|
Las cosas que eran “para mí ganancia” Filipenses
3 C. H. Mackintosh |
“Pero cuantas cosas eran
para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Filipenses
3:7). ¡Qué cambio maravilloso! Saulo tenía muchas fuentes de “ganancia”. Había
ganado fama, distinción y muchos honores alrededor de su nombre. Había hecho
grandes progresos en el judaísmo como pocos de sus pares. Había logrado una
justicia legal en la cual nadie podía hallar ninguna falta. Su celo, su
conocimiento y su moralidad eran del orden más elevado. Pero desde el momento
que Cristo le fue revelado, se produjo un giro de 180 grados. Todo cambió. Su justicia, su erudición, su elevada
moral, todo aquello que, para Pablo, podía en algún sentido ser considerado
ganancia, ahora pasó a ser basura. No habla de abiertos pecados, sino de
aquellas cosas que él justamente podía
estimar como ganancia. La gloria de Cristo que le fue revelada, había
modificado tan sustancialmente la corriente de pensamientos de Pablo, que las
mismas cosas que él en un tiempo estimaba como una positiva ganancia, ahora las
consideraba una positiva pérdida.
¿Por qué? Simplemente
porque había hallado su todo en
Cristo. El bendito Hijo de Dios había reemplazado todo en el corazón de Pablo.
Todo lo que pertenecía a Pablo, ahora lo ocupaba Cristo. Por eso, habría
significado una verdadera pérdida poseer algún grado de justicia, de sabiduría,
de santidad o de moralidad propia, ahora que había hallado todas estas cosas en
divina perfección en Cristo.
Si Cristo es hecho justicia
de Dios para mí, ¿no es acaso una pérdida para mí tener una justicia propia?
Seguramente que sí. Si he alcanzado lo que es divino, ¿tengo necesidad de
aquello que es humano? Claramente que no. Cuanto más completamente pueda
despojarme y vaciarme de todo aquello en lo cual el «yo» es capaz de gloriarse,
o que pudiese ser “para mí ganancia”,
tanto mejor, puesto que esto es lo único que me hace tanto más apto para
tener a un Cristo pleno y absolutamente suficiente. Todo lo que tienda a
exaltar el yo —ya sea religiosidad, moralidad, respetabilidad, riqueza, gloria,
belleza personal, inteligencia o filantropía—, no constituye sino un positivo
obstáculo para nuestro gozo de Cristo, tanto como el fundamento de la
conciencia como el objeto del corazón. ¡Quiera el Espíritu de Dios hacer que
Cristo sea más precioso para nuestros corazones!
C. H. M.