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¿QUÉ DICE LA ESCRITURA SOBRE EMPRENDER ACCIONES LEGALES,
RECLAMAR POR LOS PROPIOS DERECHOS, ETC.? C. H. Mackintosh |
«Necesitaríamos
estar mejor informados acerca del caso sobre el cual usted llama nuestra
atención antes de darle nuestra opinión. Sí podemos recordarle el principio general que señala la Biblia
en cuanto a este tema, a saber, que es claramente erróneo que un creyente
«recurra a la justicia habitualmente a fin de ganar unas monedas» —según sus
propias palabras— o un monto de dinero cualquiera. Creemos que el cristiano es
llamado a comportarse en gracia para con todos los hombres, y si él anda en
gracia, entonces no puede acudir a la ley para iniciar una demanda contra
otros. Ambos cursos de acción son diametralmente opuestos.
Es muy triste ver
a un hombre a quien se le perdonó una deuda de diez mil talentos, tomando del
cuello a su prójimo por apenas cien denarios (Mateo 18:21-35). Debemos decir
que no podemos dar mucho crédito por el cristianismo de este individuo. Pero,
querido amigo, ¿no sería mejor, en todos estos casos, dirigirnos directamente a
la persona y hablarle francamente, en amor?...».
(Answers
to Correspondents, GOING TO LAW).
«La cuestión de si un cristiano puede llevar a otro a los tribunales ha sido causa
de muchas discusiones. Si se trata de una cuestión entre hermanos, 1 Corintios
6 zanja la cuestión definitivamente. Si se trata de un asunto entre un creyente
y un hombre del mundo, sólo podemos decir que si el cristiano inicia una acción
legal contra aquél, está simplemente haciendo exactamente lo contrario de lo
que Dios hizo con él. Él confiesa que se le ha perdonado una deuda de diez mil
talentos, pero, no obstante eso, toma a su prójimo por el cuello por cien
miserables denarios. ¿Es justo esto? ¿Es agradable a Dios? ¿Es dar un verdadero
testimonio a nuestro Padre celestial? ¿Estamos representando a Dios tal como él
es? ¿Estamos siendo “imitadores de Dios”? Dios no imputa pecados (2 Corintios
5:19). Es un Dios que perdona, que se deleita en la misericordia (Miqueas
7:18-19). Si acudimos a la justicia para demandar a otros, simplemente no somos
como Él, no representamos al Dios de gracia.
¿Por qué el hombre
de Mateo 18 es llamado “siervo malvado”? Porque cuando se le hubieron perdonado
diez mil talentos, él tomó a su prójimo por el cuello por cien denarios. Sin
duda se suscitarán muchas cuestiones acerca de este tema. Algunos preguntarán:
«¿Qué debemos hacer?» «¿Cómo seguir el asunto?». A todo esto preguntamos: «¿Es
justo, es consecuente, es actuar como Dios actúa, que un cristiano lleve a un
pobre pecador como él a juicio, sea cual fuere la causa? Si la respuesta es
«no», ¿qué motivo hay entonces para defender tal acción? Los creyentes no
tenemos nada que ver con resultados;
nuestro único deber es obrar bien y dejar los resultados en manos de Dios. Pero
incluso si fuésemos a considerar los resultados, dudamos si aquellos que
recurren a la ley para iniciar una acción legal realmente logran mucho con eso.
A menudo se dan cuenta de que han estado malgastando su dinero. Sabemos de
muchos creyentes dedicados a los negocios que no hacen ningún tipo de demanda
ante la justicia, y no les va peor por ello, incluso desde un punto de vista
monetario. Pero nosotros tenemos el deber de juzgar la cuestión a la luz del
Nuevo Testamento, y si la juzgamos así, creemos que obtendremos la respuesta
fácilmente.
Seguramente,
querido amigo, si bien es contrario al Espíritu de Cristo que un cristiano
lleve a juicio a su prójimo, también lo es si lo hace por medio de una sociedad
comercial que actúa en representación de él. Si estuviese bien hacer juicio,
¿por qué no se lo hace de forma abierta y honesta? Y si está mal, ¿por qué
intentar hacerlo mediante apoderado?
(Short Papers, pág. 213, GOING TO LAW).
«…En Mateo 5:48
leemos: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los
cielos es perfecto.” Aquí aprendemos por el contexto que la palabra “perfecto”
se refiere al principio de nuestro andar, pues en el v. 44 se nos dice: “Amad a
vuestros enemigos… para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los
cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre
justos e injustos.” Ser “perfectos” en el sentido del v. 48, significa pues:
actuar según un principio de gracia hacia todos, incluso hacia aquellos que nos
injurian y nos agreden. Un cristiano que lleva a otros a juicio para hacer
valer sus derechos, no es “perfecto como su Padre”, porque su Padre actúa en gracia, mientras que él lo hace en justicia. No nos referimos aquí a la
cuestión de si está bien o está mal que un cristiano lleve sus demandas contra
gente del mundo ante una corte (cuando se trata de hermanos, 1 Corintios 6 es
concluyente). Lo único que sostengo es que todo cristiano que inicia un juicio,
actúa de una manera totalmente opuesta al carácter de su Padre; porque su Padre
seguramente no lleva a juicio hoy a la gente del mundo. Dios no está ahora
sobre un trono de juicio, sino sobre un trono de misericordia y de gracia.
Derrama sus bendiciones sobre aquellos que deberían ir al infierno si Él fuese
a llevarlos a juicio. Es evidente, pues, que cuando un cristiano hace
comparecer a un hombre ante la justicia, no es “perfecto como su Padre que está
en los cielos es perfecto”.
La parábola que
encontramos al final del capítulo 18 de Mateo nos enseña que aquel que quiere
hacer valer sus derechos no conoce el verdadero carácter de la gracia ni los
efectos de la gracia. El siervo no fue injusto por reclamar lo que le
correspondía, sino que actuó sin gracia. Obró de manera totalmente contraria a
la de su amo. Se le habían perdonado diez mil talentos; sin embargo, no tuvo
reparos en estrangular a su prójimo por cien miserables denarios. ¿Y cuál fue
la consecuencia? Terminó siendo entregado a los verdugos. Perdió el bendito
sentimiento de la gracia, y debió cosechar los frutos amargos de su insistencia
en haber hecho valer sus derechos cuando él mismo había sido objeto de la gracia. Y obsérvese además que es
calificado como “siervo malvado”, no por haber debido precisamente diez mil
talentos, sino por no haber perdonado los cien denarios. El amo tuvo la gracia
suficiente para perdonar la deuda, pero el siervo no tuvo gracia para perdonar
la deuda significativamente inferior de su compañero. Esta parábola encierra
una solemne voz de advertencia para todos los cristianos que inician demandas
legales contra otros, pues aunque se diga respecto de su aplicación: “Así
también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón
cada uno a su hermano sus ofensas” (v. 35), no obstante, el principio es de
aplicación general, y nos demuestra que todo aquel que recurre a la justicia,
pierde el sentimiento de la gracia.»
(Notes on the Pentateuch, GENESIS 17, nota).