VOLUMEN
I
Artículo
2
CÓMO ESTUDIAR LAS
ESCRITURAS
(Extracto de una carta)
A nadie
le resulta fácil prescribir a otros su propio método de estudio de las
Escrituras. Las infinitas profundidades de la Palabra, así como las glorias morales
de la Persona de Cristo, se revelan únicamente a la fe y según las necesidades.
Esto simplifica notablemente la cuestión. No es talento ni capacidad
intelectual lo que necesitamos, sino la natural sencillez de un niño. El Autor
de las santas Escrituras es quien debe abrir nuestro entendimiento a fin de que
podamos recibir sus preciosas enseñanzas. Y seguramente lo hará, si tan sólo
esperamos en él con todo nuestro corazón.
Mas
nunca debemos perder de vista el hecho fundamental de que nuestro conocimiento
se incrementará en la medida que pongamos en práctica lo que sabemos. De nada
aprovechará sentarse cual ratón de biblioteca a estudiar la Biblia. Podemos
llenar nuestro intelecto de conocimientos bíblicos, saber al dedillo las
doctrinas de la Biblia y la letra de la Escritura sin una jota de unción o de
poder espiritual. Debemos acudir a las Escrituras de la misma manera que un
hombre sediento acude a una fuente; del mismo modo que un hombre hambriento va
en busca de comida; de la misma forma que un navegante acude a su mapa. Debemos
recurrir a las Escrituras por cuanto sin ellas no podemos hacer absolutamente
nada. Acudimos a ellas no solamente para estudiarlas, sino para alimentarnos.
Los instintos de la nueva naturaleza nos conducen naturalmente a la Palabra de
Dios, así como el niño recién nacido desea la leche que lo hará crecer. El
nuevo hombre crece cuando se alimenta de la Palabra.
De ahí
la gran importancia práctica de este asunto relativo a cómo estudiar las
Escrituras. Está íntimamente relacionado con nuestra condición moral y
espiritual, con nuestro andar diario, con nuestros hábitos y con nuestra
conducta. Dios nos ha dado su Palabra para formar nuestro carácter, gobernar
nuestra conducta y dirigir nuestros caminos. Por esta razón, si la Palabra de
Dios no ejerce una influencia formativa y un poder gobernante sobre nosotros,
es el colmo de la insensatez pensar en acumular una gran cantidad de
conocimientos bíblicos en la cabeza. Esto sólo nos infla –nos envanece– y nos
engaña. Es algo muy peligroso manejar verdades sin sentirlas; ello fomenta fría
indiferencia, liviandad de espíritu y endurecimiento de la conciencia, algo
horroroso para santos de formal piedad. No hay nada que nos empuje más hacia
las garras del enemigo que un cúmulo de conocimiento intelectual de la verdad
sin una conciencia sensible, un corazón sincero y una mente recta. La mera
profesión de la verdad sin que ésta haga mella en la conciencia ni se
manifieste en la vida constituye uno de los mayores peligros de nuestros días. Es
muchísimo mejor conocer poco en forma real y efectiva que acumular gran
cantidad de verdades que yacen impotentes en la región del entendimiento sin
ejercer ninguna influencia formativa en la vida. Prefiero con mucho hallarme
honestamente en Romanos 7 que ficticiamente en el capítulo 8. En el primer
caso, estoy seguro de proceder a derechas; mientras que, en el segundo, ¡quién
sabe qué será de mí!
En
cuanto a su pregunta concerniente al uso de escritos humanos que nos ayuden a
estudiar las Escrituras, se requiere mucha cautela. El Señor, sin duda, puede
hacer uso –y, de hecho, lo hace– de los escritos de sus siervos, de la misma
forma en que se vale de su ministerio oral, para nuestra instrucción y
edificación. A la verdad, es maravilloso subrayar la rica gracia del Señor y
sus tiernos cuidados para con su amado pueblo, al cual no dejó sin alimento en
el presente estado resquebrajado y dividido de la Iglesia, sino que le proveyó
del ministerio escrito por Sus siervos.
Pero,
lo repetimos, se requiere gran cautela y diligente dependencia del Señor para
no abusar de este don tan precioso; en otras palabras, a fin de que no seamos
llevados a «vivir de prestado». Si verdaderamente dependemos de Dios, él nos
dará lo conveniente; pondrá en nuestras manos el libro adecuado; nos alimentará
con los medios apropiados. Es, pues, de él de quien lo recibimos; y lo hacemos
en comunión con él. De esta manera, lo que Dios nos dé será refrescante, vivo,
poderoso y formativo; hablará al corazón y brillará en la vida; creceremos en
la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. ¡Precioso
crecimiento! ¡Ojalá que haya más de él!
Por
último, debemos recordar que la santa Escritura es la voz de Dios, y que la
Palabra escrita es la transcripción de la Palabra viviente. Solamente por la
enseñanza del Espíritu Santo podemos realmente entender la Escritura, y él
revela sus profundidades vivientes a la fe y de acuerdo con las necesidades.
Nunca olvidemos esto.
C. H.
M.