Artículo N.º 51
UN CORAZÓN PARA
CRISTO
(Léase Mateo 26)
En este solemne capítulo
tenemos revelados muchos corazones. El corazón de los principales sacerdotes,
el de los ancianos, el de los escribas, el de Pedro y el de Judas. Pero hay
particularmente un corazón distinto de todos los demás: el de la mujer que
trajo el vaso de alabastro con el perfume de gran precio para ungir el cuerpo
de Jesús. Esta mujer tenía un corazón para Cristo. Ella podía ser una gran
pecadora, una pecadora muy ignorante; pero sus ojos habían sido abiertos para
ver en Jesús una belleza que la llevó a juzgar que nada de lo que se gastara en
él podría ser demasiado caro. En una palabra, ella tenía un corazón para
Cristo.
Pasemos por alto a los
principales sacerdotes, a los ancianos y a los escribas y detengámonos unos
instantes para considerar el corazón de esta mujer en contraste con el de Judas
y el de Pedro.
1. Judas era un hombre
ambicioso. Amaba el dinero, inclinación muy común en todas las épocas. Había
predicado el Evangelio. Había caminado en compañía del Señor Jesús durante los
días de Su ministerio público. Había oído Sus palabras, había visto Sus caminos
y había experimentado Su bondad; pero, lamentablemente, aunque era apóstol,
aunque era compañero de Jesús y predicador del Evangelio, con todo, no tenía un
corazón para Cristo. Tenía un corazón para el dinero. El lucro era siempre el
motor que animaba su corazón. Cuando se trataba de dinero, la avidez se
posesionaba de él. Las pasiones más profundas de su ser se veían despertadas
por el dinero. “La bolsa” era su objeto más cercano y más querido. Satanás lo
sabía. Conocía el particular deseo de Judas. Tenía pleno conocimiento del
precio al que podría comprarle. Conocía
a su hombre, sabía cómo tentarlo y cómo utilizarlo. ¡Solemne pensamiento!
Pero adviértase también que
la misma posición de Judas lo hacía tanto más apto para los designios de
Satanás. Su familiaridad con los caminos de Cristo lo hacía una persona ideal
para entregarle en manos de Sus enemigos. El mero conocimiento intelectual de
las cosas sagradas, sin que el corazón sea tocado, vuelve al hombre más
insensible, profano y perverso. Los principales sacerdotes y los escribas de
Mateo 2 tenían un conocimiento intelectual de la letra de la Escritura, pero no
un corazón para Cristo. Ellos podían desenvolver el rollo profético sin
dificultad ni demora hasta dar con el lugar donde se hallaba escrito: “Y tú,
Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de
Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel” (v.
6). Todo esto era muy bueno, muy cierto y muy hermoso, pero ellos no tuvieron
entonces un corazón para ese “guiador”; no tuvieron ojos para verle; no le
quisieron. Sabían al dedillo la Escritura. Seguramente se habrían sentido
avergonzados si no hubieran podido contestar la pregunta de Herodes. Habría
sido una deshonra para ellos, en la posición que ocupaban, dar muestras de
ignorancia. Pero ellos no tenían un corazón para Cristo, y por ello pusieron
sus conocimientos bíblicos a los pies de un monarca impío, quien los iba a
utilizar, si podía, para sus horrorosos propósitos de asesinar al verdadero
heredero del trono. Basta con lo dicho en cuanto al conocimiento intelectual sin el amor del corazón.
Pero nadie vaya a
interpretar que nosotros podríamos subestimar el conocimiento de las
Escrituras. Lejos de ello. El verdadero conocimiento de la Palabra debe dirigir
el corazón a Jesús. Pero puede suceder que haya un conocimiento de la letra de
la Escritura hasta llegarse a citar un capítulo tras otro y un versículo tras
otro con mucho tino; sí, y tal conocimiento hasta puede verse acompañado por un
andar aparentemente en armonía con él, pero, a la vez, con un corazón frío e
indiferente por Cristo. Este conocimiento sólo abrirá más la puerta a Satanás,
como ocurrió con los principales sacerdotes y los escribas. Herodes no habría
solicitado información a hombres ignorantes. El diablo nunca se vale de hombres
ignorantes o ineptos para actuar contra la verdad de Dios. No; él utiliza
instrumentos más capaces para llevar a cabo su obra. Los doctos, los
intelectuales, los pensadores más profundos, siempre que no tengan un corazón
para Cristo, estarán muy dispuestos a servirle en toda ocasión. ¿Por qué no fue
así con los magos “que vinieron del oriente”? ¿Por qué Herodes —por qué
Satanás— no pudo reclutar a estos sabios para su servicio? ¡Oh, lector,
advierta la respuesta!: ellos tenían un corazón para Cristo. ¡Bendita
salvaguardia! Sin duda, ellos desconocían las Escrituras. No habrían dado más
que pobres muestras de destreza en la búsqueda de un pasaje de las Escrituras
proféticas; pero buscaban a Jesús; buscaban a Jesús con vehemencia, honestidad
y diligencia. Por eso Herodes, de haberlo podido, los habría utilizado de buena
gana; pero no habían de ser utilizados por él. Ellos hallaron su camino hacia
Jesús. No sabían mucho acerca del profeta que hablaba del “guiador”, pero
hallaron el camino que los conducía hasta el mismo “guiador”. Le hallaron en la
Persona del niño que yacía en el pesebre de Belén; y, en lugar de ser
instrumentos en las manos de Herodes, fueron adoradores a los pies de Jesús.
Ahora bien; no vaya a
suponerse que ensalzamos la ignorancia acerca de las Escrituras. De ninguna
manera. Quienes no conocen las Escrituras errarán gravemente y sin falta. Para
alabanza de Timoteo, el apóstol le pudo decir: “Y que desde la niñez has sabido
las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación”,
pero, al punto, agrega: “por la fe que es en Cristo Jesús” (2.ª Timoteo 3:15).
El verdadero conocimiento de la Escritura siempre nos conducirá a los pies de
Jesús; mientras que el mero conocimiento intelectual de la Biblia, sin ir
acompañado de un amor de corazón hacia Cristo, sólo hará de nosotros instrumentos
más eficaces en las manos de Satanás.
Tal fue el caso de Judas,
quien tenía un corazón de piedra que suspiraba por el dinero. Él tenía
conocimiento sin una jota de afecto por Cristo, y su misma familiaridad con ese
Bendito le hizo un instrumento apto para el diablo. Su cercanía a Jesús le
permitió ser un traidor. El diablo sabía que treinta piezas de plata podían
ponerle al servicio de la horrenda tarea de traicionar a su Maestro.
Lector, ¡medite en esto!
Aquí tenemos a un apóstol, a un predicador del Evangelio, a un profesante de
fuste; pero, bajo el manto de la profesión, yacía un “corazón habituado a la
codicia” (2.ª Pedro 2:14), un corazón que tenía amplio espacio para “treinta
piezas de plata”, pero ni un solo rincón para Jesús. ¡Qué caso! ¡Qué cuadro!
¡Qué advertencia! ¡Oh, los profesantes sin corazón cuánta necesidad tienen
de mirar a Judas, de considerar su línea
de conducta, su carácter, su fin! Predicó el Evangelio, pero nunca lo conoció,
nunca lo creyó, nunca lo sintió. Pudo haber pintado los rayos del sol en
cuadros, pero nunca sintió su influencia. Tenía abundancia de corazón para el
dinero, pero no un corazón para Cristo. Como “el hijo de perdición”, “se
ahorcó”, “para irse a su propio lugar” (Juan 17:12; Mateo 27:5; Hechos 1:25).
Cristianos profesantes, guárdense del conocimiento intelectual, de la profesión
de labios, de la piedad oficial, de la religión mecánica; guárdense de estas
cosas y procuren tener un corazón para Cristo.
2. En Pedro tenemos otra
advertencia, aunque de naturaleza diferente. Él amaba realmente a Jesús, pero
temió la cruz. Rehuyó confesar Su nombre en medio de las filas del enemigo. Se
jactó de lo que haría, cuando tendría que haberse despojado a sí mismo. Se
hallaba profundamente dormido cuando debió haber estado de rodillas. En vez de
orar, se durmió. Y, más tarde, en vez de estar tranquilo, lo vemos blandiendo
la espada. “Siguió (a Jesús) de lejos”, y luego lo hallamos “calentándose al
fuego” en el patio del sumo sacerdote (Marcos 14:54). Por último, “comenzó a
maldecir y a jurar” que no conocía a este Maestro de gracia. ¡Todo esto era
terrible! ¿Quién se imaginaría que el Pedro de Mateo 16:16 es el mismo de Mateo
26? Sin embargo, lo es. El hombre, en su mejor condición, es como una
marchitada hoja otoñal, “cual sombra que no dura” (1.º Crónicas 29:15). La
posición más eminente, la profesión más estentórea, pueden terminar siguiendo a
Jesús “de lejos”, y negando vilmente su Nombre.
Es muy probable —casi seguro
diría yo— que Pedro habría rechazado a puntapiés el pensamiento de vender a
Jesús por treinta piezas de plata; y, sin embargo, tuvo miedo de confesarle
ante una criada. No le habría traicionado y entregado a sus enemigos, pero sí
le negó delante de ellos. Puede no haber amado el dinero, pero su falta estuvo
en no manifestar un corazón para Cristo.
Lector cristiano, recuerde
la caída de Pedro y guárdese de confiar en sí mismo. Cultive un espíritu de
oración. Manténgase cerca de Jesús. Sitúese lejos de las influencias del favor
de este mundo. “Consérvese puro” (1.ª Timoteo 5:22). Guárdese de caer en una
condición de alma perezosa y letárgica. Sea vigoroso y vigilante. Ocúpese en
Cristo. Ésta es la verdadera salvaguardia. No se conforme meramente con evitar
el pecado manifiesto. No se contente meramente con una conducta y un carácter
intachables. Fomente afectos vivos y ardientes por Cristo. Uno que “sigue a
Jesús de lejos” puede negarle muy pronto. Pensemos en esto. Saquemos provecho
del relato acerca de Pedro. Él mismo nos dice más tarde: “Sed sobrios, y velad;
porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor
buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe” (1.ª Pedro 5:8, 9).
Éstas son palabras de peso, provenientes, por cierto, del Espíritu Santo, a
través de la pluma de uno que había sufrido así por falta de VIGILANCIA.
Bendita sea la gracia que
pudo decir a Pedro, antes de su caída: “Yo he rogado por ti, que tu fe no
falte” (Lucas 22:32). Nótese que el Señor no dice: «He rogado por ti, que no
caigas», sino: “que tu fe no falte” cuando hayas caído. ¡Gracia preciosa y sin
par! Éste era el recurso de Pedro. Era deudor de la gracia, desde el principio
hasta el fin. Como pecador perdido, era deudor de “la sangre preciosa de
Cristo”, y, como santo que tropieza, era deudor de la prevaleciente intercesión
de Cristo. Así ocurrió con Pedro. La abogacía de Cristo constituyó la base de
su feliz restauración. De esta abogacía Judas no sabía nada. Sólo aquellos que
han sido lavados en la sangre participan de la intercesión. Judas ignoraba todo
esto. Por eso “fue y se ahorcó” (Mateo 27:5); mientras que Pedro, como hombre
convertido y restaurado, salió a “confirmar a sus hermanos” (Lucas 22:32).
Nadie era más idóneo para fortalecer o confirmar a sus hermanos que uno que había
experimentado en su propia persona la restauradora gracia de Cristo. Pedro fue
capaz de pararse ante la congregación de Israel y decir: “Vosotros negasteis al
Santo y al Justo” (Hechos 3:14), tal cual él lo había hecho. Esto nos hace ver
cuán enteramente fue purificada su conciencia por la sangre, y su corazón
restaurado por la intercesión de Cristo.
3. Y ahora, restan por decir
unas palabras sobre la mujer que vino a Jesús con el vaso de alabastro. Ella se
halla en un excelente y bello contraste con todos los demás. Mientras los
principales sacerdotes, los escribas y los ancianos se hallaban reunidos
conspirando contra Cristo “en el patio
del sumo sacerdote llamado Caifás” (Mateo 26:3), ella se hallaba ungiendo
el cuerpo de Jesús “en casa de Simón el leproso”
(Mateo 26:1). En el momento en que Judas estaba acordando con los principales
sacerdotes cómo vender a Jesús por treinta piezas de plata, ella estaba
derramando el precioso contenido de su frasco de alabastro sobre la Persona de
Jesús. ¡Patético contraste! Ella estaba totalmente absorbida con su objeto, y
su objeto era Cristo. Aquellos que no conocían Su excelencia y hermosura podían
tildar de derroche su sacrificio. Aquellos que eran capaces de vender a Jesús
por treinta piezas de plata podían hablar de “dar a los pobres”; pero ella no
les prestó atención. Sus razonamientos y murmuraciones no significaron nada
para esta mujer, pues había hallado su todo en Cristo. Jesús era más para ella
que todos los pobres del mundo. Ella sintió que nada de lo que se gastara en él
sería “desperdicio”. Él no podía valer más que treinta piezas de plata para uno
que tenía un corazón para el dinero. Para ella, él valía más que diez mil
palabras, por cuanto tenía un corazón para Cristo. ¡Mujer bienaventurada!
¡Ojalá que te imitemos! ¡Ojalá que nuestro lugar esté siempre a los pies de
Jesús, amando, adorando, admirando y venerando su bendita Persona! ¡Ojalá que
consumamos y gastemos todas nuestras energías en su servicio, aun cuando los
profesantes sin corazón consideren nuestro servicio como un “desperdicio”
insensato! Se acerca rápidamente el tiempo en que no nos arrepentiremos de nada
de lo que hayamos hecho por amor a su Nombre; si hubiera lugar allá arriba para
lamentarnos tan sólo de una cosa, sería de cuán débilmente y con cuánta
flojedad servimos a su causa en el mundo. Si en la “mañana sin nubes” hubiera
tan sólo un rubor que cubriera toda nuestra mejilla, se debería a que nosotros,
cuando estuvimos aquí abajo, no nos dedicamos más íntegramente a su servicio.
Lector, sopesemos estas cosas. Y
quiera Dios concedernos ¡UN CORAZON PARA CRISTO!
C.H.M.