Artículo N.º 7
UN RUEGO
VEHEMENTE
Lector cristiano, me siento constreñido a hacer un ruego vehemente a su
corazón y a su conciencia, en la presencia de Aquel ante quien usted y yo somos
responsables, y ante quien están desnudos nuestros corazones y nuestros
caminos. No es mi intención juzgarle ni hablarle de forma odiosa. Tampoco
quiero escribir con un espíritu agrio o querelloso. Sólo deseo despertar su
mente renovada, reavivar las energías de su nueva naturaleza, exhortarle y
estimularle a desplegar un celo más ardiente y una devoción más enérgica en el
servicio de Cristo.
El momento presente es
extremadamente solemne. El día de la magnanimidad de Dios está llegando a su
fin rápidamente. El día de la ira está cerca. Las ruedas del gobierno divino se
mueven hacia adelante con una celeridad verdaderamente arrolladora. Los
avatares de la Historia humana están convergiendo en un punto. Una terrible
crisis se aproxima. Almas inmortales están arrojándose, por toda la orilla, a
las aguas de la corriente del tiempo para desembocar en el infinito océano de
la eternidad. En una palabra, “el fin de todas las cosas se acerca” (1.ª Pedro
4:7). “Se han acercado aquellos días, y el cumplimiento de toda visión”
(Ezequiel 12:23).
Ahora, pues, querido lector,
viendo que estas cosas son así, preguntémonos unos a otros: ¿Cómo hacen mella
en nosotros? ¿Qué estamos haciendo en medio de la escena que nos rodea? ¿Cómo
estamos cumpliendo nuestra cuádruple responsabilidad, a saber: nuestra
responsabilidad ante Dios, nuestra responsabilidad para con la Iglesia, nuestra
responsabilidad para con los pecadores perdidos y nuestra responsabilidad para
con nuestras propias almas? Ésta es una pregunta de peso que debemos planteárnosla
en la presencia de Dios y sopesarla allí en toda su magnitud. ¿Estamos haciendo
realmente todo lo que está a nuestro alcance para el adelanto de la causa de
Cristo, la prosperidad de su Iglesia y el progreso de su Evangelio? Le confieso
francamente, amigo mío, que me temo mucho que no estemos haciendo uso correcto
de toda la gracia, la luz y el conocimiento que nuestro Dios nos ha comunicado
tan graciablemente. Me asusta pensar que no estemos negociando fiel y
diligentemente con nuestros talentos u ocupándonos en ellos hasta que el Señor
vuelva. Siempre se me ocurre que las personas de mucho menos conocimiento,
mucho menos profesión, son mucho más prácticas, más fructíferas en buenas
obras, más honradas en la conversión de almas preciosas, más generalmente
usadas por Dios. ¿A qué se debe esto? ¿Nos despojamos, usted y yo, lo
suficiente a nosotros mismos, oramos lo suficiente, es nuestro ojo lo
suficientemente bueno, es decir, tenemos un corazón sumiso?
Usted quizás responda: «Es
algo detestable estar ocupados en nosotros mismos, en nuestros caminos o en
nuestras obras». Sí, pero si nuestros caminos y nuestras obras no son lo que
deberían ser, tenemos el deber de ocuparnos en ellos, el deber de juzgarlos. El
Señor, por medio de su profeta Hageo, exhortaba a los judíos de antaño a
“meditar sobre sus caminos” (Hageo
1:5, 7); y el Señor Jesús dijo a cada una de las siete iglesias: “Yo conozco
tus obras”. Hay un grave peligro en
estar satisfechos con nuestro conocimiento, nuestros principios, nuestra posición,
mientras que, al mismo tiempo, andamos con espíritu carnal, mundano, relajado o
negligente. El fin de esto, seguramente, será terrible. Consideremos estas
cosas. Ojalá que la admonición apostólica haga mella, por el poder divino, en
nuestros corazones, “mirando por vosotros mismos, para que no perdáis el fruto
de vuestro trabajo, sino que recibáis galardón completo” (2 Juan 8).
C. H. M.