LA MESA DEL SEÑOR
Extracto de una carta
C. H. Mackintosh
En lo que
respecta a la recepción a la mesa del Señor, debemos recordar que el asunto
tiene dos lados: uno divino y otro humano. En cuanto al lado divino, todo miembro
del cuerpo de Cristo tiene un lugar a la mesa del Señor; pero en cuanto al lado
humano, debemos tener en cuenta que la condición de cosas actual no es la que
vemos en el capítulo 2 de los Hechos, sino en la segunda epístola a Timoteo. En
el capítulo 2 de los Hechos, “el
Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47). Aquí
todo era claro e inequívoco. Pero en la segunda epístola a Timoteo, tenemos la
“casa grande”, “vasos para deshonra”, falsos profesantes, todo tipo de errores,
males y dificultades. Por eso, si queremos ser “útiles al Señor”, debemos purificarnos de los vasos para deshonra,
huir de las pasiones juveniles, apartarnos de los falsos profesantes.
Todo esto demanda un constante ejercicio de corazón y de conciencia, así como
también la mayor vigilancia y cuidado posibles en cuanto a la recepción a la
mesa del Señor.
Últimamente he estado interesado en el
estudio de 1 Corintios 11. Había cismas en la asamblea de Corinto, y el apóstol
dice: “Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones [lit.: herejías],
para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados” (v. 19). El apóstol no dice: «para que se hagan
manifiestos entre vosotros los que son cristianos».
Creo que los aprobados estaban en
contraste con los herejes o sectarios,
esto es, con aquellos que buscan hacer su propia
voluntad. El significado de la palabra herejía
es precisamente la propia voluntad,
la cual es la raíz del cisma. Por eso dice: “Pruébese cada uno a sí mismo, y coma así” (v. 28). No dice examínese, sino pruébese —la misma palabra que aparece en el v. 19—. No dice: «Que
sea cristiano, y entonces coma».
Cuando las disensiones o la propia voluntad
actúan, y como resultado aparecen los cismas,
debemos probarnos a nosotros mismos
en cuanto a nuestra condición moral y espiritual, y tomar así nuestro lugar a
la mesa del Señor, donde lo principal no son nuestros derechos o privilegios ni los de ningún otro, sino
únicamente los derechos de Cristo, como Cabeza de la Iglesia.
Nunca, por la gracia de Dios, podría aceptar
ningún otro fundamento de comunión que no sea la gloriosa verdad declarada en
Efesios 4: Hay “un cuerpo”. La mesa del Señor no es un lugar para dar cumplidos
a la gente, para el despliegue de nuestra
gran liberalidad, de nuestra amplitud de miras o de nuestra universalidad de
espíritu. No; es un lugar donde se han de guardar los derechos de Cristo; donde
la verdad, la santidad y la justicia práctica han de ser los rasgos
predominantes.
1 Corintios 9 demanda nuestra más cuidadosa
consideración, sobre todo en lo que enseña respecto a las disensiones o
herejías. El concepto tradicional en torno al vocablo herejía es falsa doctrina. En la historia de la Iglesia, un hereje
es aquel que enseña algo contrario a la fe ortodoxa. Pero el verdadero
significado de la palabra herejía es
voluntad propia, obstinación; y siempre que la voluntad de uno actúa, su efecto
directo es producir una secta o cisma en la Asamblea. Puede ser en cuanto a un
asunto de doctrina o en cuanto a un asunto de práctica, pero cualquiera sea el
asunto a que se refiera, el efecto de la propia voluntad es siempre divisivo.
El hombre no tiene derecho a ejercer su voluntad en la Asamblea de Dios; si lo
hace, es un hereje, y el fruto de su obra será un cisma en la Asamblea.
Ahora bien, debemos recordar que la epístola
a los Corintios no fue dirigida solamente a una asamblea local, sino a “todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”
(1 Corintios 1:2). Por eso se aplica a nosotros y, en consecuencia, es menester
que consideremos esta importante cuestión de la voluntad propia, y ver hasta
qué punto estamos “probándonos” a nosotros mismos en medio de las sectas y los
cismas de la cristiandad.