Surgimiento de las

 

«ASAMBLEAS INDEPENDIENTES»

 

Cartas a un amigo

 

C. H. Mackintosh

 

(Extraído de «Things New and Old», vol. 18)

 

Mi amado hermano,

 

El año 1848 fue un tiempo de prueba para todos los que profesaban ocupar el terreno de los Hermanos. En el verano de ese año, se suscitó una cuestión en cuanto a si estábamos realmente reunidos sobre el terreno de la unidad del Cuerpo, o simplemente como congregaciones independientes o fragmentarias, que tienen una medida de familiaridad y de simpatía unas con otras, pero no un terreno común de responsabilidad en la comunión y en el testimonio como miembros unos de otros, unidos a la Cabeza viva en el cielo y los unos a los otros, por el Espíritu Santo.

 

Fue en Bristol donde se suscitó esta cuestión de profundo interés; y a partir de allí se extendió a todo lugar sobre la faz de la tierra donde tuviera lugar la existencia de una asamblea de Hermanos.

 

Como seguramente sabrá, había una congregación de los Bautistas que se reunían para la adoración en una capilla llamada «Bethesda», en Bristol. Había una congregación asociada en la capilla de «Salem»; pero hablaré de ambos bajo el mismo nombre de Bethesda, y sólo hago una referencia lo más brevemente como sea posible, ya que mi único objetivo es poner en evidencia el gran principio en juego, y no, por cualquier medio, detenerme en las personas o en los lugares que puedan poseer solamente un interés efímero.

 

Ahora bien, unos años antes del tiempo recién mencionado, esta congregación Bautista fue recibida en comunión con los Hermanos, como cuerpo. La asamblea entera, de manera pública y ostensible, tomó el terreno ocupado por los Hermanos. No mencionaré nombres ni me detendré en detalles menores; presentaré simplemente el gran hecho principal, por cuanto ilustra un muy importante principio.

 

Ha sido mi convicción, por muchos años, que esta recepción de una congregación entera fue un error fatal de parte de los Hermanos. Incluso admitiendo, como lo hago de todo mi corazón, que todos los miembros y ministros hayan podido ser excelentísimas personas tomadas individualmente, con todo, estoy persuadido, de que es un error, en cualquier caso, recibir un cuerpo entero como tal. No hay tal cosa como una conciencia corporativa. La conciencia es una cosa individual; y a menos que actuemos individualmente delante de Dios, no habrá estabilidad en nuestra marcha. Un cuerpo entero de personas, conducido por sus maestros, puede profesar tomar cierto terreno, y adoptar ciertos principios; pero ¿qué seguridad hay de que cada miembro de ese cuerpo esté actuando en la energía de la fe personal, por el poder del Espíritu Santo, y sobre la autoridad de la Palabra de Dios? Es de la mayor importancia que en cada paso que demos, actuemos en simple fe, en la comunión con Dios, y con una conciencia ejercitada. No puedo, de hecho, sino creer que una causa especial de debilidad en las varias asambleas de Hermanos es que grandes números han venido a ocupar el terreno, que no están en el poder de la verdad en sus propias almas, y actúan como un peso muerto y como un obstáculo. Pero, muy claramente, es un grave error recibir a un cuerpo entero de gente en comunión cuando no hay oportunidad de probar el estado espiritual de los individuos que componen ese cuerpo.

 

Tuvimos una ilustración muy llamativa de esto en Londres, en el año 1853. Una congregación de Bautistas deseó tomar el terreno ocupado por los Hermanos; y lo hicieron. Pero apenas habían dado el paso cuando el hermano que había construido la capilla y había reunido, por su predicación, a la congregación, percibió el error. Él convocó inmediatamente a la asamblea, y les dijo que tanto él como ellos debían actuar bajo su responsabilidad individual delante del Señor. En cumplimiento de esta declaración, el día del Señor siguiente, la capilla fue cerrada, y la gente fue individualmente obligada a considerar su posición y su propio curso de acción.

 

Ahora bien, algunos afirmarían que ésta es una decisión muy temeraria; pero fue un paso noble; y las consecuencias demostraron que fue un paso correcto: el único paso correcto. En el curso de algunas semanas —semanas, sin duda, de profundos ejercicios de alma y de penosos y profundos escudriñamientos del corazón— la congregación entera, salvo dos o tres excepciones, los que, creo, de dudoso carácter, no en un cuerpo, sino que solicitaron individualmente la comunión, en las varias asambleas de Hermanos, y cada caso fue considerado según sus propios méritos y probado por la Palabra de Dios. Entonces el hermano a quien le pertenecía la capilla amablemente la prestó como un conveniente lugar de reunión para los Hermanos. Por supuesto que, durante el tiempo que el lugar permanecía cerrado el día del Señor por la mañana, él continuaba su trabajo individual de predicación y de enseñanza, como lo hace hasta el día de hoy; y, bendito sea Dios, desde ese tiempo, ese querido sitio se ha convertido en el lugar de nacimiento de centenares de almas, y en un bendecido lugar de pasto para los corderos y las ovejas del querido rebaño de Cristo. ¡Ojalá que continúe siéndolo hasta que él venga!

 

¡Qué diferente era el caso de Bethesda! Un momento de prueba se hizo presente. Un error mortal fue enseñado en Plymouth —error que tocaba la posición y las relaciones de nuestro Señor Jesucristo—, error que lo colocaba (evito transcribir las palabras exactas) bajo la maldición y la ira de Dios todos Sus días, y no de una manera vicaria, sino en virtud de su asociación con Israel y con la familia humana.

 

No puedo soportar entrar más profundamente sobre la terrible doctrina enseñada en Plymouth, o transferir a esta página las expresiones en que esa doctrina fue presentada. No tengo ningún deseo de utilizar lenguaje fuerte o drástico en referencia a los individuos; pero debo decirle a usted, mi amado amigo, que considero la doctrina absolutamente tan mala como el socinianismo mismo; por lo menos el anterior, así como este último, nos deja sin el Cristo de Dios. Es inútil hablar de distinciones, porque si no tenemos al Cristo del Nuevo Testamento, no tenemos ningún Cristo, ningún Salvador en absoluto. Arrio o Socin pueden negar la deidad de nuestro adorable Señor y Salvador; Irving puede negar su pura e impecable humanidad; un maestro de Plymouth puede presentarlo en una posición y en una relación que haría que él necesitase un salvador para sí mismo ¡quiera Dios perdonar la mera escritura de estas líneas! ¡Quiera él perdonar al hombre que enseñó tal doctrina horrible! Todos ellos niegan al Cristo de Dios. Ellos blasfeman contra Su persona y Su nombre. Todo aquel que ama verdaderamente a Jesús, ha de aborrecer por completo sus doctrinas.

 

Bien, entonces, querido A., este error mortal fue enseñado en Plymouth; y, además, los defensores y enseñadores de este error fueron recibidos en Bethesda. Unos pocos miembros fieles se alzaron en contra, protestaron, y suplicaron que tales doctrinas fuesen juzgadas, y sus enseñadores puestos fuera de comunión. Todo fue en vano. Diez de los líderes escribieron una carta —la muy conocida «Carta de los diez»—, «muy conocida», quiero decir, para aquellos de nosotros que fuimos llamados a meternos y andar a través de esas aguas profundas. En esta carta, que fue adoptada por la gran mayoría de la congregación de Bethesda, rehusaron juzgar la doctrina. Dijeron: «¿Qué tenemos nosotros que ver en Bristol con las doctrinas enseñadas en Plymouth?». En una palabra, ellos se encomendaron, clara y palpablemente, al terreno de la neutralidad y la indiferencia, en cuanto a nuestra bendita Cabeza, y de la independencia, en lo que concierne a su amado Cuerpo.

 

Tal era el terreno manifestado en «La carta de los diez»: un documento elaborado por diez hombres inteligentes, adoptado por centenares de cristianos, y que, creo, permanece hasta el día de hoy sin revocar y respecto del cual no ha habido ningún arrepentimiento. Es verdad que, después del triste daño causado, y que cincuenta o sesenta piadosos cristianos dejaron Bethesda antes que aprobar tan perverso principio o terreno de comunión, los líderes confiaron la responsabilidad a lo que llamaron siete reuniones de la iglesia con el propósito de examinar los tratados en los cuales se enseñaba el error, y uno de los líderes dijo que «según esa doctrina, Cristo necesitaría un salvador para Él mismo». Pero nunca se retractaron ni se arrepintieron de la «Carta»; y, por lo tanto, permanece hasta hoy como la estudiada y deliberada declaración del verdadero terreno de la comunión de Bethesda, el cual, a mi juicio, es simplemente indiferencia, en cuanto a Cristo, e independencia, en cuanto a su Cuerpo, la iglesia.

 

Me abstengo a propósito de dar los nombres de personas y de entrar en cualquier detalle en cuanto a la conducta, la manera, o el espíritu de individuos. En cuanto a todas estas cosas, podemos creer que hubo faltas de todos lados. Debo confesar que no es de mi agrado detenerme en tales cosas. Y, además, puedo asegurarle, mi amigo, que no soy consciente de tener un solo átomo de amargura hacia nadie. Estoy escribiendo después de un intervalo de 27 años, y deseo limitarme al gran principio implicado en el caso entero de Plymouth y Bethesda. No he dependido de ningún rumor en el asunto. Todos sabemos cómo las cosas pueden ser dibujadas bajo ciertas influencias y exageradas en el calor de una discusión. Pero no puede haber cuestión de presentar bajo cierto matiz, de exagerar, o de discusiones acaloradas, en la lectura de los tratados de Plymouth que contienen lo que debo designar como doctrina abominable, o en la lectura de «La carta de los diez», que declara los miserables principios de la neutralidad, de la indiferencia y de la independencia.

 

El hecho es que Bethesda nunca debió haber sido reconocida como una asamblea congregada sobre el terreno divino; y esto quedó demostrado por el hecho de que, cuando fue llamada a actuar conforme a la verdad de la unidad del Cuerpo, ella fracasó por completo. Y no sólo esto, sino que si los miembros de la congregación hubiesen estado más animados por la verdadera lealtad a Cristo, se habrían levantado como un solo hombre para expeler de sus fronteras toda traza de la doctrina que blasfemaba contra su Señor. Estoy enteramente preparado para creer que las multitudes eran totalmente ignorantes sobre lo que estaba sucediendo; que tenían buenas intenciones y que no tenían una verdadera comprensión de lo que estaba en juego. Pero si un piloto ignorante está impulsando la nave sobre las rocas, es un pobre consuelo para aquellos que están a bordo que se les diga que él es un hombre totalmente intachable y bien intencionado.

 

Tal, entonces, querido A., es una muy breve y condensada declaración del verdadero terreno de lo que se conoce como «La cuestión de Bethesda». Por supuesto, los Hermanos de todas partes tuvieron que enfrentarla. No había ninguna posibilidad de quedar al margen del asunto. Tenía que ser tratado y considerado directa y frontalmente. Para muchos demostró ser una terrible piedra de tropiezo. Nunca pudieron ver el camino a seguir en medio de la dificultad. Por mi parte, sentí que tenía una sola cosa que hacer, a saber, quitar mis ojos totalmente de personas y de su influencia, y fijarlos constantemente en Cristo. Entonces todo resultaba tan claro como un rayo de sol y tan simple como los mismos elementos de la propia verdad. Nunca tuve una sombra de duda o de vacilación en cuanto al curso adoptado en la cuestión principal, o en cuanto a los grandes principios subyacentes; pero puedo entender plenamente y tener en cuenta las dificultades de las almas que simplemente se salen de su rumbo, cuando son convocadas a confrontar la cuestión de Bethesda, particularmente cuando recuerdo lo difícil que es, generalmente hablando, lograr tener una visión totalmente desapasionada y desprejuiciada de ella. Pero debo decir, como resultado de mucha experiencia y observación, que he encontrado invariablemente que cuando una persona fue capaz de mirar el asunto simplemente en referencia a Cristo y a su gloria, toda la dificultad se desvanecía. Pero, por otra parte, si sentimientos personales, afecto por individuos, cualquier cosa simplemente natural, se permite que actúen, la visión espiritual seguramente se tornará borrosa, y una conclusión divina no será alcanzada.

 

Hay una cosa que parece actuar como un terrible espantajo para muchos, y es el grito de «¡Exclusivismo!» alzado contra aquellos que, como lo creo, intentan mantener la verdad de Dios a toda costa. Una calma reflexión por un momento, a la luz de las Escrituras, será suficiente para demostrar que debemos o ir completamente a favor del principio del exclusivismo, o bien admitir que, por ningún motivo debemos jamás excluir de la Mesa del Señor a uno que sea realmente un miembro del cuerpo de Cristo. Quien quiere mantener esta última opción, está claramente en disputa con el apóstol en 1.ª Corintios 5. En ese capítulo, la asamblea de Corinto fue claramente enseñada, por el inspirado apóstol, a ser una asamblea «exclusiva». Se les ordenó que excluyeran de su medio y de la Mesa de su Señor, a uno que, a pesar de su penoso pecado, era un miembro del cuerpo de Cristo.

 

Ahora bien, ¿no es esto la sustancia misma del principio del exclusivismo? Indiscutiblemente que sí. Y, además, amigo mío, déjeme preguntarle, ¿no debe la asamblea de Dios, necesariamente, ser exclusiva? ¿No es responsable, solemnemente responsable, de juzgar la doctrina y la conducta de todos los que se presenten para la comunión? ¿No está solemnemente obligada a quitar fuera de su seno a cualquier persona que, en doctrina o en su marcha, deshonre al Señor y contamine la asamblea? ¿Pondría alguien esto en tela de juicio? Pues bien, esto es «exclusivismo», ¡esa terrorífica palabra!

 

El hecho es que muchos confunden dos cosas que son completamente distintas en la Escritura, a saber, la casa de Dios y el cuerpo de Cristo. Por eso si a uno se le rehúsa un lugar en la Mesa, o es puesto fuera de ella, ellos hablan de «desgarrar el cuerpo de Cristo», o de «cortar a miembros de Cristo». ¿Fue el Cuerpo desgarrado, o algún miembro cortado, cuando pusieron al pecador fuera de la asamblea de Corinto? Claramente que no. Ni una cosa ni la otra ocurrió en tal caso. Gracias a Dios, nadie puede desgarrar el cuerpo de Cristo ni cortar su miembro más débil.

 

Dios ha tomado cuidado de “que no haya desavenencia (lit. “cisma”) en el cuerpo” (1.ª Corintios 12:25). La más estricta disciplina de la casa de Dios, nunca puede alterar, en lo más mínimo, la unidad del cuerpo de Cristo. Esa unidad es absolutamente indisoluble. Una comprensión clara de esto respondería miles de preguntas y solucionaría miles de dificultades.

 

Pero entonces a menudo se dice que, cuando una persona es puesta fuera o se la rechaza, «¿No lo considera Ud. un hijo de Dios?» Contesto: No se suscita ninguna cuestión de ese tipo. “Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo” (2.ª Timoteo 2:19). No se nos llama a pronunciarnos en cuanto a las relaciones secretas de un hombre con Dios, sino simplemente en cuanto a su andar público ante los hombres. Si una asamblea niega su responsabilidad de juzgar la doctrina y el andar de “los que están dentro” (1.ª Corintios 5:12), no es una asamblea de Dios en absoluto, y todos los que son verdaderamente leales a Cristo, la abandonarían de inmediato.

 

De ahí, entonces, mi amado y apreciado amigo, podemos ver que el «exclusivismo» lejos de ser un terrible espantajo, es el deber inalienable de toda asamblea congregada sobre el terreno de la iglesia de Dios; y los que lo niegan, demuestran ser simplemente ignorantes del verdadero carácter de la casa de Dios, y de la inmensamente importante distinción entre la disciplina de la casa y la unidad del cuerpo.

 

Y aquí con su permiso sólo quisiera responder una pregunta formulada no tan infrecuentemente; y es ésta: «¿Los Hermanos se consideran la iglesia de Dios?». Nada de eso. Ellos no son la iglesia de Dios. Hay millares de amados miembros de Cristo dispersos por las varias denominaciones de la actualidad. Estoy preparado para reconocer, en la persona de un sacerdote católico, a un miembro del cuerpo de Cristo, y un instrumento dotado del Espíritu Santo. Puedo maravillarme de cómo él puede permanecer donde está, porque creo que el sistema católico romano es una funesta y terrible apostasía. Pero entonces no creo en ninguno de los sistemas religiosos de la cristiandad. Ninguno de ellos puede resistir la prueba de la santa Escritura. Ninguno de ellos es la iglesia de Dios. Ni ninguno de ellos está sobre el terreno de la iglesia de Dios.

 

Y aquí, querido amigo, está precisamente la diferencia. No creo que los Hermanos sean la iglesia de Dios; pero ellos se hallan sobre el terreno de la iglesia de Dios; de lo contrario, yo no podría estar entre ellos ni por una hora. Ellos ocupan una posición que debería atraer a todo santo de Dios en la cristiandad. ¿Qué debería impedir que todos los cristianos vengan juntos el primer día de la semana para partir el pan, en la unidad del cuerpo de Cristo, y en dependencia de la dirección y el poder del Espíritu Santo? ¿No es esto lo que hallamos en el Nuevo Testamento? Y, si es así, ¿por qué no deberíamos seguirlo? ¿Deseo ver la iglesia restaurada a la gloria que tenía en Pentecostés? De ninguna manera. Éste era el engaño del pobre Edward Irving. Nunca espero ver la iglesia restaurada; pero sí anhelo ver a los cristianos apartándose del error y de la iniquidad, y andando en obediencia a la preciosa Palabra de Dios. ¿Es esto esperar demasiado? De ninguna manera; es más, nunca podría estar satisfecho con cualquier cosa menos.

 

Y no se imagine, apreciado A., que deseo inflar a «los Hermanos». Nada está más lejos de mis pensamientos. Yo creo que el terreno que ocupan es divino, de lo contrario yo no estaría en él. Pero en cuanto a nuestra conducta sobre el terreno, podemos poner solamente nuestros rostros en el polvo y humillarnos. La posición es divina; pero en cuanto a nuestra condición, tenemos siempre que humillarnos ante nuestro Dios. Un amigo me dijo una vez: «¿Sabías que el Rev. Mr. está dictando un curso de conferencias contra los Hermanos?» «Dile» —le dije— «con mi mayor consideración, que yo estoy haciendo lo mismo precisamente ahora. Pero hay una inmensa diferencia entre nosotros, a saber, que él está dando una conferencia contra los principios de ellos, mientras que yo estoy dando una conferencia contra sus prácticas. Él está atacando la posición que ocupan; yo, en cambio, la conducta de los Hermanos sobre esa posición.»

 

Pero, no es que considero a los Hermanos peores que sus semejantes; mas, cuando considero el elevado terreno que asumen, la conducta y el carácter debieran ser correspondientemente elevados. Éste, lamentablemente, no es el caso. Nuestro tono espiritual, tanto en la vida privada como en nuestras reuniones públicas, es tristemente bajo. Hay una triste falta de profundidad y de poder en nuestras asambleas. Hay una excesiva debilidad en la adoración y el ministerio.

 

No puedo, ni deseo, entrar en detalles a modo de prueba o de ilustración. Me contento con la declaración del amplio hecho, a fin de que nuestras almas sean ejercitadas en cuanto a la verdadera causa de todo esto. Temo que haya muchas causas que contribuyen a esto. Creo que el aumento en nuestros números, en el plazo de los últimos veinte años, no constituye de ninguna manera un índice de aumento de poder. Todo lo contrario. Sin duda, tenemos que ser agradecidos por el aumento; agradecidos por toda alma que es atraída en lo que creemos que es una posición correcta. Pero entonces necesitamos velar. El enemigo está vigilante, y él intentará introducir materiales falsos en nuestro medio para traer descrédito sobre el terreno, y echar deshonra sobre el Señor.

 

En las diversas denominaciones que nos rodean, las inconsistencias de los individuos se hallan en alguna medida ocultas detrás de los baluartes del sistema. Pero los Hermanos están plenamente expuestos, y sus faltas se utilizan como argumento en contra de su posición. El punto principal para nosotros es ser humildes y modestos, dependientes y vigilantes. Recordemos esas preciosas palabras dirigidas a la iglesia de Filadelfia: “Aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre” (Apocalipsis 3:8). Sí, mi querido amigo, de esto se trata: “Mi palabra”, “Mi nombre.” ¡Que siempre lo recordemos! ¡Que nos guardemos pequeños a nuestros propios ojos, aferrándonos a Cristo, confesando Su Nombre, guardando su Palabra, sirviendo a Su causa y esperando Su venida!

 

Y aquí debo concluir mi carta, y mi serie de cartas. Sólo espero no haberlo cansado demasiado. Ciertamente me he extendido mucho más de lo que pensé hacer cuando comencé.

 

¡Que el Señor le bendiga, querido hermano, con la mayor abundancia, y que haga de Ud. una bendición! Tal es mi ruego,

 

Afectuosamente en el Señor,

 

C. H. M.

 


 

Material afín:

 

«LOS HERMANOS» CAPÍTULO 4 DETECCIÓN DE FALSA DOCTRINA, A. Miller

 


 Inicio | E-mail