Artículo N.º 37 (correspondencia)
LOS HIJOS
(Respuesta a una carta)
El punto esencial, al tratar
con los hijos, es insistir en la obediencia. Es de suprema importancia. Si esto
se lleva a la práctica desde un principio, se evitará un mundo de aflicciones,
tanto para los padres como para los hijos. Su pregunta es sumamente
interesante, pero nosotros no podemos considerarla aquí. Le recomendamos la
lectura de una obrita titulada «Tú
y tu casa», la cual puede serle de ayuda.
A los hijos se les manda
prestar plena obediencia a sus padres. Ésta es la regla divina. Los padres, por
otro lado, deben tener cuidado de no provocar a ira a sus hijos mediante una
conducta arbitraria, manifestando preferencia por uno más que por otro, o por
una ociosa aniquilación de la voluntad del niño al solo efecto de hacer una
exhibición de autoridad paterna. El niño siempre debe ver que los padres tienen
su verdadero interés en el corazón, y que el verdadero amor es la fuente que
motiva todos sus actos. Pero debemos insistir en la obediencia de los hijos,
sobre todo en esta época de independencia, una época especialmente
caracterizada por la desobediencia a los padres, y no sólo por la
desobediencia, sino también, en muchos casos, por una grosera falta de respeto.
Muchos jóvenes de hoy parecen considerar a sus padres como si pertenecieran a
la «vieja escuela» y carecieran de aptitud educativa. De ahí la pronta
disposición para contradecir a sus padres e imponer sus propias opiniones. Todo
esto es contrario a la naturaleza, a la vez que impío. No debería ser tolerado.
Y podemos agregar la muy reprensible costumbre —adoptada por muchos jóvenes— de
llamar a sus padres por irrespetuosos motes tales como «gobernador»,
«dictador», etc., lo mismo que a sus madres mediante algún epíteto similar,
igualmente objetable. Instamos a nuestros jóvenes amigos a estar en guardia
contra estas cosas y contra el espíritu del cual ellas proceden, y a cultivar
un espíritu reverente, el cual seguramente conducirá a un trato respetuoso
hacia los padres. Es una admirable prueba de buena educación que los hijos
respeten a sus padres. ¿Necesitamos agregar que en todos los asuntos en los que
la autoridad de Dios se ve comprometida, es ella la que debe prevalecer sobre
cualquier atribución? ¡Oh, estemos por el poder corrector de la gracia y la
verdad!
No podemos entender cómo uno
que se llama a sí mismo padre cristiano puede adoptar ese sistema de tratar a
los hijos con severidad y crueldad. Sólo puede terminar haciéndolos mentirosos
e infieles. Ellos proferirán mentiras a fin de escapar de la correa; y
despreciarán la religión que guarda relación con tales excesos. Semejante
trato, como usted lo describe, es más digno de un cruel amo de esclavos que de
un padre cristiano. Sin duda, hay casos en que se requiere una pequeña
disciplina; pero debería ser administrada de tal manera que convenciese al niño
de que se lo hace sólo para su bien, y no de que es el fruto de un mal
temperamento o de una arbitraria severidad. La «vara» debe ser alzada de muy
mala gana. Tiene que ser empuñada como último recurso. En resumidas cuentas, el
padre cristiano siempre debe tener ante él como modelo el trato de su Padre
celestial para con él. Ahora, ¿acaso el Padre inflige castigo por pecado
confesado? El mero pensamiento de ello sería una blasfemia. Él sólo castiga por
amor y con el objeto de hacernos partícipes de su santidad (Hebreos 12). Le
duele tener que usar la vara. “Y él fue angustiado a causa de la aflicción (o
miseria) de Israel” (Jueces 10:16). Éste debería ser el modelo de todo padre
cristiano. No creemos en el perpetuo sistema de azote. No hace más que
endurecer y embrutecer al niño. Y deseamos agregar, querido amigo, que el padre
y la madre deben estar perfectamente unidos en la administración de la
disciplina. El hecho de que un niño tenga que acudir a uno de sus padres para
que lo proteja del otro, revela un estado de cosas, en el círculo familiar, que
resulta chocante a toda mente bien equilibrada. El padre y la madre no deben
tener un solo pensamiento divergente con respecto al sistema de disciplina y
formación. Ellos deben aparecer ante los hijos como una sola autoridad, una
sola influencia. La firmeza del padre y la ternura de la madre deben estar
perfecta y dulcemente combinadas, de modo que su acción conjunta se haga sentir
en todo el sistema disciplinario. Pero ¿cómo puede esto llevarse a la práctica?
Hace falta estar mucho juntos de rodillas en la presencia de Dios. Éste es el
verdadero secreto de la disciplina doméstica. Si el padre y la madre no oran
juntos, no actuarán juntos; y, si no actúan juntos, la educación de los hijos
sufrirá las consecuencias. ¡Quiera el Señor, en su infinita bondad, ayudar a
todos los padres cristianos a desempeñar correctamente sus elevadas y santas
funciones, de modo que Su nombre sea glorificado en los hogares de su pueblo!
No vemos ninguna dificultad
en cuanto al término “hijos” en Efesios 6:1. En todo el contexto, el Espíritu
Santo está exhortando a los cristianos, en sus diversas relaciones, a que
desempeñen las funciones que les corresponden. Sólo a los cristianos van
dirigidas las epístolas, y solamente a ellos se los exhorta en esas cartas. Por
eso los “hijos” a que aquí se hace referencia son cristianos. Los padres
cristianos son exhortados a criarlos en disciplina y amonestación del Señor (v.
2). Esto, obviamente, comprende a todos nuestros hijos, a quienes tenemos que
educar desde un principio para el Señor, contando con él para ello, y él nunca
le fallará a un corazón que se le confía. Debemos tomar los principios de Dios
para elaborar todo el sistema de educación moral que apliquemos para nuestros
hijos desde su nacimiento; y Él seguramente honrará la fe que cuenta así con él
para los hijos y que los cría para él. Él no puede negarse a sí mismo (2.ª
Timoteo 2:13), ¡bendito sea su Nombre para siempre!
1.ª Corintios 7:14 se halla
en contraste con la ley mosaica, la cual obligaba a los hombres a repudiar no
sólo a las esposas extranjeras, sino también a la descendencia de matrimonios
mixtos. No se trata del estado práctico de los hijos mismos —de si ellos son
salvos o no—; el pasaje afirma simplemente que los hijos son santificados por
el hecho de su relación con el padre o la madre creyente, y no necesitan, por
tanto, ser repudiados. La idea de construir, sobre la base de este texto, el
monstruoso error de que los hijos de padres cristianos son salvos, como tales,
sin la gracia vivificadora del Espíritu Santo, es tan grosero que no merece
espacio para su consideración.
Le expresamos nuestra
sincera simpatía e interés en el tema de su carta. Su senda es muy simple. Sólo
tiene que criar a sus hijos para Dios y contar con Dios para sus hijos. Sólo el
Espíritu de Dios puede hacer que un niño comprenda las cosas divinas; no nos
corresponde a nosotros fijar un límite en cuanto a la edad precisa en que un
niño es capaz de asimilar la verdad de Dios. Ésta es obra del Espíritu, y él
puede hacer entender tanto a los bebes como a los sabios. Un niño es el modelo
según el cual ha de ser formado todo aquel que haya de entrar en el reino de
Dios.
Creemos que Mateo 18:10-14 constituye el fundamento de la preciosa verdad
de la salvación de los infantes. ¿No lo cree usted? ¿No está plenamente
persuadido de que todos cuantos mueren en la infancia son salvos? ¿No cree que
así como sus pequeños cuerpos sobrellevan la pena del pecado de Adán, sus
preciosas almas participan de los beneficios del sacrificio expiatorio de Cristo?
Pues bien, si usted cree esto, ¿por qué habría de estar atribulado su corazón
respecto del destino de su niñito cuando el Señor regrese? ¿No puede confiar
plenamente en ese Bendito que en los días de su carne dijo: “Dejad a los niños
venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios”?
(Lucas 18:16). ¿Puede su corazón abrigar, siquiera por un instante, el indigno
pensamiento de que su misericordioso Señor, cuando vuelva en busca de su
pueblo, sería capaz de tomar a la madre para que esté con Él y dejar a su bebe
que perezca? Usted nos pregunta si «podemos citarle algún pasaje que muestre lo
que será de los pequeños hijos de creyentes cuando el Señor haya arrebatado a
su Iglesia». Contestamos al punto: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos
pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de
mi Padre que está en los cielos. Porque el Hijo del Hombre ha venido para
salvar lo que se había perdido(*).
¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se descarría una de ellas,
¿no deja las noventa y nueve y va por los montes a buscar la que se había
descarriado? Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se regocija
más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se descarriaron. Así, no es
la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos
pequeños” (Mateo 18:10-14).
Ahora bien, querido amigo,
¿no es ésta una preciosa respuesta a su pregunta? ¿No es divinamente a
propósito para ahuyentar toda su ansiedad en cuanto a su precioso bebe durante
el evento de la venida del Señor? ¿Piensa usted que el Salvador de gracia,
quien profirió estas palabras, ignorará a los niñitos cuando venga por su
Iglesia? El solo pensamiento de ello sería una blasfemia. ¡Oh, no, amado amigo!
Nuestro misericordioso Señor será plenamente glorificado al recibir en su pecho
y llevar a su casa a los pequeñuelos de su pueblo, lo mismo que a sus padres.
No es su voluntad, ahora, ni podría serla entonces, “que se pierda uno de estos
pequeños”. Que su corazón halle pleno reposo en cuanto a esta cuestión, en la
eterna verdad de Dios y en la rica y preciosa gracia que resplandece tan
brillante y bienaventuradamente en Mateo 18:10-14.
(*) N. del A.— En Lucas 19:10, donde no se trata de una
cuestión de infantes, leemos: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a
salvar lo que se había perdido”.