Artículo
N.º 23
LAS UVAS DE ESCOL
(Léase Números 13)
El gran principio de la vida divina es
la fe —una fe sencilla, enérgica y sincera—, una fe que simplemente se apropia
y goza de todo lo que Dios ha dado; una fe que pone al alma en posesión de las realidades
eternas y la mantiene allí de una manera habitual. Esto es cierto en cuanto al
pueblo de Dios en todas las épocas; la divisa divina es siempre: “Conforme a
vuestra fe os sea hecho” (Mateo 9:29). No hay ningún límite. La fe se puede
apoderar de todo lo que Dios revela; y todo lo que la fe puede asir, el alma lo
puede disfrutar de forma permanente.
Bueno es tener esto presente. Todos
nosotros vivimos muy pero muy por debajo del nivel de nuestros privilegios.
Muchos de nosotros estamos satisfechos con movernos a gran distancia del
bendito Centro de todos nuestros gozos. Estamos simplemente contentos con
conocer la salvación, cuando no gustamos sino poco de la santa comunión con la
persona del Salvador. Meramente nos conformamos con saber que existe una
relación, sin cultivar, con ahínco y celo, los afectos que pertenecen a la
misma. Ésta es la causa de gran parte de nuestra frialdad y esterilidad. Así
como en el sistema solar cuanto más lejos del sol se halla un planeta, más frío
es su clima y más lento su movimiento, así también, en el «sistema espiritual»,
cuanto más uno se aleje de Cristo más frío será el estado de su corazón
respecto a Él y más lento su movimiento en torno a Él. En cambio, el fervor y
la presteza serán siempre el resultado de una sentida cercanía a ese Sol
central, a esa gran Fuente de calor y luz.
Cuanto más penetremos en el poder del
amor de Cristo y más realicemos su permanente presencia con nosotros, más
intolerable sentiremos que es estar un minuto lejos de él. Todo aquello que
tienda a alejar nuestros corazones de él o que se interponga entre él y nuestra
alma, ocultando la luz de su bendita faz, será temido y evitado. El corazón que
haya aprendido de veras algo del amor de Cristo, no puede vivir sin Él; es más,
puede desprenderse de todo por este amor. Cuando está lejos de él, nada siente
excepto la tenebrosidad de la medianoche y la helada brisa del invierno. Pero,
en su presencia, el alma puede remontarse hacia arriba como la alondra que se
eleva por el azul y brillante cielo para saludar, con su alegre canto, a los
rayos del sol que asoman por la mañana.
No hay nada que ponga más de
manifiesto la tan profundamente arraigada incredulidad de nuestro corazones que
el hecho de que seamos tan pocos los que pensamos alguna vez en aspirar a ir
más allá del simple alfabeto, cuando nuestro Dios querría tenernos gozando la
comunión con las más elevadas verdades. Nuestros corazones no suspiran —como
deberían— por los más altos senderos de la erudición espiritual. Nos
conformamos con tener asentados los cimientos, y no nos preocupamos —como
deberíamos— por añadir todo lo atinente al edificio espiritual. Claro está que
no podemos prescindir del alfabeto o fundamento; ello sería, evidentemente,
imposible. El erudito más avanzado tiene que llevar consigo el alfabeto, y
cuanto más alto se construya el edificio, más se hará sentir la necesidad de un
fundamento sólido.
Pero consideremos al pueblo de Israel.
Su historia está llena de ricas instrucciones para nosotros. “Están escritas
para amonestarnos a nosotros” (1.ª Corintios 10:11). Debemos contemplar a los
israelitas en tres posiciones diferentes, a saber:
—
resguardados por la sangre,
—
triunfantes sobre Amalec, e
—
introducidos en la tierra de Canaán.
Ahora bien; está claro que un israelita
en la tierra de Canaán no había perdido en absoluto el valor de los dos
primeros puntos. No se hallaba menos eximido de juicio ni menos liberado de la
espada de Amalec porque estuviera en la tierra de Canaán. De ninguna manera; la
leche y la miel, las uvas y las granadas de esa hermosa tierra no podrían hacer
otra cosa que acrecentar el valor de esa preciosa sangre que los había
preservado de la espada del heridor, y aportar la prueba más indubitable de
haber escapado de las crueles garras de Amalec.
Sin embargo, nadie se atrevería a
decir que un israelita no debía haber buscado nada más allá de la sangre
rociada en el dintel. Claro está que él debía haber fijado su mirada en las
colinas cubiertas de viñas de la tierra prometida, y haber dicho: «Ahí yace la
heredad que me ha sido destinada y, por la gracia del Dios de Abraham, no
estaré satisfecho ni tranquilo hasta que plante triunfalmente mi pie sobre
ella». El dintel ensangrentado era el punto de partida; la tierra prometida, la
meta. Era el alto privilegio de Israel no sólo tener la seguridad de la plena
liberación de la mano de Faraón y de la espada de Amalec, sino también cruzar
el Jordán y arrancar las dulcísimas uvas de Escol. Era un pecado y una
vergüenza que, teniendo ante sí los frondosos racimos de Escol, ellos pudiesen
alguna vez desear “los puerros, las cebollas y los ajos” de Egipto.
Pero ¿a qué se debió esto? ¿Qué fue lo
que los detuvo? Precisamente aquello tan aborrecible que día a día y momento a
momento nos priva del precioso privilegio de subir los más altos escalones de
la vida divina. Y ¿de qué se trata? ¡De la INCREDULIDAD! “Y vemos que no
pudieron entrar a causa de incredulidad” (Hebreos 3:19). Esto fue lo que hizo
que Israel anduviera errante por el desierto durante cuarenta tediosos años. En
lugar de mirar el poder de Jehová para hacerlos entrar en la tierra, miraron el
poder del enemigo para impedir que entraran en ella. Así fue cómo fracasaron.
En vano los espías —a quienes ellos mismos propusieron que fueran enviados (Deuteronomio
1:22)(*)— dieron un muy atractivo informe del
carácter de la tierra. En vano pusieron ante los ojos de la congregación un
racimo de las uvas de Escol, tan voluminoso que tuvo que ser traído por dos
hombres en un palo. Todo fue inútil. El espíritu de incredulidad se había
apoderado de sus corazones. Una cosa era admirar las uvas de Escol cuando
fueron traídas hasta la entrada de sus tiendas por la energía de otros, y otra muy distinta era ir uno mismo, con la energía de la fe
personal, a arrancar esas uvas.
Y, si doce hombres pudieron llegar hasta Escol, ¿por qué no seiscientos mil? ¿Acaso la misma mano
que protegió a los primeros no podía proteger del mismo modo a los últimos? La
fe dice: «Sí», pero la incredulidad evade la responsabilidad y se acobarda ante
las dificultades. El pueblo no estaba más deseoso por seguir avanzando después
del retorno de los espías que antes de que ellos fuesen enviados. Se hallaba en
un estado de incredulidad, tanto al principio como al final. Y ¿cuál fue el
resultado de ello? ¿Por qué de seiscientos mil hombres que salieron de Egipto
sólo dos tuvieron la energía
suficiente para plantar sus pies en la tierra de Canaán? Esto nos relata algo;
profiere una voz que resuena con fuerza; nos enseña una lección. ¡Ojalá que
tengamos oídos para oír y corazones para entender!
Algunos tal vez puedan argüir que
todavía no había llegado el tiempo para que Israel entrara en la tierra de
Canaán, porque “aún no había llegado a su colmo la maldad del Amorreo” (Génesis
15:16). Esto se trata sólo de un
lado del asunto, cuando debemos considerar los dos lados. El apóstol declara expresamente que Israel no pudo
“entrar a causa de incredulidad” (Hebreos 3:19). No aduce como razón “la maldad
del Amorreo” ni ningún secreto consejo de Dios respecto a él. Simplemente da
como razón la incredulidad del
pueblo. Los israelitas, de haberlo querido, podrían haber entrado en la tierra.
Nada puede ser más injustificado que hacer uso de los inescrutables consejos y
decretos de Dios con el objeto de arrojar por la borda la solemne
responsabilidad del hombre. ¿Debemos resignarnos a abandonar la culpable
desidia de la incredulidad como causa del fracaso del pueblo debido a eternos
decretos de Dios acerca de los cuales no sabemos nada? Afirmar tal cosa sólo
puede ser tildado de «extravagancia monstruosa»; es el indefectible resultado
de forzar una verdad hasta el punto de interferir el espectro de acción de otra
verdad igualmente importante. Debemos dar a cada verdad el lugar que le corresponde.
Somos muy propensos a irnos a los extremos, a desarrollar una verdad aislada
sin dejar que otra, igualmente importante, siquiera eche raíces. Sabemos que, a
menos que Dios bendiga la labor del labrador, no habrá cosecha en el tiempo de
la siega. Ahora bien; ¿acaso esto exime el diligente uso del arado y de la
trilla? Por cierto que no, pues el Dios que ha designado la cosecha como el fin, es el mismo que estableció la
paciente labor como el medio.
Lo mismo sucede en el mundo
espiritual. El fin establecido por Dios nunca debe separarse del medio
designado por él. Si Israel hubiera confiado en Dios y hubiese subido a la
tierra, la congregación entera se habría deleitado con los exuberantes racimos
de Escol. Pero no lo hizo. Las uvas se veían, sin duda, deleitosas; esto era
evidente para todos. Los espías se vieron constreñidos a admitir que la tierra
fluía leche y miel. Sin embargo, no faltó un «pero». ¿Por qué? Porque no
confiaban en Dios. Él ya había declarado a Moisés el carácter de la tierra, y su
testimonio debió haber sido ampliamente suficiente. Había dicho, del modo más
absoluto: “He descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de
aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel...”
(Éxodo 3:8). ¿Esto no debió ser suficiente? ¿La descripción de Jehová no era
mucho más confiable que la del hombre? Sí, para la fe, pero no para la
incredulidad. Esta última nunca se siente satisfecha con el testimonio de Dios,
sino que debe tener el testimonio de los sentidos naturales. Dios había dicho
que era una tierra que “fluye leche y miel”. Los espías lo reconocieron. Pero
luego prestaron oídos al «aditivo humano»: “Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades
muy grandes y fortificadas; y también vimos
allí a los hijos de Anac... También vimos
allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y
así les parecíamos a ellos” (Números
13:28, 33).
Y así fue cómo obraron. Ellos “vieron”
solamente las amenazadoras murallas y los gigantes altos como torres. No vieron
a Jehová, porque miraron con los ojos de los sentidos y no con los ojos de la
fe. Dios quedaba excluido. Él jamás es tenido en cuenta en los cálculos de la
incredulidad. Ésta podrá ver murallas y gigantes, pero no puede ver a Dios. Es
la fe solamente la que puede sostenerle a uno “como viendo al Invisible”
(Hebreos 11:27). Los espías podían declarar lo que ellos eran según su propio parecer y el de los gigantes,
pero no se dice una sola palabra acerca de lo que ellos eran según el parecer de Dios. Nunca pensaron en
él. La tierra era todo lo que uno podía desear, pero las dificultades eran
demasiado grandes para ellos, y no
tuvieron fe para confiar en Dios. La misión de los espías resultó fallida. Los
israelitas “aborrecieron la tierra deseada” (Salmo 106:24), y “en sus corazones
se volvieron a Egipto” (Hechos 7:39).
Esto lo resume todo. La incredulidad
impidió que Israel arrancara las uvas de Escol, y lo envió de vuelta a errar
por el desierto durante cuarenta años; y estas cosas “están escritas para
amonestarnos a nosotros”. ¡Ojalá que podamos sopesar la lección con solemnidad
y oración! De seiscientos mil hombres que salieron de Egipto ¡solamente dos
plantaron sus pies en los fecundos collados de Palestina! Aquéllos cruzaron el
mar Rojo, triunfaron sobre Amalec, pero se acorbardaron y retrocedieron ante
“los hijos de Anac”, por más que para Jehová estos últimos no fueran superiores
a los primeros.
Ahora bien; que el lector cristiano pondere
todo esto. El principal objetivo de este artículo es animarle a que suba a los
más altos escalones de la vida de fe, y ande por ellos con la energía de una
absoluta e inquebrantable confianza en Cristo. Una vez que tenemos puesto
nuestro sólido fundamento en la sangre de la cruz, nuestro privilegio no es
únicamente el de obtener la victoria sobre Amalec (o sobre el pecado que mora
en nosotros), sino también el de saborear el grano de la tierra de Canaán, el
de arrancar las uvas de Escol y el de deleitarnos con las fuentes que destilan
leche y miel. En otras palabras, entrar en las vivas y elevadas experiencias
que fluyen de la habitual comunión con un Cristo resucitado, con quien estamos
unidos por el poder de una vida imperecedera. Una cosa es saber que nuestros
pecados fueron borrados por la sangre de Cristo, y otra es saber que Cristo ha
destruido el poder del pecado que habita en nosotros. Y otra cosa aun más
elevada es vivir en una inquebrantable comunión con él. No es que perdamos el
sentido de las dos primeras cosas cuando vivimos por el poder de la última.
Todo lo contrario. Cuanto más cerca de Cristo camine yo, más le tendré
habitando por la fe en mi corazón; más valoraré todo lo que ha hecho por mí,
tanto al quitar mis pecados como al subyugar por completo mi vieja naturaleza.
Cuanto más alto sea el edificio, más valoraré el sólido fundamento que lo
sostiene. Es un gran error suponer que aquellos que se desenvuelven en las más
altas esferas de la vida espiritual pueden subestimar el título en virtud del
cual son capaces de acceder a ellas. ¡Oh, no! El lenguaje de aquellos que han
entrado en el más recóndito lugar del supremo santuario es: “Al que nos amó, y
nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5). Sus labios
hablan del amor del corazón de Cristo y de la sangre de su cruz. Cuanto más se
acercan al trono, más se embeben del valor de aquello que los colocó en tan
sublime elevación. Y lo mismo en lo relativo a nosotros: cuanto más respiremos
la atmósfera de la presencia divina —cuanto más pisemos, en espíritu, los
atrios del santuario celestial— más alta será nuestra estima de las riquezas
del amor que nos redimió. Arrancar las uvas de Escol en la Canaán celestial más
profundo sentido del valor de esa preciosa sangre que nos fue por escudo ante
la espada del heridor.
No seamos, pues, disuadidos de aspirar
a una más elevada y entrañable consagración a Cristo por un falso temor de
subestimar esas preciosas verdades que llenaron nuestros corazones de la paz
celestial cuando emprendimos la marcha al principio de nuestra carrera
cristiana. El enemigo utilizará todo lo que esté a su alcance a fin de impedir
que el Israel espiritual plante el pie de la fe en la Canaán espiritual.
Procurará mantenerlos ocupados consigo mismos y con las dificultades que se
presentan en su camino hacia lo alto. Él sabe que, cuando uno ha comido
realmente las uvas de Escol, ya no se trata de una cuestión de escapar de
Faraón o de Amalec, y por ello pone delante de su paso las murallas y los
gigantes, así como su propia insignificancia, debilidad e indignidad. Pero la
respuesta es simple y contundente: ¡confianza!
¡confianza! ¡confianza! Sí, desde la sangre en el dintel en Egipto hasta las
extraordinarias y exquisitas uvas de Escol, todo es simple, absoluta e indubitable
confianza en Cristo. “Por la fe celebraron la pascua y la aspersión de la
sangre” y “por la fe cayeron los muros de Jericó” (Hebreos 11:28, 30). Desde el
lugar de partida hasta la meta, y durante todo el período intermedio, “el justo
por la fe vivirá” (Romanos 1:17).
Pero nunca olvidemos que esta fe
implica la absoluta entrega del corazón a Cristo, asíí como la plena aceptación
de Cristo por el corazón. Lector, sopesemos esto con la mayor gravedad. Cristo
debe ser enteramente para el corazón y el corazón enteramente para Cristo.
Separar estas cosas es ser –tal cual alguien lo ha señalado– «como un bote con
un solo remo, que da vueltas y vueltas alrededor de sí, pero que no es capaz de
avanzar un solo metro, siendo arrastrado únicamente por la corriente; o como un
pajarillo con una ala quebrada que revolotea como remolino, cayendo a tierra
una y otra vez». Esto se pierde de vista demasiado a menudo, y por ello el
rumbo se torna incierto y la experiencia fluctuante. No hay progreso. Uno no
puede esperar ir con Cristo de una mano y con el mundo de la otra. Nunca
podremos deleitarnos con “las uvas de Escol” entretanto nuestros corazones
estén anhelando “las ollas de carne” de Egipto (Éxodo 16:3).
Quiera el Señor darnos un corazón
íntegro –un ojo bueno– y una mente recta. Ojalá que tengamos por único objeto
de nuestras almas avanzar hacia lo alto sin dar un solo paso atrás. Tenemos
todo divina y eternamente asegurado por la sangre de la cruz; prosigamos, pues,
con santa energía y entereza “a la meta, al premio del supremo llamamiento de
Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:14).
¡Oh, maravillosa gracia! ¡Oh, divino
amor!
manifestados al darnos semejante hogar.
Renunciemos a las cosas presentes
y busquemos el descanso por venir.
Tengamos todo lo demás por basura y
escoria;
prosigamos la carrera hasta la meta;
luchemos hasta ganar la corona de vida.
(Traducción
literal)
C.H.M.
(*) N. del A.― Es importante notar que la propuesta de
enviar a los espías tuvo su origen en Israel. “Y vinisteis a mí todos vosotros, y dijisteis: Enviemos
varones delante de nosotros que nos reconozcan la tierra, y a su regreso nos
traigan razón del camino por donde hemos de subir, y de las ciudades adonde hemos
de llegar” (Deuteronomio 1:22). Una fe sencilla y natural les habría enseñado
que Aquel que los condujo fuera de Egipto, a través del mar Rojo y a lo largo
del desierto era capaz de conducirlos hasta entrar en Canaán, de mostrarles el
camino y de decirles todo acerca de ello. Pero, lamentablemente, ¡quisieron
apoyarse en un brazo de carne! El carro de Jehová, moviéndose majestuosamente
delante de las huestes, no era suficiente para ellos. Quisieron “enviar varones
delante de sí”. Dios no era suficiente. ¡Ah, qué corazones tenemos! ¡Cuán poco
conocemos a Dios y cuán poco, pues, confiamos en él!
Sin embargo, algunos pueden decir: «¿Acaso no fue Jehová
el que mandó a Moisés que enviara los espías?» (Números 13:1-3). Es cierto; y
Jehová mandó a Samuel que ungiera un rey sobre Israel (1.º Samuel 8:22). ¿Acaso
ello los exime del pecado de pedir un rey y rechazar así a Jehová? Por cierto
que no. Pues bien, la misma aplicación tenemos con respecto a los espías. La
incredulidad del pueblo lo llevó a pedir espías, y Jehová le dio espías. La
misma incredulidad lo llevó a pedir un rey, y Jehová le dio un rey. “Y él les
dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos” (Salmo 106:15). ¡Cuán a
menudo ocurre lo mismo con nosotros!
C.H.M.