|
EL DOMINIO PROPIO C. H. Mackintosh |
La palabra griega
traducida “templanza” en 2.ª Pedro 1:6 en la versión inglesa King James tiene
un significado mucho más profundo que el que normalmente se le asigna a ese
término. Usualmente la palabra “templanza” se aplica a los hábitos de
moderación con referencia a comer y beber. No cabe duda de que éste es parte de
su significado, pero el sentido en el griego es mucho más amplio. De hecho, la
palabra griega empleada por el inspirado apóstol significa propiamente “dominio
propio” (como en la versión española Reina-Valera), y transmite la idea de uno
que tiene el dominio de sí mismo de forma habitual y que sabe gobernar el
yo.
Ejercer el dominio de
uno mismo es, en efecto, una gracia extraordinaria y admirable, la cual
comunica su bendita influencia sobre toda la marcha, el carácter y la conducta
del individuo. Esta gracia no sólo afecta directamente uno, dos o veinte
hábitos egoístas, sino que ejerce su efecto sobre el yo en toda la gama y
variedad de ese tan amplio y odioso término. Más de uno que miraría con
orgulloso desdén a un glotón o a un borracho, puede él mismo faltar a toda hora
de manifestar la gracia del dominio propio. Ciertamente, los excesos en la
comida y la bebida deben ser clasificados junto con las formas más viles y
degradantes de egoísmo. Deben ser considerados como parte de los frutos más
amargos de este árbol tan extendido del yo. El yo, en efecto, es un árbol, y no
solamente la rama de un árbol ni el fruto de una rama, y nosotros no sólo
debemos juzgar el yo cuando está activo, sino controlarlo para que no
actúe.
Puede que alguno
pregunte: «¿Cómo puedo controlar el yo?» La bendita respuesta es simple: “Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” (Filipenses 4:13). ¿No hemos obtenido la salvación en Cristo? Sí,
bendito sea Dios, la hemos obtenido. ¿Y qué incluye esta palabra maravillosa?
¿Es simplemente la liberación de la ira venidera? ¿Es meramente el perdón de
nuestros pecados y la seguridad de estar librados del lago que arde con fuego y
azufre? Por más preciosos que fueren estos privilegios, la “salvación” abarca
mucho más que ello. En una palabra, “salvación” implica una plena aceptación de
Cristo con el corazón, como mi “sabiduría” para guiarme fuera de la oscuridad
de la insensatez y de los caminos torcidos, hacia los caminos de luz y de paz
celestial; como mi “justicia” para justificarme delante de un Dios santo; como
mi “santificación” para hacerme prácticamente santo en todos mis caminos; y
como mi “redención” para darme liberación final de todo el poder de la muerte,
y entrada en los campos eternos de gloria (1.ª Corintios 1:30).
Por eso, es evidente que
el “dominio propio” está incluido en la salvación que tenemos en Cristo. Es el
resultado de esa santificación práctica de que nos ha dotado la gracia divina.
Debemos guardarnos con cuidado del hábito de tener una visión estrecha de la
salvación. Debemos procurar entrar en toda su plenitud. Es una palabra que se
extiende desde la eternidad hasta la eternidad y abarca, en su poderoso
barrido, todo los detalles prácticos de la vida diaria. No tengo ningún derecho
de hablar de salvación de mi alma en el futuro mientras rehúse conocer y
manifestar su influencia práctica en mi conducta en el presente. Somos salvos,
no sólo de la culpa y la condenación del pecado, sino del poder, la práctica y
el amor de él en su plenitud. Estas cosas nunca deben separarse; y ninguno que
ha sido divinamente enseñado en cuanto al significado, magnitud y poder de esa
palabra preciosa —salvación—, lo hará.
Al presentar ahora a mi
lector unas observaciones prácticas sobre el asunto del dominio propio, voy a
considerarlo bajo las tres divisiones siguientes, a saber: a) los pensamientos,
b) la lengua y c) el temperamento. Doy por sentado que me estoy dirigiendo a
personas salvas. Si mi lector no lo fuere, sólo puedo dirigirlo a la única
senda verdadera y viviente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú y tu
casa” (Hechos 16:31). Pon tu entera confianza en Él y estarás tan seguro como
Él mismo lo es. Ahora procederé a tratar el práctico y tan necesario tema del
dominio propio.
En primer lugar,
trataremos acerca de nuestros pensamientos y del control que
habitualmente debemos ejercer sobre ellos. Supongo que hay pocos cristianos que
no han padecido pensamientos perversos: esos intrusos molestos que aparecen en
nuestra más profunda intimidad, perturbando continuamente el descanso de
nuestra mente, y que tan frecuentemente oscurecen la atmósfera alrededor de
nosotros y nos privan de mirar arriba con una vista clara y plena hacia el
cielo luminoso. El salmista podía decir, “Los pensamientos vanos aborrezco”
(Salmo 119:113). Son verdaderamente aborrecibles y deben ser juzgados,
condenados y desechados. Alguien, hablando del asunto de los malos pensamientos,
dijo: «Yo no puedo impedir que los
pájaros vuelen sobre mí, pero sí puedo evitar que se posen en mí.» Asimismo, no
puedo evitar que los malos pensamientos surjan en mi mente, pero sí puedo
impedir que se alojen en ella.”
Pero ¿cómo podemos
controlar nuestros pensamientos? No más de lo que podríamos borrar nuestros
pecados o crear un mundo. ¿Qué deberíamos hacer? Mirar a Cristo. Éste es el
verdadero secreto del dominio propio. Él puede guardarnos, no sólo de que se
alojen malos pensamientos, sino también de que los tales surjan en nuestra
mente. No podríamos prevenir lo uno ni lo otro. Él puede prevenir ambas cosas.
Él puede evitar no sólo que los viles intrusos entren, sino que también golpeen a la puerta. Cuando la
vida divina está en su actividad, cuando la corriente de pensamiento y
sentimiento espiritual es profunda y rápida, cuando los afectos del corazón
están intensamente ocupados con la Persona de Cristo, los vanos pensamientos no
vienen a atormentarnos. Sólo cuando nos dejamos invadir por la indolencia
espiritual, los malos pensamientos vienen sobre nosotros. Entonces nuestro
único recurso es fijar nuestros ojos en Jesús. Podríamos también intentar
combatir contra las organizadas huestes del infierno, así como contra una horda
de malos pensamientos. Mas nuestro refugio es Cristo. Él ha sido hecho para
nosotros “santificación”. Podemos hacer todas las cosas por medio de Él. Sólo
tenemos que llevar el nombre de Jesús contra el diluvio de malos de
pensamientos, y Él dará con toda seguridad una plena e inmediata
liberación.
Sin embargo, el medio
más excelente para ser preservado de las sugerencias del mal consiste en estar
ocupados con el bien. Cuando la corriente del pensamiento fluye invariablemente
hacia arriba, cuando es profundo y perfectamente estable, sin ningún desvío ni
lagunas, entonces la imaginación y los sentimientos, que brotan de las
profundas fuentes del alma, fluirán naturalmente hacia adelante en el lecho de
dicho canal. Éste es indiscutiblemente el camino más excelente. ¡Ojalá que lo
probemos en nuestra propia experiencia! “Por lo demás, hermanos, todo lo que es
verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo
lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto
pensad. Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto
haced; y el Dios de paz será con vosotros” (Filipenses 4:8-9). Cuando el
corazón está lleno de Cristo, habiendo incorporado de forma viva todas las
cosas enumeradas en el versículo 8, disfrutamos de una paz profunda e
imperturbable frente a los malos pensamientos. Éste es el verdadero dominio
propio.
En segundo lugar,
podemos pensar en la lengua, ese miembro influyente tan fructífero para el bien
como para el mal, el instrumento con el que podemos proferir acentos de dulce y
tierna simpatía, o palabras de amargo sarcasmo y de ardiente indignación. ¡Qué
importancia enorme tiene la gracia del dominio propio en su aplicación a tal
miembro! Graves daños, irreparables con el tiempo, puede causar la lengua en un
instante. Palabras por las cuales daríamos el mundo para que fuesen borradas,
puede proferir la lengua en un momento de descuido. Oigamos lo que el inspirado
apóstol dice sobre este asunto:
“Porque todos ofendemos
en muchas cosas. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, que
también puede con freno gobernar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos
frenos en las bocas de los caballos para que nos obedezcan, y gobernamos todo
su cuerpo. Mirad también las naves: aunque tan grandes, y llevadas de
impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde quisiere
el que las gobierna. Así también, la lengua es un miembro pequeño, y se gloría
de grandes cosas. ¡He aquí, un pequeño fuego cuán grande bosque enciende! Y la
lengua es un fuego, un mundo de maldad. Así la lengua está puesta entre
nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, é inflama la rueda de la
creación, y es inflamada del infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de
aves, y de serpientes, y de seres de la mar, se doma y es domada de la
naturaleza humana: Pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que
no puede ser refrenado; llena de veneno mortal.” (Santiago 3:2-8).
¿Quién entonces puede
controlar la lengua? “Ningún hombre” es capaz de hacerlo, pero Cristo sí puede,
y nosotros sólo tenemos que contemplarlo a Él, con simple fe. Esto implica la
conciencia tanto de nuestra absoluta impotencia como de Su plena suficiencia.
Es absolutamente imposible que seamos capaces de controlar la lengua. Es lo
mismo que si intentáramos detener la marea del océano, los ríos de deshielo o
el alud de la montaña. ¡Cuántas veces, al sufrir las consecuencias de alguna
equivocación de la lengua, hemos resuelto ordenar a ese miembro desobediente
algo mejor la próxima vez, pero nuestras resoluciones resultaron ser como el
rocío de la mañana que se desvanece, y no tuvimos más remedio que retirarnos y
llorar por nuestro deplorable fracaso en el asunto del dominio propio! ¿A qué
se debió esto? Simplemente a que nosotros emprendimos esta obra sobre la base
de nuestras propias fuerzas o por lo menos sin tener una conciencia
suficientemente profunda de nuestra propia debilidad. Ésta es la causa de
constantes fracasos. Debemos aferrarnos a Cristo como un niño se aferra a su
madre. Esto no significa que el hecho de aferrarnos tenga algún mérito en sí
mismo; sin embargo, debemos aferrarnos a Cristo, pues ésta es la única manera
en que podemos refrenar la lengua con éxito. Recordemos siempre estas palabras solemnes y escudriñadoras del mismo apóstol
Santiago: “ Si alguno piensa ser religioso entre vosotros, y no refrena su
lengua, sino engañando su corazón, la religión del tal es vana.” (Santiago
1:26). Son éstas palabras saludables
para un tiempo como el presente cuando tantas lenguas desobedientes y vanas
palabras pululan por doquier. ¡Ojalá que tengamos gracia para prestar oídos a
estas palabras! ¡Que su santa influencia cale hondo en nuestros caminos!
El tercer punto que
vamos a considerar es el temperamento o el carácter, el cual se halla
íntimamente relacionado con la lengua y con los pensamientos. Cuando la fuente
del pensamiento es espiritual, y la corriente celestial, la lengua es sólo el
agente activo para el bien, y el temperamento será calmo y apacible. Si Cristo
mora en el corazón por la fe, todo se halla bajo control. Sin Él, nada tiene
valor. Yo puedo poseer y manifestar la calma de un Sócrates, y al mismo tiempo
ignorar por completo el “dominio propio” de que habla el apóstol Pedro en 2.ª
Pedro 1:6. Este último se funda en la “fe”; mientras que la calma estoica de
los sabios de este mundo se funda sobre el principio de la filosofía: dos cosas
totalmente diferentes. No debemos olvidar que se nos dice: “Agregad a vuestra fe,
virtud...” Esto pone a la fe primero como el único eslabón que vincula el
corazón con Cristo, la fuente viviente de todo poder. Teniendo a Cristo y
permaneciendo en Él, somos hechos capaces de agregar a la fe “virtud,
conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal, amor”. Tales
son los preciosos frutos que brotan como resultado de permanecer en Cristo.
Pero yo no puedo controlar mi temperamento más que mi lengua o mis
pensamientos, y si me propusiera hacerlo, con toda seguridad fracasaré a cada
instante. Un filósofo sin Cristo puede que manifieste un mayor dominio sobre sí
mismo, su carácter y su lengua que un cristiano, si éste no permanece en
Cristo. Esto no tendría que ocurrir y no ocurriría si tan sólo el cristiano
considerara a Jesús. Sólo cuando falla en este punto, el enemigo gana ventaja.
El filósofo sin Cristo tiene un éxito aparente en la obra tan importante del
dominio propio, sólo que así puede estar más efectivamente cegado acerca de la
realidad de su condición delante de Dios, y ser arrastrado precipitadamente a
la perdición eterna. Satanás se deleita cuando hace tropezar y caer a un
cristiano, haciendo así que éste halle así una ocasión para blasfemar el nombre
precioso de Cristo.
Lector cristiano,
tengamos en cuenta estas cosas. Consideremos a Cristo a fin de que controle
nuestros pensamientos, nuestra lengua y nuestro temperamento. Prestemos “toda
diligencia”. Sopesemos todo lo que esto involucra. “Porque si en vosotros hay
estas cosas, y abundan, no os dejarán estar ociosos, ni estériles en el
conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Mas el que no tiene estas cosas, es
ciego, y tiene la vista muy corta, habiendo olvidado la purificación de sus
antiguos pecados” (2.ª Pedro 1:8-9).
Estas palabras son profundamente solemnes. ¡Con qué facilidad caemos en
un estado de ceguedad y negligencia espiritual! Ninguna medida de conocimiento,
ya de doctrina, ya de la letra de la Escritura, preservará al alma de esta
horrible condición. Únicamente “el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo”
será de provecho. Y este conocimiento crecerá en el alma “dando toda la
diligencia para agregar a nuestra fe” los diversos dones de gracia a los que el
apóstol se refiere en el pasaje tan eminentemente práctico que cala hondo en
nuestra alma. “Por lo cual, hermanos, procurad tanto más de hacer firme vuestra
vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de
esta manera os será abundantemente administrada la entrada en el reino eterno
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (v. 10-11).
Traducido del original en inglés «Things New and Old»