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LOS DOS LAZOS La vida eterna y la
comunión personal C. H. Mackintosh |
En el cristianismo
hay dos lazos muy importantes que trataremos de distinguir. Uno de ellos es el
lazo de la vida eterna, y el otro es el lazo de la comunión personal. Ambos son
diferentes y nunca deben confundirse; y, puesto que están íntimamente
relacionados, no deben separarse jamás. El primero constituye el fundamento de nuestra seguridad; el
segundo, la fuente secreta de nuestro
gozo y de toda nuestra fecundidad. El primero no puede ser roto jamás; el
segundo, lo puede ser por miles de cosas.
Dada la inmensa
importancia de estos lazos, examinémoslos con reverencia y con oración, a la
luz de la divina inspiración.
En primer lugar, con
respecto al precioso lazo de la vida eterna, no podemos menos que citar algunos
pasajes que muestran su origen, lo que es y cuándo y cómo se forma.
Ante todo debemos
tener claramente presente que el hombre en su estado natural no tiene ningún
conocimiento de este lazo: “Lo
que es nacido de la carne, carne es” (Juan 3:6). Puede que haya mucho de lo que
es realmente amable, gran nobleza de carácter, gran generosidad, estricta
integridad; pero no vida eterna. El primer lazo es desconocido. No importa cuán
cultivada y elevada sea la naturaleza: usted no puede de ninguna manera formar
el gran lazo de la vida eterna. Puede hacer esta naturaleza moral, instruida,
religiosa, pero en tanto ella sea simplemente naturaleza, no tiene la vida
eterna. Se pueden elegir las más bellas virtudes morales, y concentrarlas en un
individuo, sin que este individuo haya jamás sentido una simple pulsación de la
vida eterna. No estamos diciendo que estas virtudes y cualidades no sean buenas
y deseables en sí mismas. Nadie en su sano juicio pondría esto en duda. En la
naturaleza, todo lo que es bueno, debe ser estimado en su justo valor. Nadie
pensaría ni por un momento en poner a un hombre sobrio, industrioso, amable y
de principios, al nivel de un borracho, de un haragán, un perverso o un
pródigo. Desde el punto de vista moral y social, existe evidentemente una
diferencia enorme y muy importante. Pero, entiéndase claramente, y téngase bien
presente, que, mediante las más bellas virtudes y las más nobles cualidades de
la vieja creación, jamás podremos adquirir un lugar en la nueva. No podemos,
por las excelencias del primer Adán, por más que se concentren en un solo
individuo, establecer un derecho a ser miembros del segundo Adán, que es
Cristo. Los dos son totalmente distintos. El viejo y el nuevo, el primero y el
Segundo. “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del
Espíritu, espíritu es”. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura
es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (Juan 3:6; 2
Corintios 5:17).
Nada puede ser más explícito, más concluyente que la última cita
de 2 Corintios 5: “Las cosas viejas” —cualquiera sea su naturaleza— “pasaron”.
Su existencia no es reconocida en la nueva creación, donde “todo proviene de
Dios” (v. 18). El antiguo fundamento ha sido completamente removido y, en la
Redención, se han echado nuevos cimientos. No hay una sola partícula del viejo
material, empleado en el nuevo. “Todas
las cosas son hechas nuevas”: “todo proviene de
Dios”. Los vasos de la antigua creación han sido puestos de lado y, en su
lugar, fueron puestos los de la Redención. La vestimenta de la antigua creación
ha sido desechada, y la nueva, la impecable ropa de la Redención, la sustituyó.
La mano del hombre jamás tejió un solo hilo ni puso un solo punto en esta bella
ropa. ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo podemos hablar con semejante confianza y
autoridad? Lo decimos, por la autoridad divina y la voz concluyente de la Santa
Escritura, que declara que en la nueva creación “todo proviene de Dios”.
¡Alabado sea el Señor de que así sea! Esta verdad que hace que todo sea tan
seguro, pone todas las cosas en una posición que está enteramente fuera del
alcance del poder del enemigo. El adversario no puede tocar nada ni a nadie en
la nueva creación.
La muerte es el límite del dominio de Satanás. Sus dominios no se
extienden más allá de la tumba; pero la nueva creación comienza del otro lado
de la muerte. La descubrimos cuando dirigimos nuestra mirada desde aquella
tumba donde el Príncipe de la vida fue sepultado, hacia el cielo. Ella esparce
sobre nosotros los brillantes rayos de sus glorias en medio de una escena donde
la muerte no puede entrar jamás, donde el pecado y la aflicción son
desconocidos, donde el silbido de la serpiente jamás puede ser oído y sus
odiosas huellas vistas. “Todo proviene de Dios”.
Ahora bien, si este aspecto de la nueva creación fuese comprendido
claramente, resolvería un sinnúmero de dificultades, calmaría las perplejidades
del corazón y simplificaría las cosas de manera notable. Si miramos a nuestro
alrededor, a lo que se llama el mundo religioso, o la Iglesia profesante, ¿qué
vemos? Un sinnúmero de esfuerzos para mejorar al hombre en su condición
adámica, natural o de la vieja creación. La filantropía, la ciencia, la
filosofía, la religión se ponen en juego. Todo tipo de palanca moral se pone en
acción con el objeto de elevar al hombre sobre la escala de la existencia. ¿Qué
quieren decir los hombres cuando hablan de «elevar a las masas»? ¿Cuán lejos
pueden llegar en sus acciones? ¿Hasta qué grado podrían elevarlas? ¿Podrían
emplazarlas en la nueva creación? Ciertamente que no, sabiendo que en esta
creación “todo proviene de Dios”.
Pero entonces, ¿qué son estas «masas» que los hombres procuran
elevar? ¿Son ellos nacidos de la carne o del Espíritu? ¡De la carne
seguramente! Pero, entonces “lo
que es nacido de la carne, carne es.” Usted puede elevar la carne tan alto como
le plazca. Puede aplicar la más poderosa palanca y hacerla ascender al punto
más elevado al que se pueda llegar. Puede educarla, cultivarla y refinarla todo
lo que quiera. Que la ciencia, la filosofía, la religión (así llamada) y la
filantropía pongan a su disposición todos sus recursos; con todo eso, ¿qué se
logra obtener? No se puede hacer de la carne espíritu. No se la puede
introducir en la nueva creación. No se puede formar el primer gran vínculo de
la vida eterna. Usted no habrá hecho absolutamente nada por el hombre, aun el
mejor; no habrá hecho nada por su interés espiritual y eterno. Lo habrá dejado
en su antiguo estado adámico, en las circunstancias de la vieja creación. Lo
habrá dejado en sus peligros, su responsabilidad, sus pecados, su culpabilidad;
lo habrá dejado expuesto a la justa ira de un Dios que aborrece el pecado.
Puede que sea más cultivado en su estado de pecado, pero es de todas maneras
culpable. La cultura no puede quitar la culpa; la educación no puede borrar los
pecados; la civilización no puede disipar del horizonte del hombre las sombras
y las pesadas nubes de la muerte y del juicio.
Que no se nos vaya a malinterpretar. No es nuestra intención
menospreciar la educación ni la civilización, la filantropía ni la verdadera
filosofía. Lo que queremos —y lo afirmamos con total claridad— es que se tengan
estas cosas por lo que realmente merecen, que sean estimadas en su justo valor.
Estamos dispuestos a dejar el margen más amplio que se requiera para incluir
todas las ventajas posibles de la educación en todas sus ramas. Concedido esto,
retomemos con renovadas fuerzas nuestra tesis, a saber: que en la educación de
las «masas» se eleva precisamente lo que no tiene ninguna existencia delante de
Dios, ningún lugar en la nueva creación. Ahora bien, lo repetimos con énfasis e
insistimos con energía en este punto: que hasta que no se haya hecho entrar al
alma en la nueva creación, nada absolutamente se habrá hecho por ella en lo que
respecta a la eternidad, al cielo y a Dios. Es cierto que se puede allanar el
camino del hombre en este mundo; que se pueden pulir del gran camino de la vida
humana algunas asperezas; que se puede alimentar la carne en el seno engañoso
del lujo y las comodidades; que se puede hacer todo esto y mucho más; que se
puede coronar la cabeza del hombre con los más preciados laureles que el hombre
haya podido ganar, en las distintas arenas, compitiendo en su lucha por la
fama. Usted puede adornar su nombre con todos los títulos que jamás haya
recibido un mortal, y, después de todo esto, dejarlo en sus pecados, expuesto a
la muerte y a la condenación eterna. Si el primer gran lazo no se forma, el
alma es como una embarcación desprendida de sus amarras e impelida por los
vientos borrascosos en medio de la mar agitada, sin timón ni brújula.
Queremos llamar seriamente la atención del lector sobre este
punto, pues sentimos profundamente su inmensa importancia práctica. Creemos que
es difícil hallar una verdad a la cual el enemigo haga una oposición más
ardiente y más constante que la de la nueva creación. Él conoce perfectamente su
poderosa influencia moral, el poder que tiene sobre el alma para desprenderla
de las cosas presentes, para producir el renunciamiento al mundo, para elevarla
de manera práctica y habitual, por encima de las cosas presentes y sensibles.
De ahí que su esfuerzo se concentre en mantener a la gente siempre ocupada en
la desdichada tarea de tratar de elevar la naturaleza y mejorar el mundo. No
tiene ninguna objeción contra la moralidad, o la religión, como tales, en todas
sus formas. Se servirá del cristianismo mismo como medio para mejorar la vieja
naturaleza. Su obra maestra es, sin duda, coser como una «nueva pieza» la
religión cristiana, sobre el «viejo vestido» de la naturaleza caída. Usted
puede hacer lo que quiera siempre y cuando deje al hombre en la antigua
creación; porque Satanás sabe muy bien que todo el tiempo que usted lo deje
allí, permanecerá en sus garras. Todo lo que sea de la antigua creación se
halla en las garras de Satanás y dentro del alcance de sus armas. Todo lo que
pertenece a la nueva creación escapa a su poder. “El que es engendrado de Dios
se guarda, y el maligno no le toca” (1 Juan 5:18, Versión Moderna). No dice que
el creyente se guarda a sí mismo, y
el maligno no le toca. El creyente es un ser complejo que se compone de dos
naturalezas: la vieja y la nueva, la carne y el espíritu, y si él no vigila,
“el maligno” inmediatamente lo tocará y lo trastornará. Pero la naturaleza
divina, la nueva creación, no puede ser tocada, y entretanto marchemos en la
energía de esta naturaleza divina, y respiremos la atmósfera de esta nueva
creación, estaremos perfectamente resguardados de todos los asaltos del
enemigo.
Examinemos ahora cómo uno entra en la nueva creación —y de qué
manera venimos a ser poseedores de la naturaleza divina—, cómo se forma este
lazo de la vida eterna. Una cita o dos de la Palabra bastarán para hacernos
comprender este punto. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a
su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga
vida eterna” (Juan 3:16). Lector, note estas palabras, y observe la relación:
“en él cree” y “tenga vida eterna”. He aquí el lazo: la simple fe. De esta
manera pasamos de la antigua creación y de todo lo que le pertenece, a la nueva
creación con todo lo que le pertenece. Éste es el precioso secreto del nuevo
nacimiento: la fe que opera en el alma por la gracia de Dios, por el Espíritu
Santo; la fe que cree a Dios en su Palabra, que da por cierto con su sello que
Dios es veraz. La fe que enlaza al alma con un Cristo resucitado: la Cabeza y
el principio de la nueva creación.
Pasemos a otra cita: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi
palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación,
mas ha pasado de muerte a vida” (Juan 5:24). Aquí encontramos de nuevo el
enlace: “El que cree en mí”, “tiene vida eterna”. Nada puede ser más simple.
Por el nacimiento natural, entramos en los límites de la antigua creación, y
venimos a ser herederos de todo lo que pertenece al primer Adán. Por el
nacimiento espiritual, entramos en los límites de la nueva creación y venimos a
ser herederos de todo lo que pertenece al segundo Adán. Y si se pregunta: ¿Cuál
es el secreto del gran misterio del nacimiento espiritual? La respuesta es: La
fe. “El que cree en mí”, dice el Señor. En consecuencia, si el lector cree en
Jesús, él está en la nueva creación, según el lenguaje de los pasajes citados;
es poseedor de de la naturaleza divina; está unido a Cristo por un lazo que es
absolutamente indisoluble. Esa persona no perecerá jamás. Ningún poder de la
tierra o del infierno, de los hombres o de los demonios, es capaz de romper ese
lazo de la vida eterna que pone en relación a todos los miembros de Cristo con
su Cabeza en la gloria, y los unos con los otros.
Que el lector quiera examinar particularmente esta verdad, en
cuanto al lazo de la vida eterna y su formación; debemos tomar los pensamientos
de Dios en lugar de los nuestros; debemos ser exclusivamente gobernados por la
Palabra de Dios, y no por nuestros vanos razonamientos, nuestros sueños
insensatos y nuestros sentimientos siempre tan cambiantes. Además, debemos ser
cuidadosos de no confundir el lazo de la vida eterna con el de la comunión
personal, los cuales, aunque íntimamente unidos, son perfectamente distintos.
No debemos desplazarlos, sino dejarlos en su orden divino. El primero no
depende del segundo, pero el segundo dimana del primero. El segundo es un lazo
tanto como lo es el primero, pero es el segundo y no el primero. Todo el poder
y la malicia de Satanás son incapaces de romper el primer lazo; el peso de una
pluma puede romper el segundo. El primer lazo es eterno, el segundo puede ser
roto en un segundo. El primero debe su permanencia a la obra de Cristo por
nosotros, la que fue cumplida en la cruz, y a la Palabra de Dios para nosotros,
que fue establecida para siempre en el cielo. El segundo depende de la acción
del Espíritu Santo en nosotros, y puede ser —y lamentablemente lo es— impedido
por miles de cosas cada día. El primero está fundado en la victoria de Cristo a favor de nosotros; el segundo, por la
victoria del Espíritu Santo en
nosotros.
Ahora bien, nuestra firme convicción es que miles de cristianos
son sacudidos con respecto a la realidad y la perpetuidad del primer lazo —el
de la vida eterna—, a causa de sus fracasos en el mantenimiento del segundo, el
de la comunión personal. Algo sobreviene para romper el segundo, y ellos
comienzan a poner en duda la existencia del primero. Esto es un error, pero
sirve para mostrar la inmensa importancia de una santa vigilancia en nuestro
andar diario a fin de que el lazo de la comunión personal no sea roto por el
pecado, en pensamientos, palabras o acciones; y, si es roto, a fin de
restaurarlo de inmediato mediante el juicio de sí mismo y la confesión,
fundados en la muerte y la intercesión de Cristo. Es un hecho innegable,
confirmado por la penosa experiencia de miles de santos, que cuando el segundo
lazo es roto, es casi imposible ver la realidad del primero. Pero la
interrupción de la comunión en sí, por más que para nosotros sea algo de vital
importancia, en realidad no es sino algo de valor secundario, e incluso
insignificante, cuando se la compara con la deshonra hecha a Cristo y con la
tristeza causada al Espíritu Santo por aquello que ocasionó la pérdida de la
comunión, esto es, por el pecado no juzgado.
¡Que el Espíritu Santo trabaje en nosotros poderosamente, para
producir vigilancia, piedad, seriedad, celo, a fin de que nada interrumpa
nuestra comunión, y que los dos lazos sean comprendidos y los disfrutemos en su
debido lugar y en su orden conveniente, para la gloria de Dios por nosotros,
para la estabilidad de nuestra paz en Él, y la integridad y la pureza de
nuestro andar delante de él!
A fin de desarrollar más plenamente el tema de «los dos lazos», queremos dirigir un
momento la atención del lector a un importante pasaje de 1 Corintios 5: “Porque
nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros. Así que
celebremos la fiesta…”. Esta breve cita nos muestra el alcance de la verdad
presentada. En primer lugar, tenemos el gran hecho establecido: “Cristo,
nuestra pascua, ya fue sacrificada”, y, en segundo lugar, un serio llamado:
“Celebremos la fiesta”. En el primer caso tenemos el fundamento de nuestra seguridad; en el último, el secreto de
nuestra santidad personal.
Hallamos aquí, en su distinción característica y su debido orden,
nuevamente los dos lazos. Tenemos un sacrificio y una fiesta, dos cosas
totalmente distintas y, sin embargo, en íntima relación la una con la otra. El
sacrificio es perfecto, pero la fiesta debe ser celebrada. Tal es el orden
divino. La perfección del sacrificio asegura los derechos del creyente, y la
celebración de la fiesta incluye toda su vida práctica.
Debemos tener cuidado de no confundir estas cosas. La fiesta de
los panes sin levadura, fundada en la muerte del cordero pascual, era el tipo
de la santidad práctica que debía caracterizar toda la vida del creyente.
“Cristo ha sido sacrificado”: esta verdad nos asegura un título perfecto. “Veré
la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13). Por la sangre del cordero, Dios,
como Juez, fue apaciguado y
plenamente satisfecho. El ángel destructor debía atravesar la tierra de Egipto
a la medianoche, con la espada del juicio en su mano, y el único medio para
escapar era la aspersión de la sangre, pero para Dios esta sangre era
suficiente. Dios había dicho: “Veré la sangre y pasaré de vosotros.” La
salvación de Israel descansaba en la estimación que Dios tenía de la sangre del
cordero. El alma no podría descansar en una verdad más preciosa. La salvación
del hombre descansa en la satisfacción que Dios halló en la obra de su Hijo.
¡Alabado sea Dios! “Cristo, nuestra pascua, ha sido sacrificada por nosotros.”
Notemos las palabras: “ha sido sacrificada” y “por nosotros”. Esto resuelve
todo lo que concierne a la tan importante cuestión de la salvación del juicio y
de la ira. Así se forma el precioso lazo de la salvación, el cual jamás puede
ser roto. No hay ninguna diferencia entre el lazo de la vida eterna y el lazo
de la salvación. El Señor Jesucristo —el Salvador viviente, la Cabeza
resucitada—, mantiene, y mantendrá siempre, este lazo en una inquebrantable
integridad, como él mismo lo dice: “Porque yo vivo, vosotros también viviréis.”
“Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.” “Viviendo
siempre para interceder por ellos” (Juan 14:19; Romanos 5:10; Hebreos 7:25).
Todavía una o dos palabras sobre la exhortación del apóstol: “Así
que celebremos la fiesta”. Cristo nos guarda, pero nosotros debemos guardar la
fiesta. Él fue sacrificado para que nosotros tengamos una fiesta que celebrar,
y esta fiesta es una vida de santidad personal, una separación práctica de todo
mal. La comida de los israelitas se componía de tres cosas: un cordero asado,
hierbas amargas y panes sin levadura. ¡Preciosos ingredientes! Muestran en un
lenguaje típico, primeramente, a Cristo habiendo soportado la ira de Dios por
nosotros; en segundo lugar, los profundos ejercicios espirituales del corazón
que fluyen de nuestra contemplación de la cruz; y, en tercer lugar, la santidad
personal o la separación práctica del mal. Tal era la fiesta de los redimidos
de Dios, y tal es la nuestra hoy. ¡Oh, que podamos celebrarla en su debido
orden! ¡Tengamos los lomos ceñidos, los pies calzados y nuestro báculo de
peregrinos en la mano!
Recordemos que la fiesta no es celebrada para obtener un
sacrificio, sino que el sacrificio ofrecido proveyó la fiesta. No debemos
invertir este orden. Somos propensos a hacerlo porque estamos dispuestos a
considerar a Dios como un exactor, en
lugar de considerarlo como un dador;
dispuestos a hacer del deber la base de la salvación, en lugar de hacer de la
salvación la base del deber. Un israelita no rechazaba la levadura para ser
salvo de la espada del destructor, sino porque era salvo. En otras palabras, estaba, primeramente, la sangre
rociada en el dintel, y, seguidamente, los panes sin levadura. Estas cosas no
deben confundirse, ni deben separarse. No somos salvos de la ira por los panes
sin levadura, sino por un dintel rociado de sangre; pero no gozaremos de esta
última verdad a menos que mantengamos con celo y diligencia la primera. Los dos
lazos deben mantenerse siempre en su orden divino, y en su íntima relación.
Cristo mismo mantiene infaliblemente el primero; y nosotros, por el poder del
Espíritu Santo, debemos mantener el segundo. ¡Que él nos haga capaces de
hacerlo!