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AISLAMIENTO C. H. Mackintosh |
Una de las mayores
dificultades que enfrenta el creyente hoy, como en todos los tiempos, es saber caminar por un sendero angosto con un
corazón ancho. Muchas cosas, de todos lados, lo empujan a tomar una
posición de aislamiento. Los lazos de amistad humana parecen tan frágiles,
surgen tantas cosas que debilitan la confianza, tantas cosas que uno no podría
aprobar, que el camino del creyente fiel se vuelve cada vez más solitario. Todo
esto es innegable. Pero debemos poner sumo cuidado en la manera en que
enfrentamos este estado de cosas. Es sumamente importante tener en cuenta el
espíritu con que nos desenvolvemos en medio de escenas y circunstancias que,
todos admitiríamos, ponen a prueba nuestra fe de una manera muy
particular.
Yo puedo, por
ejemplo, replegarme sobre mí mismo, y volverme amargo, triste, duro, repulsivo,
seco y sin corazón por el pueblo del Señor, por su servicio, por los felices y
santos ejercicios de la asamblea. Puedo volverme estéril en buenas obras, sin
simpatía por los pobres, los enfermos, los afligidos, vivir encerrado dentro de
mi estrecho círculo, pensando sólo en mí mismo y en mis intereses personales y
familiares.
¿Puede haber un
estado más miserable que éste? No es otro que el más deplorable egoísmo, pero
no nos damos cuenta de él porque estamos cegados por nuestra ocupación excesiva
con las faltas de los demás.
Ahora bien, es muy
fácil descubrir defectos, debilidades y faltas en nuestros hermanos y amigos.
Pero la cuestión es ésta: ¿Cómo debemos enfrentar estas cosas? ¿Acaso
replegándonos sobre nosotros mismos? ¡Jamás! Actuar así sería volvernos tan
miserables como inútiles, y peor que inútiles para los demás. Nada puede ser
más desdichado que un hombre decepcionado.
Se pone siempre a criticar a los demás. Jamás descubrió la raíz oculta de este
hábito ni la verdadera manera de tratarlo. Se retiró, pero en sí mismo; se
aisló, pero su aislamiento es una posición absolutamente falsa. Miserable, y
hace también tan miserables como él a todos aquellos que le siguen, tan débiles
e insensatos para escucharlo. Su marcha práctica es una completa bancarrota;
sucumbió a las dificultades de su tiempo, y demostró ser totalmente incapaz de
hacer frente a las duras realidades de la vida actual. Y entonces, en vez de
tomar conciencia de ello y de confesarlo, se encierra en su estrecho círculo de
ideas y pensamientos, sin parar de criticar a todos excepto a sí mismo.
¡Qué delicia y qué
consuelo hallamos al volvernos de este cuadro tan triste para contemplar al
único Hombre perfecto que pisó los senderos de esta tierra! Su camino fue
ciertamente solitario, más que ningún otro. Nunca halló ninguna simpatía,
ninguna comprensión, alrededor de Él. “El mundo no le conoció.” “A lo suyo vino
(Israel), y los suyos no le recibieron.” “Esperé quien se compadeciese de mí, y
no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé. (Juan 1:10-11; Salmo 69:20). Hasta
sus amados discípulos se mostraron incapaces de simpatizar con él y de
comprenderlo. Se durmieron en el monte de la transfiguración, en presencia de
Su gloria, lo mismo que en el huerto de Getsemaní, en presencia de Su agonía.
Lo despertaron de Su sueño en la barca, por su incrédula angustia; y
continuamente lo importunaban con sus preguntas ignorantes y pensamientos
insensatos.
¿Cómo respondió el
Señor a todo esto? Con una gracia, paciencia y ternura perfectas. Respondió
todas sus preguntas, corrigió sus pensamientos, apaciguó sus temores, allanó
sus dificultades, proveyó a sus necesidades, soportó sus debilidades, les
reconoció devoción en el mismo momento en que todos iban a abandonarlo. Él los
miraba a través de Sus ojos de amor, y los amaba a pesar de todo. “Había amado
a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13.1).
Lector cristiano,
empapémonos del espíritu de nuestro adorable Maestro, y andemos sobre sus
pisadas. Entonces nuestro aislamiento será cierto, genuino y verdadero; y aunque
nuestra senda sea estrecha, nuestro corazón será ancho.