Artículo N.º 65

 

LA SEGURIDAD DEL CREYENTE

 

(Respuesta a una carta)

 

          Usted siempre debe recordar que la Escritura no puede contradecirse a sí misma. Por ello, cuando lee en Juan 10 palabras tales como: “Mis ovejas... no perecerán jamás”, su corazón debe descansar en la plena confianza de la eterna seguridad de la más débil oveja que Cristo haya comprado con Su sangre. Muchos otros pasajes de la Escritura establecen la misma preciosa verdad. Es evidente, pues, que 2.ª Pedro 2:20-22 de ninguna manera puede entrar en conflicto con Juan 10 ni con otros pasajes afines. Pero, entonces, ¿qué nos enseña este texto de Pedro? Simplemente que, cuando los profesantes de religión vuelven a sus viejos hábitos, se hallan en peor condición que si nunca hubieran hecho una profesión. Es obvio que aquí no se trata de verdaderos cristianos. Un “perro” y una “puerca” no pueden ser considerados como “ovejas”, por más que profesen “el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo”. Deseamos dar sentidas gracias a Dios por lo que usted dice en cuanto a la bendición y ayuda recibidas por intermedio de nuestras páginas. ¡A él sea toda la alabanza!

          En más de una oportunidad nos hemos referido a Juan 15:2. El verdadero secreto de la dificultad que tantos sienten en este pasaje estriba en que procuran hacer de él una cuestión de vida y seguridad, mientras que se trata simplemente de una cuestión de dar fruto. Si no permanecemos en la vid demostraremos que somos ramas sin fruto, y el Labrador quitará todas estas ramas del lugar en que se da fruto. La cuestión de la salvación no se toca.

          Usted está perfectamente en lo cierto —y cuenta con el aval de la Palabra de Dios— al decir a una alma: «Crea solamente el testimonio de Dios acerca de su Hijo y será salvo eternamente». Ésta es una declaración perfectamente bíblica. Los pasajes de la Escritura en los que se halla dificultad (Romanos 14:15 y 1.ª Corintios 8:11) no se refieren a la salvación o a la vida eterna en absoluto. Nadie tiene poder para destruir la vida eterna; pero si yo perturbo la acción de la conciencia de un hermano —si le hago hacer lo que él siente que está mal—, entonces, en lo que a mí respecta, lo destruyo y hago que naufrague en cuanto a la fe y a una buena conciencia. En resumidas cuentas, en los dos pasajes citados se trata de una cuestión de responsabilidad personal y de integridad de conciencia delante de Dios. Esto es muy solemne. Nadie puede tocar el fundamento sobre el que está edificada una alma salvada, pero es algo muy serio golpear una conciencia débil. Tengamos, pues, cuidado.

 

C. H. M.

 


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