Artículo N.º 4 (Volumen II)
UNA NOCHE
DE DESVELO
(Léase Ester 6)
“Aquella misma noche se le fue el sueño al rey”. ¿Cómo sucedió esto?
¿Qué fue lo que quitó el sueño de los ojos del monarca y la pesadez de sus párpados?
¿Por qué el poderoso Asuero no pudo disfrutar de una gracia que, sin duda, era
la porción del más pequeño de sus súbditos? Algunos quizás digan: «Las
preocupaciones del reino le tenían tan agobiado que le arrebataron aquello de
lo que todo hombre trabajador disfruta». Esto podría haber sido en otras noches, pero, en cuanto a “aquella misma noche”, debemos buscar en
otra dirección totalmente diferente una explicación del insomnio del rey. El
dedo del Todopoderoso estaba en esa noche de desvelo. “Jehová el Dios de los
hebreos” tenía una poderosa obra que cumplir en favor de su amado pueblo, y, a
tal efecto, retiró el «balsámico sueño» del lujurioso lecho del monarca de
ciento veintisiete provincias.
Esto revela de una manera
muy notable el carácter del libro de Ester. El lector observará que, a través
de toda esta porción de la Escritura, el nombre de Dios no se menciona ni una
sola vez; sin embargo, la huella de su dedo se hace patente en cada
acontecimiento. La circunstancia más trivial refleja la grandeza de su consejo
y la magnificencia de sus hechos (Jeremías 32:19). El ojo natural no puede
seguir los movimientos de las ruedas del carro de Jehová; pero la fe no sólo
puede seguirlos, sino que también sabe hacia adónde se dirigen. Las maniobras del
enemigo no faltan, pero Dios está por encima de él. Se verá que cada movimiento
de Satanás no es sino un eslabón en la maravillosa cadena de acontecimientos
mediante la cual el Dios de Israel estaba llevando a cabo su propósito de
gracia con respecto a su pueblo. Así fue, así es y así será siempre. La malicia
de Satanás, el orgullo del hombre, las más hostiles influencias son sólo
algunos de los tantos instrumentos en las manos de Dios para el cumplimiento de
sus graciables propósitos. Esto da el más grato reposo al corazón en medio de
las incesantes agitaciones y vaivenes del trajín humano. “El fin del Señor”
(Santiago 5:11) seguramente será visto. “Su consejo permanecerá, y hará todo lo
que quiera” (Isaías 46:10). ¡Bendito sea su nombre por esta sustentadora
seguridad del alma! Ella tranquiliza al corazón en todo momento. Jehová está
detrás de las escenas. Cada rueda, cada tornillo, cada eje de la compleja
máquina de las vicisitudes humanas está bajo su control. Por más que su nombre
no sea conocido o reconocido por los hijos de la tierra, su dedo es visto, su
palabra creída y su fin esperado por los hijos de la fe.
Cuán claramente se ve todo
esto en el libro de Ester. La belleza de Vasti, el orgullo del rey al respecto,
la deshonesta orden de éste, la indignada negativa de ella, la propuesta de los
consejeros del rey, en una palabra, todo,
en una palabra, no es otra cosa que el desenvolvimiento de los propósitos del
Señor. De “todas las jóvenes vírgenes de buen parecer reunidas en Susa,
residencia real”, no le será permitido a ninguna ganar el corazón del rey,
salvo a una: Ester, hija de un oscuro hogar judío, una huérfana que había
quedado abandonada. Asimismo, de todos los oficiales, ministros y sirvientes
del rey, a ninguno le será permitido descubrir la conspiración contra la vida
del rey, salvo a “un varón cuyo nombre era Mardoqueo” (Ester 2:5). Y, en esa
noche de desvelo, nada habrá de ser traído ante el monarca para distraerle
durante sus pesadas horas de insomnio salvo “el libro de las memorias y crónicas”
(6:1). ¡Extraña recreación para un rey voluptuoso! Pero Dios estaba detrás de
todo esto. Había un cierto registro en ese libro acerca de “un cierto judío”
que debía ser traído de inmediato ante los ojos del desvelado monarca.
Mardoqueo debía aparecer. Debía ser recompensado por su fidelidad; y lo sería
de tal manera que llenaría de abrumadora confusión el rostro del orgulloso
amalecita. En el mismo momento en que se estaba pasando revista a esta crónica,
nadie más que el altivo y perverso Amán se hallaba en la corte de la casa del
rey. Había venido para arreglar la muerte de Mardoqueo; pero ¡oh! se vio
obligado, por la providencia de Dios, a programar el festejo del triunfo y la
dignidad de Mardoqueo. Amán había venido para hablarle al rey a fin de que
hiciese colgar a Mardoqueo en la horca que le tenía preparada; pero ¡oh! se vio
obligado a vestirle con el vestido real, a montarlo en el caballo en que el rey
cabalgaba y a llevarlo, como un lacayo, por la plaza de la ciudad, pregonando
su triunfo como un mero heraldo.
¡Oh, escenas que
superan a las fábulas!
¡y pensar que son
reales!
¿Quién podría haber
imaginado que el más noble señor en todos los dominios de Asuero —un
descendiente de la casa de Agag— se viera obligado a servir a un pobre judío y,
más aun, a ese judío en particular y
en un momento como ése? Seguramente, el dedo del Todopoderoso estaba en todo
esto. ¿Quién sino un infiel, un ateo o un escéptico podría cuestionar una
verdad tan obvia?
Baste lo dicho en cuanto a
la Providencia de Dios. Pasemos a considerar ahora el orgullo de Amán. A pesar
de toda su dignidad, riqueza y esplendor, su infame corazón se sintió dolido
por un pequeño detalle que no cabe en el pensamiento de una mente
verdaderamente lúcida o en un corazón bien equilibrado. Él se sintió desdichado
por el simple hecho de que Mardoqueo no se quiso inclinar ante él. Aunque
ocupaba el lugar más cercano al trono, a pesar de habérsele confiado el anillo
del rey y aunque poseía las riquezas propias de un príncipe y se hallaba en una
posición digna de un príncipe, con todo le oímos decir: “Todo esto de nada me
sirve cada vez que veo al judío Mardoqueo sentado a la puerta del rey” (5:13).
¡Hombre miserable! La posición más alta, la riqueza más grande, la influencia
más extendida, los gestos más halagüeños del favor real, todo esto “de nada
sirve” ¡sólo porque un pobre judío rehúsa inclinarse ante él! ¡Cómo es el
corazón humano! ¡Cómo es el hombre! ¡Cómo es el mundo!
“Antes del quebrantamiento
es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Proverbios 16:18).
Amán probó esto. En el momento mismo en que él parecía estar a punto de plantar
su pie en la más alta cima de su ambición, una Providencia justa y retributiva
trae a escena, de una manera maravillosa, a un hombre —cuya sola presencia
amargó una vida de magnificencia y esplendor— a quien se vio obligado a servir;
y la misma horca que había mandado preparar para su anhelada víctima ¡fue
utilizada para su propia ejecución!
Y permítasenos preguntar
aquí: ¿Por qué Mardoqueo rehusó inclinarse ante Amán? Rehusar el acostumbrado
honor que se le debe al más noble señor del rey, a su más alto oficial, ¿no
suena a ciega obstinación? Por cierto que no. Es verdad que Amán era el oficial
más eminente de Asuero; pero él era, además, el más grande “enemigo de Jehová”
al ser el más grande enemigo de los judíos. Era amalecita, y Jehová había
jurado que habría de tener “guerra con Amalec de generación en generación”
(Éxodo 17:16). ¿Cómo, pues, un verdadero hijo de Abraham podía inclinarse ante
uno con quien Jehová estaba en guerra? ¡Imposible! Mardoqueo podía salvar la
vida de un Asuero, pero nunca inclinarse ante un amalecita. Como fiel judío,
caminaba demasiado cerca del Dios de sus padres como para rendir reverencia a
uno de la simiente de Amalec.
De ahí que la firme negativa
de Mardoqueo a inclinarse ante Amán no haya sido el fruto de una ciega
obstinación o de un absurdo orgullo, sino de una preciosísima fe y de una
íntima comunión con el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Él nunca podía
renunciar a la dignidad que pertenecía al Israel de Dios. Permanecería en pie,
por la fe, desplegando el estandarte de Jehová, y nunca así podría rendir
homenaje a un amalecita entretanto se mantuviera en esa posición. Y, aunque el
pueblo de Jehová se hallara “esparcido y distribuido entre los pueblos” (3:8);
aunque su hermosa casa se hallara en ruinas; aunque la antigua gloria de
Jerusalén se hubiera ido, ¿la fe habría de abandonar la alta posición que Dios,
en sus consejos, le había asignado a su pueblo? De ninguna manera. La fe
reconoce la ruina y, una vez que echa mano de la promesa de Dios y ocupa, con
santa dignidad, la plataforma que esa promesa había abierto para todo aquel que
depositaba su fe en ella, camina con paz y sosiego. Mardoqueo fue llevado a
sentir hondamente la ruina. Él podía
rasgar sus vestidos, vestirse de cilicio y cubrirse de ceniza, pero nunca
inclinarse ante un amalecita.
Y ¿cuál fue el resultado? Su
cilicio fue cambiado por ropas reales; su lugar a la puerta del rey se trocó por
un lugar junto al trono. Él, en su propia y feliz experiencia, realizó la
verdad de esa antigua promesa, a saber, que Israel debía ser puesta “por
cabeza, y no por cola” (Deuteronomio 23:13). Así fue con este fiel judío de la
antigüedad. Él se situó sobre ese elevado terreno en el que la fe siempre
coloca al alma. Él ajustó su camino, no conforme a la percepción natural de las
cosas que le rodeaban, sino conforme a la percepción de la fe en la Palabra de
Dios. La naturaleza podía decir: «¿Por qué no bajar el nivel de acción a la
altura de las circunstancias en las que se está? ¿Por qué no adaptarse a las
condiciones externas? ¿No habría sido mejor reconocer al amalecita, viendo que
el mismo se hallaba en el lugar del poder?». La naturaleza podía hablar así,
pero la respuesta de la fe fue simple: “Jehová tendrá guerra con Amalec de
generación en generación” (Éxodo 17:16). Así es siempre. La fe echa mano del Dios viviente y de su eterna Palabra, y
queda en paz y camina con santa elevación.
Lector cristiano, ojalá que
la santa instrucción del libro de Ester pueda hallar cabida en nuestras almas
por el poder del Espíritu Santo. En él vemos la Providencia de Dios, el orgullo
del hombre y el poder de la fe. Además, él nos proporciona una notable figura
de las acciones y caminos de Jehová en favor de su pueblo Israel, del súbito
aniquilamiento de su orgulloso opresor final, y de su restauración, bendición,
reposo y gloria eternos.
C.H.M.