio.”

 

El Señor Jesús había dicho que “sus ovejas oyen su voz, y que él las conoce” (Juan 10:27). Pero Judas era sólo un profesante sin la posesión de la vida, y es de la clase que se indica en Mateo 7:21-23, donde el Señor dice de éstos: “Nunca os conocí.” Eso nunca se lo habría tenido que decir a Judas, si Judas fuese una de sus ovejas. Tendría que haberle dicho a Judas: «Una vez te conocí, pero ahora ya no te conozco más.» Eso habría armonizado con la idea de la «seguridad condicional» de los arminianos [1]. Pero no existe la noción en la Escritura de que Cristo conoce a aquellos a quienes ha escogido, y en un tiempo posterior les tenga que decir: “Nunca os conocí.” El Señor advirtió que los que caen dentro de esta clase son meros profesantes exteriores, pero sin realidad interior. Éstos nunca fueron Suyos, a pesar de que pretendan serlo, ¡y a pesar de su pretensión de haber realizado milagros!

 

“Yo sé a quienes he elegido” (Juan 13:18)

 

“No hablo de todos vosotros; yo sé a quienes he elegido...” (Juan 13:18).

 

“...os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.

No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca...” (Juan 15:15-16).

 

Judas no estuvo entre los elegidos; en realidad, él nunca estuvo entre los elegidos, nunca fue escogido tal como lo refieren estas Escrituras. “No hablo de todos vosotros” (Juan 13:18) se dijo cuando Judas estuvo presente. Una vez que tomó el bocado, Judas salió (Juan 13:30).Cuando el Señor pronunció las palabras en Juan 15:15-16, Judas no estaba presente allí. “Os he puesto… para que llevéis fruto”, es Su acción divina, así como lo es Su elección de ellos y Su afirmación de que ellos no lo eligieron a Él. De ahí que la voluntad de los discípulos queda excluida en la elección[2].

 

Además de estos elegidos, el Señor dijo:

 

“Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Juan 15:18-19).

 

El juicio se pronuncia sobre el mundo por cuanto la luz vino (es decir, Cristo vino) “y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Juan 3:19; véase 12:31). Esto era parte de la prueba del primer hombre para ver si era recuperable. Y así estos que son escogidos por Cristo son aquellos que el Padre le dio, del mundo (Juan 17:6). Ellos no son del mundo, como tampoco él es del mundo (Juan 17:14).

 

¿Qué acerca del resto de los hombres? ¿Hay una elección paralela que les impida venir a la luz? ¿Dónde en el evangelio de Juan hay traza de una cosa así? El resto de los hombres son dejados donde estaban, en su obstinado rechazo de la luz. Son dejados en su responsabilidad.

 

El creyente ve al Hijo y oye Su voz

 

Vemos al Hijo por cuanto Él abre los ojos espirituales

 

Los que se oponían al Señor dijeron: “¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos?” (Juan 6:30). La pregunta es, sin duda, acerca de ver con ojos físicos. En relación con la sanación del ciego de nacimiento (Juan 9) (algo físico que encierra una lección espiritual), el Señor dijo lo siguiente:

 

“Dijo Jesús: Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados. Entonces algunos de los fariseos que estaban con él, al oír esto, le dijeron: ¿Acaso nosotros somos también ciegos? Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece” (Juan 9:39-41).

 

Aquí pasamos al asunto de visión espiritual. El incrédulo es ciego (Juan 1).

 

“…en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios” (2.ª Corintios 4:4).

 

Seguramente que la lección de Juan 9 es que el Hijo de Dios es Aquel que abre los ojos de los ciegos (y la lección se aplica en los v. 39-40). En el v. 5, él señaló que era la luz del mundo. Abre los ojos para que vean la luz. Es la acción del Señor. El hombre caído no tiene la facultad de “ver”. Esta facultad es comunicada por el Hijo de Dios. Aquí está la voluntad del Padre en cuanto a esto:

 

“Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:40).

 

“Y el que me ve, ve al que me envió” (Juan 12:45).

 

Esto tampoco se refiere meramente al acto de ver físicamente al Señor Jesús. De nuevo, se relaciona con Él mismo como la luz, como lo demuestra el siguiente versículo:

 

“Y el que me ve, ve al que me envió. Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:45-46).

 

El Señor comunica la facultad de luz espiritual para que podamos ver así tanto al Padre como a él.

 

Oímos al Hijo por cuanto Él abre el oído espiritual

 

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17)

 

El Hijo utiliza la Palabra de Dios como instrumento para hacer que las personas espiritualmente muertas oigan Su voz. Y junto con el oír hay fe. Juan 5:24 dice:

 

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24)

 

Aquí vemos a una persona en un estado de muerte espiritual. Los muertos no pueden oír. El Hijo hace que los muertos espirituales oigan. Oír Su Palabra es oír la Palabra de Dios. Es el resultado de Su poder manifestado para vivificar a los muertos espirituales así como trajo a Lázaro de la muerte a la vida por la palabra de Su poder. Lázaro no tenía la facultad de oír, ni respondió a la voz del Hijo de Dios como un acto de su propio «libre albedrío» moral para con Dios. Es lo que sucede cuando Dios implanta una nueva naturaleza dentro del alma de un pecador. Entonces la persona tiene vida, ve, oye y tiene fe; cree.

 

Dios no le proveyó al muerto Lázaro de una gracia preventiva a fin de que con su «libre albedrío» fuese capaz de responder a la oferta de vida de Cristo. Naturalmente que no hubo ninguna «oferta de vida» a Lázaro de parte de Cristo. Se trataba más bien de la voz de poder y de mando del Hijo.

 

Así como el Señor implanta las facultades de visión espiritual y de oído espiritual, así también él abre el corazón:

 

“Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía” (Hechos 16:14).

 

 

EL CREYENTE ESTÁ SEGURO EN LAS MANOS DEL PADRE Y DEL HIJO

(Juan 10:28-30)

 

 

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”

 

La teoría de la «seguridad condicional» contradice las palabras del Hijo

 

No es cierto que la Palabra de Dios enseñe el así llamado «libre albedrío»[3] para con Dios y, a la vez, la seguridad eterna del creyente. En efecto, la eterna seguridad es enseñada, pero no «el libre albedrío». Además, el hecho de sostener ambas cosas juntas es como pretender que uno obtiene salvación por el ejercicio de su libre albedrío hacia Dios, pero que no es capaz de ejercer ese mismo libre albedrío para cambiar de actitud y decidir no ser más salvo: una vez salvo, esa persona no puede usar su supuesto libre albedrío para dejar de ser salvo; ¿será porque ha perdido su libre albedrío? Ése es el resultado de creer en ambas cosas. El arminiano es al menos consistente en su error cuando dice que un creyente puede perder su salvación y volverse incrédulo.

 

La eterna seguridad está íntimamente ligada al hecho de que una persona ha nacido de nuevo, no por un acto de su propia voluntad, sino por un acto pura y exclusivamente de la voluntad de Dios (Juan 1:13; Santiago 1:18). Dios inicia la obra y Dios la mantiene:

 

“…el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

 

En el evangelio de Juan vemos las manos del Señor Jesús obrando en unidad con el Padre, ya sea que el pasaje se refiera a sus manos físicas o figuradas. Por ejemplo, Juan 8:6-8 lo muestra escribiendo con el dedo sobre la tierra. Aquel que el evangelio de Juan presenta como el gran “Yo soy”, es Jehová, el que escribió la ley con “el dedo de Dios”. En Juan 8 mantiene la ley contra aquellos que querían ponerlo en conflicto contra Moisés a fin de tener un motivo de agravio, pero él actuó en gracia hacia la mujer frustrando el perverso esquema de ellos. Él presentó a los suyos sus manos y su costado (Juan 20:20-27). El Padre ha entregado todas las cosas en las manos del Hijo:

 

“El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:35; véase Juan 13:3).

 

Y ésta es la posición donde se encuentra el creyente:

 

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:27-30).

 

Consideremos una ilustración respecto a la diferencia entre considerar las palabras de Cristo en el pasaje recién leído (Juan 10:27-30) conforme a la verdad de la seguridad eterna y la teoría de la «seguridad condicional», en el siguiente cuadro.

 

Contrastemos lo que dice la Escritura con lo que postula el arminianismo:

 

Juan 10 dice

El arminianismo dice

“Yo les doy vida eterna”

Cristo está equivocado, la vida se puede perder. No es eterna.

“No perecerán jamás”

Cristo está equivocado: pueden perderse y perecer.

“Nadie las arrebatará de mi mano”

Cristo se equivoca. Tú eres más fuerte que él, y eres perfectamente capaz de zafarte de la mano más fuerte del universo

“Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”

Cristo se equivoca de nuevo, pues por más débil que tú fueres, eres más fuerte que la mano del Padre, y eres plenamente capaz de soltarte de su mano

 

 

Es extraño que el arminianismo admita que el diablo no pueda arrancar al creyente de la mano de Cristo, pero, que uno, quien es considerablemente más débil que el diablo, sí puede escurrirse de Sus manos. Esto ni siquiera es racional. Es un absurdo.

 

El lobo no puede arrebatarnos de la mano del Padre y del Hijo, ni ningún otro puede hacerlo

 

En Juan 10:28-29 se nos dice que el diablo no puede arrebatar las ovejas de las manos del Padre y del Hijo. La palabra arrebatar es la misma que aparece en Juan 10:12:

 

“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.”

 

El lobo puede arrebatar las ovejas y dispersarlas, pero no puede arrebatarlas de las manos del Padre y del Hijo. A la verdad, nadie puede hacer esto; ni siquiera uno mismo, por cuanto uno es “uno” de aquellos designados en estos versículos: “Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”

 

El Hijo conoce a las ovejas así como conoce al Padre: Juan 10:14-15

 

“Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas”

 

Aquellos de quienes habla Mateo 7:21-23 jamás fueron conocidos por Cristo, y no pueden referirse, pues, a personas que fueron salvas y que luego se perdieron de nuevo. Estas personas simplemente no existen. Aquí tenemos a Cristo que conoce a aquellos que son suyos. Esto tiene un significado mucho más profundo que el hecho de que Él venga a saber qué gente es suya entre la población del mundo. Se trata de conocer de acuerdo con las palabras: “Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre.” Esto no habla de estar enterado. Se trata de conocimiento divino de Uno respecto al Otro. Y el buen Pastor tiene conocimiento divino de aquellos que son suyos; y ellos tienen conocimiento divino de Él. Este conocimiento fue implantado en ellos por Él mismo, y subsistirá eternamente, así como en el caso del Padre y del Hijo que se conocen el uno al otro.

 

Hay un conocimiento entre el Pastor y las ovejas como lo hay entre el Padre y Él. Esto se refiere no a la medida de conocimiento, sino al carácter de éste. Además, este conocimiento consiste en conocer a la persona, y no meramente en conocer acerca de la persona. Como dijo el apóstol Pablo: “Yo sé a quién he creído” (2.ª Timoteo 1:12). Él conocía a la Persona. Esto es sobremanera precioso para nuestras almas. El mundo no le conoce (Juan 1:10; 17:25; 1.ª Juan 3:2). Hay un conocimiento divino que tenemos. Véase Juan 6:69 y 1.ª Juan 2:13-14; 5:20).

 

Había incrédulos a quienes el Señor se dirigió (v. 26). ¿Por qué los tales no creían?

 

“Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco” (Juan 10:26-27).

 

Ellos no creían porque no eran de Sus ovejas. Si hubiesen sido de Sus ovejas, ellos habrían oído Su voz. Eran espiritualmente muertos. Como el muerto Lázaro, ellos no oían. ¿Cómo podía Lázaro oír? Él oyó la voz de Aquel que es la resurrección y la vida por cuanto Él le dio a Lázaro la facultad de oír. Se trató de una acción divina:

 

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán” (Juan 10:24-25).

 

Y esto es lo que produce la nueva vida en el alma. No fue el resultado de un alegado acto humano de la propia voluntad de ellos. Estaban muertos y necesitaban ser vivificados (léase Efesios 2:1-5 donde se emplean los dos términos correlativos: muertos y vivificar). Se trata de un acto divino y soberano del Hijo, al igual que en el caso del muerto Lázaro, el cual constituye una maravillosa ilustración de estos benditos poderes del Hijo, así como la resurrección y la vida (Juan 11:25). Y esta es la razón por la cual las ovejas tienen vida eterna; la razón por la cual lo conocen; la razón por la cual oyen Su voz. Él llevó esto a cabo soberanamente, aparte de la facultad o de la agencia humana.

 

No ha de sorprendernos el hecho de que tengamos tales palabras sobre la seguridad de las ovejas en Juan 10:28-30. Nadie, ningún ser demoníaco ni nadie más, incluyendo naturalmente uno mismo, puede arrebatar al creyente de las manos del Padre y del Hijo. Y lo que se halla íntimamente ligado con esta expresión de la divina preservación del creyente, es la declaración del Señor:

 

“Yo y el Padre uno somos.”

 

De esta manera se presenta ante nosotros la bendita e infinita unidad de propósito del Padre y el Hijo en cuanto a la divina preservación del creyente. Éste es un ejemplo de Juan 5:19-20:

 

“No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace…”

 

Véase Juan 17:10. El Hijo no actúa independientemente, sino que sólo hace lo que ve hacer al Padre; y el Padre le muestra al Hijo todas las cosas que Él mismo hace. Vemos aquí la acción de las Personas divinas llevada a cabo en infinita unidad. Esto comprende omnipotencia y omnisciencia. Y esto constituye la base que asegura la preservación de los santos. Puede que no haya sido intencional, pero la idea de la «seguridad condicional» difama la omnipotencia y la unidad de propósito del Padre y del Hijo. La única condición es la capacidad del Padre y del Hijo para preservar a los santos, y esa capacidad es incuestionable. Es absurdo el hecho de que un cristiano se imagine que tiene la capacidad inherente de guardarse a sí mismo salvo; pero eso es precisamente lo que la creencia de la «seguridad condicional» pretende que sea posible.

 

Thy Precepts vol. 18 # 3, mayo/junio 2003, págs. 114-120 («La soberanía de Dios y su gloria en la salvación del hombre perdido», cap. 3: La soberanía de Dios en el Evangelio de Juan).

 


NOTAS

[1] N. del T.— El sistema denominado «arminiano» postula que la gracia de Dios es dada al hombre condicionada a la libre elección de éste, y no como un acto soberano de Él, esto es, que depende, no de la pura iniciativa de la gracia electora y soberana de Dios, sino de las facultades humanas de arrepentirse, y querer creer (cosas imposibles para el hombre en la carne). Para un tratamiento de este tema, véase CALVINISMO Y ARMINIANISMO: El error de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad C. H. Mackintosh . Las doctrinas de la elección, de la soberanía de Dios en la salvación, y de la seguridad eterna, están las tres íntimamente relacionadas entre sí y forman una unidad inseparable: o se sostiene todo, o no se sostiene nada. El tema de la eterna seguridad del creyente debe entendérselo junto con la soberanía de Dios en la salvación por gracia. Léase ¿LIBRE ALBEDRÍO O ESCLAVITUD DEL ALBEDRÍO?.

 

[2] N. del E.— N. Geisler hizo notables esfuerzos para intentar desvirtuar la verdadera fuerza de esto. Escribió:

 

«El contexto aquí favorece que sea una referencia a la elección de Jesús de los Doce para ser sus discípulos, y no que sea la elección de Dios de aquellos escogidos para salvación eterna. Después de todo, Jesús está hablando a los once apóstoles (Juan 15:8; 16:7). Además, la palabra “escogidos” por Dios se usa de personas que no son los elegidos. Judas, por ejemplo, fue “escogido” por Cristo pero no fue uno de los elegidos: “Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” (Juan 6:70) (op. cit., pág. 72 [73, 74]).»

 

Una parte del contexto es que Judas estaba ausente. Además, Él ya había hablado de la elección de los doce para ser Sus discípulos en Juan 6,  con la clara observación de que no se trató de la soberana elección para vida o de dar fruto porque se indicó el verdadero estado de Judas. El contexto aquí es llevar fruto, y que Él los había “puesto para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16). Era una certeza de la que Judas estaba necesariamente excluido. El contexto es también los v. 18-19. No podía decirse de Judas que él “no es del mundo” (v. 19). De los once se dice que son “elegidos del mundo” (v. 19). El hecho de que la palabra “elegir” pueda se usada en más de un contexto, no niega nada de esto.

 

[3] N. del T.— Véase ¿LIBRE ALBEDRÍO O ESCLAVITUD DEL ALBEDRÍO?

 


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