Artículo N.º 28 (Volumen 2)
CRISTO
COMO CABEZA Y COMO SEÑOR
Es sumamente interesante,
así como muy provechoso, señalar las diversas líneas de verdad establecidas en
la Palabra de Dios y observar cómo todas estas líneas se hallan
inseparablemente vinculadas con la Persona de nuestro Señor Jesucristo. Él es
el centro divino de toda verdad; y a medida que mantengamos los ojos de la fe
fijos en él, cada verdad hallará su lugar correcto en nuestras almas y ejercerá
su debida influencia y su poder formativo en nuestra marcha y en nuestro
carácter. Lamentablemente, en todos nosotros existe una tendencia a tomar una
parte de la verdad —un aspecto— como si fuera el todo; a tomar una verdad
particular e insistir en ella hasta tal grado que interferimos con la saludable
acción de otra verdad, impidiendo así el crecimiento de nuestras almas. Es por la verdad que crecemos, no por alguna verdad; por la verdad somos
santificados. Pero si sólo tomamos una parte de la verdad; si nuestro carácter
es moldeado y nuestro camino dirigido por alguna verdad particular, no podrá
haber ningún verdadero crecimiento, ninguna auténtica santificación. “Desead,
como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella (por la Palabra) crezcáis para
salvación” (1.ª Pedro 2:2). “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Por toda la verdad
de Dios —como consta en las Escrituras— el Espíritu Santo forma, modela y guía
a la Iglesia colectivamente y a cada individuo creyente. Podemos estar seguros
de que, cuando alguna verdad particular es indebidamente enfatizada, o alguna
otra verdad prácticamente ignorada, el resultado será un carácter defectuoso y
un testimonio inadecuado.
Tomemos, por ejemplo, los
dos grandes temas mencionados en el título de este artículo: «Cristo como
Cabeza y como Señor». ¿No es importante dar a cada una de estas verdades su
debido lugar? ¿No es Cristo tanto Cabeza de su cuerpo —la Iglesia— como Señor
de los miembros individuales? Y, si lo es, ¿nuestra conducta no debería estar
dirigida y nuestro carácter formado por la aplicación espiritual de ambas
verdades? Incuestionablemente. Ahora bien; si pensamos en Cristo como Cabeza,
ello nos conduce a un claro y práctico ámbito de verdad. No pondrá trabas a la
verdad de su señorío, sino que tenderá a mantener el alma bien equilibrada, lo
que es tan necesario en un tiempo como el presente. Si pensamos en Cristo sólo
como Señor de sus siervos, individualmente, perderemos totalmente el sentido de
nuestras mutuas relaciones como miembros de ese solo cuerpo del cual él es la
Cabeza, y así caeremos en la independencia, actuando sin tener en cuenta para
nada a nuestros compañeros miembros. Nos volveríamos, tomando una figura, como
hebras de una escoba, manteniendo cada uno su propia individualidad de acción y
desconociendo prácticamente todo nexo vital con nuestros hermanos.
Pero, por otro lado, cuando
la verdad de Cristo como Cabeza
encuentra su lugar apropiado en nuestras almas; cuando sabemos y creemos que
hay “un cuerpo” (Efesios 4:4), y que somos miembros los unos de los otros,
entonces, al reconocer plenamente que cada uno de nosotros, en nuestra senda
individual y en el servicio, es responsable ante ese “un Señor” (Efesios 4:5),
resultará, como una gran consecuencia práctica, que nuestro andar y nuestros
caminos afectan a cada miembro del cuerpo de Cristo sobre la tierra. “Si un
miembro padece, todos los miembros se duelen con él” (1.ª Corintios 12:26). Ya
no podemos más considerarnos como elementos independientes, aislados, ya que nos
hallamos incorporados como miembros del “un cuerpo” por el “un Espíritu”, y
estamos vinculados así con la «Cabeza única»en los cielos.
Esta gran doctrina se
desarrolla en forma clara y plena en Romanos 12:3-8 y en 1.ª Corintios 12, y
llamamos la seria atención del lector respecto de ello. No debemos olvidar que
esta verdad de Cristo como Cabeza, y de nosotros como miembros del cuerpo, no
es algo que pertenece meramente al pasado, sino que se trata de una realidad
presente, una gran verdad formativa que ha de ser tenazmente sostenida y
llevada a la práctica día a día. Hay
“un cuerpo”. Subsiste tan perfectamente hoy como cuando el inspirado apóstol
escribió la epístola a los Efesios; de ahí que cada creyente individual ejerza
una buena o mala influencia sobre los demás creyentes que habitan en el extremo
opuesto de la tierra.
¿Esto parece increíble? Sólo
puede serlo para el razonamiento de la carne y la ciega incredulidad.
Seguramente no podemos confinar a la Iglesia de Dios —al cuerpo de Cristo— a
una cuestión de posición geográfica. Esa Iglesia —ese cuerpo— está unido. ¿Por
qué cosa? ¿Por la vida? No. ¿Por la fe? No. ¿Por qué, entonces? Por Dios el
Espíritu Santo. Los santos del Antiguo Testamento tenían vida y fe; pero ¿qué
pudieron haber sabido ellos de una Cabeza en el cielo o de un cuerpo en la
tierra? Absolutamente nada. Si alguien le hubiera hablado a Abraham acerca de
ser miembro de un cuerpo, él no lo habría entendido. ¿Cómo podía entenderlo? No
había nada semejante en existencia. No había cabeza alguna en el cielo y, por
ende, no podía haber ningún cuerpo en la tierra. Por cierto, el Hijo eternal
estaba en el cielo, como Persona divina de la eterna Trinidad; pero él no
estaba allí como Hombre glorificado ni como Cabeza de un cuerpo. Es más, aun en
los días de su carne, le oímos decir: “Si el grano de trigo no cae en la tierra
y muere, queda solo” (Juan 12:24).
No hubo ninguna unión, ninguna cabeza, ningún miembro, ninguna conexión vital
hasta después de su muerte en la cruz. Sólo cuando la redención llegó a ser un
hecho consumado el cielo contempló esa maravilla de maravillas, a saber, la
humanidad glorificada en el trono de Dios; y, como complemento de ello, Dios el
Espíritu Santo habitó en los hombres aquí abajo. Los santos del Antiguo
Testamento podrían haber entendido el señorío,
pero no la cabeza. Esta última no
existía aún, salvo en los eternos propósitos de Dios. De hecho, no existió
hasta que Cristo hubo tomado asiento en los cielos, “habiendo obtenido eterna
redención”.
Por ello esta verdad de
Cristo como Cabeza es muy gloriosa y preciosa. Ella reclama una diligente
atención de parte del lector cristiano. Le instamos seria y solemnemente a que
no la tome como mera especulación, como asunto sin importancia. Tenga la
seguridad de que se trata de una verdad fundamental, la cual tiene por fuente a
un Cristo resucitado en gloria; por base una redención consumada; cuyo actual
ámbito de extensión es esta tierra; su poder, el Espíritu Santo; y su
autoridad, el Nuevo Testamento.
C.H.M.