EXPOSICIÓN DE LAS DOS
EPÍSTOLAS A TIMOTEO
William Kelly
NOTA DEL EDITOR DE LA TERCERA EDICIÓN EN INGLÉS
Durante los años 1884-1887, William Kelly redactó sus «Notas sobre las dos epístolas a Timoteo», las cuales fueron
apareciendo mensualmente en el Bible
Treasury (Vol. XV y XVI). En julio de 1889, estas «Notas» fueron publicadas en un solo volumen como una exposición
sobre las dos epístolas. En 1913 le siguió una segunda edición revisada que constó de dos tomos. Ahora
aparece la presente edición en un único volumen. No se realizó ningún cambio
sustancial, pero sí se introdujeron, ocasionalmente, en los apuntes del autor,
ligeras modificaciones de fraseología con el objeto de ayudar al lector.
También se han revisado cuidadosamente las numerosas referencias insertas en el
texto y en las notas al pie de página.
Se adjunta, además, un breve resumen de las dos epístolas, también por
William Kelly, como ayuda adicional para el estudio de las instrucciones
finales de Pablo a Timoteo en vista de su propia muerte, entonces inminente, y
de la rápida perversión y extendido abandono de las verdades de Dios por parte
de la profesión cristiana. La necesidad actual de estas instrucciones es
evidente: aquello que no pasaba de ser una simple llovizna en el primer siglo,
se convirtió en un devastador diluvio en la actualidad. No obstante, el
Espíritu Santo nos ha provisto una inexpugnable defensa contra aquel torrente
estrepitoso y amenazador a través de las solemnes advertencias y consejos
perentorios del apóstol, divinamente inspirados. Andemos alrededor de nuestra
Sion, contemos sus torres y consideremos atentamente su antemuro, de modo que
podamos estar firmes en el día malo de la apostasía (Isaías 48:12-13).
W. J. Hocking
Marzo de 1948
PREFACIO
Si bien en estos últimos años no han faltado comentarios sobre el Nuevo
Testamento en general, como tampoco algunos de naturaleza más particular,
incluso sobre las epístolas pastorales, todavía parece haber lugar para uno más
que brinde ayuda adicional. Esto es algo que particularmente desean aquellos
que procuran entender cada una de estas epístolas por separado, luego
comparativamente la una con la otra y, por último, como una porción de las
Escrituras en su relación con el resto de ellas.
La Palabra inspirada —escrita en griego helenístico— no tiene nada que
temer de la más minuciosa investigación. El más ligero cambio de construcción
gramatical es instructivo: la selección del caso o del número, de la
comparación o la colocación, y más todavía del tiempo o del modo verbal, donde
se pudieron haber empleado más de uno. Las partículas y preposiciones nunca
fueron empleadas de forma vaga, al igual que el artículo, sino que siempre lo
son con miras a comunicar la verdad de la manera más exacta posible, antes que
por mera retórica, como es el caso frecuente en los escritos clásicos. En la
presente obra se procura transferir la expresión apostólica de la manera más
exacta según las posibilidades de uno, aun ante el peligro de ofender los oídos
acostumbrados a la bella suavidad de la Versión Autorizada inglesa, y a pesar
del hecho de que ahora se cuenta con una Versión Revisada abierta a casi todos
los que pueden leer inglés, resultado de la labor conjunta de muchos nombres
respetados, pocos de los cuales deberían estar plenamente satisfechos consigo
mismos, así como la mayoría de los estudiosos inteligentes lo está menos
todavía.
Mi esperanza es contribuir en alguna medida, con el auxilio de la gracia,
al mejor entendimiento y disfrute de esta porción de la palabra de Dios. Pero,
para lograr un provecho espiritual, es indispensable una dependencia personal
respecto de Dios por parte de las almas que descansan en Su amor mediante la fe
en Cristo y en su obra. Si hablamos de manera clara y franca ―y confío
que no con arrogancia ni malicia― ¿no nos debemos acaso esto los unos a
los otros cuando se trata de la verdad que concierne a la gloria moral de Dios,
sin mencionar el efecto producido en el hombre y sus consecuencias? ¡Quiera el
Espíritu dignarse a utilizar esta modesta obra para magnificar al Señor!
W. Kelly
Londres, julio de 1889
EXPOSICIÓN DE LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO
INTRODUCCIÓN
De entre las comúnmente llamadas «epístolas pastorales», la que requiere ahora
nuestra atención es la primera Epístola a Timoteo. Ella constituye un solemne
encargo del apóstol a su joven consiervo en aquel lugar de confianza que le
había sido asignado. Timoteo no era un anciano, sino que se lo comisionó para
guardar la doctrina, el orden y la conducta de los ancianos, así como la de los
santos en general. Y tan diferente es la posición de Timoteo a la de todos los
sistemas modernos posibles de la cristiandad, que uno se asombra de cómo un
Episcopal, un Presbiteriano o un Congregacionalista puede aventurarse a apelar
a ella como supuesta justificación de su existencia. Aun así, y pese al
antagonismo de sus sistemas, todos ellos la citarán con similar confianza, pero
(¿es duro decirlo?) en proporción a su falta de inteligencia espiritual para
ver que sus ideas son insostenibles a la luz de la Palabra. Los hombres son
propensos a ser más arrogantes cuanto menos razón tienen.
Pues, ¿qué analogía puede ser trazada honestamente entre la posición de
Timoteo y la de un obispo diocesano, por no hablar de un barón espiritual que
pretende controlar a cientos de clérigos en un determinado territorio?
Innovación no es fe, sino una amplia senda hacia la corrupción, que tiene como
resultado la ruina de aquello que lleva el nombre del Señor. Además, el
Presbiterianismo en este asunto está más distante de la iglesia del tiempo
apostólico que el Episcopado, pues rechaza y prescinde de una autoridad
superior para ordenar, y pierde así de vista la evidente verdad de que el poder
viene de lo alto. Así pues, fue el Señor quien eligió a los apóstoles y los
invistió con poder ―ya a ellos directamente o a quienes ellos lo
delegaran donde fuera conveniente o cuando fuese necesario― para que
eligiesen ancianos para los santos o designasen diáconos elegidos por los
santos (Hechos 14:23; 6:6). Nunca en aquellos días existió la idea de que un
simple anciano ordenara a otros ancianos.
Más alejado todavía del pensamiento de Dios y de la práctica apostólica
está el plan congregacional de la comunidad que elige a sus propios oficiales
religiosos. Todos a la par se desviaron de la verdad al desechar no sólo la
directa y continua provisión de dones provenientes directamente del Señor,
distintos de los cargos locales ―si bien, en el tiempo apostólico, estos
últimos fueron perfecta y debidamente designados, mientras que, en la
actualidad, se lleva a cabo erróneamente, como lo hemos visto―, sino
también la presencia actual y la libre acción del Espíritu Santo en la
asamblea. Ellos la consideran como una pasada condición de poder milagroso, en
vez de reconocer Su presencia con nosotros para siempre y la consecuente y
perdurable responsabilidad del cuerpo cristiano en tanto continúe aquí abajo.
El cargo de Timoteo era, dentro de sus límites, el de un delegado
apostólico, además de implicar la obra de un evangelista o el desempeño de
funciones ministeriales ordinarias. No sólo debía enseñar, sino también mandar
a otros que no enseñasen doctrinas extrañas. Ésta es una portada tan
indeleblemente grabada en la epístola que sería difícil entender cómo pudo
haber sido pasada por alto si no se conociese el desenfrenado deseo con que los
hombres hacen oídos sordos a la clara verdad y se aferran a las apariencias a
fin de justificar ese extraño y anómalo puesto que la Palabra de Dios desconoce
por completo: el pastor de una iglesia. La Escritura ciertamente
habla del ministerio a menudo y con seriedad; y nosotros, como creyentes,
debemos honrar los dones a causa del Dador, valorarlos en sí mismos por su
ejercicio de amor y proclamarlos como una bendición inapreciable para las
almas. Pero, sin lugar a dudas, un ministro de Cristo y de la Iglesia, lo es sólo de conformidad con el espíritu y la letra de
la Escritura, y su responsabilidad es directa ante el Señor Jesús, la Cabeza,
si bien nadie debería cuestionar su sujeción a la justa disciplina bíblica
(como cualquier otro miembro del cuerpo de Cristo) en cuanto al andar o a la
doctrina.
Esta sola innovación, no bien hubo entrado, trajo consigo otra sombría
nube, más ofensiva aún para la mente espiritual bien instruida en las
Escrituras, a saber, la pretensión de que un determinado círculo de la Iglesia
es su rebaño, y que él es su pastor. Los pensamientos de los
hombres están muy por debajo de la altura de la Palabra de Dios, y la voluntad
de ellos esquiva imprudentemente las más sagradas obligaciones para su propia
perdición y para deshonra del Salvador. Porque si bien los dones se hallan
distribuidos en el conjunto del “un cuerpo” en la tierra y los ancianos o
supervisores se hallan establecidos en el rebaño o Iglesia de Dios, ello no
significa que cada iglesia tenga su propio ministro y cada ministro su propia
iglesia, orden tristemente planeado para alimentar los celos del ministro y la
avaricia del rebaño. Este sistema puede ser tan antiguo como se quiera. Así
tuviese su origen en el segundo o hasta en el primer siglo, ¿qué valor podría
tener si no proviene del Señor a través de sus apóstoles y por éstos a través
de su Palabra?
El ministerio, al igual que la Iglesia, es una institución divina y, en
consecuencia, su condición original no debe ser modificada. Es cierto que no
podemos tener la Iglesia tal como lo fue en la época apostólica, pero, por esa
razón, tendríamos que apreciar reverentemente todo lo que de aquélla permanece,
lo cual seguramente es lo que mejor conviene a nuestra condición actual y a la
gloria del Señor, quien ordena todas las cosas según su sabiduría y amor. Si
bien la Iglesia es moralmente una ruina (y aquel que conoce lo que ella fue en
otro tiempo ¿sería capaz de negar el pecado y la vergüenza de su estado
actual?), Cristo permanece siempre como “fiel y verdadero” ―con todos los
recursos de Su amor― en el trono de poder y gloria. Él nunca abdicará
―ni siquiera relajará― sus funciones mientras nosotros le necesitemos.
La gente se olvida ―o nunca lo supo― de que él llegó a ser Cabeza
de la Iglesia únicamente desde el momento en que se sentó a la diestra de Dios
en los cielos; y desde entonces ningún cambio le ha acontecido ni le podrá
acontecer en tanto no llegue a consumarse la obra de recoger a la Iglesia.
Pero, lamentablemente, no ocurrió lo mismo con la Iglesia, como su Palabra
lo advirtió. Tenía que sobrevenir un apartamiento de la fe, como así también
habían de introducirse lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:
29); el “misterio de la anomia” debía actuar (2 Tesalonicenses 2:7); los
hombres tendrían la “forma de piedad, pero negarían el poder de ella”; hombres
perversos e impostores irían de mal en peor, engañando y siendo engañados (2
Timoteo 3). Por consiguiente, no deberíamos sorprendernos si aun buenos hombres
fuesen arrastrados por la simulación de aquéllos, como lo fue Bernabé e incluso
Pedro, en alguna medida, ya en los primeros tiempos de la Iglesia (Gálatas
2:11-13).
Estas epístolas pastorales nos introducen en las comunicaciones
confidenciales que mantuvieron el perito arquitecto y sus compañeros de obra.
Pues el gobierno supone que hay males y desórdenes que precisan ser
contrarrestados o desenmascarados; y estas epístolas muestran no lo que la
Asamblea tiene que hacer en ciertas circunstancias, sino el deber de un hombre
de Dios como Timoteo o Tito. No se infiere que estas epístolas hayan sido
inmediatamente una posesión común a todos los santos. Fueron dirigidas a
individuos que se hallaban en un lugar particular y sólo pudieron haber sido
copiadas y puestas en circulación más tarde, cuando hubieron pasado las
dificultades y asuntos delicados que suscitaron su existencia. La verdad y las
exhortaciones que en ellas hay siempre habrían de permanecer, aun cuando nadie
pudiese pretender el peculiar lugar que la profecía le asignó a Timoteo (1
Timoteo 4:14), como lo hizo con Pablo y Bernabé antes que él (Hechos 13:2).
CAPÍTULO 1
“Pablo, apóstol de Cristo Jesús según mandato de
Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza, a Timoteo, genuino
hijo en [la] fe: Gracia, misericordia, paz de Dios [el] Padre y de Cristo Jesús
nuestro Señor” (v. 1-2).
El carácter de la epístola nos da la clave para comprender la expresión
inicial. Pablo aquí no es un apóstol “llamado”, como lo es en la epístola a los
Romanos; ni tampoco lo es “por la voluntad de Dios”, como en la Primera
epístola a los Corintios. No se presenta bajo ninguna de las variadas formas en
que lo hace en sus otras cartas, sino que, aquí, él es apóstol “según mandato
de Dios”. La santa conveniencia de este lenguaje se torna clara cuando
recordamos que el Espíritu Santo inspiró a Pablo para que escribiese mediante
palabras enseñadas por Él mismo (1 Corintios 2:13). La observación acerca de
que la epístola fue escrita para otras personas más bien que para Timoteo es
una observación nada digna de un Reformador; algunas veces, Calvino es
demasiado temerario.
Es importante advertir y comprender la manera en que Dios es presentado
aquí, de la misma manera que en la epístola a Tito: “Dios nuestro Salvador”, un
bendito título de su relación con toda la humanidad. Ante la ausencia de esta
faceta divina, el gobierno de la Iglesia siempre tiende a tornarse seco y
estrecho. Timoteo debía considerar así a Dios a fin de que su corazón se
mantuviese amplio y fresco, pese a los detalles del cuidado que requería esa
asamblea en general o las personas que lo rodeaban, cualquiera fuese su
posición. La venida de Cristo, y por sobre todo su cruz, reveló a Dios como un
amor que se eleva por encima de los pecados del hombre rebelde y perdido, así
como por encima de las trabas y ordenanzas del judaísmo. Hasta que aquellos que
se hallaban bajo la ley no hubieron fracasado de forma manifiesta y cabal, no
estuvo claro el camino para la plena revelación de la gracia de Dios hacia el
hombre como tal. La pared intermedia de separación aún permanecía; el velo
todavía no estaba rasgado. La muerte de Cristo no sólo rompió el último vínculo
con los judíos sino que abrió públicamente la puerta de la fe a los gentiles,
no menos que a Israel. No hay diferencia: su gracia y redención es para todos
los pecadores que crean en Él. La ley por la cual Dios gobernó a Israel tendió
a darle el aspecto de un dios nacional que cuidaba tan sólo del pueblo
escogido. El evangelio de su gracia pone en claro que, tras la grandiosa prueba
moral que para el hombre significó aprender lo que es, Dios ahora está
manifestando a Cristo para revelar lo que Él es en sí mismo: Dios nuestro
Salvador.
Era algo bueno para Timoteo ―como lo es para nosotros― sopesar
este bendito carácter de Dios. Podría haber parecido más consistente para el
espíritu superficial del hombre haber empleado aquí un título eclesiástico,
puesto que el tema que tanto había de ocupar la epístola era el gobierno en la
Asamblea; pero no es sí. Dios es tan bueno como sabio. El Dios cuya autoridad
es ejercida mediante instrumentos escogidos según su beneplácito, quiso manifestarle
al mundo Su carácter de Salvador. No se trata, naturalmente, de que todos los
hombrees sean salvos, sino de que lo son los creyentes, y de que todos son
llamados ahora a creer en el Señor Jesús para ser salvos.
Por eso, si bien hay un mandato que dimana de la autoridad divina (y ¿qué
puede haber de bueno sin ello? Véase Juan 12:50; 14:31), también Dios
manifiesta Su carácter de amor para con los hombres el cual fluye de las
profundidades de la divina gracia, soberana y plena, y que se traduce en un
llamado de buenas nuevas a toda criatura sobre la tierra. En esta epístola
vemos, pues, por un lado, la actividad de la naturaleza divina la que puede
obrar ahora con justicia y ampliamente para salvación eterna, al margen de Sus
particulares designios para con aquellos que son salvos, y, por otro, Su
autoridad que reclama un andar práctico coherente con su Palabra y naturaleza,
y que detesta la pretensión de algunos de una santidad superior, la cual,
menospreciando el orden de Dios, se convierte en una presa de Satanás.
Pero la salvación que conocemos ahora aquí, no lo es todo. Tenemos a Cristo
Jesús —por quien ésta vino— como “nuestra esperanza”, quien nos presentará en
la gloria de Dios conforme a Su salvación. ¡Oh, cómo ha sido disminuida esta
bendita esperanza! (v. 1).
En tales circunstancias (y actualmente hay cosas mucho peores ante
nosotros) Timoteo tenía necesidad de “misericordia, así como de “gracia” y
“paz”. Y el apóstol, entonces, lo saluda con oración (v. 2).
“Así como te rogué quedarte en Éfeso cuando
[estaba] partiendo para Macedonia, para que encargases a algunos que no sean
maestros extraños, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables,
las cuales [αιτινς] proveen cuestiones más bien
que la dispensación de Dios que es en fe” (v. 3-4).
Enseñar cosas diferentes de la Palabra de Dios es ser un maestro extraño.
Las especulaciones son para el maestro lo que las hipótesis para el hombre de
ciencia: trampas que desvían del divino depósito de verdad revelada. La
verdadera ciencia se somete ante los hechos tal como son y procura descubrir
sus principios generales o asociaciones, a los que llama leyes. Lo mismo ocurre
con el creyente y el maestro. Ir más allá de la Palabra escrita no es otra cosa
que descarriarse y extraviarse.
Pero cuando los hombres comienzan a ser maestros de doctrina extraña,
siempre se introducen osadamente en la región de lo fabuloso, prestando
atención a mitos y a genealogías interminables. Así, el amor por lo prodigioso
obró desde temprano entre los cristianos. La imaginación nunca es fe, la cual
se deleita en conocer a Dios y su voluntad sin poner nunca su confianza en nada
sino únicamente en su Palabra, por muy agradecida que esté a aquellos que la
ministran. La imaginación es el recurso de aquellos que no conocen la verdad.
La verdad en Cristo es lo único que puede guardarnos por completo de este mal.
No se nos dice de forma clara si es que estos errores de los que aquí se nos
advierte tenían una raíz gentil o judaica. Si eran los mismos que se denuncian en
la epístola a Tito (1:14), entonces eran judaicos. Cualquiera haya sido su
origen, lo cierto es que ellos resultaron en los ensueños y perversiones
gnósticos de un tiempo posterior, los cuales eran particularmente contrarios al
Antiguo Testamento, mientras que al principio aparentemente hicieron mucho
―aunque erróneo― uso de él.
Las “genealogías interminables” eran un vano esfuerzo por tratar de
dilucidar sin Cristo lo que de otro modo es insoluble, perdiéndose así uno en
delirios y confusiones de la mente, sin tener en cuenta la conciencia, el único
sendero que, a través de la gracia, nos conduce a toda verdad, pues la
conciencia es lo único que le da a Dios su lugar y a nosotros el que nos
corresponde delante de Él. Sin la conciencia, el corazón puede verse atraído,
pero nunca estará confiado hasta no hallar su reposo en el amor de Dios y en su
verdad, lo que es justamente lo contrario a una vana confianza en uno mismo.
Entonces, con el corazón el hombre cree para justicia, y con la boca hace
confesión para salvación. Y la gracia así conocida, que perdona todo pecado,
quita toda culpa arraigada en el espíritu, pues no queda ya nada que encubrir,
todo ha sido juzgado y ha pasado. Uno puede entonces orar y alabar, desea
enseñanza y guía, y puede llamar a otros a participar de la comunión del gozo
en el Señor. ¡Qué triste es caer en especulaciones humanas con sus mitos
inciertos y sus genealogías interminables! Éstas son ocupaciones para las
mentes que no están en reposo y que no conocen la verdad, las cuales,
lamentablemente, desvían su atención de esta última para centrarla en esos
desperdicios para cerdos.
El apóstol no termina su oración. Timoteo entendería sin cuestionamientos,
y así deberíamos hacerlo nosotros. Pero él nos hace conocer su juicio sobre la
especulación, a saber: que es algo que produce cuestiones estériles para la
mente. La dispensación de Dios, es, por el contrario, “en fe”, o según la fe.
Dios se vale de la fe tanto para dispensar como para recibir.
La idea de que en el v. 5 la palabra “mandato” tiene alguna relación con la
ley ha ejercido una extensa aunque desastrosa influencia, no sólo al hacer
perder de vista el verdadero alcance de lo que el apóstol escribe a Timoteo,
sino también al sugerir aquello que es precisamente lo opuesto a la verdad. Si
el vocablo hubiese tenido el sentido de «mandato» o «precepto» como en el
primer versículo, ello no aportaría un ápice más de fundamento valedero para
traer por los cabellos a la ley, ya que sólo aquellos que se dejan llevar por
las apariencias afirmarían una cosa así. En efecto, en el primer versículo la
palabra “mandato” está en relación con Dios, no como Juez según la ley, sino
como nuestro Salvador según la gracia. Debemos, pues, adherir al sentido
estricto de la expresión del versículo 5 en su conexión con los versículos 3 y
18, en los que sería absurdo asociarla con la ley; por el contrario, se trata
más bien de un encargo evangélico en el cual el apóstol insiste con su fuerza
habitual, su incisiva perspicacia y su antitética manera, que no produce ningún
efecto allí donde prevalece la confusión ordinaria, por cuya causa la bendición
que tenemos aquí —que en realidad está vinculada con el Evangelio— es atribuida
a la ley. El apóstol en realidad está explicando, en relación con su encargo a
Timoteo, cómo actúa la dispensación de Dios que es por la fe.
“Ahora bien, el objetivo del encargo es amor de
corazón puro y de buena conciencia y de fe no fingida; de las cuales [cosas]
algunos, habiendo errado, se desviaron a vano discurso, deseando ser maestros
de la ley, no entendiendo ni lo que dicen, ni lo concerniente a lo que afirman”
(v. 5-7).
El apóstol está enfrentando a Timoteo contra aquellos que querían colocar a
los cristianos bajo la ley. No reconoce que en ellos haya buenos motivos para
guardar a las almas de malos caminos, ni teme que alcen la voz en contra de su
enseñanza tildada de antinomiana. Sostiene que el objetivo del encargo que le
está dando a Timoteo es amor procedente de un corazón puro y de buena
conciencia y de fe no fingida. Éstos son los efectos prácticos del Evangelio
producidos en los creyentes, de lo cual la ley es esencialmente incapaz. Ésta
puede convencer de la enemistad y la impureza del corazón; puede probar que la
conciencia es perversa, y de ninguna manera ello proviene de la fe, como lo
dice expresamente Gálatas 3:12. La ley produce ira, no gracia, y el resultado,
entonces, es la muerte, no la vida; no porque no sea buena y santa, sino porque
el hombre es esencialmente malo, impío e impotente. El corazón es purificado
por la fe (Hechos 15:9) en virtud de la obediencia a la verdad para tener un
afecto fraternal no fingido, para que nos amemos unos a otros con corazón puro,
fervientemente (1 Pedro 1:22), y ello es por la Palabra de Dios; pero se trata
de la palabra de las Buenas Nuevas, no de la ley, sino del Evangelio en
contraste con ella.
Aquellos a quienes el apóstol caracteriza eran adversarios judaizantes; y
él dice de ellos sencillamente que «erraron el blanco». ¿Podían presumir
realmente de tener un corazón puro, una buena conciencia o una fe no fingida?
No manifestaban amor sino vanos discursos. Por medio de Cristo el cristiano más
débil anda en la verdad y en amor. Amamos a causa de ser amados en perfección.
El corazón es purificado conforme a la eficacia del sacrificio de Cristo, en
virtud del cual también se adquiere una buena conciencia. La fe, entonces,
sabiendo que toda la cuestión del mal y la ruina fue plenamente saldada en la
muerte y resurrección de Cristo, reposa ahora a sus anchas sin ninguna simulación,
porque todo bien es verdaderamente dado por Dios y se halla seguro en su Hijo.
«Pero después de todo» —exclama un pretendido maestro de la ley— «Romanos
13:10 (“el amor es el cumplimiento de la ley”) ¿no identifica al “encargo” del
v. 5 con la “ley”?». Justamente ello prueba lo contrario, pues el cristiano, en
virtud de la nueva naturaleza que ahora le caracteriza, ama, no como un
requerimiento de la ley, sino como algo que fluye espontáneamente de su nueva
vida en Cristo. “El amor no hace mal al prójimo”; el amor, pues, es el
cumplimiento o pleno complemento de la ley. Pero este resultado es consecuencia
de estar bajo la gracia, no bajo la ley. La interpretación de tantos
comentaristas del pasado y del presente es el principio mismo que aquí se denuncia.
La ignorancia de estas personas, según el apóstol, es completa. No entienden ni
lo que dicen ni la cuestión acerca de la cual dogmatizan. Pero la gracia, a la
vez que detecta y rechaza el uso indebido de la ley que envanece al hombre en
la condición en que se encuentra y oscurece la intervención de la gracia divina
desplegada en Cristo, reivindica su verdadero lugar como un asunto de
conocimiento espiritual del que todos los cristianos están conscientes.
“Ahora bien, sabemos que la ley [es] buena si uno
la usa legítimamente, sabiendo esto, que [la] ley no está dada para un justo,
sino para los ausentes de ley e insubordinados, para impíos y pecadores, para
no santos y profanos, para parricidas y matricidas, para homicidas,
fornicarios, sodomitas, traficantes de hombres, mentirosos, perjuros, y si hay
alguna otra cosa contraria a la sana enseñanza, conforme al evangelio de la
gloria del Dios bendito, que me fue confiado” (v. 8-11).
Las fábulas, producto de la imaginación humana, eran malignas e incapaces
de producir un uso provechoso. La verdad es la respuesta a las necesidades de
un corazón atribulado y a las cuestiones que se plantea una conciencia
ejercitada. Pero las genealogías interminables no eran sino desperdicios y sólo
podían generar controversias.
Pero había también otro peligro, más sutil todavía, a saber, el uso
indebido que hace el hombre de la ley de Dios, lo cual ha conducido al error de
una manera más amplia y permanente, y además —lo que es lamentable— almas
piadosas a menudo se han extraviado a causa de ello. Pero esto no es la
dispensación de Dios que es por la fe, ni mucho menos el propósito del encargo
hecho a Timoteo. Pero la ley es buena si uno la usa legítimamente. Aquellos que
usan indebidamente la ley, ¿tienen conciencia interior de que ella no está
hecha para el justo, sino para los que no tienen ley, para los ingobernables y
para otros malhechores? Muy diferente era el pensamiento de ellos. En esto,
tanto entonces como ahora, los hombres dejan ver su incapacidad para discernir
el pensamiento de Dios revelado. La ley no contempla lo bueno sino lo malo.
Ella ha sido promulgada para detectar, condenar y castigar; nunca hizo un
«hombre justo», ni mucho menos al «hombre bueno», si uno citase la distinción
hecha en Romanos 5:7. Ella es un arma mordaz para herir y matar a
transgresores, y nunca fue concebida con el objeto de inspirar motivos de
integridad o un andar de verdadera justicia. Su excelencia radica en el hecho
de que no muestra misericordia alguna frente al mal; y el hombre es malo, y lo
es por naturaleza. La gracia —no la ley— es la que salva a los pecadores, la
que nos enseña que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos
sobria, justa y piadosamente en este presente siglo, aguardando la esperanza
bienaventurada y la aparición de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo (Tito 2:11-13).
Aquí la teología se rebela contra la verdad, e incluso buenos hombres
ignoran la fuente de todo lo que hizo de ellos lo que son a través de la
redención que es en Cristo y de la fe que dirige así sus miradas hacia Dios. A
estas personas poco les importa que el apóstol declare en otro lado que “por la
ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20), que ella “produce ira”
(Romanos 4.15), que es “el poder del pecado” (1 Corintios 15:56), así como “el
ministerio de muerte” y de “condenación” (2 Corintios 3:6, 9), que “todos
cuantos están sobre el principio de las obras de ley, están bajo maldición”
(Gálatas 3:10), que ella “fue añadida a causa de las transgresiones” (Gálatas
3:19). Ellos, en cambio, sostienen que la ley fue hecha para el justo como
regla de vida, aunque la clara e ineludible inferencia que se deriva de las
palabras del apóstol recién citadas, es que precisamente esto es lo que el
apóstol niega explícitamente respecto de toda ley. Es Cristo quien sobre todo
actúa mediante la fe en el alma del creyente, y de ahí que este último necesite
la Palabra de Dios en su conjunto a través de todo su andar en este mundo, como
así también el auxilio del Espíritu Santo para aplicarla en los detalles
prácticos. He aquí el secreto de la verdadera conducta del cristiano, el cual,
según la sabiduría divina, liga nuestros corazones con el Salvador de forma
habitual y hace de la Palabra escrita un asunto de continua meditación, de
consuelo y de consciente aplicación bajo el poder del Espíritu; pero todo ello
es realizado con conciencia de la verdadera gracia de Dios en la que estamos y
somos exhortados a permanecer, pues tan elevados privilegios tienen el
propósito de ahondar nuestra dependencia respecto de Dios y nuestra confianza
en su amor día tras día.
La Escritura no sólo admite plenamente, sino que enfatiza el hecho de que
el cristiano tiene el deber de hacer la voluntad de Dios a toda costa, y que él
nunca es libre de complacer a la carne. Es santificado para obedecer a
Jesucristo así como también para ser rociado con Su sangre (1 Pedro 1:2).
Complacer al yo es servir a Satanás. Pero, para el cristiano, la ley no es la
medida de la voluntad de Dios. Sí lo fue para Israel; pero nosotros, aun si
fuésemos por naturaleza israelitas, fuimos “muertos a la ley mediante el cuerpo
de Cristo para pertenecer a otro, a aquel que fue resucitado de entre los
muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios” (Romanos 7:4). En el tiempo
actual, el método de liberación respecto de la ley —libertad operada por Dios
mismo— es éste: simplemente obedecer a Dios con una intimidad, una plenitud y
una absoluta devoción desconocidas para un judío.
¿Alguna cosa puede ser menos satisfactoria, y más engañosa, que la tan
común aserción de los teólogos en cuanto a que Pablo todavía deja una puerta
abierta a la ley —hasta donde la Escritura lo revela— para que ella sea la guía
de los cristianos, y que él solamente piensa en excluirla en lo que respecta a
la justificación del alma? Ahora bien, es innegable que en Romanos 6 y 7 el
apóstol versa sobre el andar del creyente y no sobre la fe con miras a la
justificación; y allí establece que nosotros no estamos “bajo ley, sino bajo
gracia” (Romanos 6:14), y esto como un principio sobre el cual Dios trata con
los hombres, razón por la cual se expresa sin artículo definido, a fin de ir
más lejos que «la» ley, pero incluyéndola plenamente. Exactamente lo mismo
ocurre en la primera epístola a Timoteo. De modo que el deán Alford está
equivocado al pensar que el versículo 9 no va más lejos que el versículo 8, en
el cual aparece el artículo antes de «ley». En el versículo 9 no se dice «la»
ley ni «una» ley, sino «ley» como tal; y la partícula ου («no») simplemente niega que a un justo le haya sido
dada ley. Contra el fruto del
Espíritu —como el mismo apóstol lo escribe en Gálatas 5:23— “no hay ley”.
Cuando se tiene por objeto presentar una palabra de forma general o abstracta,
siempre, en todos los casos, con o sin preposiciones, se verifica la omisión
del artículo. Winer ha desorientado a la gente con su lista de palabras (punto III, párrafo 19), las que en
realidad caen bajo la misma regla. El obispo Middleton (Doctrine of the Greek Article) estuvo más cerca de la verdad,
aunque erróneamente hizo una excepción de las preposiciones.
Sostener que la ley fue hecha para justos así como para pecadores, es mera
suposición, no sólo carente de fundamento, sino contraria a las Escrituras.
Leemos por ejemplo: «Lo que quiere significar el apóstol sin duda (¡!) es que
ella fue dada, no con el propósito de justificar al hombre más justo que jamás
haya vivido, sino para restringir al malvado mediante sus amenazas y penas»
(Macknight, Apostolical Epistles,
pág. 512, Tegg, 1835). Esto es subvertir las Escrituras, no exponerlas. De
ningún modo está Whitby en mejor situación, quien considera la ley como
elemento «para condenar al justo». Justificación y condenación no están aquí en
consideración. El apóstol está hablando aquí del objeto contemplado en la
promulgación de la ley, y declara que ella no es dada para justos sino para
pecadores.
Y es penosamente instructivo ver cómo un error, una vez que logró
introducirse, obra para impiedad. Pues los mismos que contienden tan
vigorosamente contra la doctrina uniforme del Nuevo Testamento y que colocan al
cristiano bajo la ley, haciendo de
ésta su regla de vida, son los que sostienen que si el cristiano causa una
ofensa —como tan a menudo todos nosotros lo hacemos— ¡él no
está bajo la maldición de la ley! ¿Es esto establecer la ley o, en cambio,
anularla? Si Cristo murió y llevó la maldición de la ley, y si nosotros también
morimos con Él, y ya no estamos bajo ley sino bajo gracia, la verdad se guarda
intacta, la autoridad de la ley se mantiene y, además, nosotros, los que
creemos, tenemos plena liberación. Si realmente estuviésemos bajo la ley en
nuestra marcha cristiana, debiéramos ser malditos, o, de lo contrario, destruiríamos su autoridad; si, en cambio, no
estamos bajo la ley, la verdadera provisión para nuestros pecados es la
abogacía de Cristo ante el Padre, la que nos guía al arrepentimiento mediante
el lavamiento de agua por la Palabra.
La ley, entonces, está establecida para aquellos que están sin ley y para
ingobernables, para impíos y pecadores, para no santos y profanos, para
parricidas y matricidas. Así el apóstol agrupa los pares en esta negra lista de
depravación humana. En primer lugar, la fuente interior de la voluntad propia y
su más abierta insubordinación; luego, irreverencia hacia Dios y maldad hacia
el hombre; en tercer lugar, impiedad y positiva profanidad; en cuarto lugar,
insolente violencia hacia los padres, sin ir demasiado lejos, como matarlos
(compárese con Éxodo 21:15), pues este último extremo introduce el grupo
general, en el que uno sigue al otro: homicidas, fornicarios, sodomitas,
traficantes de hombres (o secuestradores), mentirosos, perjuros, y si hay
alguna otra cosa contraria a la sana enseñanza.
La ley verdaderamente es un ministerio de condenación. ¿Qué es, entonces,
lo que puede ministrar vida, justicia y el Espíritu? Sólo el Evangelio de
salvación basado en Cristo y en su obra, el cual se recibe únicamente por la
fe; “y la ley no es de fe” tal como lo hemos citado. La bendición no puede ir
separada de Cristo, y ella es “de fe”, a fin de que sea según la gracia.
Aquellos, pues, que son “de fe” (es decir, aquellos cuyo principio es la fe)
son hijos de Abraham y son bendecidos con el creyente Abraham (Gálatas 3).
Aquellos que hablan de la ley pueden hacerlo de la abundancia de sus corazones
(como ciertamente lo hacen por su falta de fe), sin mostrar jamás esas buenas
obras en las que tanto insisten, sino, por el contrario, poniendo de manifiesto
su vileza en el desprecio por Cristo. Pues el Espíritu ha sido enviado para
glorificar a Cristo, y jamás adornará ni engañará al yo mediante vanas
esperanzas de mejoría.
Pero el apóstol pone cuidado al agregar la cláusula final: “conforme al
evangelio de la gloria del Dios bendito, que me fue confiado” (v. 11). Las buenas
nuevas no pueden proclamar la condenación del hombre, cosa que se pretende de
la más enérgica manera. Ellas tratan del bien para el peor de los pecadores,
pues son el mensaje de la gracia de Dios, quien fue glorificado en el Hijo del
hombre y quien ahora le ha glorificado en sí mismo, antes que el reino sea
establecido, en el cual manifestará Su poder y gloria a todo ojo. El Evangelio
no fue proclamado a toda la creación bajo el cielo sino hasta después de
demostrada la culpabilidad y la irremediable ruina de la humanidad; así que,
como la justicia de Dios se revela en el
Evangelio “de fe para fe”, con él se
revela, no aquel juicio temporal que vemos bajo la ley, sino la ira de Dios desde
el cielo contra toda impiedad e injusticia de hombres que poseen la verdad en
injusticia (Romanos 1:18).
Se trata, pues, del “evangelio de la gloria de Dios”, no del “evangelio
glorioso” —como lo ha traducido la versión de Ginebra, la cual, desafortunadamente,
preparó el camino para la Versión Autorizada inglesa—, sino, de conformidad con
Wiclif, Tyndale y todos los demás, “el evangelio de la gloria”. Tal es la
esperanza en la que nos gozamos, y la norma por la que Él quiere que juzguemos
y rechacemos todo mal; una norma, por tanto, que no tolera ningún compromiso a
causa de la dureza del corazón del hombre, como sí lo hizo la ley (*), sino que
es absolutamente intransigente frente a todo lo que es antagónico a la
naturaleza y presencia de Dios en lo alto. Y Dios ahora es revelado como “el
Dios bendito”, por cuanto nos habla, no a través del fuego, de la oscuridad, de
la tempestad ni de las palabras aún más terribles del Sinaí, sino en la
plenitud de la gracia y la verdad de Cristo, quien le declaró en la tierra y
quien ahora está sentado en los lugares celestiales, en los cuales nosotros,
los que creemos, somos bendecidos con toda bendición espiritual en Él. Dios,
una vez cumplida la expiación y recibido el Salvador en gloria, fue «feliz» de actuar
libremente con amor hacia los perdidos, para que la gracia pudiese entonces
reinar mediante justicia para vida eterna mediante Jesucristo nuestro Señor
(Romanos 5:21).
(*) N. del T.— Véase Mateo 19:8.
Tal es el Evangelio que el apóstol dice (aquí y en Tito 1:3) que le fue
confiado; mientras que en Gálatas 2:7 dice que lo fue y que lo es: un estado
permanente y no sólo un hecho, el que aquí bastaba con que fuera simplemente
consignado. La Versión Autorizada inglesa es la única de las versiones en inglés
que es exacta al respecto.
El Evangelio que le fue confiado al apóstol prepara el camino para las
palabras que habrán de desembocar en el versículo 17. Es extraño que éste sea
uno de los pasajes en los que se apoyó un distinguido racionalista para impugnar
la autenticidad de la epístola, cuando en realidad la observación de este
pensador no hace otra cosa que poner de manifiesto la ceguera de la
incredulidad. Atestigua la incapacidad de la escuela escéptica en general (de
la cual Schleiermacher es uno de sus más hábiles integrantes y quizás el menos
objetable en su tono ordinario) para captar los admirables vínculos de las
Escrituras, y menos aún aquellos que no yacen en la superficie, sino que se
revelan a quienes escudriñan la Palabra como la Palabra de Dios y sienten la
verdad así como la comprenden. El apóstol, en su expresión del versículo 11,
había puesto el énfasis en sí mismo como
aquel a quien le había sido confiado el evangelio de la gloria. La luz de la
gloria de Cristo había brillado (incluso literalmente) sobre Saulo de Tarso y
dentro de su corazón. De ahí que no se trate aquí de doctrina, sino de una
prorrupción de acciones de gracias que brotan y vinculan su propio caso —como
el objeto más idóneo, más sagaz y más conspicuo que hallara la soberana gracia—
con el mensaje que fue llamado a transmitir.
Quizás existió el deseo de relacionar estos versículos con lo que precede,
debido a una falta de discernimiento espiritual para apreciar su íntima
conexión sin la necesidad de un agregado exterior, como se hizo con el
copulativo (“y”), siguiendo al T.R. (v. 12). Las copias y versiones más
antiguas no lo contienen, ni es tampoco necesario para comenzar una doxología,
a la que nada podría refrenar en tanto fluyera de ese rebosante corazón que
recordaba —y gozaba en ese instante— la gracia del Salvador.
“Doy gracias al que me fortaleció, Cristo Jesús
nuestro Señor, que me consideró fiel, designándome a[l] ministerio, si bien
antes era blasfemo y perseguidor y ultrajador. Pero me fue mostrada misericordia
porque [lo] hice ignorantemente, en incredulidad; y la gracia de nuestro Señor
sobreabundó con fe y amor que es en Cristo Jesús. Fiel [es] la palabra y digna
de toda aceptación, que Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores, de
quienes yo soy [el] principal. Pero por esta causa me fue mostrada
misericordia, para que en mí, [el] principal, Cristo mostrase toda la
longanimidad, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna.
Ahora, al rey de los siglos, incorruptible, invisible, único Dios, [sea] honor
y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (v. 12-17).
El corazón de Pablo se inflama en acciones de gracias a nuestro Señor por
el poder interior conferido. Él no sólo fue llamado a ser un santo, sino que
también fue designado para el servicio, para el cual Cristo le considero fiel.
Pero sus acciones de gracias se vieron inmensamente más realzadas por otra
consideración que nunca ha de ser olvidada, a saber, lo que él era cuando fue
así llamado. Antes de esto había sido un blasfemo, un perseguidor y un
insultador como ningún otro perseguidor. No se trataba, pues, simplemente de un
lenguaje inflado o rimbombante, sino de un genuino sentimiento del alma en
cuanto a que el era el primero de los pecadores, y jamás otro que no fuera
Pablo fue más competente para formular un juicio adecuado sobre el pecado. Él
—un hombre que habla adquirido semejante experiencia cual ningún otro ——sabía
lo que eran los pecadores. Sin embargo, nuestro Señor lo llamo a él, quien,
como lo dice de sí mismo, hasta obligaba a blasfemar a los santos y,
excesivamente enfurecido contra ellos, los perseguía incluso hasta fuera de su
tierra; un hombre que hasta respiraba amenazas y muerte en su odio por el
nombre de Jesús; quien, una vez que creyó en él, le dio poder para seguir y
perseverar, con una paciencia superior a la que este mundo podía haber visto
alguna vez, no sólo en labores, sino en padecimientos por Cristo. El Señor
ciertamente lo tuvo por fiel, y desde el mismo día de su conversión. Él dijo
que era un vaso escogido para llevar Su nombre ante los gentiles y también ante
reyes e hijos de Israel a lo largo de esa asombrosa senda de prueba que debía
recorrer en favor de Su nombre, de la cual el apóstol no dice nada, excepto
sólo cuando se vio forzado a hacerlo en su “insensatez”, como él dice, a causa
del mal estado y real insensatez de la sabiduría mundanal de los corintios (2
Corintios 11:16 y siguientes).
Así el amor de Cristo evidenció su propia fuerza al designar para su
servicio no solamente a un apóstol como Pedro —cuya confianza en sus propios
afectos por Cristo experimentó una rápida y abrumadora humillación para que
así, por la gracia, pudiese ser un confortador de sus hermanos y un denodado
predicador de las buenas nuevas, aseguradas incluso para aquellos que negaron
al Santo y al Justo—, sino también a otro que había sido alcanzado en medio de
su marcha de inquebrantable odio hacia Su nombre y de arrogante desprecio por
Su gracia, a quien llamó para ocupar el más elevado lugar de servicio que se
pueda concebir: ministro de la Asamblea, Su cuerpo, y ministro del Evangelio
proclamado en toda la creación debajo del cielo (Colosenses 1:23-25). ¿Quién
sino “Cristo Jesús nuestro Señor” habría sentido, pensado y actuado de esta
manera con relación ya sea a Pedro o a Pablo? Jesús era para ellos tanto
Salvador como Señor; y fue así cómo cada uno de ellos fue hecho apto para
rendir el más eficaz testimonio de Su gracia sin la menor atenuación de sus
respectivos pecados.
“Pero” —dice el apóstol— “me fue mostrada misericordia porque lo hice
ignorantemente, en incredulidad”. Por cierto que esa expresión encerraba plena
sinceridad; ni una sola duda ensombrecía su conciencia. Él había pensado que
tenía mucho por hacer en contra del nombre del Nazareno, investido, como estaba,
de la autoridad y la comisión conferidas por los principales sacerdotes,
confiado en la más estricta ortodoxia farisaica y de su más escrupulosa
práctica, y satisfecho de una descendencia inquebrantable en la religión del
Dios verdadero desde la promulgación de ésta en el Sinaí, por no decir desde el
huerto de Edén.
Sin embargo, el poder y la gloria que derribaron todo cuanto concernía a la
persona de Saulo —y que revelaron a su alma, mediante una luz superior al
brillo del sol de mediodía, que el crucificado pero glorificado Jesús, era el
Jehová Dios de Israel— cambió todo en un abrir y cerrar de ojos, y, con plena
certeza, le demostraron que todo cuanto él había amado y venerado era enemistad
contra Dios. La gracia, la verdad y la gloria tienen como único centro a Aquel
que, convenciéndole de los peores pecados, lo salvó para hacerlo su
«siervo-testigo», y lo tomó “de entre el pueblo y los gentiles” para enviarlo
desde entonces a ellos como mensajero, durante toda su vida, de Su incomparable
gracia.
Sin duda él era ignorante, y la raíz de su ignorancia era la incredulidad;
pero ésta es una condición diferente de la de aquellos que, después de recibir
el conocimiento de la verdad, pecan voluntariamente o apostatan en pos de
formas religiosas, prefiriendo esto antes que a Cristo y al testimonio que el
Espíritu da de Su obra. El Cristo celestial era aquel Jesús a quien él había
estado persiguiendo en la persona de cada uno de Sus miembros. Todo lo
concerniente a él, así como a su religión, había llegado a su fin: Cristo lo
era todo para él, y él reconocía a Cristo en todos aquellos que le amaban a Él,
cuyo Nombre había anatemizado hasta entonces. De ahí en adelante, su porción
continua era vivir y morir para Aquel que murió por todos, “a fin de que aquellos
que viven, ya no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por
ellos” (2 Corintios 5:15). Pablo fue presa de la ignorancia pecaminosa e
incrédula. “Pero la gracia de nuestro Señor sobreabundó con fe y amor que es en
Cristo Jesús”: el contraste con la incredulidad y el odio que le eran propios
en el tiempo en que lo único que él conocía era la ley. Y así, con el más
profundo sentimiento, él puede encomendar a otros su propio sumario, reducido
por cierto, del Evangelio: “Fiel es la palabra y digna de toda aceptación, que
Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores”; a lo que añade: “de quienes yo
soy el principal”.
En vano los hombres procuran limitar el alcance del término “pecadores”,
por un lado, o bien, por otro, de vocablo “principal”. El apóstol conocía la
verdad de una manera incomparablemente mejor que la de ellos, ya sea que se
trate de los Padres de antaño, o de los teólogos alemanes modernos, ya
católicos, ya protestantes. El verdadero objetivo del apóstol es justamente el de
barrer toda comparación, echar por tierra toda justicia propia y hacer frente a
toda desesperanza poniendo al hombre en el polvo y exaltando únicamente al
Salvador, quien se humilló a sí mismo y es capaz de salvar completamente a
aquellos que no desobedecen “la visión celestial”.
No era ésta sólo una cuestión de misericordia que salvaba al primero de los
pecadores; había también un propósito de gracia para con los demás. “Pero por
esta causa me fue mostrada misericordia, para que en mí, el principal, Cristo
mostrase toda la longanimidad, para ejemplo de los que habrían de creer en él
para vida eterna.” Es imposible superar el vigor de la expresión. Ni debemos
sorprendernos si el caso del apóstol debió ser un modelo o bosquejo permanente
del amor divino que se eleva por encima de la hostilidad más activa, de la
longanimidad divina que agota el más variado y persistente antagonismo, ya sea
en los judíos o en los gentiles en su totalidad; pues ¿quién superó alguna vez
a Saulo de Tarso de entre ambos? ¡Seguramente que el Señor se valdrá de la
historia de su conversión para ganar pronto a los endurecidos judíos! El
apóstol se deleita profundamente en aquella gracia que puede hacer así de la
soberbia y de la cólera del hombre una alabanza para Él, tanto en el presente
como en el día venidero, mediante la fe de nuestro Señor Jesús, sin el cual
todo habría sido ruina y miseria para desembocar finalmente en juicio eterno.
“Ahora, al rey de los siglos, incorruptible, invisible, único Dios,
[sea] honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.”
Puesto que aquellos que creen en Cristo para vida eterna no son un mero
pueblo sujeto a un gobierno terrenal para disfrutar de las bendiciones de un
régimen justo y de un gobernante divino y testificar acerca de ello, Dios es reconocido
y loado aquí como Rey de los siglos en su supremacía respecto de todas las
condiciones y circunstancias pasajeras que experimentan las criaturas aquí
abajo. Pero también es declarado como “incorruptible” frente a aquello que se
ha apartado de Él desvergonzadamente, tanto arriba en los cielos como abajo en
la tierra, valiéndose incluso de Sus designios y revelaciones para exaltarse a
sí mismo y dar rienda suelta a la propia voluntad para Su deshonra; como
“invisible”, cuando los poderes invisibles se han valido de lo que es visible
para volcar el caído corazón del hombre y su mala conciencia en la idolatría; y
como “único” o “solo”, cuando la sabiduría del mundo rinde libremente su
adoración—en oposición al único Dios verdadero— a objetos creados, ora en lo
alto, ora en derredor, ora debajo, los que suscitaron su admiración, sus
esperanzas y sus temores, y que Satanás utilizó así para deificarse a sí mismo
y a sus huestes bajo nombres que consagraron todo mal deseo y pasión a la
propia degradación del hombre, la que siempre se acrecienta. “Al rey de los
siglos, incorruptible, invisible, único Dios, sea honor y gloria”,
ahora ya no meramente como puede haberla tenido el rival más ruin, sino “por
los siglos de los siglos” —tiempo sin fin— “Amén”. La KJV es aquí inexacta; y
lo mismo todo comentarista que eleva sus objeciones a la justa y necesaria
corrección del Obispo Middleton. El artículo en realidad va con
θεω —“Dios”—, envolviendo todos los términos que se hallan entre
él y “Dios” como descriptivos. Si αφθαρτω
κ.τ.λ. estuviesen en directa armonía con τω
βασιλέι, ellos no podrían aparecer sin el
artículo.
El “encargo” aquí se relaciona claramente con los versículos 3 y 5 —los que
se refieren a la misma cosa— y no con el v. 15 en particular, por importante
que éste sea; lo que sigue hasta el final del capítulo tiene un propósito de
carácter práctico. El hombre de Dios debe estar preparado para militar la buena
milicia.
“Este encargo te encomiendo, hijo Timoteo, conforme a las profecías
precedentes sobre ti, para que por ellas milites la buena milicia, manteniendo
fe y buena conciencia, la cual habiendo desechado algunos, hicieron naufragio
en cuanto a la fe, de quienes son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a
Satanás, para que sean enseñados a no blasfemar” (v. 18-20).
Así como el Espíritu Santo dijo: “Separadme a Bernabé y a Saulo para la
obra a la que los he llamado” (probablemente a través de uno de los profetas de
Antioquía, Hechos 13:2), así también parece ser que Timoteo tuvo profecías que
aparejaron el camino para su obra. En el caso del apóstol, por cierto, el Señor
había revelado su misión desde su conversión. Afirmar que las profecías sobre
Timoteo fueron anunciadas en el
momento de su ordenación es pura suposición. Ello no fue parte del servicio que
se llevó a cabo en Antioquía, de donde el primero y más grande apóstol enviado
a los gentiles salió encomendado a la gracia de Dios mediante la imposición de
las manos de sus hermanos. La profecía, en este caso, precedió y condujo a
aquella separación para la obra evangelizadora; y así la analogía (o la expresa
declaración aquí y en el capítulo 4:14, comparado con 2 Timoteo 1:6) nos
brindaría la posibilidad de sacar deducciones acerca de Timoteo.
Lo que el apóstol presenta ante su “hijo” y colaborador no es una simple
batalla, sino una campaña. Él debe militar la buena milicia, pero no se le pide
que vaya por su cuenta y riesgo. El Señor es quien había dado la palabra, y si él
es muy dócil, sensible y tímido, bien puede confiar en Aquel que había
profetizado por medio de sus siervos acerca de Timoteo. No existe la menor
necesidad, ni hay motivo suficiente, para entender —como lo hace el gramático
Winer— que en estas profecías yace su protección espiritual y su equipo, la
armadura, por decirlo así, en la cual
debía militar su buena milicia. Esto es reducir y enfatizar indebidamente la
fuerza de la preposición griega (εν). Las versiones inglesas KJV y RV
me parecen más simples y correctas. Por otro lado, la forma transitoria del
verbo (στρατεύση), que fue
adoptada por Tischendorf y Tregelles sobre la base de la magra autoridad de la
mano original de los manuscritos Sinaítico y Claromontano, no es digna de
recomendación en comparación con la forma que presenta el texto común (así como
todas las demás copias) que tiene el tiempo presente. Obsérvese también que
“fe”, sin artículo definido, hace referencia a un estado interior y es
diferente de «la» fe o verdad creída.
Pero la condición del alma tiene mucho que ver con militar la buena
milicia. La fe debe conservarse reluciente, simple y ejercitada; los ojos del
corazón deben mantenerse siempre fijos en las cosas invisibles y eternas.
Asimismo es imperioso tener una buena conciencia, pues si la fe introduce a
Dios, una buena conciencia juzga a uno mismo, manteniendo de tal modo fuera el
pecado. Esto, tan trascendental para todo cristiano, es preeminentemente
necesario para aquel que está dedicado al servicio de Cristo. No hay nada que endurezca
tanto el corazón como la continua declaración de verdades aparte de la propia
comunión y andar personales. Tómese, por ejemplo, el caso extremo de Judas, el
cual cae bajo el poder del diablo; pero fijémonos también en Pedro, quien,
lejos de ser un traidor, él mismo se traicionó al negar a su Señor. No
obstante, aquí, en el versículo que nos ocupa, se trata de mantener no sólo fe,
sino también una buena conciencia, “la cual habiendo desechado algunos,
hicieron naufragio en cuanto a la fe”.
Rara vez —por no decir nunca— el alma heterodoxa mantiene una buena
conciencia; y así como no puede haber una buena conciencia sin fe, tampoco
puede haber fe sin una buena conciencia. Cuando la conciencia se vuelve
prácticamente mala, la fe es rebajada, y sería lamentable que terminase
pervirtiéndose por completo. Ningún hombre puede gozar de tranquilidad
entretanto siga cargado con el sentimiento de su propia inconsistencia. De esta
manera, se siente tentado a acomodar su fe a sus fracasos, y aquello que le parece
bien termina finalmente creyéndolo para destrucción de la verdad; o, como el
apóstol lo expresa aquí: “hicieron naufragio en lo concerniente a la fe”.
El apóstol da ejemplo de personas de aquel entonces: “de quienes son
Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás, para que sean enseñados a no
blasfemar”.
No se trata aquí de disciplina eclesiástica o de pura y simple excomunión,
sino del propio acto de poder del apóstol. Es ciertamente cuestionable el hecho
de si alguna vez una asamblea entregó, o pudo entregar, a alguien a Satanás sin
la autoridad apostólica. Es verdad que en 1 Corintios 5 el apóstol se relaciona
con un similar ejercicio de poder: “Pues yo, ausente en el cuerpo, pero
presente en el espíritu, ya como presente he juzgado en cuanto al que así obró
esto, en el nombre de nuestro Señor Jesús (congregados vosotros y mi espíritu,
con el poder de nuestro Señor Jesús) entregar al tal a Satanás para destrucción
de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (v.
3-5).
Así también otro apóstol —Pedro— ejerció el poder que el Señor le había
conferido para tratar extraordinariamente con Ananías y Safira cuando pecaron
para muerte (Hechos 5). Parecería así que el Señor, a través de su siervo, los
juzgó mediante ese castigo o corrección tan solemne para que no fueran
condenados con el mundo. Pero si bien, conforme a la Escritura, la Asamblea no
está investida con semejante poder, sí se halla bajo la obligación de expurgar
la vieja levadura “para que seáis
nueva masa, conforme sois ácimos”. Nuestra posición es la base de la
responsabilidad. Si en Cristo, y por Él, somos ácimos, tenemos la obligación de
no tolerar la levadura. La práctica debe conformarse al principio, y así el
Espíritu obra por la Palabra, no por la adopción de principios elevados o
celestiales rebajados por un andar terrenal que no está a la altura de
aquéllos. “Porque también Cristo, nuestra pascua, fue sacrificada. Por tanto,
celebremos la fiesta, no con levadura vieja, ni con levadura de malicia y maldad,
sino con ácimos de sinceridad y verdad” (v. 7-8). Si la Asamblea no puede o no
quiere juzgar a aquellos que están dentro, pierde por ello su carácter de
Asamblea de Dios. Por eso, aun en la peor condición, en el estado espiritual
más bajo, aquello que reclama ser una asamblea de Dios tiene la obligación de
expulsar de su seno al malvado. La responsabilidad de expulsar de la comunión
de la Iglesia es el deber inalienable de la Asamblea cristiana siempre que un
miembro que profesa ser de Cristo pueda ser designado justamente como «persona
malvada». Pero esto es una cosa diferente del poder apostólico de entregar a
alguien a Satanás, el cual bien podía —o no— acompañar ese acto extremo de la
Asamblea.
Sin embargo, es bueno notar que aun el acto del apóstol de entregar a
alguien a Satanás, del que se habla aquí en 1 Timoteo, aparte de la Asamblea,
tenía en mente un objetivo tanto misericordioso como santo: “para que sean
enseñados a no blasfemar”. Es un pensamiento consolador que aun estos
malhechores no queden fuera del alcance de la gracia divina de forma
irrecuperable. La sentencia que recayó sobre ellos fue, por el contrario,
enseñar mediante disciplina a aquellos que se negaron a ser enseñados por la
verdad, cuyo mal no juzgado les llevó a apartarse de la fe, cuyo mal no juzgado
les llevó a apartarse de la fe, la que los condenó. Aun el poder de Satanás en
el trato con el hombre exterior, y quizás también provocando un sentimiento de
angustia, puede ser utilizado, bajo el dominio de Dios, para quebrantar el espíritu
altivo y hacer que las blasfemias pasadas sean vistas en todo su orgullo
ofensivo y su oposición a Dios.
Es raro que Calvino, en sus comentarios sobre este pasaje, prefiera más
bien explicarlo en relación con la excomunión, de la cual no se dice ni una
sola palabra, aunque probablemente ésta también haya tenido lugar. Pero «la opinión» —en sus propios términos—
«de que el incestuoso corintio recibió otro castigo aparte de la excomunión»
—como se aventura a decirlo— «no se sostiene por ninguna conjetura probable».
Ahora bien, hemos visto que esta confusión se halla en directa oposición a la
manifiesta declaración de 1 Corintios 5, la que distingue la energía apostólica
y sus efectos del inalienable llamado a la Asamblea a expulsar a aquellos que afrentan
deliberada y manifiestamente el nombre del Señor. Sólo cuando Pablo se une a la
asamblea habla de entregar a alguien a Satanás. En cambio, cuando trata sobre
la purificación de la levadura que se había introducido, habla de expulsar, y
no agrega nada más.
En resumen, entonces, entregar a alguien a Satanás no era una forma de
excomunión de la Iglesia, sino una operación de poder apostólico, la que podía
o no acompañar el acto de expulsar, y cuyos efectos se manifestaban en dolores
físicos o aun en la misma muerte. La distinción es importante por esta razón,
entre otras: que podemos ver claramente cómo permanece la obligación de
expurgar la levadura que ha logrado introducirse; mientras que sería
inapropiado que la Asamblea usurpe aquello de lo cual la Escritura nunca habla
aparte del poder de un apóstol. Aquellos que tienen a Cristo, quien fue
sacrificado como su centro, no pueden rehuir la santa responsabilidad de
celebrar la fiesta con ácimos de sinceridad y verdad, expurgando lo que en la
práctica le niega y le deshonra. El poder es otro elemento; distinto tanto de
la forma como del deber; y, con poder o sin él, tenemos la obligación de
cumplir nuestro deber, como se ve claramente y se detalla con tanta solemnidad
al final de 1 Corintios 5, si en verdad somos de Cristo.
LA PRIMERA EPÍSTOLA DEL
APÓSTOL PABLO A TIMOTEO
Para acompañar el comentario
de William Kelly, no presentamos aquí una nueva versión del texto bíblico, sino
el resultado de una selección de un conjunto de versiones que consideramos
sumamente exactas y fieles al texto original, cotejando siempre el original
griego. Estamos trabajando en un proyecto que incluye las principales versiones
que hemos consultado junto con el original griego presentadas en forma
paralela, lo cual facilita el estudio comparado de excelentes trabajos de
traducción, proveyendo una dimensión más amplia del significado del texto
bíblico. Entre las versiones, está la versión original de William Kelly. Quien
desee acceder a este material para su consulta, puede hacerlo aquí:
El texto griego original que
utilizamos es el de Nestle, e indicaremos, en tanto nos sea posible, las
diferencias de lectura más relevantes con otros textos conocidos, las cuales,
como se verá, son prácticamente insignificantes. Kelly tenía su propio texto
crítico griego sobre cuya base hizo sus traducciones al inglés agregando además
notas de crítica textual que hemos incluido en la presente traducción al
español. Respecto de estas notas, la obra «Two 19th Century New Testament Translations» dice en su introducción:
«Si bien las
notas compiladas…, no equivalen, en su totalidad, a un aparato crítico, sin
embargo, ellas podrían ser utilizadas para evaluar una versión moderna,
especialmente en aquellos pasajes en que se suscitan las cuestiones más serias,
por comparación con el juicio de un traductor de finales del siglo XIX, puesto
que William Kelly escribió no sólo con claridad, sino con un poderoso estilo.»
En la selección de palabras
hemos dado prioridad —siempre que en español la equivalencia sea realmente
efectiva o lo más exacta posible— a la traducción de William Kelly para servir
de la mejor manera a los fines del comentario, pero hemos cotejado también
estrechamente el texto griego original. Especial
beneficio podrá sacar el lector hispano —salvando los así llamados «falsos
amigos»— de la excelente versión francesa de J. N. Darby por la similitud del
español con el francés al ser ambas lenguas de origen latino.
Capítulo 1
Pablo, apóstol de Cristo[1] Jesús
según mandato[2] de
Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza, 2 a Timoteo, genuino
hijo en [la] fe: Gracia, misericordia, paz de[3] Dios [el] Padre y de Cristo
Jesús nuestro Señor.
3 Como te rogué quedarte en Éfeso cuando partía hacia Macedonia, para que
encargases a algunos que no sean maestros extraños, 4 ni presten atención a
fábulas y genealogías interminables, las cuales producen disputas más bien que
la dispensación[4] de
Dios que es en fe. 5 [5]Ahora bien, el objetivo del encargo es amor
de corazón puro y de buena conciencia y de fe no fingida; 6 de las cuales
[cosas] algunos, habiendo errado, se desviaron a vano discursoa, 7 deseando ser maestros de la ley, no entendiendo ni lo que
dicen, ni lo concerniente a lo que afirman. 8 Ahora bien, sabemos que la ley
[es] buena si uno la usa legítimamente, 9 sabiendo esto, que [la] ley no está
dada para un justo, sino para los ausentes de leyb e insubordinados, para impíos y pecadores, para no santos y
profanos, para parricidas y matricidas, para homicidas, 10 fornicarios,
sodomitas, traficantes de hombresc,
mentirosos, perjuros, y si hay alguna otra cosa contraria a la sana enseñanza,
11 conforme al evangelio de la gloria del Dios bendito, que me fue confiadod. 12 [6]Doy gracias al que me fortaleció, Cristo Jesús nuestro Señor,
que me consideró fiel, designándome a[l] ministerio, 13 [7]si bien antes era blasfemo y perseguidor y
ultrajador. Pero me fue mostrada misericordia porque [lo] hice ignorantemente,
en incredulidad; 14 y la gracia de nuestro Señor sobreabundó con fe y amor que
es en Cristo Jesús. 15 Fiel [es] la palabra y digna de toda aceptación, que
Cristo Jesús vino al mundo a salvar pecadores, de quienes yo soy [el]
principal. 16 Pero por esta causa me fue mostrada misericordia, para que en mí,
[el] principal, Cristo mostrase toda la longanimidad, para ejemploe de los que habrían de creer en él para vida eterna. 17 Ahora,
al rey de los siglos, incorruptible, invisible, único[8] Dios,
[sea] honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. 18 Este encargo te
encomiendo, hijo Timoteo, conforme a las profecías precedentes sobre ti, para
que por ellas milites la buena milicia, 19 manteniendo fe y buena conciencia,
la cual habiendo desechado algunos, hicieron naufragio en cuanto a la fe, 20 de
quienes sonf Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a
Satanás, para que sean enseñados a no blasfemar.
NOTAS DE CRÍTICA TEXTUAL DEL
CAPÍTULO 1 (por W. K.)
[1] Tal es el orden en א D F G P, en algunas
cursivas y en ciertas versiones antiguas.
[2] El códice Sinaítico presenta el colosal error de promesa en lugar de mandato, por asimilación, quizás, a 2 Timoteo 1:1, en un contexto
totalmente diferente.
[3] Nuestro no se halla en las copias más antiguas y
excelentes.
[4] Todas las versiones inglesas más antiguas yerran
desde Wiclif hasta la KJV dejándose extraviar por la versión siríaca y la
Vulgata. El uncial Claromontano presenta un doble error: en el texto y en la
corrección. Vat. 1761 es la única cursiva que respalda el error. Los editores
Complutenses y R. Stephanus están acertados; no así Erasmo, Colineo, Beza y
Elzevir.
[5] No existe la menor necesidad de agregar el
paréntesis (que comenzaría aquí y terminaría en el v. 17 inclusive) señalado
por Griesbach, Scholz, Knapp, Lachmann, et
al.
[6] Varias copias —ninguna de primera clase— añaden
«y», como en el Textus Receptus.
[7] El artículo definido (τον) va
asociado a προτερον en los mejores
manuscritos, lo cual impide traducir quien
o a mí que, como sucede en el
texto común.
[8] «Sabio», tanto aquí como en Judas 25, es una
interpolación. Es correcto y muy apropiado en Romanos 16:27. Su omisión aquí
Bengel la llama «magnifica lectio». Se omite en los más antiguos y mejores
manuscritos así como en las versiones antiguas.
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NOTAS
a o habla b gr. anomia = sin
ley c o secuestradores
(W.K.) d lit.: con
que yo fui confiado e bosquejo,
delineación f lit.:
es