Artículo
N.º 28 (Volumen 1)
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LA ADORACIÓN C. H. Mackintosh |
Es sumamente importante que el lector
cristiano comprenda el verdadero carácter de la adoración que Dios busca y le
complace. Dios se complace en Cristo; por eso nuestro objetivo siempre ha de
ser presentarlo a él delante de Dios. Cristo ha de ser la esencia de nuestra
adoración, y lo será en la medida en que seamos guiados por el Espíritu Santo.
Lamentablemente, ¡cuán a menudo no es así! Tanto en la asamblea como en privado
¡el tono está bajo y el espíritu apagado y pesado con demasiada frecuencia! Nos
ocupamos más en nosotros mismos que en Cristo; y el Espíritu Santo, en vez de
tener libertad para hacer su propia obra —es decir, tomar de las cosas de
Cristo y mostrárnoslas a nosotros— se ve obligado a hacer que nos ocupemos con
nosotros mismos, mediante el juicio de nuestro yo, por cuanto nuestros caminos
no han sido rectos.
Debemos deplorar profundamente todo esto.
Demanda nuestra seria atención como asamblea y como individuos, tanto en
nuestras reuniones públicas como en nuestras devociones privadas. ¿A qué se
debe que el tono de nuestras reuniones esté frecuentemente tan bajo? ¿Por qué
tanta debilidad, tanta esterilidad y tanta divagación? ¿Por qué los himnos y
las oraciones pegan demasiado a menudo tan lejos del verdadero blanco? ¿Por qué
es tan poco lo que realmente merece el calificativo de adoración? ¿Por qué hay tan poco entre nosotros que reconforte el
corazón de Dios; tan poco que él tiene que decir: “Mi ofrenda, mi pan con mis ofrendas encendidas en olor grato
a mí” (Números 28:2). Estamos
ocupados con el yo y con sus
circunstancias; con nuestras necesidades; con nuestras debilidades, nuestras
pruebas, nuestras dificultades; y dejamos a Dios sin el pan de su ofrenda. En realidad, privamos a
Dios de sus derechos y de lo que desea su amante corazón.
C.H.M.