El cristiano y el dinero

 

Algunas respuestas a cartas de lectores respecto al dinero y temas relacionados

 

C. H. Mackintosh

 

 

Estimado lector,

 

Hemos leído su carta con profundo interés, y podemos compartir plenamente lo que usted siente sobre este tema. Creemos ciertamente que el cristiano tiene el deber de proveer diariamente para las necesidades de su familia; el deber de educar a sus hijos y de encaminarlos para que obtengan sus propios recursos y aprendan a ganar sus ingresos de manera honesta. El Nuevo Testamento manda tan claramente hacer todas estas cosas, que no deja lugar a ninguna duda. Pero estos sagrados deberes dejan completamente intacta la cuestión de acumular y guardar, por un lado, y de especular, por el otro. No creemos para nada en ninguna de estas dos cosas. Creemos que acumular dinero o bienes materiales llena el alma de herrumbre, en tanto que la especulación llena el corazón y la mente de preocupaciones y de ansiedad. Amamos y honramos la industria y el esfuerzo honesto; pero la Escritura nos dice que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (2.ª Timoteo 6:10), y no creemos que la bendición de Dios repose sobre Sus hijos cuando éstos se vuelven accionistas de empresas del mundo. Usted mismo, querido amigo, pasó por esta experiencia. Pensamos que hubiera sido mucho mejor si hubiese adquirido una casa, ya para vivir en ella, ya para alquilarla, que invertir su dinero en una compañía como la que describió. Pero todas estas cosas deben arreglarse entre el Señor y la propia conciencia de cada uno. Solamente agregamos que existe una enorme diferencia entre cometer un verdadero pecado, y faltar en devoción personal y no estar a la altura que corresponde a un discípulo de Cristo. En lo que respecta a nosotros, buscamos con ahínco esta devoción personal y esta marcha cristiana elevada como discípulos. Creemos que hay una triste falta de esto en nuestros días. La marea de la mundanalidad crece rápidamente sobre nosotros, y no conocemos otra barrera más eficaz contra ella que una entera devoción de corazón y una consagración a Cristo y a su causa. Cuando la verdadera inclinación del alma es hacia Cristo, uno no se ve asaltado por angustiantes preguntas en cuanto a si esto o aquello es bueno o malo; pero cuando el alma no tiene esta inclinación, el corazón puede armarse de miles de plausibles argumentos, y es una verdadera pérdida de tiempo y un vano esfuerzo tratar de responder a tales argumentos, puesto que no hay capacidad espiritual para apreciar la fuerza de la respuesta. Quiera Dios bendecirlo, querido amigo, y confortar su corazón ante su pesada pérdida. Que su inquebrantable confianza sea siempre en Él, y Él demostrará que es diez mil veces mejor que todas las «compañías de responsabilidad limitada».

 

No vemos nada de malo en que un cristiano solicite, de una manera conveniente, un adelanto de salario, siempre y cuando ello no sea al fruto de la ambición, sino simplemente para el sostén de su familia. Pero no podemos tratar de establecer reglas en cuanto a esto. Mucho dependerá de las circunstancias del caso.

 

Respecto del pasaje de Lucas 16:9: “Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas”, siempre lo hemos explicado mediante 1.ª Timoteo 6:17-19: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”, lo cual constituye un excelente comentario del pasaje de Lucas. Las riquezas de este mundo no son lo que propiamente nos pertenecen a nosotros como cristianos. Nuestras riqueza son celestiales; nuestras bendiciones son espirituales, en los lugares celestiales en y con Cristo (Efesios 1:3). Las riquezas de este mundo pertenecen propiamente al judío; pero para el cristiano ellas son el “mamón” o la injusticia (Mateo 6:24; Lucas 16:9, 13), o las riquezas que no pertenecen justamente a nosotros.

 

Pero si en nuestra conversión ocurre que poseemos tales riquezas, Lucas 16:9 nos enseña que hagamos amigos de ellas gastándolas en el servicio del Señor, y para los pobres, “atesorando para sí buen fundamento para lo por venir”. La expresión “para que ellas os reciban”, es una expresión o giro idiomático, y puede ser vertida así: «para que ellas sean el medio de recibiros», etc. Ésta es la verdadera manera de emplear las riquezas, la mejor forma de invertir el capital. Producirá un rédito cien veces mayor; y ¿qué banco de este mundo o qué compañía de responsabilidad limitada pueden rendir semejante interés? Muchos creyentes últimamente han sido llamados a probar los amargos frutos de haber ido en pos de lo que ellos consideraban «inversiones provechosas». Hay que preguntarse si el desastroso quiebre de bancos o la caída de empresas de responsabilidad limitada no ha sido el resultado de los caminos de Dios con sus hijos que estuvieron asociados con ellos.

 

Lo mejor que podemos hacer con nuestro dinero es gastarlo para el Señor; y entonces, en vez de ser herrumbre en nuestras almas, ello acumulará tesoros en el cielo (Mateo 6:19-20). Pero debemos recordar que Lucas 16:9 y 1.ª Timoteo 6:17-19 se dirigen a discípulos, y no a inconversos. Si esto se pierde de vista, sólo arrojaremos polvo en los ojos de los hombres al llevarlos a suponer “que el don de Dios se puede obtener con dinero”. A uno que creía esto antiguamente, Pedro le dijo: “Tu dinero perezca contigo” (Hechos 8:20).

 

En cuanto a Romanos 13:8: “No debáis a nadie nada”, lo tomamos en su sentido llano y amplio. Creemos que nos enseña a no deber nada a nadie. ¡Quiera Dios que esto pueda ser una realidad en el más pleno sentido en la vida de todos! Es extremadamente penoso ver la triste falta de conciencia en aquellos cristianos profesantes en lo que respecta a las deudas. Exhortamos solemnemente a todos nuestros lectores, que tienen la costumbre de meterse en deudas, a juzgarse a sí mismos respecto de este tema y a que abandonen enseguida una falsa posición. Es mucho mejor sentarse a comer un mendrugo de pan y vestirse con un vestido gastado, que vivir bien y vestir bien a expensas de nuestro prójimo. Esto último lo consideramos una positiva injusticia. ¡Ojalá tengamos una mente recta!

 

La primera gran ocupación de una persona que está endeudada, es salir de las deudas. Debemos ser justos antes que generosos.

 

C. H. M., Things New and Old, 1864

 


 

Una pregunta sobre el cristiano y las deudas

 

Usted pregunta: «¿Es lícito que un cristiano que está con deudas, done dinero con fines benéficos?» Muy seguramente que no. Debemos ser justos antes que generosos. Si estoy endeudado, no tengo derecho a dar dinero en caridad. Si lo hiciera, habría al menos, como otro lo ha dicho, una medida de honestidad si aclarara por escrito en cada donación que hiciese, estas palabras: «Tomado a préstamo de mis acreedores sin su consentimiento.» Pero, querido amigo, debemos ir mucho más lejos que esto. Creemos que, como regla general, los cristianos no deberíamos contraer deudas. El precepto bíblico es tan claro que nadie puede escapar a su fuerza: “No debáis a nadie nada” (Romanos 13:8). No consideramos aquí el asunto de cuán lejos pueden llevar a la práctica esta santa y bienaventurada regla aquellos que se dedican a los negocios, sobre todo al comercio. Hay ciertos términos en que el fabricante o el industrial  vende sus productos al proveedor y éste al comerciante minorista, como por ejemplo con plazos para el pago (a crédito) o en otras condiciones similares, y mientras estas condiciones se cumplan en los plazos establecidos, es cuestionable si uno puede estar realmente endeudado. No obstante, creemos que sería mejor y más seguro, de cualquier manera, que los creyentes dedicados al comercio realicen sus pagos al contado y se beneficien del descuento mediante esta forma de pago. E, incuestionablemente, un hombre está endeudado, si el capital de su negocio y las deudas debidas a él no son ampliamente suficientes para hacer frente a todas sus obligaciones de pago. Es una pobre cosa, algo insincero, indigno e inescrupuloso que un hombre realice transacciones comerciales con un capital ficticio, para vivir mediante un sistema de cheques o papeles negociables de valor dudoso o con fondos insuficientes, ostentando que tiene respaldo, a expensas de sus acreedores. Tememos que haya mucho de esta deplorable conducta aun entre aquellos que ocupan la más elevada plataforma de la profesión cristiana.

 

En cuanto a las personas que viven en la vida privada, no existe la menor excusa para meterse en deudas. ¿Qué derecho tengo yo, delante de Dios o de los hombres, de usar un abrigo o un sombrero que no he pagado? ¿Qué derecho tengo a ordenar la compra de una tonelada de carbón, de medio kilo de te o de diez kilos de carne, si no tengo el dinero para pagarlo? Puede que se diga: «¿Qué debemos hacer?» La respuesta es simple para una mente recta y una conciencia delicada: debemos hacer las cosas procurando ante todo no meternos en deudas. Es infinitamente mejor, más dichoso y más santo sentarse a comer un mendrugo de pan y a beber una copa de agua que hemos pagado, que comer una buena carne asada por la cual nos hemos endeudado. Lamentablemente, querido amigo, hay una triste falta de conciencia y de sanos principios respecto a este importante asunto. Los creyentes siguen, semana tras semana, sentándose a la Mesa del Señor, haciendo la más elevada profesión, hablando de principios santos y elevados, a la vez que están endeudados hasta las cejas, viviendo más allá de sus ingresos, tomando comida y vestido a crédito de todos aquellos que confiarán en ellos, y sabiendo en sus corazones que carecen de una perspectiva cierta de ser capaces de pagar lo que adquirieron. Seguramente esto es muy lamentable y deshonroso. No titubeamos en calificar a esto de injusticia práctica, y advertimos muy solemnemente a los lectores cristianos contra todas estas conductas relajadas e inconscientes. Hemos sido testigos de estas cosas últimamente, y sólo podemos considerar todo ello como uno de los amargos frutos del espíritu del antinomianismo tan común en el tiempo presente. ¡Que tengamos una conciencia delicada y una mente recta!

 

C. H. M., Things New and Old, 1864

 


 

Sobre ahorrar dinero para el futuro

 

Usted pregunta: «¿Es correcto atesorar dinero para el futuro?» Ésta es una cuestión que está enteramente entre el corazón y el Señor. Si uno no puede confiar plenamente en el Señor para el futuro, tanto en lo que respecta a él como a su familia; si no tiene una conciencia tal de lo que es Dios y de lo que es la vida de fe, como para elevar su corazón enteramente por encima de los límites de la confianza en la criatura, de las esperanzas humanas y de las expectativas terrenales, el tal, naturalmente, sólo puede acopiar dinero o asegurar su vida. En el caso de un mero hombre del mundo, es muy loable que se prive y se niegue a sí mismo a fin de acumular y guardar para su esposa y sus hijos; pero el hombre de Dios se halla parado sobre un terreno enteramente diferente. Creemos que es mejor confiar en el Señor que depositar la confianza en un depósito o reserva de dinero, o en una política de seguridad. “Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas” (Jeremías 49:11). A menudo hemos visto la verdad del viejo refrán: «Si acumulas para un tiempo de escasez o necesidad, Dios te enviará un tiempo de escasez y de necesidad.» Y en cuanto a los hijos, la mejor provisión que uno puede hacer para ellos, es enseñarles a proveer para sí mismos mediante un oficio honesto.

 

C. H. M., Things New and Old, 1864


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