Artículo N.º 48
LA CENA
DEL SEÑOR
(Respuesta a una
carta)
La Escritura es clara y definida sobre el tema de la cena del Señor. Las
palabras no pueden ser más precisas: “Todas las veces que comiéreis este pan, y
bebiéreis esta copa, la muerte del Señor
anunciáis hasta que él venga” (1.ª Corintios 11:26). Asimismo leemos: “Haced
esto en memoria de mí” (Mateo
22:19). Nosotros le recordamos en su muerte, la cual constituye la base, el
centro y la fuente de todo para nosotros. Sin duda, el apóstol llama la
atención sobre el hecho de que nuestro bendito Señor, la misma noche que fue
entregado, en su atento y desinteresado amor por nosotros instituyó la fiesta;
y esto está lleno de conmovedor interés para nuestros corazones. Pero, en
cuanto a la expresión de la fiesta en sí, su significado, su objeto y su lugar,
la Escritura es muy puntual: “la muerte del Señor anunciáis”; “haced esto en
memoria de mí”. Recordamos a Cristo en su muerte. Lo traemos a nuestra memoria
en esa condición en que, gracias a Dios, ya no lo está. Todo esto sólo puede
realizarse por la fe, mediante el poder del Espíritu Santo. No es necesario que
entremos en detalles sensacionales, lo cual sería muy ofensivo para todo
verdadero sentimiento espiritual. No podemos —ni en esto ni en ninguna otra
cosa— apartarnos ni un ápice del verdadero lenguaje de las santas Escrituras.
Es totalmente cierto que el
objeto particular de la cena del Señor es recordarle y anunciar su muerte;
pero, al mismo tiempo, los capítulos 14 a 16 del evangelio de Juan demuestran
muy claramente que, después de la
cena, nuestro Señor discurrió sobre varios temas; y, si él lo hizo, sus siervos
seguramente pueden hacer lo mismo. Sería, pues, un serio error excluir toda
enseñanza o exhortación que no tuviera por tema el hecho de la muerte de Cristo
o las circunstancias que giran en torno al mismo. Creemos que en esto, como en
todo lo demás, el Espíritu Santo debe guiar y ordenar. Siempre se corre el
peligro de tomar cierta idea y hacer un desmedido hincapié en ella. Estamos
plenamente conscientes del verdadero carácter y objeto de la cena misma; pero
también creemos que, una vez que la fiesta ha sido debidamente celebrada, hay
un amplio campo para la acción del Espíritu Santo en la enseñanza y la
exhortación. “Hágase todo para edificación” (1.ª Corintios 14:26).
Usted pregunta: «Si hallara
a un joven que le inspirara la más absoluta seguridad de que es salvo, que goza
de la paz con Dios, de la comunión con las cosas de Cristo, y cuya conducta en
el hogar manifestara el poder de todas estas cosas, ¿usted lo recibiría si él
expresara su deseo de participar de la mesa del Señor, o lo dejaría en suspenso
para más adelante si tuviera sólo 13 ó 14 años?». Con toda seguridad,
recibiríamos a ese joven con mucho gusto, y no dilataríamos ni una sola hora su
recepción. ¿Qué tiene que ver la edad con la vida divina? ¿Cuántos años tenía
Samuel cuando conoció por primera vez al Señor? ¿Cuántos años tenía Josías, o
Timoteo?
Consideramos que su
observación no es de ninguna manera presuntuosa; pero debemos persistir
diciendo que no vemos ningún fundamento en la Escritura para que una persona
parta el pan sola. El partimiento del pan es, claramente, un acto de comunión
para cuya integridad es absolutamente esencial, a nuestro juicio, la presencia
de por lo menos dos.
“Cuando llegó la noche, se
sentó a la mesa con los doce” (Mateo
26:20). De igual modo también Marcos 16:17. Asimismo, en Lucas 22:14: “Cuando
era la hora, se sentó a la mesa, y con él los
apóstoles”. Además, Judas es claramente mencionado como participante de la
fiesta y se le oye hacer una pregunta. Entonces, no meramente en la pascua,
sino en la cena, nuestro Señor dice: “He aquí la mano del que me entrega está
conmigo en la mesa” (v. 21). No entendemos cómo alguien es capaz de cuestionar
el hecho de la presencia de Judas en la cena. El carácter de Judas era sólo
conocido por el Señor. Sus compañeros apóstoles no parecen haber tenido ninguna
sospecha respecto de él. Pero argumentar, basados en esto, que deberíamos
aprobar un mal conocido en la mesa del Señor, es simplemente iniquidad. Decir
que podemos tener traidores a la
mesa, de los que nada sabemos, es confesar nuestra propia debilidad; pero decir
que debemos tener traidores
conocidos, es algo totalmente chocante para cualquier mente santa.
¿Hay alguna autoridad
bíblica para limitar la cena del Señor al primer día de la semana? No cabe duda
de que los discípulos la celebraban especialmente ese día; pero originalmente
fue instituida un día de semana. Sería un gozo partir el pan en cualquier
ocasión, siempre que los hermanos sean competentes para ese propósito, y todas
las circunstancias de ese acto estén de acuerdo con el pensamiento de Dios.
“La fiesta”, en 1.ª
Corintios 5:8, constituye el antitipo de la fiesta de los panes sin levadura,
la cual, como se desprende de Éxodo 12, se basaba en la pascua y se hallaba
inseparablemente relacionada con ésta. El dintel ensangrentado no tenía que ser
separado de los panes sin levadura: la paz y la pureza, la seguridad y la
santidad deben ir siempre juntas. Sería una extraña aplicación de 1.ª Corintios
5:8 —o mejor diríamos, una miserable aplicación— si lo refiriésemos al asunto
de usar pan sin levadura, o vino sin fermentar, en la cena del Señor. Creemos,
querido amigo, que la fiesta se refiere a toda nuestra vida cristiana en este
mundo. Ella debería ser, del principio al fin, una fiesta de pan sin levadura,
basada en el gran hecho de que “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue
sacrificada por nosotros” (v. 7); una vida de santidad personal que fluye de
una redención cumplida, conocida y aplicada por el poder del Espíritu Santo.
C.H.M.